Me mudo
Ya iba tocando. Los cuentos que escribía aquí cada vez se van espaciando más y me piden papel, así que papel les voy a dar. Y ahí tengo a Luzbel, Gabriel, Miguel pidiéndome vida y yo, que soy un soberbio, voy a atreverme.
Cambio, pues, de casa y cambio de estilo, más bloguero si se puede decir, más pinceladas, ideas que no tienen otro sitio donde respirar, pobrecitas.
En fin, a los que queráis acompañar al Balrog después de salir de su cueva y comenzar a gruñír, os espero en http://betote.wordpress.com/
Muchas gracias a todos.
Cambio, pues, de casa y cambio de estilo, más bloguero si se puede decir, más pinceladas, ideas que no tienen otro sitio donde respirar, pobrecitas.
En fin, a los que queráis acompañar al Balrog después de salir de su cueva y comenzar a gruñír, os espero en http://betote.wordpress.com/
Muchas gracias a todos.
Memoria
Ayer te recordé.
Como dibujados por un lápiz invisible, a poca distancia de mis ojos se fueron perfilando uno a uno todos los detalles de tu rostro que tanto amaba.
Lo primero que vi de ti fue el lunar que tenías en la sien, junto a la ceja derecha, donde te besaba cuando me hacías reír. Luego recordé la punta de tu nariz, ese botoncito que me hacía cerrar los ojos cada vez que me recorrías el cuello con él. Poco después se me apareció el fantasma de tu labio inferior, tan rojo y carnoso como en aquellos días, cuando lo podía morder. El lóbulo de tu oreja izquierda, rosado, redondo, suave, llamó a mis besos con la misma voz infantil de antes, de siempre. Un segundo después, me envolvió el fresco aroma de tu pelo mientras mi pecho sentía las mismas leves cosquillas que cuando, en otros tiempos, te divertías deslizando tu melena morena sobre mi torso desnudo. La memoria de tus dientes arañó mi carne y, cuando ya me creía perdido en el delirio, tus ojos de almendra y miel llegaron para decirme adiós, igual que lo hicieron aquella última vez.
Ayer, amor mío, te recordé. Hoy lucho en vano por no olvidarte de nuevo.
Como dibujados por un lápiz invisible, a poca distancia de mis ojos se fueron perfilando uno a uno todos los detalles de tu rostro que tanto amaba.
Lo primero que vi de ti fue el lunar que tenías en la sien, junto a la ceja derecha, donde te besaba cuando me hacías reír. Luego recordé la punta de tu nariz, ese botoncito que me hacía cerrar los ojos cada vez que me recorrías el cuello con él. Poco después se me apareció el fantasma de tu labio inferior, tan rojo y carnoso como en aquellos días, cuando lo podía morder. El lóbulo de tu oreja izquierda, rosado, redondo, suave, llamó a mis besos con la misma voz infantil de antes, de siempre. Un segundo después, me envolvió el fresco aroma de tu pelo mientras mi pecho sentía las mismas leves cosquillas que cuando, en otros tiempos, te divertías deslizando tu melena morena sobre mi torso desnudo. La memoria de tus dientes arañó mi carne y, cuando ya me creía perdido en el delirio, tus ojos de almendra y miel llegaron para decirme adiós, igual que lo hicieron aquella última vez.
Ayer, amor mío, te recordé. Hoy lucho en vano por no olvidarte de nuevo.
Reencuentro
Sabían que esa sería su última noche y, sin embargo, ninguno de los dos pronunció una sola palabra. ¿Cómo hablar cuando falta el aliento, cuando sus respiraciones entrecortadas inventaban palabras que no podían existir en ningún otro idioma? Dejaron que las caricias fueran sus despedidas; los besos, sus promesas; los gemidos, sus declaraciones.
Amanecieron desnudos y abrazados. Fingieron seguir dormidos hasta que no hubo más remedio que aceptar la mañana, la verdad, el adiós. A uno lo llamaba el campo; a otro, el ejército. Un paso antes de atravesar la puerta del cocero, un último beso silencioso, largo y triste vio desvanecerse a los dos amantes mientras en su lugar aparecían de nuevo el señorito y el peón.
Pasaron meses grises de sol, azada y trigo, de fusil, polvo y sol. Dejaron que el tiempo hiciese en ellos su festín, se alimentaron ellos de la fatiga diaria, pan y una soledad neutra que no llegaba a ser un sentimiento.
Pensaban en gris, también, cuando estalló la guerra.
Las hojas secas crujían bajo las botas cansadas de los soldados. El frente estaba a pocos kilómetros, lo suficiente para no oír los fusiles, pero sí los cañones. Todo pasó tan despacio, tan deprisa. El grito de advertencia a sus espaldas, tiempo apenas para asustarse antes de que el mundo se haga añicos, la inútil lucha por ver algo a través de aquel rojo espeso que lo cubría todo, la ahogada exclamación de sorpresa, tan lejana, tan vagamente familiar..., y la otra voz preguntando.
—¿Conocías a éste?
—Sí —el cuerpo tendido, desparramado, ya no oía nada—. Era un maricón de mi pueblo.
Amanecieron desnudos y abrazados. Fingieron seguir dormidos hasta que no hubo más remedio que aceptar la mañana, la verdad, el adiós. A uno lo llamaba el campo; a otro, el ejército. Un paso antes de atravesar la puerta del cocero, un último beso silencioso, largo y triste vio desvanecerse a los dos amantes mientras en su lugar aparecían de nuevo el señorito y el peón.
Pasaron meses grises de sol, azada y trigo, de fusil, polvo y sol. Dejaron que el tiempo hiciese en ellos su festín, se alimentaron ellos de la fatiga diaria, pan y una soledad neutra que no llegaba a ser un sentimiento.
Pensaban en gris, también, cuando estalló la guerra.
Las hojas secas crujían bajo las botas cansadas de los soldados. El frente estaba a pocos kilómetros, lo suficiente para no oír los fusiles, pero sí los cañones. Todo pasó tan despacio, tan deprisa. El grito de advertencia a sus espaldas, tiempo apenas para asustarse antes de que el mundo se haga añicos, la inútil lucha por ver algo a través de aquel rojo espeso que lo cubría todo, la ahogada exclamación de sorpresa, tan lejana, tan vagamente familiar..., y la otra voz preguntando.
—¿Conocías a éste?
—Sí —el cuerpo tendido, desparramado, ya no oía nada—. Era un maricón de mi pueblo.
[Diario]¡Vive! ¡Vive!
Me ha dado un chispazo de memoria y por fin he recordado la contraseña para acceder a esto. Bueno, habrá que recuperar el tiempo perdido, ¿no?
Manos a la obra.
Manos a la obra.
Fama
Jugaba con la cuchara en el plato sin probar bocado, pensando, como siempre. Cada vez que se levantaba de la cama, que se vestía, siempre que salía de casa se preguntaba, sin poder evitarlo, cuánta gente estaría haciendo lo mismo en ese preciso momento, y cuánta lo habría hecho ya hace cien, doscientos, mil años. Toda esa gente, todas esas vidas que pasaban y eran olvidadas. Y, sin embargo, sabía que en cada una de ellas había algo especial, algo que merecía ser recordado. Ese pensamiento lo obsesionaba. No pasaba un minuto sin que maldijera la mortalidad y el olvido, un segundo en que no lo diera todo por perdurar, por dejar algo a los que vinieran después que él.
Se levantó de la mesa y subió a su cuarto, ante la mirada triste y resignada de su sobrina, y allí se encerró con sus libros. Qué crueldad la de aquellos escritores, qué salvajismo en retratar siempre personajes irreales, seres que, aun sin haber existido jamás, vivían en la memoria de los lectores de siglos posteriores mientras que la gente de verdad, aquellos que habían trabajado, sufrido y amado realmente, se había esfumado. Ya no quedaba ni el polvo del labrador que sembró el abuelo de los olivos de la huerta cercana, pero todo el mundo recordaba a un Amadís que jamás fue carne.
A él no le pasaría lo mismo, no. Él no estaba dispuesto a morir y perderse, se negaba a aceptar ese destino del que se podía escapar sin siquiera vivir. Mucho había pensado en cuánto estaría dispuesto a sacrificar por aquel poder, y ya tenía la respuesta. La única solución era sacrificarse a sí mismo. Dejar de ser él, abandonar el mundo real y convertirse no en una persona, sino en un personaje, un ser ficticio como los héroes y villanos inmortales de los libros, vivir en el papel y la memoria para siempre.
Con una sonrisa de resolución, Alonso limpió de orín las viejas armas, las vistió y salió caballero en su rocín, preparado para la eternidad.
Se levantó de la mesa y subió a su cuarto, ante la mirada triste y resignada de su sobrina, y allí se encerró con sus libros. Qué crueldad la de aquellos escritores, qué salvajismo en retratar siempre personajes irreales, seres que, aun sin haber existido jamás, vivían en la memoria de los lectores de siglos posteriores mientras que la gente de verdad, aquellos que habían trabajado, sufrido y amado realmente, se había esfumado. Ya no quedaba ni el polvo del labrador que sembró el abuelo de los olivos de la huerta cercana, pero todo el mundo recordaba a un Amadís que jamás fue carne.
A él no le pasaría lo mismo, no. Él no estaba dispuesto a morir y perderse, se negaba a aceptar ese destino del que se podía escapar sin siquiera vivir. Mucho había pensado en cuánto estaría dispuesto a sacrificar por aquel poder, y ya tenía la respuesta. La única solución era sacrificarse a sí mismo. Dejar de ser él, abandonar el mundo real y convertirse no en una persona, sino en un personaje, un ser ficticio como los héroes y villanos inmortales de los libros, vivir en el papel y la memoria para siempre.
Con una sonrisa de resolución, Alonso limpió de orín las viejas armas, las vistió y salió caballero en su rocín, preparado para la eternidad.





