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Días de lluvia
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Una entre doscientas

Viernes por la tarde. Último día laborable, fin de semana por delante.
Los ánimos, no demasiado buenos.

La secretaria está triste, porque se ha quedado sin su principal fuente de ingresos, que son las traducciones, y se ve en la obligación de encontrar otras nuevas cuanto antes, o de replantearse su vida laboral y dejar el trabajo en la pequeña empresa familiar en la que campa a sus anchas, y buscar algo mejor remunerado, o de pedir un aumento de sueldo al jefe, en el peor momento posible para hacerlo. La primera alternativa es la única que le gusta, pero también la más difícil. El resto, no quiere ni pensarlo.

El jefe está triste, porque su separación es definitiva. Hace cuatro días ha tenido lugar el juicio por la demanda que su ya ex mujer interpuso contra él. Por su forma de hablar y de interpretar los hechos, está claro que alberga mucha más esperanza de lo que la estadística permite de conseguir la guardia y custodia de sus hijos, y, con ella, su casa. Y su vida.



Viernes por la tarde, en el trabajo. La empresa está en un pequeño centro comercial de un pueblo, en el que hoy, viernes por la tarde, se inaugura un centro para la infancia, con servicios de psicología y logopedia, refuerzo escolar, técnicas de estudio…
A tales efectos, no basta con invitar a unos canapés y a una copita de cava. Como el centro es infantil, no escatimemos en medios y montemos un despliegue digno de recordar. Fiesta, música, amplificador, payasos y niños. Nos espera una tarde entretenida….

La situación empieza a degradar en extraña, por emplear un adjetivo. A eso de las cinco y media de la tarde, empieza el espectáculo. Debo reconocer que la nostalgia me embarga, y todos debemos admitir que, payasos como los “míos”, nunca más los ha habido. Toda la música era la que yo escuchaba en la infancia, la gallina Turuleta, el auto de papá, hola don Pepito… Me emocioné y todo.
Eso sí, el jaleo montado, entre música, niños, madres, payasos y globos, era digno de un circo, y no de unas galerías en las que, compartiendo planta con la función, hay un dentista, una podóloga, una constructora, un centro de estética, una tienda esotérica, una peluquería y una autoescuela, la mayoría trabajando.



En pleno auge de “cómo están ustedes”, y con el acceso a la autoescuela más que complicado, llegan los alumnos del curso de ciclomotor. Cuando se abre la puerta de la autoescuela, no se oye más que el espectáculo. Bueno, y cuando se cierra… lo mismo.

La vibración del momento es anómala. Pero no sólo por los payasos y los niños. Es de noche, hace frío y es una tarde atípica. Es una tarde distinta a las más de doscientas tardes de viernes que he pasado allí. Algo ocurre.
Algo está a punto de ocurrir.

¿Cómo están ustedeeeeees?....

Llega mi jefe con la cara desencajada. Acaba de recibir una llamada de su abogado comunicándole la sentencia: lo ha perdido todo. Me deja a cargo de los alumnos, y se encierra en su despacho. Llora.

Mi corazón late a mil pulsaciones por segundo. ¿Qué hago? Objetivamente, el tema no es tan trágico. No es el primer hombre que se separa y a quien deniegan la custodia de los hijos y el domicilio conyugal. Ni será el último.
Pero, a través de sus ojos, es una tragedia. Porque, en realidad, lo es.
¿Qué se le dice a una persona que acaba de perder todo por lo que ha luchado y trabajado durante media vida?

Poco acerté a decir. Y creo que cuanto más lo intentaba, peor salía. Me partió el alma, y mucho más de lo que su mente egocéntrica y simple le permitirá notar. Tanto es así, que me ha costado dormir, que no podía dejar de imaginármelo como lo vi ayer, llorando, desesperado. Supongo que el niño que lleva dentro tendrá que crecer de golpe. Y supongo que, una vez más, no verá la mano que le tiendo.

Y a escasos metros, siguen los payasos, los niños, la música… precisamente esta tarde de viernes, de entre las más de cincuenta que tiene el año.

Es curioso cómo la alegría y la tristeza pueden compartir un pequeño escenario tan generosamente. Prácticamente se tocan la una a la otra, sin molestarse, y, a la vez, sin dirigirse la palabra. Es casi increíble que cerca de un corazón alegre se encuentre otro sin esperanza, y al lado de éste último, uno roto en mil trozos. Y así sucesivamente, con todos los corazones aparentemente unidos, pero realmente separados por mundos enteros. Parece mentira que en unos metros cuadrados se unan tantas fuerzas y tantos sentimientos tan distintos.
Y que sea tan difícil…(¡imposible!)... decirle a alguien “estoy aquí” y darle un abrazo...




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