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el bosque de caperucita
"me gusta hablar de nada. es de lo único que sé un poco." Oscar Wilde
Acerca de
-No sé qué me ha pasado. No te ofendas, pero a veces una se siente más libre de hablarle a un extraño que a la gente que conoce. ¿Por qué será? -Probablemente porque un extraño nos ve como somos, no como quiere creer que somos.
Sindicación
 
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Tristeza comprimida, esta vez con razón de ser. Semana de malas noticias acompañadas de atardeceres de magia difusa. Atardeceres que ya no me apetece ver sola.

Intento mirarme de lejos. Mi mundo gira al revés, no sé quién le ha cambiado el sentido. Observo atentamente. No encajo en mi vida… en la vida. O quizás es que no quiero encajar.

Dicen que nací cabreada con el mundo. Hoy no estoy enfadada, solamente aturdida. Y triste.

*Me cuesta entender por qué hay gente que me ve como una persona alegre y divertida, y sin embargo hay otras personas que creen que llevo la tristeza incrustada en los ojos. Opiniones cercanas que se contradicen.

Me voy a dormir, con las ansias de volar y desaparecer guardadas bajo la almohada.

“Hay noches estrelladas y días que se estrellan contra el suelo”.
 
el mar













Lágrimas de plástico azul que se pierden entre las olas. Intento pescar mi vida.



"Siempre me quedará la voz suave del mar,
volver a respirar..."
 
peces de colores
*Sueño: lo que carece de realidad o fundamento y que no tiene probabilidad de realizarse.


Sí, sueño. Hace días que no sé hacer nada más que soñar. Divagar por cuadros invisibles pintados con ideas surrealistas que no existen más allá de mi imaginación, de mi mundo, esa pecera de papel impermeable llena de agua de mar.

Dicen que los peces de colores tienen una memoria de dos segundos. A veces me gustaría cerrar los ojos fuerte, muy fuerte, y borrar todos esos recuerdos que hacen que el agua de mi pecera esté demasiado salada. Abrir los párpados y empezar de cero. A veces me gustaría convertirme en pez; aunque, bueno, ellos no tienen párpados…

Algo me comprime el pecho, un nudo en la tráquea que me hace respirar más rápido de lo normal. Siento que se me empapan las pestañas, miro por la ventana y me froto la cara con las mangas del jersey. Hace calor aquí dentro pero tengo las manos heladas.

Los de la mesa de al lado también celebran un cumpleaños. “Van a tardar las pizzas, lo siento” , dice el camarero. “No pasa nada”, responde una voz conocida. De mientras hablamos y nos hacemos fotos. Sonrisas efímeras que se disimulan entre las risas de los demás. No me apetece hablar… ¿qué coño me pasa?

Miro la luz naranja de la farola, la copa llena de agua, los cubiertos, la gente. Me gusta estar aquí. Pero necesito evadirme.

Sueño que me escapo a ver el mar. Siento un calor ajeno en mi mano, unos dedos que intentan enredarse con los míos. Es de noche y no se ve nada, sólo se oye el susurro cercano de las olas, y se huele la humedad. No hay luna, ni estrellas; hoy era un día gris. Miro el suelo, no me atrevo a mirar la cara de los pies que pasean junto a mí. Bonitos zapatos. Olor a pizza que desafina con el paisaje. Vaya, creo que ya han traído la cena.

Noviembre amargo. Días que desprenden zumo de limón sin azúcar, horas que no sé exprimir ni saborear. Echo de menos las tardes de otoño con sabor a canela, las miradas de chocolate y las sonrisas de piel de melocotón.


Me enseñará la voz del mar,
me enseñará a no llorar,
me enseñará a reconocer
que hay daños que te enseñan a crecer.
 
...
Miro el atardecer por el espejo retrovisor de la moto. Hilo de nubes en un cielo de acuarelas anaranjadas. Las olas bailan despidiéndose del sol mientras la luna abre perezosamente sus párpados de hojalata. Un velero dibuja su perfil borroso cerca de la orilla; a lo lejos, el horizonte se confunde con el mar.

La última vez que sentí la arena junto a mi piel aún desprendía restos del calor del verano. Ahora debe estar fría, helada, como mis manos y la nariz. Se filtra el aire por las costuras de la chaqueta, el frío me muerde los nervios. Acelero. Todavía no he sabido pisar esta playa de otoño.