Exiliados
Nunca deja de asombrarme la cantidad de españoles que hay diseminados por el mundo. Desde luego hay destinos y destinos donde es más fácil toparse con alguno. Pero aunque sea escondidos debajo de las piedras, parapetados tras el mejor de los acentos, conseguido por años y años de esfuerzo y convivencia, o pertrechados por cámaras de fotos y con los pies ligeros de los turistas de agendas apretadas, siempre, como la mayor de las casualidades, algún paisano aparece tarde o temprano.
Al primer español que conocimos en esta ciudad fue a A., un mes después de mi llegada a California, en un concierto homenaje a Pink Floyd en el estudio donde se grabó The wall (o al menos eso nos dijeron). Después vinieron muchos más, en reuniones y fiestas varias, amigos que nos rebotaban conocidos que iban a pasar por aquí, personal del consulado y de las múltiples oficinas que mantenemos allende los mares, además de un interminable etcétera que te lleva a coincidir con la mayoría de los españoles que viven en Los Angeles (sí, también coincidimos en una reunión con Antonio Banderas, sí). Todos lejos de casa, todos con una sonrisa en la cara al encontrar a alguien que ha crecido con tu mismo idioma, con tus costumbres, con tu manera de pensar.
En el fondo, el “exiliado”, si no está rodeado de los que son como él, se siente sólo. Recuerdo una tarde hace unos años, visitando Gante, que al oírnos hablar en español, se nos acercó un chico. Nos dijo que llevaba sin hablar con “alguien como él” tres meses y que ya no podía más. Nos invitó a unas cervezas y nos dio las gracias por nuestro tiempo.
Esta soledad nos empuja a buscar a los que son como nosotros, a buscar el grupo, y una vez encontrado, el grupo tiende a reproducir los mismo comportamientos a los que estaba habituado. Gracias a estos comportamientos atípicos en la sociedad de acogida, sin saber cómo te encuentras participando en celebraciones tan extrañas como la feria de abril en Long Beach, bailando sevillanas con unas chicas japonesas que van a una academia de flamenco en San Diego y que tienen por máxima aspiración ir alguna vez a un tablao madrileño.
Estas son algunas de esas cosas extrañas que alguna vez vives.
[Lo siento por los hipervínculos pero no sé que pasa que no me funcionan hoy]

Al primer español que conocimos en esta ciudad fue a A., un mes después de mi llegada a California, en un concierto homenaje a Pink Floyd en el estudio donde se grabó The wall (o al menos eso nos dijeron). Después vinieron muchos más, en reuniones y fiestas varias, amigos que nos rebotaban conocidos que iban a pasar por aquí, personal del consulado y de las múltiples oficinas que mantenemos allende los mares, además de un interminable etcétera que te lleva a coincidir con la mayoría de los españoles que viven en Los Angeles (sí, también coincidimos en una reunión con Antonio Banderas, sí). Todos lejos de casa, todos con una sonrisa en la cara al encontrar a alguien que ha crecido con tu mismo idioma, con tus costumbres, con tu manera de pensar.
En el fondo, el “exiliado”, si no está rodeado de los que son como él, se siente sólo. Recuerdo una tarde hace unos años, visitando Gante, que al oírnos hablar en español, se nos acercó un chico. Nos dijo que llevaba sin hablar con “alguien como él” tres meses y que ya no podía más. Nos invitó a unas cervezas y nos dio las gracias por nuestro tiempo.
Esta soledad nos empuja a buscar a los que son como nosotros, a buscar el grupo, y una vez encontrado, el grupo tiende a reproducir los mismo comportamientos a los que estaba habituado. Gracias a estos comportamientos atípicos en la sociedad de acogida, sin saber cómo te encuentras participando en celebraciones tan extrañas como la feria de abril en Long Beach, bailando sevillanas con unas chicas japonesas que van a una academia de flamenco en San Diego y que tienen por máxima aspiración ir alguna vez a un tablao madrileño.
Estas son algunas de esas cosas extrañas que alguna vez vives.
[Lo siento por los hipervínculos pero no sé que pasa que no me funcionan hoy]

Invisibles
Cuando me lo contó mi madre, una tarde cualquiera, hace ya un par de años, me invadió una terrible tristeza. Puede que fuera uno de los relatos reales más tristes que haya oído en mi vida. Y recuerdo que me alegré, me alegré de no conocer a aquella pareja, de no saberla identificar entre mis recuerdos, de no distinguirla entre la gente que te cruzas en el supermercado, de no poderle poner un rostro a la desesperación y al olvido.
La historia era así: una pareja de ancianos, como todos los domingos, a las 11 menos cuarto de la mañana se dirigía achacosamente a la iglesia, cogidos del brazo con paso parsimonioso, para oír la misa de media mañana. Tal y como habían hecho durante los últimos 20 años. Cerca de la iglesia, la mujer se dio cuenta de que se le había olvidado el bolso en casa. La cabeza le fallaba, se le olvidaban las cosas, cada vez estaba más torpe. Las señoras mayores para esto son muy miradas y, claro, ella tenía que echar algunas monedas de calderilla en el cepillo, monedas que por otro lado había ido arañando de su exigua pensión a lo largo de la semana. Por lo tanto necesitaba el monedero que estaba dentro de su bolso. La única solución posible era que el marido se acercara a casa, que tampoco estaba muy lejos, y en diez minutos estuviera de vuelta con el bolso. Ella lo esperaría sentada en uno de los bancos de la plaza, posiblemente uno de esos bancos donde habrían pasado sus primeras tardes como novios en una juventud ya olvidada. Él se fue y ella esperó. Lo que nunca supo fue que camino a casa, con las prisas, su marido sufrió un infarto que le fulminó la vida como un rayo. Pasaron las horas en aquel banco y nadie se percató de su presencia. Vecinos y familia empezaron a buscarla pero no se les ocurrió que pudiera estar a tan sólo dos calles de su casa. Se hizo de noche y empezó a llover. Pero ella seguía sentada en el banco, esperando a su marido, invisible a los demás. Sólo entonces, entre la lluvia, la vio un policía municipal. Ella dijo que tenía que esperar a su marido.
Hay momentos en nuestra vida en que todos somos invisibles. Nos cruzamos a tantas personas por la calle, pero, ¿a cuantas vemos realmente? Nuestras miradas traspasan sin detenerse a la mayoría de personas que nos rodean. Hasta que un día alguien te cuenta una historia como ésta y te preguntas si pasaste tú por esa plaza aquel día, si viste a aquella anciana sentada en un banco. Nuestro consuelo es que nunca lo recordarás.

La historia era así: una pareja de ancianos, como todos los domingos, a las 11 menos cuarto de la mañana se dirigía achacosamente a la iglesia, cogidos del brazo con paso parsimonioso, para oír la misa de media mañana. Tal y como habían hecho durante los últimos 20 años. Cerca de la iglesia, la mujer se dio cuenta de que se le había olvidado el bolso en casa. La cabeza le fallaba, se le olvidaban las cosas, cada vez estaba más torpe. Las señoras mayores para esto son muy miradas y, claro, ella tenía que echar algunas monedas de calderilla en el cepillo, monedas que por otro lado había ido arañando de su exigua pensión a lo largo de la semana. Por lo tanto necesitaba el monedero que estaba dentro de su bolso. La única solución posible era que el marido se acercara a casa, que tampoco estaba muy lejos, y en diez minutos estuviera de vuelta con el bolso. Ella lo esperaría sentada en uno de los bancos de la plaza, posiblemente uno de esos bancos donde habrían pasado sus primeras tardes como novios en una juventud ya olvidada. Él se fue y ella esperó. Lo que nunca supo fue que camino a casa, con las prisas, su marido sufrió un infarto que le fulminó la vida como un rayo. Pasaron las horas en aquel banco y nadie se percató de su presencia. Vecinos y familia empezaron a buscarla pero no se les ocurrió que pudiera estar a tan sólo dos calles de su casa. Se hizo de noche y empezó a llover. Pero ella seguía sentada en el banco, esperando a su marido, invisible a los demás. Sólo entonces, entre la lluvia, la vio un policía municipal. Ella dijo que tenía que esperar a su marido.
Hay momentos en nuestra vida en que todos somos invisibles. Nos cruzamos a tantas personas por la calle, pero, ¿a cuantas vemos realmente? Nuestras miradas traspasan sin detenerse a la mayoría de personas que nos rodean. Hasta que un día alguien te cuenta una historia como ésta y te preguntas si pasaste tú por esa plaza aquel día, si viste a aquella anciana sentada en un banco. Nuestro consuelo es que nunca lo recordarás.

Animales
Alicia le dice a la reina de corazones algo así: "No entiendo por qué corremos, porque por más que lo hacemos lo más rápido que podemos no nos movemos". A lo que la reina, razonable aunque no lo parezca, responde: "Corremos tan rápido como podemos exactamente para eso: para no movernos de donde estamos". Ésta es nuestra carrera diaria, no parar de correr, hasta agotar nuestras fuerzas, para seguir ocupando nuestro sitio, para que nadie pueda quitárnoslo.
Y esto no es más que otra reminiscencia de nuestro instinto animal. Lo queramos o no, lo adornemos con el adjetivo racional o con cualquier otro sobrenombre, seguimos siendo animales. Luis Racionero en "El progreso decadente" lo resume muy bien: la historia de la evolución nos ha guiado con paso firme desde la ameba hasta el hombre de Cromagnon, pasando por estadios intermedios tales como el cetaceo, el reptil, el ave y el mamífero inferior, de tal manera que nuestro cerebro se ha formado, tras milenios de historia natural, por medio de la superposición de los cerebros de cocodrilos, gorriones y ovejas. Y seguimos manteniendo un poco de cada uno de ellos, por más que hayamos sido capaces de dotarnos de un sistema de comunicación articulado por palabras, o de apreciar la belleza en nuestras manifestaciones artísticas, o de interesarnos por nuestro pasado para disfrazarlo de historia.
Por eso debemos estar siempre alerta, porque cuando la oveja que llevamos dentro de nuestra cabeza quiere detenerse a descansar en un prado para pasar el domingo, el cocodrilo que reside junto a ella en el hipotálamo anhela cobrarse alguna nueva víctima .
"El hombre es un lobo para el hombre", ya lo decía Hobbes, y si dejamos de correr, algún otro animal puede venir a suplantarnos.

Y esto no es más que otra reminiscencia de nuestro instinto animal. Lo queramos o no, lo adornemos con el adjetivo racional o con cualquier otro sobrenombre, seguimos siendo animales. Luis Racionero en "El progreso decadente" lo resume muy bien: la historia de la evolución nos ha guiado con paso firme desde la ameba hasta el hombre de Cromagnon, pasando por estadios intermedios tales como el cetaceo, el reptil, el ave y el mamífero inferior, de tal manera que nuestro cerebro se ha formado, tras milenios de historia natural, por medio de la superposición de los cerebros de cocodrilos, gorriones y ovejas. Y seguimos manteniendo un poco de cada uno de ellos, por más que hayamos sido capaces de dotarnos de un sistema de comunicación articulado por palabras, o de apreciar la belleza en nuestras manifestaciones artísticas, o de interesarnos por nuestro pasado para disfrazarlo de historia.
Por eso debemos estar siempre alerta, porque cuando la oveja que llevamos dentro de nuestra cabeza quiere detenerse a descansar en un prado para pasar el domingo, el cocodrilo que reside junto a ella en el hipotálamo anhela cobrarse alguna nueva víctima .
"El hombre es un lobo para el hombre", ya lo decía Hobbes, y si dejamos de correr, algún otro animal puede venir a suplantarnos.

Bares
Llaman al teléfono y lo coge L. Habla un par de minutos y se acerca, acelerada, con la ilusión de una colegiala para decirme que hemos quedado a las nueve en el Formosa. Preguntar sería una estupidez. Qué más da. Me encanta el Formosa. Lo demás son valores añadidos que no caben en ninguna buena mentalidad espartana. Ir al Formosa supone cerveza y conversación. Eso es todo.
Siempre me han encantado los bares. Los recorro acompañado de L. o en solitario y me mezclo entre su clientela, intentando no llamar la atención a los parroquianos, para observar con espíritu empírico.
Saber que en cualquier parte del mundo, por muy alejada que esté, siempre habrá un bar abierto, tranquiliza.
El mejor lugar para tomarle el pulso a una ciudad es un bar. Bajar del avión, llegar al hotel, darse una ducha y salir en busca de un poco de música, de una copa, de una charla con el camarero. Esa es la mejor toma de contacto. Desde los pubs irlandenses hasta los chiringuitos de la Costa del Sol, desde las terrazas parisinas hasta los clubs de diseño de Nueva York, todos tienen su encanto, incluso en Los Angeles.
Uno siempre tiene sus preferencias, desde luego, y aquí paso las horas muertas en el Frolic, el único sitio de esta ciudad donde saben servirte un JB como Dios manda (su vaso de tubo, nada de vasos de licor, con poco hielo). Desde la pared, las caricaturas de Al Hirschfeld te observan en la lejanía de aquel legendario Hollywood que vendían las películas y, al mismo tiempo, el deslucido de la barra y de sus taburetes te habla de otro tiempo, tal vez del que hablaba el "profeta" Anger. Y otro nuevo director de cine, como K., se sienta a tu lado y empieza a hablarte de sus proyectos y de sus ilusiones.
Desde el Teatro Scrive junto a la Via Ghibelina de Florencia no había conocido otro sitio así. Pero aquello eran otros tiempos, otros lugares, otras historias, otros bares.

Siempre me han encantado los bares. Los recorro acompañado de L. o en solitario y me mezclo entre su clientela, intentando no llamar la atención a los parroquianos, para observar con espíritu empírico.
Saber que en cualquier parte del mundo, por muy alejada que esté, siempre habrá un bar abierto, tranquiliza.
El mejor lugar para tomarle el pulso a una ciudad es un bar. Bajar del avión, llegar al hotel, darse una ducha y salir en busca de un poco de música, de una copa, de una charla con el camarero. Esa es la mejor toma de contacto. Desde los pubs irlandenses hasta los chiringuitos de la Costa del Sol, desde las terrazas parisinas hasta los clubs de diseño de Nueva York, todos tienen su encanto, incluso en Los Angeles.
Uno siempre tiene sus preferencias, desde luego, y aquí paso las horas muertas en el Frolic, el único sitio de esta ciudad donde saben servirte un JB como Dios manda (su vaso de tubo, nada de vasos de licor, con poco hielo). Desde la pared, las caricaturas de Al Hirschfeld te observan en la lejanía de aquel legendario Hollywood que vendían las películas y, al mismo tiempo, el deslucido de la barra y de sus taburetes te habla de otro tiempo, tal vez del que hablaba el "profeta" Anger. Y otro nuevo director de cine, como K., se sienta a tu lado y empieza a hablarte de sus proyectos y de sus ilusiones.
Desde el Teatro Scrive junto a la Via Ghibelina de Florencia no había conocido otro sitio así. Pero aquello eran otros tiempos, otros lugares, otras historias, otros bares.

Miedo
A veces me pregunto cómo sería vivir en este país antes del once de septiembre, cómo fueron esos idílicos años entre el fin de la guerra fría y el nacimiento de la amenaza integrista. Un tiempo sin miedo.
El miedo se olvida, pero nunca deja de estar presente. En este país, te rodea, te sale al paso a la vuelta de cualquier esquina, con el ruido de cualquier helicóptero, con la sirena de cualquier ambulancia. Está ahí. Y casi puedes notar cómo respira. Cerca de ti. Intangible. Y cuando reaccionas, ya llevas un rato en silencio, con todos los sentidos alerta, agarrado a lo más cercano (la mesa, la silla, la cinta de la persiana), con las palmas de las manos sudorosas y los latidos del corazón en los tímpanos. Es miedo, y nunca deja de estar presente. Aunque te acostumbres.
Recuerdo en estas Navidades el carrousel en el que se convirtieron los índices de alerta. Subían y bajaban como dotados de voluntad propia. Y si embargo, los aviones seguían despegando y aterrizando. Pero el miedo había conseguido borrar esa imagen de normalidad. Tenías la certeza de que algo iba a suceder, cuando menos lo esperaras, donde menos imaginases. Y así fue.
El miedo nos acompaña a donde quiera que vayamos. Lo podemos olvidar, pero viene con nosotros.
Esta es la mayor verdad de La tierra baldía de Eliot:
Y te mostraré algo diferente,
Tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,
Como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,
Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo.
Evelyn Waugh también lo entendió así.

El miedo se olvida, pero nunca deja de estar presente. En este país, te rodea, te sale al paso a la vuelta de cualquier esquina, con el ruido de cualquier helicóptero, con la sirena de cualquier ambulancia. Está ahí. Y casi puedes notar cómo respira. Cerca de ti. Intangible. Y cuando reaccionas, ya llevas un rato en silencio, con todos los sentidos alerta, agarrado a lo más cercano (la mesa, la silla, la cinta de la persiana), con las palmas de las manos sudorosas y los latidos del corazón en los tímpanos. Es miedo, y nunca deja de estar presente. Aunque te acostumbres.
Recuerdo en estas Navidades el carrousel en el que se convirtieron los índices de alerta. Subían y bajaban como dotados de voluntad propia. Y si embargo, los aviones seguían despegando y aterrizando. Pero el miedo había conseguido borrar esa imagen de normalidad. Tenías la certeza de que algo iba a suceder, cuando menos lo esperaras, donde menos imaginases. Y así fue.
El miedo nos acompaña a donde quiera que vayamos. Lo podemos olvidar, pero viene con nosotros.
Esta es la mayor verdad de La tierra baldía de Eliot:
Y te mostraré algo diferente,
Tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,
Como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,
Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo.
Evelyn Waugh también lo entendió así.

Vicios
Las boleras son sitios extraños. Es una pena que no sea tan extraña la gente que las puebla. Entras con la sensación de que te vas a encontrar al Nota y a sus colegas y sales como si acabaras de ver una indigesta película de adolescentes adocenante. Aún así, el pasatiempo de ir a una bolera debería ser una asignatura obligatoria en este país. Y no por jugar a los bolos, un “deporte” cuestionable que se convierte en pesadilla para todos aquellos incapaces de coordinar los movimientos de sus extremidades, sino por atesorar una experiencia distinta en este mundo gris de hormigón y autopistas.
Las boleras levantan pasiones entre los yankees. No hay más que oír el jolgorio que se desata irrefrenable desde sus tripas entre la chiquillería y las interminables colas que te prometen una pista para ejercitar la puntería y el equilibrio a partes iguales. La gente tiene que dar rienda suelta a sus vicios y en el país de la corrección, pocos sitios más adecuados que una bolera para permitirte la debilidad de tener alguno.
Sin embargo, sales con la sensación de haber presenciado otra metáfora más del nihilismo urbanita. Y si no que lo pregunten en la ciudad de Columbine, supongo que allí podrían hablar largo y tendido sobre nihilismo y bolos.
En la bolera, no cabe un alfiler, la música demasiado alta y cada dos minutos alguien celebra sin ningún tipo de inhibición una jugada maestra. Mientras, el bar del mismo establecimiento, donde te sirven las cervezas para poder sacarlas hasta la pista, está casi desierto. Y aquí es donde cualquier zoólogo se sentiría como pez en el agua. Sólo en la puerta del bar, en una esquina, se encuentra un cartel que permite fumar. Es en estos sitios mágicos, paraísos de permisividad, donde en California puedes conocer a la gente más variopinta.
Así, sin saber cómo, puedes acabar compartiendo cervezas y humo en la puerta de una bolera en Santa Mónica con un piloto de las islas Fidji, discutiendo entre lo distintos que suenan los acentos mejicano y español. Un día en Los Ángeles y dos en Suva, ese es su plan semanal. Después cuando te despides y vuelves a entrar, esperando no haber abusado de la paciencia de tus amigos, acostumbrados ya a tu dependencia del humo, te das cuenta de que el piloto de Fidji se sienta sólo en la barra e intenta empezar otra conversación con el camarero.
Distintos vicios como manifestación del nihilismo.

Las boleras levantan pasiones entre los yankees. No hay más que oír el jolgorio que se desata irrefrenable desde sus tripas entre la chiquillería y las interminables colas que te prometen una pista para ejercitar la puntería y el equilibrio a partes iguales. La gente tiene que dar rienda suelta a sus vicios y en el país de la corrección, pocos sitios más adecuados que una bolera para permitirte la debilidad de tener alguno.
Sin embargo, sales con la sensación de haber presenciado otra metáfora más del nihilismo urbanita. Y si no que lo pregunten en la ciudad de Columbine, supongo que allí podrían hablar largo y tendido sobre nihilismo y bolos.
En la bolera, no cabe un alfiler, la música demasiado alta y cada dos minutos alguien celebra sin ningún tipo de inhibición una jugada maestra. Mientras, el bar del mismo establecimiento, donde te sirven las cervezas para poder sacarlas hasta la pista, está casi desierto. Y aquí es donde cualquier zoólogo se sentiría como pez en el agua. Sólo en la puerta del bar, en una esquina, se encuentra un cartel que permite fumar. Es en estos sitios mágicos, paraísos de permisividad, donde en California puedes conocer a la gente más variopinta.
Así, sin saber cómo, puedes acabar compartiendo cervezas y humo en la puerta de una bolera en Santa Mónica con un piloto de las islas Fidji, discutiendo entre lo distintos que suenan los acentos mejicano y español. Un día en Los Ángeles y dos en Suva, ese es su plan semanal. Después cuando te despides y vuelves a entrar, esperando no haber abusado de la paciencia de tus amigos, acostumbrados ya a tu dependencia del humo, te das cuenta de que el piloto de Fidji se sienta sólo en la barra e intenta empezar otra conversación con el camarero.
Distintos vicios como manifestación del nihilismo.

Arde
Carlos Fuentes en "En esto creo", al hablar de la literatura, dice que ésta comienza con el Quijote, con su pasión por las novelas de caballería y su puesta en práctica de éstas. El personaje real (Alonso Quijano) se convierte en un personaje novelesco por voluntad propia, y el personaje novelesco (Don Quijote) se niega a continuar con la vida que se le ha asignado y a creer en la realidad. Es una huída hacia adelante en busca de bálsamos y molinos.
Ésa es la grandeza de los libros, el alejarnos de la realidad, el introducirnos en mundos distintos a los nuestros donde dejamos de ser los que somos y donde somos los que hemos dejado de ser.
A veces, los elementos se conjugan y fuera de nuestra fantasía el cura, el barbero y la sirvienta se confabulan y hacen una gran hoguera con todas nuestras lecturas en los corrales de nuestra casa. Otras, somos nosotros los que volvemos a la cordura tras el mayor de los golpes contra el mundo tangible. Pero siempre nos queda el recuerdo de nuestras gestas.
En las grandes ciudades esta huída a ninguna parte se convierte en pulsión vital. La gente huye y no sabe dónde. Los encuentras huyendo dentro de sus coches, en el interior de los interminables edificios de oficinas, en los centros comericiales, en los cines. Todos huyen y muchas veces sientes la sensación de encontrarte dentro de un edificio en llamas.
Nuestra vida está llena de literatura. es un quijote que nunca se han escrito. Nos refugiamos en nuestra locura, mientras el mundo entero se confabula para hacernos volver a su mezquina mediocridad. Hasta que un buen día chocamos contra molinos que no son gigantes. Y al abrir los ojos nos damos cuenta de que todo el mundo huye. Al fin y al cabo, el edificio puede que sí esté en llamas.

Ésa es la grandeza de los libros, el alejarnos de la realidad, el introducirnos en mundos distintos a los nuestros donde dejamos de ser los que somos y donde somos los que hemos dejado de ser.
A veces, los elementos se conjugan y fuera de nuestra fantasía el cura, el barbero y la sirvienta se confabulan y hacen una gran hoguera con todas nuestras lecturas en los corrales de nuestra casa. Otras, somos nosotros los que volvemos a la cordura tras el mayor de los golpes contra el mundo tangible. Pero siempre nos queda el recuerdo de nuestras gestas.
En las grandes ciudades esta huída a ninguna parte se convierte en pulsión vital. La gente huye y no sabe dónde. Los encuentras huyendo dentro de sus coches, en el interior de los interminables edificios de oficinas, en los centros comericiales, en los cines. Todos huyen y muchas veces sientes la sensación de encontrarte dentro de un edificio en llamas.
Nuestra vida está llena de literatura. es un quijote que nunca se han escrito. Nos refugiamos en nuestra locura, mientras el mundo entero se confabula para hacernos volver a su mezquina mediocridad. Hasta que un buen día chocamos contra molinos que no son gigantes. Y al abrir los ojos nos damos cuenta de que todo el mundo huye. Al fin y al cabo, el edificio puede que sí esté en llamas.

Foros
Es muy curioso el mundo de los foros. Desde que estoy en la otra punta del mundo lo frecuento, más por necesidad que por otra razón. Me gusta leer en mi idioma, escribir en mi lengua materna y olvidar así, durante un rato, a esta panda de herejes que pueblan este lado del Océano Atlántico. Por eso acabé en un foro. Para escribir y dar rienda suelta a todo aquello que no podía exteriorizar en mi día a día.
Los foros son una especie de cordón umbilical que te permite estar en contacto con la tierra en la que naciste, un mecanismo que te pone más difícil aquello de olvidar, trayéndote opiniones y puntos de vista difíciles de encontrar tan lejos.
Cualquiera que frecuente un foro sabrá que este tipo de reflexiones acerca del foro en sí es lo más normal. Por eso no me quiero extender, sobre el tema. Sin embargo, hay una característica de los foros que me parece deslumbrante: el anonimato. Un sitio donde puedes entrar, decir lo que te dé la gana y no rendir cuentas a nadie por nada es un auténtico paraíso en esta sociedad obsesionada por la corrección. Todos en los foros son auténticos desconocidos, gente que te puede estar rodeando, pero de la que no sabes absolutamente nada, gente con un pasado y un presente, ajenos a tu realidad, lejanos tras esta cortina de sombras chinescas que tan sólo muestra el reflejo de la realidad sobre una de las paredes de nuestra caverna individual.
Uno de mis libros favoritos es “Des inconues” de Patrick Modiano. Recoge tres historias de tres chicas ajenas al mundo en el que viven, en un continuo ir de paso, impregnadas de la realidad que les rodea pero sin entrar a formar parte de ella, invisibles para el resto de la gente, desconocidas y, por tanto, olvidadas antes de desaparecer. Esa es la vida de los foros, la vida de auténticos desconocidos, donde nadie sabe nada de nadie y donde nadie dice nada. Y esa es también su grandeza.

Los foros son una especie de cordón umbilical que te permite estar en contacto con la tierra en la que naciste, un mecanismo que te pone más difícil aquello de olvidar, trayéndote opiniones y puntos de vista difíciles de encontrar tan lejos.
Cualquiera que frecuente un foro sabrá que este tipo de reflexiones acerca del foro en sí es lo más normal. Por eso no me quiero extender, sobre el tema. Sin embargo, hay una característica de los foros que me parece deslumbrante: el anonimato. Un sitio donde puedes entrar, decir lo que te dé la gana y no rendir cuentas a nadie por nada es un auténtico paraíso en esta sociedad obsesionada por la corrección. Todos en los foros son auténticos desconocidos, gente que te puede estar rodeando, pero de la que no sabes absolutamente nada, gente con un pasado y un presente, ajenos a tu realidad, lejanos tras esta cortina de sombras chinescas que tan sólo muestra el reflejo de la realidad sobre una de las paredes de nuestra caverna individual.
Uno de mis libros favoritos es “Des inconues” de Patrick Modiano. Recoge tres historias de tres chicas ajenas al mundo en el que viven, en un continuo ir de paso, impregnadas de la realidad que les rodea pero sin entrar a formar parte de ella, invisibles para el resto de la gente, desconocidas y, por tanto, olvidadas antes de desaparecer. Esa es la vida de los foros, la vida de auténticos desconocidos, donde nadie sabe nada de nadie y donde nadie dice nada. Y esa es también su grandeza.

Fiestas
En las relaciones entre bípedos, las fiestas son un capítulo fundamental de la existencia. En una ciudad como Los Ángeles, más. Las fiestas aquí adquieren una dimensión fuera de lo corriente, dado que bares, pubs, discotecas y cualquier otro sitio donde vendan bebidas alcohólicas cierran a las dos de la mañana y, aún así, los precios en éstos no se pueden decir que sean “populares”.
Salir por Los Ángeles suele resumirse en ir a una fiesta particular. La gente más pretenciosa, la más alternativa, los culturetas de medio pelo, los clubbers más sofisticados, las pijas más teñidas, los buitres más voraces, las parejas mejor avenidas, todos, tienen a lo largo del fin de semana al menos una fiesta.
Como parece lógico, por lo que acabo de escribir, el sábado pasado estuvimos en una fiesta. Nos invitó J., aunque no era su fiesta. Esa es otra característica de las fiestas californianas. Alguien te dice dónde hay una, tú te presentas allí y cuando el dueño del lugar te pregunta, le dices quién te ha invitado y en lugar de echarte a patadas te dice donde están las bebidas y te presenta a su novia. Queda muy exótico ser el único español de la fiesta, le da cierto glamour. A veces pienso que por eso nos invitan a tantos sitios.
Y la fiesta del sábado fue bastante original. En primer lugar por la vestimenta: era una fiesta pirata, así que todo el mundo de corsario, lo que no deja de tener gracia; en segundo lugar por el lugar: en el corazón histórico de Hollywood (si es que Hollywood tiene historia, claro), en la que fue la casa de Rodolfo Valentino en los años 20, un precioso condominium estilo español lleno de patios y jardines de frondosa vegetación y decadente espíritu; y en tercer lugar por la gente: toda la fauna de esta ciudad de 16 millones de personas representada. Hasta hubo tiempo para hablar de política con una actriz que había decidido cambiar su carrera por el activismo. Todo muy kisch como se puede apreciar. Todo poblado de contrastes.

Salir por Los Ángeles suele resumirse en ir a una fiesta particular. La gente más pretenciosa, la más alternativa, los culturetas de medio pelo, los clubbers más sofisticados, las pijas más teñidas, los buitres más voraces, las parejas mejor avenidas, todos, tienen a lo largo del fin de semana al menos una fiesta.
Como parece lógico, por lo que acabo de escribir, el sábado pasado estuvimos en una fiesta. Nos invitó J., aunque no era su fiesta. Esa es otra característica de las fiestas californianas. Alguien te dice dónde hay una, tú te presentas allí y cuando el dueño del lugar te pregunta, le dices quién te ha invitado y en lugar de echarte a patadas te dice donde están las bebidas y te presenta a su novia. Queda muy exótico ser el único español de la fiesta, le da cierto glamour. A veces pienso que por eso nos invitan a tantos sitios.
Y la fiesta del sábado fue bastante original. En primer lugar por la vestimenta: era una fiesta pirata, así que todo el mundo de corsario, lo que no deja de tener gracia; en segundo lugar por el lugar: en el corazón histórico de Hollywood (si es que Hollywood tiene historia, claro), en la que fue la casa de Rodolfo Valentino en los años 20, un precioso condominium estilo español lleno de patios y jardines de frondosa vegetación y decadente espíritu; y en tercer lugar por la gente: toda la fauna de esta ciudad de 16 millones de personas representada. Hasta hubo tiempo para hablar de política con una actriz que había decidido cambiar su carrera por el activismo. Todo muy kisch como se puede apreciar. Todo poblado de contrastes.

Envidia
La envidia es una de esas cosas que afean el espíritu. Uno de los pecados capitales, una de las reacciones más ruines de nuestra naturaleza, uno de los sentimientos más insanos, una de las peores imperfecciones de este engranaje mental. Y que tire la primera piedra el que esté libre de pecado. La envidia es casi tan universal como el día de la madre (por poner una fiesta cercana en el tiempo).
Me viene a la memoria Ciudadano Kane, o William Randolph Hearst en su versión real. En el momento de su muerte, el personaje ficticio, pronuncia una sola palabra: Rosebud, la marca del trineo con el que jugaba cuando era un niño. Añoraba la infancia, la sencillez de la vida sin artificios. Envidiaba un pasado lejano, envidiaba una vida que perdió porque decidió cambiarla por otra llena de necesidades artificiales. Incluso aquellos que lo tienen todo o, por lo menos, todo está a su alcance, sienten ese irrefrenable sentimiento que les empuja envidiar algo ajeno, algo que no les pertenece.
La envidia se instala en nuestras vidas y se hace tan cotidiana como la costumbre de lavarse los dientes cada mañana. Y llega un momento en el que no nos damos cuenta de que envidiamos al vecino de enfrente por la vida tan tranquila que lleva, al compañero de oficina por el cambio de trabajo que le espera, al pariente lejano por los hijos tan perfectos que pasea. Envidiamos, y en la mayoría de los casos no sabemos por qué. Pero de nuestra putrefacta naturaleza no nos salen más que pensamientos ruines.
Esta mañana me he descubierto con una nueva envidia. He envidiado a todos aquellos que no tienen que coger el coche para ir a trabajar. Pero no me valen los del transporte público que se hacinan en trenes y autobuses. No. Envidio a todos aquellos que pueden ir a trabajar dando un paseo, sin malgastar una hora de todos los días de sus vida encerrados en un coche. Querría ser uno de ellos. Envidio a tanta gente...

Me viene a la memoria Ciudadano Kane, o William Randolph Hearst en su versión real. En el momento de su muerte, el personaje ficticio, pronuncia una sola palabra: Rosebud, la marca del trineo con el que jugaba cuando era un niño. Añoraba la infancia, la sencillez de la vida sin artificios. Envidiaba un pasado lejano, envidiaba una vida que perdió porque decidió cambiarla por otra llena de necesidades artificiales. Incluso aquellos que lo tienen todo o, por lo menos, todo está a su alcance, sienten ese irrefrenable sentimiento que les empuja envidiar algo ajeno, algo que no les pertenece.
La envidia se instala en nuestras vidas y se hace tan cotidiana como la costumbre de lavarse los dientes cada mañana. Y llega un momento en el que no nos damos cuenta de que envidiamos al vecino de enfrente por la vida tan tranquila que lleva, al compañero de oficina por el cambio de trabajo que le espera, al pariente lejano por los hijos tan perfectos que pasea. Envidiamos, y en la mayoría de los casos no sabemos por qué. Pero de nuestra putrefacta naturaleza no nos salen más que pensamientos ruines.
Esta mañana me he descubierto con una nueva envidia. He envidiado a todos aquellos que no tienen que coger el coche para ir a trabajar. Pero no me valen los del transporte público que se hacinan en trenes y autobuses. No. Envidio a todos aquellos que pueden ir a trabajar dando un paseo, sin malgastar una hora de todos los días de sus vida encerrados en un coche. Querría ser uno de ellos. Envidio a tanta gente...

Homeless
Sería una gran idea (seguro que ya se ha puesto en práctica y si es así que alguien me diga por donde anda el libro) escribir un libro sobre los homeless de esta ciudad. Es muy distinto el mendigo de la Gran Vía madrileña al homeless californiano. Sobre todo por actitud. Según E. ésta es la mejor ciudad norteamericana para los homeless, tanto por permisividad, como por clima. Creo que son legión los homeless que en las frías noches neoyorkinas sueñan con una vida mejor en las calles de LA. Te los cruzas por el downtown, con sus vasos del McDonald’s pidiendo dinero para comer algo, o arrastrando sus carritos de la compra, robados de cualquier supermercado, con los restos de una vida pasada que no volverá... Esos carritos son lo único que tienen y muchas veces, cuando quieren pedirte un cigarro ni siquiera se atreven a separarse de ellos por miedo a que alguien se los quite, y levantan la voz y acto seguido bajan la cabeza, vergonzosos por tanta osadía.
Es fácil compadecerlos y apiadarse. A veces, cuando les das algo (unas monedas, tabaco, algo de comida), sus ojos, aunque no sus palabras, se muestran infinitamente agradecidos. Recogen la dávida con cuidado de no rozarte y ocultan la mugre de sus manos lo más rápido posible.
Los homeless en LA viven en carritos de la compra llenos de basura.

Es fácil compadecerlos y apiadarse. A veces, cuando les das algo (unas monedas, tabaco, algo de comida), sus ojos, aunque no sus palabras, se muestran infinitamente agradecidos. Recogen la dávida con cuidado de no rozarte y ocultan la mugre de sus manos lo más rápido posible.
Los homeless en LA viven en carritos de la compra llenos de basura.

Screenings
Los screenings son la sal de la vida en esta ciudad. Anoche estuvimos en uno. Es una experiencia bastante curiosa. En principio, alguien te aborda por la calle, o en la puerta del cine, o de compras... Te dan la invitación y allí que te plantas. Lo primero es rellenar una fichita donde, además de poner tus datos personales, das fe de no pertenecer a la industria del cine, ni de tener ninguna página web donde hagas críticas a películas, ni nada por el estilo. Después entras a ver la película. Luego discusión.
La de pelas que se tienen que gastar los estudios en estas cosas. Un escéptico por naturaleza como yo siempre se pregunta: ¿servirán de algo? L. me decía ayer que claro, que es marketing, que los que están detrás son empresas especializadas. Pero aún así, ¿por qué creer ciegamente en el marketing? Siempre lo he dicho, los males de esta sociedad son dos: el marketing y la pedagogía. El primero crea una serie de necesidades artificiales que empujan al consumismo más bochornoso. El segundo elimina el contenido de la enseñanza y lo suplanta por la forma. Ya no es necesario aprender, ahora lo importante es cómo se aprende. Ya no hace falta un buen producto (fiable, duradero), ahora la importante es cómo te lo venden. Y así nos regodeamos en nuestra mayor ignorancia y nuestra estulticia va creciendo.
No creo que los screenings funcionen. Por varios motivos: la película no está acabada, le falta la música, el sonido está mal, el color es todavía extraño, no tiene títulos de crédito... es difícil hacerse una idea del producto final; y la gente que asiste, empezando por un servidor, tampoco es sincera. Te sientan en una sala con el equipo de la película. A mi no me gustaría oír que mi trabajo es una mierda, la verdad. Así que suavizas los comentarios y te vas a casa pensando: menuda basura.

La de pelas que se tienen que gastar los estudios en estas cosas. Un escéptico por naturaleza como yo siempre se pregunta: ¿servirán de algo? L. me decía ayer que claro, que es marketing, que los que están detrás son empresas especializadas. Pero aún así, ¿por qué creer ciegamente en el marketing? Siempre lo he dicho, los males de esta sociedad son dos: el marketing y la pedagogía. El primero crea una serie de necesidades artificiales que empujan al consumismo más bochornoso. El segundo elimina el contenido de la enseñanza y lo suplanta por la forma. Ya no es necesario aprender, ahora lo importante es cómo se aprende. Ya no hace falta un buen producto (fiable, duradero), ahora la importante es cómo te lo venden. Y así nos regodeamos en nuestra mayor ignorancia y nuestra estulticia va creciendo.
No creo que los screenings funcionen. Por varios motivos: la película no está acabada, le falta la música, el sonido está mal, el color es todavía extraño, no tiene títulos de crédito... es difícil hacerse una idea del producto final; y la gente que asiste, empezando por un servidor, tampoco es sincera. Te sientan en una sala con el equipo de la película. A mi no me gustaría oír que mi trabajo es una mierda, la verdad. Así que suavizas los comentarios y te vas a casa pensando: menuda basura.

Glamour
La experiencia me ha demostrado que existe una relación directamente proporcional entre ir al supermercado y encontrarte famosos. Puede parecer moco de pavo pero es verídico, por lo menos aquí. Y no se vayan a pensar que soy un mitómano que monta guardia ante las protegidas y chirriantes beverligilianas villas para hacer una foto o pedir un autógrafo (stalker, como dicen por aquí). No. De mitómano tengo casi lo mismo que de físico nuclear: nada. Por lo menos por ahora.
Sin embargo, no hay vez que vaya al supermercado que no me encuentre con algún actor de Hollywood. Y es desesperante, porque yo no me fijo en la gente, pero a estas alturas he estado cogiendo los cereales al lado de Melanie Griffith y no me he dado ni cuenta. Siempre L., que se da cuenta de todas estas cosas, me dice después en tono muy bajito, acercando su boca a mi oído: Mira, mira quién está ahí.
La última vez fue ayer. Fuimos a hacer la compra semanal. Y al llegar a la caja me fijé que delante teníamos a una pareja de dos chicos, uno de ellos con una niña en brazos. Curiosa pareja gay con niña, pensé, y lo mismo hizo L., según me confesó después. Cuando nos tocó el turno, la cajera tenía dibujada en la cara una sonrisa que superaba los límites de la imbecilidad. Lo habéis visto, nos dijo. ¿A quién? Fue nuestra única reacción. Era Thomas Jane, el protagonista de The punisher. (...) En teatro, la acotación que traduciría el momento sería silencio. Nos disculpamos por no conocerlo y salimos corriendo a buscar el ordenador para ver de quién nos hablaban. Todo muy glamouroso, aunque como pareja con niña resultaban mucho más curiosos.

Sin embargo, no hay vez que vaya al supermercado que no me encuentre con algún actor de Hollywood. Y es desesperante, porque yo no me fijo en la gente, pero a estas alturas he estado cogiendo los cereales al lado de Melanie Griffith y no me he dado ni cuenta. Siempre L., que se da cuenta de todas estas cosas, me dice después en tono muy bajito, acercando su boca a mi oído: Mira, mira quién está ahí.
La última vez fue ayer. Fuimos a hacer la compra semanal. Y al llegar a la caja me fijé que delante teníamos a una pareja de dos chicos, uno de ellos con una niña en brazos. Curiosa pareja gay con niña, pensé, y lo mismo hizo L., según me confesó después. Cuando nos tocó el turno, la cajera tenía dibujada en la cara una sonrisa que superaba los límites de la imbecilidad. Lo habéis visto, nos dijo. ¿A quién? Fue nuestra única reacción. Era Thomas Jane, el protagonista de The punisher. (...) En teatro, la acotación que traduciría el momento sería silencio. Nos disculpamos por no conocerlo y salimos corriendo a buscar el ordenador para ver de quién nos hablaban. Todo muy glamouroso, aunque como pareja con niña resultaban mucho más curiosos.






