Obligaciones
Las obras traen de cabeza a más de uno. Es normal. Las obras siempre causan molestias y quien no es capaz de inventarse un modo de superar éstas, las sufre dos veces. Ahora bien, de ahí a que "los ciudadanos resultan obligados a soportar las molestias", como, por escrito, afirma el concejal de Gobernación, Francisco Fernández (el señor Fran para los taxistas), hay un abismo. Los ciudadanos estamos obligados, por ejemplo, a pagar los impuestos. O a aceptar el resultado de unas elecciones, incluso en la hipótesis de que éstas pudieran colocarnos al frente del gobierno municipal al equipo más ineficaz de cuantos imaginarse puedan. Estamos obligados a bajar la basura a determinadas horas y no a otras, o a aparcar nuestro coche en los espacios destinados específicamente a ello. Incluso a pagar la maldita zona azul, el nuevo invento de recaudación de los gastosos señores munícipes que prometieron "tolerancia cero" contra la doble fila que nos invade. Y estamos obligados a guardar cola en la administración (aunque sea para pagar), y a respetar las normas de tráfico, la prohibición de fumar en el trabajo, o a abonar el coste de los servicios públicos o privados que recibamos. Pero no estamos obligados a comulgar con ruedas de molinos, a creernos las promesas de los políticos, a pensar que las obras nos van a traer beneficios, a considerar buena la gestión del gobierno local o a aplaudir los exabruptos, como este último, de quienes se creen que un cargo público les confiere patente de corso. Pues no, oiga. La calle no era de Fraga, pero tampoco suya.





