Trabajo
Vuelve a llover. A veces pienso que la lluvia me acompaña desde que escogí mi seudónimo, en un día climatológicamente similar al de hoy. Me acompaña cuando dentro de mí también llueve.

Como el resto del mundo, tengo mis virtudes y mis defectos. Y uno de estos últimos es una incomprensible afición por angustiarme y disgustarme por hechos que aún no han tenido lugar. Por ejemplo, intuyo que una relación va a morir por desgaste y, aunque todavía no haya llegado ese final, yo sufro como si hubiese sido así. Y, a la larga, la relación se acaba y vuelvo a sufrir como si, para colmo, me sorprendiera. ¡Y eso que ya he llorado lo mío!
Ya hace tiempo que tomé la determinación de sufrir solamente una vez (como el bolero) por las cosas. La única vez que hay que sufrir por ellas. Pero, en ocasiones, mis decisiones me abandonan y me dejan desvalida ante cualquier ataque, por estúpido y trivial que sea.
Eso precisamente me sucedió ayer en el trabajo. Trabajo en una empresa muy pequeña, manejando la gestión administrativa y burocrática del negocio. Mi jefe, al que también considero compañero de trabajo, porque él me lo permite, no está pasando un buen momento personal, lo cual me preocupa y me afecta, en primer lugar porque no soy de hielo y le aprecio, y en segundo lugar por si sus contrariedades terminan reverberando en mí, como persona o como trabajadora.
Hasta hace unos dos años, mi viaje en el tren de la vida era turbulento. Muchas paradas, muchos pasajeros que subían y bajaban, incluso algún descarrilamiento… Pero, de un tiempo a esta parte, el trayecto es tranquilo, no hay transbordos, no hay cruces de vías, y por la ventanilla el paisaje es bello, sereno, agradable. Es como un mar en calma bajo un cielo azul grisáceo. Antes siempre vivía pendiente de qué me depararía la siguiente estación. Ahora, no sé adonde me lleva el tren, y tampoco me interesa. Me importa más el trayecto que el destino. Quiero disfrutar de este itinerario, sin preocuparme de cuánto falta para la siguiente parada, ni de cuántas paradas faltan para la última, el final del viaje.

Estoy tranquila, acomodada, tengo una vida sosegada y soy feliz. Y no quiero cambios, al menos por ahora. Y mi jefe lleva tiempo “amenazando” con vender la empresa, o traspasarla o salir huyendo del mundo, como si sus problemas no fueran a salir huyendo detrás de él. Cada vez que lo hace me angustio, no sé si lo dice en serio o si su subconsciente le obliga a disgregar su poder en el único lugar donde lo tiene en estos momentos. Necesito este trabajo, lo quiero, me gusta, me conviene.
Obviamente, la vida no se acaba en un trabajo que, por otro lado, sólo realizo para tener un sueldo fijo, por si en algún momento mis ingresos irregulares como traductora no me permiten pagar las facturas y el alquiler. Podría encontrar un puesto similar, que me permitiese compaginar mis dos actividades. Tengo experiencia, un par de idiomas de propina, buena presencia, informática a nivel de usuario, conocimientos de Internet…
Pero me aterran los cambios. Y me horroriza el hecho de pensar que mi tan apreciada rutina pudiera romperse.
Y ayer, aparece mi jefe, con mirada triunfal, y empieza a desplegar su arsenal contra mí.
“Se acabó. Ya lo tengo decidido”. Y me empieza a contar sus planes de futuro. Resuelto. La venta es inminente, tiene alguien interesado y ya puedo ir haciéndome a la idea. Yo ya no tenía el día, entre los dichosos problemas mensuales femeninos (que no es un tópico, de verdad, la susceptibilidad se dispara), la impresora atascada, la fotocopiadora en huelga y cientos de papeles en la mesa, y sólo me faltaba aquel despotismo despiadado que dispersa mi jefe para sentirse importante.

Ya lo había hecho otras veces y yo nunca le tomaba del todo en serio. Pero ayer, posiblemente por el cúmulo de circunstancias técnicas y hormonales que me envolvía, sí lo hice. Y me enfadé mucho con él. Comprendía que él pensase en su futuro y no en el mío, pero a veces me siento una auténtica imbécil, preocupándome por alguien que no haría lo mismo si la situación fuese inversa. Me siento poco valorada. Nada valorada. Estoy de acuerdo en que no hay que ser neurocirujano ni ingeniero aeroespacial de la NASA para desempeñar mis funciones. Por ese motivo quizá me extralimito en mis obligaciones, para sentirme más útil, y para hacerle la vida más fácil. Y eso se le escapa delante de los ojos. Y yo sólo pido algún cumplido esporádico.
Exploté, le dije que el mundo no se acababa en su empresa y que me alegraba por él, a pesar de la putada que me hacía a mí. Al ver que un ejército de lágrimas se disponía a rodar por mis mejillas, y no queriendo darle el gustazo de ser testigo de ello (y sentirse aún más poderoso), me largué dando un portazo.
Por la tarde, volví, algo más calmada, intentando ser más optimista y culpar a la menstruación de mi reacción. Sus primeras palabras:
- Lo que te he dicho antes… era broma. No te ofusques.
Sentí un irrefrenable impulso de hacer dos cosas bien distintas. Una, darle un abrazo. La otra, darle una buena bofetada.
Evidentemente, no hice ninguna de las dos. Le dije que mis problemas no tenían nada que ver con él ni con su empresa. Que la vida no se termina entre esas cuatro paredes. Le di las gracias por aclararme lo de la broma (graciosísima, por cierto, el rato que pasé en casa a mediodía llorando como una idiota no me lo quita nadie), y que ahí quedaba el tema. Fin de la conversación.
Desde entonces, nos hemos dicho lo justo. Pero no me gusta que haya malas vibraciones en el trabajo, por aquello de que las absorbo cual vampiro y me las traigo a casa. A ver si el incienso se las lleva esta noche. Pero lo que más me molesta es que, por encima de todo, le aprecio. ¿Cómo se puede ser tan estúpida?
Vuelve a llover. En realidad, está tronando. Suerte que tengo la casa llena de velas por si se va la luz.
Comentario:
Comentario:
Sigo con el blog abandonado, pero te agradezco la atención. Sigo leyéndote (por supuesto) y sigo "envidiando" tu capacidad de captar la atención del lector.
¡¡¡Bendita Lluvia!!!
¡¡¡Bendita Lluvia!!!
Comentario:
La lluvia también limpia el ambiente. Ya verás como poco a poco las cosas se van aclarando.
Yo también pongo incienso por las noches, cuando llego a casa.
Un beso
X.
Yo también pongo incienso por las noches, cuando llego a casa.
Un beso
X.
Comentario:
Empatía la justa que si no al final asumes los problemas ajenos como propios... y te acaban machando por dentro.
Un saludo!!!
Un saludo!!!






