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Las consecuencias de vivir
De pronto, es más pronto de lo que piensas. Son las consecuencias de vivir una vida.
Acerca de
No es cuestión de romper estructuras, sino saber que hacer con los pedazos.
Sindicación
 
es lunes, a correr
Tengo miedo
Tengo miedo. ¿A qué? A muchas cosas, como todos. Pero tendría primero que identificar perfectamente qué es el miedo. No es lo mismo que ser cobarde. El miedo es la perturbación angustiosa del ánimo por un peligro real o imaginario, según mi diccionario de cabecera. La cobardía en cambio, es la condición del que habitualmente tiene miedo. La cobardía es entonces permanente; el miedo puede –debería- ser ocasional. El miedo es la aprehensión viva del peligro que ocupa el ánimo. El temor es el convencimiento del ánimo, el efecto de una reflexión, que nos hace prever y nos inclina a huir del peligro. Es un comportamiento resultado de un razonamiento. Un niño tiene miedo de quedarse solo en la oscuridad. Un hombre que va solo, por una calle oscura, teme encontrar ladrones en el camino. De aquí que el miedo siempre es despreciable, pero no lo es siempre el temor. El miedo nos hace débiles. El temor nos hace estar atentos. Y así se dice el temor de Dios, y no el miedo. “Es noble el temor de la deshonra, que hace perder al soldado el vergonzoso miedo al enemigo”.
En mi caso, me cuesta trabajo aún identificar que temo y que cosas me dan miedo. Tengo miedo, por ejemplo, a la soledad. Me asusta mucho la idea de estar solo. La soledad me aterra porque la conozco, la he vivido. Pero el temor de vivir en soledad me hace tener la fortaleza para buscar evitarlo. Tengo miedo de irme de aquí. Temo quedarme. Tengo mucho miedo de no cumplir con las expectativas que las personas más cercanas a mi se han formado de mi persona. Temo no ser lo que ellos creen que soy, y por eso me esfuerzo en tratar de ser aunque sea una parte de lo que mis amigos piensan que soy. No le tengo, en cambio, miedo a morir. Me asusta en cambio la idea de querer morirme. Temo llegar al día en que ese deseo se funde y sea capaz de vencer mi temor, que me hace querer vivir.
Y así, vivo con miedos y con temores. Tratando de eliminar a los primeros, ayudado por los segundos, para llegar un día a poder vivir tranquilo en mi interior y no actuar ni por miedo ni por temor, sólo por deseos.

De donde vengo y a donde voy
Mi abuelo materno era un ser como de otro mundo, me explico, hablaba de extraterrestres, de sucesos paranormales, del equilibrio perfecto de los cuatro elementos -en su sala, tenía un sillón que había colocado con la firme intención de poder estar en el centro de los cuatro elementos-, de esta y otras vidas y de muchas cosas más. Pero también era fantástico, inventaba mil historias para entretenernos y esperar todos los lunes su llamada, tenía una doble intención, pues además de saludarlo podríamos hablar con los pitufos, con vacas, burros, perros, y otros muchos personajes que salían de su imaginación y a través de mi abuelo nos hablaban con sus diferentes voces. Papá pitufo siempre fue mi favorito. Mi abuelo fue abogado, pero erró de profesión pues fue el más irreverente de todos los licenciados en derecho, pero fue el más divertido. Ir a su casa era como entrar en un lugar de fiestas, tocaba el piano, el acordeón, guitarra, marimba -amaba veracruz-, bajo, violonchelo, flauta y más instrumentos y era capaz él solo de hacer que hasta yo terminara tocando algún tambor. Esto es ya de por sí histórico porque mis aptitudes musicales fueron siempre reservadas para mí unicamente, nunca para compartir, excepto ahí. Y así, cada visita era una fiesta, y cada fiesta era única, diferente a las demás. Me gustaba ir a esa casa porque yo tenía mi lugar especial. Un pequeño elefante forrado en piel, de color café y con un colmillo -el otro seguramente se perdió- que se le caía constantemente era mi asiento, el más cercano al de mi abuelo. Y era ahí, donde él podía contarme muchos secretos cuando nadie estaba escuchando, algunos de ellos todavía los recuerdo. Mi abuelo era especial, y lo demostraba con su talento para capturar momentos -o bien, inventarlos- en caricaturas que conservamos todavía en varios álbumes. Las más especiales eran las que enviaba por correo porque solían ser muchas en un mismo sobre y dedicadas especialmente para nosotros. Hace ya 8 años que murió mi abuelo, y sin embargo aún no lo extraño. Y es que, son tantos los recuerdos, y tan gratos que está presente todo el tiempo, al parecer aún no se ha ido. Hoy se cumplen 8 años de la muerte de Pepe, que fue como le dije siempre, siempre en nombre propio, como si fuéramos amigos, antes que familia. O pensándolo bien, éramos amigos y familia.

14 de 25
Pero me quería ir el fin de semana, a buena hora, después de una rápida visita a la doctora para el tradicional chequeo quincenal, y después de hacerme güey otro rato, me puse hacer los 25 ejercicios que tenía que entregar para mi clase de las 4. Obviamente, no pude hacer más que 14 de los 25, porque en primera los otros 11, no los entendí. Y aunque los hubiera entendido, eran tan largos que no hubiera podido terminarlos, así que como buen estudiante previsor, me fui al Tec media hora antes de que comenzara mi clase para poder hacer una transferencia de información de las tareas ajenas a la mía para poder entregar completa mi tarea y obtener a cambio, mis 10 puntos. Error, nadie llegó a esa hora, y tampoco en los siguientes 15 minutos, y yo, sentado afuera del salón como loco esperando que llegara algún compañero y me ayudara a terminar. Finalmente llegó el primero, y no los hizo, luego llegó mitzu (el pinche chino) y era mi esperanza, pero tampoco terminó la tarea, y así nadie la hizo. Llegó el maestro y todos en clase desesperados intentando terminar los problemas a como diera lugar. El maestro, ante tantas preguntas optó por resolver algunas dudas durante la clase, y al final cuando finalmente tuve completos los 25 ejercicios, los engrapo, pongo nombre, fecha, matrícula, me levanto seguro de mí mismo y el maestro dice: "no se preocupen, la tarea entreguenla el jueves". Bienvenido el lunes, esto comienza como zona de desastre.

C de Castorena
Cuando yo era más pequeño siempre me preguntaba por qué yo tenía tres familias y no dos como las familias normales. Y me costaba entender eso de que se casan, se divorcian, y demás. Pero bueno, del lado materno tenía por un lado a los Cerisola y por el otro a los Castorena. Mi abuelo Pepe, era Castorena. Familia pequeña pero enorme para mí porque hasta la fecha sigo sin comprender exactamente como diablos es que está formada por completo. Con el paso del tiempo, ahora, dejé de cuestionar la conformación de la familia, su pasado dejó de interesarme para estar siempre en el presente, y sólo así conocer ese pasado en el que poco a poco, me iré transformando.

Yo no tengo la culpa
Todos tenemos derecho a enojarnos, eso ni se cuestiona. Pero una cosa es enojarte y quedarte con tu coraje, y otra es enojarte en un lugar, por alguna circunstancia y llegar y desquitarte con personas que no tienen la culpa y que además de todo, digamos, para acabarla de chingar, te estaban esperando. No hay discusión, ni es justo ni se justifica. No tiene sentido (diría dani).
No