Si no fuera por mañana
Pequeños olvidos
Desperté y era martes y a diferencia de otros, este se sentía diferente, pero no sabía por qué y sigo sin saber, sólo sé que se sintió diferente. A eso de las siete de la mañana comenzaron los ya tradicionales ruidos de mis cada día menos molestos -ya hasta me caen bien, y que yo diga eso no es cosa fácil- vecinos que han comprendido que hay gente que vive cerca de ellos y no hay por qué gritar a tempranas horas. Pero hoy estaba yo despierto y de buenas, estaba tan de buenas que desperté por eso antes de que sonara el despertador con una horrenda canción de banda. Sí, esa es la estrategia, que música tan fea suene temprano inevitablemente hará que te despiertes. Y siguió la rutina matutina, hasta que de pronto entre estar listo y partir quedó un hueco de 40 minutos que normalmente no queda. Demonios, de seguro algo hice mal fue lo primero que pensé y repasé todo el proceso y todo había sido completado. Habría sido vergonzoso salir en boxers de casa, pero de cualquier forma nadie puede tardarse 40 minutos en ponerse unos pantalones -siempre y cuando sean de su talla claro-. Pues me dispuse a trabajar un poco en el regalo que Dani le dará a su mamá el día de las madres, y entonces fue hora de irme. Llegué a mi clase y tuve examen, no estudié pero porque nunca estudio y no pensaba hacerlo, así que ese no fue el olvido. Cuarenta minutos más tarde estaba yo muriendo de hambre y finalmente supe que es lo que había olvidado. ¡Olvidé desayunar! y no habría forma de recuperar el tiempo ni los alimentos hasta las 4pm. Y yo que creía que eso no era posible, viví la primera mitad del día como si me hubiera atropellado un microbús.
Volví a ser yo
Y es que no podía dejar de serlo ni aunque quisiera, que no quería, pero pensé que la magia se iba. Está de regreso y es definitivo, que al final todo fue una broma me dijo porque en el examen que presenté hace una semana y aseguré -todavía aseguro- que había sido el más difícil de toda la carrera, saqué 100. No es por presumir, pero así fue. Al principio me asusté porque las calificaciones de mis compañers marcaban una tendencia a la baja y no se veía por donde podría romper yo el techo que se marcaba de 65, que si me lo ofrecían lo aceptaba. Pero bien dicen los financieros -¿decimos?- que las resistencias no resisten y los soportes no soportan, y salí con mi calificación de excelencia. Ni yo lo podía creer, pero en el fondo yo sé que no había forma de que fuera de otro modo, así soy. Ya encarrerado en eso no estudié para mi examen de la tarde y me fue bien. Podría decirse que me fue excelente. No es cierto, pero podría decirse, decir es muy fácil. Y es que no contesté los primeros dos problemas porque no tenía ni idea de como hacerlos, así que en este examen no esperaré un 100, pero el 90 combina muy bien.
Otro cuentito
Pues ya, les regalo otro cuentito mío de hace ya algunos años. Disfruten.
Hablar
Diego G. Castorena
El número que usted marcó está restringido, disculpe las molestias que esto le ocasiona... un tono, ...el número que usted marcó está restringido, disculpe las molestias que esto le ocasiona... otro tono, mientras aquella voz artificial y mecánica trepanaba mis oídos, dejé caer el auricular. Busqué en aquella oscuridad mis cigarros y de un solo salto me hallé sentado en el lugar de siempre, con la cabeza entre las rodillas y los ojos cerrados. Necesitaba hablar con alguien.
Levanté la vista, tomé el encendedor y lo acerqué a mi rostro al tiempo que inhalaba el humo de mi cigarro recién prendido. Saboreé la fumada que más me gustaba, la primera, y mientras exhalaba me encontré con su silueta, sus piernas. Poco a poco, levanté la mirada hasta encontrarme con su siempre molesta sonrisa. Si, era él, lo supe desde que vi sus pantalones, negros como todo su atuendo, como siempre.
- ¿Qué haces aquí? - Pregunté sorprendido y molesto por su presencia.
- Necesitabas hablar con alguien, y aquí estoy - respondió mientras mostraba sus dientes, con aquella maléfica y burlona sonrisa con la que siempre se presentaba.
Creí haberme librado por fin de él desde la última discusión que tuvimos. Pero no, ahí estaba, con su mueca de siempre, con sus ojos muertos, fríos, que con sólo mirarlos provocaban miedo, tristeza, angustia. Su rostro lívido y esas oscuras y profundas ojeras.
Al parecer, todos mis intentos por alejarlo de mí habían sido en vano. Siempre regresaba cuando me sentía mal, cuando estaba triste, cuando necesitaba apoyo. Siempre aparecía igual, sorpresivamente.
- Me siento sólo - comenté, él sólo sonrió otra vez, se acomodó frente a mí y siguió escuchando lo que tenía que decir. Le conté de mi confusión, de mi lucha por combatir aquella soledad, aquella tristeza.
Desde que apareció él en mi vida, se repetía esta escena. Alguna vez le pregunté cómo había llegado a mí y tan sólo respondió que yo lo había llamado.
Quizá sí, todo comenzó después de ella, una noche oscura salí a caminar para relajarme, lo encontré en la esquina de mi calle y comenzó a caminar junto conmigo. Me impresionó tanto cuando lo vi a la luz, que no pude más que entablar una charla con él y en pocos minutos sabía más de mí de lo que yo hubiera podido imaginar. Después de esa noche lo vi más seguido. Con el paso del tiempo me acostumbré a su presencia y no me extrañaba verlo en casi cualquier sitio. Un día desapareció, y no supe nada de él hasta tiempo después.
Mi relación con él era por demás curiosa, siempre que me sentía mal aparecía, para aconsejarme, para regañarme, para enfrentarme y discutir. Pero había algo extraño, mientras más tiempo pasaba con él peor me sentía, luego se iba. Comencé a darme cuenta que cuando dejaba de verlo mi vida retomaba el rumbo y traté de evitarlo, lo rechazaba, lo alejaba. Lo corrí incluso varias veces de mi casa, sin embargo, volvía sin que pudiera evitarlo, cuando necesitaba hablar con alguien.
La última vez pensé haberme deshecho de él por la violencia, según creía yo el había muerto después que le clavé un cuchillo en el abdómen. Pero ahí estaba otra vez, frente a mí, sin que pudiera yo ocultar mi miedo.
Reuniendo todo el valor que me quedaba alcé la voz y grité - ¡No quiero verte más! ¡Vete! - él sonrió y con una voz hiriente exclamó - Ya lo sé, tan sólo vine a despedirme. Al decir esto dio media vuelta y entró a mi espejo, de donde ya no saldrá nunca ó hasta que vuelva a buscar yo, al fantasma de mi propia depresión... FIN
Más humo blanco
Pero no es por Benedicto XVI, es por la firma invitada. Y porque el jueves publicaré aquí un cuento que no es mío, pero no sé tampoco de quien es, me lo contaban de pequeño y me acordé hoy de él.
Desperté y era martes y a diferencia de otros, este se sentía diferente, pero no sabía por qué y sigo sin saber, sólo sé que se sintió diferente. A eso de las siete de la mañana comenzaron los ya tradicionales ruidos de mis cada día menos molestos -ya hasta me caen bien, y que yo diga eso no es cosa fácil- vecinos que han comprendido que hay gente que vive cerca de ellos y no hay por qué gritar a tempranas horas. Pero hoy estaba yo despierto y de buenas, estaba tan de buenas que desperté por eso antes de que sonara el despertador con una horrenda canción de banda. Sí, esa es la estrategia, que música tan fea suene temprano inevitablemente hará que te despiertes. Y siguió la rutina matutina, hasta que de pronto entre estar listo y partir quedó un hueco de 40 minutos que normalmente no queda. Demonios, de seguro algo hice mal fue lo primero que pensé y repasé todo el proceso y todo había sido completado. Habría sido vergonzoso salir en boxers de casa, pero de cualquier forma nadie puede tardarse 40 minutos en ponerse unos pantalones -siempre y cuando sean de su talla claro-. Pues me dispuse a trabajar un poco en el regalo que Dani le dará a su mamá el día de las madres, y entonces fue hora de irme. Llegué a mi clase y tuve examen, no estudié pero porque nunca estudio y no pensaba hacerlo, así que ese no fue el olvido. Cuarenta minutos más tarde estaba yo muriendo de hambre y finalmente supe que es lo que había olvidado. ¡Olvidé desayunar! y no habría forma de recuperar el tiempo ni los alimentos hasta las 4pm. Y yo que creía que eso no era posible, viví la primera mitad del día como si me hubiera atropellado un microbús.
Volví a ser yo
Y es que no podía dejar de serlo ni aunque quisiera, que no quería, pero pensé que la magia se iba. Está de regreso y es definitivo, que al final todo fue una broma me dijo porque en el examen que presenté hace una semana y aseguré -todavía aseguro- que había sido el más difícil de toda la carrera, saqué 100. No es por presumir, pero así fue. Al principio me asusté porque las calificaciones de mis compañers marcaban una tendencia a la baja y no se veía por donde podría romper yo el techo que se marcaba de 65, que si me lo ofrecían lo aceptaba. Pero bien dicen los financieros -¿decimos?- que las resistencias no resisten y los soportes no soportan, y salí con mi calificación de excelencia. Ni yo lo podía creer, pero en el fondo yo sé que no había forma de que fuera de otro modo, así soy. Ya encarrerado en eso no estudié para mi examen de la tarde y me fue bien. Podría decirse que me fue excelente. No es cierto, pero podría decirse, decir es muy fácil. Y es que no contesté los primeros dos problemas porque no tenía ni idea de como hacerlos, así que en este examen no esperaré un 100, pero el 90 combina muy bien.
Otro cuentito
Pues ya, les regalo otro cuentito mío de hace ya algunos años. Disfruten.
Hablar
Diego G. Castorena
El número que usted marcó está restringido, disculpe las molestias que esto le ocasiona... un tono, ...el número que usted marcó está restringido, disculpe las molestias que esto le ocasiona... otro tono, mientras aquella voz artificial y mecánica trepanaba mis oídos, dejé caer el auricular. Busqué en aquella oscuridad mis cigarros y de un solo salto me hallé sentado en el lugar de siempre, con la cabeza entre las rodillas y los ojos cerrados. Necesitaba hablar con alguien.
Levanté la vista, tomé el encendedor y lo acerqué a mi rostro al tiempo que inhalaba el humo de mi cigarro recién prendido. Saboreé la fumada que más me gustaba, la primera, y mientras exhalaba me encontré con su silueta, sus piernas. Poco a poco, levanté la mirada hasta encontrarme con su siempre molesta sonrisa. Si, era él, lo supe desde que vi sus pantalones, negros como todo su atuendo, como siempre.
- ¿Qué haces aquí? - Pregunté sorprendido y molesto por su presencia.
- Necesitabas hablar con alguien, y aquí estoy - respondió mientras mostraba sus dientes, con aquella maléfica y burlona sonrisa con la que siempre se presentaba.
Creí haberme librado por fin de él desde la última discusión que tuvimos. Pero no, ahí estaba, con su mueca de siempre, con sus ojos muertos, fríos, que con sólo mirarlos provocaban miedo, tristeza, angustia. Su rostro lívido y esas oscuras y profundas ojeras.
Al parecer, todos mis intentos por alejarlo de mí habían sido en vano. Siempre regresaba cuando me sentía mal, cuando estaba triste, cuando necesitaba apoyo. Siempre aparecía igual, sorpresivamente.
- Me siento sólo - comenté, él sólo sonrió otra vez, se acomodó frente a mí y siguió escuchando lo que tenía que decir. Le conté de mi confusión, de mi lucha por combatir aquella soledad, aquella tristeza.
Desde que apareció él en mi vida, se repetía esta escena. Alguna vez le pregunté cómo había llegado a mí y tan sólo respondió que yo lo había llamado.
Quizá sí, todo comenzó después de ella, una noche oscura salí a caminar para relajarme, lo encontré en la esquina de mi calle y comenzó a caminar junto conmigo. Me impresionó tanto cuando lo vi a la luz, que no pude más que entablar una charla con él y en pocos minutos sabía más de mí de lo que yo hubiera podido imaginar. Después de esa noche lo vi más seguido. Con el paso del tiempo me acostumbré a su presencia y no me extrañaba verlo en casi cualquier sitio. Un día desapareció, y no supe nada de él hasta tiempo después.
Mi relación con él era por demás curiosa, siempre que me sentía mal aparecía, para aconsejarme, para regañarme, para enfrentarme y discutir. Pero había algo extraño, mientras más tiempo pasaba con él peor me sentía, luego se iba. Comencé a darme cuenta que cuando dejaba de verlo mi vida retomaba el rumbo y traté de evitarlo, lo rechazaba, lo alejaba. Lo corrí incluso varias veces de mi casa, sin embargo, volvía sin que pudiera evitarlo, cuando necesitaba hablar con alguien.
La última vez pensé haberme deshecho de él por la violencia, según creía yo el había muerto después que le clavé un cuchillo en el abdómen. Pero ahí estaba otra vez, frente a mí, sin que pudiera yo ocultar mi miedo.
Reuniendo todo el valor que me quedaba alcé la voz y grité - ¡No quiero verte más! ¡Vete! - él sonrió y con una voz hiriente exclamó - Ya lo sé, tan sólo vine a despedirme. Al decir esto dio media vuelta y entró a mi espejo, de donde ya no saldrá nunca ó hasta que vuelva a buscar yo, al fantasma de mi propia depresión... FIN
Más humo blanco
Pero no es por Benedicto XVI, es por la firma invitada. Y porque el jueves publicaré aquí un cuento que no es mío, pero no sé tampoco de quien es, me lo contaban de pequeño y me acordé hoy de él.





