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Donde viven los camiones de basura
Diletancias de un neurasténico en el exilio
Acerca de
Y te enseñaré algo diferente:/ tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,/ como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,/ te enseñaré el miedo en un puñado de polvo. T.S. Eliot, La tierra baldía
Sindicación
 
Memorias I
En la foto se ve a un montón de hijos de puta. Nada más. Si se viera mejor seguro que reconocería a más de uno. Pero yo ya no estaba allí. Esa foto es de 1959 y a mi me trasladaron a Lompoc un año antes. Ese fue uno de los días más felices de mi vida. El día que salí de Alcatraz. Recuerdo que muy de mañana el cabrón de jefe de celadores me despertó con una cuba de agua fría y, con una voz que ya entonces sonaba a rancia, me dijo "Despierta, cubo de mierda. Te largas". Lo recuerdo mejor que cuando me dieron la condicional.
Allí, a los que se largaban, los llamaban pájaros. "Vuela, vuela pajarito", coreaban desde la galería. A mi me hubiera gustado girarme y hacerles a todos un corte de mangas. Me montaron en uno de esos barcos que cruzaban la bahía y no giré la vista. ¿Por qué iba a hacerlo? Allí no había dejado ni una mierda.
Espero que todos esos cabrones se pudrieran. Que no les quedara un hueso sano. La humedad y el salitre te comían por dentro. Primero te quemaban la cara, después los pulmones y luego, cuando fumarse un pitillo era ya un acto de contricción y notabas como con cada calada se te encharcaban los pulmores, te pulverizaban los huesos. Vi a gente comida por la tuberculosis romperse como el cristal. Un par de días en la enfermería y el viático. Aquello parecía un paberllón de tuberculosos más que una carcel. Y si no era una cosa era otra. La sífilis también se llevó a unos cuantos, y eso que ya la traían de fuera. Al gordo cabrón de Al Capone lo convirtió en un vegetal baboso. Sus últimos meses ya no podía salir ni de su celda en la segunda planta y los celadores para hacerse los machitos se acercaban hasta los barrotes y se descojonaban en su cara o se meaban en el camastro.
Que se jodan todos, porque eso es lo que se merecían. No había nadie que no se mereciera estar allí. Y para eso la construyeron, para juntarlos a todos, encerrarlos y tirar la llave al mar. Antes que civil, Alcatraz fue una carcel militar, y sus condiciones eran tan duras que ni siquiera los soldaditos quisieron seguir enterrando allí su escoria. Si te mandaban a Alcatraz te mandaban a la carcel dentro de la carcel, a donde encerraban a aquellos que ni siquiera podían tener ya encerrados en otras prisiones. Una jaula llena de auténticos pájaros.


 
Ella
¿Cuantos posts habrá escritos por ahí con éste título? Ella. Y sin embargo, estoy convencido de que todos son especiales para quienes los escriben, de que tienen un pedacito de alma de cada uno, de que son sinceros y tienen un significado que va mucho más allá de las palabras que los componen.
Ella. Hay tantas razones para dedicarle un post a ella. Todos las tenemos. Y yo nunca lo había hecho. Por eso hoy quiero ponerle remedio.
Los que venís por aquí de una forma asídua, sabéis que no me gusta el exhibicionismo que suele campar a sus anchas por los blogs de cualquier geografía. No soy muy dado a hablar sobre mi, si no es con unas gotas de literatura que establezcan cierta distancia entre éste que escribe y lo que aquí reflejo.
Pero ella es ella, y merece otra cosa.
Mi ella es L. y hoy, lo único que quiero, es darle las gracias. Gracias por ser como eres, por estar ahí, por todas esas cosas por las que nunca damos las gracias y deberíamos darlas, aunque fuera de vez en cuando. Gracias por cuidarme y por dejarme cuidarte, por venir conmigo al cine refunfuñando cuando no te apetece una película, por tus regalos, por tus palabras, por tus silencios, por tus lecturas y por tus olvidos, por tus historias que siempre me hacen reir (sobre todo cuando le pones vocecillas a tus personajes). Gracias por ser mi más depiada crítica y la mayor de mis admiradoras, por tus ojos y por tus labios, por tus sonrisas y por tus lágrimas, por compartir tus sueños y por necesitarme durante tus pesadillas. Gracias por no haberme pedido nunca que te dé las gracias.

Gracias por haberme acompañado a la otra punta del mundo.
Gracias por estos dos años que han pasado desde que nos conocemos.

 
Plantillas
No, no, no os habeis confundido. Este sigue siendo mi blog.
Efectivamente, nueva imagen para los camiones de basura. Un diseño estupendo gracias a Azulica. Desde aquí toda mi gratitud por su inmenso altruismo.
 
Trenes
Pongamos que eran los primeros años del siglo pasado. Eusebio, cercano a la ochentena y lleno de achaques, no entraba en razón. Todos los días la misma cantinela. "Anda, llévame a Granada, que quiero ver a tu hermana antes de morirme". Y su pobre hijo, Juan, ya no sabía qué responderle. "Pero padre, no ve usted que ya está muy mayor, que el viaje es largo y que ya no es un chiquillo".
El caso fue que tras un tiempo de esta guisa, sin saber por qué, un día Juan tuvo que levantarse con el pie cambiado y accedió a los deseos de su padre.
Cogieron el tren en su pueblo, con un atillo y provisiones para el viaje. Eusebio todo cariacontecido, Juan preocupado por la salud de su padre.
Y llegaron a Granada, y se alojaron en casa de la Niña, y a Juan se le olvidó el problema de la vuelta al pueblo y de la salud de su padre.
Pero el destino es el destino y no atiende a razones. El día que volvían a coger el tren de vuelta a su pueblo, Eusebio amaneció muerto en la cama de la Niña. Los peores presagios de Juan se hicieron cruel realidad. ¿Qué hacer ahora con su padre muerto? Fueron largas, a la vez que atropelladas, las conversaciones que mantuvo con su hermana y con su cuñado. No tenían el dinero necesario para pagar su traslado hasta el pueblo, si apenas si le había llegado con los últimos jornales para pagar los dos billetes de tren. Y enterrarlo en la capital tampoco era opción. No, su padre tenía que descansar junto a su madre, como había sido siempre su voluntad. Así que no les quedó otra opción.
Entre su cuñado y él, sin llamar la atención, subieron a Eusebio al tren. Buscaron un compartimento vacio y dentro se encerraron hijo y padre rígido. El primero rezando porque se le hiciera corto el viaje, el segundo cayéndose hacia todos los lados con cada traqueteo del tren.
Juan pensaba avisar de la muerte al revisor justo antes de llegar al pueblo, así por lo menos tendría a alguien que le echara una mano, aunque fuera al cuello, para bajar al finado del tren.
Pero el vieje no fue corto, y el calor del compartimento cada vez era más agobiante. Y a dónde iba a ir el pobre Eusebio si nunca iba a ser ya capaz de volver a decir esta boca es mía. Por eso Juan decidió salir al pasillo y encenderse un cigarro y quién sabe si pegar la hebra con algún improvisado contertulio.
Así que el tren siguió su camino sin mayores contratiempos y, en éstas, en una de aquellas interminables paradas de tránsito, Julián, quinto llamado a filas, se despidió de su novia intercambiándose la última carta que en la vigilia nocturna precedente ambos habían atacado con dispares fortunas, y subió al tren.
Otra vez el destino irreductible jugó su baza ,y quiso que Julián entrara en el compartimento ocupado por Eusebio y por su despreocupado hijo, ocupado ahora en debatir sobre la muerte de Canalejas con otros dos circunstanciales viajeros dos vagones más allá en dirección a la locomotora.
Julián, con su uniforme recién planchado y su petate bien liado, saludó al entrar. La educación por delante, como siempre decía su madre. No fue Eusebio quien le saludara, aunque él jurara y perjurara después que el saludo fue devuelto con deferencia y discreción. El caso es que con todas sus fuerzas intentó colocar en los portaequipajes colgantes su ato, con la mala fortuna que el tren se puso en marcha y no pudo caer nada más que sobre la cabeza del ya de por sí sufrido Eusebio, derribándolo.
"Ay Dios mio, ay Dios mio que lo he matao". Esas fueron las únicas palabras que podía articular Julián mientras hacía frente a su aciaga realidad. No podía presentarse en el cuartel con un muerto ya sobre sus espaldas. Le formarían un consejo de guerra. Incluso hasta podían fusilarlo. No, no le quedaba otra opción. Así que como mejor pudo, agarró a Eusebio, en una posición muy poco honorable para los dos, y lo tiró por la venta. Diciendo así adiós a sus problemas. Muerto el perro se acabó la rabia.
O por lo menos eso pensaba hasta que llegó Juan. Al principio Juan pensó que se había equivocado de compartimento. Rehizo su camino contando las ventanas del pasillo tres veces, mientras que la angustia crecía en progresión geométrica. Cuando ya no le cabía ninguna duda, su cara era aún más pálida que la de su difunto padre. "¿Y el hombre que estaba aquí sentado?" Pregunta embarazosa donde las haya para el propio verdugo. Pero en disimular Julián era un maestro y le salió tan natural. "Pues ha dicho que se estaba poniendo muy malo y se ha bajado en la última estación".
Cuentan que de madrugada todavía vieron a Julián y a Juan recorriendo las vias en dirección a Granada.

 
Fantasmas
En San Diego hay una isla. Y en la isla un hotel. Hotel e isla comparten nombre: del Coronado. Y sus historias se confunden desde hace ya más de un siglo.
Famoso por su presencia en películas y por su arquitectura victoriana, pasear por su interior trae el mismo sabor decadente de otros hoteles cinematográficos, como aquel al pie de la playa del Lido de Muerte en Venecia.
Y como a todo hotel decadente no le pueden faltar sus historias de fantasmas. Se llamaba Karen Morgan, la conocen como la hermosa extraña. Llegó al hotel en 1892. Iba a esperar a su marido. Nunca nadie apareció buscándola. A los pocos días la encontraron muerta a orillas del Oceano Pacífico. Poco más se sabe sobre la vida de Karen. Y sin embargo todavía hay gente que la sigue viendo pasear por el hotel y sus playas.
Hace poco, L. y yo fuimos a pasar el fin de semana a este hotel. Las ganas de encontrarme a Karen Morgan eran enormes. Me hubiera gustado preguntarle qué la llevó allí, por qué quitarse la vida en semejante paraje, por qué la abandonó su marido. No tuve suerte.
Una noche, al volver de pasear por la playa, entramos en uno de los salones del hotel. El foxtrot impregnaba de otros tiempos un ambiente de por sí démodé. En el centro una pareja en su bien entrada sesentena bailaba y bailaba girando sin mucha ortodoxia. La sala desierta, nos hizo dudar sentarnos. Los observamos, pertrechados desde la entrada, y les vimos girar y girar en el centro de la pista de baile.
En un descuido nos vieron y nos hicieron señas para que nos unieramos a su baile interminable. Sonreimos, con toda la amabilidad que la sorpresa nos permitía reflejar en la cara, e intentamos dar media vuelta, pero antes de conseguirlo, aquel señor ya había secuestrado a mi L. y yo me vi arrastrado por los interminables giros de aquella bailarina anacrónica.
Hablamos, también al ritmo de la música, y mientras aquel foxtrot nos llevaba por todos los ángulos de aquel salón me fue contando su historia. Era viuda desde hacía dos años. Conoció a su apuesto bailarín hacía uno. Lo hizo bailando y así seguían todo este tiempo después. Eran novios desde aquel primer baile y así seguirían el tiempo que les quedaba. Un noviazgo a los sesenta. Cada fin de semana venían a bailar al Coronado, al mismo sitio donde se conocieron.
Cesó la música y recompusimos las parejas deshechas. Nos despedimos y nos dirigimos a la puerta. Antes de salir un vals vienés en toda regla empezó a sonar. Y allí se quedaron aquellos novios bailando.
Me gusta imaginar que dentro de unos años, cuando hayan muerto, habrá gente que los vea bailar en los salones del hotel, al ritmo de un vals interminable.

En San Diego hay una isla
y en la isla un hotel
y en el hotel un pareja
que baila al anochecer
un, dos, tres
un, dos, tres
un, dos, tres.

(pequeño homenaje lorquiano. Espero sepan disculparme)

 
Gentes
Claudia tiene 22 y trabaja en la gasolinera que hay al lado de casa. Nació en un pueblecito de Yucatán y lleva viviendo aquí casi 10 años. La conozco porque ella siempre tiene turno de noche y es de noche cuando me acerco a comprar un paquete de tabaco hasta allí. El mes que viene ya no trabajará en esta gasolinera, porque nunca renuevan los contratos más de tres meses a sus trabajadores y ella está a punto de llegar.
Bill es negro, pero un negro de dos por dos. Trabaja como guarda del edificio donde vivo por las noches. Muchos días nos quedamos charlando y fumando cuando estoy más reacio a irme a la cama. También es el sensei de una pequeña academia de artes marciales. Un sábado al mes trae a sus niños al edificio y para recaudar dinero para sus excursiones lavan los coches de los vecinos.
Tomás es de Ciudad Real. Vino para pasar aquí un año, se casó con una francesa y éste es ya el quinto año que pasa en California. Acaba de tener a su segunda hija y la familia ha tenido que abandonar un preciosa casita que tenían cerca del Beverly Center para irse a vivir en Culver city. Está muy contento de que sus hijas vayan a ser trilíngües.
Kevin acaba de estrenar su primer corto comercial. En su estreno repartió pequeños melocotones antiestrés entre los asistentes. Tiene la oficina pared con pared con Brian Singer y enfrente del Frolic, donde le conocimos una noche hablando de cine. Ya prepara otro proyecto del que no me quiere decir nada todavía.
Esther tiene 50 años. Es judía y trabaja en el puesto de Moishe's kebabs del Farmer's market. Toma los pedidos y siempre repite lo que reza el cartel del establecimiento: middle eastern food better than in middle East. Nos la encontramos en San Francisco haciendo cola para ir a visitar Alcatraz durante las últimas vacaciones que tuvimos. Nos presentó a su marido y a sus hijos.


 
Ceremonias (y III)
Parece que ni a posta (y no piensen que ha estado premeditado), pero es casualidad que termine de hablar de ceremonias todavía con la resaca de los oscars zumbando en nuestros oídos.
Pero si no fueran los oscars (palabro que tiene copyright o trade mark registrado, espero que nadie me pida responsabilidades por usarlo) hubiera sido cualquier otra entrega de premios con su correspondiente ceremonia llena de oropeles, espejuelos y avalorios, que tanto siguen deslumbrándonos a todos. No nos engañemos, esta es una ciudad tomada por las ceremonias.
Y con este bombardeo, ¿quién puede resistirse a ser el ganador por un día? En la ciudad donde hay más estrellas que en el firmamento, todo el mundo quiere ser el triunfador de la ceremonia de su vida, quiere que el protagonismo recaiga, por una vez, sobre su gris vida. Y sin la incertidumbre de los nominados.
Así, el momento más emocionante para cualquier chica no es el sí quiero, ni el momento de dar a luz, ni su licenciatura, ni su primer trabajo o su primera casa. No, el momento que los desbanca a todos es la propuesta de matrimonio, la declaración de amor que tiene que hacer el chico y el regalo del anillo con brillantes (porque eso sí, el anillo tiene que tener, por lo menos, brillante, si no el día pierde empicado valor) es requerimiento sine qua nom. Porque eso no es un invento cinematográfico, sino la realidad más frustrante y discriminadora. ¿Y si no hay dinero para ponerle un brillante al anillo?
Y es que todas estas costumbres, aquí como en cualquier otra parte del mundo, no hacen más que marcar nuestras diferencias. Y no sólo por la exigua celebración que os acabo de relatar ahí abajo, he visto también banquetes de otras bodas en los buffets libres de los hoteles de Las Vegas, con las novias de blanco (y no de Elvis) yendo con su plato a coger un poco más de cocktail de marisco.
Todo son ceremonias en esta vida angelina, ajenas y propias.