Recuerdos imprevistos
Wendeling tiene siete años y está leyendo el tp. Su papa (abuelo) le da todas las semanas un duro y ella corre hasta la plaza mayor del pueblo, donde está el quiosco de tebeos y chucherías varias y compra su revista, que devora en la ventana.
Si, resulta raro el lugar, pero es una casa muy antigua, los muros son de piedra y argamasa, muy anchos, delante de todas las ventanas hay una especie de pollete, de unos 40 cm de ancho y a Wen le encanta sentarse ahí y leer a la luz de la calle su revista y sus tebeos.
En ocasiones también se suben y acurrucan al sol zipi y zape (los gatos de la casa), nombres originales que escogió la niña, por ser hermanos y porque uno era de color dorado y blanco y el otro negro al completo. Le encanta acariciar a los gatos y sentir en sus dedos sus ronroneos, mientras lee los capítulos de las series que le gustan y emitirán por televisión la próxima semana, mientras hace los pasatiempos (sólo algunos, los crucigramas son difíciles para ella todavía) o lee las dos páginas de la fotonovela y mientras los vecinos, al pasar por la calle la saludan.
A Wendeling le encanta leer y le encanta subirse en esa ventana en particular.
Durante 5 años, ha mirado al mundo desde esa ventana, ha comido su pan y chocolate (de la Campana) mirando como llovía, mientras a unos metros a su espalda, la chimenea calentaba la habitación. Ha hecho sus deberes del colegio, mientras otros niños se burlaban de ella, porque se habían escapado de casa y estaban jugando en la calle. Incluso recuerda como al principio esa ventana carecía de cristales, solo una reja y los postigos de madera, tachonados con clavos de enormes cabezas... y al final llegaron unos cristales, algo especiales, porque para poder cerrar los postigos, primero tenías que retirar esa especie de ventanita que encajaba delante de la reja.
Y hoy, treinta años después, Wendeling ve llover desde la ventana de su casa y han llegado esos recuerdos imprevistos, cuando la vida era más fácil y la inocencia primaba sobre su manera de mirar a través de una ventana.
Si, resulta raro el lugar, pero es una casa muy antigua, los muros son de piedra y argamasa, muy anchos, delante de todas las ventanas hay una especie de pollete, de unos 40 cm de ancho y a Wen le encanta sentarse ahí y leer a la luz de la calle su revista y sus tebeos.
En ocasiones también se suben y acurrucan al sol zipi y zape (los gatos de la casa), nombres originales que escogió la niña, por ser hermanos y porque uno era de color dorado y blanco y el otro negro al completo. Le encanta acariciar a los gatos y sentir en sus dedos sus ronroneos, mientras lee los capítulos de las series que le gustan y emitirán por televisión la próxima semana, mientras hace los pasatiempos (sólo algunos, los crucigramas son difíciles para ella todavía) o lee las dos páginas de la fotonovela y mientras los vecinos, al pasar por la calle la saludan.
A Wendeling le encanta leer y le encanta subirse en esa ventana en particular.
Durante 5 años, ha mirado al mundo desde esa ventana, ha comido su pan y chocolate (de la Campana) mirando como llovía, mientras a unos metros a su espalda, la chimenea calentaba la habitación. Ha hecho sus deberes del colegio, mientras otros niños se burlaban de ella, porque se habían escapado de casa y estaban jugando en la calle. Incluso recuerda como al principio esa ventana carecía de cristales, solo una reja y los postigos de madera, tachonados con clavos de enormes cabezas... y al final llegaron unos cristales, algo especiales, porque para poder cerrar los postigos, primero tenías que retirar esa especie de ventanita que encajaba delante de la reja.
Y hoy, treinta años después, Wendeling ve llover desde la ventana de su casa y han llegado esos recuerdos imprevistos, cuando la vida era más fácil y la inocencia primaba sobre su manera de mirar a través de una ventana.
Manías y derivados
Todos hemos sufrido momentos en que algo nos ha sacado de nuestras casillas y pasado el tiempo, nos hemos dado cuenta que no era para tanto... pero aún así, siempre que sucede, nos volvemos a comportar igual. No aprendemos.
Son las dichosas manías.
No son imprescindibles para vivir, pero lo hacemos. ¿La razón? En ocasiones creo que es un resquicio de nuestra niñez, de cuando de bebés aprendemos que todo está bien si sucede una y otra vez y cuando deja de suceder, es el fin del mundo. Sus horas de las comidas, sus horas de las siestas, su hora del paseo y su hora del baño... si cambiabas el horario por cualquier circunstancia, tienes al bebé nervioso y pasa una noche en la que no te dejan dormir.
Todos tenemos manías, que levante la mano quien no las tenga (no hace falta, ya he leido por ahí, la epidemia que ha contagiado a toda la peña de blogueros y adictos). Yo me confieso, a pesar de mis reticencias... multiples (hasta cinco veces han intentado contagiarme con el dichoso meme), de tenerlas. Y creo que también las he confesado públicamente a través de la vida de este blog. Así que, por favor, no seamos más vagos y si estáis interesados en conocerlas, bucear un poquito en mis archivos y os reíreis más de una vez de mi.
De acuerdo... seré buena... una pista: siempre ando con la cabeza en distinto sitio de su lugar habitual (os veo venir... no, aunque me gusten, con esta frase no me refería a.... a eso... ni tampoco a eso otro...)
Son las dichosas manías.
No son imprescindibles para vivir, pero lo hacemos. ¿La razón? En ocasiones creo que es un resquicio de nuestra niñez, de cuando de bebés aprendemos que todo está bien si sucede una y otra vez y cuando deja de suceder, es el fin del mundo. Sus horas de las comidas, sus horas de las siestas, su hora del paseo y su hora del baño... si cambiabas el horario por cualquier circunstancia, tienes al bebé nervioso y pasa una noche en la que no te dejan dormir.
Todos tenemos manías, que levante la mano quien no las tenga (no hace falta, ya he leido por ahí, la epidemia que ha contagiado a toda la peña de blogueros y adictos). Yo me confieso, a pesar de mis reticencias... multiples (hasta cinco veces han intentado contagiarme con el dichoso meme), de tenerlas. Y creo que también las he confesado públicamente a través de la vida de este blog. Así que, por favor, no seamos más vagos y si estáis interesados en conocerlas, bucear un poquito en mis archivos y os reíreis más de una vez de mi.
De acuerdo... seré buena... una pista: siempre ando con la cabeza en distinto sitio de su lugar habitual (os veo venir... no, aunque me gusten, con esta frase no me refería a.... a eso... ni tampoco a eso otro...)
Una sonrisa en la mañana
De casualidades está llena la vida. Y hoy, cuando me he encontrado con él, la vida, por un momento, ha conseguido que sonría.
Realmente lo echo de menos y sólo han sido unos minutos, un "¿qué tal?" y un "te veo muy bien", porque llegaba tarde al trabajo. Pero me ha gustado verle y sentir como me mira y su sonrisa.
Lo que no le supe decir, fue que le quiero un montón y que para mí, siempre será especial. Desde aquí, un beso enorme, que espero que te llegue.
Realmente lo echo de menos y sólo han sido unos minutos, un "¿qué tal?" y un "te veo muy bien", porque llegaba tarde al trabajo. Pero me ha gustado verle y sentir como me mira y su sonrisa.
Lo que no le supe decir, fue que le quiero un montón y que para mí, siempre será especial. Desde aquí, un beso enorme, que espero que te llegue.
ADELANTE (Naiara)
Justo en el momento en que empezaba
a encontrar oscuridad hasta en el sol de mi ciudad.
Justo en el momento en que la resignación
consumía cada día mi ilusión.
Apareces tú y me das la mano
y sin mirarme te acercas a mi lado.
Y despacito me dices susurrando que escuche tu voz.
Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir...
Adelante.
Justo en el momento en que empezaba
a sospechar que la ilusión me abandonó sin avisar.
Justo en el instante en que empezaba
a olvidar, a atreverme, a imaginar, a inventar.
Apareces tú y me das la mano
y sin mirarme te acercas a mi lado.
Y despacito me dices susurrando que escuche tu voz.
Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir...
Y justo cuando en este momento me necesitas, siento que odio esos kilómetros que nos separan. Me gustaría gritar "adelante Scotty" y teletransportarme a tu lado, para que me sintieras muy cerca, para susurrarte al oido que pienso cuidarte si me dejas. Para, en definitiva, amarte.
a encontrar oscuridad hasta en el sol de mi ciudad.
Justo en el momento en que la resignación
consumía cada día mi ilusión.
Apareces tú y me das la mano
y sin mirarme te acercas a mi lado.
Y despacito me dices susurrando que escuche tu voz.
Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir...
Adelante.
Justo en el momento en que empezaba
a sospechar que la ilusión me abandonó sin avisar.
Justo en el instante en que empezaba
a olvidar, a atreverme, a imaginar, a inventar.
Apareces tú y me das la mano
y sin mirarme te acercas a mi lado.
Y despacito me dices susurrando que escuche tu voz.
Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir...
Y justo cuando en este momento me necesitas, siento que odio esos kilómetros que nos separan. Me gustaría gritar "adelante Scotty" y teletransportarme a tu lado, para que me sintieras muy cerca, para susurrarte al oido que pienso cuidarte si me dejas. Para, en definitiva, amarte.
La soledad de los mayores
No soy una mujer vengativa, nunca he sido del "ojo por ojo..." y cuando mi madrina me preguntó el porqué seguía comportándome con mi abuelo y con mis tíos como si no hubiera pasado nada, la única respuesta que pude darle fue... que no tenía respuesta, seguían siendo mis tíos y mi abuelo, a pesar de todo y mi abuelo era lo bastante mayor (cumplirá los 100 años en un par de años más) como para morirse en cualquier momento y no quería el cargo de conciencia de que a pesar de todo lo que hizo cuando era niña iba a terminar enfadada y sin dirigirle la palabra. Al fin y al cabo todo se reducía a dinero y para mi siempre primará el amor (si, lo reconozco, soy así de rara, a aguantarse tocan).
Pero estoy empezando la historia por el final. Un momento que le doy la vuelta.
Mi abuelo siempre ha sido el típico padre de familia de la España rural. Él dirigía a su familia a la manera de ordeno y mando, tomaba sus decisiones y todos estaban obligados a seguirle. Esa era la educación que recibían los hombres entonces y esa fue la educación que cedió a sus hijos. Había que guardarle el respeto debido por ser el pater familia, así que nunca (y nunca es nunca) se equivocaba y mucho menos, admitía su error, porque eso hubiera supuesto que era humano ¿no?
Consiguió sacar a su familia adelante, a pesar de una guerra y una postguerra en las que perdió todos sus ahorros y sus humildes posesiones. Consiguió que su familia no pasara excesiva hambre y tuviera una casa en la que resguardarse. Consiguió transmitirles el orgullo de ser lo que eran, a sus hijos y me educó a mi. Me quiso, me mimó, consiguió que fuera una niña caprichosa y orgullosa de mi familia (incluido el fantasma que habitaba la casa y a la mula Blanquita).
Todo este largo preámbulo es para hacer ver como es mi abuelo, no pretendo justificar lo que hizo, porque en el fondo, no tiene justificación.
Cuando mi padre murió, mi abuelo se sintió en la obligación de cuidar de nosotros, de su viuda y sus dos nietos. Tomo su decisión y nos "invitó" a vivir con ellos, en el pueblo. Allí había una casa grande (que compartiríamos con mis abuelos) y no nos faltaría nada. Mi madre habló con sus hijos, les comentó la propuesta de su suegro y nosotros (o al menos yo) lo pensamos bien... pros, la tranquilidad de saber que no nos faltaría nada y la protección de la familia... contras, el volver a vivir en un pueblo pequeño, sin grandes horizontes (más bien ninguno), sin la posibilidad de seguir estudiando ni encontrar un trabajo adecuado a nuestros gustos. También pensé en mi madre, era viuda y ser viuda en el pueblo significaba encerrarse en vida, vivir siempre en casa, nada de salidas, siempre vestida de negro y llorando a ese esposo muerto. Y yo conocía a mi madre, hacerle eso era matarla.
Al final decidimos quedarnos en la ciudad... Y se lo dijimos a nuestro abuelo.
Para él, eso fue una afrenta, fue hacerle ver que se había equivocado, que esa opción que él había "escogido" por nosotros no era la adecuada. Para él, fue perderle el respeto que le debíamos. Culpó a mi madre de conseguir que "perdiera" no sólo a su hijo, sino también a sus nietos.
Mi hermano y yo "dejamos" de ser sus nietos, dejamos de pertenecer a su familia y la familia nos olvidó. Como si nunca hubiéramos existido.
Mi abuelo jamás ha vuelto a dirigirle la palabra a mi madre. Con el tiempo yo volví a visitar a mi abuela (a escondidas) hasta que nacieron mis hijas y se las llevé... Aunque él no tuviera una nieta, yo si tenía un abuelo y ahora era ya bisabuelo. Mi abuelo no reconoció su error, porque éramos nosotros los equivocados, no él... pero le encantó conocer a sus bisnietas.
Todo volvió a la normalidad... más o menos.
Aparecen en escena mis tíos, los hermanos (tres) de mi padre. De pronto, cuando siempre habían renegado (eso sí, nunca en su cara) del comportamiento autoritario y la actitud de su padre con ellos, porque seguía tratándolos como niños pequeños y no como hombres, padres ya de familia... ahora se convierte en los hijos más buenos y cariñosos. Los mejores hijos que sacan a pasear a sus padres, que los llevan de viaje a lugares que nunca han visitado, que los "muestran" en reuniones de amigos, orgullosos de esos padres que tienen. Y como quien no quieren la cosa, hacen un comentario: " Su nuera, esa que ya no tiene, es joven todavía y quizás un día vuelva a casarse. Si hace eso, se llevará la herencia que le corresponde por ser madre de sus dos nietos, alguien que no es de la familia".
Jamás acusaré a mi abuelo de esta parte de la historia y de la decisión que tuvo, sino a mis tíos. Ellos conocían a su padre y ellos sabían la reacción que tendría mi abuelo ante esas palabras.
Mi abuelo cedió, toda su herencia, esas possesiones ganadas con el sudor de su trabajo y todo su esfuerzo, a sus tres hijos vivos... toda, vendida por unos miserables euros (creo que no llegaron ni a un euro por hijo), con la idea de que un supuesto marido de mi madre, pillara algo que no le correspondía.
Mi hermano y yo nos quedamos sin la herencia correspondiente a mi abuelo. Mi madre intentó recuperar algo, pero después de múltiples consultas a abogados, terminó por convencerse que meterse en ese tipo de juicios, no reportaría nada.
Mi hermano ha dejado de relacionarse con mis abuelos y mis tíos. Mi madre lleva así desde que murió mi padre. Y yo sigo hablando con mi abuelo ocasionalmente... como si no hubiera pasado nada.
No quiero decir que yo llevo razón y mi hermano no o al revés. Al fin y al cabo, da igual quien tenga razón. Mi abuelo me educó y sigue queriéndome como a su niña pequeña, esa que defendió de Sor Teresa. Y cuando estas navidades le llamé por teléfono para felicitarle , mi abueló lloró, porque se sentía sólo (después de conseguir su herencia, mis tios "desaparecieron" del mapa... exactamente no sé que pasó entre ellos y mi abuelo, esa parte de la historia no he llegado a conocerla, pero quiero creer que mi abuelo se dio cuenta de su error e intentó que le devolvieran sus posesiones). Va a cumplir un siglo de vida y con su mente lúcida, descubre que todos estos años luchando sólo ha conseguido estar sólo.
Y yo no puedo dejar de llorar, porque le quiero.
Pero estoy empezando la historia por el final. Un momento que le doy la vuelta.
Mi abuelo siempre ha sido el típico padre de familia de la España rural. Él dirigía a su familia a la manera de ordeno y mando, tomaba sus decisiones y todos estaban obligados a seguirle. Esa era la educación que recibían los hombres entonces y esa fue la educación que cedió a sus hijos. Había que guardarle el respeto debido por ser el pater familia, así que nunca (y nunca es nunca) se equivocaba y mucho menos, admitía su error, porque eso hubiera supuesto que era humano ¿no?
Consiguió sacar a su familia adelante, a pesar de una guerra y una postguerra en las que perdió todos sus ahorros y sus humildes posesiones. Consiguió que su familia no pasara excesiva hambre y tuviera una casa en la que resguardarse. Consiguió transmitirles el orgullo de ser lo que eran, a sus hijos y me educó a mi. Me quiso, me mimó, consiguió que fuera una niña caprichosa y orgullosa de mi familia (incluido el fantasma que habitaba la casa y a la mula Blanquita).
Todo este largo preámbulo es para hacer ver como es mi abuelo, no pretendo justificar lo que hizo, porque en el fondo, no tiene justificación.
Cuando mi padre murió, mi abuelo se sintió en la obligación de cuidar de nosotros, de su viuda y sus dos nietos. Tomo su decisión y nos "invitó" a vivir con ellos, en el pueblo. Allí había una casa grande (que compartiríamos con mis abuelos) y no nos faltaría nada. Mi madre habló con sus hijos, les comentó la propuesta de su suegro y nosotros (o al menos yo) lo pensamos bien... pros, la tranquilidad de saber que no nos faltaría nada y la protección de la familia... contras, el volver a vivir en un pueblo pequeño, sin grandes horizontes (más bien ninguno), sin la posibilidad de seguir estudiando ni encontrar un trabajo adecuado a nuestros gustos. También pensé en mi madre, era viuda y ser viuda en el pueblo significaba encerrarse en vida, vivir siempre en casa, nada de salidas, siempre vestida de negro y llorando a ese esposo muerto. Y yo conocía a mi madre, hacerle eso era matarla.
Al final decidimos quedarnos en la ciudad... Y se lo dijimos a nuestro abuelo.
Para él, eso fue una afrenta, fue hacerle ver que se había equivocado, que esa opción que él había "escogido" por nosotros no era la adecuada. Para él, fue perderle el respeto que le debíamos. Culpó a mi madre de conseguir que "perdiera" no sólo a su hijo, sino también a sus nietos.
Mi hermano y yo "dejamos" de ser sus nietos, dejamos de pertenecer a su familia y la familia nos olvidó. Como si nunca hubiéramos existido.
Mi abuelo jamás ha vuelto a dirigirle la palabra a mi madre. Con el tiempo yo volví a visitar a mi abuela (a escondidas) hasta que nacieron mis hijas y se las llevé... Aunque él no tuviera una nieta, yo si tenía un abuelo y ahora era ya bisabuelo. Mi abuelo no reconoció su error, porque éramos nosotros los equivocados, no él... pero le encantó conocer a sus bisnietas.
Todo volvió a la normalidad... más o menos.
Aparecen en escena mis tíos, los hermanos (tres) de mi padre. De pronto, cuando siempre habían renegado (eso sí, nunca en su cara) del comportamiento autoritario y la actitud de su padre con ellos, porque seguía tratándolos como niños pequeños y no como hombres, padres ya de familia... ahora se convierte en los hijos más buenos y cariñosos. Los mejores hijos que sacan a pasear a sus padres, que los llevan de viaje a lugares que nunca han visitado, que los "muestran" en reuniones de amigos, orgullosos de esos padres que tienen. Y como quien no quieren la cosa, hacen un comentario: " Su nuera, esa que ya no tiene, es joven todavía y quizás un día vuelva a casarse. Si hace eso, se llevará la herencia que le corresponde por ser madre de sus dos nietos, alguien que no es de la familia".
Jamás acusaré a mi abuelo de esta parte de la historia y de la decisión que tuvo, sino a mis tíos. Ellos conocían a su padre y ellos sabían la reacción que tendría mi abuelo ante esas palabras.
Mi abuelo cedió, toda su herencia, esas possesiones ganadas con el sudor de su trabajo y todo su esfuerzo, a sus tres hijos vivos... toda, vendida por unos miserables euros (creo que no llegaron ni a un euro por hijo), con la idea de que un supuesto marido de mi madre, pillara algo que no le correspondía.
Mi hermano y yo nos quedamos sin la herencia correspondiente a mi abuelo. Mi madre intentó recuperar algo, pero después de múltiples consultas a abogados, terminó por convencerse que meterse en ese tipo de juicios, no reportaría nada.
Mi hermano ha dejado de relacionarse con mis abuelos y mis tíos. Mi madre lleva así desde que murió mi padre. Y yo sigo hablando con mi abuelo ocasionalmente... como si no hubiera pasado nada.
No quiero decir que yo llevo razón y mi hermano no o al revés. Al fin y al cabo, da igual quien tenga razón. Mi abuelo me educó y sigue queriéndome como a su niña pequeña, esa que defendió de Sor Teresa. Y cuando estas navidades le llamé por teléfono para felicitarle , mi abueló lloró, porque se sentía sólo (después de conseguir su herencia, mis tios "desaparecieron" del mapa... exactamente no sé que pasó entre ellos y mi abuelo, esa parte de la historia no he llegado a conocerla, pero quiero creer que mi abuelo se dio cuenta de su error e intentó que le devolvieran sus posesiones). Va a cumplir un siglo de vida y con su mente lúcida, descubre que todos estos años luchando sólo ha conseguido estar sólo.
Y yo no puedo dejar de llorar, porque le quiero.





