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Días de lluvia
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Animales

Viernes, 24 de junio

Mi hermano y su novia se han marchado una semana de vacaciones con mis padres, con todos los gastos pagados, por supuesto. Y que luego digan que los hijos medianos son los menos favorecidos… será que en mi familia somos distintos hasta en eso.
Bien, mi hermano y su novia tienen una mascota, un conejo enano con el originalísimo nombre de Bunny, a cuyo cargo me he visto obligada a quedarme sin demasiada opción a negarme. Tampoco podía soportar la idea de imaginarme al animalillo encerrado siete días en un piso, solo, sin otra compañía que las toneladas de comida y los litros de agua que le hubieran dejado.

Yo vivo sola por muchos motivos, y uno de ellos es precisamente la libertad, la ausencia de ataduras y de responsabilidades para con cualquier otro ser vivo, exceptuando los arbolitos y las hiedras del jardín. No quiero compañía perpetua en casa. No quiero mascotas, ni marido, ni hijos… Me encanta vivir sola, y mi intención es seguir haciéndolo durante mucho tiempo. Pero un favor es un favor, mi hermano es mi hermano, y el conejo enano vive en mi jardín desde hace un par de días. Lo cuido como si fuera mío, no le falta agua, ni comida, ni atención, ni mimos, ni caricias. En realidad, el animalejo es una preciosidad.



Mi piso es una planta baja con jardín, en una comunidad muy agradable, formada por dos edificios paralelos, separados por un paseo adoquinado en el centro, con bancos, árboles y plantas. Al final de dicho camino, al que tienen prohibida la entrada los vehículos por razones obvias, se encuentra la zona ajardinada con la piscina comunitaria, separada de mi jardín por un muro de menos de un metro y un brezo alto, que está empezando a poblarse de un verde y tupido jazmín trepador. Y mi jardín, a su vez, es colindante con un terreno municipal de incierto destino, del que queda separado por una alambrada.

El domingo pasado, me despertó un sonido peculiar, como una especie de campana. Mientras erraba por el piso, sin excesivas ganas de hacer limpieza, poner lavadoras y realizar las tediosas tareas domésticas, el tintineo constante de la dichosa campana me obligó a cerrar las ventanas. A mediodía, salí a comer y cuando pasé con el coche por el terreno propiedad del ayuntamiento, me quedé pasmada. No eran campanas, eran cencerros. Una cabra negra, una cabra blanca y un caballo, pastando tranquilamente, a escasos metros de mi propiedad.
Pensé que sería cosa de un día, pero no. Desde aquel domingo, alguien cuya identidad desconozco, y por razones igualmente misteriosas, deja cada día allí a los pobres animales, que terminarán muriendo de insolación si la circunstancia acaba convirtiéndose en costumbre.



Ayer, sentada tranquilamente en el jardín, me dio la impresión de estar viviendo en una granja. Por un lado el conejo, y allí, a dos pasos, las cabras y el caballo. El campo, es lo que tiene…
La cabra negra se me acercó con todo el descaro, e incluso llegó a meter la cabeza por la esquinita de mi jardín. Claro, si puede elegir entre el pasto reseco y la hiedra verde y fresca…también es normal. Entonces se me ocurrió que al animal, a su vez, podría ocurrírsele entrar en mi jardín. El hueco es algo estrecho, pero poniéndole empeño, quizá lo lograse.



Otro motivo de estrés no, me dije. Si no han entrado en una semana, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Ya me agobié bastante pensando en el conejito, y el animal está como de vacaciones en el Caribe, con el complejo turístico que le he montado, entre su jaula, su comida, la mesa a modo de porche, y un huequito cubierto para refugiarse del sol, de la posible lluvia o de cualquier elemento perturbador en su tranquila existencia.

No hay problema, todo va bien. Mi hermano y su novia pueden estar tranquilos. Dos noches superadas. Bunny está contento.



De todas formas, yo le echo un vistazo siempre que puedo. Él ya ha encontrado su rinconcito en el “chalet conejal” que he diseñado y construido para él. Hace un rato, he ido a saludarlo, a decirle que me voy a dar una vuelta y que lo dejo al mando del barco.
Y he oído un cencerro extrañamente cerca.
Me he dado la vuelta y me he quedado de hielo… ¡La cabra negra estaba dentro de mi jardín! Comiéndose todo lo verde que encontraba a su paso. El conejo se acercaba a ella con curiosidad, pero la cabra seguía a lo suyo. Posiblemente, mis gritos se hayan oído en medio vecindario.
- ¡Deja la magnolia, cabra cabrona! ¡Lárgate de aquí! ¡Bunny, Bunny, ponte a cubierto…!
He intentado coger al conejo. Y de hecho, lo he conseguido, pero ha empezado a patalear en el aire y se me ha escurrido de las manos. Mientras tanto, la cabra me miraba con incredulidad, llamándome loca con los ojos.

Yo, a pesar de vivir en un pueblo, y de encantarme la tranquilidad y no querer cambiarla por nada del mundo, soy de espíritu urbanita. No en vano viví media vida en el meollo de una gran ciudad. Adoro vivir donde vivo, pero siento un profundo temor y respeto, a la par que ignorancia, hacia el resto de especies vivas, sean insectos o animales, salvajes o domésticos. Por este motivo, no tengo ni la más remota idea de cómo interactuar con una cabra. Pero está claro que no podía dejarla allí. Dando palmadas y chasqueando la boca (no sé exactamente por qué), he intentado llevarla hacia el hueco por el que se ha colado.
- ¡Largo, largo de aquí! ¡Fuera, bicho, fuera!
Milagrosamente, y tras arduos esfuerzos, el animal se ha ido. Ilusa de mí, he pensado que su entrada era algo eventual y accidental, y que no se iba a repetir. Pero de todas formas, he llamado a la policía, para preguntar qué significan esos animales en el terreno de al lado, cuánto tiempo iba a durar la broma y cómo podemos impedir que vuelva a pasar algo así. Los agentes de la autoridad no daban crédito.
- ¿Qué dices que hay? ¿Un caballo y dos cabras…?

Entre tanto, como he dejado la puerta abierta por los nervios, el conejo ha decidido explorar todo mi piso. Ha comido alfombras, flecos de la manta del sofá, ha investigado por todos los rincones y ha decidido que no le apetecía salir otra vez. Entonces ha empezado la persecución, él escondiéndose debajo de los muebles y yo acorralándolo e intentando que se moviese hacia la salida al jardín, armada con una escoba y una sobredosis de estrés acumulado. Finalmente, lo he conseguido., y Bunny ha vuelto a su residencia estival.

Me he sentado en el despachito, parcialmente contenta porque, al menos, tengo una historia para escribir en el blog, y he empezado a redactar mis andanzas con los animales, esos grandes desconocidos. Al hacer una pausa para releer la historia, he mirado por la ventana, que también da al jardín y… allí estaba otra vez la cabra negra. Las dos patas traseras en el suelo, y las dos delanteras levantadas, apoyadas en el tronco del tilo, cual caballo encabritado de estatua ecuestre de algún héroe nacional. Menudo festín se estaba dando, la muy hija de perra…

He vuelto a salir, gritando como una loca, móvil en mano, marcando el número de la policía local. Los vecinos de al lado y los que estaban en la piscina me han oído, y uno de ellos, tan amablemente, se ha colado en mi jardín para echar a la cabra. Su mujer, asustada, le decía: “ten cuidado, no vaya a embestirte…”. Entre tanto, yo he hablado con la policía, indignada, que se ha personado en mi domicilio en menos de cinco minutos. El paseo que separa los dos edificios de mi comunidad estaba repleto de vecinos, que se han quedado de piedra al ver entrar a los agentes uniformados. Les he invitado a entrar en el jardín y les he expuesto la situación. Me han puesto al corriente del asunto. Por lo visto, los animales son propiedad de un campesino que pidió permiso al ayuntamiento para que pudieran pastar allí. Pero me han asegurado que obligarían al tal señor Antonio, el ganadero en cuestión, a tapar de alguna forma el hueco por el que se ha colado la cabra o a no volver a traerlos. Y, como solución provisional, han puesto dos sillas de mi jardín allí encajadas. Sólo ha faltado el comentario del vecino… “pues como entre el caballo….”. Dios mío, no quiero ni pensarlo.

He hecho amigos entre el vecindario, eso sí. Les he contado mis hazañas con la pseudo-granja, con el atento rescatador corroborando mi historia. Cuando he vuelto a echar un vistazo, los animales ya no estaban. Bunny tiene provisiones, agua fresca, el refugio en perfectas condiciones y los intrusos herbívoros ya se han marchado. Puedo salir tranquilamente a cenar y a tomar una copa con los amigos. Final feliz.

Sábado, 25 de junio

Hoy me he despertado sin oír ningún ruido. Ni rastro de cencerros. Ayer salí a cenar y conté mis aventuras a mis amigos. Y la gota que colmó el vaso: pedí una ensalada con queso… de cabra. La verdad es que nos reímos todos un rato con la historia, aunque yo seguía oyendo cencerros que sonaban en mi cabeza. Pero esta mañana no ha habido tintineo alguno. He salido fuera y no hay rastro de ningún animal. Las sillas siguen donde las puso tan amablemente el señor agente. No hay un alma en el terreno de al lado, pero las dejaré por si volviesen, que espero no sea así.



Creo que los policías, los vecinos, mis amigos y, sobre todo, la cabra, todavía se están riendo….
 
Comentario:
Y menos mal que era una cabra :) Suelen ser por lo general bastante pacíficas, lo que se comen cualquier cosa. Aquí en Canarias he oído que hasta comen papel de periódico.

Pero seguro que en el fondo echas de menos esa compañía que te hacían las cabritas y el caballo. ¿Verdad? :)

Un beso y buena semana!
 
Comentario:
La verdad es que todo esto parece una animalada. La cabra no entendía de límites patrimoniales, está como una cabra. No le cojas manía a los quesos de cabra, que están muy buenos.
 
Comentario:
Yo creo que hubiera atado a la cabra con algo a la valla, por el otro lado, aunque claro... cuando era crío jugaba a derrengarlas en plan rodeo americano, en casa de mis abuelos. No te puedes imaginar lo trasto que era.
El conejo es precioso, y le has preparado unas vacaciones que ríete tú de viajes marsans :)
La historia, preciosa.
Tu blog, genial, como siempre.
Besines.
 
Comentario:
Hay que reconocer que como historia es genial! Ahora, que si yo me veo en tu lugar con la cabra dentro del jardín comiéndose mis plantas me daría un parraque ahí mismo. El conejo es precioso, ya me gustarían a mí unas vacaciones en esas condiciones!!!
Un besote y ánimo con la granja!;-)
No