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el bosque de caperucita
"me gusta hablar de nada. es de lo único que sé un poco." Oscar Wilde
Acerca de
-No sé qué me ha pasado. No te ofendas, pero a veces una se siente más libre de hablarle a un extraño que a la gente que conoce. ¿Por qué será? -Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere creer que somos.
Sindicación
 
caducada
Me gusta estar sola, pero no soporto que me contagie la soledad cuando estoy acompañada. Me hace sentir que estoy demasiado sola, sola de verdad. Y es que hay dos tipos de soledad: la que buscas, y la que te encuentra. Últimamente vi que esta segunda venía a por mí, y aunque he intentado esconderme, creo que al final me ha conseguido encontrar.

Quiero que pase el tiempo, acelerar los segundos y plantarme en el otoño del año que viene. Tengo la sensación de que estos días en los que despierto cada mañana están caducados. No tengo ganas de vivirlos, solamente quiero que pasen, que pasen rápido.

Me apetece ver atardeceres. A poder ser en la playa, en la arena fría, con la bufanda y el mar. O caminar por Barcelona, perderme entre la gente por los callejones del gótico, y seguir perfiles de desconocidos que no sé a dónde van. Subir al tren y no ser yo, sólo ser un nadie más que mira por la ventana. O ir al cine, a ver una de aquellas películas que me haga salir de la sala con una sonrisa en los labios… Pero me falta algo. Quizás unos ojos, o un alguien entero que no me mire con caras falsas ni me haga sentir que todo lo que me gusta no son más que estupideces.

Estoy cansada. Necesito y quiero cambiar, empezar de nuevo. Lo he dicho un millón de veces, es verdad, pero es que aún no sé cómo hacerlo. De momento, he dejado de ver la vida en blanco y negro. Vuelvo a sonreír y estoy contenta, pero en el fondo me sigo sintiendo igual. Caducada.
 
me miro, y pienso
Mi cabeza gira. Gira alrededor de nada. Pesan las pestañas de plomo tirando de los párpados, pero no, no voy a dejar que se cierren. Me apetece estar despierta, aunque el sueño reclama a gritos mi atención. Tengo las pupilas rebozadas de arena, necesito sacarme las lentillas y encontrar mis gafas (cómo odio ser miope…)

Escondo la piel bajo los sostenidos y miro por la ventana. Una vez más me refugio desnuda entre las teclas. Suena silencio en mis oídos, no quiero escuchar nada más. Con los dedos paralizados me quedo quieta frente a la tapa negra del piano que sirve de espejo, me miro y pienso. La voz del sueño se queda afónica, y mi cabeza se calma ante estas notas calladas. Y no dejo de pensar, pero evito divagar por los recuerdos.

Los relámpagos iluminan el cielo. Encojo las piernas y me abrazo las rodillas, dejando la cabeza ligeramente apoyada contra la pared. El anochecer vuelve a venir envuelto en tormenta. Podría pasarme horas con la mirada perdida escuchando llover, o mirando la lluvia sin escuchar nada. Pierdo el tiempo, pero me gusta.

No sé dónde estoy. He dejado mi cuerpo tirado en la cama y he salido a airear los secretos. Estos días he “re”aprendido a volar y he recuperado mi afición por perderme. ¿Te acuerdas cuándo nos convertimos en estrellas y nos cosimos con botones a la noche? Sí, he dicho que no quería adentrarme en la memoria, pero es que a veces, de pasada, me atrapa entre sus telarañas y se me hace difícil escapar.

Es mal día para dejar de lado los recuerdos. Hoy he tenido que mudarme al cuarto de al lado, a la habitación donde dormí contigo (las hormigas han invadido mi cama)... Pero, ¿sabes? No lloro. Pensar en ti ya no me duele, sólo me hace sentir rabia, y una especie de odio borroso cada vez que nos cruzamos por los pasillos y haces ver que miras la pared. Entre tú y yo no hubo mucho más que nada, pero como ya sabrás, soy especialista en magnificar las nadas y hacer que me importen más que muchos algos.

Los pequeños detalles, por diminutos que parezcan, son los que me enamoran, los que me hacen sonreír y me alegran los días. Me paso la vida haciendo puzzles de nimiedad. Muchas veces me siento (y me hacen sentir) absurda, pero me da igual. Hace tiempo intenté cambiar mi interés por las pequeñas cosas y darle importancia a lo que se suponía que era “grande”, y me perdí en un laberinto de ignorancia que me robó las sonrisas. No funcionó. Yo soy así, insignificante. Llámame absurda si quieres, a mi me gusta identificarme con Amelie.

Sigue girando mi cabeza. Hace rato ya que las agujas del reloj se encontraron para marcar la media noche. Me saco las gafas y una nube de humo difumina mis perspectivas. Ahora sí, se caen las pestañas de plomo arrastrando suavemente los párpados. Me esconden la mirada. Vuelvo a meterme en mi cuerpo, me soplo los secretos al oído para asegurarme de dejarlos bien guardados... y me duermo.
 
hadas
Una noche de otoño, cercana al invierno. El frío se entrelazaba con las sábanas que tapaban sus abrazos. Ellas apenas lo apreciaban. La sangre les fluía cálida por las venas, y mantenía el calor de su piel. Encerradas en la oscuridad de una habitación con una cama sin sueño, jugaban a contarse cuentos de estrellas y de hadas que volaban hacia la Luna.

Necesitaban sentirse cerca, sentir sus cuerpos para olvidarse de la soledad. Pero ellas no lo sabían, no pensaban en eso. Sólo eran dos niñas que dormían de la mano para deshacer la escarcha de la noche. O no, creo que no dormían, no tenían sueño. Hablaban, de la vida, del miedo, de la magia, de todo lo que se les pasaba por la cabeza. Y cosían abrigos con sus sueños.

No les preocupaba demasiado el tiempo, ni el pasado ni el futuro. Lo único que deseaban era que aquella madrugada no terminara nunca. Destaparon el techo de la habitación para mirar el cielo y volar en el vacío del universo que las envolvía. Querían llegar a la Luna. Ser dos hadas cómo las de sus cuentos inventados y saltar de estrella en estrella hasta alcanzar ese gajo de luz tenue.

La imaginación las dejó en silencio. Sus dedos seguían entrecruzados. Pronto dejaron de observar el infinito. Ahora, sin decir nada, se perdían en el reflejo de sus miradas. No tenían sueño. Pero tampoco ganas de hablar. Aisladas de la realidad, flotaban en burbujas de fantasía recubiertas de cristal. Las manos se les empezaron a enredar con los cabellos mientras respiraban el aliento tibio del otoño.

Tus latidos perdieron el control, dejaste de mirarme. No sé en qué pensabas. Te intenté calmar. Me pusiste la mano sobre tu corazón, y sentí como se aceleraba la sangre quemando tus sentidos. Se aceleró todo. Labios, silencios y palabras diluidos con nuestros sueños. No sé qué pasó. De repente apareció mi miedo. Y el hielo que me congela la razón. Malditos miedos…

¿Éramos tú y yo? No, creo que no… Yo estoy aquí, y tú… tú ni siquiera sé si has llegado existir en algún sitio más que en mi memoria. Ellas dos no están, desaparecieron. Hicieron un trato con la madrugada para que les prestara unas alas, y al amanecer, salieron a volar. A ellas no se les rompió la burbuja. Sin embargo, la nuestra la rompí yo, abrí una grieta para que se colara el frío, me helara la ilusión, y amarrara escarcha alrededor de mis huesos.
 
septiembre mojado
Los truenos vuelven a discutir con la noche. Hace tres días que llueve, y no parece que las nubes quieran dejar de llorar. Siento que el otoño viene de camino mientras septiembre se moja.

Se ha ido la luz. El viento se enreda con los árboles y les enseña a bailar esquivando relámpagos. Las farolas de la calle no se han apagado, deben haber saltado sólo los plomos de mi casa. Pasa el tiempo igual que cae la lluvia, como si cada gota fuera un segundo, que se va sumando a otro, y a otro, y a otro más, y así se acumulan en minutos, en horas y en días enteros que se desploman hacia el suelo, atraídos por la fuerza de gravedad de la eternidad. Son las doce, ya hace una semana que se me empezó a oxidar el reloj, ¿significará algo…?

Tumbada en la cama siento como me empapo bajo esta tormenta que inunda mi ciudad. Miro el techo, pienso, sueño, pinto cuadros de aquellos abstractos con colores transparentes, me hablo y no escucho; no intento dormir. Echaba de menos el frío que se cuela por la ventana.

Mañana el despertador sonará a las siete. Apagaré la alarma y me quedaré tapada un ratito más. Seguramente me levantaré media hora más tarde y me vestiré con prisas, como siempre. Si me da tiempo comeré algo. Me acabaré de despertar con el frío que agarraré en la moto. Llegaré a clase convertida en hielo, y me iré deshaciendo poco a poco entre derivadas, funciones, y filósofos griegos. Ojalá que siga lloviendo.

"Ojalá que las ojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal..."



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...
Se acerca el otoño. La marea ha subido, ha venido a buscarme para regresar al mundo. La luna dice que ya es hora de abandonar esta isla, y tengo entendido que pocas veces miente. Así que haré las maletas.

Este verano ha sido especial. O tal vez se defina mejor como extraño. No he seguido ninguna de les expectativas que me planteó la primavera. Y en parte, me alegro. Digamos que lo único que he hecho ha sido reconstruirme.

En mayo mi vida era un montón de piezas rotas esparcidas por el suelo. En junio me dediqué a llorar y a pisarlas. Pero el sol de julio me secó las lágrimas y me prestó una escoba para barrer los pedacitos que aún se podían aprovechar de lo que quedaba de mí. Llegó agosto con hilo, alfileres e imperdibles, y empecé a coserme el ánimo y las costuras de la piel. A finales de mes ya había acabado de rehacer mi vestido.

Septiembre ha abierto sus puertas, y aquí estoy. Me aguanto de pie, y hasta sonrío. Tengo los bolsillos llenos de retazos de sueños que perseguir. Pero no sueños como los de antes, estos son distintos. Son míos, no me los han creado ni los comparto con nadie capaz de deshacérmelos. Bueno, suena un poco egoísta, pero al fin y al cabo dicen que el hombre es egoísta por naturaleza, ¿no?

Me siento rara. Pero también bien. Parece que ponerle fin a la historia de ilusiones que me hizo vivir aquella chica con sus miradas ha servido para cerrar el paraguas de dudas existenciales que se abrió hace ya dos años sobre mi cabeza. Sí, dos años. Se dice rápido, pero si te paras a pensarlo, es mucho tiempo comparado con los años que llevo cumplidos en este planeta.

He estado rayada, empanada, inquieta, agobiada, cansada de darle vueltas a todo… y harta de escuchar hablar y de querer gritar estando afónica. Ahora no sé que me pasa, pero he dejado de preocuparme. Este invierno de mar me ha aclarado las ideas. He comprendido la importancia de las miradas y las sonrisas mientras ordenaba mis estanterías, dejando los malos momentos arriba de todo y poniendo a primer alcance los recuerdos y las fotos que me gusta mirar.

Hoy veo el mundo con otros ojos. ¿Será verdad que he crecido? Sea por lo que sea, han sido unas buenas vacaciones, aunque no muy productivas a simple vista. En fin, no me entretengo más; voy a recoger mi equipaje, y a despedirme del faro, que las olas ya hace rato que me esperan para devolverme a la realidad.
 
paisajes
Viento en la cara, juega con mis cabellos y hace sonar el cascabel que cuelga de mi rasta. A lo lejos el camino se estrecha. Una línea recta de alquitrán se dibuja hasta el pie del faro. Agua en los 180 grados de horizonte que alcanza mi vista. Ahora no hay que mirar hacia atrás. El aire se me enreda con las pestañas e intenta cerrarme los párpados. Pero no lo consigue.

El motor de la moto se calla. Hemos llegado al final. El faro de Barberia vigila el mar desde el borde del acantilado que se despliega hacia al vacío. El sol pinta de luz su sombra en el agua. Apenas se oye como las olas escarban la roca ahí abajo. ¿Quién no se cosería unas alas a la espalda, y se dejaría caer hasta encontrar la corriente idónea para planear sobre esta sábana azul?

Si fuera por mí, me quedaría un ratito más. Pero la compañía es un poco inquieta y quiere aprovechar los tres días al máximo, así que sólo hay tiempo de hacer cuatro fotos y montarnos en la moto para cambiar de lugar. Yo no puedo conducir porque me olvidé los papeles, así que me toca ir detrás con la mochila enorme de mi hermana, mis cosas, y los patos con las gafas de buceo… (Soy algo así como la burra de carga, pero me ahorraré las quejas, vamos a tener la fiesta en paz).

Nos movemos en dirección al Caló dels Morts. Tarde de playa, igual que la mañana. Algo me roza la pierna mientras nado. Peces plateados del tamaño de mi mano se deslizan junto a las algas. Apenas hay arena para desplegar las toallas, y la poca que hay ya está ocupada, pero da igual, aquí nos quedamos. Los pocos rayos de luz que quedan juegan con la silueta de un hippie tocando el didgeridoo en lo alto de una roca. No me canso de hacer fotos.

Las agujas del reloj nos avisan de que toca cambiar de paisaje. Esta vez la brújula apunta hacia el Blue Bar. Despido al sol con una coca cola en la mano, y la cámara en la otra. El horizonte aspira los últimos restos de día, mientras la luna se dibuja silenciosa entre manchas de algodón. Música en mis oídos para hacer bailar al atardecer con las olas.

Una vez en casa, ducha fría bajo la luna que ya se ha hecho con la noche. Abro el libro en la terraza, pero me quedo encantada mirando el mar. El calor se ha ido a dormir, y la brisa me refresca la piel. Mañana ya volvemos a Barcelona. Me iré con buen sabor de boca (y con ganas de más). Sé que algún día volveré a este islote lleno de faros.

*Demasiadas palabras intentan sacar mis dedos…
 
*de vuelta...
Las nubes han despertado pegadas al cielo, tal y como las dejé. El calor vuelve a apretar esta mañana, aprovechando los últimos días que le quedan de protagonismo. Y el sol asoma su mirada con timidez entre la sabana gris que le arropa. Vuelvo a estar en casa.

Mi mar es bonito, pero las olas que llegan hasta esta playa están completamente desteñidas al lado de las que arañan los acantilados y acarician las playas de esa pequeña isla, Formentera. Faros de sueño en cada punta. Calas de postal y casitas blancas en cada rincón. Es precioso.

Aún tengo que ordenar palabras y adjetivos. No he tenido tiempo de escribir, tres días no dan para tanto. A medida que deshaga la mochila, desharé el nudo de letras y fotos que metí a presión entre la ropa, a ver si soy capaz de sacar algo decente.
 
vacaciones de última hora
Cambio de planes…

Estos días tenía que mentalizarme para bajar de mi nube y ponerme las pilas en la Tierra. El lunes empezaba a entrenar y, dentro de nada, las clases. Pero mi palo de hockey, las libretas en blanco y las partituras tendrán que esperar.

Setiembre me ha traído una hermana y un billete de avión. Bueno no, la hermana ya la tenía de antes (o mejor dicho, de siempre). Esta noche sobrevuelo el mar para despertar en Ibiza. Con suerte, mañana dormiré en Formentera.

El bikini, una toalla, un poco de música, dos camisetas y un libro. Ah, y la cámara. Vacaciones de última hora. Tres días de los que pienso explotar todos sus segundos, aunque sea con estupideces de las mías… Quién me iba a decir a mí que este verano aún me quedaba tiempo para volar… =)

¡Nos vemos!
 
paranoia
Me pregunto por qué, después de tanto tiempo, las letras de su nombre siguen teniendo una forma especial. Como sus fotos y los recuerdos borrosos que se esconden entre las telarañas y los ácaros de mi memoria. Aunque no me quedan muchas imágenes nítidas que reflejen su cara. Su recuerdo es raro, lo tengo ahí, pero me cuesta verlo. Es como una presencia invisible; sé que está porque lo siento, pero nada más. Quizás se ha desgastado de llevar tanto tiempo guardado...

Pensar en él me hace sentir niña (más niña de lo que soy). De pequeña, le metía en mis sueños porque me daba miedo olvidarle.

Cinco años a penas sin vernos. Ayer volvió a hacer una de esas apariciones repentinas en mi vida. Lo típico, cruzar las cuatro palabras de siempre (esta vez a través del ordenador): que si tenemos que vernos, y hablar, y contarnos en una tarde que es de nuestras vidas…

No sé por qué me tiemblan las piernas cada vez que nos cita la casualidad, por qué cuando estamos juntos seguimos siendo esos dos niños que jugaban a regalarse rosas el día de st. Jordi en el colegio, y por qué las últimas veces que he hablado con él me he quedado dormida soñando que me besaba… ¿Alguien me lo explica? Es que yo no lo entiendo…