¿Despertar, o soñar?
Todo empezó con la llegada del otoño. Una noche, acompañada del frío, la magia decidió hacerme una visita, mientras yo dormía. Entró en mi habitación y se llevó la luna de papel que inventé en los momentos de tristeza y soledad, y que llevaba siempre conmigo, aquella amiga invisible que siempre había deseado tener. No sé como lo hizo, pero sigilosamente, me la devolvió con vida.
Y yo me dejé llevar de la mano de esa media luna a pasear bajo las estrellas, y me quedé dormida en ese maravilloso sueño sin poner el despertador, por miedo a que el despertar se llevara mis ilusiones. Nadie me había enseñado que abrir los ojos no significa despertar, y que las raíces de los verdaderos sueños son demasiado fuertes como para deshacerse con la luz del amanecer. Hasta que las estrellas me levantaron los párpados y me hicieron ver que la luna seguía brillando, unas veces con una luz más intensa y otras más levemente, pero estaba allí, en mi vida, dentro de lo sensible, en mi realidad.
Ahora ya no era un papel viejo y arrugado, sino alguien a quien abrazar.
“¡Soy feliz, tengo que ser feliz!” me susurro yo misma al oído cada vez que veo aparecer su sombra. “Estoy viviendo un sueño, debo ser feliz”, pero aún y así, a veces el gris del cielo se contagia en mis ojos y no me deja ver nada más que niebla. Supongo que tanta fantasía hecha realidad tenía que venir de la mano de alguna que otra consecuencia. No he sabido interpretar la magia... ilusa de mí, he seguido soñando que soñaba y ahora no sé dormir sin luna llena.
Y yo me dejé llevar de la mano de esa media luna a pasear bajo las estrellas, y me quedé dormida en ese maravilloso sueño sin poner el despertador, por miedo a que el despertar se llevara mis ilusiones. Nadie me había enseñado que abrir los ojos no significa despertar, y que las raíces de los verdaderos sueños son demasiado fuertes como para deshacerse con la luz del amanecer. Hasta que las estrellas me levantaron los párpados y me hicieron ver que la luna seguía brillando, unas veces con una luz más intensa y otras más levemente, pero estaba allí, en mi vida, dentro de lo sensible, en mi realidad.
Ahora ya no era un papel viejo y arrugado, sino alguien a quien abrazar.
“¡Soy feliz, tengo que ser feliz!” me susurro yo misma al oído cada vez que veo aparecer su sombra. “Estoy viviendo un sueño, debo ser feliz”, pero aún y así, a veces el gris del cielo se contagia en mis ojos y no me deja ver nada más que niebla. Supongo que tanta fantasía hecha realidad tenía que venir de la mano de alguna que otra consecuencia. No he sabido interpretar la magia... ilusa de mí, he seguido soñando que soñaba y ahora no sé dormir sin luna llena.





