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ECOS DE SILENCIOS
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RESACA
por Ernesto Salinas Cepeda (Mexico, 1950)


“Se levantó, ocultando tras su espalda la mano con el cuchillo…”




Como era su costumbre, lo despertó a sabiendas de que era su día de descanso. Lo hizo a propósito.
Le molestaba su presencia en la cama, su cara espantosa, su carencia de pelo, su aspecto triposo.
Bien le había dicho su madre que no se casara con él, porque nunca la iba a poder llevar a comer a un lugar decente.
La flácida y mofletuda faz —con sus bolsudos ojos llenos de chinguiñas—, asomó entre amodorrada, sorprendida y angustiada, por sobre la cobija.
— Sí, mi vida..., ¿qué pasa?
— Nada. ¡Quiero que te levantes, haragán! Necesito dinero y no lo encuentro en tus jodidos pantalones. Tengo una resaca terrible. ¿Dónde, maldita sea, lo has escondido, miserable?
Tocando el metal del cuchillo de carnicero que tenía debajo de la almohada y sintiendo su cálida y pulida superficie, contestó acongojado:
— ¡Pero si anoche, antes de dormirnos, te dije que el dinero te lo dejaba en tu cómoda, mi vida! ¿Ya no te acuerdas?
— No. ¡Claro que no me acuerdo, sino no te estaría preguntando..., estúpido! El maldito licor que trajiste es de lo más jodidamente barato que haya tomado jamás. ¿Cómo te atreviste a invitarme una copa de esa marranilla, imbécil?
— Perdón, mi cielo —contestó él, acariciando, y después empuñando fuerte y con gran furia oculta, el mango del cuchillo—, me lo vendió Víctor, el de la oficina, y me dijo que era un ron jamaiquino importado muy bueno.
— Como siempre, te vieron la cara de tonto. Nunca haces las cosas bien, torpe. Todo el tiempo te hacen idiota.
Su peso era de ciento treinta kilos. Alguna vez había sido delgada... cuando tenía quince años.
La noche que les precedió, después de cenar —un horrible guiso de sobrantes de comida que había hecho ella— y beberse entre ambos la botella, él había tomado la siniestra decisión.
Cuando ella —bastante embriagada— se fue a la cama, él sacó el cuchillo del mueble de la cocina y colocándolo bajo la almohada se acostó apacible a su lado, esperando a que se durmiese profundamente.
Para su mala suerte, se había quedado dormido también.
Ahora ya no quedaba mucho tiempo, sabía que lo tenía que hacer en este momento o no se atrevería a hacerlo jamás. La resaca lo tenía un poco aturdido todavía, pero el monstruoso deseo continuaba persistente en su cerebro.
Se levantó, ocultando tras su espalda la mano con el cuchillo, en tanto ella hurgaba dentro de la cómoda. Se acercó por detrás. Al sentirlo, ella se volvió corajuda, espetándole:
— ¿Qué vienes a babosear, zoquete?
Entonces se dio cuenta de que él tenía la mano alzada y con el cuchillo empuñado en lo alto. Se quedó paralizada esperando el golpe.
La mano bajó veloz descargando el envión mortal.
Sorprendida, lo vio desplomarse con la garganta cercenada y sanguinolenta.
— ¡Bah! —expresó despectiva— ¡Ya era hora! Mi madre siempre dijo que eras un cretino, un vago y un cobarde que no valía maldita la cosa. —y tomando el dinero salió a comprar algo para la resaca.



Tomado de la revista Ecos De Silencios, 3.
 
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