ME DA POR CONTAR
O no escribo ni mú o me da por contar.
Debe ser una muestra de mi inestabilidad emocional.
Aunque pueda parecer, por el tono del post anterior, que estoy a punto de poner a toda voz el “Soooooolaaaaaa...” de Diana Navarro y acabar por tomarme un tubo de pastillas para acompañarlo, lo cierto es que en estas semanas uno ha ido metabolizando como bien ha podido la nueva situación. Lo que pasa es que he tardado en ser capaz de contarlo.
Eso no quiere decir que esté para tirar cohetes, porque no lo estoy. Pero tampoco me llegan las ojeras al suelo como los primeros días, ni estoy tan dramático como las primeras semanas (que le pregunten a Alberto), ni me resulta todo tan difícil de sobrellevar como durante el Puente.
Superada esa primera prueba en la que Orlando y servidor intentábamos ver si se podía mantener una relación solo como amigos, la siguiente estancia en Navidad fue mucho mas llevadera.
Aún así no tenía mucho ánimo para felicitar a nadie y mucho menos para instalar un belén, o decorar un abeto como el año pasado en este espacio. Entre otras cosas, porque a parte del desamor la blogosfera me había ocasionado mas de un disgusto y decepción como para poner adornitos.
A pesar de todo, sí que hice un esfuerzo por enviar unas palabras a modo de felicitación navideña a través del correo. Agradecí las respuestas conservándolas en la memoria y el corazón, y guardé los silencios, algunos esperados y otros no, en un cajón de olvidos la mar de mono que me he comprado.
Por Fin de Año me pasé a los mensajitos de móvil, mas caros pero también mas simpáticos. Dirigidos a los amigos que se preocuparon por felicitarme por el nuevo año o por mi onomástica y a algunos otros que no se acordaron pero sabía que les gustaría recibir unas palabras de recuerdo por mi parte.
En esta ocasión, no tuve que engordar el cajoncito, entre otras cosas porque a los que ya estaban dentro no pensaba importunarlos mas, y no hubo ningún nuevo ingreso, lo cual “a la reina y a mi nos llena de satisfacción...”.
Agradecí especialmente el interés y las palabras de aliento por parte de aquellos que ya conocían la situación que estaba viviendo. Incluso de quienes han soportado mi ausencia cuando también necesitaban consuelo o compañía. Siento no haber podido estar ahí.
Ni la Navidad ni la Nochevieja fueron este año especialmente alegres. Lo cierto es que las recordaré siempre como algo tristes y muy muy raras, en cuanto a mi estado de ánimo.
Me han ayudado a sobrellevarlo sesiones continuas de los episodios de Sexo en Nueva York contrarrestado con ratitos de música. Melancólica, claro.
El viaje a Madrid durante el puente fue especialmente incómodo. Las piezas debían encajar de nuevo y con forma cambiada. El puzzle era ahora distinto.
De aquellos días el mejor recuerdo que tengo es una cena en el Public con Orlando, a pesar de la tristeza de celebrar el cumpleaños de manera tan diferente a como semanas atrás yo soñaba, y el reencuentro con Ekiots o Mugalari, con quien compartimos unas copas y se convirtieron en los primeros en saber qué nos pasaba.
El siguiente viaje a Madrid por Navidad fue mas sereno.
Entre ambos, la celebración de mi cumpleaños pospuesta para el día 15. Un almuerzo en casa en el que participaron Pcj, Crazy, Dik, Mikgel, Quijote, Shiquillo, su Gaby, y sus amigas Yoli y Nuria, a los que agradecí extraordinariamente la compañía y preocupación por verme ciertamente apagado.
Y después de Nochebuena un breve encuentro con Mikgel y Vulcano, al que no iba a poder ver en Madrid por irse fuera los días en que yo volvía. Un encuentro que siempre sienta bien, aunque seamos tan diferentes a la hora de exteriorizar e interiorizar las fracturas de la vida.
El día 26 me acogían de nuevo en Residencial Orlando. Como dije antes la situación fue menos tensa. Y pasamos buenos días. Dedicados en buena parte a ir de compras: Fuencarral y otras calles del centro, La Vaguada, Mediamarket... buscando regalos y detallitos, como el que necesitaba para el amigo invisible que algunos de la chupipandi celebramos el Día de Reyes.
A Orlando le llamó la atención y a mi me encantó la idea, siendo además exactamente del precio que nos habíamos autoimpuesto para el regalo, 6 leuros. Al final le tocó a Pcj, quien quedó encantado con ello dándole uso inmediatamente. Se trataba de un llavero con dos mariquitas muy simpáticas una montando a la otra. Para entendidos, vaya...
Aproveché también para comprar el regalo de cumpleaños de Orlando, un buen reloj con el que pudiera recordarme, si la vida nos separaba. Uno de mis momentos “tan así”...
Aunque hicimos planes para ir al zoo hubo que dejarlo para otro día, pero sí pude disfrutar con él de una mala pero divertida función de teatro con Loles León llamada “Por los pelos”, en las que se interactúa con el público.
No faltaron nuestras tradicionales visitas a Berkana y a la chocolatería de Valor (¿Alejandros, para cuando nuestra cita con Ocumare en Sevilla?), así como los paseos por Chueca, las cenitas y almuerzos en Wagaboo, Kola Bora, La Barriga Llena, Vips, Forrest Hollywood, y otros locales cuyo nombre olvidé.
No faltaron tapas y cervecitas en La Vinateca, Stop Madrid, o cafés con tarta en Buenos Aires o Isolé. Como novedad volví a mi niñez con Cortilandia, y hasta me hice una foto con Tinky Winki, en repentina ocurrencia de Orlando.
También se empeñó en regalarme una caricatura, para la que yo debía posar en plena Plaza Mayor rodeado de gente con pelucas, a lo que me negué escapando como pude. ¿Yo allí sentado mientras me sacan narizota y mofletudo perdido en colorines? Quita, quita, que vergüenza... y eso que me muero por tener una. Quizás con menos gente me anime.
Sin darnos cuenta pasaron los días. Y hube de decir adiós a Madrid.
Y a Orlando. Quien sabe por cuanto tiempo. Y si ello me ayudará o no a superarlo definitivamente o esto no tiene cura.
Ya de vuelta, tras la uvas, empecé de nuevo el año con Shiquillo y su Gaby, tomando una copa en el República, donde me encontré con unos amigos de Pcj y mis ojos me sorprendieron mirando fijamente a un chico muy mono que andaba por allí. Al mirarle me preguntaba por dentro si sería capaz de dejar de sentir pronto lo que siento por Orlando. Y de momento la respuesta no es la que me gustaría.
Aunque no hicimos nada del otro mundo esa copa (aunque nos pareció garrafón) de apertura del año con la parejita me vino muy bien. Como la llamada de Orlando del día siguiente para felicitarme. Un regalo mas.
Este año no me puedo quejar. Entre el cumpleaños, Navidad, mi santo y los Reyes, lo cierto es que se acumulan las ocasiones de recibir. Y este año de forma considerable hubo muchos regalitos.
Para empezar, antes de Navidad un viejo amigo me regaló una caja roja de bombones Nestlé de 800 grs que nos vino de perillas en casa para los días de Fiesta.
Me autoregalé en diciembre: Un abrigo negro cruzado, un jersey morado y una camisa de listas moradas y blancas de Zara. Una bufanda blanca y negra de H&M de rayas. Unos zapatos negros de cordones muy rabajaditos. Un móvil Nokia N70 con los puntos Vodafone. Y un par de camisas en las rebajas...
Orlando me regaló por mi cumple: El bote de perfume Allure de Chanel que comenté en el post anterior y la caja de metal con todos los discos de Amaral. Por mi santo: El doble CD b.s.o. de Almodóvar. Y por Reyes: El cómic de Ralph Koenig “Bracitos de gitano” y una manta eléctrica de cuerpo entero para la cama, que ha sido el regalo estrella de la temporada, je, je.
Alberto me regaló por mi cumpleaños: La entrada de tres días de la Expo Zaragoza 2008, a la que acudiré con las vacaciones de verano.
La chupipandi por mi cumple me regaló la sexta temporada de Sexo en Nueva York en DVD y el libro “La bodega” de Noah Gordon. Además organizamos un amigo invisible por Reyes, en el que me tocó un calendario de canicas imantadas para el frigorífico muy chulo y ciertamente útil con su correspondiente Agenda sexuá de Ralph Koening, muy elaborada por Shiquillo.
Por último, la familia, entre mi cumpleaños, mi santo y el día de Reyes me regalaron una cámara de fotos de 7’5 megapíxeles, una bombonera de cristal llena de gominolas, un ratoncito de peluche, unos guantes de piel negros, unos guantes de piel en tono camel y un pijama.
Y..... el sorpresón de un disco duro multimedia de 500 Gb.
Debería sentirme satisfecho ¿no?
Aunque el regalo que mas deseo sigue sin llegar.
Igual no llega nunca.
¡¡¡Uyyyy, lo que he dissshoooo!!!
Ese no es un pensamiento positivo como los que me recomendó Oliver. Será mejor que vaya a fustigarme. Cuando vuelva regresaré lacerado.
Y por si tardo... espero que disfrutéis del carnaval.
Yo ya llevo mi disfraz, pero como dije hace justo un año, no creo que os guste el que he elegido.
Debe ser una muestra de mi inestabilidad emocional.
Aunque pueda parecer, por el tono del post anterior, que estoy a punto de poner a toda voz el “Soooooolaaaaaa...” de Diana Navarro y acabar por tomarme un tubo de pastillas para acompañarlo, lo cierto es que en estas semanas uno ha ido metabolizando como bien ha podido la nueva situación. Lo que pasa es que he tardado en ser capaz de contarlo.
Eso no quiere decir que esté para tirar cohetes, porque no lo estoy. Pero tampoco me llegan las ojeras al suelo como los primeros días, ni estoy tan dramático como las primeras semanas (que le pregunten a Alberto), ni me resulta todo tan difícil de sobrellevar como durante el Puente.
Superada esa primera prueba en la que Orlando y servidor intentábamos ver si se podía mantener una relación solo como amigos, la siguiente estancia en Navidad fue mucho mas llevadera.
Aún así no tenía mucho ánimo para felicitar a nadie y mucho menos para instalar un belén, o decorar un abeto como el año pasado en este espacio. Entre otras cosas, porque a parte del desamor la blogosfera me había ocasionado mas de un disgusto y decepción como para poner adornitos.
A pesar de todo, sí que hice un esfuerzo por enviar unas palabras a modo de felicitación navideña a través del correo. Agradecí las respuestas conservándolas en la memoria y el corazón, y guardé los silencios, algunos esperados y otros no, en un cajón de olvidos la mar de mono que me he comprado.
Por Fin de Año me pasé a los mensajitos de móvil, mas caros pero también mas simpáticos. Dirigidos a los amigos que se preocuparon por felicitarme por el nuevo año o por mi onomástica y a algunos otros que no se acordaron pero sabía que les gustaría recibir unas palabras de recuerdo por mi parte.
En esta ocasión, no tuve que engordar el cajoncito, entre otras cosas porque a los que ya estaban dentro no pensaba importunarlos mas, y no hubo ningún nuevo ingreso, lo cual “a la reina y a mi nos llena de satisfacción...”.
Agradecí especialmente el interés y las palabras de aliento por parte de aquellos que ya conocían la situación que estaba viviendo. Incluso de quienes han soportado mi ausencia cuando también necesitaban consuelo o compañía. Siento no haber podido estar ahí.
Ni la Navidad ni la Nochevieja fueron este año especialmente alegres. Lo cierto es que las recordaré siempre como algo tristes y muy muy raras, en cuanto a mi estado de ánimo.
Me han ayudado a sobrellevarlo sesiones continuas de los episodios de Sexo en Nueva York contrarrestado con ratitos de música. Melancólica, claro.
El viaje a Madrid durante el puente fue especialmente incómodo. Las piezas debían encajar de nuevo y con forma cambiada. El puzzle era ahora distinto.
De aquellos días el mejor recuerdo que tengo es una cena en el Public con Orlando, a pesar de la tristeza de celebrar el cumpleaños de manera tan diferente a como semanas atrás yo soñaba, y el reencuentro con Ekiots o Mugalari, con quien compartimos unas copas y se convirtieron en los primeros en saber qué nos pasaba.
El siguiente viaje a Madrid por Navidad fue mas sereno.
Entre ambos, la celebración de mi cumpleaños pospuesta para el día 15. Un almuerzo en casa en el que participaron Pcj, Crazy, Dik, Mikgel, Quijote, Shiquillo, su Gaby, y sus amigas Yoli y Nuria, a los que agradecí extraordinariamente la compañía y preocupación por verme ciertamente apagado.
Y después de Nochebuena un breve encuentro con Mikgel y Vulcano, al que no iba a poder ver en Madrid por irse fuera los días en que yo volvía. Un encuentro que siempre sienta bien, aunque seamos tan diferentes a la hora de exteriorizar e interiorizar las fracturas de la vida.
El día 26 me acogían de nuevo en Residencial Orlando. Como dije antes la situación fue menos tensa. Y pasamos buenos días. Dedicados en buena parte a ir de compras: Fuencarral y otras calles del centro, La Vaguada, Mediamarket... buscando regalos y detallitos, como el que necesitaba para el amigo invisible que algunos de la chupipandi celebramos el Día de Reyes.
A Orlando le llamó la atención y a mi me encantó la idea, siendo además exactamente del precio que nos habíamos autoimpuesto para el regalo, 6 leuros. Al final le tocó a Pcj, quien quedó encantado con ello dándole uso inmediatamente. Se trataba de un llavero con dos mariquitas muy simpáticas una montando a la otra. Para entendidos, vaya...
Aproveché también para comprar el regalo de cumpleaños de Orlando, un buen reloj con el que pudiera recordarme, si la vida nos separaba. Uno de mis momentos “tan así”...
Aunque hicimos planes para ir al zoo hubo que dejarlo para otro día, pero sí pude disfrutar con él de una mala pero divertida función de teatro con Loles León llamada “Por los pelos”, en las que se interactúa con el público.
No faltaron nuestras tradicionales visitas a Berkana y a la chocolatería de Valor (¿Alejandros, para cuando nuestra cita con Ocumare en Sevilla?), así como los paseos por Chueca, las cenitas y almuerzos en Wagaboo, Kola Bora, La Barriga Llena, Vips, Forrest Hollywood, y otros locales cuyo nombre olvidé.
No faltaron tapas y cervecitas en La Vinateca, Stop Madrid, o cafés con tarta en Buenos Aires o Isolé. Como novedad volví a mi niñez con Cortilandia, y hasta me hice una foto con Tinky Winki, en repentina ocurrencia de Orlando.
También se empeñó en regalarme una caricatura, para la que yo debía posar en plena Plaza Mayor rodeado de gente con pelucas, a lo que me negué escapando como pude. ¿Yo allí sentado mientras me sacan narizota y mofletudo perdido en colorines? Quita, quita, que vergüenza... y eso que me muero por tener una. Quizás con menos gente me anime.
Sin darnos cuenta pasaron los días. Y hube de decir adiós a Madrid.
Y a Orlando. Quien sabe por cuanto tiempo. Y si ello me ayudará o no a superarlo definitivamente o esto no tiene cura.
Ya de vuelta, tras la uvas, empecé de nuevo el año con Shiquillo y su Gaby, tomando una copa en el República, donde me encontré con unos amigos de Pcj y mis ojos me sorprendieron mirando fijamente a un chico muy mono que andaba por allí. Al mirarle me preguntaba por dentro si sería capaz de dejar de sentir pronto lo que siento por Orlando. Y de momento la respuesta no es la que me gustaría.
Aunque no hicimos nada del otro mundo esa copa (aunque nos pareció garrafón) de apertura del año con la parejita me vino muy bien. Como la llamada de Orlando del día siguiente para felicitarme. Un regalo mas.
Este año no me puedo quejar. Entre el cumpleaños, Navidad, mi santo y los Reyes, lo cierto es que se acumulan las ocasiones de recibir. Y este año de forma considerable hubo muchos regalitos.
Para empezar, antes de Navidad un viejo amigo me regaló una caja roja de bombones Nestlé de 800 grs que nos vino de perillas en casa para los días de Fiesta.
Me autoregalé en diciembre: Un abrigo negro cruzado, un jersey morado y una camisa de listas moradas y blancas de Zara. Una bufanda blanca y negra de H&M de rayas. Unos zapatos negros de cordones muy rabajaditos. Un móvil Nokia N70 con los puntos Vodafone. Y un par de camisas en las rebajas...
Orlando me regaló por mi cumple: El bote de perfume Allure de Chanel que comenté en el post anterior y la caja de metal con todos los discos de Amaral. Por mi santo: El doble CD b.s.o. de Almodóvar. Y por Reyes: El cómic de Ralph Koenig “Bracitos de gitano” y una manta eléctrica de cuerpo entero para la cama, que ha sido el regalo estrella de la temporada, je, je.
Alberto me regaló por mi cumpleaños: La entrada de tres días de la Expo Zaragoza 2008, a la que acudiré con las vacaciones de verano.
La chupipandi por mi cumple me regaló la sexta temporada de Sexo en Nueva York en DVD y el libro “La bodega” de Noah Gordon. Además organizamos un amigo invisible por Reyes, en el que me tocó un calendario de canicas imantadas para el frigorífico muy chulo y ciertamente útil con su correspondiente Agenda sexuá de Ralph Koening, muy elaborada por Shiquillo.
Por último, la familia, entre mi cumpleaños, mi santo y el día de Reyes me regalaron una cámara de fotos de 7’5 megapíxeles, una bombonera de cristal llena de gominolas, un ratoncito de peluche, unos guantes de piel negros, unos guantes de piel en tono camel y un pijama.
Y..... el sorpresón de un disco duro multimedia de 500 Gb.
Debería sentirme satisfecho ¿no?
Aunque el regalo que mas deseo sigue sin llegar.
Igual no llega nunca.
¡¡¡Uyyyy, lo que he dissshoooo!!!
Ese no es un pensamiento positivo como los que me recomendó Oliver. Será mejor que vaya a fustigarme. Cuando vuelva regresaré lacerado.
Y por si tardo... espero que disfrutéis del carnaval.
Yo ya llevo mi disfraz, pero como dije hace justo un año, no creo que os guste el que he elegido.
SIN ALIENTO...
La vida no se mide por las veces que respiras, sino por aquellos momentos que te dejan sin aliento...
Yo hace tiempo que apenas suspiro. Desde que Orlando y yo dejamos de estar juntos.
Dos meses ya...
Se cumplía un mes de la fecha cuando me dirigía a encontrarme de nuevo con él, en pleno proceso y esfuerzo de reconversión de sentimientos.
Y a fines de esta semana harán ya los dos meses.
Sin embargo para mi es como si fuera ayer.
Ya no respiro igual. Me falta oxígeno.
Y por dentro mi corazón no late a un ritmo normal. Sigue, de algún modo, parado. Y el sonido de su latido -aquí dentro- es muy parecido a la melodía de esta canción que no dejo de escuchar últimamente.
Aún no se como soy capaz de llevar esto como lo llevo. Ni espero que nadie sea capaz de comprenderme. Ni se acerque siquiera a entender mis razones, mis motivos, mis necesidades de mantener este estatus de cercanía de naturaleza forzosamente dolorosa y que se hace balsámica a un tiempo.
No me hace falta cerrar los ojos para recordar. Desde aquella tarde tengo un “Repeat” permanente cada vez que me encierro entre las sábanas, viendo la vida pasar desde la ventanilla del autobús, ante la pantalla de un ordenador, o escuchando las canciones de las películas de Almodóvar mientras faeno en la casa.
Parece que fue ayer...
Esperaba ansioso su venida, como expuse y pudisteis leer en mi ya armario desmantelado. Y creía que aquel iba a ser un fin de semana estupendo.
Sin embargo, se convirtió en uno que jamás podré olvidar.
Aquel viernes tuve que tomar un refresco con algunos de los famosos amigos homófobos a los que ya apenas veo (ni ganas que me embargan) pero se hace complicado decir un no, a veces.
Me escabullí en cuanto pude y me fui presuroso a apostarme en aquel lugar de las primeras citas, donde me recogía con su coche. El mismo lugar donde -como una vez le escuché decir a mi amigo Edu (cuanto me alegro de verlo tan enamorado y feliz, ojalá esta vez sea su vez)- me hacía sentir un millón de mariposas en el estomago cada vez que aparecía en su coche, como si fuera el primer día que nos viésemos. Una sensación que no me ha abandonado todavía y ni siquiera se si seré capaz de evitarla algún día.
Allí pasé un frío tremendo, casi presagiando el que posteriormente vendría a rodearme en los días mas tristes desde la muerte de mi madre.
Aquel frío se convirtió en cálida compañía al ver la luz del verde de sus ojos, sentir el roce de sus dedos, el sabor de sus labios, el olor de su aroma personal... y se reafirmó en las complicidades de tantas otras veces: la potra al poder aparcar donde siempre, la paradita en el Trajano, y las copas en el Moma, al que por fin le pude llevar sin el éxito esperado, quizás de nuevo presagiando el fracaso de un fin de semana que no llegó a ser el ideado.
Volvimos a dormir juntos en casa, como en verano, cuando tenía que poner el aire acondicionado para aliviar las calores, o me ponía nervioso al entrar en el bloque por las vecinas cotillas, como cuando aquella pobre loca apenas nos dejó descansar con sus voces, o me abrazaba para dormir (lo que mas echo de menos por encima de tantas cosas).
Apenas dos horas después de separarnos, para que atendiera sus asuntos personales y darle su espacio, nos reencontramos el sábado por la tarde para irnos de tiendas al Nervión Plaza, donde tomé nota de su posible y carísimo regalo de cumpleaños, que al final le hice, a pesar de todo.
Tras visitar nuestros inevitables Cortefiel, Massimo Dutti, Zara... me sorprendió, en Douglas, regalándome un perfume que me gustaba: Allure de Chanel, que uso desde entonces y sustituyó a la veraniega Happy de Clinique.
Tras las compras era hora de cenar. Y aunque hubo que esperar un buen rato mesa libre, resultó una de las cenas mas agradables y divertidas que recuerdo, que no me podía hacer pensar lo que me esperaba.
Supongo que influyó mucho el efecto del lambrusco, y ayudó una complicidad extraordinaria con los camareros de Il Forno, así como la curiosa compañía de Aitor Trigos con su novio, su amigo Emilio “el tirantes”, y otros amigos suyos, en animada y cercana mesa.
A la cena siguió una copa en Bauhaus. Quien sabe si el destino quiso jugar con ambos dirigiendo nuestros pasos hasta allí para cerrar el círculo, donde todo empezó...
El domingo fue la última vez que lo tuve entre mis brazos. La última vez que me hizo estremecer con las caricias de las yemas de sus dedos. Y la última vez que me abrazó al dormir. Dios como lo echo de menos...
El resto de la jornada fue tranquila, casera, divertida, compartiendo el ordenador, viendo y escuchando chorradas y divertidas secuencias de Melissa Hyndel y "la Terremoto", o videos de Madonna en Youtube.
Últimas horas de felicidad.
Se fue recibiendo el abrazo mas sentido de mi vida.
Al día siguiente, tras almorzar juntos... viví el momento sentimental mas duro y triste que recuerdo. Con diferencia.
- Manu, tenemos que hablar...
Por segunda vez escuché esa frase de sus labios. Oírla la primera vez no resultó para nada tan dolorosa. Y resultó útil para aclarar cierto malentendido y que se lanzara a la piscina.
Esta vez, de tanto nadar en las aguas de mi corazón, escucharla ocasionó que se grabaran a fuego en mi interior. Como cuando se marca al ganado. Una marca que es ya para siempre.
¿Y no es el amor como una huella de tizón ardiente en el corazón?
- Manu, tenemos que hablar...
Y mientras decía esto se echó a llorar.
Y sus lágrimas, como un virus, navegaron por mi sistema nervioso, anticipándome lo que no fui capaz de adivinar, ni sospechar, ni imaginar nunca.
Si no me quisiera hubiera sido más fácil. Por eso lloraba. Me veía cada vez mas enamorado y él empezaba a sentir distinto a como había sido antes.
¿Por qué?
Quien lo sabe...
La distancia, el cansancio, se dejó llevar, todo fue un espejismo interior, se dio cuenta tarde de que yo no era lo que realmente necesitaba o esperaba o quería, quizás, probablemente, fue culpa mía, mi incapacidad, no supe hacerlo como debía...
Poco importa ya.
Solo se que intenté en aquel momento permanecer sereno, acorde a la madurez que da la edad, pero acabé derrumbándome como un niño.
No creo que pueda nunca olvidar aquel gemido de impotencia y dolor que surgió de mi garganta tras vanos intentos de hacerme el fuerte y repetir una y otra vez “no pasa nada”.
Claro que pasaba. Y en el peor momento. Justo antes de mi cumpleaños. En vísperas de Navidad. Con la ilusión que tenía... Casi seis meses después de conocernos. Cuando al fin había retraído mi inseguridad natural, me había convencido de que sus “me gustas” podían ser verdad, que yo podía gustarle a un chico mas joven, mas guapo, encantador, que podía interesarle mi compañía, mis mimos, mis atenciones de ser “tan así”, mis cuidados, mis detalles. Cuando me sentía pleno, feliz, estaba alegre, me rondaba incluso la idea de salir del armario con la familia o quien hiciera falta. Cómo me haría sentir que era capaz de eso y lo que hiciera falta...
Precisamente por eso, por como me había comportado con él, le resultaba especialmente doloroso no sentir como antes.
Y yo...
Yo nunca me había sentido así. Nunca. Había sufrido anteriormente perdidas, y ausencias, pasé malos ratos, me llevé decepciones, viví momentos tristes, pero jamás comparables a lo que en ese momento sentí.
Me hundí. Me sentí tan tan mal como no puede nadie, ajeno a esta sensación, ser capaz de comprender. Sin dormir. Sin comer. Sin poder prestar atención a las cosas. Desatendiendo el trabajo. Abandonando los estudios. Sin cesar en el llanto. Acompañado de una permanente tristeza. Y aparentando que no pasaba nada.
Por lo que nos queríamos intentábamos seguir formando parte del presente de cada uno, aunque ya no fuera de la misma manera.
A partir de ese momento la lucha fue cómo conseguirlo.
Mantuve los viajes previstos a su casa en el puente y Navidad. Y ha sido duro, pero la prueba fue superada.
Somos -seremos- amigos, para siempre.
Ahora solo necesito dejar de estar enamorado.
Pensé que el tiempo ayudaría. O el hecho de no hablar todos los días como hacíamos. No saber de él como antes. Asumir que tenemos que tratarnos ya de manera diferente. Recuperar el ritmo de vida cotidiano. Salir por ahí. Que se yo...
Pero ya han pasado dos meses. Y yo sigo igual.
Recuerdo que por noviembre postee
No se que haría sin su “vaya tela...”, sin su brazo cortándome a cachitos, sin su “Manuuuuu”, sin su esfuerzo por decir -sin llegar a decir, en realidad, pero diciendo- lo que necesito oír...
Así que imaginaros como ando. No se que hacer sin su...
No se que hacer...
No se...
Tras cortar... a nadie fui con mi pena. Me lo tragué todo. Nada conté. Lo rumié en soledad.
Me costó volver a escribir aquí. Desmantelé el armario. Puse rumbo a donde el corazón nos lleve.
Y ahora lo comparto. No se muy bien porqué.
No se...
Llamadme loco. Que rayo la estupidez. Un pobre bobo... pero le quiero tanto, me gusta tanto... que mi ser “tan así” se entorbellina para desear que en torno suyo solo pase lo mejor. Aunque no resulte ser yo.
Y tengo que agradecerle que me enseñara lo increíble que puede ser el amor. Aunque no lo creáis nunca lo había sabido hasta ahora. No como realmente es y finalmente supe gracias a estos maravillosos meses con él.
Como le hice saber, no me cansaría nunca de alabar su dulzura, su sinceridad, su cariño, su educación, su sentido del humor, su compañía, sus atenciones... para conmigo. Y le seguiré viendo guapísimo y queriéndole hasta que mis ojos se cierren para siempre.
Me hizo el hombre mas feliz del mundo. Nunca me habían hecho sentir así. Así no.
Por primera vez me sentí plenamente feliz.
Hasta entonces no me había sentido así. Las sensaciones habían sido diferentes. Era algo que siempre quise saber cómo sería. Y él consiguió que lo supiera.
Siempre le estaré agradecido por hacerme sentir así.
Y es una sensación que me acompañará siempre. Como el recuerdo de su mirada...
Aunque me duela no poder hacer nada porque vuelva a verme igual que antes... no dejaré de agradecer, al menos, poder continuar viendo el cariño de un gran amigo y la compañía de una buena persona en los ojos mas bonitos del mundo.
Los míos, por mucho tiempo que pase, siempre estarán atentos a un posible nuevo guiño, aunque sea ya de un párpado cansado y lleno de arrugitas. Allí estaré dispuesto, muy mayor y al tiempo “mu ssshico”, para volver a sentirme como en aquel instante de El Bosque animado, como en aquellos otros momentos...
Y si no hubiera guiño... cerrarlos para siempre, tras verlos una última vez, después de una vida llena de satisfacción por haber podido conservarlo a mi lado al menos como amigo, sin cansarme de verme reflejado en el brillo de sus ojos.
Yo hace tiempo que apenas suspiro. Desde que Orlando y yo dejamos de estar juntos.
Dos meses ya...
Se cumplía un mes de la fecha cuando me dirigía a encontrarme de nuevo con él, en pleno proceso y esfuerzo de reconversión de sentimientos.
Y a fines de esta semana harán ya los dos meses.
Sin embargo para mi es como si fuera ayer.
Ya no respiro igual. Me falta oxígeno.
Y por dentro mi corazón no late a un ritmo normal. Sigue, de algún modo, parado. Y el sonido de su latido -aquí dentro- es muy parecido a la melodía de esta canción que no dejo de escuchar últimamente.
Aún no se como soy capaz de llevar esto como lo llevo. Ni espero que nadie sea capaz de comprenderme. Ni se acerque siquiera a entender mis razones, mis motivos, mis necesidades de mantener este estatus de cercanía de naturaleza forzosamente dolorosa y que se hace balsámica a un tiempo.
No me hace falta cerrar los ojos para recordar. Desde aquella tarde tengo un “Repeat” permanente cada vez que me encierro entre las sábanas, viendo la vida pasar desde la ventanilla del autobús, ante la pantalla de un ordenador, o escuchando las canciones de las películas de Almodóvar mientras faeno en la casa.
Parece que fue ayer...
Esperaba ansioso su venida, como expuse y pudisteis leer en mi ya armario desmantelado. Y creía que aquel iba a ser un fin de semana estupendo.
Sin embargo, se convirtió en uno que jamás podré olvidar.
Aquel viernes tuve que tomar un refresco con algunos de los famosos amigos homófobos a los que ya apenas veo (ni ganas que me embargan) pero se hace complicado decir un no, a veces.
Me escabullí en cuanto pude y me fui presuroso a apostarme en aquel lugar de las primeras citas, donde me recogía con su coche. El mismo lugar donde -como una vez le escuché decir a mi amigo Edu (cuanto me alegro de verlo tan enamorado y feliz, ojalá esta vez sea su vez)- me hacía sentir un millón de mariposas en el estomago cada vez que aparecía en su coche, como si fuera el primer día que nos viésemos. Una sensación que no me ha abandonado todavía y ni siquiera se si seré capaz de evitarla algún día.
Allí pasé un frío tremendo, casi presagiando el que posteriormente vendría a rodearme en los días mas tristes desde la muerte de mi madre.
Aquel frío se convirtió en cálida compañía al ver la luz del verde de sus ojos, sentir el roce de sus dedos, el sabor de sus labios, el olor de su aroma personal... y se reafirmó en las complicidades de tantas otras veces: la potra al poder aparcar donde siempre, la paradita en el Trajano, y las copas en el Moma, al que por fin le pude llevar sin el éxito esperado, quizás de nuevo presagiando el fracaso de un fin de semana que no llegó a ser el ideado.
Volvimos a dormir juntos en casa, como en verano, cuando tenía que poner el aire acondicionado para aliviar las calores, o me ponía nervioso al entrar en el bloque por las vecinas cotillas, como cuando aquella pobre loca apenas nos dejó descansar con sus voces, o me abrazaba para dormir (lo que mas echo de menos por encima de tantas cosas).
Apenas dos horas después de separarnos, para que atendiera sus asuntos personales y darle su espacio, nos reencontramos el sábado por la tarde para irnos de tiendas al Nervión Plaza, donde tomé nota de su posible y carísimo regalo de cumpleaños, que al final le hice, a pesar de todo.
Tras visitar nuestros inevitables Cortefiel, Massimo Dutti, Zara... me sorprendió, en Douglas, regalándome un perfume que me gustaba: Allure de Chanel, que uso desde entonces y sustituyó a la veraniega Happy de Clinique.
Tras las compras era hora de cenar. Y aunque hubo que esperar un buen rato mesa libre, resultó una de las cenas mas agradables y divertidas que recuerdo, que no me podía hacer pensar lo que me esperaba.
Supongo que influyó mucho el efecto del lambrusco, y ayudó una complicidad extraordinaria con los camareros de Il Forno, así como la curiosa compañía de Aitor Trigos con su novio, su amigo Emilio “el tirantes”, y otros amigos suyos, en animada y cercana mesa.
A la cena siguió una copa en Bauhaus. Quien sabe si el destino quiso jugar con ambos dirigiendo nuestros pasos hasta allí para cerrar el círculo, donde todo empezó...
El domingo fue la última vez que lo tuve entre mis brazos. La última vez que me hizo estremecer con las caricias de las yemas de sus dedos. Y la última vez que me abrazó al dormir. Dios como lo echo de menos...
El resto de la jornada fue tranquila, casera, divertida, compartiendo el ordenador, viendo y escuchando chorradas y divertidas secuencias de Melissa Hyndel y "la Terremoto", o videos de Madonna en Youtube.
Últimas horas de felicidad.
Se fue recibiendo el abrazo mas sentido de mi vida.
Al día siguiente, tras almorzar juntos... viví el momento sentimental mas duro y triste que recuerdo. Con diferencia.
- Manu, tenemos que hablar...
Por segunda vez escuché esa frase de sus labios. Oírla la primera vez no resultó para nada tan dolorosa. Y resultó útil para aclarar cierto malentendido y que se lanzara a la piscina.
Esta vez, de tanto nadar en las aguas de mi corazón, escucharla ocasionó que se grabaran a fuego en mi interior. Como cuando se marca al ganado. Una marca que es ya para siempre.
¿Y no es el amor como una huella de tizón ardiente en el corazón?
- Manu, tenemos que hablar...
Y mientras decía esto se echó a llorar.
Y sus lágrimas, como un virus, navegaron por mi sistema nervioso, anticipándome lo que no fui capaz de adivinar, ni sospechar, ni imaginar nunca.
Si no me quisiera hubiera sido más fácil. Por eso lloraba. Me veía cada vez mas enamorado y él empezaba a sentir distinto a como había sido antes.
¿Por qué?
Quien lo sabe...
La distancia, el cansancio, se dejó llevar, todo fue un espejismo interior, se dio cuenta tarde de que yo no era lo que realmente necesitaba o esperaba o quería, quizás, probablemente, fue culpa mía, mi incapacidad, no supe hacerlo como debía...
Poco importa ya.
Solo se que intenté en aquel momento permanecer sereno, acorde a la madurez que da la edad, pero acabé derrumbándome como un niño.
No creo que pueda nunca olvidar aquel gemido de impotencia y dolor que surgió de mi garganta tras vanos intentos de hacerme el fuerte y repetir una y otra vez “no pasa nada”.
Claro que pasaba. Y en el peor momento. Justo antes de mi cumpleaños. En vísperas de Navidad. Con la ilusión que tenía... Casi seis meses después de conocernos. Cuando al fin había retraído mi inseguridad natural, me había convencido de que sus “me gustas” podían ser verdad, que yo podía gustarle a un chico mas joven, mas guapo, encantador, que podía interesarle mi compañía, mis mimos, mis atenciones de ser “tan así”, mis cuidados, mis detalles. Cuando me sentía pleno, feliz, estaba alegre, me rondaba incluso la idea de salir del armario con la familia o quien hiciera falta. Cómo me haría sentir que era capaz de eso y lo que hiciera falta...
Precisamente por eso, por como me había comportado con él, le resultaba especialmente doloroso no sentir como antes.
Y yo...
Yo nunca me había sentido así. Nunca. Había sufrido anteriormente perdidas, y ausencias, pasé malos ratos, me llevé decepciones, viví momentos tristes, pero jamás comparables a lo que en ese momento sentí.
Me hundí. Me sentí tan tan mal como no puede nadie, ajeno a esta sensación, ser capaz de comprender. Sin dormir. Sin comer. Sin poder prestar atención a las cosas. Desatendiendo el trabajo. Abandonando los estudios. Sin cesar en el llanto. Acompañado de una permanente tristeza. Y aparentando que no pasaba nada.
Por lo que nos queríamos intentábamos seguir formando parte del presente de cada uno, aunque ya no fuera de la misma manera.
A partir de ese momento la lucha fue cómo conseguirlo.
Mantuve los viajes previstos a su casa en el puente y Navidad. Y ha sido duro, pero la prueba fue superada.
Somos -seremos- amigos, para siempre.
Ahora solo necesito dejar de estar enamorado.
Pensé que el tiempo ayudaría. O el hecho de no hablar todos los días como hacíamos. No saber de él como antes. Asumir que tenemos que tratarnos ya de manera diferente. Recuperar el ritmo de vida cotidiano. Salir por ahí. Que se yo...
Pero ya han pasado dos meses. Y yo sigo igual.
Recuerdo que por noviembre postee
No se que haría sin su “vaya tela...”, sin su brazo cortándome a cachitos, sin su “Manuuuuu”, sin su esfuerzo por decir -sin llegar a decir, en realidad, pero diciendo- lo que necesito oír...
Así que imaginaros como ando. No se que hacer sin su...
No se que hacer...
No se...
Tras cortar... a nadie fui con mi pena. Me lo tragué todo. Nada conté. Lo rumié en soledad.
Me costó volver a escribir aquí. Desmantelé el armario. Puse rumbo a donde el corazón nos lleve.
Y ahora lo comparto. No se muy bien porqué.
No se...
Llamadme loco. Que rayo la estupidez. Un pobre bobo... pero le quiero tanto, me gusta tanto... que mi ser “tan así” se entorbellina para desear que en torno suyo solo pase lo mejor. Aunque no resulte ser yo.
Y tengo que agradecerle que me enseñara lo increíble que puede ser el amor. Aunque no lo creáis nunca lo había sabido hasta ahora. No como realmente es y finalmente supe gracias a estos maravillosos meses con él.
Como le hice saber, no me cansaría nunca de alabar su dulzura, su sinceridad, su cariño, su educación, su sentido del humor, su compañía, sus atenciones... para conmigo. Y le seguiré viendo guapísimo y queriéndole hasta que mis ojos se cierren para siempre.
Me hizo el hombre mas feliz del mundo. Nunca me habían hecho sentir así. Así no.
Por primera vez me sentí plenamente feliz.
Hasta entonces no me había sentido así. Las sensaciones habían sido diferentes. Era algo que siempre quise saber cómo sería. Y él consiguió que lo supiera.
Siempre le estaré agradecido por hacerme sentir así.
Y es una sensación que me acompañará siempre. Como el recuerdo de su mirada...
Aunque me duela no poder hacer nada porque vuelva a verme igual que antes... no dejaré de agradecer, al menos, poder continuar viendo el cariño de un gran amigo y la compañía de una buena persona en los ojos mas bonitos del mundo.
Los míos, por mucho tiempo que pase, siempre estarán atentos a un posible nuevo guiño, aunque sea ya de un párpado cansado y lleno de arrugitas. Allí estaré dispuesto, muy mayor y al tiempo “mu ssshico”, para volver a sentirme como en aquel instante de El Bosque animado, como en aquellos otros momentos...
Y si no hubiera guiño... cerrarlos para siempre, tras verlos una última vez, después de una vida llena de satisfacción por haber podido conservarlo a mi lado al menos como amigo, sin cansarme de verme reflejado en el brillo de sus ojos.
Etiquetas: amor
DESEOS DE POSITIVIDAD
Esta vez...
Podía haber sido esta vez...
Recogí las palabras de entre las páginas finales de un libro, El viaje de Marcos, cuya lectura me llegó muy dentro y su final me hizo llorar. Un libro que regalé no hace mucho a la persona que mas quiero en el mundo. Justo anoche terminé de leer la última novela de su autor, Esclavos del destino, que de nuevo me emocionó en su despedida.
¿Somos esclavos del destino?
¿Todo está escrito y predeterminado?
¿Podemos cambiar nuestro futuro? ¿Y el presente?
¿Hay forma de volver atrás...? Si supiera como...
De el viaje de Marcos extraje aquellos versos que expuse, hace mas de un mes, en un último post críptico que muy pocos entendieron, y que de nuevo reproduzco :
Por eso lo paro,
para que su sentir no vuele a ciegas,
sin rumbo,
sin sentido de existir.
Y así, algún día..."
Por eso lo paro...
Nadie cayó en la cuenta de qué era una despedida.
Lo paro...
Lo que paraba era el latir de mi corazón, de un corazón enamorado, alegre y feliz.
Y con él paraban las ganas de todo, la ilusión, la esperanza, la seguridad, el ánimo, la sonrisa, la felicidad, la alegría alcanzados...
Y cesaban hasta los hechos mas elementales como dormir o comer, o los mas cotidianos como estudiar, salir con los amigos, o escribir en este diario.
No faltaron, por el contrario, el llanto, un inmenso dolor jamás conocido, y una mirada triste como la de Jack Twist cuando se despide de Enis del Mar en Brokeback Mountain. Lo que decían aquellos ojos...
En la historia original, Jack, prometió que siempre volvería… Se lo juró a Ennis. Pero no pudo cumplir su promesa.
Ahora se marcha también Enis.
Desde que adopté el avatar de Enis del Mar en esta aventura de la blogosfera hace ya casi dos años mi personalidad y vivencias quedaron expuestas a la luz. Mi alma apareció desnuda conforme se abrían las puertas de un armario que ocultaba, desde hacía demasiado tiempo, las prendas que dan forma a mi carácter, mi personalidad, mis sentimientos, mi sexualidad, mi manera de ser, mi lógica, mi razón, mis defectos y virtudes, mis manías, mis aciertos y mis errores... Mi ser “tan así”, en suma.
Ennis o Enis, con el tiempo, no solo fue un nombre que complementaba las sensaciones que producía la lectura de quienes se entretenían en leer este blog. Acabó por tener voz e incluso rostro para muchos que extendieron su mano hacia él.
Y Enis tendió la suya.
Unos la apretaron fuerte, con la firmeza que dan el respeto y el cariño. Otros, de forma blanda y casi por compromiso.
Hay quien quiso acariciarla y quien, por contra, la tomó hasta el brazo agarrotando sus dedos y haciendo daño. A veces se pudo esquivar a tiempo, pero otras el dolor fue inevitable.
En todo este tiempo el estrechar de manos ha sido constante. Muchos la siguen dando asiduamente. Algunos han renunciado a ello. Hay quien la rechazó abiertamente desde el principio. Y quien mientras la daba aprovechaba para con la otra hacer burlas o clavar un puñal por la espalda, con mas o menos sorpresa, decepción o indiferencia por mi parte. Pero así es la vida.
Enis no era capaz de hacer eso. Quizás soltar un cachete de reproche o mosqueo sí, pero poco mas. Y eso que hay confundidos que se han empeñado una y otra vez en verle como un ser maligno. Sería que no supieron ver bien en sus ojos, que no les interesó siquiera mirar.
Porque con su mano extendida Enis mostró también su mirada. La posó decidido o la disimuló con timidez. Pero fue la mirada de su corazón.
El mismo corazón que, inesperadamente, encontró un tesoro que le estaba esperando. Igual lo encontró por ser tan ssshico e inocente.
Encaminó su vida en dirección al que pensó era su destino, el de su Historia Personal y de la felicidad.
Cualquiera que lo viera desde agosto hasta hace escasas fechas lo hubiera asegurado. Hace unos minutos el amigo Sergio afirmaba que incluso en las palabras que aquí se plasmaban se respiraba esa felicidad y alegría.
Sin embargo mi alquimia no dio el resultado que esperaba.
Y el corazón, que a menudo sufre porque no somos capaces de seguir nuestros sueños, se paró cuando vio que se sufre más cuando lo sigues y el sueño se desvanece. Hasta que no pudo mas. Y se paró.
Esta vez no fue el de Jack. La paliza de golpes directos al corazón se la llevó Enis.
Y esta vez fue él quien murió.
Esta vez ENIS...
Era. Fue.
Y solo quedó Manu.
Con su mirada. Tan mayor y tan shico.
Manu se convirtió también en un avatar inspirado en la tierna imagen de una ilustración que Orlando me regaló porque afirmaba que al verla le parecía que así era yo. Muy ssshico e inocente.
Y como decía el poema de Pesoa:
Amar es la eterna inocencia,
y la única inocencia es no pensar…
No pensar es lo que he intentado desde el pasado 26 de noviembre, cuando los ojos mas bonitos del mundo se echaron a llorar y mi voz se quebró en un gemido que nunca había articulado mi garganta hasta entonces de esa manera tan acusada.
Desde entonces vivo -vivimos- en un continuo intento de conservar, por lo mucho que nos queremos, un presente que se ha reconvertido en algo que ya no es como antes, sin que el futuro pueda parecerme ya igual, y ni siquiera lo espere como antes.
Pocos entenderan mi esfuerzo y compromiso con ello. Pero en eso consiste ser tan así...
No soy capaz de plasmar aquí cómo he amado. Pero cualquiera que leyera al Enis de meses atrás, que les cautivó y le llegó tan dentro, al Enis cariñoso y romántico de posts como aquellos que hablaban sobre el amor, las caricias o los besos puede hacerse una idea. Y quien ha sabido de mis detalles y atenciones para los demás también.
Así le he amado. Así le amaré hasta que mis ojos se cierren y mi cuerpo se derrita como una vela, mientras mi alma siga brillando siempre, de puro amor.
Podía haber sido esta vez... pero...
A veces las situaciones mas complicadas se resuelven de la manera mas sencilla. Y una llamada que recibí hoy de Chequebo me ha servido de RCP, al menos para volver a enfrentarme a este diario.
Lo hago desmantelando el armario.
Lo hago respaldado por el interés continuo de Alberto, quien no dejó todos estos días de insistir en que debía volver a escribir, al menos como terapia, pues con nadie hablé sobre mi desdicha y con cuantos me encontré intente ser educado y cortés, disimulando la pena que me ahogaba por dentro, pero sin confesar lo mal que me encontraba, hasta mucho después de haber pasado el mal trago.
Lo hago satisfecho de haber reconducido la situación con serenidad, a pesar de todo.
Alegre de haber celebrado mi cumpleaños con buena parte de la chupipandi. Y con Orlando, anteriormente, aunque con sentimientos encontrados.
Contento, a pesar de todo, por los días en Madrid en su compañía durante el puente (unos de los días mas difíciles de mi vida) y la semana de Navidad. Emocionado por sus atenciones y regalos, así como por la llamada del día de mi santo.
Lo hago agradeciendo los mensajes, correos electrónicos o llamadas de estos días de Navidad y Fin de Año que no resultaron como yo hubiera soñado, pero que ayudaron y mucho a sobrellevarlo: Koeps, Vulcano y Antinoo, Diego del mar, Ekiots y Mugalari, Dik, Canalla, Porvosmuero, Freeman, Castigador, Alejandro´s, Gabriel, Ismael, Tatojimi, Javier Sánchez, Rubén, Pcj, Mikgel... Gracias, especialmente, a quienes tuvieron a bien dedicar unos minutos de su tiempo para contestar a los míos o acordarse de mi.
Y lo hago tras entrar brindando, por segundo año consecutivo, con Shiquillo y Gaby por este nuevo 2008 (me vieron algo apagadillo pero supieron entenderlo).
A cuantos se han preocupado por mi estos días mi mas sincera gratitud.
Me dispongo a ver si seré capaz de seguir escribiendo, volviendo a la normalidad, y hacer que el corazón lata de nuevo, aunque ya no suene con el mismo ritmo de meses atrás.
Lo hago, especialmente, apoyándome en los deseos de mucha positividad para este 2008 que me envió Oliver.
Ojalá sea un buen año para todos y las corrientes de la mar de acontecimientos y vivencias que han de suceder, nos hagan navegar hacia buen puerto y nos lleve a un lugar cálido y acogedor, quien sabe si será al fin el lugar donde se cumplan nuestros sueños, allí...
...donde el corazón te lleve.
Etiquetas: amor positividad