SE HABÍAN EXTRAVIADO PARA SIEMPRE...
Menos que el circo ajado de tus sueños*
*Roberto Juarroz
"Menos que el circo ajado de tus sueños
y que el signo ya roto entre tus manos.
Menos que el lomo absorto de tus libros
y que el libro escondido
de páginas en blanco.
Menos que los amores que tuviste
y que el tizne que alarga los amores.
Menos que el dios que alguna vez fue ausencia
y hoy ni siquiera es ausencia.
Menos que el cielo que no tiene estrellas,
menos que el canto que perdió su música,
menos que el hombre que vendió su hambre,
menos que el ojo seco de los muertos,
menos que el humo que olvidó su aire.
Y ya en la zona del más puro menos
colocar todavía un signo menos
y empezar hacia atrás a unir de nuevo
la primera palabra,
a unir su forma de contacto oscuro,
su forma anterior a sus letras,
la vértebra inicial del verbo oblicuo
donde se funda el tiempo transparente
del firme aprendizaje de la nada.
y tener buen cuidado
de no errar otra vez el camino
y aprender nuevamente
la farsa de ser algo."
*Roberto Juarroz (Argentina, 1925-1995)
*Fuente: El Poder de la Palabra www.epdlp.com
SE HABÍAN EXTRAVIADO PARA SIEMPRE...
INTERNET Y EL CAJÓN FALSO DE LA COCINA*
Crónicas del Hombre Alto (nº 37)
La cocina del departamento donde transcurrió mi infancia tenía una mesada de mármol, debajo de la cual había una estructura de madera compuesta por tres puertas y dos cajones. Tal falta de equivalencia numérica tenía su explicación: la tercera puerta quedaba justo debajo de la bacha, por lo que la hipotética presencia de un cajón entre ambas hubiese resultado inviable. Sin embargo, sea por estética o por neurótica compulsión hacia las simetrías, el encargado de diseñar la cocina había colocado en el lugar un cajón falso. Es decir, una apariencia de cajón allí donde en realidad no lo había. Uno observaba, sí, un rectángulo que tenía las mismas dimensiones de los otros dos que estaban a su izquierda, pintado con el mismo color verde loro y hasta con idéntica protuberancia esférica y rugosa en el centro, pero era sólo una fachada ilusoria.
Vaya a saber por qué peregrina razón, en algún momento de mi niñez pergeñé la fantasiosa teoría de que a aquel cajón sellado iban a parar todos los objetos que se nos perdían (sí, yo era un niño raro; solía tener pensamientos de esta naturaleza). Básicamente, especulaba con la idea de que allí estuviese guardada una pelota de plástico a rayas que el viento había alejado de mí años atrás llevándola irremediablemente hacia las aguas de la Laguna Setúbal.
Obviamente -¿hace falta aclararlo?- es imposible abrir un cajón que no existe, de modo que mis propósitos reivindicatorios jamás pudieron ser cumplidos.
* * *
Cuando yo tenía 10 u 11 años, se puso de moda una canción en inglés que se llamaba "Lady in blue" ("La dama de azul"). A mí me gustaba. No era mi favorita, pero me resultaba placentero escucharla. Me recuerdo claramente frente a la vidriera de una disquería de la peatonal, contemplando el afiche desde el cual un hombre rubio y sonriente promocionaba el disco. Recuerdo también que, vaya uno a saber por qué peregrina razón, en ese momento me pregunté si cuando yo creciera me seguiría gustando esa canción, si ese hombre rubio seguiría siendo famoso, y hasta me imaginé consultándole a mi hijo qué le parecía la música que yo escuchaba a su edad (sí, yo era un niño raro; solia tener pensamientos de esta naturaleza).
El incansable andar del tiempo hizo que me olvidara de la melodía y, cosa extraña en mí, hasta del nombre de aquel cantante que -¿hace falta aclararlo?- no quedó instalado en la memoria colectiva de los argentinos.
* * *
Nunca en los siete años que llevo como navegante del ciberespacio me llamó la atención el difundido hábito de bajar música de Internet. No sé, supongo que quedó martillando en mi cabeza el comentario de alguien que me advirtió sobre la extrema lentitud que puede implicar el proceso para quien -como en mi caso- carece de banda ancha (dato suficiente este de la lentitud para ahuyentar a un sujeto ansioso como yo). O tal vez, me ganó el prejuicio de suponer que la música a la que se podía tener acceso era la misma que uno puede escuchar en las radios, es decir, la que se pone de moda, la que responde a las leyes del mercado.
Hace unos meses, sin embargo, mi hijo me hizo una elocuente demostración práctica de todas las maravillas de jazz, blues y bossa que había conseguido almacenar en su computadora gracias a Internet, y mi visión del asunto cambió por completo. Es más, la revelación me impactó de tal modo que, al día siguiente, ya había descargado en mi propia PC el programa necesario, dispuesto a ponerme manos a la obra cuanto antes.
* * *
Soy un tipo que mira mucho hacia el pasado. Quizás por ser un individuo extremadamente memorioso, siento que cargo con él como si fuera una parte viva más de mi presente. Hasta diría incluso que soy posesivo con mi pasado. No colecciono objetos en forma indiscriminada (de hecho, destilo bastante indiferencia hacia la mayoría de ellos) pero tengo, sí, una marcada inclinación a conservar determinados testimonios que considero representativos de diferentes etapas de mi vida. Supongo que su tenencia me brinda una especie de seguridad simbólica, la impresión de que soy capaz de impedir que los días que voy viviendo se me escurran así nomás. Impresión, claro está -¿hace falta aclararlo?- que se hace añicos apenas uno se pone los anteojos cínicos de la racionalidad para ver las cosas de este mundo.
* * *
No soy ingenuo; me conozco demasiado. Sabía que no iba a ser fácil encausar mis afanes de melómano virtual en un esquema preestablecido. Hubo, sí, un plan inicial de rastrillaje cibernético que cumplí con admirable prolijidad, y que me permitió completar sucesivamente un compilado de temas de la Bersuit, otro de Divididos y un tercero de Los Piojos. Sin embargo, tanto rigor no tardó en resquebrajarse y, previsiblemente, mis búsquedas terminaron adquiriendo muy pronto un errático matiz de arqueología musical.
Al principio tímida, casi pudorosamente; luego con insaciable voracidad, me lancé a rastrear canciones ligadas a los años '70, intentando bosquejar con ellas un impreciso mapa emocional de mi infancia. Mi exploración tuvo resultados altamente satisfactorios: reencontré la música de series entrañables -"Baretta", "Dos tipos audaces", "El hombre nuclear"-, volví a escuchar a Donna Summer cantando el tema de la película "Abismo", me conmoví otra vez con el italiano de "Albatros" que clama desesperado "¡Sandraaaaaaa, ti amooooo!" en el final de "Vuelo AZ 504", y compartí el lamento de Los Brincos porque "Eva María se fue / buscando el sol en la playa".
Una noche, vaya a saber por qué peregrina razón, me acordé de "Lady in blue". Me vino a la memoria el remoto episodio de la vidriera y sentí que estaba ante un desafío mayúsculo. ¿Sería posible hallarla? ¿Habría alguien en algún ignorado punto del planeta que tuviera justamente esa canción guardada en su computadora? Sin querer ilusionarme demasiado, escribí las palabras mágicas en el buscador y, para mi gran asombro, en cuestión de segundos no sólo apareció en la pantalla el título de la canción requerida, sino también el nombre olvidado de su intérprete: Joe Dolan. Me pareció estar rozando los límites de lo verosímil. Por supuesto, inicié la descarga de inmediato y, al cabo de unos minutos de exasperante espera, volví a escuchar, después de más de treinta años, aquella melodía pegadiza y la voz algo chillona que la entonaba.
Quedé fascinado. No con la canción en sí (que, como suele suceder en estos casos, ahora no me parece tan bonita), sino por el prodigio de haber podido rescatarla de la nada. Y aunque sé que todo retorno al pasado es fatalmente imperfecto e incompleto, aunque sé que los paraísos perdidos no se recuperan jamás, aunque bien sé que mi pelota de plastico a rayas se extravió para siempre en las aguas de la laguna, en ese momento sentí que, en cierta forma, yo acababa de abrir al fin aquel cajón falso de la cocina.
Y sí, soy un adulto raro; suelo tener pensamientos de esta naturaleza.
*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
VEINTINUEVE.
Silvana reclinó la cabeza sobre el hombro derecho -un gesto infantil que Agata le había visto varias veces y que ahora asociaba con una manifestación de complicidad y afecto- y dijo:
-¿Hoy adónde quiere que vayamos? Agata abrió los brazos, dudó.
-¿Conoce Torcona? -preguntó Silvana.
-No.
-Hay un castillo. Salimos ahora y volvemos a la noche. Es un lindo viaje.
-Está bien. Yo me dejo llevar. Para mí todo es nuevo.
-¿Qué conoce de Italia?
-Casi nada. El puerto de Génova, cuando me fui. Roma, ahora. Nunca había salido de acá. Sólo para ir al pueblo donde vivían mis suegros, en el Veneto. Cuando me casé fuimos a visitarlos y después pensábamos ir a Venecia. Ese iba a ser nuestro viaje de bodas. Pero mi suegro no paraba de organizar comidas en nuestro honor y para los gastos nos pedía plata a nosotros, porque siempre andaba sin un centavo. Así que pasaron los días, se nos acabó el tiempo y también la plata, y tuvimos que volver sin ir a Venecia. Después nunca más pudimos hacer aquel viaje.
-¿Cuánto más se quedará en Italia?
-No mucho más. Se me van acabando los días.
-¿Piensa quedarse todo el tiempo en Trani?
-¿Adónde podría ir?
-A Venecia.
Agata sonrió.
-¿Le gustaría? -preguntó Silvana.
Agata volvió a sonreír:
-Claro que me gustaría.
-Entonces vamos. Yo la invito. Así hará su viaje de bodas.
-Un poco tarde.
-Venecia no cambia, pueden pasar cien años, siempre está igual.
Agata se quedó pensando, disfrutando de la idea y la posibilidad.
-Después la llevo hasta Roma -insistió Silvana.
Agata pensó un poco más.
-Tendría que organizarme -dijo por fin.
-¿Organizar qué? Sólo tenemos que decidir el día.
Torcona no era cerca. Comenzaron a ver la ciudad bastante antes de llegar, sobre la cima de un cerro, apareciendo y desapareciendo con las curvas del camino: un grupo de construcciones grises, apretadas como un puño contra el cielo, rodeadas por una muralla almenada. Tuvieron que subir durante un buen rato. Dejaron el coche en un espacio plano. Cruzaron la muralla por una puerta antigua, madera e hierros Y cadenas, de una altura y un espesor que a Agata la impresionaron. Después siguieron trepando por calles angostas Y empinadas, todo piedra, peldaños Y corredores que se abrían a derecha e izquierda: la ciudad entera parecía una fortaleza. Las callejuelas giraban y giraban y siempre desembocaban frente al cielo.
De vez en cuando se cruzaban con alguna pareja, con algún grupito. Se notaba que eran turistas, llevaban cámaras fotográficas. Casi no se veían lugareños: una mujer sacudiendo ropa en un balcón, un viejo que había sacado una silla a la puerta de calle, otro que trepaba, muy lento, ayudándose con un bastón, por la rampa que llevaba a una iglesia.
Visitaron esa iglesia, después otra, y otra más donde, alto frente al altar, en un sarcófago de tapa transparente, estaba el cuerpo incorrupto de un santo. Finalmente fueron al castillo, imponente y sombrío, con ventanas que daban al precipicio. Producía vértigo asomarse. Apareció una mujer que las fue guiando y haciendo un poco de historia. Estuvieron un tiempo largo recorriendo salas y pasillos, deteniéndose en las vitrinas, frente a las pinturas, los muebles, las estatuas, las armas y las armaduras. Era interesante oír a la mujer hablar de los personajes retratados, de costumbres, ropas, comidas, utensilios domésticos, juguetes, con la misma familiaridad con que hubiese contado de su propia casa y de parientes suyos.
Cuando salieron Silvana dijo: -Tengo hambre.
Se sentaron en un barcito que no tenía más de seis mesas, con una terraza sobre un huerto en declive. Hacia abajo seguían las laderas con viñedos y después, en el valle, los rectángulos de campos, atravesados por la línea oscura de una ruta y los coches corriendo como hormigas. Del otro lado del valle una ondulación de colinas se esfumaba en la neblina plateada.
-¿Le gusta? -preguntó Silvana.
Se oyeron las campanas de una iglesia y sólo entonces Agata se dio cuenta del gran silencio que las rodeaba. Estaban muy alto y el aire era dulce.
Eran las únicas clientas. Comieron pizza. Después tomaron café. Salieron, bajaron hasta la muralla, la recorrieron durante un tramo y volvieron a subir. Había mujeres sentadas en los umbrales. De vez en cuando, nuevamente las campanas. Se detuvieron a leer una placa de mármol en un muro. Decía: "Quien transite esta calle solitaria debe saber que por aquí caminaba el místico cristiano Piero Ansaldi. Jamás el pensamiento humano estuvo tan cerca de Dios".
La calle daba a un puentecito de piedra, sobre un cauce seco que bajaba entre las casas. Pasado el puente desembocaron en una plazoleta que se llamaba Giordano Bruno. Había una construcción sólida y gris, planta baja y primer piso, con un cartel que anunciaba una exposición de instrumentos de tortura. Agata se detuvo:
-¿Entramos?
-¿Seguro que quiere ver esto?
-Sí.
Adentro, el edificio no difería de lo que había sugerido
su aspecto exterior. Grandes salas en penumbras, paredes de piedra, ventanales enrejados. Y los instrumentos. Apenas cruzaron la puerta, en Agata hubo una señal de alerta. Lo que habían visitado hasta ese momento, el castillo, las iglesias, inclusive las casas y las calles, las había mirado, también ella, con la curiosidad y el desapego de una turista. Pero ahí adentro le resultaba imposible mantener la misma distancia. Había leído alguna vez sobre esos instrumentos, había visto grabados, pinturas, fotos. Enfrentados era otra cosa. Estaban ahí, a centímetros de distancia, no como cosas del pasado, sino instalados en el presente, con una permanencia grosera y maligna, con su poder intacto, listos para ser usados. Eran rústicos instrumentos pensados para el sufrimiento. Hierro y madera y soga. Los mismos materiales con que se habían fabricado carros, molinos, arados y tantas cosas. Las mismas manos. Tal vez fuese esa evidencia lo que primero impactaba al acercarse: comprobar los rastros de la mano del hombre en la elaboración de aquellos objetos macabros. Huellas dejadas por el cuerpo que había trabajado y sudado para el dolor de otros cuerpos. Se podía ver el golpe impreciso del hacha en la madera o la marca del martillazo que había cerrado un anillo de hierro. Palos emparejados, hierros trabajados, afilados. Marcas que habían sido hechas por manos como las de uno. Agata podía tocar esas marcas.
Andar por aquellas salas, subir aquellas escaleras, era como un mal sueño. Junto a cada instrumento, un texto adherido a una tabla explicaba los diferentes usos. Para mejor comprensión, algunos grabados ilustraban los textos. Agata leía y volvía a mirar los instrumentos. Había una larga serie de toscas tenazas y pinzas que, según el formato, se aplicaban para arrancar uñas, pezones, órganos genitales masculinos o trozos de carne de otras partes del cuerpo. Una, que constaba de cuatro puntas, estaba especialmente pensada para los pechos de mujer. Se llamaba el destrozasenos. Generalmente, explicaba el texto, eran calentadas al rojo vivo.
Había bancos de estiramiento. La víctima era acostaba con los tobillos fijados por dos anillos y las muñecas atadas a un eje. El eje, al girar, iba produciendo un lento desgarramiento de las articulaciones y los músculos, logrando un estiramiento que podía llegar a los treinta centímetros. Bajo el cuerpo del condenado unos rodillos giratorios con puntas metálicas complementaban la tortura.
Estaba el caballete, reservado para las sospechosas de brujería. La condenada era colocada boca arriba, sobre una tabla filosa cruzada bajo su espalda a la altura de la cintura, de manera que esa parte de su cuerpo quedaba bastante más elevada que la cabeza y los pies. Se le introducía un embudo en la boca y se la obligaba a ingerir gran cantidad de agua. Después los verdugos comenzaban a saltar sobre su vientre para producir la expulsión del líquido. Repetían el procedimiento hasta que las rupturas de vasos internos y las hemorragias acababan con la vida y el suplicio.
Estaba la parrilla, con forma de cama, sobre la cual eran atados los herejes. Se colocaba un brasero debajo y, cuando las carnes comenzaban a abrirse y aparecían los huesos, el cuerpo era desmembrado con largas pinzas.
Había unos sofisticados instrumentos que recibían el nombre de pera oral, rectal y vaginal. Luego de su introducción, un mecanismo a rosca los iba abriendo en tres pétalos de puntas cortantes que servían para reventar el fondo de la garganta, del recto o del interior de la vagina. La pera vaginal era reservada a las mujeres acusadas de haber tenido relaciones sexuales con Satanás o con alguno de sus adeptos.
Estaba la horquilla del herético, cuyas puntas eran clavadas profundamente en la carne, las superiores bajo el mentón, las inferiores en el esternón, impidiendo todo movimiento de la cabeza. La víctima, mientras esperaba la hora o el día de ser llevada a la hoguera, era obligada a repetir continuamente la palabra abjuro.
Estaba la mordaza metálica: con este instrumento se evitaba que los gritos de los condenados al fuego, mientras ardían, molestasen a los espectadores y la ejecución de la música sacra que acompañaba esas ceremonias.
Estaba la rueda, colocada sobre la punta de un palo, a la que se ataba el condenado después de haberle quebrado los huesos con una maza, aunque evitando las heridas mortales, para que el suplicio se prolongase lo más posible.
Estaban el garrote vil, la jaula, el caballete español, la sierra. Había mucho para ver en aquel caserón gris.
Recorrieron la planta baja, la planta alta, después salieron a la calle y respiraron otra vez el aire dulce del otoño. Cruzaron el puentecito sobre el cauce seco y volvieron a pasar bajo aquella placa en la pared, con la reflexión sobre el pensamiento humano y su posibilidad de acercamiento a Dios. Subieron durante un trecho y fueron a sentarse en la escalinata de una iglesia. La luz decaía rápido. Se quedaron ahí, descansando.
Silvana habló:
-Conocí a una muchacha argentina, hace unos cuantos años, cuando estaba estudiando en Milán. Se llamaba Marta, trabajaba de camarera en un restaurante. Se había escapado de la Argentina. Me contó cosas de allá.
Calló y volvió a hablar:
-También me contó una historia de cuando era chica. ¿Quiere escuchada?
-Sí -dijo Agata.
Marta tenía una hermana melliza, Susana. Cuando eran chicas, los padres las llevaban a veranear al mar. Marta recordaba esos años como una época feliz. Las mellizas siempre se perdían en aquella playa llena de gente. No había día en que no se perdieran. Los turistas ya las conocían, se avisaban unos a otros: "Otra vez se perdieron las mellizas". Encontraban a una: "¿Vos cuál sos?". Se pasaban la voz de grupo en grupo: "Encontramos a Susana, hay que buscar a Marta". Así cada día. La gente se acostumbraba y aquello se convertía en un juego. Para las dos nenas era un placer perderse. Si a veces se asustaban, si había pánico, eran recompensadas en el momento del regreso a la seguridad de los padres. Las amenazas de castigos no importaban. A tal punto que al principio se perdían realmente y después se escapaban lejos a propósito. Hasta llegaron a mentirle a la gente con respecto a sus propios nombres, se hacían pasar una por otra. Esto le añadía una sabor nuevo a la sensación de extravío y de aventura. Podían arriesgarse Y ponerse a prueba porque sabían que al final siempre las encontraban. La vida era eso: el miedo, la excitación, la protección.
En el bar de Milán, mientras le contaba esa historia a Silvana, Marta reflexionaba que entonces nadie hubiese podido sospechar que aquellos sobresaltos iniciales se repetirían un día, que aquel juego era un preámbulo, un ensayo, el anticipo de extravíos futuros, de pérdidas reales, que después vendría el final de todo juego y toda protección. Pasó el tiempo, las nenas se convirtieron en mujeres y, como muchos otros, tuvieron que huir del país y se fueron lejos. Se perdieron por el mundo y ya no hubo quien las reencontrara ni las llamara por sus nombres y las llevara de vuelta a un lugar de seguridad. Se habían extraviado para siempre. Lo curioso, lo atroz, había dicho Marta esa noche de Milán, era que aquel mar mítico, aquella playa mítica de la niñez, era el sitio donde veraneaban los que mandaban en su tierra, los señores del poder, los dueños de la vida y de la muerte. Marta sentía que no sólo la habían despojado de su país sino también de su infancia.
-Me acuerdo del nombre de la playa: Chapadmalal -dijo Silvana-. Es un nombre difícil. Será por eso que nunca me lo olvido.
Agata no dijo nada. Pensaba en la historia que acababa de escuchar y en muchas otras. Pensaba en su propia historia. Recordó una vez más el barco sobre el que había leído en Roma. El mundo estaba lleno de gente que había perdido su lugar.
Se habían encendido los faroles. No había gente alrededor y las callejuelas que partían desde la plaza eran como agujeros en los muros. Algo emergió de la sombra. Un jorobado. Un jorobado enano. Los brazos le colgaban largos a los costados. Tanto que las manos parecían rozar o arrastrarse por el suelo. Avanzó unos pasos hacia el centro de la plazoleta en declive. Se detuvo y se quedó ahí, como exponiéndose.
Entonces Agata tuvo la sensación de haber dejado su mundo para ingresar en otro, donde aquella casa gris y sus instrumentos de tortura volvían a tener vigencia. Fue como si los fantasmas que momentos antes habían asaltado su imaginación vinieran a manifestarse a través de aquella imagen deforme, para comunicarle que no habían pasado, que ahí estaban, siempre presentes, siempre activos. Y a través de ella dijeran: "Nada ha cambiado, nada cambiará". Llegada a través del tiempo, quieta en la plaza de piedra, aquella imagen del jorobado era como la visita de una amenaza.
Silvana estaba sentada de espaldas al centro de la plaza.
Percibió la tensión de Agata y preguntó: -¿Qué está viendo?
Giró la cabeza y también ella se quedó mirando. El jorobado siguió ahí unos minutos más, una figura oscura e inmóvil en aquel paisaje medieval. Después se escurrió bajo una de las arcadas y se sumergió en la noche. Entonces la plaza estuvo más vacía que antes, nuevamente tocaron las campanas y Silvana levantó el brazo para mirar la hora a la luz del farol.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
En tercera persona*
Mira sin presentir mi impotencia
tal vez ni siquiera mira
en un punto lejano, detrás de todos
clava sus ojos en escuadra
mueve su boca robótica
su voz neutra comienza a deshumanizarse
diciendo que por causas que se tratan de esclarecer
la niña del diario de ayer apareció tirada ahí
en una calle sin nombre ni numeración
con sus ojos campesinos abiertamente quietos
y que por las heridas que presentaba el cuerpo
podría haber sido abusada antes de entrar en coma
quedando mechones ensangrentados cerca del lugar
siendo las pericias y la autopsia final
las que determinen las causas del óbito
Pedazo enormidad dicha sin puntos ni comas
sin repetir y sin soplar
ahonda lo siniestro de su uniforme
su mirada anodina se evade sin piedad
todo impecable y televisivo
relatado en perfecta tercera persona
o en cuarta.
Eso jamás le sucedería a él
sólo le ocurre a los otros.
*© diana poblet. yosoydian@yahoo.com.ar
http://remontandosoles.blogspot.com
http://diana-poblet.blogspot.com/
Viernes, 29 de Febrero de 2008
No, pero sí*
*Por Juan Gelman
Washington y Moscú no se cansan de proclamar que la Guerra Fría no ha vuelto. Tal vez. Lo cierto es que en el plano militar actúan como si la hubiera. La Casa Blanca insiste en ubicar parte de su escudo antimisiles mundial en Polonia y la República Checa. El Kremlin ha advertido que, si eso ocurre, suspenderá su participación en el tratado de limitación de las fuerzas armadas convencionales y, más grave aún, que apuntará sus misiles contra esas dos naciones. ¿Y la población civil? Bien, gracias. La lógica de las grandes potencias no sólo es peculiar, es nuclear. Se recuerda la teoría de Huxley: el progreso tecnológico sólo nos ha provisto de medios más eficientes para avanzar hacia atrás.
Es notorio que EE.UU. procura imponer al planeta su dominio mediante el uso o la amenaza de la fuerza, incorporando a su empeño a las ex repúblicas soviéticas. Esta concepción unipolar choca con una realidad: Rusia, aunque debilitada, recompuso su economía después de Yeltsin y sigue poseyendo un
considerable arsenal nuclear y un vasto territorio, para no hablar de un manejo político de sus reservas de petróleo y gas natural que obstaculiza el avance estadounidense en los países que alguna vez dependieron de la URSS.
La instalación del escudo antimisiles en Europa central persigue obviamente el objetivo de intimidar a Moscú so pretexto de que serviría para detectar y destruir los presuntos misiles de cabeza nuclear que Irán no tiene.
La cuestión no se presenta fácil para el gobierno de Bush. La instalación del radar en la República Checa debe ser aprobada por un Parlamento dividido en partes iguales entre el oficialismo y la oposición. Lubimir Zaoralek, futuro ministro de Relaciones Exteriores si el partido socialdemócrata
llegara a ganar las próximas elecciones, señaló que Washington tiene una "percepción falsa" del peligro que Irán significa para Praga y el 70 por ciento de los checos se manifiesta contra ese plan (The Financial Times, 22-1-08). "Este proyecto no es polaco, es estadounidense. No nos sentimos amenazados por Irán", declaró a su vez Radek Sikorski, ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, país donde el rechazo de la sociedad civil alcanza el 55 por ciento (The Guardian, 11-1-08). Y luego planea sobre estos gobiernos una incertidumbre: quieren seguridades de que el proyecto seguirá adelante si los demócratas ganan las elecciones de noviembre en EE.UU.
La "Iniciativa Bases No" (IBN) gana consenso entre los checos. "La realización del plan de EE.UU. no ampliará la seguridad, por el contrario: traerá nuevos peligros e inseguridades. Aunque se lo califica de 'defensivo', en realidad permitirá que EE.UU. ataque a otros países sin temor a represalias", se lee en la Declaración de Praga 2007 que emitió la IBN (www.abolition2000@europe.org). En noviembre pasado organizó densas manifestaciones contra el escudo antimisiles en Praga y Brno, y se preparan otras frente a las embajadas checas en varias ciudades europeas. Este movimiento por la paz es más débil en Polonia, pero Varsovia no ha logrado aún que Washington concrete el ofrecimiento de fortalecerle la defensa antiaérea. Al término de la reunión del 1º de febrero de este año entre Condoleezza Rice y Sikorski, el portavoz del ministro polaco señaló que "definitivamente no hay acuerdo" en el tema (The Washington Post, 2-2-08). "En última instancia habrá que venderle (el proyecto) a la gente", remachó.
Como solía decir H. L. Mencken, siempre hay una solución para todo problema humano: elegante, plausible y equivocada.
La OTAN, por su parte, no se queda atrás del Pentágono: patrocinó la redacción de un informe titulado "Hacia una estrategia central para un mundo incierto: renovar la asociación transatlántica" (www.csis.org). Los ex jefes de Estado Mayor general John Shalikashvili (EE.UU.), general Klaus Naumann (Alemania), mariscal de campo Lord Inge (Reino Unido), almirante Jacques
Lanxade (Francia) y Henk van den Breemen (Países Bajos), elaboraron dicho informe en el que se propone el empleo preventivo de armas nucleares como "instrumento final de una respuesta asimétrica" al terrorismo (www.noaber.com, diciembre de 2007). Si se toma en cuenta que el Pentágono ha preparado planes similares sin descartar su aplicación a Rusia y China, no es muy alentador para la humanidad lo que en el horizonte asoma.
Los autores del informe para la OTAN justifican de manera muy curiosa el lanzamiento anticipado de bombas nucleares: consideran que "la guerra nuclear podría muy pronto ser un hecho posible en un mundo cada vez más brutal". Cabe preguntarse si piensan arrojarlas sobre la Casa Blanca.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99858-2008-02-29.html
Las Manos*
*de Vicente Aleixandre
Mira tu mano, que despacio se mueve,
transparente, tangible, atravesada por la luz,
hermosa, viva, casi humana en la noche.
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño
mírala así crecer, mientras alzas el brazo,
búsqueda inútil de una noche perdida,
ala de luz que cruzando en silencio
toca carnal esa bóveda oscura.
No fosforece tu pesar, no ha atrapado
ese caliente palpitar de otro vuelo.
Mano volante perseguida: pareja.
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.
Sois las amantes vocaciones, los signos
que en la tiniebla sin sonido se apelan.
Cielo extinguido de luceros que, tibios,
campo a los vuelos silenciosos te brindas.
Manos de amantes que murieron, recientes,
manos con vida que volantes se buscan
y cuando chocan y se estrechan encienden
sobre los hombres una luna instantánea.
*Fuente: LUNA NO CONQUISTADA. http://www.metroflog.com/Lunanoconquistada
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 2 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ezequiel Viñao. Las poesías que leeremos pertenecen a Raúl Tápanes López (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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ISLAS DEL TESORO
*
En esta madrugada
Quiero ahuyentar
Las pesadillas y la angustia
Reírme de mi y
No ser crítica
Dejar de lado la
Responsabilidad y la culpa
Ser como el arco iris
Atravesar las olas
Con desparpajo y sintiendo el viento
Del río sobre mi piel
Escuchar en el silencio
A los grillos de la buena suerte
E iluminarme solamente
Con los bichitos de luz.
*de Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com
ISLAS DEL TESORO...
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
VEINTISIETE.
Agata bajó a media mañana. En el hall del albergue se encontró con Rosina, y charlaron un rato. Rosina se quejó de que ese día andaba con el ánimo muy bajo. Cuando estaba así nadie la respetaba, todos la trataban mal.
-Hasta los animales me faltan el respeto.
Si estaba cruzando la plaza y veía venir volando una paloma a la altura de su cabeza, se tenía que agachar. Si no lo hacía, seguro que la paloma se la llevaba por delante. Mientras hablaba no dejaba de sonreír, pero se la adivinaba afligida.
Apareció Silvana, saludó, se disculpó por interrumpir, tomó a Agata de la mano y la llevó hacia la salida.
-Venga -dijo-, tengo una novedad.
Agata pensó que había venido a buscarla para cruzar a Coseno. Al llegar a la puerta se dio vuelta y vio que Rosina seguía en el mismo sitio, en la misma posición, mirando hacia adelante, como si le costara reaccionar y aceptar la desaparición de su interlocutora. Regresó, le tocó el brazo y le dijo:
-Nos vemos más tarde.
Salieron. Silvana no habló de Coseno.
-Una amiga mía es profesora del hijo de la señora que vive en su casa -dijo-, Anoche me lo presentó y le conté la historia del tesoro.
Agata la miró sin entender.
-Le pedí permiso para que fuéramos a desenterrarlo
-siguió Silvana.
-¿Qué dijo?
-Nos está esperando.
Silvana estaba excitada, como si acabase de descubrir el escondite de un tesoro de verdad. Era la primera vez que Agata la veía moverse con tanto entusiasmo. Llegaron al coche.
-¿Qué le parece? -dijo Silvana mientras arrancaba.
-No sé qué decir -Contestó Agata.
Subieron por la calle de atrás, pasaron por el bar donde habían estado el primer día y bordearon la cancha de fútbol.
-Allá está, ése es Aldo -dijo Silvana.
Estaba parado en el borde del camino, apoyado en una pala. Miraba al frente, meditativo, en una postura poco natural, como si posara. Cuando frenaron se sobresaltó y caminó rápido hacia ellas. Agata tuvo la impresión de que las había visto llegar desde lejos, que aquel gesto de sorpresa había sido preparado de antemano y que el muchacho estaba actuando.
Las recibió con una sonrisa. Le tendió la mano a Agata: -Aldo, a sus órdenes.
Era muy joven, tenía pelusa sobre los labios, Se notaba que todavía no se afeitaba.
Allá al fondo, en el patio de la casa, apareció la mujer de la ventana, la madre del muchacho. Avanzó por el sendero de lajas caminando despacio y se detuvo a unos diez metros, los brazos cruzados sobre el pecho y el entrecejo fruncido. Agata y Silvana la saludaron. Ella no contestó. O, si lo hizo, no se oyó.
-A trabajar -dijo Aldo esgrimiendo la pala-, ¿Dónde es?
-En el rincón -dijo Agata.
-¿Acá?
-Justo ahí.
El sitio que Agata marcaba estaba en el ángulo formado por el alambre tejido y el muro que separaban al terreno de la calle y de la propiedad aledaña. Se preguntó por qué su hijo habría elegido ese rincón, el más alejado de la casa, para enterrar su tesoro.
Ella y Silvana estaban paradas en la entrada, en la línea del portón, casi afuera del terreno. No necesitaban avanzar más para estar cerca de Aldo. De todos modos, aquella mujer, detenida en el sendero, mirándolas, era como una valla. Había viento.
El muchacho despejó el lugar de yuyos secos y empezó a trabajar. Era tierra dura. Colocaba la pala vertical, elevándola por encima de la cabeza, y la clavaba soltándola con fuerza. A cada golpe, antes de tirar la tierra removida a un costado, miraba hacia las dos mujeres como si esperara aprobación. Después a Agata le pareció que, en realidad, la destinataria de las miradas era solamente Silvana.
El filo de la pala chocó contra algo duro y Agata sintió en los dientes el sonido del metal. Aldo rodeó el obstáculo con golpes breves y expertos, lo removió, se agachó y sacó una piedra ovalada, lisa y del tamaño de un zapato.
-Una piedra -dijo mostrándola. La tiró a un costado.
-Tal vez sea una marca, ¿se acuerda si su hijo colocó una marca? -dijo Silvana.
-No me acuerdo.
Aldo se sacó la camisa y la colgó de la alambrada. Tenía lindo cuerpo, musculoso, y Agata tuvo la impresión de que se había desnudado para lucirse ante Silvana. Respiró hondo, inhalando despacio, los pectorales se le hincharon y se le marcaron los tendones del cuello. Soltó el aire de golpe, con un gran soplido, y volvió a tomar la pala. La madre permanecía en el mismo sitio, rígida y callada, con cara de desaprobación.
Aldo se arrodilló, escarbó, tironeó y se enderezó. -Otra piedra.
La arrojó a un costado.
Después apareció una raíz. Era gruesa y rojiza y al atacarla la pala dejaba heridas muy blancas. Aldo cortó en un extremo, cortó en el otro, levantó el pedazo de raíz y lo mostró como un trofeo, igual que con las piedras. La madre miró alrededor, con actitud crítica, tal vez tratando de detectar el árbol al que estaban dañando con esa amputación.
-¿Cuántos años? -preguntó Aldo.
-Cuarenta.
Aldo se pasó una mano por la frente y como con rabia murmuró:
-Cuarenta, cuarenta.
Y se puso a trabajar con más vigor que antes. De tanto en tanto, sin interrumpirse, miraba a Silvana con ojos de fuego. Silvana, seria, se quitaba el pelo que el viento le echaba sobre la cara y mantenía la mirada fija en el pozo. La madre de Aldo se desplazó un par de metros y se apoyó contra el muro, siempre con los brazos cruzados. Durante un rato largo nadie habló. Pasaron dos o tres coches. Un grupo de colegialas llenó la calle y se perdió en dirección al pueblo. Las tres mujeres permanecían inmóviles, pendientes del trabajo. Bajo aquellas miradas, Aldo seguía con su demostración de fuerza.
Agata pensó en su hijo con la caja de lata, el día previo a la partida hacia América. Lo recordó con los pantalones cortos, bajo el nogal, esforzándose por cavar un hoyo profundo. Ahora veía a Aldo trabajar para rescatar lo que aquel chico había enterrado. Y sintió que frente a ella no había solamente un muchacho voluntarioso luciendo sus músculos y manejando la pala como un héroe la espada. Las dos figuras, una lejana, otra presente, se tocaban y se fundían. Y de esa unión se desprendía un mensaje que agata todavía no lograba descifrar. Por su cabeza desfilaban ideas informes, que no se concretaban y que, así como aparecían, se eclipsaban. Le parecía que una voz había comenzado a hablarle desde esa confusión. Y esa voz le decía que ambos esfuerzos, el de antes y el de ahora, formaban parte de la misma tarea. Agata no lograba entender más, no podía ir más allá. Pero se abandonó a esa sugerencia, la acepto y al hacerlo se sintió en calma y, de algún modo, por un momento, recompensada. Si ese muchacho, su trabajo, eran una prolongación del trabajo de su hijo, si de alguna misteriosa manera se complementaban, entonces era como si la casa, o algo de la casa, no se hubiese perdido del todo.
Se le cruzó la idea de que las cosas se guardaban en la tierra para que perduraran. Pensó en Carla y en su jarrón roto enterrado en el jardín. Pensó en términos de semillas. El proceso de la semilla colocada en la tierra y que después de un tiempo busca la luz e instala un elemento nuevo en el mundo. Era como si su hijo hubiese plantado una semilla. Y ahora, después del letargo, después del largo túnel de silencio y oscuridad, viniera a manifestarse en esta reunión azarosa, en las expectativas dispares de estos cuatro testigos, empujados, convocados durante algunos minutos, alteradas las direcciones de sus vidas durante algunos minutos, por aquel gesto perdido en el fondo de los años y llegado hasta ellos en esta mañana de viento.
Aldo se detuvo. Volvió a pasarse la mano por la frente y a respirar hondo. Había dejado la pala en el pozo y eso marcaba la profundidad.
-¿Puede estar más abajo? -preguntó.
-No sé, no creo -dijo Agata.
-¿Nos habremos equivocado de lugar?
-Era justo ahí, en el rincón.
Aldo meditó. Miró a Silvana.
-Vaya ampliar el agujero -dijo con determinación. La madre habló por primera vez:
-¿Más grande? ¿Más pozo?
Se desprendió del muro, dio unos pasos hacia adelante y se detuvo. Aldo se sopló las palmas de las manos y reanudó la tarea. Ahora, en la tierra removida aparecieron algunas láminas de metal oxidado que se deshacían al tocarlas. Pero nada más.
-¿Qué había en la caja? -preguntó Aldo.
-Soldaditos, autitos, juguetes -dijo Agata.
Aldo atacó de nuevo, resoplando y murmurando: -Soldaditos, autitos, juguetes.
A cada palabra correspondía una furibunda palada de tierra. Fue aumentando el ritmo. Se detuvo de golpe, jadeante, rojo, mojado de sudor, y soltó la pala que cayó al piso.
-Nada -dijo.
Se lo veía tan contrariado y afligido que Agata y Silvana tardaron en hablarle.
-Pasó demasiado tiempo -dijo Agata.
-Por lo menos pudimos intentarlo -dijo Silvana.
Estuvieron así, indecisas, como si, antes de marcharse, necesitaran encontrar con qué compensar la desolación de Aldo. Se fueron retirando hacia el coche y Aldo las acompañó. Al despedirse, Silvana le acarició el brazo con la punta de los dedos y luego se lo apretó.
-Qué músculos -dijo. Subieron al coche.
-Cualquier cosa que necesiten, acá estoy -dijo Aldo. Arrancaron. Agata se dio vuelta, vio que Aldo se había quedado parado en la mitad del camino, sacó la mano por la ventanilla y la agitó hasta que doblaron y se desviaron hacia la calle ancha.
-¿Desilusionada? -preguntó Silvana.
Agata contestó con un movimiento de cabeza que no afirmaba ni negaba. Pero no estaba desilusionada. Lo que se llevaba de aquel intento la hacía sentir bien. Veía a cuatro figuras en el viento, en la luz, con las montañas alrededor, como personajes de un cuadro fijados en el momento culminante de una ceremonia. Seguía pensando en su hijo. Tenía la sensación de haber asistido a un pequeño milagro.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
Miércoles, 27 de Febrero de 2008
Fidelidad*
*Por Sandra Russo
A lo mejor porque él representa, en lo más íntimo, el máximo exponente de la fidelidad a una idea, es que me cuesta tanto escribir sobre Fidel. Tengo una foto que busqué para anclarlo en mi zona de escritura posible, ya que él pertenece también a un territorio personal de escritura imposible.
En esa foto, tomada en Santiago de Cuba un mediodía de sol rabioso, estoy de 26 años y tengo un pañuelo blanco en el cuello, como las decenas de miles de personas que había allí. Estoy dándome vuelta y mirándolo a él, que hablaba y hablaba como hablaba siempre, tan jugoso. Esa es mi foto con Fidel. Hay
bastantes hileras de sillas con invitados especiales entre él y yo, pero es lo más cerca que lo tuve. Esa foto puede ser enmarcada por alguien que nunca enmarca fotos.
Hace años que Fidel había bajado rengueando desde el Olimpo, porque uno, ya se ha dicho, ya se ha escrito, si pudiera elegir, no elegiría Cuba como lugar de residencia permanente. Pero hay amores que tampoco son para residencia permanente. Hay pasiones que incluso de lo que se alimentan es de
entreabrirse y volver a cerrarse.
Hoy no pensamos en Fidel como pensábamos cuando creíamos en el camino de la revolución. Hoy él ha dejado de ser el que forjó sobre la mata espesísima de la Sierra Maestra un modelo político inimitable, irrepetible, maravilloso, justo. Pero eso fue lo que fuimos comprendiendo con los años, mientras él
envejecía y los que lo odiaban iban demostrando que no creían en ninguno de los valores que invocaban.
Cuba es la poesía en un mundo que ha perdido el habla. La isla ha sido declarada por la Unesco "país libre de analfabetismo". Y uno se pregunta: ¿y si fuera ése el objetivo de un pueblo? ¿Y si todo el poder político fuera utilizado en una sociedad para que sus niños y sus niñas tengan padre y madre con trabajo, casa, salud, escuela? ¿Suena descabellado, exagerado, zurdo, y en todo caso, por qué suena descabellado, exagerado o zurdo celebrar con emoción y palabras mayores a una revolución que les dio voz y conciencia a todos sus habitantes?
Y ésa fue su obsesión, su criatura. Fidel fue fiel como nadie fue fiel en el último siglo a una intuición ideológica, sostenida racionalmente pero sustentada desde lo más libidinal de un pueblo. Fidel soportó. Luchó. Durante décadas tuvo que seguir haciéndolo en todos los terrenos, porque estuvo solo en América latina. Fidelidad, infidelidad. Van a lo íntimo. Pero lo íntimo no es sólo esa membrana de nosotros sobre la que van a parar los amores y los amoríos con otros hombres y mujeres. Lo íntimo incluye, en uno de sus pilares más escondidos, qué te mueve a la acción, qué te indigna, qué te es insoportable, y también qué gusta, qué te tienta, qué entusiasma. Lo más íntimo de todo debe ser lo que te deja en paz con tu conciencia.
Fidel fue fiel a sí mismo, y a Fidel le fuimos fieles los que en lo más íntimo de nuestros pellejos entendemos que en Cuba hay algo de lo mejor de todos.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99704-2008-02-27.html
Miércoles, 27 de Febrero de 2008
la inauguracion de "ausencias" en el c. c. recoleta
Postales de la tarde en que la ausencia se hizo presencia*
Estela de Carlotto, Horacio Verbitsky, Antoni Traveria -director de Casa Amèrica Catalunya-, la presidenta Fernández de Kirchner, Gustavo Germano, David Blaustein: voces coincidentes sobre el valor de una muestra imperdible.
Orlando Méndez, Laura Méndez Oliva y Leticia Oliva.
*Por Oscar Ranzani
"Hace seis días Eduardo cumplió cincuenta años. Hace treinta y dos que no pudo vivir su vida. Esto lo quería decir porque creo que es importante. El tiempo como se ve en estas fotografías es lo que marca la permanente presencia de la ausencia, que es lo que creo que todos los familiares y argentinos conocemos. Yo quiero agradecerles a todos los que hicieron posible este trabajo y a los que se conmuevan con él." Así, tan breve pero intenso, se expresó ayer el fotógrafo argentino Gustavo Germano, nacido en Entre Ríos y radicado en España, que vino a la Argentina a presentar su muestra Ausencias que, al igual que con la misma contundencia de su escueto discurso, muestra a través de la fotografía catorce casos de historias de desaparecidos donde quedan expuestos el dolor de la ausencia y el sentimiento de la permanente presencia de quienes ya no están. Uno de ellos es Eduardo Raúl Germano, hermano de Gustavo, quien fue secuestrado el 17 de diciembre de 1976 a los dieciocho años por miembros del Ejército y de la policía de la provincia de Santa Fe, en Rosario. La muestra se inauguró ayer en el Centro Cultural Recoleta y contó con la presencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, miembros de organismos de derechos humanos, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, el periodista, escritor y titular del CELS, Horacio Verbitsky, Antoni Traveria, director general de Casa Amèrica
Catalunya -institución que produjo la muestra- y directivos de Página/12, auspiciante junto a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación.
Antes de que comenzaran los discursos, Cristina Fernández de Kirchner recorrió las 28 fotografías que componen Ausencias. Cada historia se compone de dos fotos. Una extraída de álbumes familiares donde aparece en un determinado lugar una víctima del terrorismo de Estado junto a familiares y/o amigos; es decir, una foto producto de la espontaneidad y de la cotidianidad de un momento agradable. En la otra, tomada por Germano treinta años más tarde, aparecen en los mismos lugares que en las fotos de origen
los familiares y/o amigos, dando cuenta del ser ausente pero, a la vez, presente. El autor de la muestra le fue explicando a la Presidenta las características de cada foto, de cada situación, de cómo había sido la desaparición y el corazón de la muestra; es decir, cómo se habían hecho las fotos con los familiares sobrevivientes. Posteriormente, Fernández de Kirchner se reunió con algunos de los familiares que aparecen en las fotos y que viajaron especialmente a Buenos Aires, y mantuvo una conversación con
ellos. Cada uno le contó las historias de sus vidas, de sus cosas hasta que la Presidenta escribió una frase en el libro del C. C. Recoleta, donde pueden expresar las emociones y reflexiones de los visitantes: "No es casualidad que estas ausencias cuenten con nuestra presencia", dejó estampado de puño y letra. Vale destacar que es la primera vez que una máxima autoridad del país visita el C. C. Recoleta, ya que si bien se inauguró durante la dictadura, ningún presidente de la democracia había estado en esta institución cultural. Al finalizar el recorrido y ante la pregunta de un cronista acerca de qué comentario le merecía la muestra, la Presidenta dijo conmovida: "No necesita comentarios". Un rato más tarde, luego de abrazar a Estela de Carlotto, señaló: "Cuando uno mira estas fotos, los comentarios huelgan. Creo que la fuerza de las imágenes junto a la fuerza de la historia es definitiva".
El significado de la barbarie
Para aquel momento, el Patio de los Naranjos del Recoleta estaba superpoblado. Arrancó Verbitsky explicando que la muestra fue organizada inicialmente en Barcelona por la Casa Amèrica Catalunya y que estará recorriendo distintos lugares del país, de la región y del mundo porque "ha tenido un enorme impacto. Transmite con muchísima intensidad lo que significa la ausencia de una persona insertada en la cotidianidad de una familia". El autor de El vuelo destacó: "Para quienes tenemos relación con el tema es muy conmovdeor, pero además creo que ayuda a que quienes no tienen relación con esta cuestión se representen mejor qué significa esa barbarie de arrancar una persona de su propia vida, de su cotidianidad, de su familia, como ocurrió en nuestro país. Yo quiero agradecerle a Gustavo Germano la enorme sensibilidad poética, artística, con la que él ha hecho esto. Los que hemos trabajado desde el periodismo, desde los libros, sobre los derechos humanos en este tema creo que somos los que sabemos que nadie mejor que un artista para transmitir en profundidad lo que esto significa. Y el trabajo que ha hecho Germano, desde mi punto de vista personal, es la cosa más conmovedora que yo he visto nunca sobre este tema".
Una obligación moral y ética
Luego de Germano habló Traveria: "Ausencias es una muestra que rescata la memoria de quienes están para los que no están, pero que nunca se fueron, los recuerdos más íntimos, aquella salida al campo de los amigos, las sonrisas, las vivencias, aquella fotografía de más de treinta años en cualquier lugar de encuentro personal", expresó el director de Casa Amèrica Catalunya quien, además, comentó que Germano presentó su proyecto a esa institución nada menos que un 24 de marzo de 2006, y que traer la muestra a la Argentina fue una "obligación moral y ética". "Es una satisfacción, un lujo trabajar con Gustavo y compartir con él sus emociones, sus sentimientos a través de sus fotografías y de lo que cada una de ellas muestra y representa", reflexionó Traveria.
Ausencias fue inaugurada el 17 de octubre del año pasado en Barcelona y, desde aquel mismo momento, el impacto que causó hizo crecer su repercusión, motivo por el que seguirá circulando por Europa pero también por América latina y por las provincias de la Argentina. En Buenos Aires estará hasta el 30 de marzo, luego irá a Paraná en mayo y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación la hará itinerante por las provincias. Estará en Santiago de Chile, se podrá ver también en Uruguay y Paraguay, mientras se está conversando con Colombia y México para llevarla a esos países.
El director de Botín de guerra y Cazadores de utopías, David Blaustein, presente en la inauguración, señaló a este diario: "La verdad es que estoy un poco perplejo. Hacía mucho tiempo que un recurso artístico no me dejaba tan conmovido y tan enmudecido. Me impresiona la capacidad del artista para
conmover, y para que el arte siga siendo en nuestro país tan original para producir memoria".
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-9345-2008-02-27.html
ESTELA DE CARLOTTO
"Vi a mi hija"
En diálogo con este diario, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, señaló que "la muestra es impactante". "Vi la imagen de mi hija, de mis hijos: el look, el peinado, la pose, la mirada de esa juventud que sabía lo que quería, se arriesgó, sabía que iba a dar la vida, pero lo hizo a conciencia porque, como me dijo Laura: 'Nuestra muerte, mamá, no va a ser en vano'. Están presentes, de alguna manera, aunque en fotos en blanco y negro, pero se los ve sonrientes, militando. Es aberrante ver que hay niñitos que también cayeron bajo las bombas de los genocidas. Y todo eso produce una sensación de mucho dolor pero de mucha memoria, y casi diría de triunfo sobre el olvido, porque muchos pretendieron el olvido", expresó Carlotto. "Muchos nos dijeron: 'No hay que mirar para atrás, hay que mirar para adelante, ¿por qué no pensamos el futuro y no miramos el pasado?'. De ninguna manera se puede vivir sin memoria. Sería como querer matarnos a medias. De manera que para mí ver esta muestra fue cumplir con lo que deseaba: acompañar a la familia y recordar a los compañeros de mi hija", sintetizó Carlotto.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/9345-2943-2008-02-27.html
GUSTAVO GERMANO
"Volver a casa"
Luego de la inauguración, Germano habló con Página/12 y recordó que todo empezó "con la idea de que uno daría todo por haberlos visto envejecer, por haberlos visto vivir su vida. Esta fue la idea de la que partimos para formar este concepto de lo ausente y lo presente y el paso del tiempo. Si logramos poner en dos fotos la permanente presencia de una ausencia, yo me doy por satisfecho", subrayó el fotógrafo, que trabajó para su investigación con el Registro Unico de la Verdad de la Provincia de Entre Ríos, con la agrupación HIJOS Regional Paraná y la colaboración imprescindible de la Asociación de Familiares y Amigos de Detenidos-Desaparecidos de Entre Ríos (Afader). Por eso, presentarla en Argentina lo vive como "volver a casa. El lugar en el que tiene que terminar para volver a empezar es Paraná", explicó
Germano.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/9345-2944-2008-02-27.html
El misterio del tiempo*
Por Horacio Verbitsky *
La desaparición forzada de personas, que debían esfumarse en la nada, fue el método elegido por la dictadura argentina de 1976-1983. Según varios de sus jefes, así buscaron evitar la condena de la Santa Sede, con la aprobación sigilosa de la jerarquía argentina. Pero a cambio consiguieron que aquel
pasado atroz llegara a ser un insomne presente perpetuo, como la maldición que Neruda pensó para Franco. Más que los juicios penales, las investigaciones periodísticas o los ensayos filosóficos, el arte da cuenta del vacío lacerante que la ausencia inexplicable provoca. Como las esculturas de Juan Carlos Distéfano o los poemas de Juan Gelman, los cuadros de Carlos Alonso o los del español Ramos Gucemas, las fotografías de Gustavo Germano y los puntos que en cada leyenda reemplazan al nombre ausente evocan ese trauma fundador de la identidad argentina contemporánea y nos introducen al misterio del tiempo con la muda violencia de un gesto congelado.
* Texto incluido en el libro Ausencias.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-9346-2008-02-27.html
Martes, 26 de Febrero de 2008
El cáncer de la fortuna*
*Por Nora Veiras
Sonó el teléfono y una voz desconocida pero inconfundible empezó a hablar:
-Disculpe, ¿tendrá unos minutos para escuchar la promoción del Banco Francés? -la chica con tono impersonal pidió permiso y arremetió: "El Banco quiere ofrecerle un paquete de seguros: uno para su propiedad y el otro es un Plan de Salud Femenino".
En pocas palabras agotó la primera oferta, similar a todas aquellas que tratan de seducir y exacerban esa compulsión por estar precavido ante eventuales tragedias.
Sin solución de continuidad, la chica entrenada en esas lides completó el kit:
-Además, tenemos el Plan de Salud Femenino. Si a usted le diagnostican cáncer de útero, ovario o mama, el banco le da 35 mil pesos para que los gaste en lo que quiera, no tiene que decirle al banco en qué decide invertir. Si quiere puede aumentar la cuota de la prepaga porque los tratamientos son muy costosos...
Del otro lado de la línea, quedé demudada, la chica seguía ofreciendo opciones "creativas" y aclaraba, si mal no recuerdo, que la cuota mensual para acceder al beneficio era de unos 23 pesos.
-¿Y si tengo cáncer de hígado? --atiné a preguntarle con una mezcla de morbo y cinismo.
-Ah... El Plan de Salud Femenino es para casos de cáncer de ovario, útero y mama -reiteró programada la operadora.
-Vos no tenés nada que ver pero el que ideó la promoción es siniestro.
Muchas gracias -dije, y colgué.
Era la tercera vez en menos de un año que recibía el llamado. Perdón, debo decir que ampliaron el kit: incluyeron las mamas. En la primera oferta las lolas habían quedado afuera.
En estos meses, los encargados de marketing deben haberse topado con la estadística de la Organización Mundial de la Salud que pronostica que en el mundo se les diagnosticará cáncer de mama a más de 1.200.000 personas este año y, además, que la tasa de mortalidad está cayendo en la Argentina, las
muertes por cáncer de mama se ubican en 20,4 por 100.000 según el atlas elaborado por Elena Matos y Doria Loria, del Departamento de Carcinogénesis del Instituto Roffo. Siguen en orden descendente el cáncer de útero (10,7), colon-recto (9,0), cáncer de pulmón (6,9), páncreas (5,5) y ovario (4,0).
"Estas tasas de mortalidad se mantienen casi en los mismos niveles desde hace 30 años, aunque en los últimos diez las curvas parecerían estar bajando en las mujeres de 40 a 49 años. Esto, a nivel de hipótesis, se podría relacionar con la detección temprana", señala la doctora Matos, epidemióloga
y coautora del estudio.
¡Podrán seguir pagando la cuota! -deben haber razonado.
El mercado no da derecho a avasallar la intimidad, a irrumpir en el cuerpo, en la sensibilidad del otro/a. ¿Alguien pensó qué puede sentir una mujer a quien le acaban de diagnosticar cáncer y escucha la dulce voz de la promotora? Quizá se entusiasmaron con darle un momento de felicidad porque justo el cáncer la atacó en los órganos o tejidos adecuados para hacerse acreedora de un préstamo.
¡Qué suerte que haya financistas con sensibilidad de género! ¿Habrá una oferta para cáncer de próstata? ¿O la tupacamarización es sólo femenina?
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99613-2008-02-26.html
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Qué vachaché*
Tango 1926
*Letra y Música: Enrique Santos Discépolo
Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.
Ya me tenés bien requeteamurada.
No puedo más pasarla sin comida
ni oírte así, decir tanta pavada.
¿No te das cuenta que sos un engrupido?
¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?
¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!
¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.
Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.
El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.
¿Pero no ves, gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Que la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?
¿Que no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás, -haciendo el moralista-,
un disfrazao...sin carnaval...
¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!
Sos un secante que no hace reír.
Dame puchero, guardá la decencia...
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?
Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón...
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!
Vale Jesús lo mismo que el ladrón...
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DE PEQUEÑOS GESTOS Y ALGUNOS PEDACITOS DE MEMORIA...
El peronismo en pequeños gestos*
A Lidia Paz
Hoy es el cumpleaños de Lidia.
La llamo por teléfono. Este año si me acorde. Hablamos, y se remueven afectos.
Me cuenta que esta leyendo los escritos de José Pablo Feinmann sobre el peronismo que se publican los domingos en Página/12. Dice que ahora leyendo y recordando algunas imágenes de su infancia ha descubierto a los 64 años que se siente peronista.
Ella nació en el 44 cuando el peronismo se preparaba para bautizar sus pies en la fuente de la plaza.
Lidia me dice que estas lecturas le han devuelto algunas imágenes sobre su padre.
Como poder ver a su padre en la cocina escuchando en la radio, mientras en la radio estallan las bombas del junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo.
Ella congela esa imagen, su padre, un hombre silencioso, llora en la mesa de la cocina al escuchar de los bombardeos. No recuerda que dice, la postal es sólo su rostro llorado y sus labios que se mueven.
El fue peón de campo, antes de ser obrero y poder casarse y tenerla a ella de hija. Un hombre humilde que hablaba casi para adentro.
Y ella tenia -sacando cuentas- 11 años cuando ve a su padre llorar y puede ver algo o intuye de su vida en esas gotas luminosas.
Lidia y yo hemos tenido padres laboriosos y callados, gente de pocas palabras, el otro extremo de los políticos que como dice la gente humilde: "hablan mucho".
Mientras le cuento de mi vida fragmentada y Lidia se rie de esta confesión: "durante el año lavo los platos en tres casas distintas", me surge de mi padre una fecha. El 21 de julio de 1952. Mi padre llega de Italia a la Argentina 5 días antes de la muerte de Eva. Mi padre jamás contó ni una palabra que lo relacionara con la vida política de la argentina. Nada, ni un pequeño gesto que dijera como le había pegado los acontecimientos de esta, su segunda tierra, en la que trabajó, crió a sus hijos y murió. Hasta que muchos años después un día me encontré en el lavadero de casa con una hoja de diario con un retrato de Eva a página completa colgado de un clavo, que como casi todo en la casa era producto de su trabajo. Hasta los clavos puestos en la pared eran su obra.
Ese fue el único gesto ¿político? que le conocí a mi padre durante su vida digna de la expresión peronista "de casa al trabajo y del trabajo a casa".
Creo que en algún lugar, casualidades o no, estamos hermanados con Lidia. No importa. No puedo escribirlo. Pero ella hace muchos años lo pudo decir mientras caminábamos a la salida del trabajo.
Me dijo que yo era como el hermano que no había tenido.
Pasaron muchos años de esa frase. La guarde. Al menos para escribirla este día, un día de pequeños gestos y algunos pedacitos de memoria.
*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
Discépolo y el peronismo*
*Por José Pablo Feinmann
Era un poeta de excepcional talento. Era un tipo frágil, con un sentido trágico de la existencia. Se podría decir que era un pesimista, pero un escritor que escribe, aunque escriba acerca de la falta absoluta de sentido de todo lo que existe, aunque sienta que Dios es una ausencia y que el amor
se ahogó en la sopa, no es pesimista. Si lo fuera, no escribiría. No escriben los desesperados. Escriben los que creen en decirles a los demás las cosas en que creen, lo que les pasa, sus desengaños, o hacerles saber que todavía hay hendijas por las que se filtra una alegría inesperada, sorpresiva, que da aliento y permite seguir. Una hendija como esas por las que Benjamin decía que el Mesías se hacía sentir en la Historia, que no vendría al final, sino que estaba siempre, que entraba por los quiebres, por esos quiebres que impedían la linealidad de la historia, pero abrían la posibilidad del mesianismo, esos tipos, en suma, no son pesimistas. Creen en algo poderoso. Creen en el arte para el que están dotados. Nuestro poeta era así. Además, dominaba como pocos el arte de la palabra, hablaba y seducía, hablar era un don con el que encandilaba, con el que encantaba, hablaba rápido, se le atropellaban las palabras, las ideas, pese a la velocidad de su habla, eran más veloces, sólo su gestualidad lograba el empate, entre sus
palabras y los malabarismos de sus manos se hacía entender, comunicaba el volcán que él era, porque era eso: un flaco volcánico, un torbellino que duró poco, que se quemó pronto, que se creyó fuerte, puso la cabeza y, en un tiempo de odios extremos, se la cortaron.
No tiene prestigio académico por dos cuestiones: escribió tangos y se hizo peronista. En el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira, se mete por la ventana en el apartado que corresponde a su hermano, Armando. Sé que Aira admira a Alejandra Pizarnik, yo también la admiro. Y creo que su talento no era superior al del autor de Quevachaché. Era distinto, No sé si el peronismo se merecía semejante poeta, aunque también lo tuvo a Manzi. Pero él, en el mediodía de su esperanza, se hizo peronista y peronista militante, porque agarró la radio y empezó a desparramar sarcasmos, ironías,
un humor corrosivo, que hería demasiado y más todavía en una época de esas que suelen llamarse "electorales", donde todo se pone al fuego, cada palabra bien puesta es un voto. Se trata de Enrique Santos Discépolo. Confieso que hay poemas de este vate popular que admiro hasta la envidia. Que, al leerlos por primera vez, siendo muy jovencito, me quitaron la respiración. Que la certeza del paso de los años, de la decadencia incontenible y la cercanía de la muerte, la encontré antes en Discépolo que
en cualquier filósofo que haya estudiado hasta cierta altura de la carrera en Viamonte 430, donde, según una dedicatoria de Ernesto Laclau, si no recuerdo mal, "empezó todo".
FIERA VENGANZA DEL TIEMPO.
Tal vez deba aclarar que metemos con Discépolo es una tarea imprescindible en un estudio sobre el peronismo. Porque habrá que ver cómo este vate sombrío, este cantor de los más terribles desengaños, este poeta del fango del arrabal, se enamoró del portland de las casitas peronistas, de los días soleados que el movimiento reclamaba como propios ("un día peronista") y del "chamamé de la buena digestión". Ni Discépolo fue Heidegger, ni Perón fue Hitler. Pero no puedo evitar la comparación. El sombrío Heidegger de Ser y tiempo, el filósofo de la República de Weimar, encuentra en el nacionalsocialismo la solución del problema entre el hombre y la técnica, que la Modernidad había inaugurado con Descartes. También encuentra su día sin nubes. Hay una esperanza y él habrá de adherir a ella. No hace mucho, un
serio, profundo pensador argentino me decía que Heidegger había sido sólo "otro boludo" que se había prendido a uno de esos tentadores tranvías de la historia. Fue su ruina. O, al menos, sus adherentes tienen que vivir defendiéndolo. Discépolo también se prendió a "uno de esos tentadores tranvías de la historia". Más cómodo le habría sido seguir hablando de los amores imposibles, de las manos que no se extienden, de los que ven que a su lado se prueban las pilchas que está por dejar. Se permitió la exaltación, la vehemencia, la alegría. Acompañó la alegría del pueblo pobre. Es una de las caras más fascinantes de la gran novela peronista.
Esta noche me emborracho (1928) plantea el paso del tiempo como destrucción de los sueños. Y el tiempo como camino ineludible hacia la muerte a través de la decadencia física, que expresa también la muerte del amor. El tipo ve a su "dulce metedura", a la mujer que lo volvió loco diez años atrás, salir de un cabaret. La ve hecha "un cascajo". Un cascajo, para mayor desdicha, patético, ridículo. La ve "chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez". La ve como "un gallo desplumao". La ve con "el cuero picoteao". Raja "pa'no llorar". Recuerda las cosas que hizo por ella. Porque ella era hermosa. Lo era diez años atrás. El tipo se "chifló por su belleza". Entra, entonces, el tema recurrente de la madre. La máxima deshonra es haberle quitado "el pan a la vieja". Aquí radica el mayor dolor. Le hizo pasar hambre a la vieja para darle a este cascajo lo que sus caprichos pedían. Pero es la estrofa final la que revela lo que podríamos llamar "el revés de la trama". Lo no dicho en el poema. El tipo dice:
"Fiera venganza la del tiempo/ que nos hace ver deshecho/ lo que uno amó". Sin embargo, ¿sólo en ella ve la fiera venganza del tiempo? ¿Y si la imagen de la mina vencida lo remite a sí mismo? Él, ¿cómo está, cómo se ve, es o no es otro cascajo? La fiereza del tiempo los tiene que haber atrapado a los dos. Acaso el terror del tipo es haber visto en ella lo que no quería ver en él. Que el tiempo pasa, destruye, se venga. ¿De qué se venga el tiempo? De lo que uno amó. Es como si el tiempo disfrutara destrozando lo que uno se permitió amar porque no se está en el mundo para amar o porque el amor es imposible. Quien se atrevió a hacerla verá destruido su sueño. "Este encuentro me ha hecho tanto mal/ que si lo pienso más/ termino envenenao".
El encuentro es un encuentro-espejo. Ve en ella lo que también es él. ¿Qué hace él, solo, porque es evidente que está solo, a la salida del cabaret, de madrugada? ¿Qué buscaba ahí? ¿Entraba o salía del cabaret? Raro que pasara de casualidad. No se anda de casualidad por esas geografías. Además, lo
confiesa: "¡Mire, si no es pa' suicidarse/ que por este cachivache/ sea lo que soy..." No sabemos qué es. Pero es muy posible que sea una ruina como ella. Que el tiempo les haya cobrado a los dos la insolencia de amarse.
"Fiera venganza la del tiempo" es una de las líneas más excepcionales de Discépolo. El tiempo se venga de todo. El tiempo nos quiebra. El tiempo nos mata. El tiempo es la Muerte que nos llama. Por eso es fiero. Es feroz, encarnizado, es violento. Nada se puede hacer contra eso. "Este encuentro", dice el tipo, "me ha hecho tanto mal". ¿Cómo no lo va a trastornar ese encuentro si en él vio el sinsentido de la vida aquello en que se transforman las cosas que se amaron, que se creyeron eternas, eternamente
bellas, eternamente jóvenes, como él, como el tipo? No quiere pensar más. ¿De qué sirve pensar? Pensar es envenenarse. "Si lo pienso más, termino envenenao". Sólo queda la negación, el olvido momentáneo del alcohol, que será el olvido de una noche, la esperanza de que no pase al día siguiente, que se quede atrás, en la madrugada, en ese cabaret. Quién sabe, por ahí ocurre eso. El alcohol todo lo puede. Y el poema termina proponiendo la curda, último refugio del tanguero, antesala del "cachá el bufoso y chau", el sueño, el sueño pesado, el sueño sin sueños, el de la entrega: "Esta noche me emborracho bien/ me mamo bien mamao/ pa' no pensar". Excepcional es la identificación del "pensar" con la obsesión. No hay que pensar. Pensar es torturarse. Pensar llevará a ver la verdad y verla será intolerable. El dolor supremo. Se trata de calmar ese dolor. O mejor: de sofocarlo, de tornado imposible. Por eso se va a emborrachar "bien". Se va a mamar "bien mamao". O sea, no como cualquier otro día, sino con una eficacia trabajada,
profesional. Pondrá toda su sabiduría de curda para frenar con el alcohol todo cuanto pueda filtrarse de la realidad. Que nada entre. Que nada me obligue a pensar. Porque no quiero saber lo que sé, lo que descubrí: ese cascajo, ese gallo desplumao, ese cachivache, que hoy vi en la madrugada, a la salida del cabaret, soy yo.
Discépolo, como muchos artistas de su generación, era un apasionado lector de los novelistas rusos. Se nutre de ellos y, aunque no lo hayan leído, anticipa muchos de los temas de las filosofías de la existencia de los años cuarenta en Europa. En 1925 escribe su tango más decarnado, más negro. El que nunca pasa, el que siempre dice lo que hay que decir de cada época, algo que habla de la destrucción de toda teoría del progreso en la historia del hombre.
Los tiempos, hoy, son duros. Y todavía está Discépolo para narrarlos. No en Cambalache, tango por el que no tengo mayor estima, sino en esa temprana reflexión nihilista que es Qué vachaché. "En Buenos Aires (escribe Horacio Salas) lo estrena Tita Merello en la revista Así da gusto vivir. Resulta un
rotundo fracaso. Un nuevo intento en Montevideo tiene el mismo resultado. Recién el éxito de Esta noche me emborracho en 1928, en la voz de Azucena Maizani, le permite exhumar Qué vachaché, que se graba ese año" (Horacio Salas, El tango, Planeta, Buenos Aires, 1986, p. 200). Discépolo está orgulloso de este tango. Hasta se permite decir que mira "por otras ventanas el tremendo panorama de la humanidad" (Ibid., p. 200). ¿Cuál era ese "tremendo panorama"? En 1925 gobernaba en Argentina el radicalismo. Hitler no había llegado al poder. Mussolini recién empezaba a mostrar las garras.
Pero el mundo, al lado de lo que vendría, no ofrecía todavía un "tremendo panorama". Aquí, entonces, la sospecha: ¿no estaba en el propio Discépolo el "tremendo panorama"? ¿No era más metafísico que histórico? ¿No era más cerradamente existencial? ¿No era ese "tremendo panorama" el de su propia
conciencia, atormentada por siempre? También vale otra hipótesis: el poeta se adelanta a su tiempo, ve lo que los otros no ven. O ve lo que siempre ha de estar, lo eterno en la historia.
VENDER EL ALMA, RIFAR EL CORAZÓN
No hay otro modo de entender Qué vachaché.
Porque, en 1925, la cosa no era para tanto. Los buenos revisionistas o los historiadores peronistas dicen que Discépolo se anticipa a la descripción de la llamada Década Infame. En verdad, se anticipa a todas las épocas, dado que ese tango prenuncia poderosamente la década argentina de los noventa y el mundo mercantil, cósico del presente. ¿Qué es lo que hace falta, qué hay que hacer para sobrevivir en el universo de los humanos? Como diría Marx: hay una mercancía a la que remiten todas las otras pues la han aceptado como el equivalente de todas. Una silla no es el equivalente de todas las mercancías. Ni un tren. Ni un zapato. Estaríamos, ahí, en un sistema de trueque. Lo que establece el capitalismo es que tanto el tren, como la silla o como el zapato remitan para establecer su valor a una mercancía que habrá
de representarlas a todas, expresando sus distintos valores. Esa mercancía es la mercancía dinero. De aquí que sea la mercancía esencial del capitalismo. Con el dinero uno compra cualquier cosa. Una silla la podrá canjear por una mesa o por un ¡sillón. El dinero puede entregarnos lo que se nos antoje, si es que lo tenemos en cantidad suficiente. De aquí que haya que tener mucho dinero para poder tener muchas cosas. Si la puerta a la conquista de las cosas (y el capitalismo es un sistema de cosas) es el dinero, todo radica entonces en tenerlo en cantidades suficientes como para que nada nos esté vedado. "Lo que hace falta (escribe Discépolo) es empacar mucha moneda/ vender el alma, rifar el corazón/ tirar la poca decencia que te queda/ plata, plata y plata ... plata otra vez .. ./ Así es posible que morfés todos los días/ tengas amigos, casa, nombre ... lo que quieras vos./ El verdadero amor se ahogó en la sopa,/ la panza es reina y el dinero Dios". Hay pocos textos que definan la pragmática capitalista como éste de Discépolo.
No era un desesperado.
No era un pesimista. Acaso hoy lo comprendamos mejor que nunca. Hoy, cuando no hay nada más que capitalismo. Cuando el mundo se ha transformado en un campo de guerra. Cuando la potencia capitalista más poderosa de la Tierra anuncia que buscará lo que necesite ahí donde esté. Cuando no sólo no hay
ideales, no hay ideas. Cuando la política desapareció ahogada por los arreglos entre aparatos. Cuando un tipo que está aquí, mañana está allá y pasado mañana volvió a cambiar. ¿Qué quiere decir esto? Simple: no hay ideas, hay intereses. La verdadera política se ahogó en la sopa. En cuanto a las aristas morales de este mundo de intereses, Discépolo es bien claro. Sus consejos valen oro: tenés que vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda. Si hacés eso, triunfas. Si no, te pisan.. Te pasan por encima, Sos un gilito "embanderado", A este personaje se dirige Discépolo. A "un gilito embanderado", un pobre tipo que todavía cree en algunas causas, en algunas banderas. No hay causas, no hay banderas. Sólo hay guita. Si sólo hay guita, ¿donde está la verdad? Eso que decíamos "tener razón". Fulano tiene la razón porque Fulano tiene la verdad. O al revés: Fulano está en lo cierto, tiene razón. Había algo, en los hechos, que permitía establecer una verdad. Tenía razón el que podía demostrar que él había actuado bien y el otro mal. Pero eso podía ocurrir porque existían en el mundo el Bien y el Mal. No existen más. Lo que existe es el dinero. Por eso: "La razón la tiene el de más guita". Porque a "la honradez la venden al contado".
Y las dos líneas que siguen son las más descarnadas del poema. No sé cuantos poetas de nuestro país o de otros han llegado a una síntesis más poderosa de la relación entre moral y dinero. Al ser el capitalismo el sistema de, justamente, el capital, es el sistema del dinero. La ética que intentó establecer desde sus orígenes, desde Adam Smith, fue la del egoísmo. Si triunfó, triunfa y seguirá triunfando hasta que posiblemente se destruya destruyéndolo todo es porque expresa lo más sombrío del hombre, que es su
verdad. Todos los otros sueños que buscaron realizarse terminaron entronando otra versión del capitalismo. El capitalismo expresa lo que el hombre es y no se hace ilusiones sobre eso, El dinero es su razón y la razón es dinero. La verdad, como sobradamente lo demostró Foucault, es la verdad del poder. Y el poder se relaciona con la posesión del dinero. Discépolo sabía todo esto cuando escribió:
"No hay ninguna verdad que se resista/frente a dos mangos moneda nacional".
¿A dónde voy con todo esto? Clarísimo: Discépolo es uno de los más distinguidos peronistas y es uno de nuestros más grandes poetas. Como todo está olvidado, como nada se recuerda, me permito repasar algunos de sus temas. Y vendrá el contraste. Porque las charlas de "Mordisquito" son impensables desde "Qué vachaché". Sigamos con el poeta de la desesperanza.
Yira yira postula, no ya que la verdad la tiene el de más guita, sino que "todo es mentira". Pero por el mismo motivo. No creas en nada. Todo es mentira porque el que te dice que tiene razón la tiene porque la compró, compró la razón, compró la verdad. Todo es mentira. Niega toda posible solidaridad: "No esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor". En Tres esperanzas llega a otra de sus cimas. Un hombre desesperado, un hombre que no entiende el mundo en que vive o uno que, simplemente, no aguanta más, siempre se sorprende de un hecho. El está destruido, no puede más. Llega, por fin, el momento en que se dice: "Cachá el bufoso y chau.. ¡vamo a dormir!". Sin embargo, hasta llegar a ese momento, momento al que se llega con enorme dolor, con miedo, hay algo que le resulta asombroso: todo sigue igual, todo sigue su rumbo, él se puede pegar un tiro mañana y nada habrá de ocurrir. "Pa' qué seguir así, padeciendo a lo fakir, / si el mundo sigue igual.. Si el sol vuelve a salir". Sólo un tipo con un fuerte metejón con la angustia, con la desesperación plena, con el dolor, escribe algo así: que "el sol vuelve a salir". Que todo va a seguir igual. Que su sufrimiento infinito es nada en la inmensidad del todo. Que es sólo infinito para él. Pero sólo eso. Cacha el bufoso y chau, hacé lo que quieras, matate ... no por eso va a dejar de salir el sol.
Una vez, a partir de cierto día, un día en que el sol volvió a salir, este gran poeta metafísico sintió que también salía para él. Era increíble, pero le nada algo por completo desconocido: la esperanza. Habría de transformarse en un "gilito embanderado". En un tipo que se había "piyao la vida en serio".
EL COMPROMISO POLÍTICO
Algo que ha perjudicado a Discépolo ha sido cierto empecinamiento de los peronistas por hacer de él el Borges del peronismo. "Los gorilas tienen a Borges, nosotros tenemos a Discépolo." Y peor todavía. Lo que más disminuye todo es que han aportado razones. Discépolo sería el "poeta de la calle". El "poeta del pueblo". Y Borges, "el ajedrecista". El tipo frío. Al que "le falta calle". Estos disparates han perjudicado a Discépolo. No a Borges. Borges goza de una consagración universal que no se verá deteriorada porque varios o muchos peronistas rencorosos, ultrapopulistas, le arrojen piedritas pueriles. Que un escritor tenga o no tenga calle no es la medida de su grandeza. Además "tener calle" es una expresión literariamente lamentable. ¿Qué significa? ¿Hay que recorrer calles para escribir? ¿Hay que vivir la vida intensamente? ¿Hay que salir de la Biblioteca de Babel? Pavadas. Borges, además, es un escritor hondamente argentino. Ha escrito sobre gauchos, sobre malevos, sobre el tango, sobre el Martín Fierro sobre el Facundo. Se podrá o no estar de acuerdo. Pero si uno recuerda que se le decía en los sesenta y los setenta (sobre todo en un librito de Jorge Abelardo Ramos sobre literatura argentina) "el escritor angloargentino", hará bien en señalar que todo eso es un dislate. Borges y Discépolo no
tienen por qué oponerse. Hay cosas que uno encuentra en Borges y no en Discépolo y viceversa. Es cierto, además, que uno era un letrista de tangos y el otro un hombre de la más alta literatura, uno de los más grandes estilistas del siglo pasado. Porque por más que Barthes hable de la "muerte del autor" (siguiendo a Foucault y su "muerte del hombre"). Y por más que, al hablar de la muerte del autor y del "grado cero de la escritura", una escritura sin marcas, sin señales del sujeto, que es lo que el
posestructuralismo vino a negar, niegue la posibilidad del estilo, lo siento, señores, Borges es la apoteosis del estilo. Y bien orgulloso estaba de serlo. Y nosotros de reconocerle ese estilo y de embriagamos con él, pese a los adverbios repetidos y al exceso de adjetivos. De modo que no perdamos
tiempo. Discépolo no es una herramienta para demostrarles a los gorilas que los peronistas tienen escritores. Borges, además, no es el escritor de los gorilas, aunque él lo haya sido y de un modo, para mí al menos, bastante tonto y, por eso mismo, irritante y hasta penoso. Borges es un escritor plenamente argentino. Tramado por la historia de su país. No es de los gorilas. Es de todos. Porque su literatura, además, salvo en algunos notorios momentos, no es gorila o no gorila. Es tan metafísica como la de
Discépolo. Más cercana a lo fantástico. A un juego en que la erudición se unía a los pliegues de la realidad, a una concepción personal del mundo, de un mundo que podía centrarse en un solo punto, el Aleph. En fin, lo mejor que he dicho sobre Borges lo dije en un guión de cine del que estoy muy
satisfecho pero que nadie vio. O dijeron que les gustaba el guión pero no la película. La película se llama El amor y el espanto y creo que es un valioso aporte a los enormes materiales que se le han destinado a Georgie. Un aporte más, en todo caso. Pero hecho desde el cine y con un trabajo formidable de Miguel Ángel Solá. Si la quieren ver, tal vez descubran algo que una crítica demasiado centrada en ese momento en la exaltación del "nuevo realismo argentino" les obliteró.
Discépolo encuentra la luz del mediodía, su militancia, en la campaña del peronismo para las elecciones de 1951. Se acabó el metafísico oscuro. El hombre que no creía en nada. El tipo que decía "la razón la tiene el de más guita". No, porque la guita la tenía la oligarquía, y no tenía la razón.
El peronismo venía a discutírsela. Y él lo iba a decir. Ya lo saben: con el verso no le ganaba nadie.
Apold le pide que le ponga el hombre a la campaña peronista. Al fin de la misma, Perón habrá de decir:
"Gracias al voto de las mujeres y a 'Mordisquito' ganamos las elecciones de 1951". Aquí tenemos al vate, al tipo de Buenos Aires, al flaco loco, genial, creativo. Al tipo que no se iba a andar con caricias. Que iba a golpear fuerte. No sabía que eso le costaría la vida. Lo llevaría a una muerte solitaria, dolorosa. Pero no nos adelantemos. Ahora se planta frente al micrófono y -sin que nadie pueda responderle desde ninguna otra radio, porque así el peronismo, era autoritario a rabiar- empieza a decir verdades incuestionables y que nos servirán para ver cómo un tipo como Discépolo visualizaba con honestidad y con una gracia inigualable las conquistas que se habían derramado sobre el país desde el 17 de octubre de 1945. Discépolo era flaquito, no era un tipo como para agarrarse a las piñas con nadie.
"Pero, ¡discutir! ¡Claro que vamos a discutir!" Aclaro: la edición que tengo es la primera que salió. Reúne las primeras charlas de Discepolín y no tiene pie de imprenta ni el sello de la Secretaria de Prensa y Difusión que era, sin duda, la que lo había editado. O sea, el siniestro Apold. Figura nefasta, desagradable, tachadora, fanática, que el peronismo sostuvo sin vacilaciones, encontrando en él, a no dudarlo, un elemento valioso, necesario. Un Gobierno que tiene un Apold no puede ser democrático. Salvo que se diga, como en los setenta, que el peronismo era democrático porque expresaba al pueblo. Pero esto es muy discutible. Porque los socialistas, los radicales y hasta los conservadores eran el pueblo. Y los comunistas, a quienes tanta alergia les tuvo el peronismo, también. La oligarquía era la clase golpista de siempre, aliada a lo más reaccionario del Ejército esperando el momento de asestar el golpe. De democrática nunca tuvo nada. También es cierto que muchos políticos golpeaban "las puertas de los
cuarteles". También es cierto que el peronismo los encarcelaba. Y a algunos los torturaba. Nada es sencillo en esa historia. Pero para Discépolo todo estaba claro. Se inventó un personaje para discutir con él. Era "Mordisquito". Era el típico "contrera". Discépolo le decía que antes los pibes "miraban la nata por turno" y ahora "pueden irse a la escuela con la vaca puesta". Si el contrera se quejaba por algunos problemas de desabastecimiento, por ejemplo, el queso, Discepolín decía: "¡No hay
queso! ¡Mirá qué problema!" "¿Me vas a decir que no es un problema?" "Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez ... y vos no decías ni medio". Y luego esa concepción de la guerra hecha por cincuenta tipos en tanto los demás duermen tranquilos porque tienen trabajo y encuentran respeto. Insiste: "Cuando las colas se formaban no para tomar el ómnibus o comprar un pollo o depositar en la caja de ahorro, como ahora, sino para pedir angustiosamente un pedazo de carne en aquella vergonzante 'olla popular' ( ... ) entonces vos veías pasar el desfile de los desesperados y no se te movía un pelo". Y todas las charlas terminaban con un: "¡No, a mí no me la vas a contar!" Y seguía, y era implacable, y tenía razón, no decía mentiras, decía verdades, cosas ciertas, verdaderas conquistas: "y yo levanto una lámpara, sabés; la levanto para iluminar las calles de mi patria ... ¡Y mostrarte una evidencia que no está! Los mendigos, ¿están? ¿Vos ves los mendigos?". Habla de una correntada de
dignidad, de bienestar que se llevó a los mendigos. Y esa correntada se los llevó para bañarlos y traerlos de nuevo, limpitos, con la raya al medio "cantando, no el huainito de la limosna, sino el chamamé de la buena digestión ( ... ) ¿Dónde están los mendigos?". Y sigue: "El mendigo era en este país una vergonzosa institución nacional ( ... ) Y los pobres se te aparecían en los atrios de las iglesias, en las escaleras de los subtes, en la puerta de tu propia casa, famélicos y decepcionados ( ... ) con la dignidad en derrota ( ... ) Ahora las manos se extienden, no para pedir limosna, sino para saber si llueve". Frase de un notable talento, de una gracia discepoliana, sólo él podía decirla. Y sigue: "Acordate cuando volvías a tu casa, de madrugada, y descubrías en los umbrales, amontonados contra sí mismos, a los pordioseros de tu Buenos Aires". Y un cierre perfecto, penetrante, sentimental pero fuerte y poderoso: "Ahora la
exclusividad de los umbrales han vuelto a tenerla los novios".
Y esa frase candorosa, pero que expresaba lo que sentían millones de pobres que habían encontrado en el peronismo lo que el vate decía: "Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos". Recuerda al Discépolo del pasado: "Yo era un hombre entristecido: "Yo era un hombre entristecido por los otros hombres". Habla de una patria dirigida por tenedores de libros quehablan en todos los idiomas menos en el nuestro. "Pensá en esa misma patria ahora contabilizada con números criollos." Y sigue: "Porque vos sos opositor, pero ¿opositor a qué? ¿Opositor por qué? La inmensa mayoría vive feliz y despreocupada ... y vos te quejás. La inmensa mayoría disfruta de una preciosa alegría, ¡Y vos estás triste!". Y hasta llegar a querer olvidar "el barrio de tango". Sí, basta de "la esquina del herrero barro y pampa". Basta de barro. Se acabó ese tango de la pobreza. "Yo me meto en el barrio, corazón adentro, y, después de recorrerlo, te pregunto: ¿está el conventillo? Y no, no está. Yo no quería encontrar más el conventillo y no lo encuentro. ¿Cómo? ¿Que a vos te gustaba más aquello? No. El suburbiode antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Porque a mí no me vas a decir que preferías el charco a la vereda prolija ... Y que te resultaba más entretenido el barro que el portland. Se acabó el conventillo: "Un mundo donde el tacho era un trofeo y la rata un animal doméstico". Y antes: "Acaso en el momento de la letra de tango hablemos literariamente del catre, pero llega el momento del descanso y cerramos el catre y dormimos en la cama". Y sigue: "Porque la nueva conciencia argentina pensó una cosa. ¿Sabés qué cosa? Pensó que los humildes también tenían derecho a vivir en una casa limpia y tranquila, no en la promiscuidad de un conventillo que transpiraba ... ¡indignidad!" Y voy a concluir citando un texto descomunal, de una conciencia humanitaria, de un fervor por lo que hoy llamamos
"derechos humanos" que asombra. Quizá no sea una gran frase. De hecho, es breve. No dice mucho. Sólo se trata de saber leerla. De pensada. Detenerse en ella. Habla del hambre. ¿Cuánta gente padece o se muere de hambre en el terrible mundo de hoy? Discépolo, muy sencillamente, dijo: "y como todo el
drama del mundo empieza en el hambre, supongamos que toda la felicidad del mundo empieza en la
abundancia".
DISCÉPOLO Y EVITA DIALOGAN
Como vemos, en sus charlas no mencionaba ni a Perón ni a Evita. Sólo en la última menciona a Perón. Estaba muy solo y preocupado. El odio gorila no le perdonó nada. Lo mataron. Es cierto que no tuvo quién le respondiera. Pero no dijo mentiras. Podría haber dicho que había persecución a los opositores. Autoritarismo. Que se había cerrado La Prensa. Pero creo que eso le importaba poco. Que veía en la oposición a ese peronismo de estómagos llenos, del chamamé de la buena digestión, al viejo país de la oligarquía mentirosa, represiva, fraudulenta y antipopular. Igual, lo mataron.
En el film Eva Perón, con Esther Goris y Víctor Laplace, dirigido por Juan Carlos Desanzo, escribí un encuentro ficcional entre Evita, en la cama, moribunda, y Discépolo, también moribundo, ya que moriría antes que ella, en 1951, destrozado por los ataques de sus enemigos.
Evita: Bueno, ¿y qué te pasa? Hasta al miserable de Apold lo tenés preocupado. Me llama por teléfono: "Discépolo no da más. Véalo un rato. Ayúdelo" ¿Qué te pasa, Arlequín.
Discépolo: Perdí a todos mis amigos, señora.
Estoy más solo que un perro. Tengo enemigos. Me llaman por teléfono a las tres, a las cuatro de la mañana. Me amenazan.
Evita: Qué más. Discépolo: Esto.
De un pequeño maletín saca unos pedazos de varios discos de pasta. Son discos destrozados.
Discépolo: Son los discos de mis tangos, señora.
Me los mandan así, destrozados. Me mandan cartas injuriosas. Y ahora ... el que está destrozado soy yo.
Evita: ¿y qué esperabas? ¿Flores? Los atacaste, te odian. Son así. No perdonan. Y odiar, saben odiar mejor que nadie. Te lo aseguro.
Discépolo: Pero hay algo en lo que tienen razón, señora.
Evita (casi indignada): ¿En qué?
Discépolo: Yo tuve la radio. Yo pude hablar.
Ellos no. No pudieron responder. Apold no les dio un solo espacio. Y usted lo dijo, lo acaba de decir: Apold es un miserable. Y yo me dejé manejar por él.
Evita: y sí, es un miserable, Pero una revolución no se hace sólo con ángeles como vos. También se hace con miserables. (pausa) Oíme, Arlequín: es muy simple: o hablan ellos o hablamos nosotros. Apold es un canalla, pero nadie como él para impedir que los contreras hablen. Lleva en el alma la pasión de silenciar a los otros.
Discépolo: Entonces me equivoqué, señora. La democracia ...
Evita: Mirá, no me pongas de malhumor. La democracia somos nosotros, los que estamos con el pueblo. Los demás son la antipatria. (Pausa.) Oíme, Discepolín, no te voy a mentir ahora. Mírate, mírame. Los dos nos estamos muriendo. ¿Cuánto pesás?
Discépolo: No sé. Pero las inyecciones ... ya me las tienen que dar en el sobretodo.
Evita (muy convencida, muy firme): Entérate, Discépolo: esto es una guerra.
Y una guerra no se gana con buenos modales. (Parodiando) "Vengan, señores. Usen las radios. Digan las mentiras de la oligarquía, las mentiras del antipueblo, las canalladas." ¡No! ¡Ustedes se callan, señores! Mientras yo pueda impedirlo ustedes no hablan más. (Pausa.) Decime, ¿qué pensás que van a hacer con nosotros si nos echan del Gobierno? Pensás ... ¿que van a ser democráticos, comprensivos, educados? Nos van a perseguir, a torturar, a prohibir. .. a fusilar. Ni el nombre nos van a dejar, arlequín. (Pausa.)
Andá y morite en paz. No te equivocaste. Las cosas son así. Algunos lo pueden tolerar. Otros no.
Díscépolo: Pero las cosas ... no tendrían que ser así, señora.
Evita (chasquea la lengua, fastidiada): No me vengas con mariconadas de poeta.
(Nota: José Pablo Feinmann, Dos destinos sudamericanos, Eva Perón, Ernesto Che Guevara, Editorial Norma, Buenos Aires, 1999, pp. 122-123. Hay más reciente y accesible edición de bolsillo.)
¡Pobre Discépolo si no llegaba a morirse cuando se murió, temprano, dolorosamente, pero a tiempo! No habría podido trabajar ni de acomodador ni de boletero. Eso, ni lo duden. La venganza de los "libertadores" no perdonó nada. Sin duda, el peronismo fue duro en sus prohibiciones. Muy duro y ahí
estaba la mano jacobina de Evita. Pero nadie puede decir en estatierra que el peronismo inventó las prohibiciones. La oligarquía vivió prohibiendo, excluyendo, haciendo elecciones fraudulentas. ¿O no eran prohibiciones los fraudes de la Concordancia? Así se hizo el país. Pero la Libertadora repugna por su cinismo. En un corto de la época aparecía un locutor de entonces, Carlos D'Agostino, esos tipos que se agarran a un momento histórico y dicen "ésta es la mía". Carlitos D'Agostino hacía lo siguiente. Se oían muchas voces de la calle. Y él, muy sonriente, fingía taparse los oídos. Luego retiraba sus manos de ahí y feliz decía: "No, ¡si es el ruido de la democracia! ¡Hoy, todos hablan, todos opinan, porque vivimos en libertad!" Qué descaro. Perón no prohibió a ningún partido. Subió al gobierno en elecciones libres. Y los "democráticos", los "libertadores" prohibieron al partido mayoritario en nombre ... ¡de la democracia! Y todo se veía muy lógico en ese entonces. Los vieran a los radicales, a los socialistas, a los democrataprogresistas. ¡ Todos de acuerdo! El patriarca del socialismo, don Alfredo Palacios, a quien vi dar una conferencia en Necochea, ¡de acuerdo! Habló todo el tiempo de la libertad. Y hasta recitó
un poema que la exaltaba. Había que prohibir al peronismo. ¡Era un peligro para la democracia! Canallas, pequeños, miserables hombrecitos, el peligro para la democracia era precisamente el contrario: era prohibir al peronismo. Pero si no lo prohibían el peronismo volvía. Porque la paradojaera que habían expulsado del poder al partido que tenía el abrumador apoyo del pueblo. Ahí empezó la tragedia argentina. Ahí, la necedad gorila decretó la muerte de Aramburu. La historia tiene sus persistencias. Los hechos no se desvanecen en el momento en que surgen. Quedan. Perseveran. Y un día aparece un jovencito con un revolver y le dice a Aramburu que lo va a matar porque asesinó al general Valle. Palabra (asesinato) que Valle utiliza en su carta y con la que sella el destino de Aramburu. La tragedia argentina viene de lejos, es compleja, opaca, difícil de entender, y trágica. Parte de esa tragedia fue haberse devorado a Enrique Santos Discépolo, notable, puro, acaso ingenuo poeta argentino.
Orestes Caviglia, que había sufrido lo suyo, lo escupió en plena calle. Arturo García Bhur, actor (oli)garca, que haría una torpe película propagandística de la libertadora, de la que hablaremos, lo insultó.
Le llegaban infinidad de anónimos agraviantes. (Nota: Consultar la excelente biografía de Sergio Pujol, Díscépolo, Emecé, Buenos Aires, 1996.)
Enrique era un flaco sensible, frágil, charlatán, jodón, pero chiquito y pura sensibilidad. No pudo
aguantado, lo liquidaron en unos pocos meses. Quienes le enviaban los discos despedazados eran sin duda quienes luego integrarían los "comandos civiles", niños de la oligarquía, de la alta clase media. Balbín, en un acto de campaña, Lo definió como a un "mantenido del peronismo". Le llegaban paquetes con excrementos. Entró en un profundo cuadro depresivo, llegó a pesar treinta y siete kilos. "Buenos Aires es una hermosa ciudad (dijo), para salir de gira." El 23 de diciembre de 1951 se murió. No todos lo
odiaban. Aníbal Troilo llegó al sepelio y lloró, desesperado, largamente sobre el cuerpo del poeta. Se dice que llegó una ofrenda floral de Evita que decía: "Hasta pronto". Homero Manzi -desde un sanatorio en que se moría decáncer-le dedicó unos versos a los que Aníbal Troilo les puso música. Así nació el tango Discepolín. Que terminaba diciendo:
"Vamos que todo duele, ¡viejo Discepolín!" El poeta de la desesperación, cuando creyó, lo hizo con tanta vehemencia como cuando decía que creer en Dios era dar ventaja, no aduló a nadie, no nombró a Perón ni a Evita, sólo en la charla final hay una mención a Perón, sólo ahí, lo que dijo fue lo que alegraba su corazón: la dignidad de los pobres, las casitas de ladrillos, el portland, las vacaciones, el pleno empleo. Se equivocó porque tal vez debió exigir que le pusieran a alguien que le respondiera. Difícil saber si eso hubiera amainado el odio que se lo comió. Después del '55, a tipos infinitamente menos talentosos que Discépolo, no hubo nadie para responderles, ni siquiera un perro que les ladrara un poco.
*José Pablo Feinmann
Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina.
nº 13. Discépolo y el peronismo.
-Fuente: Página/12. Domingo 17 de febrero de 2008.
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
VEINTISEIS.
Habían ido a sentarse bajo la glorieta, en el patio de un barcito ubicado en la entrada del puente sobre el San Giovanni. No había otros clientes. Las atendió una mujer alta y sin edad, la cara larga y cuatro arrugas verticales en las mejillas que parecían surcos. Pasó con energía un trapo sobre la mesa metálica y se quedó esperando, sin preguntar qué deseaban servirse.
Silvana pidió una botella de agua mineral, una jarrita de vino y unos bizcochos dulces.
-Me gusta este lugar -dijo-, nunca hay nadie.
Más allá del patio, a un costado de la casa, se veía una quinta con hortalizas y algunas gallinas escarbando la tierra. Volvió la mujer, dejó el pedido y se fue sin hablar.
-¿Un poco de vino? -preguntó Silvana.
-Una gota.
Le sirvió un cuarto de vaso. Agata se mojó los labios, saboreó y después lo tomó todo.
-Es rico-dijo.
-¿Otro poco?
-Pero sólo una gota.
Silvana sirvió para ambas. Se echó contra el respaldo de la silla, las piernas estiradas bajo la mesa, el vaso apretado con las dos manos contra el pecho y fue tomando su vino de a sorbos. Agata probó los bizcochos y dijo que estaban ricos. Había mucha calma a esa hora; sólo de tanto en tanto pasaba un coche, cruzaba el puente, encaraba la cuesta del otro lado y se perdía en la primera curva. Veían el agua correr abajo, aunque el rumor no llegaba hasta ellas. Silvana volvió a llenar su vaso. Advirtió que también el de Agata estaba vacío y dijo:
-¿Una gota más?
Le sirvió sin esperar respuesta.
-Basta -dijo Agata-. Me van a tener que llevar.
-Yo la llevo a usted y usted me lleva a mí. Nos vamos cantando, como en sus tiempos.
-Lo único que me faltaba, imagínate, a mi edad.
-Salud -dijo Silvana.
Agata la miró y vio que en sus ojos se había diluido la dureza y la gravedad que los velaban siempre. Sin que le preguntara nada, Silvana empezó a contar de su trabajo, de algunos clientes, de ciertas manías y gustos suyos con respecto a la comida, la ropa, los horarios, el dinero, las amigas.
Hablaba mirando la parra sobre su cabeza. Las palabras fluían y una frase se sucedía a otra sin alteraciones, como en un rezo. Eran confidencias mínimas, detalles domésticos, trivialidades. Pero era justamente eso lo que le daba a Agata la medida y la importancia de ese momento de intimidad.
Pese a lo poco que conocía a Silvana, adivinaba que eran parecidas en cuanto al pudor y la reserva extrema con sus cosas personales. Se sentía cómoda y agradecida por esa expresión de confianza. Y a medida que pasaban los minutos y la voz de Silvana seguía, aquel abandono la fue contagiando y arriesgó preguntas e incursionó en territorios que en otras circunstancias no se hubiese atrevido a tocar.
-Nunca mencionaste a tu padre.
Silvana dudó antes de hablar. Dijo que no lo había conocido. Las abandonó cuando ella andaba por los dos años. Le parecía tener algunos recuerdos, pero no estaba segura. No había fotos. Lo único que sabía de él eran las pocas cosas que le contó su abuela y que tal vez ni siquiera fuesen ciertas.
Nunca recibió noticias.
-Vaya a saber cómo es, vaya a saber por dónde anda -dijo.
Alguien apareció en la entrada del patio y las interrumpió. Era un hombre joven, flaco, de pelo y barba descuidados. Permaneció ahí, como si no se animara a avanzar. Silvana lo conocía porque lo saludó y lo llamó por su nombre: Dino. El hombre contestó el saludo, fue a sentarse en otra mesa, la más alejada, en un rincón, y se quedó mirándolas. Silvana levantó la jarra de vino, invitándolo. Dino aceptó con un gesto. Silvana llamó a la mujer y pidió un vaso. La mujer lo trajo, esperó que lo llenara y se lo alcanzó a Dino. Brindaron a la distancia y Silvana le presentó a Agata, dijo que era su amiga, que venía desde la Argentina y que estaba pasando una temporada en Trani. El hombre levantó el vaso en dirección a Agata. Silvana le preguntó cómo andaban sus cosas y él contestó que bien. Volvió a repetir la palabra bien un par de veces, con un énfasis exagerado y rió. Silvana lo acompañó asintiendo con la cabeza. Después hubo un silencio largo y cuando Silvana se volvió hacia Agata para reanudar la charla el hombre empezó a contar algo. Dijo que hacía un tiempo le había tocado trabajar en un criadero de pollos. Por alguna razón Agata tuvo la impresión de que Silvana ya conocía la historia. Era un criadero grande, dijo Dino, había otra gente trabajando, familias enteras. El estaba con un compañero y tenían a su cargo cinco galpones. Había estado ahí una buena temporada, sabía todo acerca de pollos, podían preguntarle lo que quisieran. Por ejemplo:
¿cuánto tardaban en alcanzar el peso óptimo para ser enviados al mercado? Un pollo criado normalmente necesitaba ocho meses. Cuando los criadores comenzaron con los híbridos redujeron el tiempo a noventa días. Después, gracias a los nuevos alimentos balanceados, bajaron a sesenta y cinco, y finalmente a cincuenta y cinco días. Aunque sabía que últimamente los pollos daban el peso en menos tiempo todavía. Venían los camiones, se los llevaban y a empezar de nuevo con los pollitos. Los pollos no dormían nunca, comían día y noche, siempre con luz, natural o artificial. Algunos morían durante la crianza y otros en el traslado. Se ahogaban fácil. Si uno caía, los otros lo aplastaban. No tenían fuerza para levantarse. Eran bichos estúpidos, cuando hacía calor en vez de separarse se amontonaban. Y se ahogaban. En cada galpón había unos diez mil. Los rociaban con una especie de vapor húmedo para refrescarlos. ¿Sabían dónde iban a parar los pollos que morían en los galpones? Los comían ellos, los que trabajaban en el criadero. También los que se perdían durante el traslado en los camiones eran aprovechados, iban directamente al peladero. No se desperdiciaba nada. Si se apestaban los llenaban de antibióticos. Por eso a veces la carne de pollo tenía tanto gusto a medicamentos. Les daban hormonas femeninas para que les creciera la pechuga. Había un matrimonio con chicos que trabajaban en el criadero desde hacía varios años. A los chicos, tres varones, se les empezaron a desarrollar pechos de mujer de tanto comer pollo con esas hormonas.
¿Nunca se preguntaron porque a los enfermos de cáncer se les prohibía la carne de pollo de criadero? ¿No lo sabían? Podían preguntarle a cualquier médico. Era muy común que algún pollo se lastimara y entonces los demás comenzaban a picotearle la herida. La herida se iba agrandando y llegaba un momento en que el pollo caía, se arrastraba y finalmente se quedaba quieto
y miraba cómo los otros lo iban comiendo a picotazos.
Una vez él estaba en uno de los galpones haciendo su trabajo, llevaba pantalones cortos, se raspó una pierna con un alambre y le brotó una gota de sangre. Siguió trabajando y enseguida sintió varios picotazos en la lastimadura. Espantó a los pollos, trataba de mantenerlos alejados pateándolos, pero volvían y no lo dejaban tranquilo. Quiso salir del galpón y no pudo porque la puerta se había trabado desde afuera. Su compañero no estaba, tardaría unas horas en volver. Así que se armó de paciencia, se colocó de espaldas contra una pared y siguió tirándoles patadas a los pollos. Pero siempre había alguno que lo sorprendía y lograba darle un picotazo. Unos meses después dejó el criadero y se dedicó a otra cosa. Pero nunca pudo sacarse a los pollos de encima. Ahora mismo lo volvían a acosar. Lo acosaban todo el tiempo.
Calló, tomó vino y Silvana le preguntó si soñaba con eso, si se trataba de un sueño. El dijo que a veces le pasaba soñando, pero en general le sucedía estando despierto. Estaba ahí, contra la pared, defendiéndose, esperando. Y su compañero que nunca llegaba para abrir la puerta.
Ahora Dino sonreía. La expresión de su cara era de alguien que carga una gran pena y se esfuerza por parecer risueño.
-Pero en algún momento tu compañero llega -dijo Silvana.
Dino terminó su vaso de vino, se levantó y se dirigió hacia la calle.
-Al final tu compañero llega -insistió Silvana en voz alta.
Pero Dino salió del patio sin contestarle.
Quedaron otra vez solas y durante unos minutos no hablaron. Aquel hombre había llegado como una aparición a través de la luz del mediodía, se había sentado en la sombra del rincón y después se había ido, y ahora Agata se preguntaba si alguien había estado realmente ahí hablando con ellas. Oyó la voz de Silvana que decía:
-Quizá esté en otro país, quizá esté muerto.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que acababa de retomar el tema del padre.
Después Silvana dijo no era la desaparición de ese hombre en especial lo que a veces lamentaba, no era ese desconocido lo que extrañaba. Sino el haber sido privada de saber lo que significaba tener un padre. Era un sentimiento que nunca conocería. Si se ponía a pensar en eso percibía como un vacío, la falta de algo, pero ignoraba qué era ese algo. ¿Cómo sería tener un padre? Nadie podía contárselo. Lo mismo que nadie podía explicarle los colores a un ciego de nacimiento.
-Mi única familia fue Carla.
-¿Y tu abuelo?
-Mi abuelo no era como lo cuenta Carla. Nunca estaba en casa. Andaba por ahí, hacía su vida.
Agata nombró a Vito. Dijo que ahora ella la tenía a Carla y también a Vito. Silvana sacudió la cabeza y suspiró hondo.
-Vito, Vito, Vito -murmuró.
Levantó ambos pies y los apoyó sobre una silla.
-¿Quiere que le hable de Vito? -preguntó.
-Sí.
-Bien, ahí va.
Pero durante un rato no pronunció palabra y se quedó mirando el parral. Después comenzó diciendo que, visto desde afuera, Vito aparentaba ser un hombre fuerte, un gran optimista. Desbordaba entusiasmo. Era talentoso, podía hacer cualquier cosa. Todo al mismo tiempo y todo bien. Así era Vito. La gente quedaba deslumbrada al conocerlo. Pero se trataba sólo de una máscara. En realidad era un tipo oscuro, melancólico y sufrido. Ella lo sabía bien. No era más que un chico que se avergonzaba de confesar que no creía y que estaba lleno de dudas y de miedos. Y entonces se esforzaba por exaltar y elogiar. Puro entusiasmo fabricado. A veces se preguntaba si Vito no seguía representando ese papel de hombre fuerte sólo para sostenerla, porque se creía en la obligación de protegerla:
-Dice que soy débil, que carezco de fe, que no sé hacia dónde voy. Lo repite todo el tiempo. Parecería que él está en el mundo nada más que para salvarme.
Silvana volvió a servirse vino. Agata le preguntó cómo se habían conocido.
-Nada especial. Nos presentaron. Desde el comienzo, desde la primera vez que hablamos, Vito adoptó una actitud de amabilidad hacia mí. La misma postura que sigue manteniendo hasta hoy, después de seis años. No sé cómo describirlo. Decidió ser amable conmigo.
-¿Amable? -preguntó Ágata.
-Algo así.
No hubiese podido definirlo como amor, ni afecto, ni respeto, siguió diciendo Silvana. Tampoco se trataba sólo de una suma de consideraciones y atenciones y gestos generosos:
-Es más complejo.
Silvana movió ambas manos por encima de la mesa.
Amasaba el aire, en un intento de dar forma a lo que quería expresar:
-Es su vida siendo amable con mi vida.
Las manos de Silvana se aquietaron:
-Yo acepté.
Ese era el acuerdo que los unía. Amabilidad y aceptación de la amabilidad. En cuanto al resto, coincidían en pocas cosas. Por ejemplo, ella no soportaba la gente con la que Vito simpatizaba, y viceversa. Así que no tenían amigos comunes. Cuando estaban juntos jamás había otras personas con ellos.
-¿Se entiende algo? -preguntó.
Agata no estaba segura de estar entendiendo. Lo que sí sabía era que esta versión de Vito no coincidía con la que Silvana le contó la tarde en que habían ido al Pozo. Y también era diferente de la del día en que habían visitado el Monumento a los 42. Se preguntó cómo sería Vito en realidad. La imagen que ahora trataba de armar en su cabeza estaba llena de contradicciones.
-Quiere conocerla -dijo Silvana.
-¿Quién?
-Vito.
-¿A mí?
-Le hablé de usted. Le conté lo que hacemos, lo que hablamos. Me pidió que la lleve a Coseno. Está invitada a almorzar. Quiere preguntarle cosas, quiere escucharla hablar.
Agata la miró con curiosidad.
-Dice que usted es la memoria -siguió Silvana.
-¿La memoria?
-Así habla Vito. Siempre dice cosas importantes. Dice que la memoria es todo. Le va a pedir que pose para él. Está pintando un gran cuadro, con tres figuras femeninas de diferentes edades. Le falta la cara de una. Dice que es su cara.
-No me conoce.
-No importa. Está seguro de que usted es la modelo que necesita.
-¿Yo modelo de un pintor? Me da vergüenza.
-Pensaba ir mañana. ¿Quiere venir?
-¿Y tengo que posar?
-Si quiere.
-Entonces primero tengo que ir a la peluquería -dijo Agata riendo.
Silvana levantó un brazo, apareció la mujer y le pidió un poco más de vino. Se volvió hacia Agata:
-¿Ya está lista para cantar?
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 24 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Javier Farías Caballero. Las poesías que leeremos pertenecen a Omar Darío Gallo Quintero (Colombia) y la música de fondo será de Bandolas de
Venezuela. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tango 1926
*Letra y Música: Enrique Santos Discépolo
Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.
Ya me tenés bien requeteamurada.
No puedo más pasarla sin comida
ni oírte así, decir tanta pavada.
¿No te das cuenta que sos un engrupido?
¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?
¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!
¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.
Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre...y lo que quieras vos.
El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.
¿Pero no ves, gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Que la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?
¿Que no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás, -haciendo el moralista-,
un disfrazao...sin carnaval...
¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!
Sos un secante que no hace reír.
Dame puchero, guardá la decencia...
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?
Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón...
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!
Vale Jesús lo mismo que el ladrón...
http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/letras/letra.asp?idletra=163
DE PEQUEÑOS GESTOS Y ALGUNOS PEDACITOS DE MEMORIA...
El peronismo en pequeños gestos*
A Lidia Paz
Hoy es el cumpleaños de Lidia.
La llamo por teléfono. Este año si me acorde. Hablamos, y se remueven afectos.
Me cuenta que esta leyendo los escritos de José Pablo Feinmann sobre el peronismo que se publican los domingos en Página/12. Dice que ahora leyendo y recordando algunas imágenes de su infancia ha descubierto a los 64 años que se siente peronista.
Ella nació en el 44 cuando el peronismo se preparaba para bautizar sus pies en la fuente de la plaza.
Lidia me dice que estas lecturas le han devuelto algunas imágenes sobre su padre.
Como poder ver a su padre en la cocina escuchando en la radio, mientras en la radio estallan las bombas del junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo.
Ella congela esa imagen, su padre, un hombre silencioso, llora en la mesa de la cocina al escuchar de los bombardeos. No recuerda que dice, la postal es sólo su rostro llorado y sus labios que se mueven.
El fue peón de campo, antes de ser obrero y poder casarse y tenerla a ella de hija. Un hombre humilde que hablaba casi para adentro.
Y ella tenia -sacando cuentas- 11 años cuando ve a su padre llorar y puede ver algo o intuye de su vida en esas gotas luminosas.
Lidia y yo hemos tenido padres laboriosos y callados, gente de pocas palabras, el otro extremo de los políticos que como dice la gente humilde: "hablan mucho".
Mientras le cuento de mi vida fragmentada y Lidia se rie de esta confesión: "durante el año lavo los platos en tres casas distintas", me surge de mi padre una fecha. El 21 de julio de 1952. Mi padre llega de Italia a la Argentina 5 días antes de la muerte de Eva. Mi padre jamás contó ni una palabra que lo relacionara con la vida política de la argentina. Nada, ni un pequeño gesto que dijera como le había pegado los acontecimientos de esta, su segunda tierra, en la que trabajó, crió a sus hijos y murió. Hasta que muchos años después un día me encontré en el lavadero de casa con una hoja de diario con un retrato de Eva a página completa colgado de un clavo, que como casi todo en la casa era producto de su trabajo. Hasta los clavos puestos en la pared eran su obra.
Ese fue el único gesto ¿político? que le conocí a mi padre durante su vida digna de la expresión peronista "de casa al trabajo y del trabajo a casa".
Creo que en algún lugar, casualidades o no, estamos hermanados con Lidia. No importa. No puedo escribirlo. Pero ella hace muchos años lo pudo decir mientras caminábamos a la salida del trabajo.
Me dijo que yo era como el hermano que no había tenido.
Pasaron muchos años de esa frase. La guarde. Al menos para escribirla este día, un día de pequeños gestos y algunos pedacitos de memoria.
*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
Discépolo y el peronismo*
*Por José Pablo Feinmann
Era un poeta de excepcional talento. Era un tipo frágil, con un sentido trágico de la existencia. Se podría decir que era un pesimista, pero un escritor que escribe, aunque escriba acerca de la falta absoluta de sentido de todo lo que existe, aunque sienta que Dios es una ausencia y que el amor
se ahogó en la sopa, no es pesimista. Si lo fuera, no escribiría. No escriben los desesperados. Escriben los que creen en decirles a los demás las cosas en que creen, lo que les pasa, sus desengaños, o hacerles saber que todavía hay hendijas por las que se filtra una alegría inesperada, sorpresiva, que da aliento y permite seguir. Una hendija como esas por las que Benjamin decía que el Mesías se hacía sentir en la Historia, que no vendría al final, sino que estaba siempre, que entraba por los quiebres, por esos quiebres que impedían la linealidad de la historia, pero abrían la posibilidad del mesianismo, esos tipos, en suma, no son pesimistas. Creen en algo poderoso. Creen en el arte para el que están dotados. Nuestro poeta era así. Además, dominaba como pocos el arte de la palabra, hablaba y seducía, hablar era un don con el que encandilaba, con el que encantaba, hablaba rápido, se le atropellaban las palabras, las ideas, pese a la velocidad de su habla, eran más veloces, sólo su gestualidad lograba el empate, entre sus
palabras y los malabarismos de sus manos se hacía entender, comunicaba el volcán que él era, porque era eso: un flaco volcánico, un torbellino que duró poco, que se quemó pronto, que se creyó fuerte, puso la cabeza y, en un tiempo de odios extremos, se la cortaron.
No tiene prestigio académico por dos cuestiones: escribió tangos y se hizo peronista. En el Diccionario de autores latinoamericanos de César Aira, se mete por la ventana en el apartado que corresponde a su hermano, Armando. Sé que Aira admira a Alejandra Pizarnik, yo también la admiro. Y creo que su talento no era superior al del autor de Quevachaché. Era distinto, No sé si el peronismo se merecía semejante poeta, aunque también lo tuvo a Manzi. Pero él, en el mediodía de su esperanza, se hizo peronista y peronista militante, porque agarró la radio y empezó a desparramar sarcasmos, ironías,
un humor corrosivo, que hería demasiado y más todavía en una época de esas que suelen llamarse "electorales", donde todo se pone al fuego, cada palabra bien puesta es un voto. Se trata de Enrique Santos Discépolo. Confieso que hay poemas de este vate popular que admiro hasta la envidia. Que, al leerlos por primera vez, siendo muy jovencito, me quitaron la respiración. Que la certeza del paso de los años, de la decadencia incontenible y la cercanía de la muerte, la encontré antes en Discépolo que
en cualquier filósofo que haya estudiado hasta cierta altura de la carrera en Viamonte 430, donde, según una dedicatoria de Ernesto Laclau, si no recuerdo mal, "empezó todo".
FIERA VENGANZA DEL TIEMPO.
Tal vez deba aclarar que metemos con Discépolo es una tarea imprescindible en un estudio sobre el peronismo. Porque habrá que ver cómo este vate sombrío, este cantor de los más terribles desengaños, este poeta del fango del arrabal, se enamoró del portland de las casitas peronistas, de los días soleados que el movimiento reclamaba como propios ("un día peronista") y del "chamamé de la buena digestión". Ni Discépolo fue Heidegger, ni Perón fue Hitler. Pero no puedo evitar la comparación. El sombrío Heidegger de Ser y tiempo, el filósofo de la República de Weimar, encuentra en el nacionalsocialismo la solución del problema entre el hombre y la técnica, que la Modernidad había inaugurado con Descartes. También encuentra su día sin nubes. Hay una esperanza y él habrá de adherir a ella. No hace mucho, un
serio, profundo pensador argentino me decía que Heidegger había sido sólo "otro boludo" que se había prendido a uno de esos tentadores tranvías de la historia. Fue su ruina. O, al menos, sus adherentes tienen que vivir defendiéndolo. Discépolo también se prendió a "uno de esos tentadores tranvías de la historia". Más cómodo le habría sido seguir hablando de los amores imposibles, de las manos que no se extienden, de los que ven que a su lado se prueban las pilchas que está por dejar. Se permitió la exaltación, la vehemencia, la alegría. Acompañó la alegría del pueblo pobre. Es una de las caras más fascinantes de la gran novela peronista.
Esta noche me emborracho (1928) plantea el paso del tiempo como destrucción de los sueños. Y el tiempo como camino ineludible hacia la muerte a través de la decadencia física, que expresa también la muerte del amor. El tipo ve a su "dulce metedura", a la mujer que lo volvió loco diez años atrás, salir de un cabaret. La ve hecha "un cascajo". Un cascajo, para mayor desdicha, patético, ridículo. La ve "chueca, vestida de pebeta, teñida y coqueteando su desnudez". La ve como "un gallo desplumao". La ve con "el cuero picoteao". Raja "pa'no llorar". Recuerda las cosas que hizo por ella. Porque ella era hermosa. Lo era diez años atrás. El tipo se "chifló por su belleza". Entra, entonces, el tema recurrente de la madre. La máxima deshonra es haberle quitado "el pan a la vieja". Aquí radica el mayor dolor. Le hizo pasar hambre a la vieja para darle a este cascajo lo que sus caprichos pedían. Pero es la estrofa final la que revela lo que podríamos llamar "el revés de la trama". Lo no dicho en el poema. El tipo dice:
"Fiera venganza la del tiempo/ que nos hace ver deshecho/ lo que uno amó". Sin embargo, ¿sólo en ella ve la fiera venganza del tiempo? ¿Y si la imagen de la mina vencida lo remite a sí mismo? Él, ¿cómo está, cómo se ve, es o no es otro cascajo? La fiereza del tiempo los tiene que haber atrapado a los dos. Acaso el terror del tipo es haber visto en ella lo que no quería ver en él. Que el tiempo pasa, destruye, se venga. ¿De qué se venga el tiempo? De lo que uno amó. Es como si el tiempo disfrutara destrozando lo que uno se permitió amar porque no se está en el mundo para amar o porque el amor es imposible. Quien se atrevió a hacerla verá destruido su sueño. "Este encuentro me ha hecho tanto mal/ que si lo pienso más/ termino envenenao".
El encuentro es un encuentro-espejo. Ve en ella lo que también es él. ¿Qué hace él, solo, porque es evidente que está solo, a la salida del cabaret, de madrugada? ¿Qué buscaba ahí? ¿Entraba o salía del cabaret? Raro que pasara de casualidad. No se anda de casualidad por esas geografías. Además, lo
confiesa: "¡Mire, si no es pa' suicidarse/ que por este cachivache/ sea lo que soy..." No sabemos qué es. Pero es muy posible que sea una ruina como ella. Que el tiempo les haya cobrado a los dos la insolencia de amarse.
"Fiera venganza la del tiempo" es una de las líneas más excepcionales de Discépolo. El tiempo se venga de todo. El tiempo nos quiebra. El tiempo nos mata. El tiempo es la Muerte que nos llama. Por eso es fiero. Es feroz, encarnizado, es violento. Nada se puede hacer contra eso. "Este encuentro", dice el tipo, "me ha hecho tanto mal". ¿Cómo no lo va a trastornar ese encuentro si en él vio el sinsentido de la vida aquello en que se transforman las cosas que se amaron, que se creyeron eternas, eternamente
bellas, eternamente jóvenes, como él, como el tipo? No quiere pensar más. ¿De qué sirve pensar? Pensar es envenenarse. "Si lo pienso más, termino envenenao". Sólo queda la negación, el olvido momentáneo del alcohol, que será el olvido de una noche, la esperanza de que no pase al día siguiente, que se quede atrás, en la madrugada, en ese cabaret. Quién sabe, por ahí ocurre eso. El alcohol todo lo puede. Y el poema termina proponiendo la curda, último refugio del tanguero, antesala del "cachá el bufoso y chau", el sueño, el sueño pesado, el sueño sin sueños, el de la entrega: "Esta noche me emborracho bien/ me mamo bien mamao/ pa' no pensar". Excepcional es la identificación del "pensar" con la obsesión. No hay que pensar. Pensar es torturarse. Pensar llevará a ver la verdad y verla será intolerable. El dolor supremo. Se trata de calmar ese dolor. O mejor: de sofocarlo, de tornado imposible. Por eso se va a emborrachar "bien". Se va a mamar "bien mamao". O sea, no como cualquier otro día, sino con una eficacia trabajada,
profesional. Pondrá toda su sabiduría de curda para frenar con el alcohol todo cuanto pueda filtrarse de la realidad. Que nada entre. Que nada me obligue a pensar. Porque no quiero saber lo que sé, lo que descubrí: ese cascajo, ese gallo desplumao, ese cachivache, que hoy vi en la madrugada, a la salida del cabaret, soy yo.
Discépolo, como muchos artistas de su generación, era un apasionado lector de los novelistas rusos. Se nutre de ellos y, aunque no lo hayan leído, anticipa muchos de los temas de las filosofías de la existencia de los años cuarenta en Europa. En 1925 escribe su tango más decarnado, más negro. El que nunca pasa, el que siempre dice lo que hay que decir de cada época, algo que habla de la destrucción de toda teoría del progreso en la historia del hombre.
Los tiempos, hoy, son duros. Y todavía está Discépolo para narrarlos. No en Cambalache, tango por el que no tengo mayor estima, sino en esa temprana reflexión nihilista que es Qué vachaché. "En Buenos Aires (escribe Horacio Salas) lo estrena Tita Merello en la revista Así da gusto vivir. Resulta un
rotundo fracaso. Un nuevo intento en Montevideo tiene el mismo resultado. Recién el éxito de Esta noche me emborracho en 1928, en la voz de Azucena Maizani, le permite exhumar Qué vachaché, que se graba ese año" (Horacio Salas, El tango, Planeta, Buenos Aires, 1986, p. 200). Discépolo está orgulloso de este tango. Hasta se permite decir que mira "por otras ventanas el tremendo panorama de la humanidad" (Ibid., p. 200). ¿Cuál era ese "tremendo panorama"? En 1925 gobernaba en Argentina el radicalismo. Hitler no había llegado al poder. Mussolini recién empezaba a mostrar las garras.
Pero el mundo, al lado de lo que vendría, no ofrecía todavía un "tremendo panorama". Aquí, entonces, la sospecha: ¿no estaba en el propio Discépolo el "tremendo panorama"? ¿No era más metafísico que histórico? ¿No era más cerradamente existencial? ¿No era ese "tremendo panorama" el de su propia
conciencia, atormentada por siempre? También vale otra hipótesis: el poeta se adelanta a su tiempo, ve lo que los otros no ven. O ve lo que siempre ha de estar, lo eterno en la historia.
VENDER EL ALMA, RIFAR EL CORAZÓN
No hay otro modo de entender Qué vachaché.
Porque, en 1925, la cosa no era para tanto. Los buenos revisionistas o los historiadores peronistas dicen que Discépolo se anticipa a la descripción de la llamada Década Infame. En verdad, se anticipa a todas las épocas, dado que ese tango prenuncia poderosamente la década argentina de los noventa y el mundo mercantil, cósico del presente. ¿Qué es lo que hace falta, qué hay que hacer para sobrevivir en el universo de los humanos? Como diría Marx: hay una mercancía a la que remiten todas las otras pues la han aceptado como el equivalente de todas. Una silla no es el equivalente de todas las mercancías. Ni un tren. Ni un zapato. Estaríamos, ahí, en un sistema de trueque. Lo que establece el capitalismo es que tanto el tren, como la silla o como el zapato remitan para establecer su valor a una mercancía que habrá
de representarlas a todas, expresando sus distintos valores. Esa mercancía es la mercancía dinero. De aquí que sea la mercancía esencial del capitalismo. Con el dinero uno compra cualquier cosa. Una silla la podrá canjear por una mesa o por un ¡sillón. El dinero puede entregarnos lo que se nos antoje, si es que lo tenemos en cantidad suficiente. De aquí que haya que tener mucho dinero para poder tener muchas cosas. Si la puerta a la conquista de las cosas (y el capitalismo es un sistema de cosas) es el dinero, todo radica entonces en tenerlo en cantidades suficientes como para que nada nos esté vedado. "Lo que hace falta (escribe Discépolo) es empacar mucha moneda/ vender el alma, rifar el corazón/ tirar la poca decencia que te queda/ plata, plata y plata ... plata otra vez .. ./ Así es posible que morfés todos los días/ tengas amigos, casa, nombre ... lo que quieras vos./ El verdadero amor se ahogó en la sopa,/ la panza es reina y el dinero Dios". Hay pocos textos que definan la pragmática capitalista como éste de Discépolo.
No era un desesperado.
No era un pesimista. Acaso hoy lo comprendamos mejor que nunca. Hoy, cuando no hay nada más que capitalismo. Cuando el mundo se ha transformado en un campo de guerra. Cuando la potencia capitalista más poderosa de la Tierra anuncia que buscará lo que necesite ahí donde esté. Cuando no sólo no hay
ideales, no hay ideas. Cuando la política desapareció ahogada por los arreglos entre aparatos. Cuando un tipo que está aquí, mañana está allá y pasado mañana volvió a cambiar. ¿Qué quiere decir esto? Simple: no hay ideas, hay intereses. La verdadera política se ahogó en la sopa. En cuanto a las aristas morales de este mundo de intereses, Discépolo es bien claro. Sus consejos valen oro: tenés que vender el alma, rifar el corazón, tirar la poca decencia que te queda. Si hacés eso, triunfas. Si no, te pisan.. Te pasan por encima, Sos un gilito "embanderado", A este personaje se dirige Discépolo. A "un gilito embanderado", un pobre tipo que todavía cree en algunas causas, en algunas banderas. No hay causas, no hay banderas. Sólo hay guita. Si sólo hay guita, ¿donde está la verdad? Eso que decíamos "tener razón". Fulano tiene la razón porque Fulano tiene la verdad. O al revés: Fulano está en lo cierto, tiene razón. Había algo, en los hechos, que permitía establecer una verdad. Tenía razón el que podía demostrar que él había actuado bien y el otro mal. Pero eso podía ocurrir porque existían en el mundo el Bien y el Mal. No existen más. Lo que existe es el dinero. Por eso: "La razón la tiene el de más guita". Porque a "la honradez la venden al contado".
Y las dos líneas que siguen son las más descarnadas del poema. No sé cuantos poetas de nuestro país o de otros han llegado a una síntesis más poderosa de la relación entre moral y dinero. Al ser el capitalismo el sistema de, justamente, el capital, es el sistema del dinero. La ética que intentó establecer desde sus orígenes, desde Adam Smith, fue la del egoísmo. Si triunfó, triunfa y seguirá triunfando hasta que posiblemente se destruya destruyéndolo todo es porque expresa lo más sombrío del hombre, que es su
verdad. Todos los otros sueños que buscaron realizarse terminaron entronando otra versión del capitalismo. El capitalismo expresa lo que el hombre es y no se hace ilusiones sobre eso, El dinero es su razón y la razón es dinero. La verdad, como sobradamente lo demostró Foucault, es la verdad del poder. Y el poder se relaciona con la posesión del dinero. Discépolo sabía todo esto cuando escribió:
"No hay ninguna verdad que se resista/frente a dos mangos moneda nacional".
¿A dónde voy con todo esto? Clarísimo: Discépolo es uno de los más distinguidos peronistas y es uno de nuestros más grandes poetas. Como todo está olvidado, como nada se recuerda, me permito repasar algunos de sus temas. Y vendrá el contraste. Porque las charlas de "Mordisquito" son impensables desde "Qué vachaché". Sigamos con el poeta de la desesperanza.
Yira yira postula, no ya que la verdad la tiene el de más guita, sino que "todo es mentira". Pero por el mismo motivo. No creas en nada. Todo es mentira porque el que te dice que tiene razón la tiene porque la compró, compró la razón, compró la verdad. Todo es mentira. Niega toda posible solidaridad: "No esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor". En Tres esperanzas llega a otra de sus cimas. Un hombre desesperado, un hombre que no entiende el mundo en que vive o uno que, simplemente, no aguanta más, siempre se sorprende de un hecho. El está destruido, no puede más. Llega, por fin, el momento en que se dice: "Cachá el bufoso y chau.. ¡vamo a dormir!". Sin embargo, hasta llegar a ese momento, momento al que se llega con enorme dolor, con miedo, hay algo que le resulta asombroso: todo sigue igual, todo sigue su rumbo, él se puede pegar un tiro mañana y nada habrá de ocurrir. "Pa' qué seguir así, padeciendo a lo fakir, / si el mundo sigue igual.. Si el sol vuelve a salir". Sólo un tipo con un fuerte metejón con la angustia, con la desesperación plena, con el dolor, escribe algo así: que "el sol vuelve a salir". Que todo va a seguir igual. Que su sufrimiento infinito es nada en la inmensidad del todo. Que es sólo infinito para él. Pero sólo eso. Cacha el bufoso y chau, hacé lo que quieras, matate ... no por eso va a dejar de salir el sol.
Una vez, a partir de cierto día, un día en que el sol volvió a salir, este gran poeta metafísico sintió que también salía para él. Era increíble, pero le nada algo por completo desconocido: la esperanza. Habría de transformarse en un "gilito embanderado". En un tipo que se había "piyao la vida en serio".
EL COMPROMISO POLÍTICO
Algo que ha perjudicado a Discépolo ha sido cierto empecinamiento de los peronistas por hacer de él el Borges del peronismo. "Los gorilas tienen a Borges, nosotros tenemos a Discépolo." Y peor todavía. Lo que más disminuye todo es que han aportado razones. Discépolo sería el "poeta de la calle". El "poeta del pueblo". Y Borges, "el ajedrecista". El tipo frío. Al que "le falta calle". Estos disparates han perjudicado a Discépolo. No a Borges. Borges goza de una consagración universal que no se verá deteriorada porque varios o muchos peronistas rencorosos, ultrapopulistas, le arrojen piedritas pueriles. Que un escritor tenga o no tenga calle no es la medida de su grandeza. Además "tener calle" es una expresión literariamente lamentable. ¿Qué significa? ¿Hay que recorrer calles para escribir? ¿Hay que vivir la vida intensamente? ¿Hay que salir de la Biblioteca de Babel? Pavadas. Borges, además, es un escritor hondamente argentino. Ha escrito sobre gauchos, sobre malevos, sobre el tango, sobre el Martín Fierro sobre el Facundo. Se podrá o no estar de acuerdo. Pero si uno recuerda que se le decía en los sesenta y los setenta (sobre todo en un librito de Jorge Abelardo Ramos sobre literatura argentina) "el escritor angloargentino", hará bien en señalar que todo eso es un dislate. Borges y Discépolo no
tienen por qué oponerse. Hay cosas que uno encuentra en Borges y no en Discépolo y viceversa. Es cierto, además, que uno era un letrista de tangos y el otro un hombre de la más alta literatura, uno de los más grandes estilistas del siglo pasado. Porque por más que Barthes hable de la "muerte del autor" (siguiendo a Foucault y su "muerte del hombre"). Y por más que, al hablar de la muerte del autor y del "grado cero de la escritura", una escritura sin marcas, sin señales del sujeto, que es lo que el
posestructuralismo vino a negar, niegue la posibilidad del estilo, lo siento, señores, Borges es la apoteosis del estilo. Y bien orgulloso estaba de serlo. Y nosotros de reconocerle ese estilo y de embriagamos con él, pese a los adverbios repetidos y al exceso de adjetivos. De modo que no perdamos
tiempo. Discépolo no es una herramienta para demostrarles a los gorilas que los peronistas tienen escritores. Borges, además, no es el escritor de los gorilas, aunque él lo haya sido y de un modo, para mí al menos, bastante tonto y, por eso mismo, irritante y hasta penoso. Borges es un escritor plenamente argentino. Tramado por la historia de su país. No es de los gorilas. Es de todos. Porque su literatura, además, salvo en algunos notorios momentos, no es gorila o no gorila. Es tan metafísica como la de
Discépolo. Más cercana a lo fantástico. A un juego en que la erudición se unía a los pliegues de la realidad, a una concepción personal del mundo, de un mundo que podía centrarse en un solo punto, el Aleph. En fin, lo mejor que he dicho sobre Borges lo dije en un guión de cine del que estoy muy
satisfecho pero que nadie vio. O dijeron que les gustaba el guión pero no la película. La película se llama El amor y el espanto y creo que es un valioso aporte a los enormes materiales que se le han destinado a Georgie. Un aporte más, en todo caso. Pero hecho desde el cine y con un trabajo formidable de Miguel Ángel Solá. Si la quieren ver, tal vez descubran algo que una crítica demasiado centrada en ese momento en la exaltación del "nuevo realismo argentino" les obliteró.
Discépolo encuentra la luz del mediodía, su militancia, en la campaña del peronismo para las elecciones de 1951. Se acabó el metafísico oscuro. El hombre que no creía en nada. El tipo que decía "la razón la tiene el de más guita". No, porque la guita la tenía la oligarquía, y no tenía la razón.
El peronismo venía a discutírsela. Y él lo iba a decir. Ya lo saben: con el verso no le ganaba nadie.
Apold le pide que le ponga el hombre a la campaña peronista. Al fin de la misma, Perón habrá de decir:
"Gracias al voto de las mujeres y a 'Mordisquito' ganamos las elecciones de 1951". Aquí tenemos al vate, al tipo de Buenos Aires, al flaco loco, genial, creativo. Al tipo que no se iba a andar con caricias. Que iba a golpear fuerte. No sabía que eso le costaría la vida. Lo llevaría a una muerte solitaria, dolorosa. Pero no nos adelantemos. Ahora se planta frente al micrófono y -sin que nadie pueda responderle desde ninguna otra radio, porque así el peronismo, era autoritario a rabiar- empieza a decir verdades incuestionables y que nos servirán para ver cómo un tipo como Discépolo visualizaba con honestidad y con una gracia inigualable las conquistas que se habían derramado sobre el país desde el 17 de octubre de 1945. Discépolo era flaquito, no era un tipo como para agarrarse a las piñas con nadie.
"Pero, ¡discutir! ¡Claro que vamos a discutir!" Aclaro: la edición que tengo es la primera que salió. Reúne las primeras charlas de Discepolín y no tiene pie de imprenta ni el sello de la Secretaria de Prensa y Difusión que era, sin duda, la que lo había editado. O sea, el siniestro Apold. Figura nefasta, desagradable, tachadora, fanática, que el peronismo sostuvo sin vacilaciones, encontrando en él, a no dudarlo, un elemento valioso, necesario. Un Gobierno que tiene un Apold no puede ser democrático. Salvo que se diga, como en los setenta, que el peronismo era democrático porque expresaba al pueblo. Pero esto es muy discutible. Porque los socialistas, los radicales y hasta los conservadores eran el pueblo. Y los comunistas, a quienes tanta alergia les tuvo el peronismo, también. La oligarquía era la clase golpista de siempre, aliada a lo más reaccionario del Ejército esperando el momento de asestar el golpe. De democrática nunca tuvo nada. También es cierto que muchos políticos golpeaban "las puertas de los
cuarteles". También es cierto que el peronismo los encarcelaba. Y a algunos los torturaba. Nada es sencillo en esa historia. Pero para Discépolo todo estaba claro. Se inventó un personaje para discutir con él. Era "Mordisquito". Era el típico "contrera". Discépolo le decía que antes los pibes "miraban la nata por turno" y ahora "pueden irse a la escuela con la vaca puesta". Si el contrera se quejaba por algunos problemas de desabastecimiento, por ejemplo, el queso, Discepolín decía: "¡No hay
queso! ¡Mirá qué problema!" "¿Me vas a decir que no es un problema?" "Antes no había nada de nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez ... y vos no decías ni medio". Y luego esa concepción de la guerra hecha por cincuenta tipos en tanto los demás duermen tranquilos porque tienen trabajo y encuentran respeto. Insiste: "Cuando las colas se formaban no para tomar el ómnibus o comprar un pollo o depositar en la caja de ahorro, como ahora, sino para pedir angustiosamente un pedazo de carne en aquella vergonzante 'olla popular' ( ... ) entonces vos veías pasar el desfile de los desesperados y no se te movía un pelo". Y todas las charlas terminaban con un: "¡No, a mí no me la vas a contar!" Y seguía, y era implacable, y tenía razón, no decía mentiras, decía verdades, cosas ciertas, verdaderas conquistas: "y yo levanto una lámpara, sabés; la levanto para iluminar las calles de mi patria ... ¡Y mostrarte una evidencia que no está! Los mendigos, ¿están? ¿Vos ves los mendigos?". Habla de una correntada de
dignidad, de bienestar que se llevó a los mendigos. Y esa correntada se los llevó para bañarlos y traerlos de nuevo, limpitos, con la raya al medio "cantando, no el huainito de la limosna, sino el chamamé de la buena digestión ( ... ) ¿Dónde están los mendigos?". Y sigue: "El mendigo era en este país una vergonzosa institución nacional ( ... ) Y los pobres se te aparecían en los atrios de las iglesias, en las escaleras de los subtes, en la puerta de tu propia casa, famélicos y decepcionados ( ... ) con la dignidad en derrota ( ... ) Ahora las manos se extienden, no para pedir limosna, sino para saber si llueve". Frase de un notable talento, de una gracia discepoliana, sólo él podía decirla. Y sigue: "Acordate cuando volvías a tu casa, de madrugada, y descubrías en los umbrales, amontonados contra sí mismos, a los pordioseros de tu Buenos Aires". Y un cierre perfecto, penetrante, sentimental pero fuerte y poderoso: "Ahora la
exclusividad de los umbrales han vuelto a tenerla los novios".
Y esa frase candorosa, pero que expresaba lo que sentían millones de pobres que habían encontrado en el peronismo lo que el vate decía: "Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos". Recuerda al Discépolo del pasado: "Yo era un hombre entristecido: "Yo era un hombre entristecido por los otros hombres". Habla de una patria dirigida por tenedores de libros quehablan en todos los idiomas menos en el nuestro. "Pensá en esa misma patria ahora contabilizada con números criollos." Y sigue: "Porque vos sos opositor, pero ¿opositor a qué? ¿Opositor por qué? La inmensa mayoría vive feliz y despreocupada ... y vos te quejás. La inmensa mayoría disfruta de una preciosa alegría, ¡Y vos estás triste!". Y hasta llegar a querer olvidar "el barrio de tango". Sí, basta de "la esquina del herrero barro y pampa". Basta de barro. Se acabó ese tango de la pobreza. "Yo me meto en el barrio, corazón adentro, y, después de recorrerlo, te pregunto: ¿está el conventillo? Y no, no está. Yo no quería encontrar más el conventillo y no lo encuentro. ¿Cómo? ¿Que a vos te gustaba más aquello? No. El suburbiode antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Porque a mí no me vas a decir que preferías el charco a la vereda prolija ... Y que te resultaba más entretenido el barro que el portland. Se acabó el conventillo: "Un mundo donde el tacho era un trofeo y la rata un animal doméstico". Y antes: "Acaso en el momento de la letra de tango hablemos literariamente del catre, pero llega el momento del descanso y cerramos el catre y dormimos en la cama". Y sigue: "Porque la nueva conciencia argentina pensó una cosa. ¿Sabés qué cosa? Pensó que los humildes también tenían derecho a vivir en una casa limpia y tranquila, no en la promiscuidad de un conventillo que transpiraba ... ¡indignidad!" Y voy a concluir citando un texto descomunal, de una conciencia humanitaria, de un fervor por lo que hoy llamamos
"derechos humanos" que asombra. Quizá no sea una gran frase. De hecho, es breve. No dice mucho. Sólo se trata de saber leerla. De pensada. Detenerse en ella. Habla del hambre. ¿Cuánta gente padece o se muere de hambre en el terrible mundo de hoy? Discépolo, muy sencillamente, dijo: "y como todo el
drama del mundo empieza en el hambre, supongamos que toda la felicidad del mundo empieza en la
abundancia".
DISCÉPOLO Y EVITA DIALOGAN
Como vemos, en sus charlas no mencionaba ni a Perón ni a Evita. Sólo en la última menciona a Perón. Estaba muy solo y preocupado. El odio gorila no le perdonó nada. Lo mataron. Es cierto que no tuvo quién le respondiera. Pero no dijo mentiras. Podría haber dicho que había persecución a los opositores. Autoritarismo. Que se había cerrado La Prensa. Pero creo que eso le importaba poco. Que veía en la oposición a ese peronismo de estómagos llenos, del chamamé de la buena digestión, al viejo país de la oligarquía mentirosa, represiva, fraudulenta y antipopular. Igual, lo mataron.
En el film Eva Perón, con Esther Goris y Víctor Laplace, dirigido por Juan Carlos Desanzo, escribí un encuentro ficcional entre Evita, en la cama, moribunda, y Discépolo, también moribundo, ya que moriría antes que ella, en 1951, destrozado por los ataques de sus enemigos.
Evita: Bueno, ¿y qué te pasa? Hasta al miserable de Apold lo tenés preocupado. Me llama por teléfono: "Discépolo no da más. Véalo un rato. Ayúdelo" ¿Qué te pasa, Arlequín.
Discépolo: Perdí a todos mis amigos, señora.
Estoy más solo que un perro. Tengo enemigos. Me llaman por teléfono a las tres, a las cuatro de la mañana. Me amenazan.
Evita: Qué más. Discépolo: Esto.
De un pequeño maletín saca unos pedazos de varios discos de pasta. Son discos destrozados.
Discépolo: Son los discos de mis tangos, señora.
Me los mandan así, destrozados. Me mandan cartas injuriosas. Y ahora ... el que está destrozado soy yo.
Evita: ¿y qué esperabas? ¿Flores? Los atacaste, te odian. Son así. No perdonan. Y odiar, saben odiar mejor que nadie. Te lo aseguro.
Discépolo: Pero hay algo en lo que tienen razón, señora.
Evita (casi indignada): ¿En qué?
Discépolo: Yo tuve la radio. Yo pude hablar.
Ellos no. No pudieron responder. Apold no les dio un solo espacio. Y usted lo dijo, lo acaba de decir: Apold es un miserable. Y yo me dejé manejar por él.
Evita: y sí, es un miserable, Pero una revolución no se hace sólo con ángeles como vos. También se hace con miserables. (pausa) Oíme, Arlequín: es muy simple: o hablan ellos o hablamos nosotros. Apold es un canalla, pero nadie como él para impedir que los contreras hablen. Lleva en el alma la pasión de silenciar a los otros.
Discépolo: Entonces me equivoqué, señora. La democracia ...
Evita: Mirá, no me pongas de malhumor. La democracia somos nosotros, los que estamos con el pueblo. Los demás son la antipatria. (Pausa.) Oíme, Discepolín, no te voy a mentir ahora. Mírate, mírame. Los dos nos estamos muriendo. ¿Cuánto pesás?
Discépolo: No sé. Pero las inyecciones ... ya me las tienen que dar en el sobretodo.
Evita (muy convencida, muy firme): Entérate, Discépolo: esto es una guerra.
Y una guerra no se gana con buenos modales. (Parodiando) "Vengan, señores. Usen las radios. Digan las mentiras de la oligarquía, las mentiras del antipueblo, las canalladas." ¡No! ¡Ustedes se callan, señores! Mientras yo pueda impedirlo ustedes no hablan más. (Pausa.) Decime, ¿qué pensás que van a hacer con nosotros si nos echan del Gobierno? Pensás ... ¿que van a ser democráticos, comprensivos, educados? Nos van a perseguir, a torturar, a prohibir. .. a fusilar. Ni el nombre nos van a dejar, arlequín. (Pausa.)
Andá y morite en paz. No te equivocaste. Las cosas son así. Algunos lo pueden tolerar. Otros no.
Díscépolo: Pero las cosas ... no tendrían que ser así, señora.
Evita (chasquea la lengua, fastidiada): No me vengas con mariconadas de poeta.
(Nota: José Pablo Feinmann, Dos destinos sudamericanos, Eva Perón, Ernesto Che Guevara, Editorial Norma, Buenos Aires, 1999, pp. 122-123. Hay más reciente y accesible edición de bolsillo.)
¡Pobre Discépolo si no llegaba a morirse cuando se murió, temprano, dolorosamente, pero a tiempo! No habría podido trabajar ni de acomodador ni de boletero. Eso, ni lo duden. La venganza de los "libertadores" no perdonó nada. Sin duda, el peronismo fue duro en sus prohibiciones. Muy duro y ahí
estaba la mano jacobina de Evita. Pero nadie puede decir en estatierra que el peronismo inventó las prohibiciones. La oligarquía vivió prohibiendo, excluyendo, haciendo elecciones fraudulentas. ¿O no eran prohibiciones los fraudes de la Concordancia? Así se hizo el país. Pero la Libertadora repugna por su cinismo. En un corto de la época aparecía un locutor de entonces, Carlos D'Agostino, esos tipos que se agarran a un momento histórico y dicen "ésta es la mía". Carlitos D'Agostino hacía lo siguiente. Se oían muchas voces de la calle. Y él, muy sonriente, fingía taparse los oídos. Luego retiraba sus manos de ahí y feliz decía: "No, ¡si es el ruido de la democracia! ¡Hoy, todos hablan, todos opinan, porque vivimos en libertad!" Qué descaro. Perón no prohibió a ningún partido. Subió al gobierno en elecciones libres. Y los "democráticos", los "libertadores" prohibieron al partido mayoritario en nombre ... ¡de la democracia! Y todo se veía muy lógico en ese entonces. Los vieran a los radicales, a los socialistas, a los democrataprogresistas. ¡ Todos de acuerdo! El patriarca del socialismo, don Alfredo Palacios, a quien vi dar una conferencia en Necochea, ¡de acuerdo! Habló todo el tiempo de la libertad. Y hasta recitó
un poema que la exaltaba. Había que prohibir al peronismo. ¡Era un peligro para la democracia! Canallas, pequeños, miserables hombrecitos, el peligro para la democracia era precisamente el contrario: era prohibir al peronismo. Pero si no lo prohibían el peronismo volvía. Porque la paradojaera que habían expulsado del poder al partido que tenía el abrumador apoyo del pueblo. Ahí empezó la tragedia argentina. Ahí, la necedad gorila decretó la muerte de Aramburu. La historia tiene sus persistencias. Los hechos no se desvanecen en el momento en que surgen. Quedan. Perseveran. Y un día aparece un jovencito con un revolver y le dice a Aramburu que lo va a matar porque asesinó al general Valle. Palabra (asesinato) que Valle utiliza en su carta y con la que sella el destino de Aramburu. La tragedia argentina viene de lejos, es compleja, opaca, difícil de entender, y trágica. Parte de esa tragedia fue haberse devorado a Enrique Santos Discépolo, notable, puro, acaso ingenuo poeta argentino.
Orestes Caviglia, que había sufrido lo suyo, lo escupió en plena calle. Arturo García Bhur, actor (oli)garca, que haría una torpe película propagandística de la libertadora, de la que hablaremos, lo insultó.
Le llegaban infinidad de anónimos agraviantes. (Nota: Consultar la excelente biografía de Sergio Pujol, Díscépolo, Emecé, Buenos Aires, 1996.)
Enrique era un flaco sensible, frágil, charlatán, jodón, pero chiquito y pura sensibilidad. No pudo
aguantado, lo liquidaron en unos pocos meses. Quienes le enviaban los discos despedazados eran sin duda quienes luego integrarían los "comandos civiles", niños de la oligarquía, de la alta clase media. Balbín, en un acto de campaña, Lo definió como a un "mantenido del peronismo". Le llegaban paquetes con excrementos. Entró en un profundo cuadro depresivo, llegó a pesar treinta y siete kilos. "Buenos Aires es una hermosa ciudad (dijo), para salir de gira." El 23 de diciembre de 1951 se murió. No todos lo
odiaban. Aníbal Troilo llegó al sepelio y lloró, desesperado, largamente sobre el cuerpo del poeta. Se dice que llegó una ofrenda floral de Evita que decía: "Hasta pronto". Homero Manzi -desde un sanatorio en que se moría decáncer-le dedicó unos versos a los que Aníbal Troilo les puso música. Así nació el tango Discepolín. Que terminaba diciendo:
"Vamos que todo duele, ¡viejo Discepolín!" El poeta de la desesperación, cuando creyó, lo hizo con tanta vehemencia como cuando decía que creer en Dios era dar ventaja, no aduló a nadie, no nombró a Perón ni a Evita, sólo en la charla final hay una mención a Perón, sólo ahí, lo que dijo fue lo que alegraba su corazón: la dignidad de los pobres, las casitas de ladrillos, el portland, las vacaciones, el pleno empleo. Se equivocó porque tal vez debió exigir que le pusieran a alguien que le respondiera. Difícil saber si eso hubiera amainado el odio que se lo comió. Después del '55, a tipos infinitamente menos talentosos que Discépolo, no hubo nadie para responderles, ni siquiera un perro que les ladrara un poco.
*José Pablo Feinmann
Peronismo: Filosofía política de una obstinación argentina.
nº 13. Discépolo y el peronismo.
-Fuente: Página/12. Domingo 17 de febrero de 2008.
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
VEINTISEIS.
Habían ido a sentarse bajo la glorieta, en el patio de un barcito ubicado en la entrada del puente sobre el San Giovanni. No había otros clientes. Las atendió una mujer alta y sin edad, la cara larga y cuatro arrugas verticales en las mejillas que parecían surcos. Pasó con energía un trapo sobre la mesa metálica y se quedó esperando, sin preguntar qué deseaban servirse.
Silvana pidió una botella de agua mineral, una jarrita de vino y unos bizcochos dulces.
-Me gusta este lugar -dijo-, nunca hay nadie.
Más allá del patio, a un costado de la casa, se veía una quinta con hortalizas y algunas gallinas escarbando la tierra. Volvió la mujer, dejó el pedido y se fue sin hablar.
-¿Un poco de vino? -preguntó Silvana.
-Una gota.
Le sirvió un cuarto de vaso. Agata se mojó los labios, saboreó y después lo tomó todo.
-Es rico-dijo.
-¿Otro poco?
-Pero sólo una gota.
Silvana sirvió para ambas. Se echó contra el respaldo de la silla, las piernas estiradas bajo la mesa, el vaso apretado con las dos manos contra el pecho y fue tomando su vino de a sorbos. Agata probó los bizcochos y dijo que estaban ricos. Había mucha calma a esa hora; sólo de tanto en tanto pasaba un coche, cruzaba el puente, encaraba la cuesta del otro lado y se perdía en la primera curva. Veían el agua correr abajo, aunque el rumor no llegaba hasta ellas. Silvana volvió a llenar su vaso. Advirtió que también el de Agata estaba vacío y dijo:
-¿Una gota más?
Le sirvió sin esperar respuesta.
-Basta -dijo Agata-. Me van a tener que llevar.
-Yo la llevo a usted y usted me lleva a mí. Nos vamos cantando, como en sus tiempos.
-Lo único que me faltaba, imagínate, a mi edad.
-Salud -dijo Silvana.
Agata la miró y vio que en sus ojos se había diluido la dureza y la gravedad que los velaban siempre. Sin que le preguntara nada, Silvana empezó a contar de su trabajo, de algunos clientes, de ciertas manías y gustos suyos con respecto a la comida, la ropa, los horarios, el dinero, las amigas.
Hablaba mirando la parra sobre su cabeza. Las palabras fluían y una frase se sucedía a otra sin alteraciones, como en un rezo. Eran confidencias mínimas, detalles domésticos, trivialidades. Pero era justamente eso lo que le daba a Agata la medida y la importancia de ese momento de intimidad.
Pese a lo poco que conocía a Silvana, adivinaba que eran parecidas en cuanto al pudor y la reserva extrema con sus cosas personales. Se sentía cómoda y agradecida por esa expresión de confianza. Y a medida que pasaban los minutos y la voz de Silvana seguía, aquel abandono la fue contagiando y arriesgó preguntas e incursionó en territorios que en otras circunstancias no se hubiese atrevido a tocar.
-Nunca mencionaste a tu padre.
Silvana dudó antes de hablar. Dijo que no lo había conocido. Las abandonó cuando ella andaba por los dos años. Le parecía tener algunos recuerdos, pero no estaba segura. No había fotos. Lo único que sabía de él eran las pocas cosas que le contó su abuela y que tal vez ni siquiera fuesen ciertas.
Nunca recibió noticias.
-Vaya a saber cómo es, vaya a saber por dónde anda -dijo.
Alguien apareció en la entrada del patio y las interrumpió. Era un hombre joven, flaco, de pelo y barba descuidados. Permaneció ahí, como si no se animara a avanzar. Silvana lo conocía porque lo saludó y lo llamó por su nombre: Dino. El hombre contestó el saludo, fue a sentarse en otra mesa, la más alejada, en un rincón, y se quedó mirándolas. Silvana levantó la jarra de vino, invitándolo. Dino aceptó con un gesto. Silvana llamó a la mujer y pidió un vaso. La mujer lo trajo, esperó que lo llenara y se lo alcanzó a Dino. Brindaron a la distancia y Silvana le presentó a Agata, dijo que era su amiga, que venía desde la Argentina y que estaba pasando una temporada en Trani. El hombre levantó el vaso en dirección a Agata. Silvana le preguntó cómo andaban sus cosas y él contestó que bien. Volvió a repetir la palabra bien un par de veces, con un énfasis exagerado y rió. Silvana lo acompañó asintiendo con la cabeza. Después hubo un silencio largo y cuando Silvana se volvió hacia Agata para reanudar la charla el hombre empezó a contar algo. Dijo que hacía un tiempo le había tocado trabajar en un criadero de pollos. Por alguna razón Agata tuvo la impresión de que Silvana ya conocía la historia. Era un criadero grande, dijo Dino, había otra gente trabajando, familias enteras. El estaba con un compañero y tenían a su cargo cinco galpones. Había estado ahí una buena temporada, sabía todo acerca de pollos, podían preguntarle lo que quisieran. Por ejemplo:
¿cuánto tardaban en alcanzar el peso óptimo para ser enviados al mercado? Un pollo criado normalmente necesitaba ocho meses. Cuando los criadores comenzaron con los híbridos redujeron el tiempo a noventa días. Después, gracias a los nuevos alimentos balanceados, bajaron a sesenta y cinco, y finalmente a cincuenta y cinco días. Aunque sabía que últimamente los pollos daban el peso en menos tiempo todavía. Venían los camiones, se los llevaban y a empezar de nuevo con los pollitos. Los pollos no dormían nunca, comían día y noche, siempre con luz, natural o artificial. Algunos morían durante la crianza y otros en el traslado. Se ahogaban fácil. Si uno caía, los otros lo aplastaban. No tenían fuerza para levantarse. Eran bichos estúpidos, cuando hacía calor en vez de separarse se amontonaban. Y se ahogaban. En cada galpón había unos diez mil. Los rociaban con una especie de vapor húmedo para refrescarlos. ¿Sabían dónde iban a parar los pollos que morían en los galpones? Los comían ellos, los que trabajaban en el criadero. También los que se perdían durante el traslado en los camiones eran aprovechados, iban directamente al peladero. No se desperdiciaba nada. Si se apestaban los llenaban de antibióticos. Por eso a veces la carne de pollo tenía tanto gusto a medicamentos. Les daban hormonas femeninas para que les creciera la pechuga. Había un matrimonio con chicos que trabajaban en el criadero desde hacía varios años. A los chicos, tres varones, se les empezaron a desarrollar pechos de mujer de tanto comer pollo con esas hormonas.
¿Nunca se preguntaron porque a los enfermos de cáncer se les prohibía la carne de pollo de criadero? ¿No lo sabían? Podían preguntarle a cualquier médico. Era muy común que algún pollo se lastimara y entonces los demás comenzaban a picotearle la herida. La herida se iba agrandando y llegaba un momento en que el pollo caía, se arrastraba y finalmente se quedaba quieto
y miraba cómo los otros lo iban comiendo a picotazos.
Una vez él estaba en uno de los galpones haciendo su trabajo, llevaba pantalones cortos, se raspó una pierna con un alambre y le brotó una gota de sangre. Siguió trabajando y enseguida sintió varios picotazos en la lastimadura. Espantó a los pollos, trataba de mantenerlos alejados pateándolos, pero volvían y no lo dejaban tranquilo. Quiso salir del galpón y no pudo porque la puerta se había trabado desde afuera. Su compañero no estaba, tardaría unas horas en volver. Así que se armó de paciencia, se colocó de espaldas contra una pared y siguió tirándoles patadas a los pollos. Pero siempre había alguno que lo sorprendía y lograba darle un picotazo. Unos meses después dejó el criadero y se dedicó a otra cosa. Pero nunca pudo sacarse a los pollos de encima. Ahora mismo lo volvían a acosar. Lo acosaban todo el tiempo.
Calló, tomó vino y Silvana le preguntó si soñaba con eso, si se trataba de un sueño. El dijo que a veces le pasaba soñando, pero en general le sucedía estando despierto. Estaba ahí, contra la pared, defendiéndose, esperando. Y su compañero que nunca llegaba para abrir la puerta.
Ahora Dino sonreía. La expresión de su cara era de alguien que carga una gran pena y se esfuerza por parecer risueño.
-Pero en algún momento tu compañero llega -dijo Silvana.
Dino terminó su vaso de vino, se levantó y se dirigió hacia la calle.
-Al final tu compañero llega -insistió Silvana en voz alta.
Pero Dino salió del patio sin contestarle.
Quedaron otra vez solas y durante unos minutos no hablaron. Aquel hombre había llegado como una aparición a través de la luz del mediodía, se había sentado en la sombra del rincón y después se había ido, y ahora Agata se preguntaba si alguien había estado realmente ahí hablando con ellas. Oyó la voz de Silvana que decía:
-Quizá esté en otro país, quizá esté muerto.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que acababa de retomar el tema del padre.
Después Silvana dijo no era la desaparición de ese hombre en especial lo que a veces lamentaba, no era ese desconocido lo que extrañaba. Sino el haber sido privada de saber lo que significaba tener un padre. Era un sentimiento que nunca conocería. Si se ponía a pensar en eso percibía como un vacío, la falta de algo, pero ignoraba qué era ese algo. ¿Cómo sería tener un padre? Nadie podía contárselo. Lo mismo que nadie podía explicarle los colores a un ciego de nacimiento.
-Mi única familia fue Carla.
-¿Y tu abuelo?
-Mi abuelo no era como lo cuenta Carla. Nunca estaba en casa. Andaba por ahí, hacía su vida.
Agata nombró a Vito. Dijo que ahora ella la tenía a Carla y también a Vito. Silvana sacudió la cabeza y suspiró hondo.
-Vito, Vito, Vito -murmuró.
Levantó ambos pies y los apoyó sobre una silla.
-¿Quiere que le hable de Vito? -preguntó.
-Sí.
-Bien, ahí va.
Pero durante un rato no pronunció palabra y se quedó mirando el parral. Después comenzó diciendo que, visto desde afuera, Vito aparentaba ser un hombre fuerte, un gran optimista. Desbordaba entusiasmo. Era talentoso, podía hacer cualquier cosa. Todo al mismo tiempo y todo bien. Así era Vito. La gente quedaba deslumbrada al conocerlo. Pero se trataba sólo de una máscara. En realidad era un tipo oscuro, melancólico y sufrido. Ella lo sabía bien. No era más que un chico que se avergonzaba de confesar que no creía y que estaba lleno de dudas y de miedos. Y entonces se esforzaba por exaltar y elogiar. Puro entusiasmo fabricado. A veces se preguntaba si Vito no seguía representando ese papel de hombre fuerte sólo para sostenerla, porque se creía en la obligación de protegerla:
-Dice que soy débil, que carezco de fe, que no sé hacia dónde voy. Lo repite todo el tiempo. Parecería que él está en el mundo nada más que para salvarme.
Silvana volvió a servirse vino. Agata le preguntó cómo se habían conocido.
-Nada especial. Nos presentaron. Desde el comienzo, desde la primera vez que hablamos, Vito adoptó una actitud de amabilidad hacia mí. La misma postura que sigue manteniendo hasta hoy, después de seis años. No sé cómo describirlo. Decidió ser amable conmigo.
-¿Amable? -preguntó Ágata.
-Algo así.
No hubiese podido definirlo como amor, ni afecto, ni respeto, siguió diciendo Silvana. Tampoco se trataba sólo de una suma de consideraciones y atenciones y gestos generosos:
-Es más complejo.
Silvana movió ambas manos por encima de la mesa.
Amasaba el aire, en un intento de dar forma a lo que quería expresar:
-Es su vida siendo amable con mi vida.
Las manos de Silvana se aquietaron:
-Yo acepté.
Ese era el acuerdo que los unía. Amabilidad y aceptación de la amabilidad. En cuanto al resto, coincidían en pocas cosas. Por ejemplo, ella no soportaba la gente con la que Vito simpatizaba, y viceversa. Así que no tenían amigos comunes. Cuando estaban juntos jamás había otras personas con ellos.
-¿Se entiende algo? -preguntó.
Agata no estaba segura de estar entendiendo. Lo que sí sabía era que esta versión de Vito no coincidía con la que Silvana le contó la tarde en que habían ido al Pozo. Y también era diferente de la del día en que habían visitado el Monumento a los 42. Se preguntó cómo sería Vito en realidad. La imagen que ahora trataba de armar en su cabeza estaba llena de contradicciones.
-Quiere conocerla -dijo Silvana.
-¿Quién?
-Vito.
-¿A mí?
-Le hablé de usted. Le conté lo que hacemos, lo que hablamos. Me pidió que la lleve a Coseno. Está invitada a almorzar. Quiere preguntarle cosas, quiere escucharla hablar.
Agata la miró con curiosidad.
-Dice que usted es la memoria -siguió Silvana.
-¿La memoria?
-Así habla Vito. Siempre dice cosas importantes. Dice que la memoria es todo. Le va a pedir que pose para él. Está pintando un gran cuadro, con tres figuras femeninas de diferentes edades. Le falta la cara de una. Dice que es su cara.
-No me conoce.
-No importa. Está seguro de que usted es la modelo que necesita.
-¿Yo modelo de un pintor? Me da vergüenza.
-Pensaba ir mañana. ¿Quiere venir?
-¿Y tengo que posar?
-Si quiere.
-Entonces primero tengo que ir a la peluquería -dijo Agata riendo.
Silvana levantó un brazo, apareció la mujer y le pidió un poco más de vino. Se volvió hacia Agata:
-¿Ya está lista para cantar?
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 24 de febrero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Javier Farías Caballero. Las poesías que leeremos pertenecen a Omar Darío Gallo Quintero (Colombia) y la música de fondo será de Bandolas de
Venezuela. ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
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