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El bosque del duendecillo
Mis cosas
Acerca de

“Aunque sólo vivieras el tiempo justo y necesario como para poder ver, tocar, y sentir el aroma de una rosa, habría merecido la pena vivir".



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Sindicación


 
El día de San Juan

La herida del pecho le ardía como un carbón encendido, sentía una enorme presión, casi no podía respirar. Pero ya le quedaba tan poco para llegar... Sólo cinco kilómetros más y llegaría a casa, volvería a ver a María... ¡¡Maldita guerra!! Guerra civil, guerra entre hermanos, que les había separado... Ya nunca mas volvería al frente, si le encontraban le fusilarían. Había desertado, se había escapado de ese sucio hospital de campaña el día anterior. Se fue con lo puesto, había robado un camión que sólo pudo llevarle unos pocos kilómetros, casi no tenía combustible. Llevaba más de cuatro horas haciendo el camino a pie. Al apartar unos helechos, se dio de bruces con el viejo sauce, aquel árbol tan familiar, guarida de ginetas y búhos. Cuando era crío se habría colgado más de cien veces de sus ramas, pero debía seguir, ahora no podía pararse. Sintió que lo conseguiría, llegaría a su pueblo ese mismo día, pero debía ser precavido, nadie debía verle, seguro que le denunciarían, pero como la casa estaba bastante separada, no le seria difícil ocultarse de los vecinos. Sintió un mareo, le habían dado muchos durante todo el día, luego una nausea, vomitó, todo le daba vueltas, por un momento casi perdió el conocimiento, un pequeño arbusto evito que cayera al suelo, tomo aliento unos minutos y continuo su difícil travesía por el espeso bosque. Al fin llego a la entrada del valle, un valle maravilloso, todo verde a pesar de la época del año, 24 de Junio. Pudo ver la roca que lo dominaba, llamada "La Peña". Desde La peña, que estaba a un centenar de metros, ya se vería el pueblo, un poco más de esfuerzo y lo conseguiría. Fue dando traspiés hasta ella. En ese momento sintió otro mareo, se le nubló la vista, sintió un fuerte golpe en la barbilla, se encontró en el suelo, abrazado a la roca. Levantó la cabeza en dirección al pueblo y pudo ver sus casas, casas de piedra con techos de brezos. Levantó el brazo hacia él, como queriendo alcanzarlo con los dedos.

Aquella carga de leña sería la última por ese día. Pesaba mucho, casi no podía con ella. La llevaba a la espalda, atada de forma improvisada con una vieja y gruesa soga. Apartó unas ramas, y se encontró pisando la hierba de la estrecha vereda que llegaba hasta su casa. Ahora ya la resultaba más fácil avanzar. Empezó a ver el vértice del tejado de su casa por encima de los árboles. Una sensación extraña inundaba su alma, como si presintiera que fuera a ocurrirla algo. Había pasado por aquella vereda cientos de veces, había visto la fachada de su casa todos los días desde que se caso con Miguel, hace ya dos años, pero notaba algo raro, algo distinto. Fijó la mirada en el tragaluz del pequeño trastero, y por fin descubrió lo que la inquietaba, una figura humana la contemplaba desde él. Casi no se le distinguía, por que aunque ya estaba atardeciendo, el interior de la vivienda estaba muy oscuro, pero identificó esa tenue silueta sin lugar a dudas. Era Miguel...!!! Soltó la soga, la leña cayó tras de si, y corrió hacia la casa como si hubiera visto un fantasma... En sólo unos segundos llegó hasta la pesada puerta, se la encontró cerrada, como ella la había dejado. La abrió apresuradamente con la oxidada llave de hierro forjado, y corrió al interior, subió, como el viento, por las empinadas, viejas, y estrechas escaleras, abrió la puerta del trastero, y le vio, de pie, frente al tragaluz, mirándola con expresión de felicidad en su rostro. María quedó quieta durante un instante en la entrada de la estancia, como no pudiendo creer lo que veían sus ojos. No pudo contener la emoción, rompió a llorar mientras pronunciaba el nombre de su marido, corrió hacia él y se dieron un fuerte abrazo, se besaron, se acariciaron, Miguel sólo pronunciaba las palabras "Te quiero" una y otra vez... Pasada ya la emoción del encuentro, María se fijo en la mueca de dolor que crispaba la cara de Miguel.

-¿Que te pasa...? Le dijo.

Miguel se apartó la chaqueta, y dejó al descubierto su camisa ensangrentada.

-Estoy herido...

María se quedo helada, no pudo contener una expresión de sobresalto y preocupación.

-Dios Santo!!! ¿Que te ha pasado...? Vamos al cuarto, que te mire eso...

-Me hirieron la semana pasada, creo que se me ha vuelto a infectar, no para de sangrar.

-Ya lo veo, dijo ella, mientras le ayudaba a llegar hasta la puerta y a bajar la escalera.

No sin grandes esfuerzos, llegaron al dormitorio, en el piso de abajo. María ayudó a su marido a tumbarse en la cama, le quitó la mugrienta chaqueta, y rompió la camisa, que la tenia toda pegada. Dejó al descubierto la venda que le habían puesto el día anterior en el hospital, venda que ya se la deberían de haber cambiado, por que estaba muy sucia y descolocada. María se la quitó con todo el cuidado, porque estaba casi fundida con la piel.

-Madre de Dios!! Exclamó, al ver la gran herida que le cubría medio pecho.

Corrió a por una sabana limpia para hacer vendas, a calentar agua, y a por jabón. Era el único desinfectante que tenían en casa. Con todo el cariño, con toda delicadeza, limpió su herida, se la lavó con jabón. Luego, rompió la sabana y se la colocó cubriendo la herida como mejor pudo. Miguel alternaba sonrisas con caras de dolor, mientras lo hacia.

-Que delgado estás... Y que pálido. Le dijo ella.

-No he comido nada desde anoche. Replicó él.

-Ahora te preparo una sopa caliente, y algo de mojama.

Y así lo hizo, le dio de cenar, aunque Miguel casi no probó bocado. El, mientras, la contaba, de forma entrecortada, como le hirieron, y como se escapó del hospital. También la advirtió que nadie del pueblo debía descubrir que había vuelto, o le denunciarían. En una guerra, a los desertores se les fusila, aunque en el estado en el que se encontraba, no era mas que una carga para su regimiento... Terminada ya la cena, María recordó a Miguel que esa era la noche de San Juan, que debía ir a la plaza del pueblo con los demás vecinos, como era costumbre, o la echarían en falta, y puede que luego hicieran preguntas. Miguel asintió con la cabeza, le pareció necesario perder de nuevo, durante unas horas, a María, para no levantar sospechas... Después de dejar a Miguel acostado, con su herida limpia, y el estómago lleno, María se lavó, se cambió de ropa, se puso un pañuelo en la cabeza y se dispuso a salir de casa, no sin antes ir a ver al enfermo para cerciorarse de que no necesitaba nada.

-¿Estás bien... No necesitas nada...? Le dijo.

-Sólo a ti, mi vida... No tardes.

-No Tardo. Le contestó María sonriendo, pero ocultando tristeza por tener que dejarle.

La plaza, en realidad un ensanchamiento en el cruce de dos calles, estaba llena de gente, todos conocidos, mujeres, hombres mayores, porque a los jóvenes se los llevó la guerra, y algunos niños. Había medio centenar de personas, casi todos sentados alrededor de una gran pila de leña, aún apagada, situada en el centro. Otros de pie, charlando en pequeños grupos. Al llegar María, muchos de los vecinos la saludaron. En general, se hablaba de la guerra, de como habían avanzado los nacionales en tal o cual ciudad, o que barrabasadas había hecho uno y otro bando, también se hablaba de los que ya nunca volverían. María se acerco a un grupo de mujeres que charlaban sobre cosas más lúdicas, y saludándolas, tomo asiento en una silla de paja. Oía lo que decían los demás, pero no les escuchaba, se mantenía como ausente, callada, deseando que pasaran los minutos para poder regresar a casa. Al rato de estar allí, unos hombres tomaron antorchas y prendieron la gran pila de leña, que empezó a arder. Cuando las llamas tomaron cuerpo, muchos entonaban canciones, otros permanecían callados. Aitor, un joven al que la falta de un brazo había librado de ir al frente, ofreció a María un cuenco de caldo, que ella tomo con una sonrisa. Cuando creyó que ya era una hora prudente, empezó a decir que regresaba a casa. Se despidió más calurosamente de una gran amiga, la cual se extraño de que se fuera tan pronto, y se fue por una de las calles que desembocaban en la plaza. El pueblo estaba silencioso, aceleró el paso, quería llegar cuanto antes. Al llegar al abrevadero de la salida del pueblo, y encontrarse en la vereda que llegaba hasta su casa, empezó a correr, todo estaba oscuro, pero podía permitirse el lujo de correr sin tropezar, ya que la había recorrido miles de veces. Casi sin darse cuenta, se encontró frente a la casa. Entro en ella apresuradamente, y fue hasta el dormitorio. Al encender la pequeña lámpara de aceite, se estremeció al ver la cama vacía, ¿Acaso había imaginado el regreso de Miguel...? Pero casi de inmediato, su marido la cogió por detrás, la abrazó, la acarició, María se dio la vuelta y se besaron. Se encontraron en la cama, donde hicieron el amor apasionadamente. Después, permanecieron unidos, abrazados, mirándose a los ojos el uno al otro, sin decir palabra, hasta que el sueño les venció.

Pasaron tres días, días maravillosos en los que revivieron la felicidad de los primeros días de casados. Sólo interrumpida por los continuos cuidados, y cambios de vendaje por parte de María hacia su esposo, y por las eventuales miradas indiscretas de alguno de los vecinos, que venían a ver a María, o a traerla alguna cosa del pueblo. En esos momentos, Miguel debía esconderse, debía seguir oculto, no podían permitir que nadie les estropeara su recién recuperada felicidad... En uno de los numerosos cambios de vendaje, mientras María limpiaba la herida de Miguel, ella comentó que siempre encontraba la herida sangrando, que no acababa de cerrar, y que a lo mejor, al final, tendrían que avisar al medico, porque tampoco se notaba mejoría en el aspecto físico de Miguel, cada vez mas débil, mas delgado y pálido, con ojos hundidos y grandes ojeras, a pesar de los buenos cuidados. El la tranquilizaba, la decía que ya empezaría a mejorar, que en poco tiempo se encontraría bien, pero que debía de seguir oculto... Así siguieron cuatro días mas, días en los que la preocupación de María fue en aumento, días en los que procuraban no separarse el uno del otro ni un momento, días en los que se daban continuas muestras de afecto y cariño, y en los que, a pesar de la creciente debilidad de Miguel, hacían el amor varias veces... Una noche, María decidió, por su cuenta, ir al pueblo a buscar a D. Emilio, el medico. No podían continuar así, veía claramente que el estado de Miguel iba empeorando, tenían que arriesgarse. Anduvo despacio en dirección de la casa del galeno. Iba pensando si estaba obrando correctamente, o si debía hacer caso a Miguel y esperar unos días más sin ayuda. Cuando estaba a mitad de camino, se arrepintió de la decisión tomada, y emprendió, sola, el camino de regreso a casa, volvió sobre sus pasos de la misma forma que antes, muy despacio, pensando si hacia bien o mal. Era una decisión demasiado importante como para tomarla a la ligera, mejor lo hablaría muy seriamente con Miguel, lo decidirían juntos. Al llegar a casa, la encontró desierta, ¡¡Miguel no estaba!! Le busco por toda la casa, le busco por la pequeña huerta, miró incluso en el pozo. Luego le busco por los alrededores de la casa, Miguel había desaparecido, ¿Como era posible...?¿Le habrían descubierto...? A lo mejor Miguel, al ver que ella se había ido, había salido a buscarla... Si... Eso debía ser... Le esperaría tranquila... Encendió la luz de la entrada de la casa, fue al dormitorio, y se acostó, vestida, con la seguridad de que Miguel no tardaría en volver. Permaneció despierta, con la luz del cuarto también encendida, pensando en mil explicaciones posibles a la ausencia de su marido...

Unos golpes en la puerta de la casa la despertaron súbitamente, la luz ya entraba por el gran ventanal de la habitación. Se levanto inmediatamente, y corrió hacia la entrada. Alguien la llamaba por su nombre. Un momento antes de abrir la puerta reconoció al hombre que lo hacia, era Antonio, el cabo de la guardia civil. Un escalofrío recorrió su espalda, ¿Le habían detenido...? Abrió la puerta súbitamente y encontró a dos guardias uniformados, el cabo, y Felipe, un "número". María esperaba que se dirigirían hacia ella en tono severo y autoritario al explicarla que habían detenido a su marido, pero muy al contrario, se mostraban, mas bien, con una expresión de tristeza, mientras la decían que debía acompañarlos. Se estiró el vestido y colocó su pelo mientras les preguntaba que pasaba.

-Han encontrado a Miguel. Le dijo el cabo con expresión seria.

-¿Miguel... Dónde... Dónde está...? Replicó ella nerviosamente.

-En La peña... Acompáñanos.

Se pusieron en marcha en dirección opuesta al pueblo, andaban con paso rápido, María trataba de adivinar lo que pasaba mirando los rostros de aquellos hombres.

-¿Pero qué pasa... Le han detenido... Que hace en la peña...? Dijo María.

Antonio dudó unos segundos que a María le parecieron minutos.

-Le encontró Felix, el pastor... Esta mañana... Está muerto.

María se detuvo bruscamente, sintió como su corazón se aceleraba, parecía que iba a salírsele del pecho, miraba fijamente a Antonio, no podía creer lo que oía.

-¡¡¡NOOOOOO... No puede ser!!! Gritó María, mientras se le saltaban las lagrimas.

Corrió hacia el cabo, le empujó, como queriendo apartar aquello que la hacia daño. Le golpeó furiosamente. El trataba de sujetarla, la agarró fuertemente por los brazos. María, al verse presa, le golpeó con las piernas. Antonio la abrazó fuertemente, ella se detuvo en su empeño y continuó llorando ruidosamente abrazada a él. Se le doblaron las piernas, sus rodillas tocaron el suelo, Antonio evito que cayera.

-Debemos continuar. Dijo Felipe.

Antonio asintió con la cabeza mientras continuaba abrazado a María.

Pasados unos minutos, siguieron la marcha a paso más lento que antes. María iba como flotando, como sonámbula, sin saber ni donde ponía los pies, con la mirada perdida. Al poco rato llegaron a unos metros de la peña. En los alrededores se encontraban varios hombres. El pastor, el medico, otra pareja de guardia civiles y el sargento, la máxima autoridad del pueblo, después del alcalde y el cura. En el suelo, abrazado a la roca, estaba Miguel, muerto, con el brazo derecho estirado en dirección al pueblo, como queriendo alcanzarlo con los dedos. María trató de correr hacia él, pero el cabo lo impidió... La emoción de ver a su marido muerto no fue nada, comparado con lo que sintió cuando escucho a D. Emilio. Se la heló la sangre en las venas, un escalofrío recorrió su espalda, su rostro palideció, al escuchar al galeno decir al sargento:

-Debe llevar muerto una semana, más o menos... Si... Una semana... Debió llegar hasta aquí el día de San Juan.

Miguel nunca llegó al pueblo. Fue su alma, su espíritu, quien pasó esos días maravillosos con María... El amor es más fuerte que la muerte.



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Watermark, de Enya
 
Comentario:
Maldita guerra. La memoria existe para que no se repita. Gracias. Abrazos.
 
Comentario:
Que historia más sobrecogedora.
Muy bonita, gracias por compartirla con nosotros.
Un beso
 
Comentario:
Bueno, es una historia que escribí hace años; me apeteció ponerla aquí.

Un saludo, Pikifiore.
 
Comentario:
Vaya...que historia tan romantica y tan triste.Hubiera estado bien que Miguel hubiera conseguido regresar en cuerpo y alma junto a su esposa,pero la guerra es asi.Mi abuelo nos ha contado tantas historias.
Un saludo
No