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Donde viven los camiones de basura
Diletancias de un neurasténico en el exilio
Acerca de
Y te enseñaré algo diferente:/ tanto de tu sombra por la mañana yendo detrás de ti,/ como de tu sombra en el ocaso saliendo a tu encuentro,/ te enseñaré el miedo en un puñado de polvo. T.S. Eliot, La tierra baldía
Sindicación
 
Rosae
Pongamos que se llamaba (y se llama) Rosa, la flor más hermosa, pero como siempre pasa, cuando personificamos un objeto, no todas las características de la cosa pasan a la persona. Y es que Rosa, en el tema de olores, bajo determinadas circunstancias, nada de nada, ni a flores, ni siquiera a Ambipur, como por otro lado nos pasa a todo hijo de vecino en el excusado, pero claro, con ese nombre, algún lector ingénuo podría estar predispuesto a pensar lo contrario. Quiero subrayar desde este momento, que este comentario no es baladí. No señor, ya veréis por qué.

El caso es que Rosa trabajaba en un instituto. Era una de tantas esforzadas y voluntariosas funcionarias en el cuerpo de profesores de secundaria. Además, Rosa, no era tonta, era muchas otras cosas, pero tonta no lo diría yo (me remito al diccionario de sinónimos para buscar otro adjetivo), y para aquel curso compartía con otra compañera interina un pisito, pequeño, coqueto y mono, en una cuarta planta a un tiro de piedra del instituto, de tal manera, que con levantarse veinte minutos antes, podía llegar fresca y jugosa como una lechuga a su primera clase matinal.

Así el curso se había ido desarrollando sin sobresaltos, hasta aquella infausta mañana. El primer aviso se lo dieron las tripas nada más levantarse, pero, inguenua de ella, no le dio ninguna importancia. A lo largo de la mañana las señales de humo se fueron convirtiendo en sirenas de centrales nucleares con el nucleo a punto de entrar en fisión. Al final de la tercera hora, Rosa no podía aguantar más. Sí, tenía un apretón en toda regla.

Vosotros, que no conocéis a Rosa, tendríais que saber que otra de sus características vitales era su pulcritud. Sí, pulcra y de cagada tímida, que se dice en mi tierra, lo que no le permitía sentarse en un baño público lleno de trasiego, ruído, alumnos fumadores, profesores con ataques de incontinencia y toda una colección de microbios y bacterias digna del mejor baño salido del desarrollismo carpetovetónico. Así que anulada esta posibilidad y entre retortijón y retortijón, la única solución que se le ocurrió a mi amiga (también vuestra a estas alturas, si así quereis llamarla, amigos, vosotros sí, lectores) fue acercarse hasta casa, donde su compañera corregiría exámenes a esa ahora acompañada por la sutíl cháchara de Ana Rosa Quintana.

Hubo miedo, sí, mucho miedo. Yo hasta me atrevería a decir pánico. Porque cada paso venía a corraborar la teoría fatalista esa que resuena en la cabeza de cualquiera bajo esas circunstancias que se resume con la frase: "no llego ni de coña".

Pero llegó, llegó, sin saber cómo. Justo en el portal se cruzó con su compañera de piso. "Voy a comprar pan" le dijo "¿Quieres algo?" Pero Rosa no podía responder, se tiró de cabeza al ascensor poseída por mil demonios. Antes de empezar a subir, mientras se cerraban las puertas, escuchó las últimas palabras de su partenaire "He dejado entornado que no llevo llaves", y sonrió, aliviada, pensando que así no perdería unos preciosos segundos en usar la llave.

Y llegó, por fin. Llegó y la puerta entornada, y corrió hacia el baño mientras se bajaba los pantalones. Apoyó sus blancas y prietas posaderas sobre la taza y comenzó el concierto. Satisfacción, alegría, era uno de esos momentos que sólo se suceden un par de veces en la vida y en los que en realidad nos sentimos secretamente orgullosos de nosotros mismos y de nuestro heróico comportamiento. Y encima tendría tiempo suficiente para volver a la siguiente clase sin ningún retraso y dispuesta a catequizar al infiel.

Entonces oyó una voz. "Manolitoooo", y le pareció raro, pero ya se sabe que las casas de ahora tienen los tabiques cada vez más estrechos. Su preocupación en realidad apareció cuando se giró a la izquierda para coger algo de papel higiénico. Allí no había papel. Pero que el lector poco despierto no me malinterprete, no es que se hubiera acabado, no, es que no había papel, ni siquiera estaba allí el soporte del royo, nada. En ese mismo momento todo cobró sentido para Rosa: no había papel, pero es que aquellas no eran las cortinas de su baño, ni el espejo frente al lavabo era igual que el de su casa. En aquel baño no estaban sus toallas, ni siquiera las de su compañera y Manolito era el nombre del hijo de su vecina del tercero. En definitiva aquel no era su baño, ni siquiera su piso y lo que flotaba en la taza del vater debería estar haciéndolo una planta por encima de la cabeza de Rosa.

¿Qué hacer ante una situación así? Difícil dilema. No quiero ser yo quien juzgue a nadie, porque la opción que escogió Rosa me parece tan respetable como cualquier otra y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Rosa se limpió aceleradamente, se subió los pantalones y corrió casi tanto para salir como lo había hecho al entrar. Sólo una pequeña pega pondría a su comportamiento: no haber tirado de la cadena. Por suerte nadie la sorprendió. Volvió al institiuto y la convivencia vecinal no se resintió por tan desafortunado incidente.

Fue después, a la hora de la comida, cuando su compañera le relató que la vecina del tercero había contado que alguien se coló en su casa y dejó una cagada de órdago en su baño. "¿Cómo puede haber gente tan cerda?" preguntó Rosa. "Que sea la última vez que vas a comprar pan y dejas la puerta abierta".