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LOS ESCRITOS DE EDUARDO COIRO
LA ESCRITURA UNA BALSA DE REAL ILUSIÓN.
Sindicación
 
LA OTRA MITAD DE AMANECER...
Tu imagen*


*Silvio Rodríguez



Tu imagen me llegó
a las seis menos diez
y no pude dormir
ni un instante después.
Te confundías con mis sábanas,
te me enredabas en la sien.

Lucías tan real
que casi fui feliz.
Pero a las seis y diez
me comprendí sin ti.
Eran mis solitarias sábanas
y una habitual mañana gris.

Y tú eras mi viento, mas no a favor.
Eras mi barca en el pedregal,
eras mi puerta sin tirador,
eras mi beso buscando hogar.

Y tú eras un parto de antigüedad,
maña de un diablo despertador.
Eras espuma de soledad,
carne con llagas de desamor.

Y así fuiste la otra mitad
de amanecer
que no alumbró jamás.

(1978)



-Enviado para compartir por Maria Bar. mariabarleiva@yahoo.es






LA OTRA MITAD DE AMANECER...







JUAN Y MAYRA MIRAN FOTOS VIEJAS*
Crónicas del Hombre Alto (nº 39)



Desde que a principios del 2002 se fueron a vivir a España, Juan y Mayra no habían vuelto a la Argentina. Tenerlos de visita en mi casa, entonces, no sólo constituye un verdadero acontecimiento, sino que me enfrenta a uno de esos consabidos conflictos cronológico-emocionales en los que me cuesta aceptar que las personas que tengo ante mí son las mismas que dejé de ver hace tanto tiempo. Claro que aquí esa disociación se profundiza en virtud de las edades que cargan los personajes involucrados: Juan tiene 15 años; Mayra 8. Y a ello hay que añadirle, todavía, la extrañeza colateral que causa escucharlos decir "vale" y hablar con acento español.
Juan es ahora un adolescente pelilargo al que le gusta mirar noticieros y estar informado. Dice que quiere ser periodista o reportero gráfico. Escucha rock pesado y sigue siendo hincha de Colón, pero ha sumado a sus afectos futboleros la afición por el Real Madrid. A Mayra le encantan las pastas y los animales. Se muestra reservada con los adultos, pero es fácil intuir que, detrás de esa timidez inicial, se esconde una gran charlatana. Según sus palabras, le gustaría "ser guardia en el zoo".
Juan tiene recuerdos de la Argentina; Mayra no. Cabe inferir, por lo tanto, que este fugaz regreso al país no guarda idéntico significado para ambos. La gira vertiginosa que han emprendido con su madre por casas de familiares y amigos representa para Juan la posibilidad de revivir la primera mitad de su infancia. Para Mayra, en cambio, equivale a conocer aquello de lo que tanto le han hablado, transformar ese territorio fantasmal en un sitio poblado por seres de carne y hueso, por lugares con olores y colores concretos. Para Juan, el viaje es un reencuentro; para Mayra, todo un descubrimiento.
Ahora estamos sentados en torno a la mesa, mirando fotos viejas. Ahí está Mayra con dos añitos, cómicamente instalada en un fuentón lleno de agua. Ahí está Juan, gateando. Ahí está mi hijo, chiquito, llevando a Juan de la mano, ayudándolo a dar sus primeros pasos. Ahí está Mayra, invisible, abultando el vientre de su mamá. Ahí estamos todos, adultos y niños, brindando sonrientes durante un asado en Rincón...
Juan y Mayra revisan las fotos con genuina curiosidad. Es natural: se trata de fragmentos de su propia historia, retazos dispersos de un pasado que el océano partió en dos. Examino sus reacciones ante tal o cual imagen y, melancólicamente, siento que esas fotos los ayudan a reconstruir el rompecabezas siempre complejo de la identidad exiliada. Lo sé, es imposible saber en realidad cómo habrán de procesar ellos la experiencia del viaje, es imposible adivinar qué cosas se acomodarán en sus cabecitas y cuáles habrán de desajustarse. La mía es, por ende, una especulación estrictamente adulta. O tal vez sea sólo una expresión de deseos.
"Mira, ese es mi padre", exclama Mayra de pronto, maravillada ante la visión de un joven veinteañero y melenudo que sonríe a cámara. "Pues yo soy más guapo", se burla Juan. Se ríen. Se ríen los dos. Nos reímos todos.
Sí, pienso, algo bueno está sucediendo aquí.
Algo bueno y necesario.



*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar









La mujer de Liñares*




*De Vlady Kociancich




de Cuando leas esta carta




Daisy A. de Liñares despertó una noche de junio para no dormirse nunca más.
La muerte del sueño llegaría tarde a su conciencia, día tras día, hora tras hora, por negros pasadizos de angustia, pero ocurrió esa noche, como la voladura de un puente: primero la explosión, luego el humo, finalmente el vacío.
Se encontró sentada en la cama, sin aire y temblando de estupor.
Instintivamente había puesto una mano sobre la espalda de Liñares. La retiró con una brusquedad no menos instintiva. Espantada, comprendió que el primer movimiento en busca del cuerpo de Liñares pertenecía al pasado y al amor, el segundo a la repugnancia. Y se sintió caer en esa leve raya trazada por la fatalidad como en una grieta cuya hondura alcanzaba el centro de la tierra.
Cuando pudo salir, vio que ya había prendido el velador, ya se deslizaba fuera de la cama, del dormitorio, hacia la sala, apretando llaves de luz, tiritando de frío en un camisón demasiado liviano, rogando que Liñares no se despertara.
Estaban en Berlín y era junio. Se dio cuenta de que repetía en voz baja Berlín y junio como mensajes que le ordenaban transmitir y que temía olvidar. Pensó en la sonrisa divertida de Liñares si pudiera escucharla, en la tutela afectuosa de Liñares sobre los tropiezos que daba, en la gracia con que Liñares narraría a los amigos otra anécdota más, otro párrafo para la antología titulada Mi mujer, edición de autor que circulaba adherida a los libros de Enrique Liñares, el famoso escritor, y también pensó,
inconsecuentemente, en su terrible vergüenza de una tarde, cuando Liñares dijo en público, riendo, mientras la abrazaba:
-Me llama Liñares, como una señora de barrio.
La mujer de Liñares tenía treinta y dos años, aparentaba poco más de veinte.
Las hijas sorprendían como hermanas menores de aquella chica rubia, baja, menuda.
No era hermosa. Era apenas bonita y sabía, sin entristecerse, que el contraste de los grandes ojos castaños con ese pelo de oro, la regularidad de los rasgos, la buena figura, sólo llamaban la atención un momento, como las flores que adornan una mesa antes de la comida.
No era inteligente. Le había costado mucho aprender algo de inglés, algo de francés, para desenvolverse sola en las ciudades donde años atrás acampaban con Liñares (sofás prestados, departamentos provisoriamente vacíos, hospedajes misérrimos) y donde ahora residían, con holgura, hasta con una
moderada exhibición de lujo.
No era culta. Aunque le gustaba leer y lo había hecho, a saltos, afirmada en la robusta erudición de Liñares, se perdía en cierto humor, cierta ironía, cierto lenguaje, como una polilla golpeándose las alas contra los filamentos de la lámpara. Pero podía jactarse de su buena salud.
Aquel cuerpo de escaso tamaño, femenino hasta el borde de la caricatura, tenía una resistencia de leñador. Había soportado inviernos de Madrid en piezas sin calefacción cuando el hielo destrozaba las cañerías, ella y su hija mayor, entonces la única, abrazadas en la cama bajo mantas y un viejo tapado de piel, mientras Liñares, que no podía escribir, buscaba calor y consuelo emborrachándose en las tascas. Contactos, le explicaba Liñares, y ella pensaba que lo hacía por ella. No los libros espléndidos sino la caza nocturna de amigos influyentes. No la obra sino el aprendizaje de una guerra resumida en la palabra abstracta, contactos, que los pondría de pie en el mundo, que los puso, y que luego se borró de la conversación de los dos como una palabra obsoleta.
La mujer de Liñares era simple y alegre. Liñares no se cansaba de elogiar su risa fácil, las pobres cosas que la divertían, la rapidez para olvidar las bromas esquivas, las alusiones en voz baja o voz alta, según el grado de confianza o de histeria, al lastre conyugal de Liñares, que Liñares y sus amistades, hombres y mujeres de psicología muy compleja, sin pudor, sin mala voluntad, repetían en monótona sucesión, cambiando de papel, de idioma, de escenario, pero nunca de tema (el misterio de que un escritor como Liñares soportara una mujer tan tonta) en el transcurso de los años que llevaban juntos.
Sin ese carácter, o ese don, como lo llamaba Liñares, ¿qué hubiera sido del amor de jóvenes que unió un verano de Buenos Aires a la chica preciosa, ignorante empleada de comercio, genes de ama de casa, y al muchacho alto, apuesto como un príncipe de novela y también furiosamente intelectual, ya desdichado, ya escritor, incipiente promesa y colaborando en revistas que morían en el segundo número?
Ella nunca dudó de que serían felices en España, aunque lloró en brazos de la madre cuando debió anunciarle el viaje y soportó la hosca acusación del padre porque se iban sin casarse, aunque la aterraba lo que vendría y vino.
Los trabajos mal pagos, las deudas que Liñares contrajo en seguida, la desesperación de Liñares, las semanas enteras con Liñares tirado en la cama, hundido en los vapores de su abatimiento, insultando ebrio, suplicando lúcido, amándola a rachas, tal como escribía, por inspiración, por extravío, porque simplemente le daba la gana, mientras ella limpiaba, lavaba, cocinaba y ganaba el sustento de los dos favorecida por una cabeza sin enredo, una tenacidad que no caía bajo el embate de las imaginaciones y la ayudaba a tomar el ómnibus todas las mañanas a Madrid, todas las noches de vuelta a El Escorial, abriendo y cerrando el tosco círculo de ocho horas de recepcionista con sueldo en negro.
No era celosa. Si alguna admiración despertaba en los amigos de Liñares, la debía a esa virtud tan rara en las mujeres. Más que tolerar aceptaba, con una sabiduría a la que se mezclaba la inocencia, que un hombre inteligente, buen mozo y célebre, atrajera a otras más inteligentes, más hermosas y célebres que ella. Por otra parte, Liñares se aplicaba en no ofenderla.
Salvo cuando bebía demasiado o no podía escribir, ocultaba generosamente sus amores y ella había tardado (ya no) en descubrirlos o que se los descubrieran, como las nostálgicas, muy detalladas cartas de la estudiante del curso que dictó Liñares en Ohio, la voz en el teléfono del hotel de Colonia que llorando le rogó que dejara en paz a Liñares, la progresiva traducción de compromisos nocturnos, viajes y ausencias de Liñares a cuerpos abrazados. Un cuerpo era el del hombre que irremediablemente, amorosamente, volvía a ella. Del otro cuerpo Daisy apartaba la vista.
Era una madre cariñosa. Las chicas la hubieran comprendido sin esos cambios de un país a otro, de una casa a otra casa, y si Liñares no creyera a pie firme que consintiendo los caprichos de las hijas ganaba un punto de favor sobre los torpes desvelos de la madre, si en nombre de la libertad no estimulara las rebeliones infantiles hasta convertirlas en estallidos de odio contra la carcelera, motines combinados con el sometimiento y el desprecio.
Liñares adoraba a las chicas, insólito en Liñares, que todavía era como un niño y no podía ocuparse de otros niños, nunca se había ocupado, pero era tan bueno en los juegos, en los mimos, en la adhesión casi física a esas miniaturas de ella, como solía describirlas, al punto de jurarle una noche, durante una pelea, que si lo abandonaba tendría que irse sola.
La mujer de Liñares era agradecida. Siempre creyó en el talento de Liñares, creyó que cuando al reconocimiento público se sumara la prosperidad, él se haría cargo con largueza del bienestar de ambos. Liñares cumplió y ella lo agradecía.
Liñares tenía ingenio, además de buen gusto, para hacerle regalos, se acordaba de fechas absurdas, la sorprendía con una caja enorme y una diminuta alhaja adentro o imposibles ramos de rosas. También agradeció la autoridad que empleó Liñares en ayudarla a vestirse mejor, a expresarse mejor, a no humillarlo ante las nuevas relaciones que les impuso la consagración de Liñares. Le agradeció el cambio de su trato, Liñares era más blando ahora, de los furores irracionales de antes apenas conservaba la
mirada rápida, iracunda, la frase desdeñosa si había gente con ellos, y algún estallido de violencia doméstica, un jarrón destrozado, un par de copas, un insulto procaz, cuando quedaban solos. Frecuentemente le decía:
-Nunca amé a otra mujer en mi vida, Daisy A. de Liñares.
Ella tampoco había amado a otro hombre, aunque hacía tanto que él no la quería. Lo había amado con la naturalidad animal con que dormía, acomodándose en el amor como se acomodaba en su lado de la cama, confiada en el amor que sentía por Liñares como confiaba en el sueño que la bajaba suavemente a la almohada para borrar del cuerpo, noche a noche, todas las cicatrices de fatiga.
Hasta esta noche.
Era junio y estaban en Berlín. Débilmente, casi con timidez, murmuró:
-Es junio y estamos en Berlín.
Se acercó a la ventana, descorrió la cortina, miró la calle. No había nadie a esa hora, las dos o las tres de la mañana.
Fue entonces cuando Daisy A. de Liñares, abrumada por el peso de la verdad, dejó caer la cabeza entre los brazos ateridos y lloró silenciosamente, para no despertar a Liñares, la muerte del amor, anunciada por la muerte del sueño.
Una muerte que veló en secreto durante largos meses a partir de esta noche, dejándose engañar de tanto en tanto por un reflejo de ternura, por unos minutos de sopor, hasta el día en que sobrepuesta del duelo, tomó sin escandalizarse la ya cotidiana pastilla, la valija, el pasaporte, el avión de regreso a Buenos Aires. El asombro, el dolor y las hijas, quedaron con Liñares.





*Vlady Kociancich nace en Buenos Aires en 1941. Estudió Letras e inglés antiguo junto a Jorge Luis Borges. Se desempeñó como periodista, crítica literaria y traductora. Como prosista, Kociancich se ha dedicado con igual talento a la escritura de novelas y a la exploración minuciosa y precisa del cuento. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas.
Entre su obra figuran las novelas La octava maravilla (1982), Últimos días de William Shakespeare (1984), Abisinia (1985), Los Bajos del Temor (1992, Premio Sigfrido Radaelli), El templo de las mujeres (1996, finalista del Premio Rómulo Gallegos), y los libros de cuentos Coraje (1971) Todos los caminos (1990, Premio Gonzalo Torrente Ballester, España) y cuando leas esta carta (1998). En 1988 obtuvo el Premio Jorge Luis Borges, otorgado por el Fondo Nacional de las Artes.



*FUENTE: http://www.abanico.org.ar/2007/07/kociancich.mujer.html








EN BUSCA DE UN SUEÑO*




*Silvio Rodríguez



En busca de un sueño
se acerca este joven
En busca de un sueño
van generaciones

En busca de un sueño
hermoso y rebelde
En busca de un sueño
que gana y que pierde

En busca de un sueño
de bella locura
En busca de un sueño
que mata y que cura

En busca de un sueño
desatan ciclones
En busca de un sueño
cuántas ilusiones

En busca de un sueño
transcurren los ríos
En busca de un sueño
se salta al vacío

En busca de un sueño
abrasa el amante
En busca de un sueño
simula el tunante

En busca de un sueño
tallaron la piedra
En busca de un sueño
Dios vino a la tierra

En busca de un sueño
partí con mi día
En busca de un sueño
que no hay todavía.



-Enviado para compartir por Maria Bar. mariabarleiva@yahoo.es






*

Queridas amigas, apreciados amigos:



El domingo 13 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español Antonio Soler, en el piano Elena Riu (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Manoel Alves Calixto (Brasil) y la música de fondo será de Perumanta (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com


Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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EN EL NOMBRE DE DIOS Y DE LA PATRIA
El rifle*




Después de pasar por una dictadura en la que estaba prohibido tener cualquier arma y en la que estuve a punto de tener un serio disgusto por llevar una navaja multiusos en el bolsillo el día aquel de la manifestación, siempre había tenido la necesidad irracional de tener un rifle.
Me sorprendían periódicamente las informaciones que llegaban de Estados Unidos en las que un loco armado se apostaba en una escuela, en un parque o en una estación y con un fusil (a mi me gusta más "rifle"), que había acabado de comprar en una tienda de armas (que era legal allá) se había dedicado a disparar contra todo lo que se movía causando multitud de muertos y otros tantos heridos. El tirador acababa siempre abatido por la policía.

Estoy seguro de que eso ocurría porque los americanos están locos y mal educados, ya que el hecho de tener un rifle no hace perder la cabeza a nadie. Estoy seguro de que si me viera en esta situación sabría perfectamente dominar la ansiedad de disparar.

Parece que haya pasado una eternidad y tan solo fue ayer que llegué a Estados Unidos. Hace mucho calor en lo alto de éste campanario. Las manos me sudan de tanto apretar la culata del rifle que me compré por la mañana. Hay cuerpos en el suelo a lo largo de la calle. Parecía que podría resistirme a disparar, pero tener el poder en mis manos... Ahora me encuentro en el ultimo paso: Ser abatido por la policía.



*de Joan. joan@cimat.es





EN EL NOMBRE DE DIOS Y DE LA PATRIA...






Viernes, 04 de Abril de 2008

Armagedón Inc.*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO

Afuera, en la ciudad, todos miran al cielo y rezan porque caiga la lluvia y que Barcelona se moje para así poner fin a la sequía más grave en medio siglo. Ya han entrado en vigencia normas que establecen multas para el que lave el auto, el que llene la piscina y, dentro de poco, para el que transpire de más. Se viene un verano literalmente ardiente. Los vecinos no quieren que se trasvasen sus ríos para prestar agua y ya se acercan desde el horizonte barcos cisterna cargados con "el precioso y líquido elemento" o "el oro transparente" o lo que prefieran. En un futuro más cercano de lo que creemos, las batallas ya no se librarán en nombre de ese jarabe oscuro que hace correr a los autos y andar a las máquinas sino por el H2O que mueve a los hombres. Literal sed de guerra. "Si el agua hubiera sido inventada después de la Coca-Cola tendría un éxito bárbaro", teorizó alguna vez Bioy Casares, nativo de otro lugar, de otro afuera, del alguna vez llamado "granero del mundo" donde, por estos días, bueno, ya saben...


DOS

Mientras tanto, refiriéndose a un afuera todavía más afuera, George W. Bush insiste en que todo va todo lo bien que cabía esperarse y yo leo un libro sobre el asunto. Un ensayo de esos que lo cuentan todo y que juran decir la verdad y nada más que la verdad y, de golpe y sin anestesia, nos enfrentan
al hecho de que la realidad cada vez es menos realista y cada vez se parece más a una película de los Hermanos Marx. El libro se llama Vida imperial en la Ciudad Esmeralda, está firmado por Rajiv Chandrasekaran y es una de las cosas más graciosas (por todas las razones incorrectas) que he leído en los últimos tiempos. Porque lo que cuenta Chandrasekaran es el modo en que los norteamericanos, luego de la caída de la capital de Irak, fundaron y organizaron lo que se conoce como "Zona Verde": el supuestamente seguro oasis made in USA donde intentan reproducirse absurda, automática y compulsivamente los rasgos más distintivos del american way of life para mantener el buen ánimo de los soldados y para que los hijos de los amigos de Cheney & Rumsfeld & Co. (jóvenes destinados allí para realizar tareas para las que no suelen estar capacitados) no extrañasen las bondades de la patria
durante la catastrófica gestión del virrey L. Paul Bremmer III. Un lugar demencial cruza de Disneylandia con la Freedonia de Sopa de ganso que muy pronto comenzó a ser conocida con un nombre que se refería a otro clásico del cine: Ciudad Esmeralda, aquel lugar donde moraba el supuestamente
todopoderoso pero finalmente insignificante Mago de Oz.


TRES


Y las páginas de la crónica de Chandrasekaran pasaban a varias risas heladas por minuto y en la televisión pasaron No End in Sight, documental de Charles Ferguson cuyo título en español sería Sin final a la vista. Otra de norteamericanos en la Zona Verde. Entrevistas puras y duras a personas que,
en principio, pensaban que estaban haciendo lo correcto pero... Miradas fijas y vacilantes a cámara y palabras que, en ocasiones, cuestan oír por lo que se dice y porque se dice en voz baja y trata más de The War on Error que de The War on Terror. "Sabíamos que había dos o tres maneras de hacer las
cosas bien y unas quinientas maneras de hacerlo mal. Lo que no podíamos imaginar es que iban a ponerse en práctica todas y cada una de esas quinientas maneras", dice allí alguien con el impecable humor negro de ciertos escritores.


CUATRO

Y, sí, mientras yo leía Vida imperial en la Ciudad Esmeralda todo el tiempo se me aparecían los fantasmas de dos de los escritores que mejor narraron la guerra porque supieron ver en ella la posibilidad de contar armoniosamente un caos que desbordaba de posibilidades anecdóticas. Me refiero a Joseph "Catch-22" Heller y a Kurt "Matadero-Cinco" Vonnegut. Heller y Vonnegut marcharon y volaron y fueron bombardeados durante la Segunda Guerra Mundial, esa guerra que marcó a fuego el inconsciente colectivo de los Estados Unidos, una guerra donde fueron buenos indiscutidos e indiscutibles y aquélla en cuya memoria, de tanto en tanto, salen despedidos para caer en sucesivos y cada vez más esperpénticos desastres. La Segunda Guerra Mundial fue la guerra que les tocó sobrevivir para contarla a Heller y a Vonnegut pero -leyendo sus dos novelas más justamente célebres- está claro que tanto uno como otro ya están anticipando y poniendo por escrito a Vietnam y a todo lo que vino y vendrá después. Vietnam es la guerra/estigma/maldición que todavía no ha terminado. Vietnam es la puerta que ya nunca va a cerrarse.
Vietnam queda en el Atlántico Sur, en el País Vasco, en la selva colombiana y en la Zona Verde de Bagdad donde sólo se sirven cereales norteamericanos para así elevar la moral de las tropas.


CINCO

Y no hay mal (la muerte de un genio) que por bien no venga (la publicación de un libro del genio que probablemente el genio no habría publicado nunca).
Y así acaba de salir a la venta Armaggedon In Retrospect: recopilación de textos dispersos, cuentos primerizos, cartas, apuntes (y un apocalíptico último discurso que no llegó a pronunciar) de Kurt Vonnegut sobre su rol en el frente y en la destrucción de Dresde. Y hasta la lista de la compra de
Vonnegut es importante y digna de ser leída; pero lo especialmente interesante de este volumen póstumo es que muestra cómo el escritor decidió no seguir el rumbo natural y reflejo de otros colegas soldados -como James Jones, William Styron, Norman Mailer y, antes, el fundante Ernest Hemingway- para optar por hacer con la materia de la guerra algo muy diferente. Así, cuando alguna vez le preguntaron a Vonnegut por qué no había escrito nada autobiográfico sobre su experiencia como prisionero de guerra, respondió: "Es que fue una experiencia definitivamente pasiva... Mierda, yo no hice nada. Fue a mí a quien le hicieron todo. Así que no es algo acerca de lo que te guste hablar". Cuando, años más tarde, Vonnegut decidió "hablar" al respecto en una novela, bueno, como apuntó un crítico, "le salió algo un
poco raro". Eso "un poco raro" fue Matadero-Cinco.


SEIS

¿Y qué fue lo que hizo a Vonnegut un escritor diferente? Sencillo y complejo: el darse cuenta de la imposibilidad de escribir sobre la Segunda Guerra Mundial (la auténtica "madre de todas las batallas") como si se tratase de una "guerra buena". Lo intentó pero no le salía. Sobre esa "imposibilidad" trata Human Smoke, el polémico y reciente libro de Nicholson Baker subtitulado "Los comienzos de la Segunda Guerra Mundial y el final de la civilización". La tesis del obsesivo y revulsivo Baker -recordar libros como La mezanina o Vox- es, apoyado en fragmentos de información recortada de la época, que entonces hubo malos muy malos (los nazis) y buenos no tan buenos (Roosevelt y Churchill). Y Human Smoke ya ha sido atacado desde varios flancos así como defendido por críticos y lectores que no pueden creer lo que están leyendo porque, por fin, comprenden que toda guerra es básicamente increíble y, aun así, por desgracia, hay tantos graciosos que -en el nombre de Dios y de la Patria- siguen creyendo en ella. El resto, nosotros, aquellos a los que les hacen todo, somos los prisioneros de guerra.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-101812-2008-04-04.html









El pánico de la huida considerada ataca de nuevo (un milagro)*




*Rodrigo Fresán



La idea -me explicó ella pocos días después de su llegada- era aprenderse de memoria todos esos lugares del libro de Hopper co­mo si se trataran de oraciones en un libro. Como cuentos cortos. A ella los cuadros de Hopper siempre le habían parecido cuentos. Miraba esas figuras fundidas en sus reposeras, apoyadas contra la horizontal de bares, detenidas en un camino en busca de una ca­sa, buscando una salida o una entrada desde la ventana de una oficina. Aprendía esas paredes blancas y esa insinuación de los océanos creciendo junto a las puertas entreabiertas.
No, no son cuadros, son historias, se decía a sí misma. Puedo leerlas y lo que más me gusta es que no se conforman con ser ape­nas un instante en la inmensidad del tiempo. Ya sé: los cuadros de Hopper es como si tuvieran un antes y un después. Como cuentos, como historias.
Y se reía.
Por eso se prometió no ser "un instante en la inmensidad del tiempo". A veces ella se avergonzaba de las palabras grandilocuen­tes que usaba para pensar, tan diferentes de los monosílabos a los que condenaba toda conversación. A veces decía en voz alta sus pensamientos y algo cambiaba en la perspectiva de la tarde. Por eso hoy está aquí y mañana allá y cualquier foto de ella debería resignarse a salir movida. Por eso sólo Hopper podría hacerle ple­na justicia a su rostro.
Me gusta -para empezar- no decir su nombre, no revelar su identidad.
Prefiero pensarla así, como una leyenda desconocida, como un strannik de la Rusia medieval, un peregrino que se ha suscrip­to de por vida al método hesychat de plegaria que nos es enseña­do en la Philokalia. Así puedo oírla: orando sin cesar en algún lu­gar de la carretera desierta. Señor Jesucristo,
ten piedad de mí, una y otra vez, sin siquiera mover los labios -cinta de Moebius, monó­logo de contestador telefónico- mientras cabalga una Harley Da­vidson con su pelo rubio flameando como una bandera que ha conocido muchas batallas y ha ganado algunas. El walkman car­gado con casetes de Roy
Orbison, el cantante preferido de su pa­dre por razones obvias. El cromo y el acero que atrapa entre sus piernas en franca colisión con el aire que respira.
En serio.
Nunca he visto una mujer más hermosa.

El día en que le regalé la reproducción de Hopper (Rooms by the Sea, 1951) y la colgamos sobre la cama, en la habitación que jamás supuse se convertiría en la habitación de huéspedes. Ese día fue cuando me confesó por qué se movía todo el tiempo, por qué no se quedaba más que unas semanas en cada lugar, por qué volvía a cerrar su mochila y salía disparada como un espejismo ruidoso.
Si me mantengo en movimiento, dijo ella, La Cosa no va a en­contrar un lugar de dónde agarrarse y tal vez así pueda ganar al­go de tiempo y derrotarla.
Nunca la había escuchado decir tantas palabras seguidas. De­bo confesar que el asombro pudo más que la curiosidad y me pa­reció de mal gusto preguntar de qué era "La Cosa" y de dónde iba a "agarrarse".
Enseguida, como si se diera cuenta que había hablado dema­siado, se cubrió hasta las cejas con la frazada y cerró los ojos y di­jo: "Papá siempre viajaba todo el tiempo y a mí se me debe haber pegado... Aunque nos perseguían cosas diferentes".
Y yo apagué la luz y salí del cuarto.

Ayer me dijo que una de las evidencias incontrovertibles de que el mundo estaba llegando a su fin era que en su Penguin Dic­tionary English-Spanish / Spanish-English figuraba la palabra "reloco".
Lo sacó de su mochila -ese lugar que parece no tener fondo o por lo menos contar con una docena de pasadizos secretos- y me lo mostró. Edición de bolsillo muy usada. Página 425. Reloco: crazy, crackers, bananas, bonkers.
Le dije que no veía la conexión.
Me explicó con un suspiro resignado, me explicó pensando en voz alta que "una cultura que se resigna no sólo a buscar una pa­labra para la demencia sino que, además, se preocupa por aumen­tar la intensidad de su poderío, bueno, ha perdido toda esperan­za en el futuro".
Le dije que sí, que ahora entendía. Lo que no me quedaba del todo claro era por qué insistía en mantenerse en movimien­to si todo estaba perdido, por qué no quedarse a esperar el fin de todos los días en un lugar agradable o, por lo menos, conocido.
No hay nada más trágico que resignarse a esa idea: que el ina­pelable destino de toda la humanidad deba ser el mismo que el de una insignificante persona, me respondió ella con la más tris­te y sabia de las sonrisas.

Llegó hace tres días. Detuvo su motocicleta frente a la cabaña y me pidió si podía darse un baño. Ofreció pagar. Le dije que no hacía falta. Se metió en el baño con su mochila milagrosa y, casi dos horas más tarde, salió en un vestido de lino blanco. Que no tuviera una sola arruga se debía, sin duda, a
las propiedades má­gicas de su mochila.
Me dijo que le gustaba mi casa, que el paisaje era limpio y que uno se acostumbraba enseguida al silencio del lugar. Por eso se había quedado tanto tiempo en la bañadera. Me pidió que la dis­culpara por eso, pero que hacía mucho se había resignado a du­chas apresuradas en terminales de ómnibus y estaciones de tren; que la visión de una bañadera grande y rebosante de agua calien­te le pareció una tentación imposible de rechazar.
Le dije que la entendía a la perfección.
Me gusta mi bañadera. Es uno de esos piletones de loza anti­gua, apoyado sobre las garras de un dragón benigno. Uno de esos valles blancos que parecen haber sido diseñados con mucha más sabiduría que cualquiera de los valles de este mundo.
Ella salió a la galería que rodea la casa, estiró los brazos, hizo crujir sus dedos por encima de su cabeza y sonrió. Igual, casi igual, dijo. Y sin darme tiempo a preguntarle a qué se refería fue hasta su mochila y sacó un libro con reproducciones de un pin­tor norteamericano llamado Edward Hopper.
Buscó un cuadro para mostrarme. Tenía razón; el paisaje y mi casa dentro del paisaje eran casi iguales a ese cuadro del libro. Sólo que no pasa ningún tren junto a mi casa, me excusé. Mejor todavía, dijo ella.
Me invadió una rara forma de felicidad. O tal vez era una felicidad perfectamente normal y lo que descubría era que, bueno, hacía tanto tiempo que no era feliz.
Soy feliz porque creo que ella va a quedarse, pensé entonces.

Nos movíamos por la casa sin entrometemos nunca en el ca­mino del otro, sin superponer nuestras voces. Cuando uno habla­ba, el otro se sentía encantado de escuchar. Y todas y cada una de nuestras actividades -que en un principio parecían completamen­te imposibles de conciliar- pronto parecieron reconocer una coreografía común y una correspondencia secreta por la que nos de­jábamos llevar con el mismo placer que otros se entregan al abrazo imprevisto de una ola o al vértigo anticipado de una mon­taña rusa.
No tardé en descubrir que la interrupción de una rutina por una forma diferente de rutina puede ser una de las tantas versio­nes del paraíso.
No había libros, ni radio, ni televisión y el pueblo más cerca­no -desde donde me traían provisiones una vez cada quince días-­ quedaba a cincuenta kilómetros.
Me disculpé por eso como si fuera mi culpa.
A ella le pareció perfecto, la situación ideal.
Necesitaba separarse un poco del mundo antes de volver al mundo, me explicó.
En algún momento me sugirió que nos contáramos partes de nuestras vidas o mentiras que funcionaran como recuerdos de esas vidas.
Fui el primero en mentir: le dije que mi vida no había sido in­teresante pero que lo interesante era que yo me había propuesto que así lo fuera. Por lo tanto, continué, he tenido la más intere­sante de las vidas para mí y la más estúpida de las existencias pa­ra los demás.
Se rió como si no me creyera demasiado pero con la conside­ración que merecía semejante respuesta. No quiso saber más; en cambio, pareció pensar cuáles episodios dispersos ofrecerme de su biografía.
Me va a venir bien pasar las cosas en limpio, dijo. Lo bueno de contar historias es que se gana tiempo, continuó; de una ma­nera u otra siempre se cuentan historias para ganar tiempo.

Hace tanto que no veo a mis padres, dijo después; mi madre desapareció en una fiesta el 31 de diciembre de 1999. Siglo nue­vo, vida nueva. Era hermosa mi madre, pero estaba un poco loca. En eso debo haber salido a ella. El otro día leí en algún lado un proverbio swahili: "Las hijas de los leones son leones también". Acá tengo una foto de ella. Mi padre... nunca se recuperó del gol­pe. Se habían juntado y separado varias veces. Pero creo que, es­tén donde estén, todavía se aman, a su manera. Como leones. A mi padre hace mucho que no lo veo. Un día dejó todo y se fue a vivir a la finca de la familia. Acá tengo una foto.
Es una foto vieja: un padre antes de siquiera pensar en ser pa­dre, vestido de soldado, mirando a cámara, como se mira a un pe­lotón de fusilamiento, como se mira la última página de un libro que no se quiere terminar.
Durante un tiempo viví con un científico, me dijo otra noche. Un tipo que quería aislar a Dios. Decía que Dios era un virus. O una célula. O una neurona. O una enfermedad. O un cromosoma. No sé; algo por el estilo. Decía que los que creían en Dios tenían abundancia de eso en la sangre. O en los huesos. O en el cerebro. O en algún lado. Y los que no creían eran inmunes al virus, o ca­recían de ese cromosoma, y no podían ser contagiados. Estaba se­guro de eso. Lo que le interesaba era aislar a Dios e inyectárselo a
personas que no creyeran para ver qué pasaba. Quería ver en qué mutaba un agnóstico terminal al ser inyectado. Quería ver si una dosis masiva de Dios capacitaba a alguien para hacer milagros. Ca­minar sobre las aguas y esas cosas. Quería ver si un Dios inyecta­ble era el remedio para todos los males
de este mundo. Un día tu­ve la pésima idea de contarle que, cuando yo era chica, pensaba que Dios era una gran tortuga y que nosotros vivíamos en su ca­parazón y que Dios asomaba su cabeza de vez en cuando. Enton­ces me preguntó si yo creía en Dios. Le contesté que a veces sí y que a veces no.
Nos separamos a los pocos días.

Estamos entrando en la temporada de las lluvias, y con las llu­vias mi humor cambia. Ahora que está ella, descubro que estos cambios se me notan.
Ella me pregunta qué me pasa, por qué estoy distinto.
La lluvia; me pone nervioso, le contesto. El agua en movi­miento me pone nervioso.
Me pregunta por qué.
Cuando era chico casi me ahogué, le miento.

Alguna vez leí que Jesucristo había aparecido en forma de ár­bol, dijo ella varias noches más tarde. En un sic amaro en la pla­za central de un pueblo llamado Canciones Tristes.
Fue hasta su mochila, sacó el recorte y me lo mostró. Un dia­rio local de hace un par de años.
Fue en la época esa que Jesucristo aparecía por todos lados y todo el mundo veía a Jesucristo, dijo. Fue durante los primeros días del siglo XXI.
Jesucristo estaba de moda y las mejores fiestas eran aquellas donde Jesucristo decidía aparecer. Había agencias que alquilaban Jesucristos. Rent A Jesus. Actores sin trabajo. O tal vez fueran los mismos que hacían de Santa Claus en Navidad. Se ponían a dieta y volvían a engordar cuando llegaba diciembre. Bueno, dijo, la cuestión es que yo había estado en Canciones Tris­tes cuando era chica. Así que me subí a la moto, viajé dos días, y ahí estaba el árbol. Rodeado de personas que decían "ah" y "oh" y "tiene los brazos extendidos" y "parece estar llorando" y "yo me lo imaginaba con la nariz más chica". Todo el mundo veía a Jesu­cristo en el árbol, pero nadie parecía tener ganas de preguntarse por qué Jesucristo iba a querer aparecer en un árbol. Pensé que, tal vez, mi científico tenía razón: Dios era un virus, después de to­do. Había una epidemia en Canciones Tristes: gente rezando a los pies del árbol y velas encendidas y ofrendas.
Un chico me dijo que la primera en verlo había sido una nena ciega. La nena iba ca­minando de la mano de su padre y de golpe señaló el árbol sin verlo y exclamó: "iPapi! iPapi! ¡Veo a Jesús!". De verdad era raro, le dije. Un árbol aparece en medio de la noche donde antes no había nada y es descubierto por una nena ciega. El chico me dijo entonces que no, que el árbol siempre había estado ahí. Ah, le di­je yo, pero antes tenía otra forma. No, el árbol siempre había si­do igual. Le dije que no entendía. Me dijo que la gran diferencia era que el árbol ahora era Jesucristo. Fui a buscar un teléfono pú­blico para llamar a mi científico. Me atendió una mujer. Corté sin decir nada, mientras me preguntaba si ella creería todo el
tiempo en Dios.

Ayer no se levantó en todo el día. La puerta de su cuarto esta­ba cerrada con llave. Le pregunté si se sentía bien. Me dijo que sí pero que necesitaba pensar, estar sola, que por favor pusiera su motocicleta a cubierto si empezaba a llover.
Le dije que no se preocupara: Dios protege a todas las moto­cicletas.

A la mañana siguiente se levantó antes que yo. La oí cantar mientras preparaba el desayuno en la cocina. No quise interrum­pirla. Me quedé en la cama, intentando atrapar las palabras que de tanto en tanto se desprendían de la melodía.
Cuando entré en la cocina la encontré ligeramente cambiada. Tan parecida a él. Sí, ya me había mostrado la foto. Pero fue re­cién entonces cuando supe que era ella. Que las casualidades no son -como miente el diccionario- "combinaciones de circunstancias imprevistas o azarosas".
No, las casualidades son un idioma que no se enseña y que unos pocos aprenden en el momento menos pensado. Yesos po­cos a quienes se les revela el secreto de este lenguaje quedan pri­sioneros de él para siempre. Fue entonces cuando toda mi vida pasó frente a mis ojos y descubrí que nada había sido casual, que todo era parte de un plan preestablecido que me había conduci­do a este momento y a esta mujer.
Por un momento me mareé y me apoyé en el respaldo de una silla.
¿Qué te pasa?, me preguntó ella.
Debe ser la edad, respondí yo.
¿Cuántos años?, quiso saber.
Depende del día y de la hora del día, le contesté.
Nos reímos los dos.
Y, fingiendo a la perfección que disfrutaba una taza de café, me senté a esperar instrucciones o casualidades que, estaba segu­ro, no tardarían en enviarme desde algún lado.

Cuando me fui de Canciones Tristes, continuó ella como si se tratara de otra escena de una misma película, me detuve para llevar a un tipo que hacía dedo sentado en un banco de la plaza. No sé por qué paré, nunca llevo a nadie. Bah, sí sé. El tipo era igual a Jesucristo. Podría haberse hecho millonario
como un Je­sucristo de alquiler. O no. Era demasiado creíble; quiero decir, no era un Jesús perfecto como el de las estatuas y el de las igle­sias. Era bajito. Sí, ya sé. Todos los estudiosos dicen que Jesucris­to era bajo, pero el problema de este Jesús era que parecía dema­siado... demasiado... terrestre. Creo que el tipo se daba cuenta y por eso trataba de parecerse lo menos posible a Jesús. Estaba ves­tido con una de esas camperas de esquiador, tenía el pelo recogi­do en una trenza y usaba anteojos negros.
Dijo que iba cerca, a un hotel con un nombre largo. Algo de los Santos.
Tenía que ir a retirar una valija que había guardado en el depósito. Ahora que lo pienso, tal vez lo llevé porque me divirtió toda esa gente co­mo hipnotizada por un árbol donde veían a Jesús mientras, a po­cos metros, tenían un tipo mucho más parecido a Jesús que cual­quier árbol, ¿no? Lo más gracioso es que llegamos a este hotel rarísimo y enorme justo en el momento en que se estaba incen­diando y un tipo salía gritando algo sobre la comida del hotel. Le dije al hombre parecido a Jesús que mejor no entrara. Me dijo que no había problema, que estaba acostumbrado a estas cosas y que estaba dispuesto a pagarme con la respuesta a cualquier pre­gunta, que le preguntara lo que quisiera. Le pregunté si Dios exis­tía. Me contestó que lo importante no es que Dios exista sino que es un gran personaje. Le dije que eso no era una respuesta. Me contestó que lo mío, si lo pensaba un poco, tampoco era una pregunta.
Ayer por la noche ella se desmayó mientras desarmaba el mo­tor de su motocicleta. La llevé a la cama. Cuando abrió los ojos me dijo que se alegraba de verme, que en el momento en que se desmayaba pensó que no iba a verme más.
Le pregunté si ya le había pasado antes.
Me dijo que no, pero que tal vez Dios la haya contagiado fi­nalmente. O tal vez fuera hora de ir empezando a creer, por las dudas. Que tal vez hubiera algo del otro lado.

Hoy ella me contó la historia más corta de todas.
Jesús se le apareció a papá y le dijo que esa noche hiciera el amor con mi mamá y así fui concebida, me dijo.
Me quedé esperando el resto de la historia y ella me gritó que qué esperaba, que eso era todo, que dejara de mirarla así. Y se le­vantó y salió a la galería a fumar un cigarrillo.
Después me pidió disculpas sin demasiada convicción, del mismo modo en que uno se disculpa cuando pisa a su pareja du­rante un baile.
Le pregunté por qué todas las historias de su vida tenían que ver con Dios y Jesucristo.
Sin darse vuelta me contestó que esa era una pregunta muy es­túpida y que ella no era un Rent A Jesus.
Hay mujeres, pensé entonces, a las que recién se las conoce del todo cuando se las oye llorar de espaldas por primera vez.

Sueño que ella es una heroína en medio de la tormenta atada al mástil de un barco fuera de control. Truenos y rayos y marine­ros entregándose a la desesperación de un naufragio sin tierra a la vista y ella atada al mástil.
Atada al mástil, la pálida heroína as­ciende a los cielos.

Me despierto y sé exactamente lo que debo hacer. Alguien me dicta en voz baja todos y cada uno de mis movimientos. Alguien a quien no puedo ver pero escucho claramente.
Nunca desconfíes de lo invisible.
Su mochila es una prueba irrefutable de que hay otras dimen­siones que, de vez en cuando, interceptan con la nuestra. Lo que quiero decir es que no pueden entrar tantas cosas en tan poco es­pacio. Esta noche descubro algo que las otras noches, estoy casi seguro, nunca estuvo allí y que ahora se ha materializado como por arte de magia: un corto cilindro de plástico negro.
Lo abro y extraigo un rollo de radiografías con una etiqueta y el nombre de ella escrito a máquina. Las miro a contraluz y ahí está la respuesta. Ahí está "La Cosa" que la mantiene en constan­te movimiento para no ofrecer un lugar "de donde agarrarse".
Lo más extraño de todo es que lo que veo no deja de ser her­moso. Porque algo me permite ver más allá de lo que muestran las fotografías. Algo me permite ver ahora dentro de ella durmien­do en la habitación de al lado: los finos trazos de la metástasis es­cribiendo su organismo con la más elegante de las caligrafías, la sorpresa de sus médicos cuando descubrieron que había huido del hospital, la fecha de vencimiento al final del camino.
Oigo un ruido a mis espaldas y me doy vuelta y ahí está la mu­jer más hermosa que vi en mi vida, desnuda, y con el rostro cu­bierto por una extraña máscara que, seguramente, escondía en al­guno de los pliegues
espacio-temporales de su mochila.
A pesar de no verle los ojos, nada me cuesta adivinar que es­tá llorando y que no está mal que así sea.
No me sacaba nunca esta máscara. Cuando era chica. Es una tortuga. Una de las cuatro Tortugas Ninja. Donatello. Todavía me la pongo. De vez en cuando.
Cuando me ataca, como decía mi padre, el Pánico de la Huida Considerada.
Esto es lo que dice Selene.

Un día, tanto tiempo atrás, cuando yo tenía ocho años de edad, mi tía Ana me llevó a ver una película de dibujos animados llamada Fantasía.
Escobas fuera de control.
El aprendiz de brujo.
Vi una y otra vez El aprendiz de brujo (el resto de la película nunca me interesó demasiado) y seguro que se han encontrado más de una vez con un amigo íntimo o un perfecto desconocido que les habrá dicho que cierta película "me cambió la vida, en serio".
No les crean a ellos. Exageran. Tengan en cambio -aunque apenas me conozcan desde un par de días atrás o quizá desde al­gún tiempo- la infinita gentileza de creerme a mí.
Porque ese episodio de una película llamada Fantasía cambió mi vida y -de algún modo y sin siquiera proponérmelo- las vidas de todos aquellos que me rodeaban.
Antes de desaparecer -de hacerme invisible para todos aque­llos que me habían conocido- supe que era demasiado podero­so... o diferente... o que no encajaba en el esquema general de las cosas. Supe que podía llegar a ser peligroso. Supe que lo me­jor era esfumarme sin aviso alguno, sin motivo aparente, como por -sí- arte de magia.
No creo haber solucionado nada.
Simplemente desaparecí.
No hubo nuevas fotos mías y así, con los años, acabé siendo tan sólo esas viejas fotos.
Cuando esas fotos perdieron sus colores o, sencillamente, se perdieron, conocí el raro privilegio de dejar de ser incluso ese recuerdo para empezar a ser corregido de maneras siempre dife­rentes.
Hasta las locuras que habían convertido mi juventud en leyen­da dejaron de ser verosímiles y pronto fueron rumores de viento sobre cuya verdad nadie se atrevería a jurar ni siquiera por un pe­rro llamado Fido. Pronto fui perfecto en la memoria de los otros.
Nadie que me conoció entonces podría reconocerme ahora. He cambiado y está bien que así sea.
Lo extraño es que, de proponérmelo, yo podría reconocer hoy a todos aquellos que poblaron mi pasado, por más que sus rostros hayan cambiado tanto como el mío.
Un par de años atrás, sin que él se diera cuenta, compartí el camarote de un tren con mi hermano menor Alejo. Me pidió ocupar la cama de abajo. "Siempre me caigo de la de arriba...", me explicó.
Hablamos toda la noche -Alejo parecía haber extraviado en algún momento o lugar la definición de la palabra sueño-, conver­samos apenas iluminados por el resplandor intermitente de esta­ciones cuyos nombres ignorábamos y de trenes cuyos destinos no nos interesaban. Me mintió que era feliz, que su
esposa lo amaba más que a nadie en el mundo y que su hija era una exitosa abo­gada. No habló de su hermano mayor. Ni siquiera para mentir otro poco.
Entonces comprendí que era mejor no revelarle mi identidad. Cuando las personas desesperadas ni siquiera te inclu­yen en sus mentiras significa que nada desean más en la vida que el olvido o tu inexistencia.
La tarde en que desaparecí -la tarde en que dejé de existir pa­ra casi todos menos para Alejo-, recuerdo que llovía como en la Biblia y el mundo me pareció, de improviso, repleto de infinitas posibilidades. Me rendí ante su fuerza, había voces en esa lluvia, me dejé llevar por un torrente de palabras en el agua. Órdenes que se superponían impidiéndome discernir la perfección y la se­guridad de un mensaje claro, de un mandato digno de ser ejecu­tado. Semanas atrás me había ocurrido lo mismo en Londres, en un
restaurante.
Con el correr del tiempo sólo volví a sentir lo mismo apenas dos o tres veces. No me pidan que explique cómo se siente. Diga­mos que es lo más parecido a tener una lamparita encendida flo­tando dentro de un globo por encima de la cabeza. Como en las historietas.
Tuvieron que pasar todos estos años, tuve que intentar desci­frar en vano la verdad bailando bajo tantas lluvias -monzones en el Pacífico, huracanes en el Golfo, tempestades en las montañas- ­para encontrarme con esta mujer llamada Selene y con esta lluvia que ahora entiendo hasta en la más secreta de sus inflexiones con una sabiduría que trasciende por encima de la frontera de unos pocos minutos dorados.
Dios no es un árbol. Dios no es un virus. Lo único que im­porta es que, exista o no, Dios es un gran personaje. Un persona­je digno de ser imitado.

Ahora llueve, llueve y salgo y camino bajo la lluvia y Selene duerme.
Miro al cielo y abro la boca para que entren en mí todas esas palabras que no son tantas pero se repiten una y otra vez como si no estuvieran del todo seguras, como si quisieran cerciorarse de que me las he aprendido de memoria, que las llevaré tatuadas en mí hasta el día que me muera y que no me moriré hasta po­der llevar a cabo su piadoso designio. Porque al final de una lar­ga espera se me ha honrado con la posibilidad cierta de un mi­lagro.
Miro a los cielos, muestro los dientes, alzo mi puño y grito: "¡Sí, voy a curarla!".
Y juro una y otra vez, aunque no sea necesario, por el solo placer de jurar hacer algo de lo que me sé capaz. La lluvia me cree y comienza a amainar y ahora la bofetada del diluvio cambia a ca­ricia de llovizna.
Comprendo que -después de tanto tiempo y de tantos paisa­jes- he conseguido detener la infernal danza de todas esas esco­bas por mis propios medios, sin ayuda alguna.
Recuerdo las palabras que había leído en un libro mucho tiempo atrás: "No hay coincidencias. Ese término es sólo utiliza­do por gente ignorante. Todo en el mundo está hecho de electri­cidad. Y, si son lo suficientemente poderosos, los pensamientos de un hombre pueden cambiar al mundo que lo rodea".
Ahora pienso en mí como el fantasma de esa electricidad, el cable conductor, la poderosa máquina de donde brotan todos los relámpagos.
Por eso me quedo ahí, bajo la lluvia. En el lugar exacto que -de ser posible el trazado de un mapa con tal fin- resultaría ser el centro mismo del universo. Consciente por primera vez de que nunca les dije mi nombre, que nunca les describí mi rostro o les revelé mi color preferido.
Creo que no es importante y ya es hora de dormir.
Léanme como a un cuadro de Hopper. Como a alguien que siempre tuvo un antes y que ahora descubre la posibilidad de un después.
No me pidan mucho más que esto.
Confórmense entonces con el modo en que se me describe por estos lados.
Cuéntenle a sus amigos que yo soy "ese tipo que sonríe todo el tiempo... ese que camina como si flotara a un centímetro del suelo".




*Rodrigo Fresán nació en Buenos Aires, Argentina, en 1963. Ha ejercido el periodismo en numerosos medios, escribiendo sobre gastronomía, música, crítica literaria y cine.
Su primer libro, Historia Argentina, fue elegido por la crítica como la revelación narrativa de 1991, y publicado en España y Francia. Varios cuentos de ese libro aparecieron en diversas antologías en Argentina, España, Inglaterra, México y Venezuela.
La velocidad de las cosas fue una de las mejor novelas argentinas publicadas en 1998. Y su última novela, Jardines de Kensington ha cosechado encendidos elogios.
Actualmente reside en Barcelona. Entre sus obras podemos citar: Historia argentina, 1991; Vidas de santos, 1993; Trabajos manuales, 1994; Esperanto, 1995; La velocidad de las cosas, 1998; Apuntes para una teoría del lector; Mantra,2001; Jardines de Kengsington, 2004.

*Fuente: http://www.abanico.org.ar/2007/03/fresan.panico.html





Cazador*



Disparador de mis sueños
Catalizador de mis angustias
Escultor de mis deseos
Descifrador de enigmas
Creador de la sensualidad
Más íntima, inimaginable...


Disfraces de la vida
Que encubre miles
De sensaciones
De sentidos profundos,
Intensos,
Que se dibujan
Al desnudo de
Nuestros encuentros,-



*de Azul. azulaki@hotmail.com






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 6 de abril del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Alcyr Guimaraes. Las poesías que leeremos pertenecen a Christiano Whitaker (Brasil) y la música de fondo será de Bandolas de Venezuela (Venezuela). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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