Hoy me he dado cuenta de uno de mis gustos que tenía desde hacía años y que había olvidado por completo: los animales.
De pequeño he tenido hámster's, tortugas, perro, pollos, orugas que se han convertido en mariposas y hasta cochinillas.
Desde hacía días, habíamos estado observando Cristina y yo en una tienda de al lado de su casa, unos animalitos muy majos. Que si un conejillo de indias (pensábamos que se llamaba así), que si una pareja de pájaros que si los alejabas el uno del otro se morían, que si un "Roboroski" (a saber el porqué de ese nombre), etc...
Esta mañana hemos pasado por esa misma tienda. Hemos parado como de costumbre y nuestro vistazo ha durado más de 15 minutos. Me he enamorado de unos ratoncitos blancos y negros que no hacían nada más que subirse por un columpio pequeñín y colgarse de los orificios de la caja. Unos tales "ratones chinos", preciosos. Quizás los he amado en voz demasiada alta y Cristina lo ha escuchado.
He ido al trabajo pensando en esos pequeñines y en cuánto me gustaría tenerlos en mi casa.
Esta tarde, a eso de las cinco y media, ha llegado Cristina con dos bolsas a mi trabajo, una con la ropa que nos iba a dejar para vestirnos de carnaval a Rubén y a mí, y la otra traía a "Bono", "Daredevil" y "King" dentro de una caja, mis tres nuevos amigos roedores. Desde que me los ha llevado al trabajo, no he dejado de mirarlos. Ha sido algo parecido a lo que me ha pasado con Cristina desde que la conocí.