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La casa

Hasta los catorce años, viví con mis padres y mi hermano pequeño en un piso, en una gran avenida de una ciudad con mucho bullicio.
Veraneábamos en una casita, en un pueblo a unos treinta kilómetros, donde ya pasaron muchos fines de semana y estíos mis abuelos y mis tíos. (Y, sin haberlo deseado, me ha salido un pareado). Nos quedábamos allí todas las vacaciones escolares, porque a mis padres no les importaba tener que recorrer sesenta kilómetros para ir y volver del trabajo, ya que la tranquilidad del campo compensaba con creces el calor del asfalto urbano en pleno mes de agosto.

Nuestros vecinos de la ciudad – curiosamente, los padres de aquel primer amor pubescente por el que tanto sufrí al cabo de mil años – veraneaban en un pueblo cercano al nuestro, y eran socios de un club de tenis local. Como yo ya tenía edad de tener un grupito de amigos de fin de semana y, presumiblemente, mis padres también, nos hicimos socios del club y empezamos a frecuentarlo. De camino, en la misma urbanización donde se encontraba, siempre pasábamos por delante de una enorme casa, preciosa, de piedra importada de Holanda, con una valla blanca de estilo inglés y un inmenso jardín. En lugar de persianas, tenía unas bonitas contraventanas, y era muy grande, con cinco habitaciones, todas con baño propio. Un sueño de casa. Naturalmente, había varias rutas posibles para llegar al club, pero siempre escogíamos la misma. Mi madre estaba literalmente enamorada de aquella casa.

Al poco tiempo, y casi por casualidad, mis padres se enteraron de que la casa estaba en venta. A la familia que vivía en ella le urgía quitársela de encima, ya que el matrimonio se había divorciado y la mujer no podía mantener una casa tan grande y a sus tres hijos. Después de hacer muchos números y cábalas, y de sufrir muchos dolores de cabeza, mis padres decidieron lanzarse de cabeza a la piscina y comprarla. Yo estaba encantada con una casa tan grande y tan bonita… Pero lo que no esperaba era que, terminado aquel verano, ya no fuéramos a volver a la ciudad. Mi hermana había nacido unos meses antes y el piso se nos había quedado pequeño. Por otro lado, una casa tan grande para fines de semana hubiera quedado muy desaprovechada. Y, en pleno invierno, cuando la casa se hubiera caldeado ya tendríamos que marcharnos de nuevo a la ciudad. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder volver. A esa edad, empiezas a salir con los compañeros de clase por las tardes, vas a casa de uno, a casa del otro, al cine… Y yo tendría que quedarme a vivir en un pueblo de mala muerte, sin conocer a nadie, y dejar de ver a mis amigos. A los catorce años, treinta kilómetros son treinta años luz. La casa era preciosa, sí. Pero no era mi casa.

No obstante, fue pasando el tiempo y, aunque no puedo afirmar que los once años que viví allí fueran los más felices de mi vida, es cierto que aquella casa tenía algo que seducía, que cautivaba. Un magnetismo, en cierto modo extraño, que embelesaba a quien vivía allí. Al menos, esa era mi percepción. Lo era entonces, y lo sigue siendo ahora. La casa parecía tener vida propia. A veces paso por delante y me da la impresión de que me mira, me reconoce y me recuerda. Y me llama.

Como mis hermanos eran pequeños, muchos viernes por la noche (por no decir todos) tenía que quedarme con ellos porque mis padres salían a cenar. Evidentemente, no tardé en hacer amigos y ellos no tardaron en venir a hacerme compañía en mis veladas de hermana mayor responsable. Cuando los niños ya dormían, escuchábamos música, veíamos películas o, simplemente, charlábamos sobre lo incomprendidos que éramos, o sobre que los padres de los demás siempre eran mucho mejores que los de uno, dónde va a parar...

Una de esas noches de viernes, mi hermano y su sonambulismo enervante estaban durmiendo en casa de un amiguito, lo cual, en parte, ya era un alivio. A los seis o siete años, se levantaba de la cama, con los ojos abiertos como un búho, y corría por toda la casa, asegurando que “están aquí… y vienen por mí”. Lo cierto es que su rostro palidecía y realmente parecía que él viese algo que los demás no veíamos. Incluso nos lo señalaba con el dedo. Hace relativamente poco, he sabido que los niños, hasta cierta edad, tienen la capacidad de percibir fenómenos o presencias que los adultos no sentimos. Pero tampoco se me había ocurrido vincular los paseos nocturnos de mi hermano con ese presunto y aterrador don infantil. Con el tiempo, el sonambulismo se fue calmando hasta que, finalmente, desapareció.

Esa noche, mi hermano no estaba. Mi hermana, que no llegaba al año de edad, ya dormía en su cuna, en el piso de arriba. En aquella ocasión sólo éramos dos personas, una amiga mía y yo.

Charlábamos tranquilamente en el salón, sobre amoríos, clases, profesores, amigos… o tal vez sobre temas más trascendentales, pero lo dudo, y, de pronto, a ambas nos pareció escuchar el clásico chirrido de la cuna de mi hermana cuando se despertaba y se movía frenéticamente en su interior, reclamando la atención de quien quisiera atenderla. Subí a echar un vistazo y la pequeña estaba plácidamente dormida.
No le di importancia y bajé, con intenciones de retomar la conversación donde la hubiésemos dejado. De nuevo en el salón con mi amiga, volvimos a oír otro sonido. Guardamos silencio y prestamos atención. Era como una voz que canturreaba en el piso de arriba. El timbre era muy neutro, no podría asegurar si era de hombre o de mujer. El hecho de no estar sola me tranquilizó, pero sólo en parte, porque éramos dos personas las que oíamos exactamente lo mismo, lo cual quería decir que el sonido era real. Tal vez si no hubiese habido nadie más conmigo, me hubiera obligado a convencerme de que eran imaginaciones mías (recurso que recomiendo encarecidamente, a mí siempre me ha resultado de gran utilidad).
Ni que decir tiene que nos asustamos mucho, porque la voz estuvo canturreando durante un buen rato, y nosotras no sabíamos qué hacer. No olvidemos que arriba había un bebé durmiendo. De no haber sido así, posiblemente hubiésemos salido huyendo despavoridas. Pero yo jamás hubiera dejado a mi hermanita en manos de aquella extraña voz…

Finalmente, la voz cesó, mi hermana continuó durmiendo, mis padres llegaron y mi amiga y yo, en un arrebato de lucidez adolescente, preferimos omitir nuestra versión de los hechos, porque estaba claro que nadie nos iba a haber creído.

Todavía hoy, más de quince años después, siento un escalofrío cuando recuerdo aquel episodio. Nunca llegué a saber de quién era aquella voz que arrullaba a mi hermanita, como tampoco me enteré jamás de quién arrastraba las sillas de la cocina una mañana en que yo estaba sola, ni de quién caminaba sigilosamente por las noches, ni de quién tiró todos los vasos de la vitrina del comedor…

Era aquella casa. Una casa que debía de tener vida propia, porque no nos dejaba marcharnos después de venderla, al cabo de once años. Una oportunidad única, jamás la pagarán tan bien. Luego querremos deshacernos de ella con prisas y la malvenderemos. Nadie quiere marcharse precisamente ahora, pero es una oferta irrecusable. Bueno, todas esas explicaciones fueron las que obtuve cuando me quejé, lloré y pataleé por no poder quedarnos. Y, en el fondo, sabía que era lo mejor. Tenía que cambiar de vida, en una casa nueva, sin recuerdos y sin pasado. Iba a ser lo mejor para mí. Empezar de nuevo.

La casa me pedía a gritos que me quedase allí. Su inquietante magnetismo nos hizo muy difícil la marcha. Permaneció conmigo, en mis sueños, durante mucho tiempo. Aún hoy me visita algunas noches. Parece que no nos resignamos a estar separadas, aunque, paradójicamente, nunca fuimos muy felices juntas.

En la actualidad, cuando paso por delante de ella, lo cual no sucede muy a menudo, no puedo evitar mirarla con nostalgia. Los inquilinos que nos siguieron estuvieron allí pocos meses. Y los posteriores, aún menos. Tal vez la casa no los quisiera allí. Ahora está vacía. Lleva mucho tiempo vacía. Tal vez me espera. Si tiene mucha, muchísima paciencia, puede que algún día el destino quiera que volvamos a unirnos. Pero, por lo pronto….


 
 
Comentario:
No se si será la edad, pero en la adolescencia es cuando uno está mas receptivo a la sensaciones "paranormales". Yo recuerdo un viaje de fin de curso en 8º de EGB que aun me pone los pelos de punta, así que mejor lo dejamos olvidado en el pasado y que ahí se quede.

De todas formas, quería felicitarte, porque literalmente me he sentido envuelto por tu relato. A lo mejor era yo el que arrullaba esa noche ;)
 
Comentario:
Qué miedo. De pequeño (y no tanto) siempre tenía un oculto anhelo de que me sucediera algún hecho así. Menos mal que nunca ocurrió.
 
Comentario:
He comenzado a leerte y me has enganchado, Lluvia.
Muchas gracias por escribir así.
Y por compartirlo.
X.
No