¿Quién dice la primera estupidez?
L de libro
Desde pequeño me dejé enamorar por los libros, relación que desde entonces sigue vigente y se fortalece cada día. La primera señal clara de que iba a leer mucho es que a los 3 años ya leía, cuestión que en la escuela me trajo problemas porque la maestra no sabía tratar con niños que saben leer, pero ese era su problema y no mío así que mi madre me fue comprando libros. Desde que me acuerdo he tenido todos los libros que he querido, y siempre quiero más. Tuve todos los cuentos que editaba Disney, los cuentos clásicos para niños y las infaltables fábulas de Esopo, con él aprendí que se puede aprender de un animal. Y yo leía. Y también leía a Garfield y a Mafalda. Mis tíos me regalaban libros y yo los leía, mis papás compraban libros para ellos y yo los leía. Y así a los 12 años decidí que sería divertido leer a Shakespeare porque estaba en el estudio. No me encantó, pero desde siempre libro que empiezo libro que termino, y lo terminé. Y yo seguía leyendo. A los 14 me sugirió el psicólogo de la escuela que leyera a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que bueno que no lo escuché y en su lugar leí Como agua para chocolate. Y luego leí el perfume, y yo leía más. Y conocí a Irvin Yalom, a Fred Uhlman y a mi poetea favorito Mario Benedetti. Y seguí leyendo y conocí a la Mastretta, y a la Poniatowska y me aventuré a leer a García Márquez. Y seguí leyendo y me creí listo para leer a Octavio Paz, que cosa más impresionante lo que leí con él. Y por él comencé a leer a Carlos Fuentes, y por Fuentes leí a Mahn, y así empecé la costumbre de leer los libros que citan en los libros que yo leo y se creó un efecto de bola de nieve, quizá sea más apropiado decir que comenzó un efecto piramidal. Y leí a Kundera, leí a Kafka, leí a Kinski y uno de mis libros favoritos es obra de Edmundo de Amicis. Y yo seguía leyendo de todo, y algo me dijo que estaba listo de leer a Julio Verne y otros clásicos de su época y eso hice. Y fue tiempo de leer a J.R.R. Tolkien que me resultó mucho más complejo de lo que yo esperaba, pero seguí leyendo. Y leí los 5 libros de Harry Potter, los primeros 4 en una misma semana. Lo mismo Xavier Velasco que Erich Fromm, lo mismo Rius que Sabines, lo mismo Cortazar que Maquiavelo, yo seguí leyendo. Hoy es el día mundial del libro, y no hay mejor manera de celebrarlo que con un libro, esos que nos acompañan -o deberían hacerlo- en todos los momentos y nos ayudan a escapar un rato de la realidad, y nos llevan a otros mundos y a otros tiempos y después del viaje nos regresan al mismo punto, un poco más completos, con una sensación diferente.
Otro más
Otro cuentecito de mi autoría.
Con un peso menos
Diego G. Castorena
Aquella mañana me desperté con la seguridad de haber perdido algo, pensé haberlo olvidado por ahí, me sentí más liviano que de costumbre cuando me encaminaba a la escuela. No sabía que era pero eso, ya no estaba ahí.
Al principio no me inquietó. Es más, me sentía alegre. Me sentía como el común de la gente y una estupida sonrisa se me había quedado pegada en el rostro. Sin embargo, después de algunos días comencé a sentir la necesidad de saber que había perdido, y con el paso del tiempo, se fue transformando en angustia por encontrarlo.
Intenté definir que tenía antes de aquella mañana y compararlo con lo que había ahora. Noté varios cambios, pero nada fuera de lo normal. Me sumergí por horas entre los libros de la biblioteca, tratando de encontrar el nombre o el significado de mi búsqueda. Caminé por el bosque y las calles con la esperanza de encontrarlo en algún sitio. Observé a la gente en cada café que visitaba, y traté de encontrarme diferencias. No había nada que pudiera sorprenderme.
Presa del pánico, corrí a esconderme en mi cuarto. Pero aquellos malditos relojes me contaban los minutos que pasaban, y mi duda no dejaba de crecer ¿Qué había perdido?. No podía soportar más. Me tiré en la cama y encendí el radio, tratando de huir de la absurda obsesión que me absorbía. Nada cambió.
Estaba desesperado. Finalmente pensé que no lo encontraría, que había muerto en algún momento. Y lloré y me vestí de negro durante días, guardando un silencioso y extraño luto por aquello que había muerto en esa fría mañana.
Traté de resignarme con el paso del tiempo, pero no lo podía asimilar. Intenté escribir para canalizar aquella angustia, pero apenas me senté frente a la hoja mis manos se congelaron, sin escribir ni dos letras.
El caos en el que me encontraba, me hundía cada vez más en un oscuro pozo que no tenía final. Mi apariencia se volvió cada vez más triste y me volví hacia mí, tratando de perderme en mi pasado, para ser tan sólo un reflejo de mi ayer. Pero eso tampoco dio resultado, pues lo que había perdido no se reflejaba.
"Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido", pero que iba a hacer yo, si no sabía siquiera que era lo que me hacía ahora tanta falta.
Tratando de distraerme de esos pensamientos, me senté en una mesa del café, solo, como ya desde tiempo atrás se me había vuelto costumbre. Súbitamente me sentí, una vez más, completo. Comprendí entonces que lo que desde hace tiempo buscaba, era mi inspiración. Lleno de regocijo pensé en sonreír y lo logré, todo comenzaba a tomar forma.
Hoy, sigo sentado esperando, todo igual. Quizá el único cambio es el lugar, ya no estoy en un café. Ahora estoy aquí.
Desde pequeño me dejé enamorar por los libros, relación que desde entonces sigue vigente y se fortalece cada día. La primera señal clara de que iba a leer mucho es que a los 3 años ya leía, cuestión que en la escuela me trajo problemas porque la maestra no sabía tratar con niños que saben leer, pero ese era su problema y no mío así que mi madre me fue comprando libros. Desde que me acuerdo he tenido todos los libros que he querido, y siempre quiero más. Tuve todos los cuentos que editaba Disney, los cuentos clásicos para niños y las infaltables fábulas de Esopo, con él aprendí que se puede aprender de un animal. Y yo leía. Y también leía a Garfield y a Mafalda. Mis tíos me regalaban libros y yo los leía, mis papás compraban libros para ellos y yo los leía. Y así a los 12 años decidí que sería divertido leer a Shakespeare porque estaba en el estudio. No me encantó, pero desde siempre libro que empiezo libro que termino, y lo terminé. Y yo seguía leyendo. A los 14 me sugirió el psicólogo de la escuela que leyera a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que bueno que no lo escuché y en su lugar leí Como agua para chocolate. Y luego leí el perfume, y yo leía más. Y conocí a Irvin Yalom, a Fred Uhlman y a mi poetea favorito Mario Benedetti. Y seguí leyendo y conocí a la Mastretta, y a la Poniatowska y me aventuré a leer a García Márquez. Y seguí leyendo y me creí listo para leer a Octavio Paz, que cosa más impresionante lo que leí con él. Y por él comencé a leer a Carlos Fuentes, y por Fuentes leí a Mahn, y así empecé la costumbre de leer los libros que citan en los libros que yo leo y se creó un efecto de bola de nieve, quizá sea más apropiado decir que comenzó un efecto piramidal. Y leí a Kundera, leí a Kafka, leí a Kinski y uno de mis libros favoritos es obra de Edmundo de Amicis. Y yo seguía leyendo de todo, y algo me dijo que estaba listo de leer a Julio Verne y otros clásicos de su época y eso hice. Y fue tiempo de leer a J.R.R. Tolkien que me resultó mucho más complejo de lo que yo esperaba, pero seguí leyendo. Y leí los 5 libros de Harry Potter, los primeros 4 en una misma semana. Lo mismo Xavier Velasco que Erich Fromm, lo mismo Rius que Sabines, lo mismo Cortazar que Maquiavelo, yo seguí leyendo. Hoy es el día mundial del libro, y no hay mejor manera de celebrarlo que con un libro, esos que nos acompañan -o deberían hacerlo- en todos los momentos y nos ayudan a escapar un rato de la realidad, y nos llevan a otros mundos y a otros tiempos y después del viaje nos regresan al mismo punto, un poco más completos, con una sensación diferente.
Otro más
Otro cuentecito de mi autoría.
Con un peso menos
Diego G. Castorena
Aquella mañana me desperté con la seguridad de haber perdido algo, pensé haberlo olvidado por ahí, me sentí más liviano que de costumbre cuando me encaminaba a la escuela. No sabía que era pero eso, ya no estaba ahí.
Al principio no me inquietó. Es más, me sentía alegre. Me sentía como el común de la gente y una estupida sonrisa se me había quedado pegada en el rostro. Sin embargo, después de algunos días comencé a sentir la necesidad de saber que había perdido, y con el paso del tiempo, se fue transformando en angustia por encontrarlo.
Intenté definir que tenía antes de aquella mañana y compararlo con lo que había ahora. Noté varios cambios, pero nada fuera de lo normal. Me sumergí por horas entre los libros de la biblioteca, tratando de encontrar el nombre o el significado de mi búsqueda. Caminé por el bosque y las calles con la esperanza de encontrarlo en algún sitio. Observé a la gente en cada café que visitaba, y traté de encontrarme diferencias. No había nada que pudiera sorprenderme.
Presa del pánico, corrí a esconderme en mi cuarto. Pero aquellos malditos relojes me contaban los minutos que pasaban, y mi duda no dejaba de crecer ¿Qué había perdido?. No podía soportar más. Me tiré en la cama y encendí el radio, tratando de huir de la absurda obsesión que me absorbía. Nada cambió.
Estaba desesperado. Finalmente pensé que no lo encontraría, que había muerto en algún momento. Y lloré y me vestí de negro durante días, guardando un silencioso y extraño luto por aquello que había muerto en esa fría mañana.
Traté de resignarme con el paso del tiempo, pero no lo podía asimilar. Intenté escribir para canalizar aquella angustia, pero apenas me senté frente a la hoja mis manos se congelaron, sin escribir ni dos letras.
El caos en el que me encontraba, me hundía cada vez más en un oscuro pozo que no tenía final. Mi apariencia se volvió cada vez más triste y me volví hacia mí, tratando de perderme en mi pasado, para ser tan sólo un reflejo de mi ayer. Pero eso tampoco dio resultado, pues lo que había perdido no se reflejaba.
"Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido", pero que iba a hacer yo, si no sabía siquiera que era lo que me hacía ahora tanta falta.
Tratando de distraerme de esos pensamientos, me senté en una mesa del café, solo, como ya desde tiempo atrás se me había vuelto costumbre. Súbitamente me sentí, una vez más, completo. Comprendí entonces que lo que desde hace tiempo buscaba, era mi inspiración. Lleno de regocijo pensé en sonreír y lo logré, todo comenzaba a tomar forma.
Hoy, sigo sentado esperando, todo igual. Quizá el único cambio es el lugar, ya no estoy en un café. Ahora estoy aquí.





