Yo, al que tantas veces han disparado y no han alcanzado mientras reposaba en la rama de un árbol, sé el secreto de la navidad.
Allá, cuando eran vísperas de festejos y el frío estaba el primero en la lista de invitados, volaba con mis alas abiertas en busca de verdades.
Hacía dos noches que podía dormir tranquilo en mi nido, sin ruidos de disparos que me desvelaran mediada la noche. Odiaba el sonido de las balas al posarse en mis sueños. Los demás pájaros comenzaron a cantar ésta mañana despertando un nuevo y fresco día de invierno.
Salí a sobrevolar la plaza de los encuentros. Allí, todos los sábados se agrupaba la mayor parte del pueblo en busca de comida, ropa y necesidades del hogar más baratas que en las demás tiendas. Había montadas unas mesas tapadas por poca tela. Los vendedores alzaban la voz para atraer a sus presas.
Vi muchas caras conocidas con un cariz diferente al de otros días. No había sábanas pegadas en sus rostros, ni quijadas apretadas por los dientes. Ni siquiera cejas ceñidas y hocicos oprimidos.
Mike, el cocinero del bar "Blues en familia", rellenaba los platos de las tapas con más carne, jamón o patatas con alioli.
Nat, la dependienta de gafas graduadas, servía en el mostrador de su tienda de ropa, ofertas y más rebajas. Todo parecía una ganga.
Había un grupo de extranjeros que se peleaban por jugar al billar en unos recreativos. La princesa Berna, como la conocían en el grupillo, jugadora profesional desde hacía dos años, desarmaba su taco y lo guardaba en su caja dando mesa libre a los demás. No solía ser tan generosa con las partidas del billar.
Algo raro había pasado en aquella gente. Dos días antes del veinte de Diciembre, lo normal era que en la plaza de los encuentros se armara cualquier bronca por el precio de algún objeto, que en el bar de Mike se oyeran quejas por la escasez de tapas y la tienda de Nat estuviera repleta de ropa a precios altísimos.
Había notado algo raro en el ambiente que me dejaba preocupado por aquel cambio tan repentino de actitud en la gente. Era un aire innatural que provenía desde el Norte, así que decidí volar a la deriva.
Después de mucho abatir mis alas sobre cientos de ciudades y contemplar una y otra vez esos mismos cambios en las personas, llegué hasta el lugar más frío que encontré en mi camino. La Antártica, de donde provenía ese viento tan extraño que invadió mi pequeño pueblo. La velocidad del viento a la que me tuve que enfrentar era más potente que en días anteriores.
Encima de una colina observé a un tipo con una enorme barriga y una larga barba blanca, quizás obra de la nevada que nos derrocaba. A su alrededor, un número extenso pero inimaginable de pequeños humanos sujetaban un monumental ventilador. Otros subían, hasta una cuba, grandes sacos, los cuales su contenido iba a derramarse encima de los ventiladores.
Me fijé en qué contenían aquellos sacos y noté un polvoreo sobre mis ojos. Me froté con una de mis alas y descubrí su contenido. Eran polvos mágicos navideños soplados por aquel ventilador gigante hacia todas direcciones. Su propósito era otorgar un don de generosidad en aquellos seres que lo olieran. "De ahí que todo el pueblo, en la plaza de los encuentros, oliera a navidad y a esperanza", pensé.
Regresé por el mismo recorrido hasta mi pueblo, aunque ésta vez con menos fuerzas que a la partida y con el viento a favor. Aún era Navidad.
Relato de DAVID COLETO MOZOS
22-11-2.002