Cosas intermedias
Como Ana Guevara
Con motivo del Operativo Juanita (ya no es Juanito, se cambió de sexo) estábamos ayer en el territorio de pruebas lanzando pelotas -porque eso de lanzar patatas no es de nuestro agrado- de golf con el proyecto de ciencias de Dani, quien por cierto ahora se plantea la pregunta de para qué le sirve esto en la vida real, por lo tanto se aceptan sugerencias para plasmarlas en su trabajo. Y estando por allá la mecánica era sencilla, aerosol, cerillo y la pelota volaba. Pasaba los 100 metros y seguía su recorrido, por lo que estábamos cada vez más atrás, para que no escaparan las pelotas de la zona de pruebas, y aún así escapaban. Total, en eso salen a toda velocidad en la cuatrimoto de reversa Dani y un amigo de él a buscar una de las pelotas, yo sin ver al darles la espalda mientras platicaba con Elvira cuando de pronto grita alguien: ¡Se voltearon! Susto. Giro rápidamente la cabeza y veo la cuatrimoto con las llantas hacia arriba todavía en movimiento. Susto mayor. Yo traía jeans y en lugar de tenis unas chanclas, a pesar de eso corrí más rápido que en cualquier otro momento que recuerde. No sé si fueron 50 metros de carrera o más pero seguro rompí todas las marcas de velocidad, y al llegar y ver que estaban bien e incluso con un poco de risa la tranquilidad volvió. El siguiente paso fue voltear la cuatrimoto que quedó con el volante torcido y un detestable olor a gasolina al escurrir una gran cantidad. Pero a ellos, por fortuna no les pasó nada, pero me hicieron correr tan rápico como Ana Guevara, sí yo, imagínense el susto.
Ofertón: un cuento más.
Con brillo en los ojos
Diego G. Castorena
Lo volvió a encontrar aquella mañana, como siempre. Sentado en una mesa, solo. El cigarro en una mano, el café en la otra y los ojos clavados en el libro que tenía delante. Ella sonrió, pensó en todo el tiempo que había pasado desde aquellos días. Se vio a si misma y notó los cambios, adentro y afuera, lo dejó siendo una n´ña y ahora ya se había convertido en mujer.
Él no notó su mirada, pues se encontraba absorto en su lectura, o ausente, como a veces. Ella aprovechó esto para observarlo mejor, como hace mucho, mucho tiempo, no hacía. En apariencia, era el mismo, por él los años no parecían pasar, el cabello más corto, la piel un poco más oscura, el rostro quiz á más ancho, pero sus ojos, -Maldita sea-, los ojos más tristes. Estaba segura, sus ojos oscuros denotaban cada día más esa tristeza que se lo había estado comiendo poco a poco.
Entonces se dio cuenta de todo el cambio en su interior.
Ya no tenía aquella soberbia tan suya, su imagen no era ya la de aquel ser que parecía tener todo el mundo en sus manos, ese hombre que, parecía, controlaba todo su entorno con una mirada, ese que conseguía lo que deseaba. Se veía débil, humilde, tenía la mirada de un niño perdido en un centro comercial. Esta imagen la enterneció, sintió el deseo de ir hacia él, de tomar su rostro en sus manos, de besarlo, de encontrar otra vez aquella sonrisa y aquel brillo en los ojos. Tenía una inmensa necesidad de quererlo una vez más, de contarle toda la verdad, de confesarle lo que había pasado, todo lo que había sentido, de recordarle que aquello no había podido ser por miles de motivos que ellos no podían controlar. Sintió un poco de pena por todo lo que había dicho y pensado de él para borrar sus huellas de la mente, de sus labios, de su piel. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, al recordar sus brazos, sus manos, la presión de su cuerpo.
Apartó la vista al sentirse vencida por el recuerdo y cuando se sintió repuesta volvió a observarlo, él levantó ahora la mirada aprovechando para darle un trago al café‚ que humeaba sobre la mesa, y sus ojos se encontraron a través de esa cortina de vapor. Ella contestó, algo descontrolada, la sonrisa que él hab¡a dejado escapar, y se volvió nerviosa hacia el mostrador, sintiendo el rubor que le subía en el rostro, y percatándose de la amargura de esas dos sonrisas. Apretó la mano que la sujetaba y una voz la regresó a la tierra: ¿Te sientes mal? Estás sudando.
Asintió con la cabeza y murmuró: -Vámonos.
Justo en la puerta, volvió a girar el rostro hacia su mesa, al sentir como su mirada la seguía. Esto no podía continuar, soltó la mano de su acompañante y sin dar más explicaciones, dijo: -Te veo mañana. él se encogió de hombros y se fue.
Ella se sentó en la primera mesa que vio desocupada y sacó algo que leer. No debían acercarse, pero nada le impedía mirarlo. Sus miradas se juntaron otra vez, y ella no supo en que momento las lágrimas llenaron sus ojos. Apretó los dientes para no dejarlas escapar y recorrer su rostro pálido. Él lo había hecho de nuevo, y ella no tuvo más que aceptar que aquello comenzaba, otra vez.
Tomó una servilleta, escribió su nombre en ella y debajo delineó mientras pensaba, una sola palabra: Tiempo. Arrugó la servilleta y la dejó sobre la mesa, antes de correr a esconderse al baño, a limpiarse aquellas lágrimas que no sabía por qué‚ habían salido. Se observó al espejo, y notó que su cara tenía la misma expresión de aquel entonces. Muy dentro lo culpó.
Al regresar a la mesa, sintió alivio al ver que él ya no estaba, tampoco la servilleta, en su lugar se encontraba una paloma de papel, sonrió al reconocer esa respuesta y se quedo pensando, faltaban unos meses para su mayoría de edad. Guardó la paloma en su cuaderno y salió de allí, con brillo en los ojos y una palabra en su boca que ahora tampoco sabía por qué sonreía: tiempo.
Ya para irnos
Una foto para todos los que dicen que Márquez está al nivel de los galácticos. Vean como sufrió con Ronaldo.

Con motivo del Operativo Juanita (ya no es Juanito, se cambió de sexo) estábamos ayer en el territorio de pruebas lanzando pelotas -porque eso de lanzar patatas no es de nuestro agrado- de golf con el proyecto de ciencias de Dani, quien por cierto ahora se plantea la pregunta de para qué le sirve esto en la vida real, por lo tanto se aceptan sugerencias para plasmarlas en su trabajo. Y estando por allá la mecánica era sencilla, aerosol, cerillo y la pelota volaba. Pasaba los 100 metros y seguía su recorrido, por lo que estábamos cada vez más atrás, para que no escaparan las pelotas de la zona de pruebas, y aún así escapaban. Total, en eso salen a toda velocidad en la cuatrimoto de reversa Dani y un amigo de él a buscar una de las pelotas, yo sin ver al darles la espalda mientras platicaba con Elvira cuando de pronto grita alguien: ¡Se voltearon! Susto. Giro rápidamente la cabeza y veo la cuatrimoto con las llantas hacia arriba todavía en movimiento. Susto mayor. Yo traía jeans y en lugar de tenis unas chanclas, a pesar de eso corrí más rápido que en cualquier otro momento que recuerde. No sé si fueron 50 metros de carrera o más pero seguro rompí todas las marcas de velocidad, y al llegar y ver que estaban bien e incluso con un poco de risa la tranquilidad volvió. El siguiente paso fue voltear la cuatrimoto que quedó con el volante torcido y un detestable olor a gasolina al escurrir una gran cantidad. Pero a ellos, por fortuna no les pasó nada, pero me hicieron correr tan rápico como Ana Guevara, sí yo, imagínense el susto.
Ofertón: un cuento más.
Con brillo en los ojos
Diego G. Castorena
Lo volvió a encontrar aquella mañana, como siempre. Sentado en una mesa, solo. El cigarro en una mano, el café en la otra y los ojos clavados en el libro que tenía delante. Ella sonrió, pensó en todo el tiempo que había pasado desde aquellos días. Se vio a si misma y notó los cambios, adentro y afuera, lo dejó siendo una n´ña y ahora ya se había convertido en mujer.
Él no notó su mirada, pues se encontraba absorto en su lectura, o ausente, como a veces. Ella aprovechó esto para observarlo mejor, como hace mucho, mucho tiempo, no hacía. En apariencia, era el mismo, por él los años no parecían pasar, el cabello más corto, la piel un poco más oscura, el rostro quiz á más ancho, pero sus ojos, -Maldita sea-, los ojos más tristes. Estaba segura, sus ojos oscuros denotaban cada día más esa tristeza que se lo había estado comiendo poco a poco.
Entonces se dio cuenta de todo el cambio en su interior.
Ya no tenía aquella soberbia tan suya, su imagen no era ya la de aquel ser que parecía tener todo el mundo en sus manos, ese hombre que, parecía, controlaba todo su entorno con una mirada, ese que conseguía lo que deseaba. Se veía débil, humilde, tenía la mirada de un niño perdido en un centro comercial. Esta imagen la enterneció, sintió el deseo de ir hacia él, de tomar su rostro en sus manos, de besarlo, de encontrar otra vez aquella sonrisa y aquel brillo en los ojos. Tenía una inmensa necesidad de quererlo una vez más, de contarle toda la verdad, de confesarle lo que había pasado, todo lo que había sentido, de recordarle que aquello no había podido ser por miles de motivos que ellos no podían controlar. Sintió un poco de pena por todo lo que había dicho y pensado de él para borrar sus huellas de la mente, de sus labios, de su piel. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo, al recordar sus brazos, sus manos, la presión de su cuerpo.
Apartó la vista al sentirse vencida por el recuerdo y cuando se sintió repuesta volvió a observarlo, él levantó ahora la mirada aprovechando para darle un trago al café‚ que humeaba sobre la mesa, y sus ojos se encontraron a través de esa cortina de vapor. Ella contestó, algo descontrolada, la sonrisa que él hab¡a dejado escapar, y se volvió nerviosa hacia el mostrador, sintiendo el rubor que le subía en el rostro, y percatándose de la amargura de esas dos sonrisas. Apretó la mano que la sujetaba y una voz la regresó a la tierra: ¿Te sientes mal? Estás sudando.
Asintió con la cabeza y murmuró: -Vámonos.
Justo en la puerta, volvió a girar el rostro hacia su mesa, al sentir como su mirada la seguía. Esto no podía continuar, soltó la mano de su acompañante y sin dar más explicaciones, dijo: -Te veo mañana. él se encogió de hombros y se fue.
Ella se sentó en la primera mesa que vio desocupada y sacó algo que leer. No debían acercarse, pero nada le impedía mirarlo. Sus miradas se juntaron otra vez, y ella no supo en que momento las lágrimas llenaron sus ojos. Apretó los dientes para no dejarlas escapar y recorrer su rostro pálido. Él lo había hecho de nuevo, y ella no tuvo más que aceptar que aquello comenzaba, otra vez.
Tomó una servilleta, escribió su nombre en ella y debajo delineó mientras pensaba, una sola palabra: Tiempo. Arrugó la servilleta y la dejó sobre la mesa, antes de correr a esconderse al baño, a limpiarse aquellas lágrimas que no sabía por qué‚ habían salido. Se observó al espejo, y notó que su cara tenía la misma expresión de aquel entonces. Muy dentro lo culpó.
Al regresar a la mesa, sintió alivio al ver que él ya no estaba, tampoco la servilleta, en su lugar se encontraba una paloma de papel, sonrió al reconocer esa respuesta y se quedo pensando, faltaban unos meses para su mayoría de edad. Guardó la paloma en su cuaderno y salió de allí, con brillo en los ojos y una palabra en su boca que ahora tampoco sabía por qué sonreía: tiempo.
Ya para irnos
Una foto para todos los que dicen que Márquez está al nivel de los galácticos. Vean como sufrió con Ronaldo.

Comentario:
Ronaldo, y le dicen gordito, ya quisieran. Ah, buen cuento, pero insisto, más de los nuevos, ya sácalos.





