VEGETALES Y ANIMALES.
Vegetales y animales...
El perro*
Siempre los pasillos del poder judicial, que recorro cotidianamente, me aportan en el diario andar, imágenes que quedan prendidas en mí. Ando con ellas y hasta que no las suelto me persiguen. Van produciendo una serie de sensaciones, reflexiones, todas muy intensas y a veces duraderas. En estas ocasiones se quedan en mí, durante tanto tiempo que al final de alguna conclusión al respecto, me pregunto si realmente esas imágenes existieron y si reproducen eso que objetivamente algún día vi. Y sobrevienen en esos tembladerales internos que generan éstas preguntas:
¿Hasta donde uno y en especial cuando escribe, lo hace desde ese lugar que determina la realidad? (¿Que es la realidad?)
¿O bien, lo hace desde esa única percepción interna?
Bueno, pero hoy es un sábado esplendoroso y sigo porque me convenzo que esas respuestas serán encontradas otros días.
Vuelvo a los pasillos del poder judicial, ahora iluminados por la Búsqueda del Chango Spasiuk, acordes que van estableciendo la sintonía con éste relato. Siempre en esos pasillos, me impresionan los ojos de los menores atados a sus esposas. En la mirada de ellos, siento el escándalo de una sociedad que no los ve. Trato de hacerlo, pero siempre me golpea la desconfiguración que instala en ellos, la adicción a todo tipo de drogas, -legales e ilegales-.
Pero ésta semana ocurrió algo diferente, en el pasillo apareció un perro, lindo, más bien grande, blanco con manchas negras. No sé nada de perros, pero parecía un animal que provenía de una buena raza, aunque tal vez venido a menos. Estaba cerca de un policía y al rato, lo veo cerca de la puerta del consultorio de la psicóloga y daba la impresión que las orejas se colaban por debajo de la puerta. Entré a mi oficina y lo charlamos con una compañera, a quien también le había llamado la atención esa particular presencia.
A los días siguientes, se repitieron las mismas escenas, el perro al lado del consultorio, hacía guardia, como cuidando y casi siempre con sus orejas coladas hacia el interior del consultorio. Era evidente su necesidad de participar en esas sesiones de psicoanálisis, pareciendo que él tenía mucho que decir. En ese transcurrir de días, cuando miraba al perro, ya era un amigo, saludaba con su cola, cada vez que pasaba cerca de él.
Uno de esos días, me acerco al policía, le pregunto de donde viene ese animal, responde que es de la Comisaría XXIII, que siempre está con el Sr. quien en ese momento era atendido por la Psicóloga. Agrega que ese señor detenido en esa Comisaría, siempre le da de comer. También le pregunto si cuando trasladan al detenido hasta las dependencias judiciales, el perro lo acompaña en el mismo automóvil, responde que no, que el animal los sigue, corriendo, detrás de la camioneta policial.
Llegó el viernes y encuentro a la psicóloga, le comento mis impresiones, me dice que también estaba sorprendida y sobre todo porque cuando el hombre quebrado por sus emociones, lloraba, el perro desde afuera se inquietaba, arañando la puerta, gimiendo, etc.
No sé quien es ese hombre detenido, apenas divisé la figura de una persona mayor, acusada de abuso sexual 10 años atrás y por cierta esquizofrenia que presentan algunos trámites judiciales, su causa había quedado suspendida, hasta que un insignificante accidente con su automóvil, activó ese proceso freezzerizado.
No pude dejar de pensar en la posible contradicción que establece éste hecho definido por un novedoso escenario de redes comunicantes y una causa pesada, tal como es un abuso sexual. No sé, pero tuve la sensación que ese hombre hablaba a través de su perro, un animal que encontró en una comisaría, su lugar y una presencia humana a quien contener.
Este perro me remite a esos huérfanos institucionalizados, aunque él, anda peleándose con la orden de acatar esa puta orden que supone asumirse como un ser colectivo y despersonalizado. El perro enaltece la canción del venezolano Simón Díaz “Tonada de Luna Llena”, bellísimo tema musical que refiere al paisaje de un ordeñador, de los animales que encuentra en el campo, del amor (así como se enamora tu corazón con el mío, luna, luna, luna llena) y sus dolores. [1]
El resiste, se comunica, relativiza cierta interpretación de lo humano y de paso… animaliza el pasillo.
[1] Cantada por Caetano Velozo en la Película, nominada al Oscar “La Flor de mi secreto” de Almodóvar
*de María Bar. barmaria@ciudad.com.ar
Corrientes, 25 de Noviembre de 2006.
La extraña*
Después de tantos meses, el paseo vespertino era una rutina más, un invariable deambular por las calles del barrio y los parques cercanos.
La costumbre traza itinerarios. Así, aunque uno se dejase ir al azar, los propios pasos se amoldaban a la monotonía grisácea de las aceras y conducían siempre a los mismos destinos, a idénticos regresos.
Salvo esporádicos encuentros con algún vecino o intrascendentes conversaciones accidentales, nunca sucedía nada.
Pero esa tarde de martes - lo mismo podría haber sido viernes o domingo; así de plano era mi horizonte por esa época – hubo un cambio.
Como tantos otros días a lo largo del tedioso e inacabable periodo de convalecencia, yo había salido a caminar por el barrio. Ya de vuelta, intentaba introducir la llave en la puerta para entrar en el viejo edificio donde vivía, cuando vi a la chica. Algo en ella me llamó la atención, y por eso me quedé mirándola, con cierta curiosidad.
se de abrir de una vez la puerta para poder entrar en el patio. itinerario edCuando llegó a mi lado, se quedó allí parada, como esperando que terminase de abrir de una vez la puerta para poder entrar en el patio. Así lo hice, invitándola con un gesto a franquear el umbral, cosa que hizo con bastante celeridad y sin el mínimo sonido, como si estuviese formada de brumas o de la intangible esencia de los sueños. Luego, se demoró un poco junto a los buzones, aunque sin abrir ninguno de ellos. Por un momento, pensé que tal vez fuese una repartidora de publicidad, aunque deseché tal idea al observar que no llevaba un solo papel en las manos.
Pasé junto a ella, musitando un sordo “hasta luego” que no recibió respuesta (cosa harto común en este inicio del XXI) y comencé a subir los cuarenta y ocho escalones que me separaban de mi casa, de la temible e inquebrantable soledad tan arduamente edificada a lo largo de los últimos diez años.
No tardé en percibir sus pasos leves, indecisos, a mi espalda. Cada vez más convencido de que ella no pertenecía al edificio, temí que me hubiese venido siguiendo, que tratase de robarme (unos días atrás le había sucedido algo así a una vecina del segundo) pero ese pensamiento me resultó absurdo. La chica era delgada y no muy alta. Calculé que no pesaría más de cincuenta o cincuenta y cinco kilos. Resultaba difícil pensar en ella empuñando una navaja o una jeringuilla.
Deseché tal visión y seguí subiendo con lentitud, con esa lentitud que da el cansancio, ese cansancio nacido de la repetición infinita de los actos cotidianos. Cuando por fin llegué junto a la puerta de mi casa, ella también se detuvo, detrás de mí, a menos de un metro de distancia, mirando al suelo y en silencio.
Me sentí incómodo. No sabía si meter la llave en la cerradura o dar media vuelta y bajar de nuevo los cuarenta y ocho escalones; o quizá encararme con ella y preguntarle por el significado de su persecución o de su estancia allí. Ninguna opción me satisfizo. Tenía la certeza de errar, independientemente de lo que finalmente decidiese hacer.
Muy despacio, esperando que fuese ella quien se viese obligada a tomar una u otra decisión, metí la mano en el bolsillo del pantalón y demoré unos segundos infinitos en encontrar el llavero. Luego, con una casi ceremoniosa parsimonia, seleccioné la llave indicada y la introduje en la cerradura, girándola dos veces y abriendo finalmente la puerta, sin prisa, con aparente calma (pero mis entrañas eran un campo de batalla, un entrechocar de sensaciones contrapuestas sin solución posible).
Cuando ya estaba en el interior de mi vivienda, me giré un poco para comprobar su reacción. Seguía allí, al otro lado del umbral, inmóvil, mirándome con esos ojos verdes, profundos, como esperando una invitación (me recordó, no sé por qué, esas historias de vampiros, en las que el vampiro no puede entrar en una casa sin el correspondiente permiso del que la habita)
Mas su mirada no albergaba un ruego, ni una pregunta. Nada. Sus ojos eran un remanso de aguas tranquilas. Como si su presencia allí afuera, justo al otro lado de la puerta, fuese lo más natural del mundo.
Imposible precisar el tiempo que duró esa escena. Yo la miraba, interrogándola con los ojos, sin cesar de hacer difíciles conjeturas acerca de sus motivos, esperando que dijese algo, tratando de convencerme de la conveniencia de cerrar la puerta y dejarla allí con su insoportable silencio y su corta melena rubia y el misterio abisal de sus pupilas que no cesaban de mirarme. Ella sólo aguardaba un gesto.
Lo malo de tomar decisiones es que siempre hay que elegir un camino y desechar todos los demás. Uno nunca sabe qué hubiera pasado de haber hecho otra cosa. Resulta frustrante la sospecha de haber elegido la peor opción. Por eso, no cerré la puerta, pero tampoco la invité a pasar. Di media vuelta, me adentré en el recibidor y dejé que fuese ella quien se viese obligada a decidir.
No dudó ni un instante. De reojo, comprobé que, desde el interior, cerraba tras de sí con mucha delicadeza, como tratando de evitar el mínimo ruido. Sonreí.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
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El cazador de orquídeas*
*Roberto Arlt.
Djamil entró en mi camarote y me dijo: Señor, ya están apareciendo las primeras montañas.
Abandoné precipitadamente mi encierro y fui a apoyarme de codos en la borda. Las aguas estaban bravías y azules mientras que en el confín la línea de montañas de Madagascar parecía comunicarle al agua la frialdad de su sombra. Poco me imaginaba que dos días después me iba a encontrar en Tananarivo con mi primo Guillermo Emilio, y que desde ese encuentro me naciera la repugnancia que me estremece cada vez que oigo hablar de las orquídeas.
Efectivamente, dudo que en el reino vegetal exista un monstruo más hermoso y repelente que esta flor histérica, y tan caprichosa, que la veréis bajo la forma de un andrajo gris permanecer muerta durante meses y meses en el fondo de una caja, hasta que un día, bruscamente, se despierta, se despereza y
comienza a reflorecer, coloreándose las tintas más vivas.
Yo ignoraba todas estas particularidades de la flor, hasta que tropecé con Guillermo Emilio, precisamente en Madagascar.
Creo haber dicho que Guillermo Emilio era cazador de orquídeas. Durante mucho tiempo se dedicó a esta cacería en el sur del Brasil; pero luego, habiendo la justicia pedido su extradición por no sé qué delito de estafa, de un gran salto compuesto de numerosos y misteriosos zigzags se trasladó a Colombia. En Colombia formó parte de una expedición inglesa que en el espacio de pocos meses cazó dos mil ejemplares de orquídeas en las boscosas montañas de Nueva Granada. La expedición estaba costosamente equipada, y cuando los ingleses llegaron a Bogotá, de los dos mil ejemplares les quedaban vivos únicamente dos. El resto, malignamente, se había marchitado, y el financiador de la empresa, un lustrabotas enriquecido, enloqueció de furor.
Completamente empobrecido, y además mal mirado por la policía, Guillermo Emilio emigró a México, donde pretende que él fue el primero que descubrió la especie que conocemos bajo el nombre de "orquídea del azafrán". No sé qué incidentes tuvo con un nativo -los mexicanos son gente violenta-, que
Guillermo Emilio desapareció de México con la misma presteza que anteriormente salió de Río Grande, después de Natal, luego de Bogotá y, finalmente, de Tampico. Algunos maldicientes susurraban que el primo Guillermo Emilio combinaba el robo con la caza, y yo no diré que sí ni que no, porque bien claro lo dicen las Sagradas Escrituras: "No juzguéis si no quieres ser juzgado".
Era él un hombre alto como un poste, de piernas largas, brazos largos, cara larga y fina y mucha alegría que gastar. Se le encontraba casi siempre vestido con un traje caqui, polainas y casco de explorador y un cuaderno bajo el brazo. En este cuaderno estaban pegados varios recortes de periódicos de provincia, donde se le veía junto a una planta de orquídeas acompañado de un grupo de indígenas sonrientes. Tal publicidad le permitió robar en muchas partes.
Este es el genio que yo me encontré una mañana de agosto en Tananarivo cuando semejante a un babieca abría los ojos como platos frente al disparatado palacio que ocupó la ex reina indígena Ranavalo. Este palacio lo construyó un francés aventurero que recaló en Madagascar huyendo de sus crueles deudores, y de quien me contaron extraordinarias anécdotas; pero dejémoslas para otro día.
Estaba, como digo, de pie, abriendo los ojos frente al palacio y rodeado de un grupo de cobrizas chiquillas con motas trenzadas y desparramadas, como los flecos de una alfombra, sobre su frente de chocolate. Por momentos miraba el palacio de la pobre Ranavalo, y si le volvía la espalda tropezaba
con una multitud de robustos malgaches, que con la cabeza cargada de cestos de cañas pasaban hacia el mercado transportando sus plátanos. También pasaban rechinantes carros arrastrados por pequeños cebúes despojados de su rabo por una infección que permite salvar al buey sacrificando su cola. Yo
conocía un chiste muy divertido respecto al buey y su cola, pero ahora no lo recuerdo. Adelante.
Mis proyectos eran variados. Uno consistía en marcharme a los arrozales de Ambohidratrimo, otro -y éste me seducía muy particularmente- en cruzar oblicuamente la isla partiendo de Tananarivo para el puerto de Majunga, y embarcarme allí para el archipiélago de las Comores. Ninguno de estos
proyectos estaba determinado por la necesidad de los negocios, sino por el placer. De pronto escuché una gritería y vi a un viejo con casco de corcho que salió maldiciendo y riéndose a la puerta de su almacén, y al tiempo que maldecía y se reía, amenazaba con el puño la copa de un cocotero. Entonces,
fijándome en donde señalaba el viejo, vi un mono con un gran cigarro encendido que se lo había robado. En el almacén ladero, un chino, con un blusón azul que le llegaba a los talones y una gran coleta, miraba al mono, que fumaba haciéndole amenazadoras señales.
-¡Tony! ¡Tú aquí, Tony!
¿Quién diablos me llamaba?
Me volví, y allí, para mi desgracia, estaba el primo Guillermo, con su traje caqui y el cuaderno debajo del brazo. Mientras cambiábamos las primeras preguntas yo pensaba en echarle escrupuloso candado a mi cartera. Sin embargo, me dejé persuadir, y Guillermo, tomándome de un brazo, exclamó en voz alta, tan alta, que creo que la pudo escuchar el chino del "fondak" frontero:
-Nunca entres al restaurante de un chino. Será un misterio para ti lo que te dé de comer.
Terminó mi primo de pronunciar estas palabras, se corrió una cortinilla de abalorios, y corpulento, con una barba despejada sobre su pecho y un turbante del razonable diámetro de una piedra de molino, apareció Taman. Arrastrando sus amarillas babuchas por el piso de madera, se aproximó a nuestra mesa, y Guillermo Emilio le dijo:
-Honorable Taman: te presentaré a un primo mío, perteneciente a una muy noble familia de América.
Taman me saludó al modo oriental; luego estrechó calurosamente mi mano y yo pensé si no había caído en una emboscada. Luego un chico tuerto, con una lamentable chilaba colgando de sus hombros y un fez rojo, depositó tres vasos de café sobre la mesa y el primo Guillermo me lo presentó:
-Es sabio y virtuoso como el ojo de Alá.
El pequeño tuerto me saludó lo mismo que su amo, y el primo Guillermo continuó:
-A ti puedo confiarme -miró en derredor cautelosamente-. Este prodigioso niño llamado Agib, ha descubierto la orquídea negra. Dice que de pétalo a pétalo la flor mide cerca de cuarenta centimetros.
-¿Y dónde descubrió ese prodigio?
-A ti puedo confiártelo. Es en el oeste del lago Itasy, sobre una falda del Tananarivo.
-¿Y por qué no la cazó él?
El tuerto, a quien su tío Taman encontraba sabio y virtuoso como el ojo de Alá, me respondió:
-Te diré, señor. He oído decir en ese paraje que en el tronco mismo de la orquídea se oculta una venenosísima serpiente negra...
- El primo Guillermo masculló:
-¡Supersticiones! ¿No sabes acaso, que el perfume de las orquídeas ahuyenta a las serpientes?
-¿Y qué piensas hacer tú? -intervine yo, que a mi pesar comenzaba a sentirme interesado en la aventura.
-Contrataré a dos indígenas. Cargaremos el tronco en una angarilla y traeremos la orquídea aquí.
Taman, el dueño del tabuco, que bebía su café silenciosamente, remató el diálogo con estas palabras, al tiempo que acariciaba la nuca de su sobrino:
-Este precioso niño no se equivoca nunca. Le aconseja un djim.
Finalmente, después de muchas conferencias, tratos y disputas, como se acostumbra en Oriente, Taman le alquiló al primo Guillermo Emilio su sobrino con las siguientes condiciones, de cuya puntual enumeración fui testigo:
TAMAN. - Convenimos tú y yo en que no le pegarás al niño con el puño ni con un bastón.
GUILLERMO. - Únicamente le pegaré cuando haga falta.
TAMAN. - Pero ni con el puño ni con el bastón.
GUILLERMo. - Pero sí podré utilizar una vara flexible.
TAMAN. - Sí; podrás. Le darás, además, de comer suficientemente.
GUILLERMO. - Sí.
TAMAN. - Le dejarás dormir donde quiera, sin forzar su voluntad.
GUILLERMO. - Sí; menos cuando esté de guardia.
TAMAN. - No serás con él cruel ni autoritario.
GUILLERMO. (impaciente). - ¡No pretenderás que le trate como si fuera mi esposa preferida!
TAMAN. - Bueno, bueno; te recomiendo a la alegría de mi vida, al hijo de mi hermana y a la preferencia de mis ojos.
Finalmente, una semana después, guiados por el tuerto Agib, salimos de Tananarivo en dirección al Norte. Dos malgaches, de pelo tan rizado que le formaba en torno de la cabeza una corona de flecos de alfombra, nos acompañaban como cargueros.
Primero cruzamos los arrabales y las aldeas vecinas, donde encontramos por todas partes, frente a sus cabañas de bambú y rafia, verdaderas colectividades de poltrones malgaches jugando al karatva, un juego muy parecido al nuestro que se conoce bajo el nombre de las damas, con la diferencia que ellos, en vez de tener trazado su tablero en una tabla, lo han pintado en un tronco de árbol.
Después dejamos detrás una larga caravana de cargadores de carbón, semidesnudos, andrajosos, algunos ya completamente ciegos, otros con larga barba blanca caída sobre el pecho desnudo rayado de costillas. Algunos se ayudaban para caminar con un báculo, y entre ellos venían jovencitas, y todos, sin distinción de edad, cargaban hasta cinco cestas redondas, puestas una encima de la otra, sobre la cabeza. Cantaban una canción tristísima, y aunque el sol se extendía sobre los próximos mambúes, aquella caravana de espectros negruzcos me sobrecogió, y la consideré de mal augurio para nuestra aventura.
Al caer la tarde alcanzamos los primeros bosques de ravenalas, plantas de bananos de hasta treinta metros de altura, con anchas hojas abiertas como abanicos. Indescriptibles gritos de monos acompañaban nuestra marcha. Nunca me imaginé que los monos pudieran conectar tan variadísimas sinfonías de chillidos, rugidos, lamentaciones, gritos, ronquidos, rebuznos y aullidos como los que estas bestias peludas, negruzcas, rojas y amarillentas componían desde sus alturas.
El "Ojo de Alá", como irreverentemente llamaba Taman a su sobrino Agib, se había humanizado. De tanto en tanto volvía la cabeza y le dirigía una sonrisa de señorita tímida a mi primo, que, implacable como un beduino, seguía adelante sin mirar a derecha ni izquierda, a no ser para lanzar una de esas malas palabras que hasta a las bestias de la selva las obligan a enmudecer. ¡Pobre Guillermo Emilio! ¡Si sabía él para qué se apresuraba!...
Al día siguiente ya cruzamos un bosque de ébanos; luego descendimos a un valle y al cruzar un río cenagoso un cocodrilo, que tenía la misma cabeza conformada que una corneta, atrapó por una pantorrilla a un carguero y se lo llevó aguas adentro, y pudimos ver cuando otro cocodrilo, precipitándose sobre él, le llevó un brazo. El agua se tiñó de rojo, y nosotros nos alejamos consternados. Quedaba ahora un solo cargador malgache, con cara de gato de cobre, y cuyas motas las mantenía constantemente peinadas en trencitas, que le caían sobre la frente como los flecos de una gualdrapa.
El tercer día de nuestra expedición subimos a la altura de unos montes, cuya planicie parecía de cristalización vidriada, piedra negra, resbaladiza como canto de botella. Abajo se veía el mar de la selva, y allá, muy lejos, el confín aguanoso del océano Índico. A pesar de que estábamos en verano,
arriba hacía frío. Después de caminar trabajosamente durante dos horas por esta planicie cristalina oscura, pelada de toda vegetación, comenzamos el descenso hacia un valle arborescente, verde como si estuviera recortado en grandes paños de terciopelo verde cotorra. Un gran pájaro azul cruzó delante
de nosotros chillando ásperamente, y comenzamos a bajar, pero pronto nos envolvió una nube de estaño; mascábamos agua, y cuando quisimos acordar, casi sin tiempo para refugiarnos debajo de un peñasco, estalló una tempestad terrible.
Verticales centellas conectaban el cielo y la tierra, torbellinos de agua rodaban en el espacio sus trombas de lluvia, y los truenos y la noche nos mantenían acurrucados bajo una roca. De pronto, aquel monstruoso techo de tinieblas se resquebrajó, y nuevamente apareció el cielo azul, con un sol centelleante de alegría. Eran las dos de la tarde. Nos desnudamos y pusimos a secar nuestra ropa al sol, y por primera vez desde la salida de Tananarivo oímos, el rugido corto, parecido al ladrido de un perro afónico. Era una pareja de panteras que andaba cazando cerca de nosotros. Cenamos varios puñados de arroz hervido en agua con un poco de aceite y bebimos abundantes cuencos de cacao.
Luego nos echamos a dormir. Al día siguiente alcanzaríamos el paraje donde florecía la orquídea negra.
Aborrezco los detalles superfluos. Aquel viernes, a las diez de la mañana estábamos a un paso de la orquídea negra. Ismaíl nos había guiado hasta un pequeño sendero rayado de troncos podridos de ravanalas y acacias. Este sendero estaba cerrado al fondo por un murallón de roca, pero cubierto
también de una alfombra de musgo, y allí, al fondo, derribado sobre el roquedal, se veía un tronco podrido, tan deshecho, que no podía precisarse a qué especie vegetal pertenecía. Y de este tronco arrancaba un tallo, y al extremo de este tallo..., ¡jamás he visto nada tan maravilloso, ni aun pintado!
Era una estrella de picos fruncidos, tallada en un tejido de terciopelo negro bordeado de un festón de oro. Del centro de este cáliz lánguido, inmenso como una sombrilla de geisha, surgía un bastón de plata espolvoreado de carbón y rosa.
Todos lanzamos un grito de admiración. Guillermo Emilio se aproximó, estudió el tronco, lo removió con una palanca muy fácilmente, sacó del bolsillo un puñado de monedas de plata, las repartió entre Agib y el carguero malgache y les dijo:
-Retírenla cuidadosamente. Si llegamos a Tananarivo con la flor completa, les daré el doble.
Armados de hachas y palancas Agib y el malgache comenzaron a separar el tronco de su base musgosa. Guillermo y yo dimos principio a la construcción de una angarilla de bambú provista de su correspondiente techo.
-Este ejemplar nos reportará veinte mil dólares, por lo menos -cuchicheaba Guillermo, mientras ataba las cañas.
Nunca escuché un grito de terror semejante. Salté hacia la orquídea, y allí, arriba del murallón, vi al niño musulmán con la cara cruzada por un látigo de aceite negro; de pronto este látigo de aceite negro cruzó el espacio, y ya no le vimos más. Un doble hilo de sangre corría por la mejilla de Agib.
Fue inútil cuanto hicimos. Cubierto de sudor sanguinolento, estremeciéndose continuamente, pocos minutos después moría Agib. Tenía razón. Una serpiente negra se ocultaba bajo el tronco de la orquídea.
Yo mentiría si dijera que la muerte del Ojo de Alá, como le llamábamos un poco burlonamente, nos importó. Estábamos envenenados de codicia.
Veinte mil dólares danzaban ahora en nuestra mente. El mismo malgache había salido de su apatía oriental, y dos horas después, no sin matar previamente una araña venenosa, gorda como un sapo, cargamos en la angarilla el tronco de la orquídea.
Y con esta preciosa carga, una semana después entrábamos al tabuco de Taman.
-Déjame a mí; yo le hablaré -dijo el primo Guillermo Emilio.
Recuerdo que Taman salió a nuestro encuentro sumamente pálido. Tenía ya noticia de la muerte del hijo de su hermana.
Pero me llamó la atención que no se dignó dirigir una sola mirada a la preciosa flor, cuyos festones de terciopelo y oro llenaban la mísera habitación revestida de tapices baratos y alfombras, mezquinas, de un monstruoso prestigio de sueño chino. Nos miramos todos en silencio: luego Taman dijo:
-¿Dónde han dejado al hijo de mi hermana?
Creo que el primo Guillermo empleó cinco mil palabras para explicarle a Taman el final del Ojo de Alá. Mesándose la barba, lo cual es signo peligroso en un musulmán robusto, Taman escuchaba a Guillermo, y cuanto más profundo era el silencio de Taman, más impaciente y voluble era la cháchara de Guillermo. Y de pronto Taman, cuya exquisita educación no hacía esperar esta reacción de su parte, agarró un garrote, y levantándolo sobre la cabeza de Guillermo, dijo:
-¡Perro maldito! ¡Cómete esa orquídea!
-¡Taman -suplicó el primo Guillermo-, Taman, entiéndeme: ni tú, ni yo, ni él tuvo la culpa! En cuanto a comerme esa orquídea, no digas disparates. ¿Te comerías veinte mil dólares?
-¿Cómete esa orquídea, he dicho!
-Entendámonos, Taman: tu querido sobrino...
-¡Vas a comerte esa orquídea, perro!
El tono que esta vez empleó Taman para amenazar fue terrorífico. Que el primo Guillermo se percató de ello lo demuestra el hecho que sin ningún pudor se arrodilló delante de Taman, y tomándole la chilaba, le dijo: -Escúchame, honorable hermano mío...
Una sombra de ferocidad cruzo el rostro de Taman. Guillermo Emilio vio esa sombra, y con infinita melancolía se dirigió a la angarilla donde la orquídea negra dejaba caer su picudo cáliz de terciopelo y oro.
-Taman, piensa...
-¡Come! -ladró Taman.
Entonces por primera y probablemente por última vez en mi vida he visto a un hombre comerse veinte mil dólares. El primo Guillermo desgarró la orquídea de su tronco, y con la misma desesperación de quien devora sus propias entrañas comenzó a morder y tragarse el suntuoso tejido de la flor.
Cuando Guillermo terminó de comerse el último pedacito de terciopelo y oro, Taman salió del tabuco en silencio, y Guillermo se desmayó.
Estuvo dos meses enfermo del estómago, y cuando creyeron que se había curado una peste curiosísima, manchas negras con borde bronceado, le comenzó a cubrir la piel en todas partes del cuerpo, y aunque varios médicos sospechan que es una afección nerviosa, ninguna autoridad sanitaria le permite al
primo Guillermo abandonar la isla donde "se comió su fortuna".
*Fuente: Ciudad Seva.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/arlt/cazador.htm
Domingo, 26 de Noviembre de 2006
El sueño de la razón*
*Por José Pablo Feinmann
Los ejércitos napoleónicos llevaban en sus bayonetas el sueño de la Revolución Francesa. Ese sueño era el de la razón. A partir de 1789, la burguesía francesa destrona y decapita a sus monarcas e instaura el reinado de una razón a la que califica de diosa. Si los reyes eran quienes gobernaban por derecho divino, ahora la que tiene los atributos de la divinidad, pero reemplazándola, es la razón. Nace, así, la Diosa Razón. Ella habrá de ordenar, a su modo, el mundo. El único modo en que la razón puede realizar semejante tarea es el de la racionalidad. Un mundo sin desigualdades, con derechos para todos los hombres, un Estado transparente y democrático basado en un contrato de las voluntades. La expansión de este sueño se encarna en un hombre de ambiciones desmedidas, de estatura escasa y genio de estadista y de guerrero. En 1810, las tropas de este hombre, que es Napoleón Bonaparte, habían hecho prisionero al monarca español Fernando VII y encadenaban las tierras de España. Esto produjo varios acontecimientos; no fue el menor el de las revoluciones sudamericanas, iniciadas por la nuestra, la de Moreno y Castelli. Pero el más cruel fue el de los fusilamientos ordenados por los generales de Napoleón contra los sedicentes españoles, o los aterrados civiles o los soldados sin jefatura. En esa tierra caliente la sangre corrió impune. Alguien, un pintor y grabador español, que habría de fallecer en Burdeos en 1824, pintaría esos horrores. Me refiero, claro, a los grabados de los desastres de la guerra y a un cuadro célebre que, torpemente, intentaré describir. Hay, en el centro de la imagen, un hombre
con una camisa blanca, tiene los ojos muy abiertos, ha elevado sus brazos y está frente a un pelotón de fusilamiento. Lo rodean otras figuras, otros hombres y mujeres que serán también fusilados, que no tienen su mismo protagonismo, que están a su sombra, agazapados algunos. Los franceses que harán fuego forman un grupo compacto, no les vemos las caras, de esas caras parecieran brotar los fusiles que apuntan a las inminentes víctimas, a los inminentes cadáveres. El hombre de la camisa blanca está arrodillado. Sin embargo, es tan alto como los soldados, algo que nos obliga a pensar que, si se irguiera, sería más alto que ellos. No habrá de erguirse. No va a pelear; sabe que será inútil. Sólo pide clemencia. Al margen de este cuadro -cuya belleza trágica produce pasmo, horror-, Goya hizo una serie de grabados a los que llamó Los desastres de la guerra. Son escenas también desgarradoras.
Esos grabados se han hecho contra las guerras, contra sus vejaciones, aunque su autor sabe que no habrán de impedirlas. Luego de una enfermedad que contrajo en Cádiz, en 1792, Goya había emergido casi sordo de esa desgracia y ella, como suele ocurrir, agrió su carácter, su visión de la vida, la cual
se vio confirmada por los horrores de los ejércitos napoleónicos en su tierra española. Habría entonces de escribir una frase que atravesó las décadas: "El sueño de la razón engendra monstruos". Qué duda cabe: el sueño de la razón que soñó la Revolución Francesa y la liberación de los hombres, la igualdad, la fraternidad, había producido los monstruosos soldados que fusilaban a los despavoridos españoles. Goya había hecho su aporte a toda una corriente de la filosofía que ve en la razón el extravío de la historia
humana. Algo así se cree cuando se comprueba que la historia humana podrá ser cualquier cosa, pero no es racional. Algo así se cree cuando las guerras no dejan de sucederse y llevan, por fin, hacia los horrores del siglo XX, los campos de exterminio (racionalmente organizados), la tortura (racionalmente aplicada) y la desaparición de personas (racionalmente planeada).
En 1936, Picasso, a quien se suele considerar el más grande creador artístico del siglo XX, pintó otro cuadro sobre la guerra, basándose en Goya. No habrá, en rigor, ningún artista que, luego de Goya, no recurra a él al elegir la guerra y sus horrores como tema de su pintura. Desde el expresionismo hasta el pop, la guerra, en arte, remite a Goya. Picasso se basa en el bombardeo a una ciudad abierta, la de Guernica, por la Legión Cóndor, de la Luthwaffe alemana. Picasso pintó su cuadro con figuras
deformes, bocas que se abren clamando, ojos que miran al cielo, manos que se elevan posiblemente pidiendo clemencia, lo que siempre piden las víctimas antes del sacrificio. Hay una historia sobre el pintor y su cuadro. Habrían ido a arrestarlo soldados franquistas y le habrían preguntado si él había
hecho eso: el Guernica. "Lo hicieron ustedes", respondió Picasso. Fue miembro del Partido Comunista francés circa 1958. Y le dieron el Premio Lenin de la Paz en 1962. El más grande creador plástico del siglo XX fue stalinista. ¿Sabemos por qué hizo suyas esas opciones? Conjeturo que la vieja Unión Soviética, mal, pero muy mal, era, al menos, una resistencia contra la voracidad del libre mercado de Milton Friedman, transparente héroe de las democracias occidentales, recientemente fallecido. Tema que, aquí, queda tal como está, es decir, sólo enunciado, ya que será otra la oportunidad de abordarlo.
Supongo (no quiero ser pesimista) que surgirán talentos de la estatura de Goya y Picasso. Aunque acaso lo dude. De lo que no dudo es que las guerras no cesarán. Seguirán incluso hasta el día en que no quede nadie, ni siquiera un mediocre retratista de familias al sol en día domingo, para pintarlas.
¿Quién pintará la guerra de Irak? ¿Quién pintará los espantos de la prisión de Abu Ghraib. ¿Quién pintará a los sunnitas que se dirigían a su Dios en una mezquita, en Irak, y llegaron milicianos chiítas y los arrastraron afuera y los quemaron vivos? ¿Quién pintará las caras entre crispadas y hartas de los que leen esas noticias o notas como ésta y dicen o piensan por qué no la terminan con estos temas, no tienen otras cosas de qué hablar?
¿Quién pintará -porque alguien tiene que hacerlo- al "asesino de escritorio" (el concepto es de Theodor Adorno) Donald Rumsfeld cuando ordenó las torturas en Irak? ¿Quién pintará a ese hombre desnudo, en Abu Ghraib, encogido, con las piernas apretadas, los brazos tras la nuca, gritando, pidiendo, otra vez y porque está en el bando perdedor y sin retorno de las víctimas, clemencia?
Sigo dudando acerca de lo que estos hechos podrían generar en el campo del arte. Todo se ha deteriorado. El fusilado de la pintura de Goya abría sus ojos, alzaba sus brazos, de su boca brotaba un grito o una palabra final.
Ayer o pocos días atrás, vi, por la TV, a un periodista decirle a un marine que quería tomar la foto de un muerto. El marine señaló hacia el piso, un asfalto caliente, sucio. El periodista estaba casi parado sobre su muerto, que era una mancha en ese piso inmundo. Una mancha negra, roja y líquida. De los muertos de estas guerras cada vez resta menos. No quedan sus cuerpos ni quien pueda recordarlos, llorarlos. El hombre sigue siendo el lobo del hombre. Pero con más medios de destrucción. Freud decía que el hombre es un "dios con prótesis". Un dios que se construye todo tipo de apéndices para prolongar sus poderes. De esos apéndices, los más costosos y los más letales son los destinados a la guerra, al estridente arte de asesinar. Esos apéndices, a su vez, se han transformado en un negocio formidable, en una industria incesante. De aquí que las guerras continúen. Si el petróleo no existiera, la industria de armamentos lo inventaría. Frase que tomé de un ensayo de Sartre: "Si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría". Es cierto. Y si el judío y el árabe no existieran, el judío inventaría al árabe y el árabe al judío. El porvenir de la humanidad sigue siendo la guerra. Pero sin Goya. Sin Picasso.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-76751-2006-11-26.html
Domingo, 26 de Noviembre de 2006
muere el castaño de ana frank
Los árboles mueren de pie*
No es un árbol más. Además de ser uno de los más antiguos de la ciudad de Amsterdam, inspiró varios pasajes del célebre diario de Ana Frank. A los 150 años, una enfermedad está a punto de abatirlo en forma irremediable.
Tiene 150 años y le llegó la hora. Tras una larga batalla contra una enfermedad infecciosa, los médicos a cargo del castaño de Ana Frank han decidido que ya no queda nada más por hacer. Debilitado sin remedio por los ataques simultáneos de un hongo y de una polilla, el árbol que inspiró a Frank en varios pasajes de su diario, escrito mientras se ocultaba de los nazis en una casa de Amsterdam, deberá finalmente ser talado.
Durante los últimos dos años, este ejemplar del castaño de Indias fue víctima de un hongo muy corrosivo y de una polilla minadora que se nutre de él provocando el amarronamiento de las hojas y su desprendimiento incluso fuera del otoño. La madera ya está podrida en un cuarenta por ciento, y
corre serios riesgos de venirse abajo; de ahí la necesaria determinación del equipo que intentó salvarlo, anunciada algunos días atrás por el consejo de la ciudad holandesa. A lo largo del último medio año, un equipo de expertos botánicos insistió con nuevas pruebas, ensayando un último intento de rescate. Incluso, a lo largo de la década pasada, llegaron a invertirse hasta 160.000 euros del erario en un programa de saneamiento del suelo. Pero fue todo en vano y ya no hay vuelta atrás. El asunto tiene a maltraer a muchos: no solo porque se trata de uno de los castaños más viejos de Amsterdam, sino porque el ejemplar tiene una presencia importante en el diario de la chica que vivió en una casa detrás de dicho árbol durante dos años, entre 1942 y 1944.
El castaño fue su principal contacto con la naturaleza durante ese tiempo en que permaneció escondida con su familia. "Los dos miramos el cielo azul, el castaño sin hojas con sus ramas llenas de gotitas resplandecientes, las gaviotas y demás pájaros que al volar por encima de nuestras cabezas
parecían de plata, y todo esto nos conmovió y sobrecogió tanto que no podíamos hablar", escribió Frank el 23 de febrero de 1944. "Nuestro castaño está florecido a pleno desde las ramas más bajas a la cima, está cargado de hojas y mucho más bello que el año pasado" (13 de mayo de 1944). "Abril es
realmente maravilloso; no hace ni mucho calor ni mucho frío, y de vez en cuando cae algún chaparrón. El castaño del jardín está ya bastante verde, aquí y allá asoman los primeros tirsos" (18 de abril de 1944).
Los soldados de la ocupación descubrieron el escondite de la familia Frank el 4 de agosto de 1944, y las ocho personas que lo habitaban fueron deportadas casi de inmediato a Auschwitz. Ana y su hermana Margot serían poco después transferidas a Bergen-Belsen, donde ambas murieron de tifus. El
árbol, por supuesto, siguió allí donde estaba, en el jardín de un edificio ubicado en Keizersgracht 188. Una vez que el ayuntamiento y el propietario del edificio obtengan su permiso de tala, procederán y plantarán en su lugar un injerto para un nuevo castaño. Mientras tanto, aseguran desconsolados
desde el Museo de Ana Frank, el castaño seguirá viviendo en Internet: para seguir la suerte del árbol, uno puede conectarse a la web cam del Museo ( www.annefrank.org ); pero además es posible "prolongar" su existencia virtual a través del sitio interactivo annefranktree.com, aportándole hojas al castaño. La iniciativa fue inaugurada por la actriz Emma Thompson -devota de los diarios de Frank, según declaró en su momento- en febrero de este año, pegando la primera hoja verde, como si ni el hongo, ni la polilla hubieran pasado por allí.
*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3419-2006-11-26.html
El discreto encanto de las palabras*
*POR BEATRIZ SARLO bsarlo@viva.clarin.com.ar
A los barriletes los llamaba "pandorgas". La palabra, que ninguno conocía acá, le agregaba al barrilete una especie de misterio extra, porque era inevitable preguntarse cómo serían las "pandorgas" allá, en Entre Ríos, de donde había venido Nélida a trabajar a Buenos Aires. Era rubia o castaña clara tirando a pelirroja, y se peinaba como las actrices estadounidenses de los años cincuenta, con un jopo liso y alto, compuesto por dos cilindros simétricos de pelo que se elevaban despejando la frente. Como era habitual, los barriletes llegaban con la primavera. La primera que Nélida pasó con nosotros, vio a los chicos, sentados sobre los mosaicos del patio, con un cuchillo cortando cañas en varillas muy finas, con las que se construía el armazón, que luego sería el soporte del papel de colores combinado en una "estrella" o una "bomba". Esa tarde Nélida pronunció la palabra "pandorga".
Los chicos repetían la palabra como una gracia y se apoderaron de ella para convertirla en talismán: sonaba a "abracadabra". Resultaba tan exótica, que creyeron que era natural que los barriletes fueran diferentes en Entre Ríos y en Buenos Aires. Y si se decía diferentes, era obvio que podían ser mejores. Entre otras cosas porque pensaban que, en Entre Ríos, simplemente porque era una provincia (y para esos chicos porteños decir provincia era indicar "campo abierto"), los barriletes podían remontarse libres de la amenaza de los cables de electricidad o de teléfono donde quedaban enganchados para siempre y se convertían en esqueletos de cañas sin restos de papel.
¿Por qué en un lugar no tan lejano, como Entre Ríos, al barrilete le decían de un modo tan raro? Esa era la pregunta que los chicos se hacían, aunque no fuera de manera explícita. A nadie se le ocurrió mirar el diccionario, donde la palabra "pandorga" tiene entre una de sus acepciones la de "cometa" o "barrilete". Los chicos preferían respetar escrupulosamente el exotismo en lugar de contribuir a un banal proceso de normalización que la hiciera figurar en el diccionario.
Lo verdaderamente interesante es que la palabra fuera como una especie de producto regional: un conjunto de sonidos originales, desconocidos en Buenos Aires, que evocaban un objeto aéreo que era el mismo, teóricamente, pero también distinto. Aunque Nélida asegurara que las "pandorgas" entrerrianas
eran iguales a las porteñas, se prefería no creerle del todo.
Mucho más interesante es que fueran diferentes, aunque la diferencia fuera leve. Si la palabra era distinta algo debía haber en el barrilete entrerriano que también reflejara esa diferencia. Una especie de pequeño desvío respecto de las cometas porteñas, el uso de colores o más brillantes o más claros; una capacidad especial para volar más alto ya que se remontaban a campo abierto. La idea de los chicos sobre el lenguaje era realista, es decir que las diferencias entre palabras aparentemente sinónimas implicaban diferencias entre cosas aparentemente iguales. Se podía confiar en el lenguaje si las palabras eran confiables: toda diferencia de sonido debía traducir una diferencia respecto de las cosas designadas. Los chicos, por supuesto, no tenían una teoría que expresara estas convicciones, pero las sentían como se siente una evidencia más allá de razones. Y sobre todo, más allá de la sencilla afirmación que hacía Nélida de la igualdad entre las pandorgas y los porteños barriletes.
Lo mismo pasaba con la palabra "falda" que usaba una señora gallega para referirse a la pollera. Los chicos estaban convencidos de que falda designaba solamente un tipo especial de pollera, la que se usaba "para entrecasa". Ninguna pollera de salir podía ser llamada "falda". En este caso el exotismo se traducía en una valoración de la prenda: la palabra usada en la Argentina designaba el conjunto de todas las polleras; la palabra "falda", sólo una versión cotidiana y probablemente marcada por la baja
calidad o el desgaste. "Falda" era el nombre de una carne usada para el puchero, una comida habitual en esos años, y por lo tanto no podía asociarse a las versiones de una prenda de vestir que fueran más cuidadas, o más nuevas o más lujosas.
Todo esto pasaba antes de la llegada de la televisión, que ha puesto a circular palabras de un español que combina versiones de distintos lugares de América latina. Sucedía en años donde los chicos hablaban una lengua más acotada a su lugar de origen y se sorprendían con la llegada de las nuevas palabras que traían los provincianos que venían, como Nélida, a trabajar a Buenos Aires. La ciudad era, entonces, lingüísticamente más cerrada; sentía una especie de superioridad injustificada, de la que no era posible, por cierto, culpar a los chicos fascinados con la "pandorga". Ellos, en verdad, estaban dispuestos a aceptar ese exotismo como algo valioso; no desconfiaban sino que presuponían una intrigante forma del barrilete que se había creado en otra parte y que ellos desconocían. La nueva palabra era una promesa de que el mundo es más grande de lo que parece cuando el centro se clava en lo conocido.
*FUENTE: REVISTA VIVA - CLARÍN
http://www.clarin.com/diario/2006/11/26/sociedad/s-01316523.htm
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 26 de noviembre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor español José Minguillón. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerson Valle (Brasil) y la música de fondo será de Rikchariy
(Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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ESPEJO O SOMBRA
Esta noche*
En esta noche de primavera
Estoy aquí frente a mí
Espejo o sombra
Labios apretados
Y esfuerzo por escribir
Algo bello y tierno
Con esperanzas de lavandas
Y desfiles de muñecos
Entre las estrellas de plata
Y los bichitos de luz
Estoy asustada y perdida
Esperando una mala noticia.
*de Azul. azulaki@hotmail.com
Espejo o sombra...
Jueves, 23 de Noviembre de 2006
PIRATAS*
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
El camino era de tierra con sus consabidos zanjones donde los cuises hacían sus trabajosas cuevas para huir de nuestras pedradas y de los colmillos asesinos de los perros.
Hubo también a los costados en un tiempo alguna hilera de paraísos coposos para descansar de las correrías en verano, árboles que algún miserable taló para siempre.
El camino se metía entre sembrados amarillos de trigo o verdes de alfalfa y de vez en cuando trotaba sobre él el caballito heroico de un sulky que venía de una chacra remota, o algún carro con su estrépito de tarros con leche recién ordeñada para la cremería del pueblo.
A veces nos resulta tan pobre , tan despiadadamente pobre este escenario que por más que rasguemos en busca de alguna historia que merezca una representación, no la encontraremos.
Sólo polvo, crepúsculo abierto y nada alrededor. Apenas patos silvestres, mariposas, un cielo bajo de cobalto y a lo mejor un solo grano -un granito?-de pimienta para adobar una historia a medias real a medias inventada. Pura nadita sobre la vastísima desazón del cielo -tan bajo que podemos tocarlo-
que las cigüeñas alzaron con su vuelo súbito, ante aquel trueno rodador, antes de las gotas pesadas como brevas maduras cayendo sobre el patio que ya cruzan los sapos presurosos.
Sin sentido era el grito de los teros, al menos así lo veíamos entonces, sin sentido a lo mejor nuestros propios pasos en bandada anárquica y risueña, despreocupada. Pero sólo ahora no se lo encontramos, porque en aquel tiempo hasta la última hierbita perdida del campo lo tenía y nosotros oscuramente
lo sabíamos, lo intuíamos como un destino implacable que como una luz en el camino estaría delante nuestro.
En los tiempos de cosecha era distinto, porque era como si todo el campo se pusiese en movimiento, con ropas oscuras o coloridas, pero era el tiempo alto y bello donde reinaban las canciones, según el dialecto o el origen de los cosecheros con sus familias como racimos heterogéneos, hilachientos, precoces de sueños.
De cualquier modo aquella vieja producción rural pertenece al irremediable pasado, también aquellos caballos que pastaban solitarios con un tordo sobre el lomo, picoteando el duro cuero de los toros, a la caza de los bichitos que criaban allí a mansalva sus colonias.
De vez en cuando un tren pasaba con su nervio y su ruido de hierros sacudiendo alambrados y arboledas. Y era emocionante mirarlo tirados debajo del puente de madera, entre durmientes secos que parcelaban el cielo con sus rectángulos quietos y su nube viajera.
También visitábamos taperas y corríamos sin suerte las ratas numerosas que allí se refugiaban y lo hacíamos con minuciosidad asesina, azuzando a los perros que veces mataban alguna.
O nos subíamos al molino, mientras el bástago golpeaba, monótono. Desde lo alto, casi tocando la rueda con nuestras cabezas, en la plataforma de madera nos instalábamos a mirar el horizonte, el techo de la casa y allá lejos el pueblo, desflecado, informe, sumergido entre arboledas muy verdes y la vía
que lo cruzaba al medio, como dos hilos de acero.
Era bello el espectáculo, pero sin matices. De todos modos, nos hacía felices, como era de vez en cuando probar lo distinto, y a espaldas de los mayores, mejor.
Todos los cañadones de la época fueron visitados por nosotros, bien para bañarnos, bien para la pesca de bagres o mojarritas, con anzuelos improvisados con alfileres hurtados a las madres.
Pero una vez conseguimos un bote para navegar. Bote tal vez sea una nominación excesiva dado su carácter artesanal y además era un préstamo.
Fue así. El inefable Negro Giuliano lo había construido con dos tanques de gasoil abiertos al medio, los había soldado y puesto tres asientos de duro metal el cual munido de un par de remos se podía avanzar en ese espejo de agua que acechaban los juncos y las aves acuáticas.
La proa era una cuña de chapa soldada "ad hoc" para cortar el agua. Lo demás era voluntad e imaginación, pero flotaba y cumplía su cometido.
Él, el negro, lo usaba para internarse en lo hondo y pescar, nosotros para jugar a los piratas y pasear, a riesgo de darlo vuelta y perderlo entre el barro del fondo.
Hacíamos avanzar la embarcación con los remos que tal vez fabricara el mítico carpintero "Perita" Gabilondo, en su taller frente a la escuela provincial. No recuerdo.
Es probable que embarcación tan estrambótica no haya surcado nunca ningún
cañadón o río o arroyo del mundo, pero nosotros éramos Dadid Crocxett, o el colmo de la aventura marina, o Sandokán y los piratas de la Malasia, tal leíamos en las novelas de Salgari o tantos héroes que veíamos en la matinée del cine "La Perla". Esas aguas que navegábamos no eran un tranquilo cañadón
rodeado de juncos, era un mar Caribe infestado de tiburones y piratas que debíamos abatir.
A veces pienso que si esa precariedad material en que se desarrollaba nuestra infancia que estaba reemplazada con creces por la imaginación, podría hoy ser trocada por tanta tecnología .
Creo que no, porque lo que funciona en la cabeza de un niño pobre no puede sustituirse con los mejores juguetes del mundo y esa riqueza y esa felicidad nos habrá de acompañar por toda la vida, por más llena de trampa con que se nos presente.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-6299-2006-11-23.html
RICARDO CHIDICHIMO HABIA APROBADO LA LICENCIATURA EN METEOROLOGIA EN LA UBA
No conoció a su padre, desaparecido en la dictadura, y recibió por él su título universitario*
El decano de Exactas entregó el diploma a Florencia Chidichimo en un acto en la Facultad. Ricardo fue secuestrado el 20 de noviembre del 76, seis meses después de dar la última materia.
EN SU NOMBRE. Florencia Chidichimo, su abuelo Ricardo, y una madre de la línea fundadora, en el aula magna de exactas. (Leandro Monachesi)
*Liliana Moreno limoreno@clarin.com
Tierra donde tuve un hijo/ tierra donde se crió (...)/tierra donde lo perdí una madrugada/ tierra hoy te pregunto a ti temblando ¿lo tienes tú?. El poema dedicado a Ricardo Darío Chidichimo, secuestrado y desaparecido el 20 de noviembre de 1976, lo leyó con voz entrecortada su hija Florencia. Fue el
martes en el escenario del Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA donde recibió en nombre de su padre el diploma que él no pudo tramitar: Licenciado en Ciencias Metereológicas.
Antes Florencia había dicho: "Desde que desapareció mi papá todos los años mi abuela le escribe un poema. Y éste es mi favorito". Su abuela, la mamá de Ricardo, es Nélida Chidichimo -"Quita" para todos-, Madre de Plaza de Mayo y parte del grupo originario de familiares que se reunía en la Iglesia de Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal. El mismo en el que se infiltró el ex marino Alfredo Astiz y del que en diciembre de 1977 fueron secuestradas, entre otras, las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet. "Quita fue una de las pocas que sobrevivió porque lo autos estaban colmados", dijo en
su discurso el decano Jorge Aliaga.
Quita no pudo estar el martes por un problema de salud. En su nombre estuvieron Florencia, su esposo Ricardo, un grupo de Madres Línea Fundadora y amigos y compañeros de militancia de su hijo Darío.
Pero sí estuvo el 23 de marzo cuando la facultad realizó el primer acto oficial por el 30 aniversario de la dictadura militar: una reivindicación a sus detenidos-desaparecidos y un homenaje a los organismos de Derechos Humanos.
Aquel día Quita y Ricardo se acercaron a Aliaga y le comentaron que su hijo había aprobado todas la materias de la Licenciatura en Ciencias Metereológicas pero no había alcanzado a gestionar su título. La última, Climatología, la había rendido el 5 de mayo del 76.
El Departamento de Alumnos tomó la tarea y el biólogo Diego Weinberg -de la Secretaría de Hacienda- representó a Darío y a Exactas ante la UBA. Julio, Beatriz, Paulina y Noemí, compañeros de militancia, siguieron el proceso de cerca. En la facultad había un antecedente: en setiembre de 1998, 20 años
después de la desaparición del físico Daniel Bendersky, sus padres habían recibido el diploma.
El trámite se puso en marcha con la unanimidad del Consejo Directivo de Exactas. Y el 20 de octubre el título, certificado por el Ministerio de Educación, llegó a la facultad. Se lo comunican a la familia el 23, sin saberlo un día después de la muerte de Marita Chidichimo, la otra hija de Quita y Ricardo. Marita era doctora en Física, también egresada de la UBA, y vivía en Canadá desde 1973 cuando ganó una beca en Cambridge.
"Este es un año muy duro para mis abuelos, para toda mi familia. Además, ayer (por el lunes) hizo 30 años de la desaparición de mi papá", dijo Florencia desde el escenario. Terminado el acto -cuando recibía besos y abrazos- lo recordó con alegría, aunque no alcanzó a conocerlo. "Mi papá militaba en la Juventud Peronista y yo era una beba cuando lo secuestraron.
Pero siempre me contaron que era un tipo fuerte, que le daba fuerza a los demás", contó. "También sé que estudió Meteorología porque le gustaba mucho volar. Era piloto civil"
Actriz, profesora de expresión corporal y estudiante del profesorado de Lengua y Literatura, Florencia -que llevaba la foto de Ricardo colgada al cuello- es el calco de su viejo. Con el diploma en una mano, con la otra revisaba el Certificado Analítico, donde constan materias y notas. "Mirá: tiene 2, 3, un aplazo. Me parece que no era muy buen alumno, pero bueno .... militaba. Aunque acá tiene un 10 en 'Instrumentos y Métodos de Observación', y eso que la rindió en el 76". También dijo: "Creo que mi papá fue feliz a su manera. Y pienso que sólo llegó hasta los 27 años porque todo lo que vivió lo tenía que vivir".
El título -que apretaba en su mano derecha-, a diferencia de cualquier otro, tiene una leyenda en el reverso. Dice: "Este diploma se otorga conforme a lo establecido por Res. CD Nº 768/06 de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, encontrándose el Sr. Ricardo Darío Chidichimo en situación de desaparecido".
*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2006/11/23/sociedad/s-03601.htm
Los Cazadores de Marfil*
La barcaza a nueve nudos por hora, iba aguas abajo por el río Congo. A un lado del mástil, el pequeño. Inmóvil junto al timón, el grandote. Los dos hombres meditaban. De ellos se podía decir: por mitad comerciantes y por mitad bandidos, según se ofrecieran las circunstancias. Peter, de minúscula
estatura, desafiaba al sol africano, que no había podido disolver su firme palidez. Anderson, a su lado, resultaba gigantesco, cabezudo y violento.
Difícil era resolver cuál de los dos era más peligroso. Trafican a todo lo largo del río Congo. Su última aventura había consistido en matar a palos y cuchilladas a treinta nativos cargados de colmillos de marfil. En cierto modo iban huidos, ambos pensaban que de ser uno solo el propietario del cargamento de marfil, podría vivir dichosamente los años que le restaban de vida.
Mientras la línea de los bosques acercaba o apartaba sus verdes murallas en la llanura de agua, y la barcaza, resoplando, avanzaba hacia el cabo de Dongo-Dongo, Peter pensaba cómo podría asesinar a su socio y Anderson de qué modo mataría a Peter.
Por su importancia, el cargamento de marfil, solicitaba un asesinato.
En África, los hombres siempre han muerto a otros hombres para apoderarse del marfil. No hay una sola bola que ruede en ninguno de los paños verdes de los billares del mundo que, secretamente, no esté manchada de sangre. De sangre de negro, de sangre de bestia y de sangre de blanco...
El marfil solicita la sangre. Peter lo sabía y Anderson también. De modo que un crimen más no tenía importancia.
Se acercaban a la orilla o se alejaban, y el gigante de Anderson se decía que ahora que cerrara la noche...
Ahora que cerrara la noche. . . Pero ¿quién cuidaría la caldera de la barcaza y del timón si él asesinaba a Peter? Peter, además de maquinista, conocía palmo a palmo las revueltas del río.
Además, hasta que no dejaran atrás el cabo de Dongo-Dongo, el río era peligroso. Para Anderson, estrangular a Peter era una operación sencilla. Lo estrangularía y lo arrojaría a las aguas, los peces voraces o los perezosos cocodrilos darían cuenta de él.
Cierto es que Peter tenía un hijo, y Anderson hubiera preferido que Peter no tuviera un hijo, porque nunca es agradable dejar a un chico huérfano. No, a esto no llegaba la dureza de Anderson. Pero ¿qué podía hacer el buenazo de Anderson? ¿No estrangular a Peter?
No, eso no podía ser... Su benevolencia no llegaba a tales extremos. Lo estrangularía a Peter y se lamentaría profundamente por el huérfano. Además, en todas las ciudades, se encuentran establecimientos filantrópicos, y cualquiera de ellos se hará cargo del huérfano. No era cosa de perder un cargamento de marfil por exceso de buen corazón. Le retorcería el pescuezo a Peter como a un pollo, y se interesaría por el huérfano. Eso. ¡Se interesaría por el huérfano y le daría una oportunidad! ...
Anderson se sintió reconfortado por haber resuelto el problema equitativamente. Peter debiera estarle agradecido de su prudencia. Ahora podía asesinarlo con la conciencia tranquila y todos quedarían contentos.
Mientras que Anderson, con una mano apoyada en la barra del timón, pensaba estas cosas, Peter daba vueltas en su magín al factible modo de librarse de Anderson, ¿una puñalada, un tiro o un garrotazo?
Un garrotazo era casi imposible. Tendría que acercarse a Anderson, y éste, desde hacía varios días dormía con un ojo abierto y otro cerrado, y siempre--¡la casualidad de las casualidades! que Peter tomaba el cuchillo, Anderson empezaba a revisar el tallado de un garrote que estaba a su alcance, o el tambor de su revólver. Cualquier crimen era preferible a repartir el cargamento de marfil. Si él asesinaba a Anderson, su hijo podría estudiar en la universidad, en fin, vivir una vida un poco más humana y limpia de la que cochinamente no se había podido librar hasta ahora.
Pero había que liquidar aquel asunto antes de llegar a las primeras factorías de Dongo-Dongo. El cauce del río se ensanchaba, la selva aparecía allá, muy lejos, sobre la anchurosa sábana de agua amarilla, y Peter, sentado tristemente frente a la caldera, en la que ardían gruesos troncos, pensaba que si su hijo fuera a la universidad, él podría envejecer honorablemente y calzar abrigadas pantuflas durante el invierno.
Pero el maldito Anderson, como si sospechara de la naturaleza de sus pensamientos, sesgadamente sentado junto al timón, sin perderle de vista, hacía varios días que Anderson, casualmente, tomaba posiciones que hacían prácticamente imposible toda tentativa de asesinato.
De pronto, Anderson dijo, grave:
--¡Picaron! . . .
Peter se aproximó apresuradamente... las cuerdas de los anzuelos estaban tensas. Tendrían pescado para la noche.
Anderson se inclinó sobre un espinel y Peter sobre otro. En los extremos de las cuerdas, un pez de oro y un pez de plata saltaban fuera de las aguas y volvían a sumergirse. Anderson comenzó a recoger los anzuelos. Peter volvió la cabeza. Anderson seguía divertido con los saltos del pez de oro, y Peter
descargó su brazo como un resorte. Se vieron en el aire los dos pies del hombre, y Anderson lanzó un grito ronco. Ahora nadaba vigorosamente tras la barcaza. Pero ésta se alejaba rápidamente en el mar de herbajos que la rodeaban.
Los aullidos de Anderson sonaban cada vez más distantes, ahora comprendía Peter el significado de nueve nudos por hora. Anderson nadaba rápidamente pero su relieve fuera de las aguas se tornaba cada vez más pequeño.
Peter, manteniendo inmóvil la barra del timón con un pie, cruzado de brazos miró al lejano nadador. Nadie podía salvarle. Había caído en la parte más estrecha del río, en la llanura de herbajos, que eran nidales de cocodrilos.
Más adelante estaban los remolinos; detrás las cascadas. El cargamento de marfil le pertenecía. Ya nadie podría disputárselo. Su hijo iría a la universidad, y cuando él fuera anciano usaría tiernas pantuflas. En cuanto a Anderson, diría que el hombre había muerto a consecuencia de una fiebre
maligna, y todos se darían por muy satisfechos.
Tres años después, Peter vivía en Montaña Negra, al sur de Neuquén. Había llegado el verano. Caía la tarde y el cazador de marfil, de pie frente a su casa de madera de alerce.
Estaba satisfecho ahora, porque en el pasado había cometido un crimen, y ese crimen había permanecido impune, y de consiguiente él y su hijo vivían sin penas. Sobre todo su hijo. El chico andaba jugando por el monte entre recientemente derribados troncos de robles. Lo había hecho venir de Santiago a pasar sus vacaciones, porque Peter, siempre prudente, quiso que su chico se ligara a los hijos de los ganaderos de la zona, y en vez de enviarlo a estudiar a Buenos Aires, que quedaba tan lejos, le hacía ir hasta Chile
cruzando los lagos. Ahora el niño estaba con él, y Peter sentía que el cielo derramaba bendiciones sobre su cabeza. Recordando al corpulento Anderson, cuyos huesos se podrirían en el fondo del río Congo, pensó: "Si Anderson viera al nene, y a este cuadro, y a esta buena casa de alerce, y a las ovejas que andan en el monte, se pondría contento y palmeándome en las espaldas me diría:
"--Eres un hombre prudente, Peter, siempre lo he dicho."
¡Cosa curiosa! El cazador de marfil recordaba al muerto a cada una de sus satisfacciones, y hasta le ocurría, muchas veces, dejarse llevar por su pensamiento y discutir con él, como si el muerto estuviera vivo, y semejante conducta no aminoraba los remordimientos de Peter, por la sencilla razón de que un forajido como Peter no podía experimentar ningún género de remordimiento; pero situaba al muerto, con respecto a él en un plano de indulgencia misteriosa. Era como si le pidiera consentimiento al asesinado
para ser feliz, y Anderson, magnánimamente, le permitía ser feliz.
Peter echó algunas bocanadas de humo y miró las montañas azules que enrojecían, y nuevamente volvió a sentirse contento de tener un hijo, una propiedad y de no estar en presidio.
Un caballo se detuvo frente a la distante tranquera y Peter palideció.
Palidecía ansiosamente siempre que un desconocido se detenía frente a su campo. "No hay motivo", se decía él; pero el caso era que su rostro se cubría de una palidez mortal.
El desconocido montaba un recio potro, y una barba espesa le circunvalaba el rostro. Después de abrir la tranquera, sin desmontar, avanzó al galope por el camino. Peter se apoyó, trémulo, en el muro de tablas de su vivienda en cuanto pudo reconocerlo. El muerto había resucitado. Allí, en persona,
estaba Anderson.
--Aquí estoy--dijo el otro, desmontando--, yo: Anderson.--Y su mano ancha cayó sobre la espalda de su verdugo.
--¡Tú!...--acertó a murmurar el otro.
El hijo de Peter apareció por un camino junto a la casa sombreada de grandes árboles. El niño iba descalzo, un cinturón con cartuchera le sostenía el pantaloncito y traía un arco con flechas entre las manos. Anderson miró al pequeño, y dijo:
--De modo que éste es tu mocito hijo Andresillo. Bien, bien con Andresillo.
El niño miró al barbudo y se coló en la casa. Peter, desencajado, continuaba mirando a su ex socio. ¿De modo que no había muerto? Como si el otro viera lúcidamente lo que pasaba en su cerebro, replicó sagazmente:
--No, no he muerto, Peter. ¿Has visto? No he muerto. Y bien pude haberme muerto. ¡Vaya si pude!...
--¿Cómo llegaste hasta aquí?--murmuró Peter.
--¡Ah, es tan largo de contar todo esto! ¡Tan largo!...
--¿Vienes a buscar tu parte?
Anderson lo soslayó cruelmente. Luego:
--Sí, por supuesto.--Y nuevamente su mano cayó sobre el hombro del cazador de marfil, y una congoja tremenda entró en los sentidos de Peter, y sus ojos se nublaron. Anderson continuó:--Pero ¡qué alegría verte! no hay nada que hacer, Peter. Yo siempre lo he dicho. Eres un hombre prudente. ¿De manera
que te has comprado estos montes. . . y esta finca? Bien. Bien. Y el pobre Anderson pudriéndose en el fondo del río Congo, ¿eh? El pobre Anderson haciendo bulto en el estómago de algún cocodrilo, ¿eh?...
Miró nuevamente todo lo que había en derredor suyo, y continuó, socarrón:
--¿De manera que te das la vida de un príncipe? Engordas, ¿eh? ¿Y no te acordabas nunca de mí? Dime, Peter: ¿nunca te has acordado de mí?...
--¡Cállate!--murmuró Peter.
--Yo siempre te recordaba--prosiguió Anderson--. Me decía: "¿Dónde estará mi buen amigo? ¿Qué será de sus negocios? ¿Qué intereses le producirá su capitalcito?". Pensaba en ti--súbitamente ese tono cambió--, y se me revolvía el estómago--nuevamente retomó el otro tono--. Se me revolvía el estómago al acordarme de toda el agua que tragué en aquel anchuroso río.
Porque, ¡vaya si es ancho ese río!
Copiosas gotas de sudor rodaban por el rostro de Peter. Su mirada iba ansiosamente hacia el interior de la casa. ¿Por qué había enviado a la cocinera hasta el puesto de Coiue?
Anderson continuó:
--Te prevengo que he salvado la vida, digamos cómo. . ., ¡milagrosamente! Me encontró una lancha de negros en Dongo-Dongo abrazado a un tronco. Te juro, Peter, que llorarías de lástima si vieras cómo me desgarraron las piernas los dentudos peces. Estuve enfermo. Gravemente enfermo. Otro hombre te
hubiera delatado a la justicia. Yo me callé. Me dije: "No quiero que Peter tenga dificultades con los hombres de la ley". ¿He procedido mal o bien?
Contéstame.
El cazador de marfil tuvo la sensación de que su corazón se había convertido en un trozo de manteca, derritiéndose junto a un encendido brasero. Anderson continuó arrimando su enorme estatura a él.
--Contéstame, Peter: ¿he procedido bien o mal?
Peter sentía su aliento en las narices. La mano de Anderson se levantó, tomándole del cuello lo introdujo en el comedor. Una estufa ocupaba el centro de la habitación de muros adornados con cabezas de ciervos y jabalíes, y por el vidrio de la ventana entraba un rayo rojo de sol. Peter miró ansiosamente en derredor. Su escopeta estaba allí sobre la cama.
Anderson adivinó el sentido de su mirada, y sin soltarle del alzacuello lo arrimó al tubo de la estufa:
--De manera que no te niegas ningún placer, ¿eh? ¿Hasta escopeta tienes, y cabezas de ciervos y de jabalíes? Bien. Bien. Y todo ello adquirido con el dinero del pobre Anderson, ¿eh?
Lentamente desenfundó un cuchillo. Un cuchillo de hoja ancha. Peter sintió que se desvanecía en las negruras de la muerte, y echándose a los pies de Anderson, le dijo:
--Te daré toda mi fortuna. Te daré un cheque, Anderson. La mitad de este campo. La mitad de mis ovejas. Aquí las tierras se están valorizando día a día, Anderson. Podemos trabajar juntos. Te haré abrir una cuenta corriente en el banco de Bariloche, Anderson.
La mirada del gigante pesaba como una losa sobre el cazador de marfil.
--Tengo quince mil pesos en el banco, Anderson. Te daré la mitad. Seremos socios.
Anderson pareció pensarlo y enfundó el cuchillo. Peter, amarillo como un cuerno de marfil, se enderezó, lentamente sobre el suelo. Gruesas gotas de sudor rodaban hasta sus cejas. Anderson, sin perderle de vista, dijo:
--Fírmame un cheque por diez mil pesos... No: por catorce mil pesos . . .
--Anderson, escucha. Conténtate con diez mil. Quédate aquí. Trabajemos juntos a medias. Las tierras se valorizan cada día más. Te juro que se valorizan.
Anderson, en silencio, tomó una silla y se sentó junto a la mesa. Peter, frente a él, comenzó a charlar. Y habló, convulsivamente hasta entrada la noche. Andresillo, de brazos cruzados sobre la mesa, dormía profundamente, mientras el gigante de gruesas cejas, arrimado a la mesa, con los brazos cruzados, escuchaba impasible.
Cerca del amanecer, Peter despertó bruscamente, cosa desacostumbrada en él.
Puso la mano debajo de la almohada. Allí estaba su revólver. ¿De modo que en cuanto saliera el sol, Anderson se marcharía con el cheque de doce mil pesos en su bolsillo y él tendría que empezar de nuevo? Si su hijo no estuviera en la casa, no vacilaría en asesinar a Anderson. Se estremeció. Anderson
acababa de carraspear en el otro cuarto. Evidentemente, estaba despierto.
Peter, tratando de impedir que crujiera su cama, retiró el revólver de debajo de la almohada, y pensó:
"Si entra a este cuarto, lo tumbo de un tiro."
Peter apretó el cabo del revólver bajo las sábanas:
"Si se dejara convencer y se quedara aquí podría envenenarlo." Súbitamente Peter se estremeció. Anderson desde el otro cuarto, le hablaba:
--Estás despierto, Peter, ¿eh? Y pensando de qué modo matarme, ¿eh?
Un desaliento infinito entró en la conciencia del cazador de marfil. ¿Qué hacer? ¿Negar? ¿Fingirse dormido?...
Anderson insistió:
--¿Te haces el dormido, eh, Peter? ¿Tienes miedo?...
Peter contestó débilmente:
--Estoy enfermo, Anderson. Estoy enfermo de verdad crujió la cama--. No te levantes, Anderson. No te levantes que tengo el revólver en la mano. Estoy enfermo.
Anderson, en la obscuridad de su cuarto, apretó los dientes. Aquél era el momento y no otro. Elástico como un gato, el gigante se desprendió de la cama. En una mano sostenía una almohada y en la otra el cuchillo ancho.
Peter oyó el crujido del lecho; quiso hablar, pero una arcada tremenda le impidió pronunciar una sola palabra y recibió en el rostro el golpe de la almohada, y quedó tendido sobre su cama bajo el peso del gigante que le hurgaba en el vientre con la hoja del cuchillo. Dos veces aproximó la hoja del cuchillo a su piel y le tocó y no le hirió.
Peter quería gritar, pero la almohada le asfixiaba, y de pronto, en las tremenas tinieblas, comprendió que el gigante había cambiado de opinión. El filo del ancho cuchillo se apoyó en su garganta. Y ahora un gran dolor lo sumergía en la breve desesperación de la que no se vuelve.
Terminado que hubo, Anderson volvió a su cuarto, encendió la lámpara y comenzó a vestirse. Cobraría el cheque y se marcharía nuevamente al Congo.
Estaba satisfecho, porque además de cumplir con su deseo no había dejado en la indigencia al niño de Peter. Sentado ahora en la misma habitación donde estaba el muerto, prendiéndose los cordones de los zapatos, se decía que Andresillo quedaría a cubierto. ¿Y si él lo reclamara a la justicia desde el
Africa? ¡Imposible! El niño le reconocería siempre como el hombre que estuvo con su padre la noche que él lo asesinó. Lástima, en cierto modo, porque el tal Andresillo parecia una criatura despabilada.
Precisamente allí en lo alto de la escalera, sin que Anderson pudiera verlo, estaba Andresillo. El niño, gravemente, miró el charco de sangre que había en la cabecera del lecho de su padre, y luego observó al asesino prendiéndose lentamente los cordones de los zapatos. Andresillo inspeccionó nuevamente con la mirada el cuadro y comenzó a bajar lentamente la escalera.
La criatura, descalza, se deslizaba como un gato. A un costado de la cama del muerto, colgado del muro, había un mazo. Andresillo, siempre cauteloso, reteniendo la respiración, obedeciendo a la fuerza extraña que le impedía llorar, recogió el mazo, se arrimó al asesino, que le daba las espaldas,
levantó el mazo, y con toda la fuerza que cabía en sus bracitos, lo descargó sobre la nuca del cazador de marfil. El asesino se desplomó, herido de muerte, como un toro al que derriba el matarife. Y sólo entonces estalló el llanto del niño, asustado en el silencio opaco de la noche...
*De Roberto Arlt.
-Fuente: http://es.geocities.com/cuentohispano/texto/arlt_cazadores.html
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Queridas amigas, queridos amigos:
El próximo domingo 26 de noviembre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor español José Minguillón. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerson Valle (Brasil) y la música de fondo será de Rikchariy
(Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial@yahoo.com.ar
InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial@yahoo.com.ar
Pobres de nosotros...
Ellos se miraron.
Con esa mirada que dice lo que no pueden decir palabras.
Imposible de reconstruir esa mirada con palabras.
Después. Cuando la mirada y cada humanidad se desvaneció para el otro.
Cada cual entrevió -y pudo ver un poco más allá- al desierto que se avecina.
Con esa mirada que dice lo que no pueden decir palabras.
Imposible de reconstruir esa mirada con palabras.
Después. Cuando la mirada y cada humanidad se desvaneció para el otro.
Cada cual entrevió -y pudo ver un poco más allá- al desierto que se avecina.





