Entre las discusiones de mis padres y el alboroto que se había formado en casa con la llegada de mi primo, dejé el dibujo encima de la mesa y salí a la terraza. ¡Qué bonita se vería la calle si la carretera tuviera colores! No entendía cómo todo podía tener color y la carretera, que llegaba a tantos sitios, tantos lugares y que unía grandes ciudades no podía tener color. Sólo un áspero y aburrido negro. Un negro con rayas blancas cuando le placía. Las palomas eran blancas, los limones amarillos, la sangre roja. Todo tenía colorido y se podía diferenciar a simple vista. Volví hacia dentro, cerré la corredera y encontré a mi madre.
-¿Qué dibujas? - y le echó una ojeada al folio cubierto por la bolsa entera de lápices de todos los colores.
- Anda, guarda todo que ya es tarde.
Le hice caso aunque noté su tristeza. No podía desobedecerla ya que siempre me trataba bien. Guardé los colores en su bolsa, dejé el dibujo sobre la mesa y me acosté. Aunque seguí dándole vueltas a la cabeza sobre la carretera durante un buen rato. Las farolas eran negras y lucían por las noches, los bancos verdes y lisonjeros por sus formas. Las cocheras del Atleti, la tienda de Pepín lila, las rosas rojas aunque su nombre lo contradiga.
Al día siguiente, al llegar del colegio y escuchar de nuevo una disputa entre mis padres, me marché a mi habitación a seguir con mi dibujo. Intenté pintar un arco iris con el mayor número de colores. Mezclé el rojo con el verde, el blanco con el marrón, el azul con el naranja. De todos ellos me salió un arco iris más grande de lo habitual pero me gustaba. Lo recorté y con un trocito de celofán decoré mi habitación con sus colores.
Al cabo de un rato mi madre volvió a aparecer por la puerta para ver cómo iba mi dibujo, y quizás para alejarse un poco de los malos humos que solía traer mi padre del trabajo.
-¿Cómo llevas ese dibujo? - me preguntó acercándose a la mesa.
-Ahí no está mamá. Mira allí - y señalé hacia la pared.
-Ohhh, precioso hija.
Se inclinó para poder contemplarlo con mayor facilidad y asintiendo con la cabeza se dio la vuelta.-¡Qué bonito! A ver cuándo me haces uno para mi habitación.
-Lo haré si me respondes a una pregunta. - frunció el entrecejo y puso los brazos en jarra. - ¿Por qué las carreteras no tienen color?
-¿Qué por qué no tienen color? - Soltó una leve carcajada.
- Pues porque el alquitrán es negro y las carreteras están hechas de alquitrán.
-¿Y porqué no las pintan de algún color?, quedan muy feas así tan oscuras.
-No lo sé hija.
-Pues yo quiero que tengan color. Aunque sólo fuera por un día.
-Eso no puede ser. Las carreteras llevan a mucha gente de un lado para otro y cambiarles el color podría confundirlos y provocar accidentes. - Revolvió mi pelo al igual que hacía para enjabonármelo cuando me bañaba.
-Pero por un día…, no creo que pasase nada… - intenté convencerla de que así fuera.
-Sí…, - resopló- supongo que por un día tampoco pasaría nada. - Se dio media vuelta y salió por la puerta.
Cierto, por un día no pasaría nada. Saqué todos los colores de la bolsa y los lancé por la terraza. Desde allí arriba la carretera parecía tener color, aunque sólo fuera por un día.Relato de DAVID COLETO MOZOS
escrito el día: 06-05-2.003
Ilustración de: Raúl_Markos