13 - 31
Cuando tenía unos doce o trece años, y empecé a frecuentar el lugar que ahora considero casi como mi segunda casa, conocí a alguien que sería muy especial en mi vida. Por aquel entonces, conocí a muchas otras personas, de entre las cuales, aún conservo grandes amigos.
A veces, la vida se compara a un viaje en tren, con una estación de salida, un último destino, y cientos de paradas entre medio. En algunas de ellas, suben pasajeros, que se sientan más cerca o más lejos de ti. En otras, se bajan personas, en unas ocasiones importantes y en otras menos. A medida que te alejas, observas cómo se quedan en el andén, saludándote con la mano, despidiéndose quién sabe hasta cuándo. Tal vez para siempre.
Aquella parada, en la que subió tanta gente, fue una de las más importantes de mi vida.
Yo todavía no vivía en el pueblo, en aquella casa más que encantada, encantadora. Pero como veraneaba muy cerca de allí, mis padres me acompañaban en coche al club de tenis, donde empecé a conocer a muchos chicos y chicas de mi edad.
Entre ellos, estaba J., uno más del grupo, pero con un encanto especial. En seguida nos hicimos amigos. Era una amistad estival, porque él vivía en una ciudad y sólo venía al pueblo a pasar el verano. Pero fueron muchos años, uno tras otro, los que contribuyeron a forjar un sentimiento, mezcla de cariño, de intimidad, de confianza, de amistad… un vínculo que parecía indestructible y que, al mismo tiempo, el resto del mundo ignoraba.
Pasaron los años y dejamos de ser niños. A los diecisiete, en una suerte de fiesta que organicé en casa un verano, celebrando que estaba sola, sin padres ni hermanos pequeños, el alcohol y nuestros lazos nos llevaron a un primer escarceo amoroso. Éramos jóvenes y vírgenes, aunque él era más inexperto que yo en las iniciaciones a las destrezas del amor. Él se equivocó conmigo, porque pretendía perder la virginidad y yo no estaba por la labor. Y yo me equivoqué con él, porque pensé que me estaba utilizando, y él nunca ha estado por la labor de utilizar a nadie.
Nuestra aventura quedó en eso. Una anécdota eventual cuyos únicos residuos fueron la rumorología subsiguiente, las bromitas de los amigos, los comentarios maliciosos… Tan insoportables se llegaron a hacer, que nuestro irrompible vínculo empezó a romperse. Fue entonces cuando se me antojó que estaba loca por él, que había dejado escapar una oportunidad de oro, que había metido la pata hasta el fondo. Una mujer a los diecisiete años piensa en esas cosas. Un chico sólo se preocupa de evitar el molesto cachondeo de sus amigos, familiares y vecinos.
La distancia se fue haciendo cada vez mayor, hasta que mi orgullo me venció y dejé de hablarle. Tenía motivos, por supuesto. Las contadísimas ocasiones en que nos encontrábamos a solas, él era un encanto conmigo. Pero, de cara a la galería, apenas me miraba y mucho menos me dirigía la palabra. Así se evitaba las bromas de los demás, que, por otro lado, hubieran cesado si a él no le hubieran afectado. Un buen día, sin más explicación, decidí ignorar su existencia. Y, en principio, a él no pareció importarle.
Al cabo de unos dos años, sin saber prácticamente nada el uno del otro, el destino nos preparó un reencuentro. Empezamos a estudiar, sin saberlo, en la misma zona universitaria, yo por las mañanas y él por las tardes. Nuestras carreras poco tenían que ver y nuestros horarios, menos. Y las facultades estaban lejos la una de la otra. Pero un día, en la estación, esperando el tren para volver a casa, lo vi acercarse, con su particular forma de andar, la melena rubio ceniza meciéndose con sus pasos, y aquellos peculiares pantalones verdes.
Dos años sin hablarnos y ahora, lejos de todo nuestro pasado y nuestro mundo, se está acercando a mí. ¿Me habrá visto? ¿Me hago la despistada? ¿Lo saludo como si tal cosa? Dios mío, qué pequeño es el mundo…
- Hola.
- Hola.
- ¿Qué haces por aquí?
- Estudio aquí por las mañanas. Traducción e Interpretación.
- Vaya. Yo estudio Telecomunicaciones, pero por las tardes.
- Qué casualidad.
- Sí…
- ¿Todo bien?
- Sí. ¿Y tú?
- También.
- Bueno, pues ya nos iremos viendo por aquí.
- Vale. Hasta luego.
No estuvo mal. Nuestra timidez y mi miedo (no sé si él también lo sintió) ante el encuentro todavía nos habían permitido cruzar cuatro palabras. Veríamos en qué desembocaba todo aquello. Tal vez no volvía a verlo y aquel día fue un capricho del azar. La conversación fue algo tensa y fría, pero, al menos, fue. Aparentemente, él se había apeado de mi tren de la vida, ese viaje a veces cruel, que nos une y nos separa de las personas a quienes queremos, jugando con nuestra fortuna. Se había bajado del tren de mi vida. Pero, en algún punto del trayecto, había tomado otra ruta que lo había traído de vuelta a mí, en un oportuno cruce de vías férreas. Y aquello no podía ser una simple casualidad.
Gracias a los años de universidad, nuestra amistad volvió a cobrar fuerza, aunque, al menos por mi parte, el sentimiento era más intenso. ¿Amor? ¿Atracción? ¿Asignatura pendiente? Ni yo misma lo sabía. En realidad, sigo ignorándolo.
Al cabo de algunos veranos, ya con veintipocos años, en una fiesta alcohólica y loca concebida para afrontar la dura vuelta al trabajo, a los estudios, al otoño o a la cruda realidad, terminamos haciendo el amor en la piscina. Fue tremendamente dulce, tímido, inseguro. Cuando el amanecer nos cazó allí, sin ropa y sin recursos, la timidez volvió a investirnos. ¿Volveríamos a estar años sin saber el uno del otro? Aquella vez, tal vez no.
Fue valiente. Nunca lo había sido hasta entonces. Tras varios intentos fallidos, vino a darme explicaciones que yo no deseaba ni necesitaba escuchar, pero que agradecí.
- Ha estado muy bien, pero tenemos vidas separadas y esto quedará como una bonita historia en nuestros recuerdos - se excusó.
- Opino lo mismo - mentí.
- Seguiremos siendo amigos.
- Claro.
A partir de entonces, nos fuimos viendo de verano en verano y en ocasiones contadas. Pero nunca nos perdíamos la tradicional fiesta de despedida del calor, de la playa, de la piscina y de las vacaciones. Y siempre la clausurábamos en algún rincón íntimo, en su coche, en el mío, en el suelo, bajo el estrellado cielo estival, queriéndonos a nuestra manera. A escondidas del resto del mundo. Desde un punto de vista algo frívolo, nuestros puntuales encuentros veraniegos se habían convertido en una especie de tradición, como la fiesta.
Pero, con el tiempo, algo fue cambiando. Aquel vínculo que parecía perdido desde el ocaso de la infancia y el albor de la adolescencia empezó a reconstruirse. De agosto en agosto, una vez al año, nos empezamos a hacer confidencias, a abrirnos el uno al otro. Él fue la única persona capaz de arrancarme una sonrisa cuando murió mi gran amigo, mi alma gemela, mi hermano, la mejor persona del mundo. Me ayudó tanto que, varios años después, tuve el valor de agradecérselo con palabras. Nos comprendíamos, nos gustábamos, estábamos bien juntos. De agosto en agosto. Lo nuestro era algo especial… de verano en verano.
Así continuamos, hasta hace un par de años. Aquel verano sucedió algo inesperado. Se marchó de viaje con unos amigos y… se enamoró. Locamente. Conoció a la que hoy es su pareja y, a pesar de la distancia que los separa y de las muchas dificultades que eso comporta, siguen juntos. Juntos, pero con el océano Atlántico entremedio. Mucha gente opina que esa relación no va a ninguna parte, que si después de dos años aún no viven juntos es que algo no funciona, que un día él se dará cuenta de la situación… Yo, mi opinión, me la reservo, porque hasta la fecha, nadie me la ha pedido.
Cuando lo supe, no puedo decir que me llevase un mazazo, pero la noticia me sorprendió…y no precisamente para bien. En el fondo, siempre había creído que él y yo, un día u otro, sin prisas, íbamos a terminar juntos, quizá no de forma tradicional o convencional, pero sí a nuestra manera. ¿Habría estado enamorada todo aquel tiempo? Nunca me había detenido a analizar qué tipo de amor era el que sentía hacia él… Era amor, y punto.
Acerté a decirle todas estas cosas, más o menos, pero sólo por escrito. Él me respondió, diciéndome que era feliz, que estaba enamorado, que no se esperaba mis palabras, que lo sentía, que no me enfadase, que supiera entenderlo.
¿Cómo voy a enfadarme contigo? Me alegro de que seas tan feliz, y espero que ella sepa valorar la suerte que ha tenido. Sólo quiero lo mejor para ti, y espero que estas cartas informatizadamente impersonales no venzan una posible batalla contra nuestra amistad.
Fue entonces cuando me confesó que yo había sido su primera vez, en aquella ocasión, años atrás, en la piscina. Y que eso nunca iba a olvidarlo. Es un secreto que seguimos compartiendo.
Me da la impresión de que le sorprendió que yo le comprendiese.
Y a mí me sorprendió la tranquilidad que sentí a partir de entonces. Era como si me hubiera liberado. Ni una lágrima por haber “perdido” al hombre al que “amaba”. Nada. Sólo una reconfortante sensación de tranquilidad, de calma, de equilibrio.
Sólo había sentido una punzante necesidad de decirle que era una persona tremendamente importante en mi vida.
Sólo lo quería. Como lo quiero ahora. Sin mayores expectativas.
A partir de entonces, empezamos a llamarnos por teléfono, cosa que jamás habíamos hecho. Siempre por algún motivo y no con mucha frecuencia. Empezamos a comportarnos como auténticos amigos, sin pasado ni futuro, pero con un vínculo especial. Él estaba tranquilo, tenía novia, era feliz y nadie podría decir lo contrario. Yo estaba tranquila, todo se había hablado, no había tensiones, ni temor, ni nada. Sólo una bonita amistad, un sano sentimiento, una complicidad que nunca se había perdido.
Con el tiempo, fuimos viéndonos y llamándonos con mayor frecuencia, hasta que un día, hace pocos meses, me propuso quedar, para contarnos nuestras vidas, para que le enseñase mi casa, para charlar como dos buenos amigos. Así me contaría su relación con su novia, yo le contaría mis fallidas historias, hablaríamos de lo genial que es la independencia de los padres, de trabajo, de amor, de sexo, de drogas, de hijos, de la vida…
Era la primera vez en casi veinte años que quedábamos a solas, como un par de buenos amigos, para charlar. La tranquila tarde en el sofá, contándonos nuestras vidas, se escapó casi sin avisar y dio paso a la noche. Estábamos relajados, a gusto, sin temores, sin presiones y sin prisas. Salimos a cenar, brindamos por nosotros, por repetir una velada tan agradable, porque después de tantos años ahí estábamos, cenando juntos y pasándolo tan bien. Como dos buenos amigos. Porque eso es lo que somos. Dos buenos amigos.
Volvimos a mi casa, y descorchamos una botella de cava que yo guardaba para una buena ocasión. Brindamos, fumamos, reímos, charlamos y, de pronto, me besó. Fue un beso dulce y apasionado, que rápidamente empezó a encender una llama que creíamos apagada. Nos dejamos llevar. Nos quitamos la ropa, fuimos al dormitorio, nos lanzamos literalmente a la cama. No quise pararme a pensar. Me dejé subyugar por la situación. Mañana será otro día.
- Lo siento, no puedo. Estoy borracho. No es por ti, te lo prometo, lo siento.
- Iba a decirte que no empezases nada de lo que pudieras arrepentirte… pero no lo he hecho.
No sé si fue realmente el alcohol o la mala conciencia. O una mezcla de ambos. Nos dimos un abrazo eterno, y a la vez, insuficiente. Dulce. Agridulce.
Quiso salir huyendo, pero conseguí que se quedase un rato más, para intentar deshacerme de lo embarazoso de la situación. Una fuerza superior a nosotros nos había sorprendido con la guardia baja y, por un lapso de tiempo que ahora no sabría concretar, pudo con nuestras voluntades.
Hablamos, y nos confesamos una atracción mutua muy fuerte, tanto física como espiritual. “Me gusta cómo eres. Me gusta estar contigo. Siempre me has hecho sentir muy bien. Desde pequeño”. Sólo le dije que no quería perder lo que teníamos. Y entre besos y caricias me prometió que nunca lo perderíamos.
Después de aquello, nos hemos vuelto a ver un par de veces, una de ellas por mi cumpleaños. Me trajo un regalo. Es un cielo y le adoro. Sin más.
No sé si nuestra historia continuará, o si duró desde los 13 hasta los 31 años. Supongo que nadie tiene respuesta a mi pregunta. En realidad, no sé si quiero una respuesta.
Todavía quedan muchas estaciones en el tren de la vida. Y el viaje, espero, será largo.
Comentario:
MA, X: Muchísimas gracias por vuestros comentarios. Me hace inmensamente feliz el saberme leída y aun más el saber que os gusta.
Muchas gracias, de verdad.
Seguiré contando cosas. Espero que no se me acaben las historias ni las palabras.
Muchas gracias, de verdad.
Seguiré contando cosas. Espero que no se me acaben las historias ni las palabras.
Comentario:
Opino lo mismo que MA. Escribes maravillosamente bien, Lluvia.
Un escritor dijo que el estilo es una forma de ser. Leerte es empezar a conocer a una persona muy especial.
Gracias, de verdad.
X.
Un escritor dijo que el estilo es una forma de ser. Leerte es empezar a conocer a una persona muy especial.
Gracias, de verdad.
X.
Comentario:
Me sigue resultando una auténtica delicia leer tus textos.
Un saludo.
Un saludo.






