Rosario
Rosario va camino de los noventa. Muy niña, se quedó sin padre y sin hermano. Les dieron el paseíllo. El médico no cobraba a la gente pobre que atendía. Rosario tiene los ojos velados por la edad y por el llanto. Pronto tuvo que abandonar El Puerto de Santa María. Cosas de la guerra, que separa familias. Vive en Sevilla. Madre de once hijos. Viuda desde hace 22 años. Toda la vida trabajando. La artrosis la tiene convertida desde hace mucho tiempo en un dolor andante. Pero no son sus huesos lo que más le duele. En el televisor ha salido el presidente. Dice que van a exhumar los restos mortales de no se sabe cuántas tumbas anónimas, que van a aplicarles técnicas del CSI y que van a averiguar quiénes fueron las personas a las que esos restos pertenecieron alguna vez. Rosario llora y llora sin consuelo. "¿Para qué?", se pregunta entre sollozos. "Yo no quiero saber dónde están mi padre y mi hermano, me los quitaron y nadie me los va a devolver. ¿Por qué tienen que seguir removiendo esas cosas? La guerra pasó y Franco ya murió".
Como Rosario hay muchos en este país. Y nadie les ha preguntado a ellos.
Como Rosario hay muchos en este país. Y nadie les ha preguntado a ellos.





