Se aplaca mi pecho
y mi atronadora voz
destrona al que dice ser el jefe.
Le vapuleo, le refriego
y le lanzo un esputo
en la coronilla de su deslustrada calva.
Pero no se entera, se entretiene
entre “tiene o no tiene”
que llevarse a cabo un nuevo fregado
al salón presidencial.
Se distrae entre las abejas
que sisean desde los bosques frondosos
del nuevo amanecer en la fábrica de madera.
Pregunta al guardabosques
por el hechicero de la colina,
por dónde queda su castillo de arena
y el reloj que el torbellino le arrebató
de su muñeca.
Mi pecho tose, daña mi garganta
y crea un estado inestable entre
las cosas frías y el hielo que
yace dentro de mi cuello.
La luz se apaga,
la tos revienta mi faringe,
las estalactitas caen de las paredes de mi cuello
y agujerean mi gaznate reposadamente.