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Ayer Javier quiso "secuestrarme". Me llevó a un sitio apartado no sé dónde y muy cutroso, con mucha luz. No me gustó nada. Estaba a disgusto. Pasó un señor con su maldito perro y un corredor esportivo con su culito prieto. No teníamos intimidad. Además, él empezó como a darme grima, uff. Sentía como morbo y asco por la situación. Él pretendía hacerme una paja rapidita. Me negué. Dije que quería follar en un sitio más tranquilo. J. estaba contrariado, porque era MUY pronto y además de día.
Probamos en Parque de las Naciones. Había un super-atasco. No sé qué jodida convención cerraba sus puertas al público, que produjo una desbandada de ochocientos mil vehículos al mismo tiempo. Como la peli de “EL Show de Truman”, en donde el tráfico aparece de pronto en una calle antes desierta.
Allí nos tienes, como dos bobos, esquivando el puto atasco anti-magreos. Él afirma (sin preguntarme) que mejor nos vamos a casa. Yo no paro de hablar.
Entonces, yo, que me siento un poco puto, un poco utilizado, un poco guarro... escucho aquello de "eh, no te sientas mal, ¿vale?" y me dan ganas de decirle "como tú, ¿no?", pero sé que es una respuesta muy injusta y yo no quiero juzgarle.
El tío capullo me pregunta más tarde si "estoy escribiendo algo", que es la pregunta que a mí me hace más ilusión de todas las que se me pueden formular.
Se me pasa un poco el mal rollo. Me deja cerca de casa. La despedida es amable pero muy fría. Llevo los slips bajados por debajo del pantalón.
No quiero volver a casa.
Me voy a Uve y es prontísimo. No hay casi nadie. Solo camina un yayo con una bolsita de medicinas. Ostrás qué heavy. El parking está lleno de coches, algunos amontonados sobre las aceras, otros encajados con calzador. Han venido a ver la puta repesentación de los huevos sobre la putísima Zarzuela (nooo, no podían hacerla en Colón como siempre, la tienen que hacer aquí en Uve. Mierda).
Una señora se come un bocadillo enorme en su camping- caravana. Está en pijama y habla a voces a su marido. Los escasos merodeadores somos su distracción. Somos como ver la tele. Como ver "Sucedió en Madrid", pero sin interrupciones ni pausas publicitarias. La vida en directo.
Unos chicos muy simpáticos se dedican a apuntarme con un láser desde un balcón exterior de la plaza. Les divierte. Tan divertido como asustar a las putas en la Casa de Campo, ¿verdad?
Decido largarme. Pero no quiero volver a casa.
En la Av D., flanqueada por los enormes mega-bloques, recuerdo a mi vecino. Ese del mini-coche en cuya matrícula se leía "EL PEKE". Mi vecino... y aquel polvo sudoroso, aquel fin de fiesta en su boca. Le mando un mensaje sucinto "estoy cerca de tu casa q tal q haces?" de esos que supongo mandan los chicos desapasionados y folladores en esencia.
Pero el mensaje se queda perdido en los espacios siderales. El acuse de recibo dice que se ha quedado almacenado en el putísimo centro Movistar.
Me dirijo con paso vacilante hacia la calle V. de N (creo). Mi plan estupendísimo es peregrinar hacia la calle A. S. Cuando estoy allí, después de una larga caminata, me pregunto qué hago yo por esos andurriales. Aunque no tenga una finalidad, me obsesiona esa calle, sus edificios ajardinados, el frescor de la hierba recién regada. Se adivinan lujosos apartamentos. A uno se le ponen la envidia de punta, como si fuera una exclamación que pudiera tocarse. Vuelvo de mi excursión boba por la ruta B; es decir, la calle M. Silenciosa, fresca, cercada por muros cubiertos de hiedra. Es mi calle perfecta e ideal. (Es la calle en la que un día hice caca gracias a que la providencia había dejado sin luz la zona).
Arrastro mis pies hasta la avenida que cruza el barrio. Se me escapa un 146, pero cojo un 48. Uno de los conductores de la mano contraria me mira con la intensidad de "soy marica y te he reconocido con mi ultra-rádar mentalista", pero ya sé que pensarás que soy un maldito paranoico, pues la mirada apenas dura un segundo y él va montado en el puñetero autobús a toda pastilla. Me da igual, ya sabéis (queridos lectores) que mi fantasía máxima es montármelo con uno de la empresa municipal de trasportes. Demos gracias.
Entonces recibo tu mensaje, Raqui. Estoy exhausto. Adivinarás a dónde fui. Porque el criminal vuelve siempre a etc, etc. Tenía la sospecha de que la Zarzuela esa duraría hasta las 12. Me bajé dos paradas más allá de la mía. Me felicité por ese dominio del trasporte madrileño, pues me quedé en un lugar estratégico desde donde la plaza puede abarcarse desde arriba y la discreción es mucho mayor. Pero las obras eternas (sin comentarios) me desviaron y cuando bajé las escaleras del parking, me di de bruces con la gitana y sus secuaces. ¿Mis amigos de ligue? ¿Reunión de adictos? ¿Charla de chaperos? No lo sé. Yo soy allí el profe, parece ser. Uno dice que “jué, con lo mar que hablo yoo”. Pero yo advierto que no estoy de servicio y que cada uno hable como le dé la gana.
La mujer del bocadillo ahora juega al mus o a algo así y le da voces a su marido. Se la puede seguir observando en su pijama por la ventanita de la roulotte. La mujer genera un debate sobre lo cojonudo de tener una de esas caravanas Uno la conduciría hasta el mar y follaría en la playa y luego se bañaría en “pelota picada” y volvería a follar y a bañarse… Otro dice que vivía cerca del mar y se marchó. Yo hago otro comentario del estilo, sobre mi lejanísimo apartamento de la playa y se nos pone a todos miradas soñadoras, como si el mar fuese una salida hacia algún lugar mejor.
“El bacalao está muy caro” sentencia uno. Quiere decir que hay pocos tíos salidorros. Yo digo que es una cuestión de mercado, de que hay poca oferta y mucha demanda y los precios suben. Lo digo en broma, pero ellos deben entender que hablo de chaperos quizá. Cuando voy a mear uno del grupo me grita “que ese culito no pase hambre”. Es la primera vez que me lo dicen a mí. Respondo que no sé si eso es un piropo o no, pero que gracias de todas formas. Me voy hacia mi tapia predilecta donde meo con mayor tranquilidad. El ralentí de los coches, lar portezuelas abriéndose o cerrándose, el ruido de pasos en la oscuridad tienen un regusto insano y feliz como descorchar botellas de champán para nuestro querido amigo bebedor o el timbre del premio máximo para nuestro querido vecino jugador.
El riego por aspersión hace que la meada se funda con un agradable chapoteo del agua.
Al volver, dos tipos con pinta de bestias, me observan como si yo fuera un suculento manjar y estuvieran hambrientos. Un manjar que desean “compartir” entre ellos. Dejan de hablar para mirarme. Pero decido que no soy un pollo asado, que ya está bien.
En una última ronda, la gitana me confiesa que está harta de bajarse a Uve todos los días. Está triste y lleva el pelo suelto y algo frito (no sé cómo se dice). Está muy lánguido. Le digo que le comprendo, que esto no merece la pena. Para animarle le cuento la historia de mis dos alumnos mellizos, que eran de madre paya y padre gitano. La niña era una bendita (desarrapada) y el niño un capullo. Un día un niño se chivó de que les estaba apuntando a los ojos con un láser (¿a que es divertido?) y cuando fue interrogado, en un descuido, se metió el láser en los huevos para no ser descubierto. Pero le pillaron. La gitana se reía. Afirmó que él era completamente gitano. Yo le dije que yo era completamente payo. Y a ambos nos hizo gracia nuestro comentario
Al cabo de la media hora me marcho. Porque todo es un rollo y porque la horda de gente de la Zarzuela saldrá escopetada a las 24:00 y se formará otro atasco espontáneo y ya he tenido suficiente con uno.
Despido a mis amistades. No voy a criticarles por estar allí, ni por cómo son. Yo también estoy allí. A veces me pregunto si este tipo de cosas las piensan los alcohólicos en sus bares o los ludópatas en los salones recreativos.
Antes de irme me encuentro con el tipo ese del monovolúmen matrícula de GU. Es un retaco, por Dios. Pienso cómo he podido yo acostarme con ese dos veces. Cómo he sido capaz de copular al aire libre agarrado de un árbol (¿te acuerdas?). Me resulta inverosímil que yo haya estado dándome cabezazos en la portezuela de su coche mientras él me lo hacía a lo bestia y yo gemía a lo bestia y me hacía daño. Ese retaco interesado en su propio placer y que por cortesía esperaba a que me corriera. Que me azotaba el culito como quien espanta distraídamente una mosca molesta.
Pues como soy gilipollas le saludo. Y él va y me cuenta la milonga de que ha quedado con un chiquito, pero no sabe si va a venir, pero que él no da el móvil a nadie, que se fumará unos cuantos pitis y si el niño no aparece se pira. Ja, ja, ja. Mentira, mentira, mentira. Aunque vamos a ser buenos y pensar que era verdad. Vamos a ser justos y pensar que pudiera estar un poco resentido conmigo pues en varias ocasiones he pasado incluso de saludarle
(palmaditas
en
el
culo,
plas, plas).
Vamos a ser honestos y reconocer que yo estaba más salido que una mona, que aquel retaco de la gorra (que disimula su alopecia) era la ultimísima oportunidad de sexo: esa adicción tan conocida por mí, que se permite la libertad de hacer cosas que escapan a mi control.
Reconozcamos que J. me había puesto como una moto y que era terrible porque quizá me había excitado con lo que representaba, su anillo dorado de matrimonio, su corbata, esa seriedad torpe de ejecutivo. Era terrible y morboso.
Cuando llegué a casa no me apetecía hablar con nadie, ni siquiera el messenger. Sonreí mucho a mi familia y dije lo que esperaban escuchar (tu consejo funcionó, cariñín). Cené y me hice una superpaja antes de ducharme. Qué felicidad. Reconozco que mi ensoñación tuvo que ver con mi ejecutivo salidorro en su coche. La cosa se estropeaba cuando recordaba su cara y me entraba esa especie de repelús. Puahg.
Hoy fue mi primer día del cole, pero sin alumnos. Llegué puntual al claustro y el director dedicó unas bonitas palabras a la importancia de las relaciones humanas. Dijo que nosotros no somos una empresa que fabrica churros apretando un botón, sino que formamos a personas, etc. Claro, que a mí me entró la risa.
Mi horario es estupendo (no tan chuli como el del año pasado, pero mola bastante). Ya te diré cómo es, de momento los lunes y martes no tengo q pegarme el super-madrugón!!!!!!!!!
Estoy cansado y tengo la garganta fastidiada. Mi padre tose y echa mocos y odio el cambio de tiempo. He ido a la farmacia y me he comprado de todo. Hasta un vips vaporús a ver si me coloco más del todo. Pero este mail es para decirte que estoy bien y que te echo de menos.
Y que sigo escribiendo.
Un beso y gracias por tener la paciencia de leerme.
Besos
Jorge.
Probamos en Parque de las Naciones. Había un super-atasco. No sé qué jodida convención cerraba sus puertas al público, que produjo una desbandada de ochocientos mil vehículos al mismo tiempo. Como la peli de “EL Show de Truman”, en donde el tráfico aparece de pronto en una calle antes desierta.
Allí nos tienes, como dos bobos, esquivando el puto atasco anti-magreos. Él afirma (sin preguntarme) que mejor nos vamos a casa. Yo no paro de hablar.
Entonces, yo, que me siento un poco puto, un poco utilizado, un poco guarro... escucho aquello de "eh, no te sientas mal, ¿vale?" y me dan ganas de decirle "como tú, ¿no?", pero sé que es una respuesta muy injusta y yo no quiero juzgarle.
El tío capullo me pregunta más tarde si "estoy escribiendo algo", que es la pregunta que a mí me hace más ilusión de todas las que se me pueden formular.
Se me pasa un poco el mal rollo. Me deja cerca de casa. La despedida es amable pero muy fría. Llevo los slips bajados por debajo del pantalón.
No quiero volver a casa.
Me voy a Uve y es prontísimo. No hay casi nadie. Solo camina un yayo con una bolsita de medicinas. Ostrás qué heavy. El parking está lleno de coches, algunos amontonados sobre las aceras, otros encajados con calzador. Han venido a ver la puta repesentación de los huevos sobre la putísima Zarzuela (nooo, no podían hacerla en Colón como siempre, la tienen que hacer aquí en Uve. Mierda).
Una señora se come un bocadillo enorme en su camping- caravana. Está en pijama y habla a voces a su marido. Los escasos merodeadores somos su distracción. Somos como ver la tele. Como ver "Sucedió en Madrid", pero sin interrupciones ni pausas publicitarias. La vida en directo.
Unos chicos muy simpáticos se dedican a apuntarme con un láser desde un balcón exterior de la plaza. Les divierte. Tan divertido como asustar a las putas en la Casa de Campo, ¿verdad?
Decido largarme. Pero no quiero volver a casa.
En la Av D., flanqueada por los enormes mega-bloques, recuerdo a mi vecino. Ese del mini-coche en cuya matrícula se leía "EL PEKE". Mi vecino... y aquel polvo sudoroso, aquel fin de fiesta en su boca. Le mando un mensaje sucinto "estoy cerca de tu casa q tal q haces?" de esos que supongo mandan los chicos desapasionados y folladores en esencia.
Pero el mensaje se queda perdido en los espacios siderales. El acuse de recibo dice que se ha quedado almacenado en el putísimo centro Movistar.
Me dirijo con paso vacilante hacia la calle V. de N (creo). Mi plan estupendísimo es peregrinar hacia la calle A. S. Cuando estoy allí, después de una larga caminata, me pregunto qué hago yo por esos andurriales. Aunque no tenga una finalidad, me obsesiona esa calle, sus edificios ajardinados, el frescor de la hierba recién regada. Se adivinan lujosos apartamentos. A uno se le ponen la envidia de punta, como si fuera una exclamación que pudiera tocarse. Vuelvo de mi excursión boba por la ruta B; es decir, la calle M. Silenciosa, fresca, cercada por muros cubiertos de hiedra. Es mi calle perfecta e ideal. (Es la calle en la que un día hice caca gracias a que la providencia había dejado sin luz la zona).
Arrastro mis pies hasta la avenida que cruza el barrio. Se me escapa un 146, pero cojo un 48. Uno de los conductores de la mano contraria me mira con la intensidad de "soy marica y te he reconocido con mi ultra-rádar mentalista", pero ya sé que pensarás que soy un maldito paranoico, pues la mirada apenas dura un segundo y él va montado en el puñetero autobús a toda pastilla. Me da igual, ya sabéis (queridos lectores) que mi fantasía máxima es montármelo con uno de la empresa municipal de trasportes. Demos gracias.
Entonces recibo tu mensaje, Raqui. Estoy exhausto. Adivinarás a dónde fui. Porque el criminal vuelve siempre a etc, etc. Tenía la sospecha de que la Zarzuela esa duraría hasta las 12. Me bajé dos paradas más allá de la mía. Me felicité por ese dominio del trasporte madrileño, pues me quedé en un lugar estratégico desde donde la plaza puede abarcarse desde arriba y la discreción es mucho mayor. Pero las obras eternas (sin comentarios) me desviaron y cuando bajé las escaleras del parking, me di de bruces con la gitana y sus secuaces. ¿Mis amigos de ligue? ¿Reunión de adictos? ¿Charla de chaperos? No lo sé. Yo soy allí el profe, parece ser. Uno dice que “jué, con lo mar que hablo yoo”. Pero yo advierto que no estoy de servicio y que cada uno hable como le dé la gana.
La mujer del bocadillo ahora juega al mus o a algo así y le da voces a su marido. Se la puede seguir observando en su pijama por la ventanita de la roulotte. La mujer genera un debate sobre lo cojonudo de tener una de esas caravanas Uno la conduciría hasta el mar y follaría en la playa y luego se bañaría en “pelota picada” y volvería a follar y a bañarse… Otro dice que vivía cerca del mar y se marchó. Yo hago otro comentario del estilo, sobre mi lejanísimo apartamento de la playa y se nos pone a todos miradas soñadoras, como si el mar fuese una salida hacia algún lugar mejor.
“El bacalao está muy caro” sentencia uno. Quiere decir que hay pocos tíos salidorros. Yo digo que es una cuestión de mercado, de que hay poca oferta y mucha demanda y los precios suben. Lo digo en broma, pero ellos deben entender que hablo de chaperos quizá. Cuando voy a mear uno del grupo me grita “que ese culito no pase hambre”. Es la primera vez que me lo dicen a mí. Respondo que no sé si eso es un piropo o no, pero que gracias de todas formas. Me voy hacia mi tapia predilecta donde meo con mayor tranquilidad. El ralentí de los coches, lar portezuelas abriéndose o cerrándose, el ruido de pasos en la oscuridad tienen un regusto insano y feliz como descorchar botellas de champán para nuestro querido amigo bebedor o el timbre del premio máximo para nuestro querido vecino jugador.
El riego por aspersión hace que la meada se funda con un agradable chapoteo del agua.
Al volver, dos tipos con pinta de bestias, me observan como si yo fuera un suculento manjar y estuvieran hambrientos. Un manjar que desean “compartir” entre ellos. Dejan de hablar para mirarme. Pero decido que no soy un pollo asado, que ya está bien.
En una última ronda, la gitana me confiesa que está harta de bajarse a Uve todos los días. Está triste y lleva el pelo suelto y algo frito (no sé cómo se dice). Está muy lánguido. Le digo que le comprendo, que esto no merece la pena. Para animarle le cuento la historia de mis dos alumnos mellizos, que eran de madre paya y padre gitano. La niña era una bendita (desarrapada) y el niño un capullo. Un día un niño se chivó de que les estaba apuntando a los ojos con un láser (¿a que es divertido?) y cuando fue interrogado, en un descuido, se metió el láser en los huevos para no ser descubierto. Pero le pillaron. La gitana se reía. Afirmó que él era completamente gitano. Yo le dije que yo era completamente payo. Y a ambos nos hizo gracia nuestro comentario
Al cabo de la media hora me marcho. Porque todo es un rollo y porque la horda de gente de la Zarzuela saldrá escopetada a las 24:00 y se formará otro atasco espontáneo y ya he tenido suficiente con uno.
Despido a mis amistades. No voy a criticarles por estar allí, ni por cómo son. Yo también estoy allí. A veces me pregunto si este tipo de cosas las piensan los alcohólicos en sus bares o los ludópatas en los salones recreativos.
Antes de irme me encuentro con el tipo ese del monovolúmen matrícula de GU. Es un retaco, por Dios. Pienso cómo he podido yo acostarme con ese dos veces. Cómo he sido capaz de copular al aire libre agarrado de un árbol (¿te acuerdas?). Me resulta inverosímil que yo haya estado dándome cabezazos en la portezuela de su coche mientras él me lo hacía a lo bestia y yo gemía a lo bestia y me hacía daño. Ese retaco interesado en su propio placer y que por cortesía esperaba a que me corriera. Que me azotaba el culito como quien espanta distraídamente una mosca molesta.
Pues como soy gilipollas le saludo. Y él va y me cuenta la milonga de que ha quedado con un chiquito, pero no sabe si va a venir, pero que él no da el móvil a nadie, que se fumará unos cuantos pitis y si el niño no aparece se pira. Ja, ja, ja. Mentira, mentira, mentira. Aunque vamos a ser buenos y pensar que era verdad. Vamos a ser justos y pensar que pudiera estar un poco resentido conmigo pues en varias ocasiones he pasado incluso de saludarle
(palmaditas
en
el
culo,
plas, plas).
Vamos a ser honestos y reconocer que yo estaba más salido que una mona, que aquel retaco de la gorra (que disimula su alopecia) era la ultimísima oportunidad de sexo: esa adicción tan conocida por mí, que se permite la libertad de hacer cosas que escapan a mi control.
Reconozcamos que J. me había puesto como una moto y que era terrible porque quizá me había excitado con lo que representaba, su anillo dorado de matrimonio, su corbata, esa seriedad torpe de ejecutivo. Era terrible y morboso.
Cuando llegué a casa no me apetecía hablar con nadie, ni siquiera el messenger. Sonreí mucho a mi familia y dije lo que esperaban escuchar (tu consejo funcionó, cariñín). Cené y me hice una superpaja antes de ducharme. Qué felicidad. Reconozco que mi ensoñación tuvo que ver con mi ejecutivo salidorro en su coche. La cosa se estropeaba cuando recordaba su cara y me entraba esa especie de repelús. Puahg.
Hoy fue mi primer día del cole, pero sin alumnos. Llegué puntual al claustro y el director dedicó unas bonitas palabras a la importancia de las relaciones humanas. Dijo que nosotros no somos una empresa que fabrica churros apretando un botón, sino que formamos a personas, etc. Claro, que a mí me entró la risa.
Mi horario es estupendo (no tan chuli como el del año pasado, pero mola bastante). Ya te diré cómo es, de momento los lunes y martes no tengo q pegarme el super-madrugón!!!!!!!!!
Estoy cansado y tengo la garganta fastidiada. Mi padre tose y echa mocos y odio el cambio de tiempo. He ido a la farmacia y me he comprado de todo. Hasta un vips vaporús a ver si me coloco más del todo. Pero este mail es para decirte que estoy bien y que te echo de menos.
Y que sigo escribiendo.
Un beso y gracias por tener la paciencia de leerme.
Besos
Jorge.
Tabaco, sexo y Legoland
A veces pienso que determinados mensajes me están dedicados a mí, solo a mí, por ser yo. Creo que me hacen guiños sobre la vida en general. Eso de recibir mensajes personalizados... como creer por ejemplo que "la tele te habla" es un rasgo preocupante de esquizofrenia. Sería como si un día, mientras espero que llegue el tren escuchara:
"Din-dan-dun. Atención señor viajero. Metro de Madrid informa. Por motivo de los múltiples desórdenes mentales que sufre, usted... ¡Sí, usted: Jorge X…”!, debería replantearse esa vida que lleva. Gracias por su colaboración. Disculpe las molestias”.
Escuchar, por ejemplo: “por saturación, le rogamos vuelva a llorar pasados unos minutos”. Quizá aquello de: “la tecla que usted ha marcado no corresponde a ninguna opción, pedazo de estúpido”. Por eso me he encerrado en casa. Salgo sólo para hacerme daño y tener sueños que se convierten en realidad. Como aquel tipo que vino a mi casa y me dijo ERES UN CIELO, ERES UN SOL unas cincuenta veces y tuvimos un sexo brusco y apasionado. Jadeaba y hablaba en voz alta y me dejó hecho unos zorros. Su sonrisa morbosa, la mirada aviesa. Un río masculino donde yo me ahogaba. Decía POR QUÉ ME GUSTARÁS TANTO. El tabaco que fumo ahora me lo dejó él. Pero ¿es realmente verdad?, ¿no será otro jueguecito de mi mente trastornada? Despierto del ensueño y descubro que es verdad. La realidad en forma de sol que entra por la ventana, en forma de marca de tabaco que no es la mía. Salgo al pasillo y veo mi tranvía 70 de lego totalmente destrozado. Al irse, él le dio una patada sin querer. Entonces recuerdo que la noche anterior, desnudo y muerto de la risa he pensado que aquello era LO MÁS DIVERTIDO QUE ME HABÍA PASADO EN TODA LA SEMANA. Pero recuerdo que al mismo tiempo que lo digo, mi risa es un producto de las ironías de la vida; como un ataque incontrolado que sufren los locos cuando la realidad se pone cuesta abajo y sin freno. Como un tren (tranvía 70) que sufre un accidente grotesco y espectacular y queda despanzurrado por las vías de nuestra desquiciada verdad. Una vida que es un verdadero reportaje fotográfico, visual, a todo color, en la que un tipo algo (bastante) borracho te jura y perjura que va a llamarte por teléfono al día siguiente, te compara con todos los elementos benignos de la naturaleza, pero tú sabes que por mucho que diga que eres UN SOL (eclipsado) y un CIELO (nublado), todo se desvanecerá cuando el verdadero sol entre por la ventana e ilumine con una realidad loca el tabaco extraño y el tranvía de piezas lego hecho un amasijo en el suelo del pasillo.
Tabaco que me fumaré, piezas que recompondré. Recuerdos que iré guardando en el archivo de los grandes errores, las grandes culpas y las teclas que no corresponden a ninguna opción (pedazo de estúpido).
"Din-dan-dun. Atención señor viajero. Metro de Madrid informa. Por motivo de los múltiples desórdenes mentales que sufre, usted... ¡Sí, usted: Jorge X…”!, debería replantearse esa vida que lleva. Gracias por su colaboración. Disculpe las molestias”.
Escuchar, por ejemplo: “por saturación, le rogamos vuelva a llorar pasados unos minutos”. Quizá aquello de: “la tecla que usted ha marcado no corresponde a ninguna opción, pedazo de estúpido”. Por eso me he encerrado en casa. Salgo sólo para hacerme daño y tener sueños que se convierten en realidad. Como aquel tipo que vino a mi casa y me dijo ERES UN CIELO, ERES UN SOL unas cincuenta veces y tuvimos un sexo brusco y apasionado. Jadeaba y hablaba en voz alta y me dejó hecho unos zorros. Su sonrisa morbosa, la mirada aviesa. Un río masculino donde yo me ahogaba. Decía POR QUÉ ME GUSTARÁS TANTO. El tabaco que fumo ahora me lo dejó él. Pero ¿es realmente verdad?, ¿no será otro jueguecito de mi mente trastornada? Despierto del ensueño y descubro que es verdad. La realidad en forma de sol que entra por la ventana, en forma de marca de tabaco que no es la mía. Salgo al pasillo y veo mi tranvía 70 de lego totalmente destrozado. Al irse, él le dio una patada sin querer. Entonces recuerdo que la noche anterior, desnudo y muerto de la risa he pensado que aquello era LO MÁS DIVERTIDO QUE ME HABÍA PASADO EN TODA LA SEMANA. Pero recuerdo que al mismo tiempo que lo digo, mi risa es un producto de las ironías de la vida; como un ataque incontrolado que sufren los locos cuando la realidad se pone cuesta abajo y sin freno. Como un tren (tranvía 70) que sufre un accidente grotesco y espectacular y queda despanzurrado por las vías de nuestra desquiciada verdad. Una vida que es un verdadero reportaje fotográfico, visual, a todo color, en la que un tipo algo (bastante) borracho te jura y perjura que va a llamarte por teléfono al día siguiente, te compara con todos los elementos benignos de la naturaleza, pero tú sabes que por mucho que diga que eres UN SOL (eclipsado) y un CIELO (nublado), todo se desvanecerá cuando el verdadero sol entre por la ventana e ilumine con una realidad loca el tabaco extraño y el tranvía de piezas lego hecho un amasijo en el suelo del pasillo.
Tabaco que me fumaré, piezas que recompondré. Recuerdos que iré guardando en el archivo de los grandes errores, las grandes culpas y las teclas que no corresponden a ninguna opción (pedazo de estúpido).
El collar de la palabra
Los lunes son así; la realidad te golpea a primera hora con un tañido de campanas procedentes de la alarma del móvil. Hoy, que me he levantado dando un respingo, totalmente desorientado y preguntándome qué día era, como si el fin de semana hubiera alargado sus tentáculos en una suerte de domingo-bis. No gracias, ya tuve suficiente.
Ayer fue un día malo con tendencia a “peor”, en el que las cosas más que torcerse, se curvaron dándose la vuelta. Tenía la (falsa) sensación de estar más solo que la una y salí a pasear por el centro con la intención de comprar algún libro. Me habían pasado “cosas” malas, que de momento me reservo. Mientras caminaba por la calle P., los pensamientos giraban en torno a ciertas frases que me hicieron daño pronunciadas por una persona que dijo que quería ser mi amigo. Las escuchaba interiormente a pesar de querer dejar de pensar en ello. Era como esa voz en off que sale en las películas, en la que el protagonista revive sus peores momentos y todas las ofensas se repiten y repiten hasta que pierde la compostura y o bien se echa a llorar o monta el gran pollo del siglo (Carrie en plan vengativo). Pero yo me decantaba por la primera opción (llorar) y mantener el tipo al mismo tiempo. Me sorprendía lo bien que me estaba saliendo, controlando que te cagas; abriendo la puerta, subiendo las escaleras mecánicas, paseando entre los expositores. Como un señor. Uno que tiene ganas de llorar pero que mantiene el tipo de manera sobresaliente.
Pero no era para ponerse medallas. Era tan solo la realidad que había traspasado el umbral de la puerta de mis ensoñaciones. Pasó sin llamar, tan brusca como es ella. Pasó para quedarse y burlarse un rato de mí, repitiendo esas gloriosas frases ofensivas y sinceras de este individuo (del que ni quiero ni me apetece hablar). La realidad, tan realística, recordándome, la muy puta, palabra por palabra. Joyas del sadismo, la autodefensa y el vuelta-tortillismo (o facultad para darle la vuelta a las cuestiones). Un encanto de sinceridad. Tan sincero como el dolor de todas las puñaladas, sean traperas o de luxe.
En esas me encontraba, quizá más guapo de lo normal (pues la tristeza me da un deje de no sé qué raro atractivo) cuando me topé con alguien conocido. Era una compañera del instituto del año pasado. Demasiado tarde para hacerse el sueco. Lo que menos me apetecía era hablar. Juntar letras, palabras, oraciones… era un esfuerzo casi inhumano para mí, en esas circunstancias tan patéticas. Pero claro, no voy a saludar a una antigua compañera echándome a llorar. No era plan, la verdad. Así que cuando me preguntó qué tal le respondí que muy mal.
Quiso saber por qué, lógicamente. Y como no me gusta ser pesado le hice un resumen. A la realidad le da lo mismo ser resumida o extended. Ella es como es y si te tiene que estar dándote por culo varias eternidades, lo hará sin lugar a dudas. Aquel encuentro era ya el cénit del realismo, como una teleserie de esas de risas, en las que el público se parte de los contratiempos de sus protagonistas. Pero aquello no era ni una película ni una teleserie. Era la vida real. No había ningún botón de pausa, de stop, y ni mucho menos de rewind.
Estuve hablando con ella. Por lo visto no era yo el único ser de la galaxia en haber sufrido la sinceridad cabrona (y real). Así que intercambiamos nuestras experiencias: las dos tan horripilantes que nos entró un ataque de risa. Me dijo que si le acompañaba a ella y a unos amigos a tomar algo. Dije que no y luego que sí. Compré mi libro y fuimos a un local hawaiano en la plaza de S.A. Allí había un montón de bebidas con nombre exóticos. Quise pedir “sinceridad cabrona” pero de eso no había. Me sentía excesivamente locuaz. Vaya, hombre. Bebimos y charlamos. Dije chorradas. A las chicas les regalaron un collar y un clavel y a los chicos nada.
Yo me apropié de un collar rosita.
Al bajar del autobús recibo un mensaje tuyo. Tú no sabes que bajo de un autobús ni que he tenido un día horrible. Porque es mi realidad y la tuya está lejísimos. Leo el mensaje y siento unos celos muy tontos y muy injustificados (¿qué derecho tengo a sentirlos?) y muy reales. No sé si llorar o reír y opto por ser corrosivo. Error, parece que te ofendes y me mandas a tomar por culo.
El domingo aún no había terminado.
Hoy llevé a clase el collar y lo bauticé como el “collar de la palabra”. Sólo tenía la palabra el poseedor del collar. El resto debía escuchar al que llevaba puesto el collar. Puedes creer que funcionó. Hasta querían que yo me lo pusiera para hablar. Y me lo puse.
Un collar Hawaiano, herencia de un día demasiado real. En el que las cosas se torcieron y dieron la vuelta.
Un abrazo
Jorge.
Ayer fue un día malo con tendencia a “peor”, en el que las cosas más que torcerse, se curvaron dándose la vuelta. Tenía la (falsa) sensación de estar más solo que la una y salí a pasear por el centro con la intención de comprar algún libro. Me habían pasado “cosas” malas, que de momento me reservo. Mientras caminaba por la calle P., los pensamientos giraban en torno a ciertas frases que me hicieron daño pronunciadas por una persona que dijo que quería ser mi amigo. Las escuchaba interiormente a pesar de querer dejar de pensar en ello. Era como esa voz en off que sale en las películas, en la que el protagonista revive sus peores momentos y todas las ofensas se repiten y repiten hasta que pierde la compostura y o bien se echa a llorar o monta el gran pollo del siglo (Carrie en plan vengativo). Pero yo me decantaba por la primera opción (llorar) y mantener el tipo al mismo tiempo. Me sorprendía lo bien que me estaba saliendo, controlando que te cagas; abriendo la puerta, subiendo las escaleras mecánicas, paseando entre los expositores. Como un señor. Uno que tiene ganas de llorar pero que mantiene el tipo de manera sobresaliente.
Pero no era para ponerse medallas. Era tan solo la realidad que había traspasado el umbral de la puerta de mis ensoñaciones. Pasó sin llamar, tan brusca como es ella. Pasó para quedarse y burlarse un rato de mí, repitiendo esas gloriosas frases ofensivas y sinceras de este individuo (del que ni quiero ni me apetece hablar). La realidad, tan realística, recordándome, la muy puta, palabra por palabra. Joyas del sadismo, la autodefensa y el vuelta-tortillismo (o facultad para darle la vuelta a las cuestiones). Un encanto de sinceridad. Tan sincero como el dolor de todas las puñaladas, sean traperas o de luxe.
En esas me encontraba, quizá más guapo de lo normal (pues la tristeza me da un deje de no sé qué raro atractivo) cuando me topé con alguien conocido. Era una compañera del instituto del año pasado. Demasiado tarde para hacerse el sueco. Lo que menos me apetecía era hablar. Juntar letras, palabras, oraciones… era un esfuerzo casi inhumano para mí, en esas circunstancias tan patéticas. Pero claro, no voy a saludar a una antigua compañera echándome a llorar. No era plan, la verdad. Así que cuando me preguntó qué tal le respondí que muy mal.
Quiso saber por qué, lógicamente. Y como no me gusta ser pesado le hice un resumen. A la realidad le da lo mismo ser resumida o extended. Ella es como es y si te tiene que estar dándote por culo varias eternidades, lo hará sin lugar a dudas. Aquel encuentro era ya el cénit del realismo, como una teleserie de esas de risas, en las que el público se parte de los contratiempos de sus protagonistas. Pero aquello no era ni una película ni una teleserie. Era la vida real. No había ningún botón de pausa, de stop, y ni mucho menos de rewind.
Estuve hablando con ella. Por lo visto no era yo el único ser de la galaxia en haber sufrido la sinceridad cabrona (y real). Así que intercambiamos nuestras experiencias: las dos tan horripilantes que nos entró un ataque de risa. Me dijo que si le acompañaba a ella y a unos amigos a tomar algo. Dije que no y luego que sí. Compré mi libro y fuimos a un local hawaiano en la plaza de S.A. Allí había un montón de bebidas con nombre exóticos. Quise pedir “sinceridad cabrona” pero de eso no había. Me sentía excesivamente locuaz. Vaya, hombre. Bebimos y charlamos. Dije chorradas. A las chicas les regalaron un collar y un clavel y a los chicos nada.
Yo me apropié de un collar rosita.
Al bajar del autobús recibo un mensaje tuyo. Tú no sabes que bajo de un autobús ni que he tenido un día horrible. Porque es mi realidad y la tuya está lejísimos. Leo el mensaje y siento unos celos muy tontos y muy injustificados (¿qué derecho tengo a sentirlos?) y muy reales. No sé si llorar o reír y opto por ser corrosivo. Error, parece que te ofendes y me mandas a tomar por culo.
El domingo aún no había terminado.
Hoy llevé a clase el collar y lo bauticé como el “collar de la palabra”. Sólo tenía la palabra el poseedor del collar. El resto debía escuchar al que llevaba puesto el collar. Puedes creer que funcionó. Hasta querían que yo me lo pusiera para hablar. Y me lo puse.
Un collar Hawaiano, herencia de un día demasiado real. En el que las cosas se torcieron y dieron la vuelta.
Un abrazo
Jorge.
El año del naufragio
Respondo a tu correo. Espero que tengas tiempo para leerlo, porque quizá me salga un poco largo. En primer lugar quiero decirte que no me molesta que me mandes mensajes y que puedes escribirme cuando quieras desde tu facultad. Comprendo también que no quieras gastarte el poco saldo que te queda en el móvil. No lo hagas. Yo no pido eso, sólo me basta con la intención de querer comunicarte conmigo. Yo no pido eso… yo ya no pido nada a nadie.
Estás pagando con creces un asunto en la que yo tengo la mayor culpa. Me he despertado de 2004 como de un naufragio. En él se ha hundido mucha gente que me ha herido, me ha menospreciado, me ha ignorado. Pero esto no sería justo del todo: porque he sido yo el primero que no se ha dado a valer y el que ha buscado amistad, amor, sexo en los lugares equivocados y con las personas equivocadas. Siento un profundo resentimiento hacia mí mismo y he decidido apartarme de todo lo que me ha hecho tanto mal hasta ahora. ¿Qué es lo que he hecho en 2004? Te preguntarás. Se resume con pocas palabras: me he maltratado.
2004 ha sido una tormenta negra. Hubo días de soledad como en un desierto en los que sólo me tenía a mí mismo para hablar. Salí yo solo y descubrí lo difícil que es estar en un sitio simplemente estando: ahora me fumo un cigarro, ahora un sorbito de la copa, más tarde un baile. Desde la soledad uno puede observar a los demás, ver cómo se divierten, cómo los billetes salen de los bolsillos y los vasos se llenan, se vacían, se entrechocan. Hay brindis, alaridos, bailoteos. Ése mira a aquél, pero las miradas no se corresponden. Yo en medio de todo, como esos fantasmas que presencian la vida de los vivos sin ser advertidos por nadie. Me preguntaba, ¿cómo es posible que esté solo si tengo tantos amigos? Pero dejé los amigos en alguna parte y me adentré en lo más negro y dejé que el mundo insaciable lo cubriera todo.
Solo y rodeado de cientos de personas. Solo y rodeado de alumnos que me observan y me preguntan todos los días; en las clases, en las reuniones, en las charlas de tutores. “Hola”, les decía a los padres en cada sesión; “les pareceré muy joven pero yo ya tengo una edad; no es la primera vez que doy clase”. “Me llamo Jorge (…) y soy profesor interino”.
“Tengo mucha imaginación” “Yo no me aburro nunca”. Lo repito hasta que llego a creérmelo. Me invento la alegría y la fabrico como si pudiera hacerse con ladrillos lego. Pero pronto necesito buscar ese alguien que me escuche, ese algo diferente con quien dar un sentido a aquellas semanas que se sucedían con una lentitud desesperante. Y llegaba el fin de semana y prefería mil veces que fuera lunes, o jueves o cualquier día que me indicase que debía trabajar y vivir de forma mecánica sin plantearme qué coño hacía yo estando tan solo.
Creo que di con la gente más mezquina que había disponible. Me equivoqué, me volví a equivocar… los fallos se superponían hasta que ya no podía recordar quién me había defraudado, decepcionado o engañado. La culpa era mía porque yo no dejaba brotar ni siquiera un mínimo de amistad. Yo también me hice mezquino.
Entre las personas que conocí en 2004 hubo gente que mereció la pena. Tú eras una de ellas. Aún conservo las fotos que me mandaste. En una estás con tu clase y otros “acopladillos” y en la otra estás dando un besito a una chica. No quise borrarlas, no pude… no sé.
Un compa del año pasado, profe de matemáticas, estuvo en casa para un asunto del ordenador. Le enseñé las fotos de “los archivos recibidos”. Ahí estabas tú, de pronto, después de aquel silencio de tanto tiempo. No hablé mal de ti. Puede ser que le comentara que me dolió tu último sms (juro que no lo mencionaré más) y que después de aquello no encontraba respuesta posible. Que no lo entendía, que no me cuadraba en ti.
Por eso puede que estés pagando un mal que no te corresponde. Un mal de tipos que me menospreciaron y me dejaron este rencor y esta rabia que debo solucionar por mí mismo. Algo hay que se ha estropeado y necesita reparación. Debo cambiar por dentro: debo quererme un poco más y convencerme de que en realidad no estoy solo, que tengo amigos. Que estoy convencido de que mis alumnos me aprecian, en general. Que creo que hay personas a las que les apetece verme, que les resulto divertido…
Y no soy vengativo. Tú dices serlo. La venganza tiene dos caras y una de ellas se puede convertir en un cuchillo que te corte en pedacitos, tan despacio, que al final te das cuenta de que no eres nada, que estás lleno de odio tan solo. No odio a quienes me hicieron daño. Siento pena, estoy seguro de que a la larga recibirán los mismos engaños y los idénticos menosprecios. Sí, creo en ese tipo de justicia aunque no sé darle un nombre.
Me tengo a mí mismo. No quiero nada de nadie. Tengo a mi familia, tengo a mis amigos, tengo cientos de chavales que me dan los buenos días y quizá yo les importe un poquito.
Tengo mi escritura, mis personajes… No sabes lo feliz que he sido escribiendo durante las navidades. (No, el cuento no está acabado del todo y advierto que ya van 23 folios).
Tengo mis nataciones, mis inmersiones, mi “ginnastica” como yo la llamo. Uno, dos; uno, dos… y hago deporte por fin, orgulloso de mi tarjeta “institutito municipal”. Me miro repetidamente al espejo: ah, estoy más guapo…
Tú puedes estar dentro de esos a los que yo quiero, esas personas que son verdaderamente importantes para mí. Solo tienes que esperar y confiar en mi paciencia. No son los mensajes, ni los correos lo importante…es la actitud; demostrar aprecio, confianza… estima.
Pregúntate a ti mismo ¿quieres ser mi amigo? Y entonces, cuando te respondas, quizá podamos quedar algún día.
Un saludo
Jorge
Estás pagando con creces un asunto en la que yo tengo la mayor culpa. Me he despertado de 2004 como de un naufragio. En él se ha hundido mucha gente que me ha herido, me ha menospreciado, me ha ignorado. Pero esto no sería justo del todo: porque he sido yo el primero que no se ha dado a valer y el que ha buscado amistad, amor, sexo en los lugares equivocados y con las personas equivocadas. Siento un profundo resentimiento hacia mí mismo y he decidido apartarme de todo lo que me ha hecho tanto mal hasta ahora. ¿Qué es lo que he hecho en 2004? Te preguntarás. Se resume con pocas palabras: me he maltratado.
2004 ha sido una tormenta negra. Hubo días de soledad como en un desierto en los que sólo me tenía a mí mismo para hablar. Salí yo solo y descubrí lo difícil que es estar en un sitio simplemente estando: ahora me fumo un cigarro, ahora un sorbito de la copa, más tarde un baile. Desde la soledad uno puede observar a los demás, ver cómo se divierten, cómo los billetes salen de los bolsillos y los vasos se llenan, se vacían, se entrechocan. Hay brindis, alaridos, bailoteos. Ése mira a aquél, pero las miradas no se corresponden. Yo en medio de todo, como esos fantasmas que presencian la vida de los vivos sin ser advertidos por nadie. Me preguntaba, ¿cómo es posible que esté solo si tengo tantos amigos? Pero dejé los amigos en alguna parte y me adentré en lo más negro y dejé que el mundo insaciable lo cubriera todo.
Solo y rodeado de cientos de personas. Solo y rodeado de alumnos que me observan y me preguntan todos los días; en las clases, en las reuniones, en las charlas de tutores. “Hola”, les decía a los padres en cada sesión; “les pareceré muy joven pero yo ya tengo una edad; no es la primera vez que doy clase”. “Me llamo Jorge (…) y soy profesor interino”.
“Tengo mucha imaginación” “Yo no me aburro nunca”. Lo repito hasta que llego a creérmelo. Me invento la alegría y la fabrico como si pudiera hacerse con ladrillos lego. Pero pronto necesito buscar ese alguien que me escuche, ese algo diferente con quien dar un sentido a aquellas semanas que se sucedían con una lentitud desesperante. Y llegaba el fin de semana y prefería mil veces que fuera lunes, o jueves o cualquier día que me indicase que debía trabajar y vivir de forma mecánica sin plantearme qué coño hacía yo estando tan solo.
Creo que di con la gente más mezquina que había disponible. Me equivoqué, me volví a equivocar… los fallos se superponían hasta que ya no podía recordar quién me había defraudado, decepcionado o engañado. La culpa era mía porque yo no dejaba brotar ni siquiera un mínimo de amistad. Yo también me hice mezquino.
Entre las personas que conocí en 2004 hubo gente que mereció la pena. Tú eras una de ellas. Aún conservo las fotos que me mandaste. En una estás con tu clase y otros “acopladillos” y en la otra estás dando un besito a una chica. No quise borrarlas, no pude… no sé.
Un compa del año pasado, profe de matemáticas, estuvo en casa para un asunto del ordenador. Le enseñé las fotos de “los archivos recibidos”. Ahí estabas tú, de pronto, después de aquel silencio de tanto tiempo. No hablé mal de ti. Puede ser que le comentara que me dolió tu último sms (juro que no lo mencionaré más) y que después de aquello no encontraba respuesta posible. Que no lo entendía, que no me cuadraba en ti.
Por eso puede que estés pagando un mal que no te corresponde. Un mal de tipos que me menospreciaron y me dejaron este rencor y esta rabia que debo solucionar por mí mismo. Algo hay que se ha estropeado y necesita reparación. Debo cambiar por dentro: debo quererme un poco más y convencerme de que en realidad no estoy solo, que tengo amigos. Que estoy convencido de que mis alumnos me aprecian, en general. Que creo que hay personas a las que les apetece verme, que les resulto divertido…
Y no soy vengativo. Tú dices serlo. La venganza tiene dos caras y una de ellas se puede convertir en un cuchillo que te corte en pedacitos, tan despacio, que al final te das cuenta de que no eres nada, que estás lleno de odio tan solo. No odio a quienes me hicieron daño. Siento pena, estoy seguro de que a la larga recibirán los mismos engaños y los idénticos menosprecios. Sí, creo en ese tipo de justicia aunque no sé darle un nombre.
Me tengo a mí mismo. No quiero nada de nadie. Tengo a mi familia, tengo a mis amigos, tengo cientos de chavales que me dan los buenos días y quizá yo les importe un poquito.
Tengo mi escritura, mis personajes… No sabes lo feliz que he sido escribiendo durante las navidades. (No, el cuento no está acabado del todo y advierto que ya van 23 folios).
Tengo mis nataciones, mis inmersiones, mi “ginnastica” como yo la llamo. Uno, dos; uno, dos… y hago deporte por fin, orgulloso de mi tarjeta “institutito municipal”. Me miro repetidamente al espejo: ah, estoy más guapo…
Tú puedes estar dentro de esos a los que yo quiero, esas personas que son verdaderamente importantes para mí. Solo tienes que esperar y confiar en mi paciencia. No son los mensajes, ni los correos lo importante…es la actitud; demostrar aprecio, confianza… estima.
Pregúntate a ti mismo ¿quieres ser mi amigo? Y entonces, cuando te respondas, quizá podamos quedar algún día.
Un saludo
Jorge
En la sala tres
Anoche soñé con un hospital. Yo estaba allí sin comprender qué estaba haciendo. Los pasillos eran oscuros y sólo estaban iluminados al final. La luz fuerte y blanca entraba desde las ventanas del fondo y recortaba las siluetas. El color que predominaba era el verde, como de clorofila. Las siluetas me observaban. Silencio. Yo no sentía miedo, sino curiosidad por lo que pudiera estar pasando allí. Por no decir qué era lo que buscaba yo. Una enfermera mayor, tras un mostrador, me pregunta que a qué sala voy. Recuerdo que alguien me ha dicho el número (o es alguien que me acompaña, pero que desconozco quién es). Respondo convencido; “voy a la sala tres”. La enfermera replica con enfado: “¿La sala tres? ¿La sala tres? ¿A ver el qué? ¿eh?”. Miro a mi acompañante, pero ninguno tiene respuesta.
Luego sí fue cuando sentí miedo. Una chica del pasillo camina delante de mí. Se gira de pronto y me grita. Me está mirando cómo si yo fuera la persona más ignorante del mundo y hubiera que explicarme una verdad universal, conocida por todos y que yo, habitante de otro planeta, no tuviera ni idea. Está enfadada porque yo no sé lo terrible de todo. No sé el terror que sufren los demás en ese mundo verde y silencioso. Entonces grita. Es rubia y el pelo se le pone por delante de la cara. “¿No te das cuenta? ¿Es que todavía no te das cuenta?” (Aquí reconstruyo lo que “creo” que dijo) “¡¡Nos están quitando la respiración!! ¡¡Nos están cambiando por esos árboles verdes!! ¡¡Ya no respiramos!! ¿No te has dado cuenta? Entonces la imagen que veo es fuera del hospital; alguien planta árboles en agujeros escavados en la tierra. Veo pocos, pero parece haber muchos a su alrededor. Parece un bosque, el suelo es césped. La imagen es muy real. Despierto.
Suelo tener sueños muy vívidos y los recuerdo bien. Es cierto que uno luego los reconstruye de alguna manera. Puede haber alguna imprecisión. Pero las palabras de la enfermera fueron esas y la chica desde luego que pronunció lo de “no te das cuenta” y “nos están quitando…” No me queda claro si era la respiración, la vida o qué cosa…
Qué puede significar…
Luego sí fue cuando sentí miedo. Una chica del pasillo camina delante de mí. Se gira de pronto y me grita. Me está mirando cómo si yo fuera la persona más ignorante del mundo y hubiera que explicarme una verdad universal, conocida por todos y que yo, habitante de otro planeta, no tuviera ni idea. Está enfadada porque yo no sé lo terrible de todo. No sé el terror que sufren los demás en ese mundo verde y silencioso. Entonces grita. Es rubia y el pelo se le pone por delante de la cara. “¿No te das cuenta? ¿Es que todavía no te das cuenta?” (Aquí reconstruyo lo que “creo” que dijo) “¡¡Nos están quitando la respiración!! ¡¡Nos están cambiando por esos árboles verdes!! ¡¡Ya no respiramos!! ¿No te has dado cuenta? Entonces la imagen que veo es fuera del hospital; alguien planta árboles en agujeros escavados en la tierra. Veo pocos, pero parece haber muchos a su alrededor. Parece un bosque, el suelo es césped. La imagen es muy real. Despierto.
Suelo tener sueños muy vívidos y los recuerdo bien. Es cierto que uno luego los reconstruye de alguna manera. Puede haber alguna imprecisión. Pero las palabras de la enfermera fueron esas y la chica desde luego que pronunció lo de “no te das cuenta” y “nos están quitando…” No me queda claro si era la respiración, la vida o qué cosa…
Qué puede significar…





