¿Qué día hace hoy?
Si hay algo que me tiene absolutamente enamorada de mi ciudad, es su diversidad cultural... a la hora de vestir.
Día: viernes, 28 de marzo de este año nuestro 2008.
Hora: minuto arriba, minuto abajo, sobre las diez de la mañana.
Lugar: autobús de la emt.
Sentada en uno de los asientos de atrás, he olvidado mi querido libro para abstraerme del contacto humano... sobre todo olores matutinos de esas personas que se levantan en el último minuto y obvian la ducha para no llegar tarde. Para no aburrirme, me da por observar a las personas que van entrando en cada parada. Así que hoy me tropiezo con la señora del abrigo de lana y pañuelo al cuello para reservar la garganta sentada al lado de la chica con coleta y camiseta de tirantes, minifalda-cinturón y botas, enseñando sus bonitos muslos todavía no muy morenos junto a.... unas axilas olvidadas durante el "duro" invierno. Tal y como diría Ithilien: ¡vaya bosque gasta en los sobacos!
Señor sesentón con camisa de franela y oliendo a tabaco mira de reojo a la chica de blusa hiperajustada... tanto que se le abren los botones en ese bonito escote, chaqueta al brazo y pantalón corto, con leotardos para el ¿frío?
Turista inglés de piel color salmón, camiseta veraniega y pantalón pirata blanco, mostrando bañador de color lila ... además de chancletas de goma y toalla al hombro pregunta a señora vestida con traje de tweed (¿se dice así?), jersey verde de cuello alto, collar de perlas, medias y zapato cerrado, cual es la parada más cercana a la playa.
Aps... olvidaba a la Wendeling del fondo, camiseta de algodón de manga francesa y pantalón granate, con manoletina negra y sin calcetines, riendo entre dientes pensando quién, de todos, ella incluida, ha olvidado esta mañana mirar por la ventana y descubrir el día que haría.
Día: viernes, 28 de marzo de este año nuestro 2008.
Hora: minuto arriba, minuto abajo, sobre las diez de la mañana.
Lugar: autobús de la emt.
Sentada en uno de los asientos de atrás, he olvidado mi querido libro para abstraerme del contacto humano... sobre todo olores matutinos de esas personas que se levantan en el último minuto y obvian la ducha para no llegar tarde. Para no aburrirme, me da por observar a las personas que van entrando en cada parada. Así que hoy me tropiezo con la señora del abrigo de lana y pañuelo al cuello para reservar la garganta sentada al lado de la chica con coleta y camiseta de tirantes, minifalda-cinturón y botas, enseñando sus bonitos muslos todavía no muy morenos junto a.... unas axilas olvidadas durante el "duro" invierno. Tal y como diría Ithilien: ¡vaya bosque gasta en los sobacos!
Señor sesentón con camisa de franela y oliendo a tabaco mira de reojo a la chica de blusa hiperajustada... tanto que se le abren los botones en ese bonito escote, chaqueta al brazo y pantalón corto, con leotardos para el ¿frío?
Turista inglés de piel color salmón, camiseta veraniega y pantalón pirata blanco, mostrando bañador de color lila ... además de chancletas de goma y toalla al hombro pregunta a señora vestida con traje de tweed (¿se dice así?), jersey verde de cuello alto, collar de perlas, medias y zapato cerrado, cual es la parada más cercana a la playa.
Aps... olvidaba a la Wendeling del fondo, camiseta de algodón de manga francesa y pantalón granate, con manoletina negra y sin calcetines, riendo entre dientes pensando quién, de todos, ella incluida, ha olvidado esta mañana mirar por la ventana y descubrir el día que haría.
Nostalgia
Abres el blog con intención de escribir, como siempre has hecho, contando tus experiencias, tus sueños, tus sentimientos y te quedas mirando la página en blanco...
... Porque en este momento solo sientes nostalgia, porque su olor sigue en tu mano, en tu cuello, en tus labios, en tu pelo, porque sientes su presencia en cada rincón de tu casa, porque oyes su voz en tu oído, porque sientes sus mimos en tu piel...
... Lo echas tanto de menos que duele, que sientes ese pellizco en tu estómago y ese peso en tu pecho.
Sabes que vendrá un día en que volverás a sentirlo tan cerca de ti como lo has hecho hoy, pero como egoísta que es el amor, sientes que está muy lejano, como ese próximo verano.
Un día, un simple día, es una eternidad, una semana es tan lejana en el tiempo que eres incapaz de imaginar el paso de los días...
... unos meses... ¿cómo puedes, si quiera, llenar esa imagen de meses sin tenerlo cerca?
Nota: en estos momentos no me vale saber que vendrán más recuerdos juntos, no me valen echar mano de los vividos estos días, en estos momentos solo gana la nostalgia de él. Porque a pesar de todo, distancia incluida, le amo.
... Porque en este momento solo sientes nostalgia, porque su olor sigue en tu mano, en tu cuello, en tus labios, en tu pelo, porque sientes su presencia en cada rincón de tu casa, porque oyes su voz en tu oído, porque sientes sus mimos en tu piel...
... Lo echas tanto de menos que duele, que sientes ese pellizco en tu estómago y ese peso en tu pecho.
Sabes que vendrá un día en que volverás a sentirlo tan cerca de ti como lo has hecho hoy, pero como egoísta que es el amor, sientes que está muy lejano, como ese próximo verano.
Un día, un simple día, es una eternidad, una semana es tan lejana en el tiempo que eres incapaz de imaginar el paso de los días...
... unos meses... ¿cómo puedes, si quiera, llenar esa imagen de meses sin tenerlo cerca?
Nota: en estos momentos no me vale saber que vendrán más recuerdos juntos, no me valen echar mano de los vividos estos días, en estos momentos solo gana la nostalgia de él. Porque a pesar de todo, distancia incluida, le amo.
Etiquetas: nostalgia
El secreto de Susi
Cuando Susi y Wendeling se conocieron, estaban embarazadas. Fue en las clases de preparación al parto cuando se saludaron por primera vez, aunque ya se habían tropezado un par de veces por el barrio, hasta entonces no habían cruzado palabra.
Wendeling siempre se envidió su impresionante melena larga rubia natural, que solía llevar suelta, aparte de su buen tipo y esos ojazos azules. Era muy tímida, de pocas o ninguna palabra, pero por la razón que fuera, se sentían a gusto juntas.
Después de que el bebé de Wen muriera, perdieron contacto, aunque ella supo que tuvo una niña, no fue capaz de ir a conocerla... incluso aquella vez que se vieron por la calle, Susi acompañada de su madre, con la que vivía y empujando un cochecito de bebé... se cruzaron las miradas pero siguieron avanzando sin pararse.
Hasta que el día, año y medio después, que volvieron a encontrarse en el parque, con sus respectivos retoños. El bebé de Susi, Marina, tenía ya quince meses, correteaba entre la hierba y su madre tras ella, intentando que no se cayera. Wen llegó con su bebé, que curioseaba todo desde su sillita, gorgeando alegre, volvieron a cruzarse miradas y esta vez si, se saludaron, incluso se besaron, como si volvieran a encontrarse después de un largo viaje.
Susi estaba acompañada por su madre, una mujer mayor, vestida por completo de negro pero con un parecido sorprendente. Aquel día hablaron y hablaron, todo lo que le dejaron hacer las niñas, ese año y medio solo había sido un pequeño paréntesis y todo seguía igual que al principio... se sintieron bien juntas.
Wen se sorprendía del cambio que experimentaba su amiga Susi ante las demás personas... con ella era desinhibida, hablaba y se comunicaba... pero con el resto de los vecinos, raramente abría su boca, incluso para un simple saludo. Ella, su madre, su hija formaban su mundo, más un desconocido marido que Wen todavía no había visto. Wendeling respetaba la forma de ser de su amiga y jamás preguntó razón alguna. Todos en el barrio la conocía, había nacido, crecido y seguía viviendo en la casa de su infancia. Su padre era alguien querido por todos, que se preocupaba por vecinos y amigos, que siempre estaba disponible para los demás y que había fallecido años antes, pero a pesar de ello, nunca la vio tener más de dos palabras con los vecinos.
Como barrio pequeño y algo cerrado, a Wendeling le llegaron chismorreos varios sobre Susi, que hablaban de depresiones severas y tratamientos psiquiátricos que había tenido en su niñez, pero ella nunca hizo caso... Susi era su amiga y con ella no había demostrado comportamiento extraño, salvo su gran timidez. Tal vez algún día llegara a confiar en ella y contar ese algo que se intuía, pero para Wen no era obligación para seguir compartiendo su amistad.
Un buen día, la madre de Susi enfermó... murió poco después. Susi desapareció unos meses, no quiso saber nada de visitas o pésames, lloró su pérdida a solas. Y por obligación hacia su hija, volvió a salir a la calle y siguieron encontrándose tarde a tarde en el parque, viendo crecer a sus respectivas hijas, Wen solo la veía reír cuando contaba travesuras de Marina o llorar si la niña enfermaba.
La vida pasaba.
Hasta aquel día en que Susi, por fin, explotó. En el parque, delante de todos... mientras un vecino la saludaba y miraba a la pequeña dijo algo así:
- Lástima que tu padre no conociera a su nieta, con lo que jugaba con los niños, se hubiera sentido feliz.
- Gracias a Dios que mi padre se está pudriendo en el infierno, me hubiera marchado de casa antes de que conociera a mi hija, jamás hubiera consentido que le pusiera encima siquiera una mirada.
Todos miramos extrañados ante la salida de tono y de voz de Susi. Esa no era ella ¿qué pasaba?
- Pero ¡qué dices! Si tu padre era el hombre más bueno que he conocido...
- ¡Tu no sabes como era mi padre! ¿quién eres tú para decirme lo bueno que era?
Y Susi habló, por fin, llorando, de palizas hacia su madre, de maltrato infantil, de días encerrada en una habitación sin comer, de borracheras, de toda esa infancia hundida sin saber a quien acudir... de que ese era el gran hombre que todos conocían.
Nadie la creyó, al día siguiente todos hablaban de su salida de tono en el parque y recordaron sus tratamientos psiquiátricos, sobre todo hablaban del pobre padre que había tenido que soportar semejante hija...
Y no quisieron ver toda esa bondad que se esconde tras la timidez de Susi, de no querer dejar sola a su madre todos esos años, de estar con ella y de callar, hasta después de la muerte de ella.
Wen si la creyó. Y ahora sabe por fin de todos sus problemas psicológicos que le ha creado tener esa infancia, de su timidez extrema, de sus problemas para confiar en alguien, de su divorcio por no saber superarlos y no encontrar el apoyo suficiente en su marido, de su soledad familiar,... de esa hermana que escapó de casa con catorce años y que no ha vuelto a saber de ella. Ahora sabe por fin, porqué se sintió a gusto con Wen, porque no había conocido al padre de Susi.
Su escudo, el no confiar jamás en alguien que hubiera conocido a su padre.
Wendeling siempre se envidió su impresionante melena larga rubia natural, que solía llevar suelta, aparte de su buen tipo y esos ojazos azules. Era muy tímida, de pocas o ninguna palabra, pero por la razón que fuera, se sentían a gusto juntas.
Después de que el bebé de Wen muriera, perdieron contacto, aunque ella supo que tuvo una niña, no fue capaz de ir a conocerla... incluso aquella vez que se vieron por la calle, Susi acompañada de su madre, con la que vivía y empujando un cochecito de bebé... se cruzaron las miradas pero siguieron avanzando sin pararse.
Hasta que el día, año y medio después, que volvieron a encontrarse en el parque, con sus respectivos retoños. El bebé de Susi, Marina, tenía ya quince meses, correteaba entre la hierba y su madre tras ella, intentando que no se cayera. Wen llegó con su bebé, que curioseaba todo desde su sillita, gorgeando alegre, volvieron a cruzarse miradas y esta vez si, se saludaron, incluso se besaron, como si volvieran a encontrarse después de un largo viaje.
Susi estaba acompañada por su madre, una mujer mayor, vestida por completo de negro pero con un parecido sorprendente. Aquel día hablaron y hablaron, todo lo que le dejaron hacer las niñas, ese año y medio solo había sido un pequeño paréntesis y todo seguía igual que al principio... se sintieron bien juntas.
Wen se sorprendía del cambio que experimentaba su amiga Susi ante las demás personas... con ella era desinhibida, hablaba y se comunicaba... pero con el resto de los vecinos, raramente abría su boca, incluso para un simple saludo. Ella, su madre, su hija formaban su mundo, más un desconocido marido que Wen todavía no había visto. Wendeling respetaba la forma de ser de su amiga y jamás preguntó razón alguna. Todos en el barrio la conocía, había nacido, crecido y seguía viviendo en la casa de su infancia. Su padre era alguien querido por todos, que se preocupaba por vecinos y amigos, que siempre estaba disponible para los demás y que había fallecido años antes, pero a pesar de ello, nunca la vio tener más de dos palabras con los vecinos.
Como barrio pequeño y algo cerrado, a Wendeling le llegaron chismorreos varios sobre Susi, que hablaban de depresiones severas y tratamientos psiquiátricos que había tenido en su niñez, pero ella nunca hizo caso... Susi era su amiga y con ella no había demostrado comportamiento extraño, salvo su gran timidez. Tal vez algún día llegara a confiar en ella y contar ese algo que se intuía, pero para Wen no era obligación para seguir compartiendo su amistad.
Un buen día, la madre de Susi enfermó... murió poco después. Susi desapareció unos meses, no quiso saber nada de visitas o pésames, lloró su pérdida a solas. Y por obligación hacia su hija, volvió a salir a la calle y siguieron encontrándose tarde a tarde en el parque, viendo crecer a sus respectivas hijas, Wen solo la veía reír cuando contaba travesuras de Marina o llorar si la niña enfermaba.
La vida pasaba.
Hasta aquel día en que Susi, por fin, explotó. En el parque, delante de todos... mientras un vecino la saludaba y miraba a la pequeña dijo algo así:
- Lástima que tu padre no conociera a su nieta, con lo que jugaba con los niños, se hubiera sentido feliz.
- Gracias a Dios que mi padre se está pudriendo en el infierno, me hubiera marchado de casa antes de que conociera a mi hija, jamás hubiera consentido que le pusiera encima siquiera una mirada.
Todos miramos extrañados ante la salida de tono y de voz de Susi. Esa no era ella ¿qué pasaba?
- Pero ¡qué dices! Si tu padre era el hombre más bueno que he conocido...
- ¡Tu no sabes como era mi padre! ¿quién eres tú para decirme lo bueno que era?
Y Susi habló, por fin, llorando, de palizas hacia su madre, de maltrato infantil, de días encerrada en una habitación sin comer, de borracheras, de toda esa infancia hundida sin saber a quien acudir... de que ese era el gran hombre que todos conocían.
Nadie la creyó, al día siguiente todos hablaban de su salida de tono en el parque y recordaron sus tratamientos psiquiátricos, sobre todo hablaban del pobre padre que había tenido que soportar semejante hija...
Y no quisieron ver toda esa bondad que se esconde tras la timidez de Susi, de no querer dejar sola a su madre todos esos años, de estar con ella y de callar, hasta después de la muerte de ella.
Wen si la creyó. Y ahora sabe por fin de todos sus problemas psicológicos que le ha creado tener esa infancia, de su timidez extrema, de sus problemas para confiar en alguien, de su divorcio por no saber superarlos y no encontrar el apoyo suficiente en su marido, de su soledad familiar,... de esa hermana que escapó de casa con catorce años y que no ha vuelto a saber de ella. Ahora sabe por fin, porqué se sintió a gusto con Wen, porque no había conocido al padre de Susi.
Su escudo, el no confiar jamás en alguien que hubiera conocido a su padre.
Etiquetas: maltrato-infantil
Confianzas
Cuando cuento a alguien mi recuerdo más lejano en el tiempo... aquel de una maia pequeñita dentro de una cuna, pataleando y gritando "¡mamá! ¡mamá!". Aunque esa no es la imagen, si recuerdo muy claramente, como si hubiera sucedido hace unos minutos, el hecho de haber alargado mis brazos por encima de mi cabeza y cogerme a los barrotes de la cuna y estirarme, estirazar mis piernas más y más (... un poco más... ahora...) sentir el frío de los barrotes metálicos de la cuna, en los dedos de mis pies y un pensamiento: "¡Qué grande soy!"; el personal suele sorprenderse.
- ¿De verdad recuerdas eso?
- Si... si, de verdad.
- Te lo estás inventando.
- Que no... que lo recuerdo. Mi madre me cuenta que tuvo que ser con dos años, porque a esa edad dejé de usar la cuna.
Pero ese no es mi único recuerdo a esa edad, también corretea por mi memoria una escena, en la casa del pueblo de mis padres, esa enorme casa que también recuerdo con tanto detalle.
Estamos en el comedor, la chimenea puesta, así que es invierno, ¿tengo dos años y medio tal vez?, mi madre sentada en el sofá, a la izquierda de la chimenea y en la misma linea de la puerta de entrada, justo enfrente un ventanal da a la calle lateral, la cortina está echada, el ventanal que da al porche tiene la cortina corrida dejando entrar la claridad del día.
Y yo sentada a horcajadas sobre mi madre, frente a ella, jugando.
Me hace reír. Tocamos las palmas, cantamos canciones... y en un momento determinado, confiando plenamente en ella... ¡¡es mi madre!! me agarra mi mano y me dice que no la fuerce, ella me la mueve.
Lo hago, riéndome, esperando un nuevo juego.
Mi madre levanta y baja la mano, cantando algo que no recuerdo... pero nunca olvidaré la rabia que me dio cuando en medio de una carcajada... me golpeó la cara con mi propia mano. No fue el daño que pudo hacerme, sino darme cuenta de que mi propia madre podría engañarme de ese modo.
En toda mi niñez, nunca se lo perdoné... y creo que hoy en día, me cuesta recordarlo con una sonrisa... confié en mi madre y me engañó.
Nota: Bueno, va... que si... que ya se lo perdoné, sólo han pasado treinta y ocho años, va siendo hora.
- ¿De verdad recuerdas eso?
- Si... si, de verdad.
- Te lo estás inventando.
- Que no... que lo recuerdo. Mi madre me cuenta que tuvo que ser con dos años, porque a esa edad dejé de usar la cuna.
Pero ese no es mi único recuerdo a esa edad, también corretea por mi memoria una escena, en la casa del pueblo de mis padres, esa enorme casa que también recuerdo con tanto detalle.
Estamos en el comedor, la chimenea puesta, así que es invierno, ¿tengo dos años y medio tal vez?, mi madre sentada en el sofá, a la izquierda de la chimenea y en la misma linea de la puerta de entrada, justo enfrente un ventanal da a la calle lateral, la cortina está echada, el ventanal que da al porche tiene la cortina corrida dejando entrar la claridad del día.
Y yo sentada a horcajadas sobre mi madre, frente a ella, jugando.
Me hace reír. Tocamos las palmas, cantamos canciones... y en un momento determinado, confiando plenamente en ella... ¡¡es mi madre!! me agarra mi mano y me dice que no la fuerce, ella me la mueve.
Lo hago, riéndome, esperando un nuevo juego.
Mi madre levanta y baja la mano, cantando algo que no recuerdo... pero nunca olvidaré la rabia que me dio cuando en medio de una carcajada... me golpeó la cara con mi propia mano. No fue el daño que pudo hacerme, sino darme cuenta de que mi propia madre podría engañarme de ese modo.
En toda mi niñez, nunca se lo perdoné... y creo que hoy en día, me cuesta recordarlo con una sonrisa... confié en mi madre y me engañó.
Nota: Bueno, va... que si... que ya se lo perdoné, sólo han pasado treinta y ocho años, va siendo hora.
Gracias
¿De qué sirve vivir quejándose constantemente, agrandando los problemas y negando buscar las soluciones?
¿Por qué no disfrutamos de lo bueno que tenemos?
La belleza de la vida se encuentra en los pequeños detalles... en la sonrisa de un niño, en un atardecer precioso, en el tacto de una sábana limpia, en el olor del pan recién horneado, en un beso, en una caricia...
Y me agarro constantemente a esos pequeños detalles, porque la vida merece ser vivida, me niego a desperdiciarla en absurdos problemas.
Las ganas de estar contigo, de sentirme rodeada de tus brazos, acariciando cada palmo de tu piel; es la ilusión de mi día a día junto a soñar en ese momento en que no volveremos a decir adiós.
¿Por qué no disfrutamos de lo bueno que tenemos?
La belleza de la vida se encuentra en los pequeños detalles... en la sonrisa de un niño, en un atardecer precioso, en el tacto de una sábana limpia, en el olor del pan recién horneado, en un beso, en una caricia...
Y me agarro constantemente a esos pequeños detalles, porque la vida merece ser vivida, me niego a desperdiciarla en absurdos problemas.
Las ganas de estar contigo, de sentirme rodeada de tus brazos, acariciando cada palmo de tu piel; es la ilusión de mi día a día junto a soñar en ese momento en que no volveremos a decir adiós.
Colmo
¿Cuál es el colmo de una madre con hijas preadolescentes?
Que la pequeña se despierte de madrugada, recordando de pronto que no ha estudiado para el examen de música.
Que estudie tocando su flauta dulce a las seis y media de la mañana.
Que la acompañe una gata con complejo de soprano divina.
Actualización a media mañana: ¡Vaya ojeras me gasto hoy!
Nueva actualización a media tarde: aprobó el examen, aunque con la nota mínima.
Que la pequeña se despierte de madrugada, recordando de pronto que no ha estudiado para el examen de música.
Que estudie tocando su flauta dulce a las seis y media de la mañana.
Que la acompañe una gata con complejo de soprano divina.
Actualización a media mañana: ¡Vaya ojeras me gasto hoy!
Nueva actualización a media tarde: aprobó el examen, aunque con la nota mínima.
Declaración de amor
Desde que la humanidad existe, desde que tiene historia, desde que se inventó la lengua, desde que ama al fin y al cabo; han existido las declaraciones de amor.
Desde el faraón más imponente al pobre esclavo, desde el emperador celestial al humilde pescador, en definitiva todos: ricos, poderosos, pobres y humildes han amado y han declarado su amor.
Para no ser menos, yo también amo:
Despertar a media noche,
sentirte a mi lado.
Respirar el aliento,
desde tus mismos labios.
Contemplar tu sueño,
acariciar tus manos.
Sentir mi espíritu,
aquí... aquí postrado.
Esperar que el tiempo,
por fin,
vaya pasando.
Desde el faraón más imponente al pobre esclavo, desde el emperador celestial al humilde pescador, en definitiva todos: ricos, poderosos, pobres y humildes han amado y han declarado su amor.
Para no ser menos, yo también amo:
Despertar a media noche,
sentirte a mi lado.
Respirar el aliento,
desde tus mismos labios.
Contemplar tu sueño,
acariciar tus manos.
Sentir mi espíritu,
aquí... aquí postrado.
Esperar que el tiempo,
por fin,
vaya pasando.
Etiquetas: amor declaracion
Libertad
Día: 24 de marzo de hace unos cuantos años... demasiados tal vez.
Wen no lo sabía, nadie lo sospechaba, pero estaban celebrando el último cumpleaños de su padre.
- Papá ¿qué se siente al ser un cuarentón interesante?
- Pues la verdad es que no tengo ni idea, no soy un cuarentón interesante. Si soy un chavalín, el mismo canijo que un día se sobresaltó al descubrir a tu madre.
Risas al ver el bizcocho al bies que habían hecho entre Wen y su madre. No hay vela que soplar, fallo de última hora, pero si esa celebración en familia, entre cuatro.
De fondo suena la radio, música aleatoria de a saber que cadena. Nana Mouskouri cantaba "Libertad".
- Wen, sube el volumen, esta canción me gusta.
- Papá, no sabía que te gustara la ópera.
- ¿Ópera? no... no...
- Si papá, esta canción está en "Nabucco".
- ¿Einsss?
- Es una ópera de Verdi, de hace más de 150 años.
- Pues vaya con los bisabuelos, tenían hasta buen gusto.
Días después, Wendeling compró la cassete de Nana Mouskouri para su padre, como regalo con retraso por su cumpleaños.
Al año siguiente, el 24 de marzo, no hubo celebración de cumpleaños, pero Wen escuchó "Libertad" en su walkman una y otra vez, hasta quedar dormida.
Nota: Hay muchos lugares en los que me encuentro con mi padre, pero este cachito de música siempre consigue que me sienta muy cerca de él, a pesar de los años transcurridos.
Wen no lo sabía, nadie lo sospechaba, pero estaban celebrando el último cumpleaños de su padre.
- Papá ¿qué se siente al ser un cuarentón interesante?
- Pues la verdad es que no tengo ni idea, no soy un cuarentón interesante. Si soy un chavalín, el mismo canijo que un día se sobresaltó al descubrir a tu madre.
Risas al ver el bizcocho al bies que habían hecho entre Wen y su madre. No hay vela que soplar, fallo de última hora, pero si esa celebración en familia, entre cuatro.
De fondo suena la radio, música aleatoria de a saber que cadena. Nana Mouskouri cantaba "Libertad".
- Wen, sube el volumen, esta canción me gusta.
- Papá, no sabía que te gustara la ópera.
- ¿Ópera? no... no...
- Si papá, esta canción está en "Nabucco".
- ¿Einsss?
- Es una ópera de Verdi, de hace más de 150 años.
- Pues vaya con los bisabuelos, tenían hasta buen gusto.
Días después, Wendeling compró la cassete de Nana Mouskouri para su padre, como regalo con retraso por su cumpleaños.
Al año siguiente, el 24 de marzo, no hubo celebración de cumpleaños, pero Wen escuchó "Libertad" en su walkman una y otra vez, hasta quedar dormida.
Nota: Hay muchos lugares en los que me encuentro con mi padre, pero este cachito de música siempre consigue que me sienta muy cerca de él, a pesar de los años transcurridos.





