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LOS ESCRITOS DE EDUARDO COIRO
LA ESCRITURA UNA BALSA DE REAL ILUSIÓN.
Sindicación
 
EDICIÓN MARZO...

INVENTIVASocial
Edición MARZO 2008
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El sobreviviente*



Ellas marcharon por última vez
secaron espinas de sus pies llenos de Plaza
maratón impostergable de los jueves
lo buscado aún no regresa
tal vez se encuentre bajo tierra o al fondo del mar
tal vez no existe solaz ni cielo
sólo una tregua
pañuelo blanco desplegado
bandera de mi país
alumbrando el grito silencioso
la búsqueda del retoño
la palabra sin mordaza
sin capucha comenzó a gatear la justicia
probando equilibrio nos pusimos de pie.
Con unas Madres desconocidas y locas
aprendimos cómo se camina desde la Plaza de Mayo.
Jamás importó el frío la lluvia ni el miedo
el desafío era no olvidar.
Y está ileso.




*de Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar







TRÍPTICO III*



Sostiene a mi barca ósea una mar de sueños*


Ahondo la mirada tras las señales.
No me quedo en ellas.

Voy hacia lo que las produce.
Hacia lo oculto.

Mis sensaciones se asombran cautelosas.
Es una mar de sueños.

Cauteloso, voy navegando con mi barca ósea.
Voy cruzando el día.

Navego sueños posibles, sueños no soñados
Sueños de olvidos y de regresos.

Es la mar de los sueños del mundo.
Es la mar donde navego
Donde el día permanece
Donde lo cruzo.

Sostiene a mi barca ósea una mar de sueños.




Luna no conquistada*



El idiota que burbujea palabras
o el inventor del invento,
el que abre sus manos con aves flamígeras
o el decorador de horizontes no dibujados,
el que mata por derecho o por matar,
el suicida
el bien informado
el enfermo de sol y arena
el que simula vuelos que no tiene
el que al cerrar los ojos no los cierra.
Todo hombre sin importar rango,
color, genética, continente, lengua,
océanos atravesados, guerras hechas y por hacer,
lunas conquistadas, colonias sometidas,
sueños devorados, palabras inconclusas,
gestos alucinados...
Todo hombre, alto, flaco, bajo, gordo,
atlético, deforme, sedentario.
Todo hombre es una señal habitable,
es un cosmos, es dios en su seno,
es la terrible soledad de saberlo,
es la libertad invernando,
es la duda que mora en la respuesta,
es la verdad inconclusa,
es un cielo a dibujar, es una luna no conquistada.




Poema sin ton ni son*


Subiré las escaleras para encontrar mi rostro.
¡Rascacielos! ¡Rascacielos! Gritaré
y la honda cicatriz del desparpajo
se abrirá.

Carcajada de loco embriagará las palabras
El descalabro del alfabeto será inminente.

Nada impedirá que me trepe a una nube
a su azotea
y salude a los ángeles diseminados
como fáciles remiendos de la mística.

Treparé por los pies de una mujer
poro a poro
para hundirme en su boca
y cuando encuentre el espejo que me anida
gritaré
gritaré hasta el cansancio
hasta la agonía misma.

Recién allí, cuidadosamente demente
extenderé mis manos imitando pájaros
y anudaré el silencio.



*de OSCAR A. AGÚ cachoagu@yahoo.com.ar
Con un abrazo, desde Santa Fe -Argentina-




*

Vértigo:
Como en una
“vuelta al mundo”
de un parque antiguo de diversiones
en los que te dejaban un rato
allí arriba
y la silla se bamboleaba
y el estomago se subía a la garganta,
cuando me asomo al BALCON
buscándote, esperándote
aún tengo la misma sensación
es como un ir y un venir
un llamarte y un llamado misterioso
entre el miedo y la aventura
la espera y la desesperación
no puedo estar más de –creo-
un solo minuto
porque el estremecimiento
embriaga y atormenta
esa poderosa atracción
que arrastra tocar el vacío

*de Azul. azulaki@hotmail.com




POEMAS DE Gerold SCHODTERER



¿PODEMOS SER VERANO SIEMPRE?[1]



Primero un soplo, después siempre más recio
amarillo, rosa, verde, blanco, rojo, azul, violeta.
Cantos de aves después del silencio.

Primavera.

Los primeros capullos aparecen.
Ha llegado el tiempo de mirar alrededor.
Posibilidades insospechadas.
Tiempo para el arranque.
Tiempo de desarrollarse.
Comenzar cosas nuevas planeadas desde antes.

Prosperidad abundante.
Calor.
Torrente de vida que se regala.
El olor a heno.
Susurros de viento en las coronas de hojas poderosas.
Cortina brumosa, sofocante
delante de las líneas dentadas de las cimas.

Verano.

Fuerza única desbordante, pulsante tiempo de madurez.
Tiempo para los quehaceres.
Tiempo para realizaciones y crecimientos.
Tiempo para el concierto de los grillos.

Los primeros hilos invisible en el rostro.
Noches frías – hileras de niebla.
Colores fuertes de la madurez.
Colores solemnes, impresionantes de lo que se va muriendo
como un signo del ciclo eterno, discretos,
los capullos ya preparados para el nuevo comienzo.

Otoño.

Tiempo de la cosecha.
Tiempo de almacenar reservas.
Tiempo de invertir para el futuro.
Tiempo de paladear las frutas.
Tiempo para un agradecimiento con ojos eleveados.
Tiempo de prepararse para el silencio.

Silbidos helados a través de la maraña extravagante de ramas
De gigantes coronados de negro.
Ruidos como graznidos,
seguidos de trémolos negros.
Hálito visible, frescor helado delante de los ojos.
Edredón que protege el sueño.

Invierno.

Tiempo para el descanso.
Tiempo para econtrarse, para meditar.
Tiempo para dejar madurar ideas y planes.
Tiempo de vaciarse para lo nuevo.





EL SER INTERIOR[2]




Ser libre comienza en el interior
bien adentro,
donde todas las voces afinan,
donde existe claridad, sabiduría, verdad,
donde fluye el río de la unidad.
Donde nuestro ser,
que llamamos también fuerza primigenea,
espera a que,
nosotros la reconozcamos.





JUNTOS[3]



Es el fuego
en las tinieblas de la noche
la luz,
que colocado sobre toda oscuridad
que a nosotros con su calor,
su brillo custodia
y nuestro camino
hasta el horizonte ilumina.


Están en nosotros las tinieblas,
el fuego y la luz
y nuestro libre albedrío
nos deja espacio para jugar,
si ambos fuegos en nosotros
rompen la oscuridad,
estamos entonces preparados,
para sentir la brasa del amor.





AGRADECIMIENTO



Padre, te agradezco,
que me has educado.

Padre, te agradezco,
que un hogar me has construido.

Padre, te agradezco,
que no me has mentido.

Padre, te agradezco,
que siempre en mí has confiado.

Padre, te agradezco,
Que mi vida has modelado.

Padre, te agradezco,
que como un hijo me has tratado.

Padre, te agradezco,
que la libertad me has regalado.

Padre, te amo,
ahora en la vida andar puedo.





E-LIMINAR




Soltar
significa dejar salir
mediante sufrimientos,
lo estancado
en nuestro corazón.


Lo retenido
parirlo como a un niño.
La represa
interior vaciarla.


Para llenarla con fuentes frescas,
ser transparente,
saciado por Dios.





INTROSPECCIÓN



Si estás en el camino de la búsqueda,
puedes entonces encontrar,
puedes más y más
de los pesamientos rígidos
liberarte,
aprendes a ser transparente,
a abrir tu espíritu,
hasta que encuentres el centro,
que te de la libertad.





DES-LIGAR



Soltar significa vivir el ahora.
A lo pasado no dar cabida.
el dolor de la pérdida a la raíz engarzar.
¡ En la vida a lo nuevo dar la bienvenida!




*Gerold SCHODTERER
Bad Ischl – AUSTRIA
Traducción: Walkala

Gerold Schodterer nació el 12 de Agosto de 1956 en Bad Ischl, Austria. Ha publicado hasta la fecha los libros de poesía “Naturgedanken” (1998), “Spuren” (2001) y el cd doble titulado “Erdenweg” (1999) con poemas suyos musicalizados. Además de poeta Gerold Schodterer es escultor y orfebre.
Correo elect.: GuK@schodterer.at

[1] Tomado del libro: "Naturgedanken. Vom Wachsen, Blühen, Reifen und Ernten", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1998.
[2] Tomado del cd doble: "Erdenweg", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 1999.
[3] Tomado del libro: "Spuren", Schodterer Gerold, Bad Ischl, 2001.





Caídas*



Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. lo vi despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y que como era bastante distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo.
Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca. Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo que ya estaba por venir la ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los anteojos que se habían roto con la caída.
Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui a pedir que me ayudaran a llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano. Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de casamiento y el omega con la correa de cuero. Me pregunté qué hacía allí, en la otra punta del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente, entre un cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito.
Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar Obras sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo, dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros.
Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. palabras más o menos, me dijo: "Por mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de dibujo.
Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se proponía y que él estaba para otra cosa. lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que tuviera una estación y algunas leguas por delante.
Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. sin darnos cuenta llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá en Campana. Señalo la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente. Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo. Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas. bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el delta junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra. Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos. En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no quería seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir.
Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a mi madre.
Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una hermosura, no te imaginás", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?", dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí, desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante los demás.
Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año. Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo robado, pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me inclinara a escucharlo: "Vendelo", susurró, "cuando llegue vendelo por lo que te den". Me pareció que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme. Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".



*de Osvaldo Soriano,
"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana. Buenos Aires. edición de 1993.






Noche de Animas*



Las sombras de nuestros cuerpos bailaban sobre las paredes encaladas de la cocina, jugueteando bajo los caprichos de la luz de carburo que, con su azulada claridad, daba un aire misterioso al ambiente, trasladando al aire esa sensación de ultratumba que requería el momento.
Mi abuela, con su moño blanco y el blanco delantal sobre la negra falda, blandía un enorme cuchillo con una hoja ancha y larga que emitía destellos a cada tajo. De no ser porque veíamos la sonrisa en su rostro limpio y sereno desde el otro lado de la mesa, mis tres amigas y yo hubiéramos pensado que intentaba realizar un conjuro o un sacrificio.
Aquella tarde, espoleados por la tradición del día uno de noviembre y por seguir estas cosas tan atractivas para los niños como son todas aquellas relacionadas con el más allá y la parte de secretos y misterios que conllevan, habíamos ido saltando y corriendo a los campos de la parte norte del pueblo, donde habitualmente se sembraban calabazas, a buscar las más idóneas para la Noche de Ánimas.
Escogimos las que nos parecieron mejores, dando brincos entre los surcos de los sembrados, contrastando la de Neus, llena de chorretones verdes y completamente lisa, con las de Juanita y Adela, que prefirieron unas más grandes, con un rabo largo y muchos granos. Yo elegí una muy ancha y chata con la intención de poder poner más de una vela dentro y que fuera la que diera más luz.
Los propietarios de los campos sabían que cada primero de noviembre tenían que pagar un diezmo en calabazas debido a la tradición de las ánimas y no vigilaban sus sembrados este día, así que volvimos al pueblo cargados con el producto de aquel robo consentido, planeando las estrategias a seguir en la noche.
La tradición se remontaba más allá del recuerdo: justo después del crepúsculo, los niños del pueblo con sus calabazas convertidas en calaveras por obra y gracia de unos agujeros estratégicamente distribuidos por su rugosa piel y, después de vaciadas, -guardando las pepitas para secar al sol y comer en los días siguientes- se dirigían al cementerio, se escondían en los lindes del camino, detrás de los árboles, en las cunetas o entre los zarzales y allí esperaban agazapados y juntos (el miedo rondaba con las ánimas sueltas) a que los mayores se dirigieran al cementerio.
Una vez cerca, se encendían las velas colocadas en el interior de las calabazas vacías y profiriendo murmullos de ultratumba y gritos desgarradores, aparecían ante los familiares que debían asustarse y correr despavoridos al verlos.
El camino, desde los campos al pueblo, estaba jalonado de planes de lugares, ensayos de gritos y cuentos de muertos y aparecidos que en la noche de las ánimas tenían más posibilidad de ser verdad que en las demás noches del año.
Una vez en la cocina, con las cuatro calabazas sobre la mesa, comprobamos con desolación que hacerles un agujero era una tarea más difícil de lo que habíamos imaginado. Neus, la mayor de la banda, lo intentó haciendo mucha fuerza y no consiguió más que clavar el cuchillo, pero no lo desplazó ni un centímetro. Probamos todos, uno detrás de otro sin conseguir nada... La noche iba llegando y no habíamos podido preparar ninguna de las calabazas. Llegaba la noche y si no conseguíamos transformarlas, no estaríamos a tiempo en el camino del cementerio para asustar a los mayores.
A la vista de esto, claudicamos y me fui a buscar a mi abuela, completamente convencido de que ella sabría cómo convertir las calabazas en calaveras - mi abuela sabía de todo -y guardaría el secreto ante el resto de la familia para que así el susto nocturno no perdiera la sorpresa.
Ahora, alrededor de la mesa y ya casi anocheciendo en el exterior, nos venían las urgencias mientras observábamos a mi abuela que, sin ningún esfuerzo aparente, iba insertando el cuchillo creando un ojo aquí, una boca con dientes allá, una nariz triangular, otra redonda... Con cara de asco íbamos vaciando con la mano el amasijo de pepitas sobre un papel de periódico, incrédulos de que cupieran tantas en cada calabaza. Ella daba el visto bueno: "No, hay que limpiarlo mejor", "mira, aún quedan en la parte del fondo", "hay que quitar los hilos también, que después podrían encenderse con la vela..."
Cuando acabó la operación y las cuatro cabalazas estaban encima de la mesa y las pepitas en un enorme montón a su lado sobre el periódico, nos preguntó:
- ¿Tenéis los clavos?
- ¿Clavos? ¿Qué clavos? -Dije yo.
- Necesitamos clavos para poder atravesar el fondo y que sirvan de soporte a la vela. Así podréis correr con la calabaza levantada sin temor a que la vela se caiga.
- Y así asusta más, ¿no? -Dijo Adela.
Adela era toda espontaneidad y sus ojos, redondos y grandes, hablaban casi más que su boca.
- Sí, -respondió mi abuela sonriendo por el comentario de Adela- así es como más se asusta.
Corrimos en tropel -de hecho siempre corríamos todos juntos empujándonos- y buscamos cuatro clavos que llevamos, también corriendo, a mi abuela.
- Pero, aquí sólo hay cuatro clavos...
- Sí, uno por calabaza...
- Pero entonces... ¿Sólo tenéis cuatro calabazas?
- Sí, claro, una para cada uno...
El rostro de mi abuela se ensombreció. Algo grave estaba pasando y al ver ese cambio de actitud nos quedamos sorprendidos y expectantes. ¿Qué sería lo que habíamos hecho mal? ¿Habíamos olvidado algún conjuro? ¿Habíamos escogido mal las calabazas? Quedamos todos quietos y pendientes de aquella mujer que nos miraba desde su altura, ahora completamente seria.
- Ay no, no es así... Dejadme que os cuente...-Dijo mientras acercaba una silla baja y se acomodaba al lado del fuego.- Sentaos, sentaos y escuchad...
Con un ademán distraído bajó un poco la intensidad de la luz de carburo. La noche ya asomaba por la ventana de la cocina pero ante lo que iba a contarnos se pasaron las prisas y nos sentamos a su alrededor. Mi abuela contaba cosas increíbles y sabía de los secretos como nadie.
Mirábamos fijamente su cara dulce, enmarcada en aquellos cabellos blancos rematados en moño, que ahora estaba iluminada por el azul del carburo y el rojo de las brasas. Aun así era tranquilo, apacible...
Despacio, muy despacio y mirándonos a cada uno a los ojos, empezó a contar:
"Hace muchos años, a varios días al norte del pueblo, en una noche como la de hoy, un caballero regresaba a su casa después de un largo viaje. La noche era negra como una cueva y el viento cantaba una trémula canción al acariciarse con las ramas de los árboles. La luna estaba escondida detrás de unas nubes gruesas y oscuras.
El viajero empezó a ascender por un camino que tenía bastantes piedras sueltas, por lo que aminoró el paso de su caballo y aupándose sobre él, intentó reconocer la edificación que se encontraba en lo alto de la loma.
El camino iba serpenteando sobre sí mismo y subía bruscamente de forma que para poder remontar la pendiente, muchas veces, tras una curva muy cerrada, volvía sobre sus pasos un poco más arriba.
En una de las curvas y aprovechando la aparición de la luna vio con claridad el edificio. Las rejas en la puerta, las paredes sin ventanas, los altos cipreses que asomaban por arriba y el pequeño campanario... Era un cementerio.
El viajero no se asustó en absoluto, ya que era un hombre poco temeroso de la muerte y solamente se preguntó cuánto tardaría en llegar arriba.
En esto estaba cuando le pareció ver movimiento en las puertas del cementerio y, entrecerrando los ojos para ver más claramente, se apercibió de que por la puerta, que se había abierto sin que él se diera cuenta, salían dos filas de sombras, una a cada lado del camino, que empezaban a descender hacia donde él se encontraba.
Su movimiento cadencioso hacía que avanzaran lentamente y más que caminar daba la sensación de que se deslizaban sobre el suelo. A medida que se acercaban pudo ver que las figuras estaban cubiertas por lienzos oscuros o por trozos y jirones de ropajes, incluso algunas de ellas traían la cabeza cubierta con una capucha.
En la primera curva del camino cada una de las sombras encendió un farol en forma de calavera y lo puso delante, pegado al vientre.
En silencio. En un completo y sobrecogedor silencio.
El viento se detuvo y la quietud de la noche fue mayor aún. Las siluetas, enmarcadas ahora por el resplandor de las calaveras encendidas, parecían balancearse mientras avanzaban. No producían ningún ruido a pesar de ser más de un centenar.
El caballero, a la vista de tan fantasmal procesión salió del camino resguardándose entre los árboles y dando paso franco a la comitiva, que fue desfilando por delante del lugar donde se hallaba ignorando su presencia o haciendo caso omiso de la misma. A medida que iban pasando, descubrió que la luz procedía de una especie de farol hecho con una calabaza en la que se habían taladrado agujeros que formaban ojos, nariz y boca por los que salía la luz.
Se mantuvo apartado a medida que la larga fila de sombras pasaba ante él, preguntándose el motivo de tan siniestra procesión, pero manteniéndose medio oculto. A pesar de no sentir temor, algo en su interior lo mantenía apartado de las miradas de aquellos rostros sin ojos.
Al final de la comitiva vislumbró una sombra que la cerraba. Iba caminando por el centro del camino y no traía calavera de luz. Salió de su refugio como en un impulso y se dirigió hacia esa sombra, pasando por entre las últimas de la procesión. Al atravesar el cortejo sintió un frío intenso y pensó: "es el frío de la muerte". Pero siguió avanzando sin saber exactamente por qué lo hacía.
La última figura se detuvo a su lado en el momento que en se iban a cruzar y pareció esperar a que preguntara.
- ¿Puedes decirme el motivo de esta procesión? -Dijo el viajero.
- Es la Procesión de las Ánimas, que se realiza cada día primero de noviembre, en el Día de Todos los Santos y antes del Día de Difuntos- respondió una voz susurrante que a pesar de hablar en un tono muy grave le sonó conocida.
- Y... ¿Todo el pueblo viene a esta hora tan tardía a la procesión?
- No, los habitantes del pueblo no se atreven a venir. Sólo las ánimas participan en esta procesión...
La sorpresa del viajero fue enorme. Notó que se le erizaban los cabellos y que una mano helada le recorría la columna vertebral, pero manteniendo su compostura quiso estar seguro de lo que pensaba.
- Entonces... ¿Todos los componentes son muertos?
- No exactamente, la procesión la componen las Ánimas de los muertos.
- ¿Tú también estás muerto? -dijo dándose cuenta de que no sentía ya ningún miedo. Era como si estuviera entre conocidos.
- Sí, yo estoy muerta -musitó la sombra.
- ¿Y por qué no llevas luz?
- Yo soy el ánima de tu esposa, a la que nunca fuiste rezar al cementerio y a quien jamás le llevaste luz..."
La cara de Adela asomaba por detrás de la mesa mirando a mi abuela con los ojos más grandes que nunca veré. Neus apretaba mi mano tan fuerte que tenía un dolor intenso en los dedos y el silencio se apoderó de la cocina tras las últimas palabras.
Nos miró despacio, lentamente, uno a uno, y dijo en un susurro:
"Nadie sabe qué pasó con el viajero, ni a quién contó lo que había visto, ni qué hizo, pero desde entonces, en todas las casas, en la Noche de Ánimas, siempre se hacen un par de faroles de más con calabazas, por aquellas a las que nadie rezó y por aquellas a las que nadie llevó luz..."
Aquella noche, en el camino del cementerio, ocultos tras los zarzales y esperando con las calaveras-calabazas en el regazo, preparadas para ser encendidas y asustar a los familiares, había tensión. Miedo y tensión. Los cuatro, pegados los unos contra los otros, esperamos ver aparecer una sombra sin farol e imaginando las excusas que podríamos darle por no tener uno de más para ella.

Aquella noche fue larga. Tan larga que ha durado hasta hoy, en que mis dos hijos preparan cuatro calabazas en el día de las ánimas, porque su bisabuela me contó a tiempo que a las ánimas hay que rezarles y sobre todo, hay que llevarles la luz.



*de Joan. joan@cimat.es








Fueguito*



Es una noche cualquiera. Usted esta en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que esta acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de de fogatas a lo largo de su historia. pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez. ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. es como volver de una larga ausencia. un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves. el fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. el fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. usted siente que nada puede tocarlo. escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento.
A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. se entrega, se abandona. sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. a través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo esta por ser iniciado. y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve. comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. que esa es una llama de consumación. una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente. es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo esta dicho es bueno regresar al fuego, al origen.
Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar. y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.


*de Antonio Dal Masetto.







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EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...
Éste es el tiempo*


*Fayad Jamis


Éste es el tiempo con olor a fugas y
acechanzas,
el tiempo de las estrellas podridas y los
perros
ahogándose bajo el ruido de los balazos,
el tiempo de la paloma y el gorila,
el tiempo de las grandes bombas,
el tiempo de la desaparición de todos los pájaros
en los caminos del cielo.
¿Hacia dónde caminamos, hacia dónde
van nuestros pasos secos
y los pasos secos de los caballos que
rompieron las jáquimas
y los pasos secos de un corazón enorme
que ya no puede vivir entre las piedras?
Vamos hacia la madrugada limpia de los
bosques,
hacia el gran día de todos los ahorcados
y de todas las músicas
cuando el tiempo olerá como la yerba
que nunca ha sido pisoteada.



Fayad Jamis nació en Zacatecas, México, en 1930. Artirta plástico, docente, poeta. Desde muy joven vivió en Cuba. Una de las voces más relevantes y originales de su país. Por esta libertad (1963) y Abrí la verja de hierro (1973) se cuentan entre sus poemarios más difundidos. En 1985 apareció su antologia poética La pedrada. Falleció en La Habana en 1988.

*Fuente: LA HOJA CARMIN. Dirección: Eduardo Dalter. cuadcarmin@yahoo.com.ar







EL TIEMPO OLERÁ COMO LA YERBA QUE NUNCA HA SIDO PISOTEADA...






REMINISCENCIAS DE SOLANO Y ALREDEDORES A FINES DE LOS CINCUENTA*


Con el paso de los años, los recuerdos cobran nuevas dimensiones. Sea por las experiencias; sea por las meditaciones de tiempos idos. Sea por los estudios sistemáticos o asistemáticos que uno ha venido haciendo.
Pocos días atrás el aparcero Coiro reflejaba en Inventiva, su testimonio de San Francisco Solano de cuatro años atrás. La nota me "pego" en mi sensibilidad, porque hacia pocos días que había pasado por Solano y, recordado cuando solía pasar por allí a fines de los cincuentas rumbo a la casa de mi abuelo materno en Monte Chingolo. Entonces mis recuerdos se emparentaron con los de los veteranos (o sea mis coetáneos) de que escribe Coiro. De tiempos que para lo que pasamos los cincuenta tienen un sabor a
"edad dorada", al que las miserias multidimensionales posteriores contribuyen a afianzar, aunque se nos quiera atajar con aquello que para los viejos "todo tiempo pasado fue mejor".
No es fácil separar como sentía uno esas cosas en otros tiempos, de cómo las siente con la perspectiva del tiempo. Hay incluso hasta un conflicto interno, porque sabemos que más de uno o una la vende cambiada, o la va alterando de acuerdo a sus conveniencias. No es infrecuente que cuando uno
hace preguntas sobre el pasado a gente que supone tuvo algo de protagonistas, el deponente termine diciendo que la historia fue como fue gracias a su imprescindible intervención."Pateticas miserabilidades" les decía don Hipólito. Además esta el hecho, que uno no puede andar consignando
en un diario íntimo todo lo que piensa o dice. Y no puede andar con un escribano al lado, dando fe publica de lo que uno dice o hace. Por supuesto que esto relativiza mucho la historia y que me caen la generales de la ley, para lo que pase a decir.
Pero el asunto que hacia fines de los cincuenta, - ya Frondizi era presidente- viajaba con bastante frecuencia entre Ensenada, donde vivía con mis padres y hermanas, y Monte Chingolo donde vivía mi abuelo materno con su familia. Para ello tenia que ir hasta La Plata, tomando dos colectivos, para
tomar el tren en la estación del "Provincial". Creo que todos los chicos de esos tiempos teníamos un rollo especial por los trenes. Los trenes a cuerda eran uno de los juguetes preferidos de esos tiempos. Tenía ya asimilada la estación del Ferrocarril Nacional General Roca, a la que mis padres o mi abuela materna me llevaban con mucha frecuencia. Pero aquella estación del Provincial me parecía algo misterioso. Tiempo después me enteré que así la llamaban porque había pertenecido al ferrocarril de la Provincia de Buenos Aires, que siempre fue del Estado, aunque provincial hasta 1951, cuando aprovechando la caída en desgracia del gobernador Mercante, el Estado nacional lo pasó a su orbita.
Bueno, desde aquella estación tomaba un tren que llegaba hasta la estación Avellaneda, esa que se veía desde arriba del viaducto Sarandi. Una construcción de tipo colonial, hoy sede del museo ferroviario provincial, que había sido inauguraba a mediados de los años 30, como ese ramal que conectaba con el hoy desaparecido mercado de lanas y daba acceso a este ferrocarril al puerto de Buenos aires.
Ya no me acuerdo si las maquinas eran a vapor o diesel, pero si me acuerdo que de vez en cuando se cruzaban en las estaciones, era de una sola vía, con una especie de coches motores de un solo vagón color rojo. Píensese que yo era un chico de entre 10 y 11 años que viajaba sólo. Los vagones de madera eran muy antiguos, como lo fueron hasta fines de 1976, cuando el servicio fue desactivado y los rieles levantados. Me acuerdo que tenían los vidrios biselados con el logo del ferrocarril provincial, todo ello confeccionado por los Talleres propios del ferrocarril, de los que luego se apropió el ferrocarril Belgrano y hace pocos años fueron privatizados.
Me entretenía en los viajes, contando las estaciones. Todavía las recuerdo: Gambier, Segui, Gorina, El Pato, Ingeniero Allan, Gobernador Monteverde, San Francisco Solano, Parada Pasco, Monte Chingolo y Avellaneda. Me puedo olvidar o confundir alguna. Me acuerdo que era casi toda zona rural desde Seguí o Gorina hasta Ingeniero Allan. Allan estaba atrás de la rotonda Alpargatas y allí estaban haciendo los grande loteos de La Carolina, con sus tradicionales para entonces carteles rojos con letras blancas, que
caracterizaban a las compañías que remataban los lotes del conurbano (Boracchia, Vinelli, etc...). Luego acercándose a Monteverde, a pocas cuadras del actual centro de Florencio Varela comenzaban los caseríos. Todas calles de tierra, eran casitas humildes, pero no villas. Y se pasaba por Solano, que tenia entonces fama de ser un lugar "pesado". Entre los chicos se decía que "El halcón", o sea la línea 148, de colores amarillo y verde que hacia o hace le recorrido Varela-Constitución, había puesto un ramal a
Solano, pero que ese ramal no entraba cuando caía el sol, por los asaltos.
Eso no se si era cierto o si era parte de una leyenda suburbana, porque la escuché décadas después en los barrios de San Miguel. .
La parada Pasco, estaba junto en el cruce con el Camino de Cintura. Yendo para Avellaneda a la derecha, se erigían los inmensos galpones del IAPI, que llamaban mi atención por cantidad y tamaño. Ya entrando en la adultez aprendí que el IAPI (Instituto Argentino para la Promoción del intercambio), fue uno de los más poderosos instrumentos de soberanía económica con que contó el país, ya que tenía el monopolio estatal del comercio exterior e interior. Había sido creado a fines de mayo de 1946, sobre la base de una institución similar creada cinco años antes y fue disuelta en octubre de 1955, en el breve
interregno del dictador golpista Lonardi. El predio, ya devenido en un arsenal del ejército, se hizo famoso por el intento de copamiento de la guerrilla en diciembre de 1975, y la sigla la ha adoptado la villa que se erigió con posterioridad. La cuestión es que a medida que el ramal se acercaba a Avellaneda partir de Pasco, corría casi encajonado por las industrias que por allí proliferaban. Nunca olvidare ni los olores ni los ruidos de las maquinarias. Y era muy común no caminar entre basura, sino entre sobrantes de viruta de hierro o recortes de chapa de lo que producían los talleres, alli donde todavía pasaban los tranvías eléctricos y los carros tirados por caballo, con las cargas mas varias. Por ese entonces llegue a ver por la zona un carro de carnicero. Me acuerdo de otra vez que llovía, y allí los barrios eran de calles de tierra. Los Municipios o las sociedades de Fomento construían canillas públicas y veredas con baldosones de cemento. Una tarde después de la lluvia, vi una novia que caminó algunas cuadras con su traje blanco recogido para no embarrarlo, porque el coche que la llevaría hasta a iglesia, sólo llegaba hasta el asfalto.
Las viviendas eran humildes pero todos la iban mejorando. Tal vez empezaban por una prefabricada de madera, pero enseguida aparecían los ladrillos. Y entre ellas se iban erigiendo las fábricas. Recuerdo cuando los Di Tella montaron la fabrica donde se hicieron lo míticos Siam Di Tella 1500, y los menos recordados Magnette¸ la pick up Argenta, y hasta se intento fabricar un camión pesado Tornicroft. Con el análisis luego entendimos que toda esa euforia económica, que capitalizaba Frondizi, con su régimen de industria automotriz a la postre ruinoso para el país, era nada más que la inercia del sistema puesto en marcha entre 1943 y 1955, y que entonces no se advertía que se estaba comenzando lentamente a desmontar. Recuerdo que una vez un puntero frondicista, organizó en el barrio una excursión a Luján y claro los vecinos no hacían disquisiciones ideológicas paseaban y se divertían. A veces los militantes, que cuando optan por la disidencia pasan por situaciones de penuria y hasta dan la vida por sus idearios, suelen soslayar, la vida cotidiana de la gente. En ese entonces todo parecía una fiesta. Ese tren iba atiborrado de gente que iba a trabajar a las fábricas, lo mismo los tranvías y ya empezaban a circular por allí, las extensiones de las líneas de colectivos que también iban llenos. No se cuanto de cierto
tiene la actual pregonada inseguridad del conurbano, pero yo niño andaba de un lugar a otro. Un día de andariego que era y sigo siendo, me fui caminando desde la casa de mi abuelo en Chingolo hasta la cancha de Banfield -debe ser uno de los pocos partidos de fútbol de una división mas o menos superior que vi en mi vida, exceptuado la campaña de Defensores de Cambaceres de 1959- (campeón de la primera C por añadidura) de los que vi todos los partidos de local, porque mis viejos no me dejaban ir a las de visitante. Bueno, no se cuanta distancia, había, Recuerdo que caminé mucho, vi la fabrica Di Tella por el camino, eran sitios que estaban dejando de ser campo para ser ocupados por las construcciones del tipo que comenté antes. Jugaban el local con Dock Sud, me acuerdo del arquero y los dos zagueros de Banfield: Cozzi, Mousegne y Vendazzi. Mirando las estadísticas de fútbol, uno pude inferir en que fecha hice la travesía.
Se mezclan como dije antes los recuerdos con lo conocido con posterioridad.
Así, hace algunos años, tome como libro de consulta una historia del la ingeniería argentina que el Ingeniero Vaquer, escribió en 1962, pero Eudeba publicó en 1968. Vaquer que hace fe de su antiperonismo, usó su precisión ingenieril para registrar lo que había pasado en la industria argentina. Y de la información que consigna, y tomando como comparación el sí libro de propaganda peronista de "Emancipación Económica Americana" de Warren, publicado y profusamente difundido en 1948; podemos inferir porque aquella bulliciosa actividad, y porque hay tanta añoranza en aquellos barrios que de ser albergues de esperanzados trabajadores migrados del interior, pasaron a ser contenedores que quienes alteran la changa, el cartoneo, el piquete, y a veces en la desesperación en que se los sumió, y desde la que se los manipula; con el choreo y la droga berreta..




*de Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com








La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA Y UNO



Silvana frenó frente al embarcadero viejo, salió del co­che, dio la vuelta y ayudó a Agata a bajar.
-Mañana paso por el albergue a la hora de la cena
-dijo.
Arrancó, saludó sacando un brazo por la ventanilla y partió hacia el embarcadero nuevo. Desde donde estaba, Agata podía ver el transbordador y los coches encolumna­dos que desfilaban por la planchada de acceso. Se quedó ahí hasta que el trasbordador se separó del muelle y co­menzó a alejarse, lento, con las luces prendidas. Entonces pensó que no lo había tomado una sola vez y sintió que a su viaje le faltaba algo: una travesía del lago. Mientras ca­minaba y se detenía en las vidrieras de los negocios, la acompañó la molestia de esa carencia. Todavía estaba a tiempo de hacerla, le quedaba el domingo. Le resultó cu­rioso pensar que finalmente tendría que hacer sola el cruce a Coseno.
Era anochecer de sábado y el pueblo entero había sali­do a la calle. Las confiterías estaban llenas. Grupos ruidosos de muchachas y muchachos iban y venían o permane­cían detenidos en las plazas y en los cruces. Se gritaban co­sas al pasar, intercambiaban manotazos amistosos, bro­meaban. A Agata le agradó moverse sin prisa entre la multitud, dejarse llevar por las callejuelas céntricas, si­guiendo la corriente, el recorrido obligado que en los días de fiesta, desde sus años de juventud y todavía al cabo de varias generaciones, no se había alterado. Se dijo que cuando se cansase de caminar elegiría una mesa con bue­na vista y se sentaría a tomar un café.
En una de las calles descubrió un muchacho negro apo­yado contra la pared. Era alto y flaco. A su lado, en el sue­lo, sobre el empedrado, había colocado una loneta con sus productos expuestos para la venta: collares, caballitos de madera y cajas con incrustaciones de nácar. Pero no los ofrecía, no hablaba. Miraba al frente, sin pestañear, sin cambiar de posición, como si no viera la multitud que iba venía. Tampoco los que paseaban miraban al muchacho negro. Agata se detuvo y pensó que ahí, quieto, oscuro, en medio de aquel desfilar de gente, resultaba muy visible. Era un pensamiento extraño, pero mientras estuvo parada y observándolo no pudo dejar de considerar lo diferente, lo evidente que resultaba aquel negro en la calle estrecha, en la despreocupación del anochecer del sábado, entre los grupos de jóvenes ruidosos y bien vestidos. Y esas consideraciones resonaban en ella como una señal de alerta, la presencia de un peligro.
A sus espaldas había una confitería cuya puerta se abría y se cerraba todo el tiempo. Un muchacho corrió detrás de una chica, la atrapó, la besó mientras ella, divertida, chilla­ba y se defendía, y el grupo que los acompañaba no paraba de saltar alrededor, alentando y aplaudiendo. Pasó un ma­trimonio joven con un nene que ensayaba los primeros pasos. Pasó una pareja mayor ataviada como para un casa­miento. Pasó un hombre sujetando un gran perro.
Después, desde alguna parte salió disparado un cigarri­llo encendido, cruzó el aire, golpeó en la cara del negro y cayó sobre la loneta. Agata miró hacia su derecha porque le pareció que había partido desde ahí. Pero no vio ni oyó nada particular. Ningún movimiento, ninguna risa o co­mentario o elogio sobre la buena puntería. La calle seguía igual que antes. En el muchacho negro no hubo reacción, ni siquiera buscó alrededor con la mirada. Era como si hu­biese estado preparado de antemano para asimilar la agre­sión. Vio que la colilla había caído entre sus cosas, se aga­chó y con la punta de los dedos la golpeó un par de veces y la barrió fuera de la loneta. Tampoco sus gestos revelaban desconcierto o intranquilidad. Quitó la colilla como quien quita una hoja seca, un pedazo de papel, una pequeña ba­sura traída por el viento. Luego volvió a enderezarse y a mirar al frente, con la misma actitud distante, la misma mansedumbre en los ojos, que hacía pensar en resignación o en una gran paciencia.
Agata se quedó donde estaba, esperando, espiando alre­dedor. No vio más que lo que había visto. Pero la asaltó la molesta sensación de que aquel desfilar lento, la gente de­teniéndose en las vidrieras y saludándose, las risas y la eu­foria juveniles, eran en realidad un simulacro. Como si se estuviese llevando a cabo una ceremonia en la que interve­nía el pueblo entero, y cuyo punto de convergencia era esa pared, y contra la pared ese muchacho negro y su loneta con la mercancía expuesta. Y que la aparente indiferencia, aquel pasar sin ver, aquel ignorar, ponían todavía más en evidencia al que estaba solo y tenía otro color de piel y se­guramente hablaba otra lengua.
Esperó todavía, pero no pasó nada más. Siguió caminando. Se detuvo y se dio vuelta un par de veces. Mientras se alejaba trataba de convencerse de que había sido una agresión sin importancia, la broma de algún muchacho lu­ciendose ante los compañeros, una prepotencia mínima amparada en el anonimato.
La calle desembocaba en una plaza empedrada. Más allá estaba la avenida costanera y el lago. Agata se dijo que era hora de tomar su café y se puso a pensar en cuál de las confiterías se sentaría. Optó por una donde ya había ido con Silvana, del otro lado de la plaza, bajo una arcada don­de parpadeaba un letrero luminoso rojo.
Entonces oyó voces a sus espaldas, Se dio vuelta y vio al negro que avanzaba corriendo, esquivando gente. Detrás, venían tres, cuatro, cinco muchachos persiguiéndolo. Uno estaba muy cerca y alcanzó a manotearle la campera. El negro, esforzándose por liberarse, dio un giro completo so­bre sí mismo, y el otro, arrastrado, se fue al piso y lo soltó. Alguien gritó. Una voz de mujer. El negro encaró por la plaza, alcanzó la avenida y la cruzó viboreando entre los coches. Se oyeron varias frenadas. Los que lo perseguían se abrieron en abanico, para obligado a dirigirse hacia el agua. El fugitivo amagó a la derecha y luego a la izquierda, vio que tenía ambos caminos cerrados, siguió hacia la ba­laustrada, pegó un salto y quedó parado arriba, sobre uno de los pilares de cemento. Permaneció ahí, flaco y oscuro contra la negrura del lago, los brazos abiertos, mantenien­do el equilibrio. Parecía un pájaro de patas largas. Todavía giró una vez la cabeza para ver a sus perseguidores que ahora se cerraban hacia ese sólo punto y ya lo estaban al­canzando. Entonces se zambulló.
Todo había ocurrido casi en silencio. Salvo el de la mu­jer, no hubo otros gritos, ni insultos, ni llamados, ni órde­nes. Al cabo de la estampida breve, quedó en el aire la sensación de que algo molesto acababa de suceder. Pero nada más que eso. Había sido como una rapidísima escena de una película muda que se hubiese filtrado en la placidez del anochecer del sábado, sin contaminada, sin alterarla. Un relámpago en un cielo sereno, un cuadro que cae en una sala de objetos en reposo.
Todo el mundo se dirigió hacia la orilla. También Agata cruzó la avenida y se asomó a la baranda sobre el agua. Vio al negro que nadaba hacia adentro. No estaba lejos, a unos treinta o cuarenta metros. Dejó de bracear, giró y mi­ró a la gente. Volvió a nadar y siguió alejándose. Otra vez se detuvo y ahora estaba en el límite de la zona de luz pro­yectada por los faroles de la costa.
El grupo de curiosos se agrandaba. Algunos recién lle­gados, que no habían visto nada, hacían preguntas. Al­guien informaba y señalaba hacia el agua:
-Allá está. Un negro.
-Lo veo.
-¿Qué hizo? ¿Robó?
Junto a Agata, un hombre gordo, en voz alta y tono di­vertido, comentó:
-No es nada, no pasó nada, los muchachos sólo se en­tretienen, toman un poco de cerveza y les da por divertirse.
Agata no supo si hablaba en serio o ironizaba. Aquel discurso le recordó a Toni.
Durante un rato la gente miró hacia el agua con una cu­riosidad distante. Después se fue retirando y volvió al pa­seo y a las confiterías. El negro no había cambiado de lu­gar. Sólo movía los brazos para mantenerse a flote. Era un bulto oscuro que subía y bajaba en el oleaje. Agata se pre­guntó qué vería, qué sentiría ese muchacho ahí, en la no­che, con las luces del pueblo frente a él, con la gente mi­rando desde arriba como en un palco de teatro. Qué pasaría por su cabeza de inmigrado, de desterrado. Un muchacho negro, venido desde lejos, desde los cálidos paí­ses africanos, solo en una fría región del norte, entre mon­tañas, expulsado del mundo, excluido de la solidaridad, buscando refugio en el agua helada de un lago para huir de la violencia.
Después el negro empezó a nadar de nuevo, se alejó más, pareció que se desplazaba paralelo a la costa, se fue perdiendo, desapareció. Los pocos que aún permanecían apoyados al parapeto se dispersaron. Agata se quedó, tra­tando de distinguir algo. Pero ya no vio nada más. Frente a ella tenía la gran noche cerrada del lago y al fondo, en la otra orilla, la mancha de Coseno que brillaba en la negrura como un puñado de piedras preciosas.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.








Parque Las Heras*



UNO


- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo-. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares, hace foco, se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar en el medio de los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente a la plaza -o parque- Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche del viernes y hace frío a pesar de estar en noviembre. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, loco, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? - repite.
Agustín camina hasta la mesita ratona de hierro de color blanco que está en el medio de la terraza. Se llena otro vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a esta hora de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos están nuevitas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le da los prismáticos. Camina por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la ligustrina que cubre la pared.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros fundidos de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado doblando en varias partes. Lo abre: le queda muy poco pichi. Con una tarjeta de crédito que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos corta, se guarda el teléfono en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están... - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando lo abre se te abren los ojitos como a un nene con chiche nuevo– dice Agustín, y se aleja hacia la mesita de hierro blanco.
- Capaz que a vos no – lo bolacea Marcos, de espaldas.
Agustín hace se toma lo que queda del whisky. Se acomoda la gorra, aspira un poco de aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo como si fuese un perro gran danés al que acaban de tirar un balde de agua fría. Vuelve hasta la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, dos kilos, y no nos quiso bajar ni un solo peso –los ojos del grandote brillan-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el tema del pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se le pone a un centímetro de la cara, le roza la nariz con la suya -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta mucho hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más grisáceo anaranjado.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica su propia mierda. Levanta la cabeza y sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, loco, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.



DOS


Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se formó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina lento, parsimonioso y siempre anda con una gorra de lana con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa pesada y enferma, todo el día tirado en la cama. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es distinto: buen humor, chispa, chiste fácil. Se hace querer, bonachón, gamba, nunca te deja tirado, es el último en irse de cualquier joda.
Agustín no tiene, ni tuvo, novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos, muy alto, un poco de panza, piernas flacas. Y su peor enemigo es la timidez, por lo menos con ellas. Pasó el tiempo, los chicos se pusieron grandes –él y sus amigos-, cada uno se refugió donde pudo, se las rebuscó, puso acá, apostó más allá, y él fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, todas pendejas hermosas. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando.
Vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó. La familia, y algunos amigos, le quemaron la cabeza para que se deje ayudar, pero el tiempo pasó, no tuvo reacción, y se quedó en la de él, la que mejor conocía: la calle. Ahí si que el grandote era -es- grandote. Al principio un papel, dos, después una bolsa de cinco, diez, y al tiempo cien gramos o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacer plata sino para tener siempre una bolsa en el bolsillo. En una noche puede ganar una, dos lucas limpias. Pero también se la puede gastar en un par de horas y quedarse con dos pesos para el bondi. De vender papelitos en la cuadra pasó recorrerse la ciudad de punta a punta varias veces en una misma noche llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, le mandan taxis. El grandote es un imán: es le pegan todos.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura o se tomó el palo para probar suerte en otro lado, alguno tuvo un hijo. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, después salís, le proponían. Agustín bajaba la cabeza, se le humedecían los ojos, estoy enfermo, decía, pero al otro día todo empezaba otra vez.
La madre, Clara de Poncio, bajó los brazos. Hace tiempo que perdió la pelea. La mujer no era de hablar, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no había manera, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara los bolsos cuando se va por unos días a lo de un amigo que vive en el campo, le pone unos sándwiches en una bolsa y le dice que no se desabrigue allá que se pone fresco cuando baja el sol. Eso si, dijo una vez: por lo menos no roba.




TRES


- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento. La soga de oro que le cuelga del cuello le brilla con las dicroicas del hall de entrada.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras enfila para el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja Antonia, afónica, los dientes marrones por el tabaco -, ni en el tiempo se puede confiar.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Tiene puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. No se ríe, nada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Mira el suelo.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca el paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé porqué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, pone la radio, cualquier emisora.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está sirviéndose otro whisky. Cuando la ve, le sonríe. Se acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena empieza a saltar en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece la heladera de una casa de ricos. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente de la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé como te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Azul – contesta ella, siempre en movimiento, y se saca de encima el humo con una de sus manos. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote. Sigue saltando.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay dos ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos en nylon transparente y cinta aisladora. Marcos le da la espalda. Con la punta de una navaja levanta un poquito de merca rosada boliviana. La deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con la uña de uno de los dedos de la mano derecha rasquetea una mancha que hay en la pared
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Anda, Agustín –dice el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía la mesada. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toque de merca con la uña del dedo meñique. Acerca el dedo a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja el dedo con la lengua, acaricia la alfombrita blanca y después de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y vuelve a pasar por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve que la nena está subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa y va al trote hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento le revolotea los pelos lacios a la nena y un mechón le queda sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, ofendida, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín... ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá... mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Los árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Azul? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.



CUATRO


Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió ningún año sino que hizo toda la secundaria de un saque, con los ojos cerrados. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al toque tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya se había movido a un par. El menor de los Poncio no se comió ni la punta y se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense –fueron casi todos los pibes-, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estaba enloquecido y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. A él le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, narigón, o lo que fuese, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se había comprado una chata con la que hacía fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un gallego que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba pilas, iba y venía, la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta, buen ánimo, cumplidor. Se drogaba bastante, pero en general solo los fines de semana. Y si mezclaba con alcohol, terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal. Al poco tiempo le reventaron la casa: habían boleteado un rati en Nuñez y a la otra noche reventaron media ciudad. Él tenía guardado unos fierros debajo de la cama y alguien lo había cantado. Después del año preso por tenencia de armas de guerra, reculó. Sólo, con mucha confianza en si mismo, dejó de tomar falopa. Fumaba porro, eso si, en cantidad, pero dejó la milonga. Y ahí empezó a vender.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que le empezó a dejar la merca se fue a vivir solo, cambió la camioneta y se puso un lavadero de autos –que hoy en día se lo administra la madre-. Agustín es el proveedor de merca del hermano, un tipo con muchos contactos en la noche. La merca que vienen moviendo es una sustancia de máxima pureza que llega directo de Salta, por medio de un ex comisario –ex cuñado de un pibe del barrio, el Gallego- que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia: la gente se las saca de las manos.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.



CINCO


Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la baranda de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Azul para que lo siga. La nena se acerca y pasa para el otro lado. El grandote, antes de cerrar, sale y agarra el vaso de whisky de la mesita. Vuelve y cierra la puerta de un saque. Las gotas golpean contra el lado de afuera de la ventana y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – el brazo del grandote apunta hacia la terraza, la panza metida para adentro, las piernas duras.
Antonia está por pegar el grito pero escucha el ruido de la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice nada. Antonia cuenta plata.
- Vamos – le dice Agustín a la nena.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Azul de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Antes pasar la nena de los dados rojos le tira del brazo. Sobre una repisa que está en la entrada hay una foto. Azul la mira concentrada: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante; ella, producida para la foto, dos tetas hermosas, naturales, la bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, la soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. El grandote agarra del hombro a la nena y siguen camino.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana, y dentro del placard que está frente a la cama –no tiene cajoneras ni perchas-, apilados uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos, de un litro cada uno.
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. Azul se queda mirando la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para que son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard cerrada y cae sobre la alfombra.
Azul va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
- Llueve con todo – dice de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, se sienta y se deja caer sobre la cama, la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatos tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Azul, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Azul saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Azul, es para grandes -Agustín se levanta de la cama-. Ahora vengo -dice.
El grandote sale de la habitación y cierra con cuidado, despacio. Da dos pasos y escucha que su hermano y Antonia están hablando de él. “Tu hermano está un poco sacado”, dice ella en voz baja, un poco divertida. “No le gusta que traigas a la nena”, le confiesa el hermano menor. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, dice Antonia, con el tono de voz más alto. “Te entiendo, flaca, pero si podes, para la próxima venite sola”, le propone Agustín. Silencio. El grandote se queda parado detrás del marco de la entrada del comedor, duro.
Va hasta la pieza, abre la puerta, azul sigue jugando con el agua, le sonríe, y sale, ahora si, sin cuidarse de no hacer ruido. Camina unos metros y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, clava el tubito de platino que tiene agarrado al llavero sobre el raviol blanco y aspira. Le pasa la lengua al papel como si fuese un chupetín de tipo paleta de colores. Lo abolla y lo tira al inodoro. Tira la cadena y sale.
- ¡Grandote! – grita Marcos.
- ¿Qué pasa?
- Traéla a la nena que terminamos.
Agustín va hasta la pieza. Abre la puerta. Azul está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Azul se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un tirón.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quien es? – el Grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- Es la mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa... vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo saque.
Azul corre por el pasillo hasta el comedor. Agustín posa por un segundo la mirada en la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y sigue camino.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos a su hermano, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada Azul, el pelo lacio agarrado por las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Azul, con voz tierna, como si fuese un bebé.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un cigarrillo en la boca.
- Bueno, Marcos, nos vamos... les paso el mensaje a los chicos –informa ella.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Azul que se cuide, que se porte bien.



SEIS


- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube un poco el volumen de la música
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Marcos marca el pan de merca con la cabeza. Agustín estira el brazo y lo agarra. Lo mira, lo pesa con una mano, con la otra. Se acerca a la mesa. Como si el bulto marrón fuese un paquete de yerba, lo tuerce y hace caer bastante merca sobre el vidrio. Con la tarjeta de crédito que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha Marcos saca una caja de habanos, marrón clarito, trabajada. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de pichi y polvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del chistoso crece y se come parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más.
- La merca la busco uno de estos días –dice Agustín.
- Más bien, nene –reacciona el hermano menor-. ¿Te pensás que te voy a dejar ir con todo esto así duro como estas? -los ojitos de Marcos se ponen más chiquitos de los que son.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. Agustín sigue hasta el comedor, apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a una banda de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi rosa?
-Si. Estoy yendo para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra impecable. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. Transpira. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Tiene un olor parecido a la menta. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota desde la frente. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Mira, su bolsa. Calcula que debe tener un cuarto de kilo. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera:
- Nos vemos –dice.
Y sale.



*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@fibertel.com.ar








*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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