simbiosis de lluvia
Ha vuelto a amanecer nublado. Me he levantado tarde, con mono de mar, de besos y de piano. En mi visita al baño, me he asustado, como cada día, al ver una sombra con los pelos de punta reflejada en el espejo. Sí, soy yo, es que dormida y sin gafas a penas me veo la cara, y todavía no me he acostumbrado a la silueta de mi nuevo look acabado de despertar. Parezco un pollito…
Después de ahogar unas cuantas galletas en un vaso de leche delante de la tele, he cogido la moto y he salido a encontrarme con las olas. La playa estaba vacía. El azul del mar teñido de gris, la arena húmeda, y el cielo de plomo recostado sobre mis hombros. Pesa, pero con la velocidad a penas lo noto. Serían las doce cuando las nubes han empezado a sollozar. No hace frío, pero al calor y al sol se les han pegado las sábanas. El verano se despide en la esquina de setiembre. Esta mañana huele a otoño… y a nostalgia.
Mi casco no tiene visera. Me encanta sentir como las gotas frenan en mi pelo, o en mis cejas, y saltan a las pestañas. Se tambalean unos segundos, moldeando sus moléculas para no abatirse, pero no sirve de nada. Parpadeo y el equilibrio les falla, y caen patinando sobre el hielo de mis mejillas, o resbalan por la nariz hasta deslizarse en el vacío. Días atrás se hubieran confundido con mis lágrimas, pero hoy ya no merece la pena llorar por nada.
Me hechiza respirar besos de lluvia. El agua contamina de sueños mi mirada y mi cuerpo, y se cuela por los poros de mi piel para unirse con el interior frío de mis sentidos. Simbiosis. A veces tengo la sensación de que las partículas de agua se diluyen en mi sangre, cambiando su densidad y desgastando su color. Se filtra la lluvia en mis venas y me siento líquida.
Vuelvo a casa mojada. No hay nadie. Subo las escaleras torpemente y me siento en el taburete del piano. Miro las teclas, los sostenidos me incitan a tocar. Partitura sin clave de sol, sin alteraciones en la armadura, sin ritmos ni tiempo que seguir. Sigue lloviendo. En mi dedo índice suena un fa. Poco a poco, el resto de la mano derecha se va apuntando. El primer compás se ha escrito en el pentagrama vacío. La ilusión escribe el resto de notas, mis manos las leen, y yo las oigo desprenderse de las cuerdas y resonar en la habitación hasta perderse como un eco sordo entre las gotas de mercurio que siguen deshaciéndose de las nubes.
Después de ahogar unas cuantas galletas en un vaso de leche delante de la tele, he cogido la moto y he salido a encontrarme con las olas. La playa estaba vacía. El azul del mar teñido de gris, la arena húmeda, y el cielo de plomo recostado sobre mis hombros. Pesa, pero con la velocidad a penas lo noto. Serían las doce cuando las nubes han empezado a sollozar. No hace frío, pero al calor y al sol se les han pegado las sábanas. El verano se despide en la esquina de setiembre. Esta mañana huele a otoño… y a nostalgia.
Mi casco no tiene visera. Me encanta sentir como las gotas frenan en mi pelo, o en mis cejas, y saltan a las pestañas. Se tambalean unos segundos, moldeando sus moléculas para no abatirse, pero no sirve de nada. Parpadeo y el equilibrio les falla, y caen patinando sobre el hielo de mis mejillas, o resbalan por la nariz hasta deslizarse en el vacío. Días atrás se hubieran confundido con mis lágrimas, pero hoy ya no merece la pena llorar por nada.Me hechiza respirar besos de lluvia. El agua contamina de sueños mi mirada y mi cuerpo, y se cuela por los poros de mi piel para unirse con el interior frío de mis sentidos. Simbiosis. A veces tengo la sensación de que las partículas de agua se diluyen en mi sangre, cambiando su densidad y desgastando su color. Se filtra la lluvia en mis venas y me siento líquida.
Vuelvo a casa mojada. No hay nadie. Subo las escaleras torpemente y me siento en el taburete del piano. Miro las teclas, los sostenidos me incitan a tocar. Partitura sin clave de sol, sin alteraciones en la armadura, sin ritmos ni tiempo que seguir. Sigue lloviendo. En mi dedo índice suena un fa. Poco a poco, el resto de la mano derecha se va apuntando. El primer compás se ha escrito en el pentagrama vacío. La ilusión escribe el resto de notas, mis manos las leen, y yo las oigo desprenderse de las cuerdas y resonar en la habitación hasta perderse como un eco sordo entre las gotas de mercurio que siguen deshaciéndose de las nubes.
arenas de soledad
Deshacerme de tu sombra. Ahogarla en el mar y dejar de sentir como me abraza, y me ahoga. Dejar de sentirte en cada pedacito de alma que congelaste con tus cenizas mágicas. OLVIDARTE. Escribir tu nombre en la arena y saltar encima hasta borrarlo con mis huellas, y prohibirle a la marea que lo rescriba otra noche más. Gritar para estar segura de que te has ido. Y empezar de nuevo, sin mirar atrás. Sonreír y dejar de amargarme. Caminar por las arenas de esta soledad, es lo mejor que he hecho este verano (a parte de volver a hacer el imbécil, como era de costumbre en mí ^^).Powered by Castpost
inviernos de mar
Los años de mi vida sólo constan de otoños e inviernos. Cuando llega la primavera en la Tierra, me adentro con mi barquita al mar y me instalo hasta septiembre en el faro de la isla de las gaviotas. Aquí no hay estaciones ni tiempo establecido, todo gira en torno a los sueños, en este caso, los míos. Por eso, casi siempre sopla aire frío. Las altas temperaturas me derriten. Soy adicta al invierno. El calor, necesito encontrarlo, sentirlo en la piel bajo tres camisetas de manga larga y un jersey (con capucha), en una taza de leche por las mañanas, en el vapor de la ducha, en tus abrazos, o en los calcetines gordos y la mantita a cuadros en el sofá… No soporto que venga porque sí y se amarre durante meses a mis huesos. Soy fría, así que cuando se acerca el verano, recojo la ropa de abrigo y dejo que la marea me lleve a mi islote.
Me hubiera gustado nacer aquí, en este faro. Siempre he querido ser del mar, tanto azul…, no sé, me tranquiliza. Creo que de pequeña me enamoré de las olas. O tal vez no fue de pequeña, a veces mi memoria juega a inventarse recuerdos. Me encanta tumbarme en la arena cuando empieza a estar fría y perseguir la silueta de la playa con la mirada, intentar descifrar el compás que siguen las olas, y sentir como el olor a sal me destapa las fosas nasales y contamina mis sentidos, se disuelve en la sangre y me anestesia cada rincón del cuerpo a medida que fluye, hasta que me hace desconectar del mundo y crear mi paréntesis de ausencia y de sueños. Es genial. Aunque a veces me gustaría tener a alguien con quién compartir estos inviernos de mar. Traer a alguien conmigo, y enseñarle este pequeño mundo pintado de azul. Pero la última vez que lo intenté no funcionó. Tiene que ser alguien especial, alguien con sueños líquidos…
*Ayer estuve en la playa... hacía dos años que no me bañaba en el mar que tengo a diez minutos de casa. Atardecer de olas y arena fría. =)
Me hubiera gustado nacer aquí, en este faro. Siempre he querido ser del mar, tanto azul…, no sé, me tranquiliza. Creo que de pequeña me enamoré de las olas. O tal vez no fue de pequeña, a veces mi memoria juega a inventarse recuerdos. Me encanta tumbarme en la arena cuando empieza a estar fría y perseguir la silueta de la playa con la mirada, intentar descifrar el compás que siguen las olas, y sentir como el olor a sal me destapa las fosas nasales y contamina mis sentidos, se disuelve en la sangre y me anestesia cada rincón del cuerpo a medida que fluye, hasta que me hace desconectar del mundo y crear mi paréntesis de ausencia y de sueños. Es genial. Aunque a veces me gustaría tener a alguien con quién compartir estos inviernos de mar. Traer a alguien conmigo, y enseñarle este pequeño mundo pintado de azul. Pero la última vez que lo intenté no funcionó. Tiene que ser alguien especial, alguien con sueños líquidos… *Ayer estuve en la playa... hacía dos años que no me bañaba en el mar que tengo a diez minutos de casa. Atardecer de olas y arena fría. =)
...
Sí, me quedé vacía, pero de eso ya hace tiempo. La última entrada la colgué en un día raro (la habría borrado, pero prometí que lo colgado, colgado estaba). Estaba cabreada, conmigo y con el mundo entero. Es una manía que tengo, cuando me enfado conmigo misma pienso que este planeta es una mierda.
Estaba más vacía que nunca, y no se me ocurrió pensar que tal vez esa sensación venía como señal de que había tocado fondo, de que me había vaciado del todo y ya no quedaba nada más. Ha sido esta tarde cuando me he dado cuenta de que necesitaba empezar a llenarme de algo. Y ese algo son sonrisas y cargas positivas.

Al poco de conocerte, empecé a hacer hueco para llenarme de ti. No supe controlar y me pasé cavando: lo que tenía que ser tu agujerito creció tanto que me dejó sin espacio para mí. Pero como he dicho antes, de eso ya hace tiempo. Y ahora, por fin, parece que he logrado deshacer tus semillas. Supongo que va siendo hora de que vaya enterrando recuerdos y vuelva a ser esa Caperucita que se levantaba contenta y sonreía de vez en cuando.
Hoy, después de salir del cine, el aburrimiento nos ha llevado a hacernos fotos. Dos horas y setenta imágenes de los cinco haciendo el imbécil (es que eso de las cámaras digitales es un gran vicio). Una tarde patética, pero genial. Me he visto sonreír como hacía tiempo que no lo hacía, y hasta me he gustado en alguna (hay que decir que soy miope y que, después de todo el día, las lentillas se hacen arena en mis ojos…).
Así que aquí estoy. Vacía, pero lista para echar tierra y cultivar lo que haga falta.
Estaba más vacía que nunca, y no se me ocurrió pensar que tal vez esa sensación venía como señal de que había tocado fondo, de que me había vaciado del todo y ya no quedaba nada más. Ha sido esta tarde cuando me he dado cuenta de que necesitaba empezar a llenarme de algo. Y ese algo son sonrisas y cargas positivas.

Al poco de conocerte, empecé a hacer hueco para llenarme de ti. No supe controlar y me pasé cavando: lo que tenía que ser tu agujerito creció tanto que me dejó sin espacio para mí. Pero como he dicho antes, de eso ya hace tiempo. Y ahora, por fin, parece que he logrado deshacer tus semillas. Supongo que va siendo hora de que vaya enterrando recuerdos y vuelva a ser esa Caperucita que se levantaba contenta y sonreía de vez en cuando.
Hoy, después de salir del cine, el aburrimiento nos ha llevado a hacernos fotos. Dos horas y setenta imágenes de los cinco haciendo el imbécil (es que eso de las cámaras digitales es un gran vicio). Una tarde patética, pero genial. Me he visto sonreír como hacía tiempo que no lo hacía, y hasta me he gustado en alguna (hay que decir que soy miope y que, después de todo el día, las lentillas se hacen arena en mis ojos…).
Así que aquí estoy. Vacía, pero lista para echar tierra y cultivar lo que haga falta.
de vacaciones
Hace un año ya que me convertí en Caperucita y empecé a rondar por este bosque. Nunca había oído hablar de los blogs y de repente me vi envuelta en uno, aún no sé por qué. Buceando por arrecifes de enlaces empecé a leer textos en los que me identifiqué de tal manera que hasta yo misma quedé asustada. Leía palabras que creía haber escrito con mi boli negro en mi libreta roja, y sin embargo estaban ahí, al otro lado de la pantalla y firmadas con otros nombres. Era evidente que no eran mías (yo no sé escribir así de bien), tan sólo es que me veía reflejada en ellas. Mi aburrimiento fue el que descubrió la bolloesfera, y la curiosidad la que se aficionó a leer todas aquellas historias que sentía como mías. Pero Caperucita y su timidez tardaron mucho en dejar su rastro en alguno de esos sitios. Muchas veces me gusta pasar desapercibida… debe ser porque mi vergüenza es capaz de alcanzar niveles altísimos, llegando a rozar una especie de “miedo”, o estupidez.
En un año me he hecho adicta a este mundo, y paseo escondida por demasiados bosques. El mío no es que sea muy transcurrido, pero aquí está. Escribir, para mí, es una afición, un desahogo, y una especie de sueño. Con algunos posts me quedo tan encantada delante de la pantalla que hasta me come la envidia. Me encanta como escribís, y me pregunto por qué narices tengo que soñar yo con esto si soy incapaz de combinar más de tres palabras seguidas que me convenzan.
En fin… después de un año, abandono los árboles un tiempo. He perdido el camino, mi cestita, y el lobo. Me he quedado vacía.
En un año me he hecho adicta a este mundo, y paseo escondida por demasiados bosques. El mío no es que sea muy transcurrido, pero aquí está. Escribir, para mí, es una afición, un desahogo, y una especie de sueño. Con algunos posts me quedo tan encantada delante de la pantalla que hasta me come la envidia. Me encanta como escribís, y me pregunto por qué narices tengo que soñar yo con esto si soy incapaz de combinar más de tres palabras seguidas que me convenzan.
En fin… después de un año, abandono los árboles un tiempo. He perdido el camino, mi cestita, y el lobo. Me he quedado vacía.
delfines
Azul. Ayer la piscina estaba más azul que nunca, y el agua era tan transparente que hasta se podía ver el fondo. Los delfines nadaban de una forma especial. O al menos eso me pareció. Estaban más tranquilos de lo normal, aunque por mucho que estén nerviosos, ellos siempre desprenden una especie de armonía.
Me encanta mirarlos.
Haga el tiempo que haga, siempre te reciben con esa media sonrisa bajo los ojos. Vale, ya lo sé, no es que sonrían, es que son así… pero me da igual, para mí sonríen. Además es como si te estuvieran esperando. Cuando te plantas delante de su cristal, se acercan y te miran. Se quedan medio parados, y te saludan. Y si les gusta tu mirada, hasta te hablan. Estoy convencida de que son más inteligentes y más sociables que nosotros. No entiendo cómo se les puede tener encerrados en un espacio tan reducido.
Mi “treball de recerca” trata sobre delfines. Tengo que observarlos y sacar conclusiones. De momento lo único que he sacado son fotos…, y es que cada vez que los veo me quedo empanada, me hipnotizan.
Me encanta mirarlos.
Haga el tiempo que haga, siempre te reciben con esa media sonrisa bajo los ojos. Vale, ya lo sé, no es que sonrían, es que son así… pero me da igual, para mí sonríen. Además es como si te estuvieran esperando. Cuando te plantas delante de su cristal, se acercan y te miran. Se quedan medio parados, y te saludan. Y si les gusta tu mirada, hasta te hablan. Estoy convencida de que son más inteligentes y más sociables que nosotros. No entiendo cómo se les puede tener encerrados en un espacio tan reducido. Mi “treball de recerca” trata sobre delfines. Tengo que observarlos y sacar conclusiones. De momento lo único que he sacado son fotos…, y es que cada vez que los veo me quedo empanada, me hipnotizan.
...
"Una cosa muy rara, desde luego, y que produce vértigo. Tanto como arrimarse a un edificio altísimo en una calle aglomerada y mirar para arriba con la cabeza bien echada hacia atrás, aguantando el viaje de las lejanas nubes allá sobre la cima picuda, que también navega, y sentir al mismo tiempo el roce de la gente a tus espaldas, que te empuja en distintas direcciones. Y acabas por no saber quién se mueve y quién no, ni desde dónde empieza a contar lo de fuera con relación a lo de dentro, ni adónde va nadie. Y mucho menos uno mismo. A mí me pasó una vez en Brasilia, lo estaba intentando en plan experimento, y me tuvieron que recoger del suelo. Bueno, yo no he estado nunca en Brasilia, pero el vértigo es mío."
La Reina de las Nieves, Carmen Martín Gaite
Vértigo... tal vez sea esta la palabra más adecuada para definir lo que fluye en mi cuerpo.
La Reina de las Nieves, Carmen Martín Gaite
Vértigo... tal vez sea esta la palabra más adecuada para definir lo que fluye en mi cuerpo.
¿tú crees que los fantasmas también se sienten solos?
Clavar la mirada en la oscuridad y sentir como las pupilas se van dilatando a ritmo lento. Parpadear, parpadear. Poco a poco, el negro se va diluyendo en sombras grisáceas cada vez más perceptibles. Unos segundos más tarde ya puedo asegurar que son sombras conocidas. He vuelto a despertar en mi habitación, aunque esta noche tus ojos de gato ya no me observan. Deben estar durmiendo, o perdidos en una penumbra ajena. Vete a saber dónde, todavía no entiendo por qué los sustituiste por la mirada de plexiglás que te cosiste en la cara. Pero eso ahora da igual, prometí olvidarte.
Se oye un eco sordo del concierto que daban hoy en la plaza. No me acordaba, es fiesta mayor. Y yo encerrada en casa…, la verdad es que no me apetecía salir. Estos últimos días me siento sola cuando me envuelve la gente. Me abruma el ambiente incrédulo, orgulloso y “superior” en el que fluyen muchas de mis amistades. Y en situaciones así siempre acabo por aislarme y encerrarme en mi planeta de cristal.
Esta noche prefería quedarme en casa, me encuentro más acompañada entre los fantasmas de mi cuarto.
Hablando de fantasmas… ¿tú crees que ellos también se sienten solos? ¿O la soledad es algo que sólo aturde a los de carne y hueso? Yo me siento bien acompañada entre esos duendes invisibles que se mueven sigilosamente en el aire. Tal vez nos hacemos compañía mutuamente, no lo sé. Antes me daban miedo, pero ahora ya no (me aterroriza más la realidad que un simple fantasma). He aprendido a sentirlos, y no son tan malos como me parecía. Sólo se divierten asustando, el miedo es su defensa, nada más. Me gustaría poder hablarles... Voy a pedirles que me cuenten un cuento.
Tengo sueño. Me pongo a pensar y se me olvida dormir. Entre el calor y mi facilidad por divagar, el sueño pasa desapercibido. Pero está ahí, y se va acumulando. ¿Qué hora debe ser? Ya se empieza a colar el sol por las ranuras de la persiana, estará amaneciendo. Haré un esfuerzo por cerrar los ojos y aguantar los párpados para que no se me vuelvan a abrir. Tengo que concentrarme para anestesiar la imaginación y guardar el insomnio bajo el cojín hasta la madrugada de mañana. Buenas noches (o buenos días).
Se oye un eco sordo del concierto que daban hoy en la plaza. No me acordaba, es fiesta mayor. Y yo encerrada en casa…, la verdad es que no me apetecía salir. Estos últimos días me siento sola cuando me envuelve la gente. Me abruma el ambiente incrédulo, orgulloso y “superior” en el que fluyen muchas de mis amistades. Y en situaciones así siempre acabo por aislarme y encerrarme en mi planeta de cristal.
Esta noche prefería quedarme en casa, me encuentro más acompañada entre los fantasmas de mi cuarto. Hablando de fantasmas… ¿tú crees que ellos también se sienten solos? ¿O la soledad es algo que sólo aturde a los de carne y hueso? Yo me siento bien acompañada entre esos duendes invisibles que se mueven sigilosamente en el aire. Tal vez nos hacemos compañía mutuamente, no lo sé. Antes me daban miedo, pero ahora ya no (me aterroriza más la realidad que un simple fantasma). He aprendido a sentirlos, y no son tan malos como me parecía. Sólo se divierten asustando, el miedo es su defensa, nada más. Me gustaría poder hablarles... Voy a pedirles que me cuenten un cuento.
Tengo sueño. Me pongo a pensar y se me olvida dormir. Entre el calor y mi facilidad por divagar, el sueño pasa desapercibido. Pero está ahí, y se va acumulando. ¿Qué hora debe ser? Ya se empieza a colar el sol por las ranuras de la persiana, estará amaneciendo. Haré un esfuerzo por cerrar los ojos y aguantar los párpados para que no se me vuelvan a abrir. Tengo que concentrarme para anestesiar la imaginación y guardar el insomnio bajo el cojín hasta la madrugada de mañana. Buenas noches (o buenos días).
analizando
Ocho meses y aún te siento a mi lado cuando me acuesto en la cama y cierro los ojos. De los días y las noches que han pasado desde aquel amanecer no he sabido llevar la cuenta, pero seguro que son más de 19 y menos de 500.
Acabamos la primavera casi sin hablarnos, y desde que empezó el verano no nos hemos vuelto a cruzar. Lo que sé de ti me ha llegado a través de rumores y comentarios que todavía no sé si creerme. Me preguntó dónde has guardado la chica con quien compartí el frío de un otoño y medio invierno.
Se ve que haberte conocido influyó en mi vida más de lo que pensaba. Tus abrazos y aquel beso son detalles demasiado grandes para meter en el cajón del olvido. En el armario tal vez sí que cabrían, pero de momento aún lo ocupan otro tipo de cosas y tampoco hay sitio. Así que tus recuerdos siguen flotando en el aire caluroso del presente.
A veces, según he oído decir, es necesario mirar los cuadros de lejos, porque cuando se observan muy de cerca se ve todo demasiado turbio. Yo no sé si es verdad, pero ahora que analizo con cierta frialdad y distancia aquel paréntesis de magia que nos aferró por sorpresa, empiezo a entrever otros significados que le pudieron poner punto y final a la historia.
Ya sé que no debería remover los pretéritos porque corro el peligro de estancarme en aguas pasadas, pero es que necesito asegurarme de que no quede ningún tiempo verbal imperfecto que pueda seguir confundiendo mi mente y que desencaje en un asunto que se merece caducar. Aunque por mucho que quiera olvidarlo, se me siguen haciendo nudos en las venas cada vez que por casualidad me cruzó con algo referente a ti, o a nosotras. No sé cuánto tardaré en hacerme inmune a todo esto, ni como decidirá reaccionar mi cuerpo cuando en setiembre empiece a encontrar tu mirada cada mañana.
Acabamos la primavera casi sin hablarnos, y desde que empezó el verano no nos hemos vuelto a cruzar. Lo que sé de ti me ha llegado a través de rumores y comentarios que todavía no sé si creerme. Me preguntó dónde has guardado la chica con quien compartí el frío de un otoño y medio invierno.
Se ve que haberte conocido influyó en mi vida más de lo que pensaba. Tus abrazos y aquel beso son detalles demasiado grandes para meter en el cajón del olvido. En el armario tal vez sí que cabrían, pero de momento aún lo ocupan otro tipo de cosas y tampoco hay sitio. Así que tus recuerdos siguen flotando en el aire caluroso del presente.

A veces, según he oído decir, es necesario mirar los cuadros de lejos, porque cuando se observan muy de cerca se ve todo demasiado turbio. Yo no sé si es verdad, pero ahora que analizo con cierta frialdad y distancia aquel paréntesis de magia que nos aferró por sorpresa, empiezo a entrever otros significados que le pudieron poner punto y final a la historia.
Ya sé que no debería remover los pretéritos porque corro el peligro de estancarme en aguas pasadas, pero es que necesito asegurarme de que no quede ningún tiempo verbal imperfecto que pueda seguir confundiendo mi mente y que desencaje en un asunto que se merece caducar. Aunque por mucho que quiera olvidarlo, se me siguen haciendo nudos en las venas cada vez que por casualidad me cruzó con algo referente a ti, o a nosotras. No sé cuánto tardaré en hacerme inmune a todo esto, ni como decidirá reaccionar mi cuerpo cuando en setiembre empiece a encontrar tu mirada cada mañana.
crónica nº1
Port de Viella, 2400m. Tres horas de excursión para llegar hasta aquí.
A mi espalda, la Maladeta, el Aneto, la Forcanada… gigantes de piedra al pie de las nubes. A vista de pájaro, el camino que ha quedado atrás, con los refugios de armas y las trincheras de la guerra del 36 camufladas en la densa tartera. El río es un hilo que se esconde entre las manchas verdes que esbozan el bosque. A estas alturas ya no crecen los árboles.
De frente, un mar de granito que se descuelga de la pared vertical de la izquierda se mezcla con una colada de rocas rojizas que aparece por la otra ladera, dejándose caer en un vacío, en la nada donde se encierra el valle de Arán. Por aquí bajaremos dentro de un rato.
El viento sopla frío. Está tarde tal vez llueva, aunque de momento no hay muchas nubes, sólo algunas que persiguen su sombra en las montañas. Un buitre sobrevuela mi cabeza. Nada más. Aquí los segundos parecen infinitos, las cosas se vuelven pequeñas, se ven diminutas, insignificantes. El aire es distinto, y la afonía del silencio dilata la soledad. Respiro, y sueño que me pongo las alas que cuelgan en el tendedero de lo irreal, me dejo caer por el precipicio, abro los brazos, y de repente, empiezo a volar.
*crónica un poco cutre, y sin foto =S
A mi espalda, la Maladeta, el Aneto, la Forcanada… gigantes de piedra al pie de las nubes. A vista de pájaro, el camino que ha quedado atrás, con los refugios de armas y las trincheras de la guerra del 36 camufladas en la densa tartera. El río es un hilo que se esconde entre las manchas verdes que esbozan el bosque. A estas alturas ya no crecen los árboles.
De frente, un mar de granito que se descuelga de la pared vertical de la izquierda se mezcla con una colada de rocas rojizas que aparece por la otra ladera, dejándose caer en un vacío, en la nada donde se encierra el valle de Arán. Por aquí bajaremos dentro de un rato.
El viento sopla frío. Está tarde tal vez llueva, aunque de momento no hay muchas nubes, sólo algunas que persiguen su sombra en las montañas. Un buitre sobrevuela mi cabeza. Nada más. Aquí los segundos parecen infinitos, las cosas se vuelven pequeñas, se ven diminutas, insignificantes. El aire es distinto, y la afonía del silencio dilata la soledad. Respiro, y sueño que me pongo las alas que cuelgan en el tendedero de lo irreal, me dejo caer por el precipicio, abro los brazos, y de repente, empiezo a volar.
*crónica un poco cutre, y sin foto =S
de vuelta
Seis horas de autobús para volver a casa tres días más tarde de lo previsto. Dos semanas echando de menos el mar, y ahora, un añito añorando Arán. En fin… vuelvo a dormir en mi cama, o mejor dicho, a no dormir. La bofetada de calor que nos recibió en Barcelona no se merece ser descrita.





