ella
Sigue allí, observando el mundo desde ese pequeño rincón de la nada. Ausente, callada… sola. Todavía no se ha quitado el antifaz que se ató a los ojos, engañada por los prejuicios de esta estúpida sociedad. Arrinconada junto a esa pared, aún tiembla de frío. No ha conseguido volver a darle vida a sus alas, igual que tampoco ha sabido pedir ayuda para salir de este pozo sin fin.
Fue ella la que tiró al mar el calidoscopio que le daba color a su vida, las luces y las formas que la hacían sonreír. Ella sola se instaló en
esta ciénaga de tristeza y veló el carrete de sus sueños. Nadie la ayudó a caer en esta miseria, sólo su propia inseguridad y el miedo la llevaron a alejarse de la luna y a deshacerse de sus deseos, justo cuando ya los arañaba con la yema de los dedos. Se dejó intimidar por la mirada del pánico y ahora sus ojos no pueden ver nada más que sombras de fantasmas y recuerdos en blanco y negro.
Cree que no tiene derecho a pedir ayuda, ella perdió la alegría, y es ella la que tiene que encontrarla de nuevo. No se ha dado cuenta de que sola no lo conseguirá. Alguien tiene que cambiarle las ideas, tiene que hacerle ver que vale la pena seguir adelante, inventar nuevas fotos para revelarlas con otros sueños, volver a volar y dejarse querer. Porque si no, seguirá dormida en esta esquina de inexistencia, escuchando caer los segundos como se oye caer la lluvia. Tiene que darse cuenta de que el tiempo no espera por nadie, de que, como no se de prisa, se le acabará escurriendo la vida.
Fue ella la que tiró al mar el calidoscopio que le daba color a su vida, las luces y las formas que la hacían sonreír. Ella sola se instaló en
esta ciénaga de tristeza y veló el carrete de sus sueños. Nadie la ayudó a caer en esta miseria, sólo su propia inseguridad y el miedo la llevaron a alejarse de la luna y a deshacerse de sus deseos, justo cuando ya los arañaba con la yema de los dedos. Se dejó intimidar por la mirada del pánico y ahora sus ojos no pueden ver nada más que sombras de fantasmas y recuerdos en blanco y negro. Cree que no tiene derecho a pedir ayuda, ella perdió la alegría, y es ella la que tiene que encontrarla de nuevo. No se ha dado cuenta de que sola no lo conseguirá. Alguien tiene que cambiarle las ideas, tiene que hacerle ver que vale la pena seguir adelante, inventar nuevas fotos para revelarlas con otros sueños, volver a volar y dejarse querer. Porque si no, seguirá dormida en esta esquina de inexistencia, escuchando caer los segundos como se oye caer la lluvia. Tiene que darse cuenta de que el tiempo no espera por nadie, de que, como no se de prisa, se le acabará escurriendo la vida.





