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El Rincón de Edelväis
Mis pobres pensamientos en un pobre blog
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edelweiss s. m. Planta de flores blancas que crece en las altas cumbres. Edelvais_X@hotmail.com
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Todas las chicas deberían llamarse Julia

    ...y allí estaba ella, radiante, como siempre. Fuera a donde fuera, parecía que el Sol tenía una obsesión especial en alumbrarla sólo a ella. Sus ojos color cielo devoraban las palabras de una de aquellas novelas que tanto abundaban en las estanterías hechas a mano de su estudio-desván. Y se me olvidó respirar.

    Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que cruzamos unas palabras. "Tu tren se va a ir sin ti como no te des prisa", pero resultó no ser suyo el billete que descansaba entre su café y sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. "Eres un poco raro". Reconozco que la idea de acercarse a la cafetería de la estación para observar de cerca la gente tan variopinta que saca a pasear sus ansias turísticas no es algo demasiado común. "Pero el mundo necesita peculiaridades como tú”, y me dedicó la más amplia sonrisa que mis ojos jamás habían podido ver antes. En aquel momento, bajo el brillante marfil humedecido de manera perfectamente uniforme, me sentí un insignificante punto amarillento en el filtro de un cigarro, como el que estaba a punto de alcanzar con mis dedos. “No tenía pensado coger ningún autobús, pero ese paquete de cigarros sí que es mío”.

    Lucky. Sólo con entrar por una de las puertas de cristal ya reconocía aquel olor. Tantos años haciendo publicidad gratuita de esa marca, y por fin había encontrado una persona que no decía que ese tabaco le repugnaba. Era tan perfecta que ni siquiera el cigarro se atrevía a consumirse para no darle el disgusto.

    - ¿Por qué fumas? - Su voz delicada y fuerte a la vez enredaba el aire que nos separaba, y parecía como si la naturaleza le hubiera otorgado el poder de no tener fin alguno. Por lo general hablaba sin apartar la mirada de sus libros, y eso te hacía sentir como si no tuvieras ninguna oportunidad de descubrir sus pupilas.
    - Creía que tú también fumabas –era una de esas preguntas que nunca he soportado, con las que me siento atacado.

Apartó la mirada de sus Leyendas bécquerianas para enfocarme por encima de sus gafas de pasta negras, en un instante en el que me pareció envejecer súbitamente. Abrió la boca para decir algo. No sé si fue miedo lo que me hacían sentir esos ojos, pero me tomé el atrevimiento de interrumpirla antes de que empezara.

    - ¿Es cosa mía o lees muy rápido? –y tras su mirada de desconcierto traté de ser más claro- Lo digo porque ayer leías otro libro.
    - Vaya, qué observador –tras la retirada de su línea de visión me sentí arrepentido de haberle cortado. La frase venía acompañada de una sonrisa, que aún no sé si arrastraba encanto o sarcasmo. Hizo una pausa, como si realmente no fuera a seguir hablándome, pero luego rectificó. Apoyó el libro en la reflectante barra color gris-suciedad típica de las cafeterías de paso, y miró hacia adelante, en un gesto que te hace sentir como si te dijeran “ah, pero, ¿aún sigues ahí?”. Volvió a establecer contacto visual y me despejó la duda- Dedico cada día de la semana a un libro, de forma que si no lo terminó continúo siete días después. No me gusta leer sólo una obra, es como cerrarse a una única forma de pensar hasta que te enseñan otra.
    - Debe ser confuso llevar el hilo de tantas historias y personajes y poemas…. y eso.

Volvió a dedicarme una sonrisa, arqueando esta vez las cejas, llamándome iluso con ellas. Confuso me sentía yo en ese momento. Desde nuestra primera conversación, mis visitas a la cafetería de la estación se habían realizado de forma más frecuente y continúa, y esta era la segunda vez que hablábamos. No quería ser pesado, así que decidí que ésta sería la última. Ahogué mi colilla en lo que quedaba de nube doble (ya había bebido suficiente café por ese día) y me levanté rumbo a cualquier otra parte sin siquiera despedirme, para oír de súbito su dulce voz de nuevo. “Por cierto, cómo te llamas?”.


    Después de tanto tiempo compartido, ahora me veía incapaz de pasar a su lado, pero hice un esfuerzo. Náusea, de Sartre, la que yo sentía, y, como siempre, leía atenta sin desconcentrarse por nada que ocurriese a su alrededor. J.M., como a él le gustaba que le llamaran, porque le parecía que José María era un nombre grotesco, a parte de un tanto contradictorio, me miró con sorpresa, de no haberme visto en mucho tiempo. Me sirvió junto con un guiño mi café con leche habitual, mitad lácteo caliente, mitad fría, con el doble de sobres de azúcar que el resto de los clientes. Y como era habitual también, me acercó su mechero del Real Madrid, al ver que me había olvidado yo el mío, como era de costumbre. Luego, se secó su habitual exceso de sudor de la frente y se marchó apresuradamente a seguir sirviendo a los incansables clientes. Después de un rato removiendo el café y observando a los viajeros con sumo detalle, coloqué lo que quedaba de cigarro en posición vertical, con el filtro mirando al suelo, solté una bocanada de humo para encenderlo un poco más, y de mi boca salieron palabras que me recordó una situación que siempre se había resistido a abandonar mi memoria … “Pues para mí que ya has perdido definitivamente el tren”.

    De nuevo una sonrisa.

    De nuevo se me olvidó respirar.





Skunk Anansie - Hedonism
 
Comentario:
Ya te di mi opinion de esta... asi que a ver cuando subes la segunda, que tengo curiosidad de saber como la desarrollas ; )
No