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GAMBERROS


El sábado pasado, sobre las cinco y media de la madrugada, ocurrió una de esas típicas peleas en las que dos quinquis, el líder y el acompañante, se ensañaron a golpes con un muchacho menor que ellos sin motivos aparentes. Algo empezó a decir uno de los gamberros cuando lo echaron fuera de la discoteca en la que empezó la bronca. Que si lo había empujado, que si lo había pisado, que si lo había mirado mal o simplemente que si no le había dejado tocarle el culo a la novia del otro (estaría pensando), que visto así, yo tampoco lo permitiría. Pero ese no es el caso, pues seguro que al marrullero y a su amigo les habría entrado la vena violenta y habrían causado la gresca por puro placer.

El resultado fue evidente: el muchacho, al que conozco personalmente y del que estoy seguro que no habría salido ni un mal gesto hacia los quinquilleros, acabó con un par de puñetazos estampados en toda la cara y con la fiesta aguada por dos impresentables que dedicaran a realizar sus fechorías con la total libertad de la que poseen gracias a la ley que existe. Sin contar con que a los dos capullos buscabroncas no se les olvidó nombrar a los muertos del muchacho, los que no tienen culpa alguna, y con después amenazarle de que iría a visitarlos próximamente. ¿Y quién tiene culpa cuando uno está tan tranquilo, un sábado, bailando con los amigos o con su novia y se te presentan dos indocumentados como estos que cuando los miras por equivocación ya tienes bronca asegurada?

Yo sólo pude observar la pelea sin tener ninguna implicación directa en el asunto y sentí una impotencia enorme al ver a esos dos desgraciados haciéndose los machos delante de todos para dejar sus motes y sus orgullos bien altos cuando lo único que conseguían así era tocar fondo hacia abajo en la pirámide de la honra.

Debo reconocer que no siempre he tenido la suerte de observar la pelea como un mero espectador. He tenido broncas con gente así, y no una ni dos veces nada más, y sé que lo mejor que puedes hacer es escurrir el bulto esperando un buen final y dejar que esta gentuza se calme y se vaya con esos ataques de loco a otra parte. Por suerte, yo nunca he tenido que llegar a las manos gracias al no haber entrado al trapo en sus provocaciones pues sino no sé que hubiera pasado porque no me suelo estar quieto ante ninguna agresión. A veces me da por pensar cuánta gente puede haber en la cárcel que haya robado para comer, que haya golpeado a alguien en defensa propia o que se haya visto envuelto en una de estas peleas usando únicamente la fuerza para evitar peores acontecimientos. En cambio esta gentuza así sigue recorriendo las calles a altas horas de la madrugada en busca de su presa fácil, ya pueden ser chicas a las que acosar, jóvenes que estén divirtiéndose como otro fin de semana cualquiera o muchachos que, por lo que sea, emiten un aura que enrabieta a estos gamberros.

En fin, la vida es tan inexplicable como que gente así disfruta de dinero, salud y amor (chicas sin conocimiento alguno), como que la gente inocente tiene que agachar la cabeza y apartarse del camino de estos sujetos y como que, contando con que la muerte nunca se le debe desear a nadie; si ponemos como ejemplo a un padre con dos hijos, uno como los agresores y otro como el agredido, siempre le llegará la desgracia de perder al segundo en un accidente y tener que mantener al primero hasta el resto de sus días.

David Coleto Mozos
04-04-2005


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