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El baúl de mis días
Os abro el baúl que contiene las emociones que lo van llenando cada día
Acerca de
Ya no quiero las llaves que abren el baúl que guarda mis emociones, que vuelen libremente y lleguen a quién más las necesite. A veces hay dos personas en el mundo que sienten lo mismo al unísono.
Sindicación
 
EL QUERER
Para los que como yo entendáis más bien poco del querer, del cómo querer de cómo aceptar y recibir el amor que nos brindan los demás; os recomiendo el Camino al encuentro de Jorge Bucay.

Durante mucho tiempo pensé que querer era lo más sencillo del mundo, y que si querer era fácil, ser querido aún lo era más. Pero no es así.

No todos queremos de la misma forma ni lo demostramos igual, es por eso que muchas veces no entendemos la manera que tienen los demás de querernos.

Erróneamente esperamos que nos quieran de la misma forma que nosotros, igual o más si es posible. Pero el querer no tiene magnitud. Querer es priorizar, es dar sin espera recibir nada a cambio. Querer es desear tener cerca.

Empecé a pensar en esto cuando dejé de sentirme querida por la persona a las que más amo en este mundo y que es a la vez la que más me ha querido nunca. En su día a día, con sus pequeños gestos, su manera especial de hacer las cosas y el brillo particular de sus ojos al mirarme, sabía que me quería, que yo era importante para él, me sentía especial y feliz de amar y ser amada.

Evidentemente mis gestos de amor no eran los mismos que los suyos, pero no por eso no le quería, simplemente amamos de formas diferentes y somos distintos, por eso no son los mismos gestos de demostración. Todo iba bien hasta que en mi cabeza se formuló la siguiente pregunta: ¿Me quiere?

¿Me quiere? ¿Eso se tiene que preguntar? ¿De verdad un “sí” o un “no” son respuesta suficiente a esa pregunta? Yo creo que no. El querer no se expresa con palabras, sino con acciones. Y si no somos capaces de reconocer esos gestos de amor, ¿de verdad nos va a bastar un sí como respuesta? Si no reconocemos nada en la forma de actuar de esa otra persona que nos indique que nos quiere puede ser que no nos quiera, pero también puede ser que estemos negados a entender que ella quiere de forma distinta. Porque reconocer eso implica hacer el esfuerzo de conocer y reconocer la manera de querer de otros. Es más fácil decir que no nos dan lo que queremos.

Y pensándolo bien, que mejor respuesta a un “Te quiero” que un “lo sé”. Eso significaría que entienden nuestra forma de querer, que saben dónde están nuestros gestos de amor. Pero la mayoría no estamos preparados para esto, porque siendo sinceros, si a una declaración de amor nos responden “lo sé”, a más de uno le entrarían ganas de mandar a ese “lo sé” a un sitio muy muy lejano.

Tal vez por pensar que querer y ser querido es tan sencillo no nos hemos esforzado lo suficiente en aprender a hacerlo. Y por culpa de ese error, ¿cuántas muestras de amor nos hemos perdido?, ¿cuántos gestos no hemos entendido? ¿Estamos tan sobrados de amor que nos podemos permitir no descifrarlo?
 
¿DECEPCIÓN?
¿Cuándo es que aparece la decepción? ¿Es culpa de otros o de nosotros mismos?

Todos nos hemos sentido decepcionados en alguna ocasión, casi siempre son otros los que nos decepcionan, y algunas, aunque no tantas, somos nosotros mismo la causa de la decepción.

Es algo que no nos esperamos, que aparece por sorpresa y que a veces nos duele. Porque es curioso, pero a veces nos decepcionamos pero no nos enfadamos.

Tal vez la respuesta a la decepción es tan sencilla como decir que la culpa es nuestra, estemos decepcionados por otros o por nosotros mismos. Hemos fijado unas expectativas demasiado altas, nada realistas, y al no cumplirse nos sentimos decepcionados.

Entonces la pregunta cambia, ¿por qué nos esforzamos en fijarnos objetivos y expectativas nada realistas? No creo que sea porque nos guste sentirnos decepcionados. Tal vez es porque las expectativas realistas son demasiado poco para nosotros, y es más fácil construir castillos de arena que buscar lo que necesitamos en otro lado.

Por ejemplo en las relaciones. Muchas veces nos habremos sentido decepcionados por nuestra pareja. Al sentirnos decepcionados la estamos culpando de no habernos dado lo que nos merecemos, de no haber hecho lo que nosotros esperábamos. Pero, ¿y si no es así?, ¿y si la culpa es nuestra? Hemos esperado algo que esa persona no nos puede dar o no está dispuesta a dar. En vez de aceptarlo y de actuar en consecuencia seguimos esperando que eso tan deseado llegue algún día, que esa persona cambie o simplemente que sea la que nosotros pensamos que tiene que ser.

¿Cobardía? Yo creo que sí. No nos gusta ni ceder ni fracasar. Después de una larga relación, en la que nos hemos sentidos especiales, valorados, queridos… de repente sentimos que no recibimos nada, y en vez de afrontar que las cosas cambia, que con el tiempo el viento mueve las cosas… preferimos seguir creyendo que todo cambiará algún día no muy lejano.

¿Por qué no somos capaces de ser realistas, de aceptar las cosas como son hasta que ya nos hemos consumido?

Porque eso es lo que hacemos la mayoría, agachamos la cabeza y defendemos nuestra espera a capa y espada, porque estamos realmente convencidos de que el cambio esta cerca.

Si llegásemos a aceptarlo a tiempo se nos presentaría un dilema. Tenemos dos opciones: una es la de cortar por lo sano, esa persona no nos puede dar o no quiere darnos lo que nosotros necesitamos y deseamos, así que nos quedamos con lo vivido y que eso nos sirva de experiencia para la próxima vez, y salimos al mundo a seguir viviendo y a buscar lo que necesitamos para satisfacer nuestras expectativas. La otra opción puede parecer más sencilla, pero no es siempre la más fácil, es la opción de ceder, de acostumbrarte y adaptarte al cambio real y no esperar el cambio que nunca va a llegar. Hay que ver hacia que lado se inclina la balanza y comprobar si es realmente algo tan importante, o si por el contrario, todo lo demás que tenemos con esa persona compensa esa carencia.

Cuanto más tarde nos damos cuenta de que nuestras expectativas no eran reales peor. Después de años me doy cuenta de que no es decepción lo que siento, sino que soy una cobarde por no haber aceptado que hay cosas que nunca llegarán.