nocturno
Quiere conocerse. Analizarse. Pero no sabe hacerlo. Se hace radiografías mentales, ecografías que luego no sabe interpretar. A veces tiene miedo. Más que miedo, inseguridad. Y quiere saber por qué.
Por qué se siente enana cuando sale a la calle, por qué prefiere mirar el mar que ver la tele; por qué, a veces, no soporta a nadie y se siente sola; por qué le preocupa saber si es egoísta, o borde; por qué, cuando alguien se fija en ella, se pone nerviosa; por qué pierde el tiempo haciéndose todas estas preguntas inútiles, absurdas...
Dichosas preguntas, otra vez. ¿Por qué es incapaz de hacer lo que realmente quiere si no hay nada (particular, concreto) que se lo impida? ¿Por qué no deja de pensar en lo que pensarán?
Tímida, insegura y soñadora. ¿Por qué dicen que es valiente, si en realidad no hace más que esconderse del mundo?
Suena al piano un nuevo reto, Chopin:
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amanecer
Telarañas de color púrpura se enredan en el cielo y disimulan los bostezos del sol. Los míos me los trago. Nubes de algodón de azúcar flotan en el horizonte. Naranjas y azules suaves retocan lo que empieza a ser un día gris.
Me desenredo las pestañas y abro al máximo los párpados. El amanecer se deja mirar con ojos tristes. Las calles se despiertan, se apagan las farolas que iluminan el asfalto y empieza a subir el telón de esta mañana de lunes.
Hace más de una semana que no me paro a hablar con el mar. Ni a mirarlo. Es otoño, la playa está más bonita que nunca, y la humedad desprende olor a sal. Las olas susurran eses difusas mientras se abrazan a la arena. Llueve soledad. Una soledad que siempre me ha gustado.
Pero hoy no quiero mojarme. No quiero besos de lluvia, ni almohadas para abrazar, ni Soledad. Se me hacen nudos en la garganta cada vez que se acerca a mis labios un esbozo de la palabra.
Tragar, engullir ilusiones, lágrimas heladas, besos deshechos, sueños y sonrisas de papel. Esconderme bajo un disfraz. A veces tengo la sensación de que es lo único que hago. Congelarme.
Y el frío empieza a doler sobre las mejillas. Se cristalizan las pecas y se clavan como astillas en la piel. En la nariz, al lado izquierdo del cuello, junto al labio, en el perfil del ojo… por todas partes.
Busco y comparto amanecer.
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Me desenredo las pestañas y abro al máximo los párpados. El amanecer se deja mirar con ojos tristes. Las calles se despiertan, se apagan las farolas que iluminan el asfalto y empieza a subir el telón de esta mañana de lunes. Hace más de una semana que no me paro a hablar con el mar. Ni a mirarlo. Es otoño, la playa está más bonita que nunca, y la humedad desprende olor a sal. Las olas susurran eses difusas mientras se abrazan a la arena. Llueve soledad. Una soledad que siempre me ha gustado.
Pero hoy no quiero mojarme. No quiero besos de lluvia, ni almohadas para abrazar, ni Soledad. Se me hacen nudos en la garganta cada vez que se acerca a mis labios un esbozo de la palabra.
Tragar, engullir ilusiones, lágrimas heladas, besos deshechos, sueños y sonrisas de papel. Esconderme bajo un disfraz. A veces tengo la sensación de que es lo único que hago. Congelarme.
Y el frío empieza a doler sobre las mejillas. Se cristalizan las pecas y se clavan como astillas en la piel. En la nariz, al lado izquierdo del cuello, junto al labio, en el perfil del ojo… por todas partes.
Busco y comparto amanecer.
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sins entido
Tres folios sobre la mesa verde, calculadora y boli negro. Oscilaciones, funciones vectoriales y varias dimensiones. Rompe el silencio el sonido de unos dedos que teclean desesperadamente numeritos en busca de resultados. Y el crujido de las hojas anaranjadas que mueve el viento y se cuela con humedad por las ventanas.
También oigo mi respiración, suave. He guardado los nervios en el bolsillo de la chaqueta. En mi cabeza sólo he dejado hueco para las fórmulas.
Miro el reloj, queda media hora para que suene el timbre. Treinta minutos para despejar la T de tiempo de esta ecuación y encontrar la frecuencia y la velocidad angular de este movimiento vibratorio.
No sé dónde tengo la concentración. Cierro los párpados durante unas pocas décimas de segundo y la única velocidad angular que encuentro es la de mis ojos dando vueltas por inercia sobre un eje de inestabilidad. Alguien se dedica a jugar a canicas con mis pupilas.
Una ráfaga de aire frío se filtra por debajo la camiseta y me dibuja espirales en la espalda. Me trae escalofríos.
No consigo despejar la T, pero sí mi mente. Se evaden mis neuronas siguiendo la flecha de un vector que las arrastra a soñar. Sin tiempo en la ecuación, no puedo solucionar la derivada… Necesito concentrarme.

Omega al cuadrado multiplicado por la amplitud con signo negativo, dos pi dividido entre la frecuencia del movimiento vibratorio armónico simple. Siguen rompiendo el silencio las teclas de las calculadoras, y algún resoplido de exasperación. El ángulo de las agujas del reloj se ha reducido, ya son las once. Diez minutos para terminar.
Parpadeo, y de repente desaparezco del aula. Los espirales de frío se han convertido en mi caparazón, mi refugio. A veces me pasa, sueño que me transformo en caracol, o en caracolas con alas, y me escondo del mundo. Son sueños de estos “sins entido”, aunque ahora que lo pienso, los sueños, por el simple hecho de ser sueños, no creo que tengan que ningún sentido.
Tengo la cabeza saturada.
También oigo mi respiración, suave. He guardado los nervios en el bolsillo de la chaqueta. En mi cabeza sólo he dejado hueco para las fórmulas.
Miro el reloj, queda media hora para que suene el timbre. Treinta minutos para despejar la T de tiempo de esta ecuación y encontrar la frecuencia y la velocidad angular de este movimiento vibratorio.
No sé dónde tengo la concentración. Cierro los párpados durante unas pocas décimas de segundo y la única velocidad angular que encuentro es la de mis ojos dando vueltas por inercia sobre un eje de inestabilidad. Alguien se dedica a jugar a canicas con mis pupilas.
Una ráfaga de aire frío se filtra por debajo la camiseta y me dibuja espirales en la espalda. Me trae escalofríos.
No consigo despejar la T, pero sí mi mente. Se evaden mis neuronas siguiendo la flecha de un vector que las arrastra a soñar. Sin tiempo en la ecuación, no puedo solucionar la derivada… Necesito concentrarme.

Omega al cuadrado multiplicado por la amplitud con signo negativo, dos pi dividido entre la frecuencia del movimiento vibratorio armónico simple. Siguen rompiendo el silencio las teclas de las calculadoras, y algún resoplido de exasperación. El ángulo de las agujas del reloj se ha reducido, ya son las once. Diez minutos para terminar.
Parpadeo, y de repente desaparezco del aula. Los espirales de frío se han convertido en mi caparazón, mi refugio. A veces me pasa, sueño que me transformo en caracol, o en caracolas con alas, y me escondo del mundo. Son sueños de estos “sins entido”, aunque ahora que lo pienso, los sueños, por el simple hecho de ser sueños, no creo que tengan que ningún sentido.
Tengo la cabeza saturada.
música
Preludio de Bach. Tres voces que se persiguen entre sostenidos y bemoles. Fusas corriendo detrás de corcheras, blancas y negras enlazadas que aguantan el esqueleto del pentagrama. Metrónomo de lluvia. Silencios cortos, tiempos débiles para respirar.
Hoy te he vuelto a mirar. Desde lejos.
Cresciendo en la primera voz que culmina con el timbre agudo de un do. La mano izquierda sigue ahí abajo, en clave de fa. Tres octavas más arriba, tambalea el dedo meñique de la derecha durante una milésima de segundo, y resbala con inseguridad al si. Cae al la, luego al sol. Cogen velocidad las notas al deslizarse por la escalera buscando la gravedad. Más rápido, cada vez más… hasta que un sostenido de repente frena toda la intensidad.
He vuelto a verte algo especial, como cuando te miraba sin
conocerte. Se me encogen los pulmones, me cuesta respirar. Hace tres días llegué a decir que te odiaba.
Respiran los dedos, y poco a poco, empiezan a subir sigilosamente escalones de dos en dos. Diminuendo. Combinación de armónicos, ligeros agudos, graves ligados… Las corcheras se dilatan, han perdido el tiempo en el anterior compás.
Han sido unos pocos segundos, pero se ha parado el mundo. Sin darme cuenta he dejado de escuchar. La ansiedad no me dejaba hablar, no podía dejar de mirarte. Silencio estridente rebotando en mis oídos.
Se les acaba la voz a las teclas, pero aún se dejan tocar. Suaves sonidos, todos iguales, sin acentuar. Ritardando a cada nota… Do menor, acorde final.
No quiero sentir nada por ti.
Centrar la concentración en las teclas, en las respiraciones, los fortes y los pianos. Sentir como se desprende melodía de las manos. Dejarse llevar, y dejar de pensar. ¿Qué se siente?
Cierro los ojos. Cojo aire, y lo suelto lentamente por la nariz. Cuento hasta tres. Se me abren los párpados y empiezo a andar. Piso sin querer tu sombra. Sonrío mientras empiezo a cantar. El mundo gira, no me había dado cuenta, ya no estás.
*Nunca he podido imaginarme la vida sin música… Se me hace imposible.
Hoy te he vuelto a mirar. Desde lejos.
Cresciendo en la primera voz que culmina con el timbre agudo de un do. La mano izquierda sigue ahí abajo, en clave de fa. Tres octavas más arriba, tambalea el dedo meñique de la derecha durante una milésima de segundo, y resbala con inseguridad al si. Cae al la, luego al sol. Cogen velocidad las notas al deslizarse por la escalera buscando la gravedad. Más rápido, cada vez más… hasta que un sostenido de repente frena toda la intensidad.
He vuelto a verte algo especial, como cuando te miraba sin
conocerte. Se me encogen los pulmones, me cuesta respirar. Hace tres días llegué a decir que te odiaba. Respiran los dedos, y poco a poco, empiezan a subir sigilosamente escalones de dos en dos. Diminuendo. Combinación de armónicos, ligeros agudos, graves ligados… Las corcheras se dilatan, han perdido el tiempo en el anterior compás.
Han sido unos pocos segundos, pero se ha parado el mundo. Sin darme cuenta he dejado de escuchar. La ansiedad no me dejaba hablar, no podía dejar de mirarte. Silencio estridente rebotando en mis oídos.
Se les acaba la voz a las teclas, pero aún se dejan tocar. Suaves sonidos, todos iguales, sin acentuar. Ritardando a cada nota… Do menor, acorde final.
No quiero sentir nada por ti.
Centrar la concentración en las teclas, en las respiraciones, los fortes y los pianos. Sentir como se desprende melodía de las manos. Dejarse llevar, y dejar de pensar. ¿Qué se siente?
Cierro los ojos. Cojo aire, y lo suelto lentamente por la nariz. Cuento hasta tres. Se me abren los párpados y empiezo a andar. Piso sin querer tu sombra. Sonrío mientras empiezo a cantar. El mundo gira, no me había dado cuenta, ya no estás.
*Nunca he podido imaginarme la vida sin música… Se me hace imposible.
Respirar otoño.
Otoño…
Dejarme comer por las callejuelas laberínticas de la ciudad, siguiendo caminos que dibujan en el suelo la huella de zapatos que no van a ningún lugar. Capuchas de colores, abrigos y bufandas a rayas que se abrazan a espirales de frío. Paseos con olor a chocolate caliente y a gofres.
Caminar bajo la lluvia, mojarme de hojas secas. Cielos marrones, naranjas, rojizos, algunos verdes, amarillos viejos… Alfombras de hojarasca, susurros bajo los pies que rompen tímidamente el silencio de los pasos. El viento envuelve los árboles, ellos, sin quejarse, se dejan desnudar… Piel rugosa con antojo de invierno y escarcha de madrugada.

Noches que le roban horas al día. Lluvias de mercurio, de hielo, de estrellas, de tiempo, de sal… Amaneceres congelados, sol con gorrito de punto y chaqueta que despierta mientras me caliento las manos con el vapor que desprende la leche y las tostadas en el fuego.
Tardes de mar, oliendo la sal al compás del vals de la brisa y las olas. Tumbarme de cara al cielo, y sentir como las nubes de algodón me acarician la piel, o como, otro día, el peso de la tormenta hace equilibrio sobre mi nariz. Arena de nieve, frío de atardecer.
Luna llena que difumina las nubes con humo de luz. Esta noche ha empapado el aire, el jardín, y la calle. Huele a mojado…, respiro otoño, por fin. =)
Ojos color otoño. Piel de setiembre, cabellos de octubre, voz de noviembre… Deseos y sueños de invierno.
Dejarme comer por las callejuelas laberínticas de la ciudad, siguiendo caminos que dibujan en el suelo la huella de zapatos que no van a ningún lugar. Capuchas de colores, abrigos y bufandas a rayas que se abrazan a espirales de frío. Paseos con olor a chocolate caliente y a gofres.
Caminar bajo la lluvia, mojarme de hojas secas. Cielos marrones, naranjas, rojizos, algunos verdes, amarillos viejos… Alfombras de hojarasca, susurros bajo los pies que rompen tímidamente el silencio de los pasos. El viento envuelve los árboles, ellos, sin quejarse, se dejan desnudar… Piel rugosa con antojo de invierno y escarcha de madrugada.

Noches que le roban horas al día. Lluvias de mercurio, de hielo, de estrellas, de tiempo, de sal… Amaneceres congelados, sol con gorrito de punto y chaqueta que despierta mientras me caliento las manos con el vapor que desprende la leche y las tostadas en el fuego.
Tardes de mar, oliendo la sal al compás del vals de la brisa y las olas. Tumbarme de cara al cielo, y sentir como las nubes de algodón me acarician la piel, o como, otro día, el peso de la tormenta hace equilibrio sobre mi nariz. Arena de nieve, frío de atardecer.
Luna llena que difumina las nubes con humo de luz. Esta noche ha empapado el aire, el jardín, y la calle. Huele a mojado…, respiro otoño, por fin. =)
Ojos color otoño. Piel de setiembre, cabellos de octubre, voz de noviembre… Deseos y sueños de invierno.
odio
El mar. Rabia y tristeza. Eco de mentiras que rebota en el interior de mis tímpanos. Quiero gritar y deshacer esta especie de odio que me estrangula los nervios.
Sentarme en la arena y tirarle piedras a todos tus recuerdos. Piedras bien grandes, con toda mi fuerza, hasta destrozarlos y hacer polvo con ellos. Borrar tus fotos y ahogar tu nombre.
Ni siquiera tengo ganas de gastar tiempo en llorar.
Te contagié mi tristeza, mi mal humor y mi manera gris de verlo todo. ¿Fui yo también la que te enseñó a mentir? Porque puede que no sea la persona más alegre y divertida del mundo, pero no miento. Y no soporto que me mientan.
Me hiciste creer que era una amargada, que no sabía disfrutar de la vida… Y encima llegué a pensar que tenías razón, que me abriste los ojos y me hiciste ver que el mundo no era una mierda. Pero no me había dado cuenta de que antes de conocerte no era así, de que fuiste tú la que me amargó.
Hace tiempo que me ignoras. Hoy he entendido por qué eres incapaz de mirarme a los ojos. He entendido por qué no me hablas, y por qué me tratan de rara todas tus queridas “amigas”. Has esparcido tus patéticos secretos como si fueran míos.
Me ha faltado oxigeno cuando el aire me ha susurrado tus mentiras al oído. Ahora yo tampoco sé mirarte. Me ahogo.
Tu palabra contra la mía. Quién me va a creer si digo que no es verdad. No merece la pena intentarlo. Quédate con tus mentiras y la reputación de “guay” que te has ganado. Yo me quedo con mi odio.
Anochece, sigo apedreando mi memoria. La ira calma el dolor. Tengo que echarte de mi vida.
La arena se enfría. Este es el único lugar donde podía acabar hoy, frente a él, frente al mar. El único que aceptaría mi presencia sin dudar ni juzgarme. Las olas me creen, o al menos no me engañan.
Me cuesta confiar en la gente. Soy una caja de secretos, lo sabe medio mundo. Algunos dicen que soy una piedra, otros están convencidos de que sólo es un disfraz. También se me define como borde, exigente y demasiado crítica, además de poco cariñosa. Bueno, y excesivamente tímida.
Tú me lo quitaste, el vestido de piedra. Contigo sentí. Y hasta conseguí regalar algún abrazo sin más.
Ahora me siento utilizada, engañada, cabreada conmigo misma.
¿Secretos? Me los has robado, igual que hiciste con la ilusión y las ganas de soñar. Me has vuelto a pisar, y a hacer que se me haga imposible volver a encontrar un poco de confianza.
Vete. Sal de mi vida. ¿No me has oído?
Sentarme en la arena y tirarle piedras a todos tus recuerdos. Piedras bien grandes, con toda mi fuerza, hasta destrozarlos y hacer polvo con ellos. Borrar tus fotos y ahogar tu nombre.
Ni siquiera tengo ganas de gastar tiempo en llorar.
Te contagié mi tristeza, mi mal humor y mi manera gris de verlo todo. ¿Fui yo también la que te enseñó a mentir? Porque puede que no sea la persona más alegre y divertida del mundo, pero no miento. Y no soporto que me mientan.
Me hiciste creer que era una amargada, que no sabía disfrutar de la vida… Y encima llegué a pensar que tenías razón, que me abriste los ojos y me hiciste ver que el mundo no era una mierda. Pero no me había dado cuenta de que antes de conocerte no era así, de que fuiste tú la que me amargó.
Hace tiempo que me ignoras. Hoy he entendido por qué eres incapaz de mirarme a los ojos. He entendido por qué no me hablas, y por qué me tratan de rara todas tus queridas “amigas”. Has esparcido tus patéticos secretos como si fueran míos.
Me ha faltado oxigeno cuando el aire me ha susurrado tus mentiras al oído. Ahora yo tampoco sé mirarte. Me ahogo.
Tu palabra contra la mía. Quién me va a creer si digo que no es verdad. No merece la pena intentarlo. Quédate con tus mentiras y la reputación de “guay” que te has ganado. Yo me quedo con mi odio.
Anochece, sigo apedreando mi memoria. La ira calma el dolor. Tengo que echarte de mi vida.
La arena se enfría. Este es el único lugar donde podía acabar hoy, frente a él, frente al mar. El único que aceptaría mi presencia sin dudar ni juzgarme. Las olas me creen, o al menos no me engañan.
Me cuesta confiar en la gente. Soy una caja de secretos, lo sabe medio mundo. Algunos dicen que soy una piedra, otros están convencidos de que sólo es un disfraz. También se me define como borde, exigente y demasiado crítica, además de poco cariñosa. Bueno, y excesivamente tímida.
Tú me lo quitaste, el vestido de piedra. Contigo sentí. Y hasta conseguí regalar algún abrazo sin más.
Ahora me siento utilizada, engañada, cabreada conmigo misma.
¿Secretos? Me los has robado, igual que hiciste con la ilusión y las ganas de soñar. Me has vuelto a pisar, y a hacer que se me haga imposible volver a encontrar un poco de confianza.
Vete. Sal de mi vida. ¿No me has oído?





