EConde: Diario de un borracho
Por que no todo es alcohol, anotaciones de cuando estoy sobrio
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Me encanta viajar y he contado con la fortuna de poder conocer un poco de los cinco continentes, disfruto mucho de la literatura y el cine... pero sobretodo soy un ser social que ama las fiestas

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Pamplonada de San Miguel (o salva tu vida que ahí viene el toro)
Entre empujones llegamos al circuito. Sin saber muy bien como, estábamos dentro de la ruta donde sueltan y corren los toros. En realidad, la idea era estar cerca del espectáculo pero no ser parte de él; sin embargo, la clásica pregunta valemadrista corrió por mi cabeza ¿y si corremos? Es lo malo de estar sobrio, uno hace muchas pendejadas.

A pesar de ser un grupo de 15 amigos y amigas, me encontraba con un sólo amigo (los demás seguían sin levantarse por la borrachera del día anterior). Ambos dudábamos de cómo transcurría todo así que preguntamos por consejos a otros valientes (por no llamarnosa todos estupidos) que también iban a correr. “Tengan cuidado con las cornadas, no se tiren al piso y sobretodo, siempre fíjense en la trayectoria del toro y corran en sentido inverso” nos recomendó un lugareño.

¿Cornadas? ¿Trayectoria? Mi amigo y yo nos miramos a los ojos y nos dimos cuenta que íbamos a cometer una estupidez. Con excusas como “que flojera” o “se disfruta más desde a fuera” intentamos salir pero nos dimos cuenta que era imposible. El circuito estaba cerrado y amurallado. De un lado, cobraban 500 pesos por permitir el acceso a unos palcos improvisados y del otro, la muchedumbre impedía el escape. Al grito de “¡puto! ¡puto!”, hombres y mujeres empujaban de regreso al circuito a los ilusos que suplicaban por salir.

Los minutos pasaban y la adrenalina se reflejaba en los rostros de los participantes. ¿A que hora comienza esto? Cuando se escuche un cuete, nos respondieron, Era como esperar la caída en una montaña rusa solo que aquí nadie llevaba cinturones puestos. ¿Y si pagamos los 500 pesos? -me preguntó mi amigo- ya sabes, si nos dan una cornada luego el hospital nos va a salir más caro.

Nos estimulamos al más puro estilo de alcohólicos anónimos gritando ¡Animo! Pensé, caray, yo que nunca he ido a los toros por considerarlo una crueldad y ahora quizá muera en sus cuernos. Sólo se vive una vez, es cierto, pero también es cierto que solo hay una muerte... No pude reflexionar más. El cuete terminó con mis meditaciones al tiempo que el corazón se me salía del pecho.

Fue muy rápido. En medio de la adrenalina, el toro había pasado llevando se alguien en el camino pero no a nosotros. Al parecer todo había acabado. Investigamos cuando abrirían el circuito “En una o dos hora” nos respondieron. ¿Q-que? ¿Por qué tanto tiempo? pregunté sorprendido. “Faltan los demás toros y recuerden que esto es un circuito, al rato regresan los toros por ambos lados, se cruzan y en un momento van todos juntos. Va pá largo. Tengan cuidados que después de unos minutos los toros se malean y agarran mañas”.

Después de un par de corridas me sentí en el Coliseo romano. Todos gritaban y estaban expectantes de nuestra posible muerte; sin embargo, el que hubiera sangre no impediría que todos se terminaran de beber tranquilamente sus tragos. Éramos sólo un espectáculo. Tan sólo un par de esclavos cristianos intentando sobrevivir ante la mirada de romanos indiferentes.

Es extraño, pero en verdad uno corre por su vida. Se siente el terror de todos intentando sobrevivir sin importar que empujen, jalen o tiren a alguien más. Solo quieres correr y no morir. Sientes la desesperación, mientras los espectadores miran con pánico al toro que traes detrás. La emoción es como un gran salto en bungee sin cuerda que te detenga. Al final, sientes la solidaridad de todos los que corren por ver que nadie haya quedado herido ¿Qué le queda los esclavos sino es estar unidos?

Después de una hora y cuarto, los toros acaban agotados y el corazón regresa al pecho. Uno agarra valentía (o quizá la cordura no ha terminado de regresar al cuerpo) y hasta se toma fotos corriendo con los toros. Los enlazan y todo termina. Ilesos, uno se pregunta si valió la pena la experiencia. Es un rotundo si. Son cosas que hay que hacer una vez en la vida, y yo lo hice y sobreviví. Sobretodo, me alegra que ya no sienta la responsabilidad de volver a hacerlo.

 
Comentario:
jajajaj que experiencia! yo tengo que ir! y buee la foto dice mas que mil palabras.
No