Espectador
Entró en el vagón. No faltaban los asientos libres, pero no dudó un instante en sentarse frente a ella.
Cuando dos personas están hechas la una para la otra, el Destino se ocupa de cruzar sus caminos.
La miró al principio furtivamente, protegido por el libro abierto que le servía de escudo.
Ella, ojos cerrados, auriculares puestos, se sabía observada, e inició el lento, improvisado baile.
La mano que echaba el pelo hacia atrás, mostrando el blanco cuello; el calculado suspiro; el jugueteo con las gafas.
Las ganas de él de ir hacia ella, de susurrarle al oído, de morderle el lóbulo de la oreja.
La espera de ella, la fingida inconsciencia, los labios que pronunciaban palabras sin sonido.
La gente se hizo invisible. Yo los miraba desde mi atalaya, contemplando cómo el engranaje de la casualidad giraba con su perfecta eficiencia.
Ella abrió los ojos y encontró los de él, marrones y grandes, que la llamaban por su nombre, un nombre que no había sabido suyo hasta entonces.
Él vio en el rubor de ella su asentimiento, la seguridad de que se habían amado desde siempre, de que haberse conocido era sólo un momento más de su historia mutua.
El tictac casi podía oírse. Tic, ella se quitaba los auriculares. Tac, él cerraba el libro. Tic, ella descruzaba los brazos. Tac, él se apoyaba en el asiento para levantarse...
El vagón se detuvo. Las puertas se abrieron, gente sin cara entró y salió, los dos se quedaron inmóviles, los ojos del uno fijos en los del otro, durante un instante.
Durante un instante vieron todo su futuro, todos los besos, todas las caricias, todas las risas y lágrimas de un amor que era eterno porque jamás tuvo principio, porque nunca terminará.
Porque nunca existió.
Él salió del vagón con paso rápido y se perdió entre la gente. Ella se colocó de nuevo los cascos y no lo vió mirarla a través de la ventanilla. La máquina reanudó su marcha.
Suelo encontrarme con ella en el metro; cada vez que se abren las puertas, examina cada rostro, buscando. Otros días lo veo a él, mirando siempre al mismo asiento vacío, llenándolo con la memoria. No han vuelto a coincidir.
Cuando dos personas están hechas la una para la otra, el Destino se ocupa de cruzar sus caminos.
La miró al principio furtivamente, protegido por el libro abierto que le servía de escudo.
Ella, ojos cerrados, auriculares puestos, se sabía observada, e inició el lento, improvisado baile.
La mano que echaba el pelo hacia atrás, mostrando el blanco cuello; el calculado suspiro; el jugueteo con las gafas.
Las ganas de él de ir hacia ella, de susurrarle al oído, de morderle el lóbulo de la oreja.
La espera de ella, la fingida inconsciencia, los labios que pronunciaban palabras sin sonido.
La gente se hizo invisible. Yo los miraba desde mi atalaya, contemplando cómo el engranaje de la casualidad giraba con su perfecta eficiencia.
Ella abrió los ojos y encontró los de él, marrones y grandes, que la llamaban por su nombre, un nombre que no había sabido suyo hasta entonces.
Él vio en el rubor de ella su asentimiento, la seguridad de que se habían amado desde siempre, de que haberse conocido era sólo un momento más de su historia mutua.
El tictac casi podía oírse. Tic, ella se quitaba los auriculares. Tac, él cerraba el libro. Tic, ella descruzaba los brazos. Tac, él se apoyaba en el asiento para levantarse...
El vagón se detuvo. Las puertas se abrieron, gente sin cara entró y salió, los dos se quedaron inmóviles, los ojos del uno fijos en los del otro, durante un instante.
Durante un instante vieron todo su futuro, todos los besos, todas las caricias, todas las risas y lágrimas de un amor que era eterno porque jamás tuvo principio, porque nunca terminará.
Porque nunca existió.
Él salió del vagón con paso rápido y se perdió entre la gente. Ella se colocó de nuevo los cascos y no lo vió mirarla a través de la ventanilla. La máquina reanudó su marcha.
Suelo encontrarme con ella en el metro; cada vez que se abren las puertas, examina cada rostro, buscando. Otros días lo veo a él, mirando siempre al mismo asiento vacío, llenándolo con la memoria. No han vuelto a coincidir.
Rutina
El I will survive que le perforaba los oídos le decía que eran otra vez las siete de la mañana. Tambaleándose se dirigió hacia el baño y abrió el grifo de la ducha, dejando correr el agua mientras escogía la ropa que se pondría, dándoles así algo de tiempo a las cañerías a deshacerse del frío de la madrugada.
Bajo el chorro caliente la volvió a asaltar la pereza. Allí estaba en la gloria, ¿para qué salir, para qué enfrentarse otra vez al mundo, que la volvería a vencer sin darse siquiera cuenta de su existencia? El viejo calentador decidió por ella al apagarse y devolviéndola al mundo con una cascada de agua helada.
Ya vestida, salió a la calle y caminó hasta la boca del metro mientras maldecía entre dientes al viento. El andén estaba repleto, como siempre y acabó, como siempre, embutida para poder entrar en el vagón, asfixiada entre los múltiples olores... Aún había quien pensaba que la colonia era un buen sustituto de la ducha. Cerró los ojos e intentó imaginarse que estaba en algún otro lugar, una playa, una cabaña en medio de un bosque, y con buena compañía. El chico que repartía el periódico en la salida era mono, podría valer, decidió. Aquellas ensoñaciones le sirvieron para olvidar los apretones, roces y respiraciones que la rodeaban.
Por fin llegó a su parada y salió del vagón, para desilusión del hombre trajeado que se había estado frotando contra su pierna como un perro en celo. Recorrió el trayecto hasta la salida maquinalmente, siguiendo la marea humana, y al subir las escaleras vio a aquel con quien había pasado unas pequeñas vacaciones imaginarias hacía unos minutos. Alargó la mano, como todos los días, para coger el periódico que le extendían, y sonrió al repartidor musitando un 'gracias' que nadie excepto ella oyó mientras la riada de gente que salía del metro la empujaba hacia la calle. La rutina la dirigió hasta la parada del autobús, la hizo subir y la sentó en la parte de atrás sin que tuviera que molestarse en hacer todo eso de manera consciente. Por eso no notó el bulto del periódico hasta que lo abrió para leerlo y encontró, entre una foto del alcalde y el anuncio del último estreno cenematográfico, una rosa roja.
A diferencia de todos los días hasta aquel, hizo el resto del trayecto hasta el trabajo sonriendo.
Bajo el chorro caliente la volvió a asaltar la pereza. Allí estaba en la gloria, ¿para qué salir, para qué enfrentarse otra vez al mundo, que la volvería a vencer sin darse siquiera cuenta de su existencia? El viejo calentador decidió por ella al apagarse y devolviéndola al mundo con una cascada de agua helada.
Ya vestida, salió a la calle y caminó hasta la boca del metro mientras maldecía entre dientes al viento. El andén estaba repleto, como siempre y acabó, como siempre, embutida para poder entrar en el vagón, asfixiada entre los múltiples olores... Aún había quien pensaba que la colonia era un buen sustituto de la ducha. Cerró los ojos e intentó imaginarse que estaba en algún otro lugar, una playa, una cabaña en medio de un bosque, y con buena compañía. El chico que repartía el periódico en la salida era mono, podría valer, decidió. Aquellas ensoñaciones le sirvieron para olvidar los apretones, roces y respiraciones que la rodeaban.
Por fin llegó a su parada y salió del vagón, para desilusión del hombre trajeado que se había estado frotando contra su pierna como un perro en celo. Recorrió el trayecto hasta la salida maquinalmente, siguiendo la marea humana, y al subir las escaleras vio a aquel con quien había pasado unas pequeñas vacaciones imaginarias hacía unos minutos. Alargó la mano, como todos los días, para coger el periódico que le extendían, y sonrió al repartidor musitando un 'gracias' que nadie excepto ella oyó mientras la riada de gente que salía del metro la empujaba hacia la calle. La rutina la dirigió hasta la parada del autobús, la hizo subir y la sentó en la parte de atrás sin que tuviera que molestarse en hacer todo eso de manera consciente. Por eso no notó el bulto del periódico hasta que lo abrió para leerlo y encontró, entre una foto del alcalde y el anuncio del último estreno cenematográfico, una rosa roja.
A diferencia de todos los días hasta aquel, hizo el resto del trayecto hasta el trabajo sonriendo.
Sobre regresos
Ya estoy vivo de nuevo. Después de hazañas como dormir 14 horas seguidas o conseguir resistirme a las tentaciones de pasar las mañanas en los pasillos de la facultad tomando café, he reunido fuerzas físicas y morales para seguir con este deber autoimpuesto. Esta noche, vuelvo a aburriros con más 'rollos deprimentes de esos míos' (hola, Carlos).
Gracias por la paciencia y los mensajes, gente.
Gracias por la paciencia y los mensajes, gente.
Sobre ausencias
Odio los exámenes. Bueno, la verdad es que hacer exámenes en realidad me gusta (soy un bicho raro), pero acabo destrozado. Y hoy/ayer he pegado el reventón. Cuando mi estómago y mi cabeza decidan volver cada uno a su lugar (se han intercambiado posiciones, los muy hijos de perra), regresaré otra vez con esto. Porque realmente es lo que me gusta, escribir penas ficticias y alegrías auténticas. Mientras tanto, me esperan una manta, un colacao que no es Cola Cao realmente, sino cacao negro soluble (esos pequeños placeres que corro el riesgo de permitirme) y un libro de Woody Allen.
Hasta ahora.
Hasta ahora.
Protestas
Un bostezo, un par de estiramientos, y otra vuelta en la cama. Era la mejor parte del día, quedarse un par de horas tapado con las mantas, ya despierto, pero sin levantarse aún. Por fin, más por aburrimiento que por otra cosa, se levantó pesadamente, hizo una rápida visita al baño y encendió la cafetera para calentar el café que sobró del día anterior.
Con la taza en una mano y la caja de galletas en la otra, fue al comedor y encendió el televisor. Tomó el mando a distancia y probó todos los canales, pero en todos emitían variaciones de lo mismo. Los políticos seguían haciendo lo que querían, justificándose con mentiras que el sicario de turno corroboraba en el informativo, o que atacaba con ferocidad algún mercenario a sueldo de la facción opuesta. Las ideas eran lo de menos; lo que importaba era llegar a ocupar aquel sillón, hacerse las fotos oficiales. Si algún día uno de ellos hablaba a favor de Dios, el otro tendría que alabar al Diablo, y nadie sabría quién de los dos renegaba realmente de su religión. Pero la gente seguía tragando, pensaba, ellos seguían ahí, haciéndo cuanto les venía en gana, y la masa de borregos asentía sumisa, beee, beee. Qué vergüenza.
Era ya media tarde y aún no había comido, pero tampoco tenía hambre; ya se calentaría algo por la noche.
La televisión seguía hablando, si hablar podía llamarse a los sonidos que emitían seis espantapájaros sentados alrededor de una ridícula e inútil mesa de cristal, según parecía en relación al último amante de determinada modelo que hacía poco que había enviudado de su anciano y rico esposo anterior. El reemplazo no era ni menos anciano ni menos rico que el difunto. ¿De qué se escandalizaban? Así funciona la mente femenina... Sólo miran el bulto de la cartera o el de los pantalones. Mucho hablar de que quieren un hombre que las comprenda, que sepa tratarlas, que las escuche y les dé cariño, y al final todas querían lo mismo. Ninguna se fijaría en esa belleza interior que tanto proclamaban que era la única verdadera, y menos una de esas supermodelos o actrices. Pero, ¿tenía que conformarse con una chica del montón, sólo por no tener tres coches de lujo o no hincharse a esteroides? Mierda de mundo, mierda de materialismo, mierda de reinado de las apariencias...
Oscureció, y se encontró con que tenía más sueño que hambre, así que se acostó sin cenar. Además, al día siguiente su madre estaría en casa y haría una comida decente, que compensaría la semana que llevaba alimentándose a base de pizzas y sobras, mientras ella estaba en el pueblo. No había tenido tiempo de ponerse a cocinar: siempre estaba muy ocupado, había nacido para cosas importantes.
Con la taza en una mano y la caja de galletas en la otra, fue al comedor y encendió el televisor. Tomó el mando a distancia y probó todos los canales, pero en todos emitían variaciones de lo mismo. Los políticos seguían haciendo lo que querían, justificándose con mentiras que el sicario de turno corroboraba en el informativo, o que atacaba con ferocidad algún mercenario a sueldo de la facción opuesta. Las ideas eran lo de menos; lo que importaba era llegar a ocupar aquel sillón, hacerse las fotos oficiales. Si algún día uno de ellos hablaba a favor de Dios, el otro tendría que alabar al Diablo, y nadie sabría quién de los dos renegaba realmente de su religión. Pero la gente seguía tragando, pensaba, ellos seguían ahí, haciéndo cuanto les venía en gana, y la masa de borregos asentía sumisa, beee, beee. Qué vergüenza.
Era ya media tarde y aún no había comido, pero tampoco tenía hambre; ya se calentaría algo por la noche.
La televisión seguía hablando, si hablar podía llamarse a los sonidos que emitían seis espantapájaros sentados alrededor de una ridícula e inútil mesa de cristal, según parecía en relación al último amante de determinada modelo que hacía poco que había enviudado de su anciano y rico esposo anterior. El reemplazo no era ni menos anciano ni menos rico que el difunto. ¿De qué se escandalizaban? Así funciona la mente femenina... Sólo miran el bulto de la cartera o el de los pantalones. Mucho hablar de que quieren un hombre que las comprenda, que sepa tratarlas, que las escuche y les dé cariño, y al final todas querían lo mismo. Ninguna se fijaría en esa belleza interior que tanto proclamaban que era la única verdadera, y menos una de esas supermodelos o actrices. Pero, ¿tenía que conformarse con una chica del montón, sólo por no tener tres coches de lujo o no hincharse a esteroides? Mierda de mundo, mierda de materialismo, mierda de reinado de las apariencias...
Oscureció, y se encontró con que tenía más sueño que hambre, así que se acostó sin cenar. Además, al día siguiente su madre estaría en casa y haría una comida decente, que compensaría la semana que llevaba alimentándose a base de pizzas y sobras, mientras ella estaba en el pueblo. No había tenido tiempo de ponerse a cocinar: siempre estaba muy ocupado, había nacido para cosas importantes.
Pasado
-Buenos días, gilipollas.
-Nadie te ha invitado. ¿Qué haces aquí? Márchate.
-Sabes que puedo venir cuando quiera. Es mi derecho, y tu obligación. Ese fue el trato, ¿no te acuerdas?
-No quiero acordarme. Ya no eres parte de mi vida, eres una sombra, un montón de ceniza de otra época.
-Resultas patético, intentas engañarte, pero sabes que soy mucho más real que tú. Tú no eres más que humo y espejos, maquillaje, el borrón de pintura que tapa el nombre escrito en la pared.
-¿Y quién eres tú para juzgarme? No huyo. Sé lo que ocurrió, lo que hice, y me enfrenté a ello. Sufrí mi condena para librarme de ti, ¿no lo ves? Vete, déjame.
-¿Crees que es tan fácil borrar el pasado? Tu exilio no fue condena; fue huida, te fuiste para evitar enfrentarte a lo que merecías realmente. Y por eso estoy aquí hoy. Tienes que pagar, y vas a hacerlo. Tus manos están manchadas, tu alma está manchada.
-Mi alma está tranquila.
-Eso no es tu alma, y lo sabes. Esa ficción no durará. Caerás, y cuando caigas estaré ahí para verlo. Para reírme de ti.
-¡Mientes! ¡He cambiado, este soy yo ahora! No me escondo ni huyo. Ya no. ¿Te has parado a pensar que quizá me importes tan poco que ni siquiera merezcas que me enfrente a ti?
-Pero sin embargo te enfrentas. Sabes que si lo que dices fuese verdad, no estaría aquí. Si he venido a por ti es porque tú me has llamado. En el fondo me quieres aquí, no quieres una conclusión. Aún no.
-¿No me has oído? Estoy en paz. No te quiero, no te necesito. ¡Vete! ¡Márchate y no vuelvas!
De un puñetazo rompí el espejo. Su rostro me miraba ahora mil veces, susurrándome: 'Volveré. Volveré una y otra vez, hasta que desaparezcas y sólo quede yo de nuevo'. Mientras, el lavabo se teñía de rojo con la sangre que goteaba de mis nudillos.
-Nadie te ha invitado. ¿Qué haces aquí? Márchate.
-Sabes que puedo venir cuando quiera. Es mi derecho, y tu obligación. Ese fue el trato, ¿no te acuerdas?
-No quiero acordarme. Ya no eres parte de mi vida, eres una sombra, un montón de ceniza de otra época.
-Resultas patético, intentas engañarte, pero sabes que soy mucho más real que tú. Tú no eres más que humo y espejos, maquillaje, el borrón de pintura que tapa el nombre escrito en la pared.
-¿Y quién eres tú para juzgarme? No huyo. Sé lo que ocurrió, lo que hice, y me enfrenté a ello. Sufrí mi condena para librarme de ti, ¿no lo ves? Vete, déjame.
-¿Crees que es tan fácil borrar el pasado? Tu exilio no fue condena; fue huida, te fuiste para evitar enfrentarte a lo que merecías realmente. Y por eso estoy aquí hoy. Tienes que pagar, y vas a hacerlo. Tus manos están manchadas, tu alma está manchada.
-Mi alma está tranquila.
-Eso no es tu alma, y lo sabes. Esa ficción no durará. Caerás, y cuando caigas estaré ahí para verlo. Para reírme de ti.
-¡Mientes! ¡He cambiado, este soy yo ahora! No me escondo ni huyo. Ya no. ¿Te has parado a pensar que quizá me importes tan poco que ni siquiera merezcas que me enfrente a ti?
-Pero sin embargo te enfrentas. Sabes que si lo que dices fuese verdad, no estaría aquí. Si he venido a por ti es porque tú me has llamado. En el fondo me quieres aquí, no quieres una conclusión. Aún no.
-¿No me has oído? Estoy en paz. No te quiero, no te necesito. ¡Vete! ¡Márchate y no vuelvas!
De un puñetazo rompí el espejo. Su rostro me miraba ahora mil veces, susurrándome: 'Volveré. Volveré una y otra vez, hasta que desaparezcas y sólo quede yo de nuevo'. Mientras, el lavabo se teñía de rojo con la sangre que goteaba de mis nudillos.
A Softer World: un mundo más suave
No sabría decir exactamente por qué, pero esta tira me parece sublime.
Disfrutadla, y que cada cual le encuentre su explicación.
Disfrutadla, y que cada cual le encuentre su explicación.
Puta
Puta.
La palabra rozó los oídos de Clara mientras salía del bar con él de la mano, pero no le hizo caso porque ya sabía lo que significaba: '¿por qué no conmigo?'. La había oído ya tantas veces que perdió su categoría de palabra para ella, que pensaba en los 'puta' que se oían cuando pasaba como en estornudos o carraspeos.
Puta, bailando sola en el bar. Puta, sonriendo. Puta, hablando con quien se le acercaba, bebiendo de su copa, acariciándole el cuello. Puta, puta, puta... Curiosamente muchos se acercarían el sábado siguiente, y cuando ella pusiera el dedo sobre sus labios, ningún 'puta' saldría de ellos. Preciosa, bonita, guapa, encanto..., amor, llegó a decirle alguien, y ella se contuvo de reír, porque en el fondo era lo que soñaba llegar a ser.
Cuando la veía de nuevo el lunes en la facultad, parecía imposible que fuera la misma Clara que hace dos noches había llevado a cabo su rutina, su ritual, la misma que salía cada noche del bar con alguien distinto de la mano, alguien que un tiempo después volvía con su grupo de amigos para corear como un tantra aquel 'puta, puta', a comentar la jugada que tal vez repitiera otro de los congregados. Nadie podía imaginar, el lunes, aquellos ojos color miel rodeados de maquillaje, aquella blusa sencilla transformada en un infinito escote, aquel educado 'buenos días' pronunciado por los mismos labios que decían 'fóllame'.
Sólo yo conocía su secreto, sólo yo sabía de su interminable búsqueda. Sólo yo la veía repetir una y otra vez los mismos errores, como castigada por un cruel dios mitológico, aun a sabiendas de que su meta era imposible. Porque ninguno de los sapos a los que besaba mi princesa en asientos traseros y lavabos se convertiría en aquel príncipe que la abrazaba en sus sueños.
La palabra rozó los oídos de Clara mientras salía del bar con él de la mano, pero no le hizo caso porque ya sabía lo que significaba: '¿por qué no conmigo?'. La había oído ya tantas veces que perdió su categoría de palabra para ella, que pensaba en los 'puta' que se oían cuando pasaba como en estornudos o carraspeos.
Puta, bailando sola en el bar. Puta, sonriendo. Puta, hablando con quien se le acercaba, bebiendo de su copa, acariciándole el cuello. Puta, puta, puta... Curiosamente muchos se acercarían el sábado siguiente, y cuando ella pusiera el dedo sobre sus labios, ningún 'puta' saldría de ellos. Preciosa, bonita, guapa, encanto..., amor, llegó a decirle alguien, y ella se contuvo de reír, porque en el fondo era lo que soñaba llegar a ser.
Cuando la veía de nuevo el lunes en la facultad, parecía imposible que fuera la misma Clara que hace dos noches había llevado a cabo su rutina, su ritual, la misma que salía cada noche del bar con alguien distinto de la mano, alguien que un tiempo después volvía con su grupo de amigos para corear como un tantra aquel 'puta, puta', a comentar la jugada que tal vez repitiera otro de los congregados. Nadie podía imaginar, el lunes, aquellos ojos color miel rodeados de maquillaje, aquella blusa sencilla transformada en un infinito escote, aquel educado 'buenos días' pronunciado por los mismos labios que decían 'fóllame'.
Sólo yo conocía su secreto, sólo yo sabía de su interminable búsqueda. Sólo yo la veía repetir una y otra vez los mismos errores, como castigada por un cruel dios mitológico, aun a sabiendas de que su meta era imposible. Porque ninguno de los sapos a los que besaba mi princesa en asientos traseros y lavabos se convertiría en aquel príncipe que la abrazaba en sus sueños.
Bloqueo
Cansado, apagó el ordenador. Estaba bloqueado, se dijo, les pasa a los mejores escritores; seguro que Balzac tuvo también días en los que no era capaz de escribir una sola línea. Calentó una taza con agua en el microondas y hundió en ella el sobre de manzanilla, empujándolo con la cuchara hasta el fondo, viendo cómo el agua se coloreaba. La manzanilla era una infusión poco adecuada para un escritor, por lo vulgar. Té rojo, poleo, incluso melisa, parecían encajar más con su oficio, pero él seguía fiel a aquella hierba, aunque sólo fuera porque le recordaba a su abuela, a aquellas tardes en las que ella cuidaba de él y los dos tomaban manzanilla con galletas. Incluso ahora, más de diez años después de su muerte, el olor a manzanilla lo transportaba a aquella época, junto a aquella mujer sencilla y buena que jugaba al cinquillo y rezaba el avemaría antes de dormir.
Terminó la manzanilla y el bloqueo seguía ahí. Si la inspiración no venía a él, no le quedaba otro remedio que salir a buscarla, así que se vistió, se metió las llaves en el bolsillo del pantalón y abrió la puerta. Decidió dirigirse al parque; así, aunque el paseo no le devolviera la inspiración, al menos respiraría un poco de aire puro. Además, era otoño y le gustaba caminar sobre el suelo sembrado de hojas secas. El sonido que hacían cuando las pisaba, el tacto mitad mullido mitad crujiente bajo sus pies, siempre conseguían alegrarlo, y hacían que la gente se lo quedara mirando preguntándose el porqué de su sonrisa.
El parque estaba lleno de gente, era sábado por la mañana, pero aún entonces se podían encontrar buenos sitios para pasear; el paseo perfecto necesita de la cantidad exacta de gente. Demasiada gente causa ahogo, no permite relajarse lo suficiente, pero hacía falta alguien, dos, tres, cuatro pequeños grupos, alrededor para no olvidar que el mundo está lleno de vidas, de pequeñas historias. Los novios que se revolcaban, llenándose la ropa y el pelo de astillas y tierra, a falta de un espacio que llamar suyo, consagrando su amor a la Madre Tierra. El mendigo que dormita a la sombra de un árbol, con el pequeño perro que lo acompaña a todas partes velándole el sueño y que ladra, enseñando los dientecillos, cuando considera que alguien se acerca demasiado, demasiado fiel para reparar en la poca amenaza que puede presentar un yorkshire terrier al que le faltaban varios mechones de pelo. Los ancianos sentados en un banco, mirando hacia ningún sitio en particular tal vez porque ya no les queda nada que ver. Esas salpicaduras de humanidad en la vegetación que le eran tan necesarias, todas ellas estaban ahí con él, como si su simple voluntad los hubiera convocado.
Volvió a casa y se echó en el sofá, declarándose vencido. Cuando se encontraba en esa tierra brumosa entre la vigilia y el sueño, un maullido lo devolvió al mundo de los ojos abiertos. Puso los pies en el suelo, tomó a su gata y la puso junto a él. La acarició distraídamente, gesto que fue correspondido con un ronroneo, mientras intentaba encontrar algún tema sobre el que escribir. No se le ocurría nada.
Terminó la manzanilla y el bloqueo seguía ahí. Si la inspiración no venía a él, no le quedaba otro remedio que salir a buscarla, así que se vistió, se metió las llaves en el bolsillo del pantalón y abrió la puerta. Decidió dirigirse al parque; así, aunque el paseo no le devolviera la inspiración, al menos respiraría un poco de aire puro. Además, era otoño y le gustaba caminar sobre el suelo sembrado de hojas secas. El sonido que hacían cuando las pisaba, el tacto mitad mullido mitad crujiente bajo sus pies, siempre conseguían alegrarlo, y hacían que la gente se lo quedara mirando preguntándose el porqué de su sonrisa.
El parque estaba lleno de gente, era sábado por la mañana, pero aún entonces se podían encontrar buenos sitios para pasear; el paseo perfecto necesita de la cantidad exacta de gente. Demasiada gente causa ahogo, no permite relajarse lo suficiente, pero hacía falta alguien, dos, tres, cuatro pequeños grupos, alrededor para no olvidar que el mundo está lleno de vidas, de pequeñas historias. Los novios que se revolcaban, llenándose la ropa y el pelo de astillas y tierra, a falta de un espacio que llamar suyo, consagrando su amor a la Madre Tierra. El mendigo que dormita a la sombra de un árbol, con el pequeño perro que lo acompaña a todas partes velándole el sueño y que ladra, enseñando los dientecillos, cuando considera que alguien se acerca demasiado, demasiado fiel para reparar en la poca amenaza que puede presentar un yorkshire terrier al que le faltaban varios mechones de pelo. Los ancianos sentados en un banco, mirando hacia ningún sitio en particular tal vez porque ya no les queda nada que ver. Esas salpicaduras de humanidad en la vegetación que le eran tan necesarias, todas ellas estaban ahí con él, como si su simple voluntad los hubiera convocado.
Volvió a casa y se echó en el sofá, declarándose vencido. Cuando se encontraba en esa tierra brumosa entre la vigilia y el sueño, un maullido lo devolvió al mundo de los ojos abiertos. Puso los pies en el suelo, tomó a su gata y la puso junto a él. La acarició distraídamente, gesto que fue correspondido con un ronroneo, mientras intentaba encontrar algún tema sobre el que escribir. No se le ocurría nada.
Lola
Querida Lola:
Sé que te escondes en alguna parte, puedo incluso oír tu risita mientras piensas 'qué bobo, estoy a menos de un metro de él y no se da cuenta', pero no sabes que en realidad, no quiero buscarte. Me gusta este juego que tenemos, este esconderte y no encontrarte. Estos retrasos deliberados harán más dulce nuestro encuentro el día que decida darme la vuelta cuando cruzas de puntillas a mi espalda, ¿no lo sientes tú así también, Lola, cariño mío?
Te escribo esta carta para decirte que te quiero, que aunque parezca que no te haga caso, lo hago sólo por este juego nuestro del escondite, por continuar esta magia. Sueño con tus ojos de luna, con tu risa, sobre todo con tu risa, esa risa que me envuelve, que me acaricia, que me susurra que tú también me quieres, que si te escondes es por timidez, que un día reunirás fuerzas y saldrás a mi encuentro, y nos miraremos y no hará falta más. Ya ves, Lola, tu risa te traicionó. Pero no te enfades con ella, no lo hizo con mala intención; ella también te quiere, Lola, Lola, Lola...
Sueño con tu risa, sí, pero sueño también con tu cuerpo, con la piel de tu cuello y su sabor, perdóname los mordiscos, Lola, es que simplemente a veces no puedo contenerme, huelo tu piel, huelo ese aroma afrutado y me pregunto si sabrás del mismo modo, y muerdo. Permíteme alguna travesura de vez en cuando, Lola; después de todo, tú sigues escondiéndote, jugando, y yo también soy un poco niño, Lola, amor.
Tu nombre es lo más bello de ti, y lo más mágico. Es mágico porque es un secreto, nadie lo sabe, sólo yo. Los demás te llaman María, Isabel, Rebeca, Sandra... Algunos, cuando te vistes con rostro de Lola, te llaman también así, pero sigue sin ser el mismo nombre. ¿No es verdad? Por eso a veces te llamo, bajito, para que nadie lo oiga, o disimulo llamando Lola a una paloma, a una niña, a una flor, cuando a quien hablo es al pedacito de ti que hay en ellas. A la pluma de la paloma, al rizo del cabello de la niña, al pétalo de la flor, a esas tres pequeñas Lolas, porque en todo lo hermoso hay un pedacito tuyo.
Ya te he dicho que te amo, Lola mía, que sé que tú me amas y que sueñas conmigo también. ¿Cómo me llamas tú en tus sueños? ¿Me sueñas príncipe, Amadís, Lanzarote, me sueñas poeta, Gustavo Adolfo, Neftalí..., o me sueñas perverso, Humbert? ¿Cuál es mi nombre? Ponme a prueba. Llámame, no por el nombre que me han dado, sino por el mío, ese que sólo conoces tú. Llámame y, algún día, me daré la vuelta y te responderé. Te lo prometo.
Sé que te escondes en alguna parte, puedo incluso oír tu risita mientras piensas 'qué bobo, estoy a menos de un metro de él y no se da cuenta', pero no sabes que en realidad, no quiero buscarte. Me gusta este juego que tenemos, este esconderte y no encontrarte. Estos retrasos deliberados harán más dulce nuestro encuentro el día que decida darme la vuelta cuando cruzas de puntillas a mi espalda, ¿no lo sientes tú así también, Lola, cariño mío?
Te escribo esta carta para decirte que te quiero, que aunque parezca que no te haga caso, lo hago sólo por este juego nuestro del escondite, por continuar esta magia. Sueño con tus ojos de luna, con tu risa, sobre todo con tu risa, esa risa que me envuelve, que me acaricia, que me susurra que tú también me quieres, que si te escondes es por timidez, que un día reunirás fuerzas y saldrás a mi encuentro, y nos miraremos y no hará falta más. Ya ves, Lola, tu risa te traicionó. Pero no te enfades con ella, no lo hizo con mala intención; ella también te quiere, Lola, Lola, Lola...
Sueño con tu risa, sí, pero sueño también con tu cuerpo, con la piel de tu cuello y su sabor, perdóname los mordiscos, Lola, es que simplemente a veces no puedo contenerme, huelo tu piel, huelo ese aroma afrutado y me pregunto si sabrás del mismo modo, y muerdo. Permíteme alguna travesura de vez en cuando, Lola; después de todo, tú sigues escondiéndote, jugando, y yo también soy un poco niño, Lola, amor.
Tu nombre es lo más bello de ti, y lo más mágico. Es mágico porque es un secreto, nadie lo sabe, sólo yo. Los demás te llaman María, Isabel, Rebeca, Sandra... Algunos, cuando te vistes con rostro de Lola, te llaman también así, pero sigue sin ser el mismo nombre. ¿No es verdad? Por eso a veces te llamo, bajito, para que nadie lo oiga, o disimulo llamando Lola a una paloma, a una niña, a una flor, cuando a quien hablo es al pedacito de ti que hay en ellas. A la pluma de la paloma, al rizo del cabello de la niña, al pétalo de la flor, a esas tres pequeñas Lolas, porque en todo lo hermoso hay un pedacito tuyo.
Ya te he dicho que te amo, Lola mía, que sé que tú me amas y que sueñas conmigo también. ¿Cómo me llamas tú en tus sueños? ¿Me sueñas príncipe, Amadís, Lanzarote, me sueñas poeta, Gustavo Adolfo, Neftalí..., o me sueñas perverso, Humbert? ¿Cuál es mi nombre? Ponme a prueba. Llámame, no por el nombre que me han dado, sino por el mío, ese que sólo conoces tú. Llámame y, algún día, me daré la vuelta y te responderé. Te lo prometo.
Serpiente
Te gustaba mirarlos desnudos, inocentes. Tenían una belleza que no encontrabas en ninguna de las demás criaturas del mar, la tierra o el cielo. Admirabas la belleza de ella, morena, pequeña, cuando se bañaba en el río o recogía flores para adornarse, y la fuerza de él, su porte, cuando corría junto a los ciervos y reía. Los dos reían, pero de modo distinto. La risa de él era como truenos, la de ella como lluvia, ¡y qué hermosas eran cuando las oías al mismo tiempo!
Disfrutabas observándolos sin ser observada, pues sus miradas estaban siempre apuntando a lo alto, nunca al suelo, nunca a las hierbas entre las que te arrastrabas. Pero, ¿qué importaba que no repararan en tu existencia? Tú los amabas igualmente, porque amor era lo único que se podía sentir por dos criaturas así.
Los amabas tanto que un día decidiste ir a hablar con ellos, hacerte su amiga, su compañera. Miraste tu reflejo en el agua y te viste fea, repulsiva, indigna de su mirada, y decidiste que tenías que hacerles un regalo, darles algo bello que les hiciera olvidar tu fealdad pero, ¿qué les podías regalar, cuando eran los dueños de todo cuanto se veía? Por eso hiciste el viaje. Te resultó duro arrastrarte durante tantos días, sentir la arena arañando tu vientre mientras avanzabas, sin descanso, hasta el lugar donde se encontraba el Árbol. Por fin llegaste, trepaste no sin esfuerzo y tomaste uno de sus frutos con la boca. Ya tenías un regalo adecuado, algo que nunca habían probado, algo que podía hacerte ganar su amistad.
Te acercaste primero a ella. Tímida y aterrada, el corto trecho que os separaba se te hizo más largo y pesado que tu travesía anterior pero, aun así, hiciste un último esfuerzo y te elevaste, entrando en su campo de visión. Al principio ella se asustó, pero vio el fruto rojo y brillante que sujetabas con suavidad entre los dientes, sonrió y, suavemente, la tomó.
Lo llamó a él, con el fruto en la mano, y lo comieron juntos. Te acercaste a ellos, esperando su aprobación, con una mezcla de felicidad y nerviosismo, y ya estabas comenzando a trepar por la pierna de ella cuando viste sus rostros...
Ambos se echaron las manos al cuello. Cayeron después, intentando gritar, pero sin conseguirlo; tenían la garganta demasiado hinchada para respirar, cuánto menos para emitir sonido alguno. Siesaste de desesperación, quisiste ir en busca de agua, pero no tenías con qué transportarla; impotente, los viste morir.
A un lado de sus cuerpos viste el fruto a medio comer y advertiste las incisiones que habían producido en él tus colmillos, de las que todavía rezumaba un poco de veneno.
Disfrutabas observándolos sin ser observada, pues sus miradas estaban siempre apuntando a lo alto, nunca al suelo, nunca a las hierbas entre las que te arrastrabas. Pero, ¿qué importaba que no repararan en tu existencia? Tú los amabas igualmente, porque amor era lo único que se podía sentir por dos criaturas así.
Los amabas tanto que un día decidiste ir a hablar con ellos, hacerte su amiga, su compañera. Miraste tu reflejo en el agua y te viste fea, repulsiva, indigna de su mirada, y decidiste que tenías que hacerles un regalo, darles algo bello que les hiciera olvidar tu fealdad pero, ¿qué les podías regalar, cuando eran los dueños de todo cuanto se veía? Por eso hiciste el viaje. Te resultó duro arrastrarte durante tantos días, sentir la arena arañando tu vientre mientras avanzabas, sin descanso, hasta el lugar donde se encontraba el Árbol. Por fin llegaste, trepaste no sin esfuerzo y tomaste uno de sus frutos con la boca. Ya tenías un regalo adecuado, algo que nunca habían probado, algo que podía hacerte ganar su amistad.
Te acercaste primero a ella. Tímida y aterrada, el corto trecho que os separaba se te hizo más largo y pesado que tu travesía anterior pero, aun así, hiciste un último esfuerzo y te elevaste, entrando en su campo de visión. Al principio ella se asustó, pero vio el fruto rojo y brillante que sujetabas con suavidad entre los dientes, sonrió y, suavemente, la tomó.
Lo llamó a él, con el fruto en la mano, y lo comieron juntos. Te acercaste a ellos, esperando su aprobación, con una mezcla de felicidad y nerviosismo, y ya estabas comenzando a trepar por la pierna de ella cuando viste sus rostros...
Ambos se echaron las manos al cuello. Cayeron después, intentando gritar, pero sin conseguirlo; tenían la garganta demasiado hinchada para respirar, cuánto menos para emitir sonido alguno. Siesaste de desesperación, quisiste ir en busca de agua, pero no tenías con qué transportarla; impotente, los viste morir.
A un lado de sus cuerpos viste el fruto a medio comer y advertiste las incisiones que habían producido en él tus colmillos, de las que todavía rezumaba un poco de veneno.
Tras vencer al dragón
Subió pesadamente las escaleras de caracol que llevaban hasta lo alto de la torre. Ella lo esperaba, con el corazón latiéndole tan deprisa que casi se le salía del pecho. Ahí estaba él, su príncipe victorioso, el que había vencido al dragón y, por fin, la había liberado, y con estos gritos lo recibió. Él miró sus ojos azules, sus rubios cabellos, su blanco y largo cuello..., y vio sobre todo su sonrisa. Sonreía al verlo aparecer, con el brazo de la espada rojo de la sangre del dragón.
-Lo has matado -dijo, rebosando felicidad.
El príncipe pensó en aquella enorme bestia que salió a su encuentro abajo, en la cueva, cuando llegó sobre su caballo blanco. Lo primero en lo que se fijó fue en sus ojos, grandes y tristes, con una expresión que jamás habría imaginado en una criatura de su clase. Lo siguiente fue su voz potente, ronca, que parecía hablarle desde todos los rincones de la cueva a la vez. Oyó cómo le daba la bienvenida... Y una frase más.
-Procura que sea rápido.
-¿Qué?
-La muerte -explicó el monstruo-. Has de matarme, no me resistiré; pero te pido que al menos lo hagas rápido. Aquí, en el costado, mi piel es más delgada y, si hundes bien tu espada, podrás atravesarme el corazón.
-¿Pero por qué? ¿Por qué buscas la muerte?
-Arriba está tu princesa. No te conoce, pero no ha dejado jamás de hablar de ti. Desde que la traje a mi guarida, no ha pasado un sólo día sin que me dijera cómo llegarías, me vencerías en singular batalla, me cortarías la cabeza y te casarías con ella, que sería al fin libre de mi fétida existencia. Yo la traje aquí porque la amaba; la amaba entonces y aún la amo, pero para ella soy insoportable, aborrecible. Sueña contigo, con un fuerte y noble príncipe que me mate y la lleve a su castillo, y eso es lo que ha de tener. Por eso te lo ruego, mátame y hazla feliz, todo lo feliz que yo quisiera haber podido hacerla.
El príncipe no sabía qué decir. Cierto es que había ido hasta allí para matar al dragón, pero nunca hubiera esperado que fuera éste quien le pidiera morir. En silencio, porque ninguna palabra que pronunciara podría haber hecho justicia al sentimiento de solemne inevitabilidad que lo embargaba, se acercó a la bestia y, reuniendo todas sus fuerzas, hundió su espada en el punto que le había indicado. Ni siquiera entonces se movió el dragón; tan sólo le pareció ver cómo una lágrima surcaba su escamoso hocico. Aún en silencio, lentamente, se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños de piedra, esforzándose inútilmente por pensar que quien lo esperaba arriba podría ser digna de la muerte de tan honorable rival.
-Lo has matado -dijo, rebosando felicidad.
El príncipe pensó en aquella enorme bestia que salió a su encuentro abajo, en la cueva, cuando llegó sobre su caballo blanco. Lo primero en lo que se fijó fue en sus ojos, grandes y tristes, con una expresión que jamás habría imaginado en una criatura de su clase. Lo siguiente fue su voz potente, ronca, que parecía hablarle desde todos los rincones de la cueva a la vez. Oyó cómo le daba la bienvenida... Y una frase más.
-Procura que sea rápido.
-¿Qué?
-La muerte -explicó el monstruo-. Has de matarme, no me resistiré; pero te pido que al menos lo hagas rápido. Aquí, en el costado, mi piel es más delgada y, si hundes bien tu espada, podrás atravesarme el corazón.
-¿Pero por qué? ¿Por qué buscas la muerte?
-Arriba está tu princesa. No te conoce, pero no ha dejado jamás de hablar de ti. Desde que la traje a mi guarida, no ha pasado un sólo día sin que me dijera cómo llegarías, me vencerías en singular batalla, me cortarías la cabeza y te casarías con ella, que sería al fin libre de mi fétida existencia. Yo la traje aquí porque la amaba; la amaba entonces y aún la amo, pero para ella soy insoportable, aborrecible. Sueña contigo, con un fuerte y noble príncipe que me mate y la lleve a su castillo, y eso es lo que ha de tener. Por eso te lo ruego, mátame y hazla feliz, todo lo feliz que yo quisiera haber podido hacerla.
El príncipe no sabía qué decir. Cierto es que había ido hasta allí para matar al dragón, pero nunca hubiera esperado que fuera éste quien le pidiera morir. En silencio, porque ninguna palabra que pronunciara podría haber hecho justicia al sentimiento de solemne inevitabilidad que lo embargaba, se acercó a la bestia y, reuniendo todas sus fuerzas, hundió su espada en el punto que le había indicado. Ni siquiera entonces se movió el dragón; tan sólo le pareció ver cómo una lágrima surcaba su escamoso hocico. Aún en silencio, lentamente, se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subir los peldaños de piedra, esforzándose inútilmente por pensar que quien lo esperaba arriba podría ser digna de la muerte de tan honorable rival.
The Order of the Stick: a palos con el D&D
Después de dos publicaciones deprimentes, creo que ya me tocaba hablar de algo feliz, aunque no sea mío, ¿no? Por aquello del equilibrio cósmico y demás...
The Order of the Stick es otro webcomic más, este con una historia más concreta: se trata de las aventuras de un grupo de 'valientes' en un mundo medieval-fantástico. El dibujo pertenece a lo que podríamos denominar estilo 'palotes', pero asombra cómo, dentro de esa sencillez, consigue una gran expresividad. No todo el mundo puede dibujar palotes así de bien.
En cuanto al contenido, el objetivo principal es hacer reír, aunque no descuida la historia ni el desarrollo de los personajes. Si hay que ponerle una pega, es que el público al que se dirige es demasiado específico, ya que parodia directamente aspectos del juego de rol Dungeons & Dragons, haciendo chistes sobre aspectos incoherentes de las reglas, clichés de los juegos de rol de fantasía... Definitivamente, alguien que conozca el mundo y el reglamento de ese juego disfrutará más del tebeo, aunque los 'no iniciados' también pueden encontrarlo divertido, del mismo modo que no hace falta ser fanático de la mitología artúrica para reírse con Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, de Monty Python.
En fin, echadle un vistazo quienes no lo conozcáis ya, y ya me contaréis...
The Order of the Stick es otro webcomic más, este con una historia más concreta: se trata de las aventuras de un grupo de 'valientes' en un mundo medieval-fantástico. El dibujo pertenece a lo que podríamos denominar estilo 'palotes', pero asombra cómo, dentro de esa sencillez, consigue una gran expresividad. No todo el mundo puede dibujar palotes así de bien.
En cuanto al contenido, el objetivo principal es hacer reír, aunque no descuida la historia ni el desarrollo de los personajes. Si hay que ponerle una pega, es que el público al que se dirige es demasiado específico, ya que parodia directamente aspectos del juego de rol Dungeons & Dragons, haciendo chistes sobre aspectos incoherentes de las reglas, clichés de los juegos de rol de fantasía... Definitivamente, alguien que conozca el mundo y el reglamento de ese juego disfrutará más del tebeo, aunque los 'no iniciados' también pueden encontrarlo divertido, del mismo modo que no hace falta ser fanático de la mitología artúrica para reírse con Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, de Monty Python.
En fin, echadle un vistazo quienes no lo conozcáis ya, y ya me contaréis...
Aniversario
La ciudad estaba helada. La gente corría de puro frío, intentando pasar el menor tiempo posible en las calles, pero a él no le importaba. ¿Qué puede el frío contra el amor verdadero? Allí estaba, de pie en la esquina, esperando a la mujer que hacía tiempo le había arrebatado el corazón. Ese día se cumplían precisamente dos años desde la primera vez que se vieron, en esa misma esquina. No se hablaron aquella vez, ni tan siquiera se miraron más de unos segundos, pero no le hizo falta para saber que estaban hechos el uno para el otro, que él era el destino de ella, y ella el de él.
Erguido, impasible, resistía los embates del viento que intentaba cortar su cara, su cara arrugada y curtida como cuero que hacía mala justicia a sus cincuenta y tres años. Impasible en el exterior, porque por dentro se sentía como un chiquillo enamorado, como si fuera su primera cita. Comenzó a recordar cada mirada, cada gesto, cada palabra que habían cruzado. Los atesoraba todos y cada uno de ellos; no había detalle de ella, por nimio que fuera, que no tuviera grabado a fuego en la memoria. Qué poco faltaba, qué poco...
Por fin sonaron las once, campanada tras campanada. En una iglesia cercana la gente salía de misa, creando una deliciosa anacronía en contraste con el mundo de plástico, aluminio y cristal que se alzaba a su alrededor. Allí, entre una enorme tienda de ropa para jóvenes y un banco, las mujeres vestidas de negro salían de misa, igual que habían hecho, cambiando sólo de nombre y de cuerpo, años, décadas, siglos atrás.
Y entonces apareció ella. La vio acercarse desde lejos, los brazos cruzados, apretados contra el pecho, la cabeza algo encogida, el cuello del abrigo levantado; ¡qué necio era el viento, que la trataba como si fuera igual que el resto del mundo! Pero él sabía que no era así, que ella era especial, que tenía ese algo que, hasta que la conoció, pensaba que sólo existía en las canciones. Mientras la veía acercarse, nervioso y temblando como un flan, improvisó la mejor de sus sonrisas para recibirla.
'Buenos días. Qué frío hace, ¿verdad?', le dijo cuando llegó hasta él. Ella le sonrió, angelical: 'Mucho, mucho frío. Tome, Juan, tómese un café calentito a mi salud, que no hace día para estar en la calle'. Juan notó el tacto cálido y suave de la mano de ella cuando rozó la suya para darle unas monedas. 'Dios se lo pague', dijo tristemente y se quedó de pie en la esquina mirando, como todos los días desde hacía dos años, cómo se alejaba la única mujer a la que había amado.
Erguido, impasible, resistía los embates del viento que intentaba cortar su cara, su cara arrugada y curtida como cuero que hacía mala justicia a sus cincuenta y tres años. Impasible en el exterior, porque por dentro se sentía como un chiquillo enamorado, como si fuera su primera cita. Comenzó a recordar cada mirada, cada gesto, cada palabra que habían cruzado. Los atesoraba todos y cada uno de ellos; no había detalle de ella, por nimio que fuera, que no tuviera grabado a fuego en la memoria. Qué poco faltaba, qué poco...
Por fin sonaron las once, campanada tras campanada. En una iglesia cercana la gente salía de misa, creando una deliciosa anacronía en contraste con el mundo de plástico, aluminio y cristal que se alzaba a su alrededor. Allí, entre una enorme tienda de ropa para jóvenes y un banco, las mujeres vestidas de negro salían de misa, igual que habían hecho, cambiando sólo de nombre y de cuerpo, años, décadas, siglos atrás.
Y entonces apareció ella. La vio acercarse desde lejos, los brazos cruzados, apretados contra el pecho, la cabeza algo encogida, el cuello del abrigo levantado; ¡qué necio era el viento, que la trataba como si fuera igual que el resto del mundo! Pero él sabía que no era así, que ella era especial, que tenía ese algo que, hasta que la conoció, pensaba que sólo existía en las canciones. Mientras la veía acercarse, nervioso y temblando como un flan, improvisó la mejor de sus sonrisas para recibirla.
'Buenos días. Qué frío hace, ¿verdad?', le dijo cuando llegó hasta él. Ella le sonrió, angelical: 'Mucho, mucho frío. Tome, Juan, tómese un café calentito a mi salud, que no hace día para estar en la calle'. Juan notó el tacto cálido y suave de la mano de ella cuando rozó la suya para darle unas monedas. 'Dios se lo pague', dijo tristemente y se quedó de pie en la esquina mirando, como todos los días desde hacía dos años, cómo se alejaba la única mujer a la que había amado.
Fueron tus ojos
Tienes que comprenderme. Nunca esperé conocer a nadie como tú, y llegaste de pronto, sin avisar, derribando todos mis muros e instalándote en mi punto débil como si fuera tu casa. Yo, que creía que nunca volvería a amar, que mi corazón se había quedado hueco, incapaz de sentir ya más, y de repente me descubrí pensando en ti cuando no estabas, deseando llegar a casa para verte en el sofá, sentarme junto a ti y comenzar ese juego de caricias, de pieles erizándose, de cabellos enredados...
Y dormir contigo. ¿Sabes que muchas veces fingía seguir durmiendo para poder quedarme junto a ti en la cama? Claro que lo sabes. Tú siempre lo has sabido todo de mí, desde la primera vez que nos vimos, ¿te acuerdas? Yo estaba en aquella fiesta, en un rincón, sin hablar; no conocía a nadie, había ido por compromiso y la persona con quien había quedado al final no se presentó, pero te acercaste a mí con dos copas y comenzamos a charlar. Yo hable y hablé, sin poder apartar la mirada de esos preciosos ojos grises tuyos y, no sé cómo, ya te estaba besando. Y desde entonces, amor, desde entonces estamos juntos, sin separarnos jamás; te viniste a vivir conmigo a regañadientes, aún te recuerdo rezongando, preguntándome si no creía que era muy pronto, pero yo ya no podía vivir sin ti, te necesitaba junto a mí en todo momento. Y tú lo comprendiste, y en el fondo, no hace falta que lo digas, ya lo sé, te gustó, te complació saberme tan de tu propiedad.
Anoche nos acostamos igual que siempre, y te dormiste abrazándome, igual que siempre. Me juraste amarme por encima de todo, y yo te juré amarte más que a mí, no, igual que a mí, porque eres yo. Porque yo soy una parte de ti, un pedazo de tu cuerpo, un latido en tu corazón. Y entre nuestros juramentos susurrados, nos dormimos, desnudos y entrelazados, como todas las noches.
Si hoy no hubiera sido lunes, podría haber ignorado el despertador y seguir en la cama contigo, y tal vez no habria ocurrido nada. No, llegados a este punto no tiene sentido intentar engañarte a ti, o tal vez sea a mí a quien esté intentando engañar; habría ocurrido igualmente, porque ya era inevitable. Así que, inevitablemente, lunes o no, me levanté, maldiciéndome por dejarte durmiendo, por no darte otro beso, por no saborearte una vez más antes de irme a la oficina. Fue en el baño, ¿te desperté, cariño? Sí, debí de despertarte; lo siento, pero no pude evitar gritar. Si tú te hubieras mirado en el espejo y no hubieras visto tu reflejo, habrías gritado también. Pero a ti eso no te va a pasar nunca porque, entonces lo comprendí, tienes dos reflejos, dos almas: la tuya y la mía. Te amo demasiado, vida mía. Tanto que, realmente, te acabé por dar mi alma. Pero la necesito, nadie puede vivir sin su alma, ni siquiera aunque la tenga el ser al que más adora en este mundo. Y, además, ¿cómo ibas tú a querer a alguien que no tiene alma? No podía ser, amor, y ni siquiera podía pedírtela, porque sé que no quisiste hacerlo; no me robaste el alma, sino que te la entregué yo, te la metí en el bolsillo sin que te dieras cuenta.
Por eso no quedaba otra salida, por eso, mientras aún te debatías entre el sueño y la vigilia, mientras me preguntabas qué me pasaba, si estaba todo bien, si me había golpeado o cortado con algo, fui hacia ti y te clavé el cuchillo. Por eso te he matado, cariño, porque no quedaba otra solución. Tienes que comprenderme.
Y dormir contigo. ¿Sabes que muchas veces fingía seguir durmiendo para poder quedarme junto a ti en la cama? Claro que lo sabes. Tú siempre lo has sabido todo de mí, desde la primera vez que nos vimos, ¿te acuerdas? Yo estaba en aquella fiesta, en un rincón, sin hablar; no conocía a nadie, había ido por compromiso y la persona con quien había quedado al final no se presentó, pero te acercaste a mí con dos copas y comenzamos a charlar. Yo hable y hablé, sin poder apartar la mirada de esos preciosos ojos grises tuyos y, no sé cómo, ya te estaba besando. Y desde entonces, amor, desde entonces estamos juntos, sin separarnos jamás; te viniste a vivir conmigo a regañadientes, aún te recuerdo rezongando, preguntándome si no creía que era muy pronto, pero yo ya no podía vivir sin ti, te necesitaba junto a mí en todo momento. Y tú lo comprendiste, y en el fondo, no hace falta que lo digas, ya lo sé, te gustó, te complació saberme tan de tu propiedad.
Anoche nos acostamos igual que siempre, y te dormiste abrazándome, igual que siempre. Me juraste amarme por encima de todo, y yo te juré amarte más que a mí, no, igual que a mí, porque eres yo. Porque yo soy una parte de ti, un pedazo de tu cuerpo, un latido en tu corazón. Y entre nuestros juramentos susurrados, nos dormimos, desnudos y entrelazados, como todas las noches.
Si hoy no hubiera sido lunes, podría haber ignorado el despertador y seguir en la cama contigo, y tal vez no habria ocurrido nada. No, llegados a este punto no tiene sentido intentar engañarte a ti, o tal vez sea a mí a quien esté intentando engañar; habría ocurrido igualmente, porque ya era inevitable. Así que, inevitablemente, lunes o no, me levanté, maldiciéndome por dejarte durmiendo, por no darte otro beso, por no saborearte una vez más antes de irme a la oficina. Fue en el baño, ¿te desperté, cariño? Sí, debí de despertarte; lo siento, pero no pude evitar gritar. Si tú te hubieras mirado en el espejo y no hubieras visto tu reflejo, habrías gritado también. Pero a ti eso no te va a pasar nunca porque, entonces lo comprendí, tienes dos reflejos, dos almas: la tuya y la mía. Te amo demasiado, vida mía. Tanto que, realmente, te acabé por dar mi alma. Pero la necesito, nadie puede vivir sin su alma, ni siquiera aunque la tenga el ser al que más adora en este mundo. Y, además, ¿cómo ibas tú a querer a alguien que no tiene alma? No podía ser, amor, y ni siquiera podía pedírtela, porque sé que no quisiste hacerlo; no me robaste el alma, sino que te la entregué yo, te la metí en el bolsillo sin que te dieras cuenta.
Por eso no quedaba otra salida, por eso, mientras aún te debatías entre el sueño y la vigilia, mientras me preguntabas qué me pasaba, si estaba todo bien, si me había golpeado o cortado con algo, fui hacia ti y te clavé el cuchillo. Por eso te he matado, cariño, porque no quedaba otra solución. Tienes que comprenderme.
Irregular Webcomic!: ¡crickey!
Irregular Webcomic! (el signo de exclamación parece ser importante) es una tira que descoloca ya desde el título, porque contiene dos mentiras. La primera es la de 'irregular', porque David Morgan-Mar es uno de los actualizadores más puntuales que he visto. Todos los días, a la misma hora, ahí tienes una tira nueva. La otra mentira es la de 'webcomic', ya que en realidad su autor no dibuja ni una sola línea (bueno, hay una línea argumental que sí está dibujada, pero no por él). Irregular Webcomic! está realizada a base de fotografías tomadas a dioramas de LEGO, y en ocasiones algún retoque de Photoshop.
Solo ese detalle ya bastó para picarme, porque el crío que llevo fuera se entusiasmó al ver tantos juguetes bonitos de colores, pero es que además el tío está completamente chalado. Es fundamentalmente una tira de chiste diario, con varios 'escenarios'. Tenemos un grupo de aventureros en un juego de rol de fantasía medieval, a un arqueólogo que lucha contra los nazis en los años 30 junto a su padre, a Shakespeare, al ministro de economía de Nigeria, a las Muertes (sí, en plural) e incluso a un zoólogo australiano, todos con sus muñequitos amarillos y sonrientes y su humor completamente surrealista. Los chistes son malos, pero del tipo de chiste malo que llega a ser bueno, y en muchas ocasiones contienen referencias a elementos de cultura popular (término suave para decir 'fricadas') o a física astronómica. Al menos Morgan-Mar tiene el detalle de anotar sus tiras para aclarar los puntos oscuros... a veces muy oscuros. Pero oye, hasta eso tiene su lado bueno, porque siempre puedes aprender cosas nuevas. Irregular Webcomic! educa y entretiene, como el Libro Gordo de Petete.
Lo peor es que el envidioso que hay en mí hace que cada vez que lao esta tira, me den ganas de comprarme cajas de LEGO. Es que son tan monos...
Solo ese detalle ya bastó para picarme, porque el crío que llevo fuera se entusiasmó al ver tantos juguetes bonitos de colores, pero es que además el tío está completamente chalado. Es fundamentalmente una tira de chiste diario, con varios 'escenarios'. Tenemos un grupo de aventureros en un juego de rol de fantasía medieval, a un arqueólogo que lucha contra los nazis en los años 30 junto a su padre, a Shakespeare, al ministro de economía de Nigeria, a las Muertes (sí, en plural) e incluso a un zoólogo australiano, todos con sus muñequitos amarillos y sonrientes y su humor completamente surrealista. Los chistes son malos, pero del tipo de chiste malo que llega a ser bueno, y en muchas ocasiones contienen referencias a elementos de cultura popular (término suave para decir 'fricadas') o a física astronómica. Al menos Morgan-Mar tiene el detalle de anotar sus tiras para aclarar los puntos oscuros... a veces muy oscuros. Pero oye, hasta eso tiene su lado bueno, porque siempre puedes aprender cosas nuevas. Irregular Webcomic! educa y entretiene, como el Libro Gordo de Petete.
Lo peor es que el envidioso que hay en mí hace que cada vez que lao esta tira, me den ganas de comprarme cajas de LEGO. Es que son tan monos...
Un escritor sexista
No sé cuál de los dos adjetivos que me acabo de imponer me molesta más, pero cuando uno cree que tiene un problema (o dos, en este caso), lo mejor es afrontarlo cara a cara lo antes posible.
¿Soy escritor? Bueno, en el sentido más prosaico de la palabra, sí, lo soy. Escribo continuamente, y a veces hasta me pagan por ello, aunque lo que escriba en esos casos sea lo que otros ya escribieron de otro modo y en otra lengua. Y me gustaría poder vivir de lo que yo mismo escribo y de hecho, ha sido una de las razones por las que creé esta bitácora: para obligarme a crear escritura. No creo en la magia y tampoco creo en la inspiración, pero sí en el trabajo, que en mi caso consiste en crear (verbo importante: crear, no hacer, no inventar, no teclear, no imaginar, no registrar) al menos un fragmento cada día.
En esta obligación, que adoro pero no por ello deja de ser obligación, me encontraba yo, pretendiendo tener una tercera creación (sí, estoy pesadito con la palabra) que colgar en este tercer día, cuando me he dado cuenta de una cosa: el protagonista volvía a ser femenino. Curioso, cuando intento 'vivir' las emociones que luego escribo, pero parece que no me acabe de atrever a poner después esas emociones en un hombre. Vale, 'Risa' no podía ser de otro modo, porque... Bueno, quien sepa por qué, ya lo sabe. En 'café' lo intenté, los primeros pronombres eran masculinos, y en el segundo párrafo sacudí la cabeza, cambié los 'lo' por 'la' y de repente todo pareció encajar mejor. Lo curioso es que estaba describiendo cómo yo me tomo el café, lo que lo hace más extraño aún... En el mundo, no califico comportamientos como masculinos o femeninos (no me atrevería, con la pluma que tengo), pero por lo visto en la *cof* literatura *cof* sí que tengo esos prejuicios. Lo que me lleva a la segunda pregunta:
¿Soy sexista? Siempre he pensado que despreciaba por igual a todos los géneros y razas, pero algo que puede parecer tan tonto como una elección de personajes me ha hecho plantearme la posibilidad. También dicen que se supone que el lenguaje literario es autónomo de la realidad, que los personajes no son personas sino elementos narrativos... Entonces, ¿puede ser posible no discriminar en el mundo real y sí hacerlo en la ficción?
O tal vez sea todo simplemente que son casi las tres de la mañana y estoy dopado de cafeína...
¿Soy escritor? Bueno, en el sentido más prosaico de la palabra, sí, lo soy. Escribo continuamente, y a veces hasta me pagan por ello, aunque lo que escriba en esos casos sea lo que otros ya escribieron de otro modo y en otra lengua. Y me gustaría poder vivir de lo que yo mismo escribo y de hecho, ha sido una de las razones por las que creé esta bitácora: para obligarme a crear escritura. No creo en la magia y tampoco creo en la inspiración, pero sí en el trabajo, que en mi caso consiste en crear (verbo importante: crear, no hacer, no inventar, no teclear, no imaginar, no registrar) al menos un fragmento cada día.
En esta obligación, que adoro pero no por ello deja de ser obligación, me encontraba yo, pretendiendo tener una tercera creación (sí, estoy pesadito con la palabra) que colgar en este tercer día, cuando me he dado cuenta de una cosa: el protagonista volvía a ser femenino. Curioso, cuando intento 'vivir' las emociones que luego escribo, pero parece que no me acabe de atrever a poner después esas emociones en un hombre. Vale, 'Risa' no podía ser de otro modo, porque... Bueno, quien sepa por qué, ya lo sabe. En 'café' lo intenté, los primeros pronombres eran masculinos, y en el segundo párrafo sacudí la cabeza, cambié los 'lo' por 'la' y de repente todo pareció encajar mejor. Lo curioso es que estaba describiendo cómo yo me tomo el café, lo que lo hace más extraño aún... En el mundo, no califico comportamientos como masculinos o femeninos (no me atrevería, con la pluma que tengo), pero por lo visto en la *cof* literatura *cof* sí que tengo esos prejuicios. Lo que me lleva a la segunda pregunta:
¿Soy sexista? Siempre he pensado que despreciaba por igual a todos los géneros y razas, pero algo que puede parecer tan tonto como una elección de personajes me ha hecho plantearme la posibilidad. También dicen que se supone que el lenguaje literario es autónomo de la realidad, que los personajes no son personas sino elementos narrativos... Entonces, ¿puede ser posible no discriminar en el mundo real y sí hacerlo en la ficción?
O tal vez sea todo simplemente que son casi las tres de la mañana y estoy dopado de cafeína...
Dirección corta
La de cosas que puede descubrir uno cuando intenta distraerse y no traducir ni estudiar durante 15 minutos...
A partir de ahora, podéis llegar a este blog a través de la dirección habitual, www.blogs.ya.com/elbalrogdemoria, o de la nueva y flamante dirección cortita, www.elbalrogdemoria.tk.
Hala, y ahora dos paginillas más, otro tema de Morfología Histórica, y a dormir.
A partir de ahora, podéis llegar a este blog a través de la dirección habitual, www.blogs.ya.com/elbalrogdemoria, o de la nueva y flamante dirección cortita, www.elbalrogdemoria.tk.
Hala, y ahora dos paginillas más, otro tema de Morfología Histórica, y a dormir.
Café
Allí estaba, sentada en la mesa de siempre, en la misma mesa en que se besaron por primera vez, dándole vueltas al café mientras esperaba. Le gustaba aquella cafetería porque te daban el azúcar en terrones, no en aquellos sobrecitos tan eficientes, tan limpios, tan asépticos. A ella le gustaba tocar levemente la superficie del café con un borde del azucarillo y ver cómo se iba coloreando. A veces no podía contenerse y se lo metía en la boca, tomando ese trago tan dulce y amargo que le quemaba la lengua (siempre pedía la leche muy caliente), y luego se sentía como una tonta mientras él la miraba y reía. 'No vas a aprender nunca', le decía mientras intentaba aliviar la quemadura bebiéndose un vaso de agua, y tomaba otro terrón del azucarero, echándolo directamente a la taza esta vez para evitar una nueva tentación. 'No vas a aprender nunca, y por eso te quiero', le decía, y la besaba en la frente. Y ahora lo esperaba en esa misma mesa, la cucharilla golpeando contra los bordes de la taza como una campanilla, y a ella la ponía nerviosa aquel ruido y lo maldecía para sí, sin darse cuenta del todo de que era ella quien lo hacía, tan perdida en aquellos momentos.
Estaba tardando. Y no tendría por qué; después de todo, había sido él quien la había llamado, quien le había dicho: 'tenemos que hablar, quedamos en la cafetería a las seis'. Tenemos que hablar. Después de esas tres palabras, no hace falta decir más. Y, ahora, se retrasaba. La había obligado a levantarse, vestirse y salir a la calle, cuando lo único que quería era apagar todas las luces y perderse en el edredón hasta el día siguiente, hasta el próximo milenio quizá, y ni siquiera llegaba a tiempo. Tres minutos ya, cuatro. Una eternidad cuando esperas que te digan lo que ya sabes y temes.
La cucharilla seguía repiqueteando, y ella odiaba cada vez más ese sonido. Tenía que haberlo visto venir, pero no quiso hacerlo. Si ignoraba el problema, tal vez desapareciera, aunque no ha sido así. En lugar de desaparecer, se había convertido en un 'tenemos que hablar'. Bueno, tal vez eso sea desaparecer; al fin y al cabo, ya terminó... O terminará en cuanto llegue. ¿Por qué tardará tanto? ¿Y de dónde viene ese maldito ruido?
Bajó un poco la vista, fija sin ningún motivo particular en el azucarero, y vio la taza, y se vio a sí misma removiendo frenéticamente el café, golpeando los bordes de la taza, produciendo ese clin clin que llevaba ya siete largos, eternos minutos maldiciendo. La mitad del café había acabado en el plato o sobre la mesa, y sintió muchísima lástima por él. 'Pobrecito', pensó. 'Te he vertido leche, te he echado azúcar, todo para ocultar tu sabor, para convertirte en algo más dulce que pudiera gustarme más y, en el camino, ya no queda ni la mitad de ti'. Un ruido delante de ella le hizo levantar la mirada, y lo vio a él, sentándose en la silla mientras improvisaba una excusa por haber llegado tarde. Entonces soltó la cucharilla y rompió a llorar, y se alejó corriendo mientras él se preguntaba por qué le pedía perdón a una taza de café.
Estaba tardando. Y no tendría por qué; después de todo, había sido él quien la había llamado, quien le había dicho: 'tenemos que hablar, quedamos en la cafetería a las seis'. Tenemos que hablar. Después de esas tres palabras, no hace falta decir más. Y, ahora, se retrasaba. La había obligado a levantarse, vestirse y salir a la calle, cuando lo único que quería era apagar todas las luces y perderse en el edredón hasta el día siguiente, hasta el próximo milenio quizá, y ni siquiera llegaba a tiempo. Tres minutos ya, cuatro. Una eternidad cuando esperas que te digan lo que ya sabes y temes.
La cucharilla seguía repiqueteando, y ella odiaba cada vez más ese sonido. Tenía que haberlo visto venir, pero no quiso hacerlo. Si ignoraba el problema, tal vez desapareciera, aunque no ha sido así. En lugar de desaparecer, se había convertido en un 'tenemos que hablar'. Bueno, tal vez eso sea desaparecer; al fin y al cabo, ya terminó... O terminará en cuanto llegue. ¿Por qué tardará tanto? ¿Y de dónde viene ese maldito ruido?
Bajó un poco la vista, fija sin ningún motivo particular en el azucarero, y vio la taza, y se vio a sí misma removiendo frenéticamente el café, golpeando los bordes de la taza, produciendo ese clin clin que llevaba ya siete largos, eternos minutos maldiciendo. La mitad del café había acabado en el plato o sobre la mesa, y sintió muchísima lástima por él. 'Pobrecito', pensó. 'Te he vertido leche, te he echado azúcar, todo para ocultar tu sabor, para convertirte en algo más dulce que pudiera gustarme más y, en el camino, ya no queda ni la mitad de ti'. Un ruido delante de ella le hizo levantar la mirada, y lo vio a él, sentándose en la silla mientras improvisaba una excusa por haber llegado tarde. Entonces soltó la cucharilla y rompió a llorar, y se alejó corriendo mientras él se preguntaba por qué le pedía perdón a una taza de café.
Sinfest: el mal es bueno
Siguiendo con los webcomics, este es otro que me tiene atrapado desde hace años. Tatsuya Ishida nos ofrece una tira diaria en formato clasico, cuatro viñetas, chiste diario, planteamiento estático (te puedes perder dos semanas o incluso un año de tiras, y no tener miedo a no enterarte). La tira cómica típica que puedes encontrar en un periódico, pero...
No iba a ser todo tan fácil. Ishida es muy políticamente incorrecto. Se esfuerza por serlo, de hecho. Y sus bromas no son de 'me gusta la lasaña-le doy una patada a Odie-Jon no tiene vida social', sino que suelen tratar de aspectos más amplios como la visión que puede tener Dios del mundo (geniales las tiras en las que Dios aparece como un artista intelectualoide en forma de marioneta de mano que sale de una nube), los conflictos entre géneros o el materialismo de la sociedad.
Hay tensión sexual, hay animalitos muy cucos y también hay chistes de culos y tetas. Tal vez sea eso lo que más impacta de Sinfest: su heterogeneidad. La estructura suele adoptar la forma de pequeñas líneas argumentales: series de 5-10 tiras en las que escoge un grupo de personajes (Slick y Monique, Dios, Lucifer y el Dragón, Pooch y Pervival...) y aborda un tema, sin olvidar nunca el espíritu de presentar un chiste cada día, y hacer que cada tira sea, en esencia, independiente de las demás.
Otro rasgo de Sinfest que lo hace destacar sobre otros webcomics es el aspecto gráfico. Tatsuya Ishida maneja un estilo 'manga' (quién lo iba a decir, por su nombre, ¿verdad?), autoimponiéndose esa serie de restricciones estructurales de las tiras cómicas clásicas. También se le notan las raíces en el ritmo narrativo. Ofrece un chiste diario, sí, pero ese chiste a veces es muy sutil, y muchas veces más está cargado de una sensación agridulce. Podría decirse que Sinfest es el haiku de las tiras cómicas. Y, como los haiku, es posible que no le llegues a coger el gusto, pero bueno, no se puede agradar a todo el mundo, ¿no?
Sinfest
No iba a ser todo tan fácil. Ishida es muy políticamente incorrecto. Se esfuerza por serlo, de hecho. Y sus bromas no son de 'me gusta la lasaña-le doy una patada a Odie-Jon no tiene vida social', sino que suelen tratar de aspectos más amplios como la visión que puede tener Dios del mundo (geniales las tiras en las que Dios aparece como un artista intelectualoide en forma de marioneta de mano que sale de una nube), los conflictos entre géneros o el materialismo de la sociedad.
Hay tensión sexual, hay animalitos muy cucos y también hay chistes de culos y tetas. Tal vez sea eso lo que más impacta de Sinfest: su heterogeneidad. La estructura suele adoptar la forma de pequeñas líneas argumentales: series de 5-10 tiras en las que escoge un grupo de personajes (Slick y Monique, Dios, Lucifer y el Dragón, Pooch y Pervival...) y aborda un tema, sin olvidar nunca el espíritu de presentar un chiste cada día, y hacer que cada tira sea, en esencia, independiente de las demás.
Otro rasgo de Sinfest que lo hace destacar sobre otros webcomics es el aspecto gráfico. Tatsuya Ishida maneja un estilo 'manga' (quién lo iba a decir, por su nombre, ¿verdad?), autoimponiéndose esa serie de restricciones estructurales de las tiras cómicas clásicas. También se le notan las raíces en el ritmo narrativo. Ofrece un chiste diario, sí, pero ese chiste a veces es muy sutil, y muchas veces más está cargado de una sensación agridulce. Podría decirse que Sinfest es el haiku de las tiras cómicas. Y, como los haiku, es posible que no le llegues a coger el gusto, pero bueno, no se puede agradar a todo el mundo, ¿no?
Sinfest
Something Positive: psicología inversa
Aparte de a escribir estupideces, soy un gran aficionado a los webcomics, o 'tebeos de internet'. Sigo diariamente casi 20 de ellos, y de vez en cuando salgo en busca de más, o visito los que se actualizan con menos frecuencia.
Uno de mis favoritos, desde hace un tiempo, es Something Positive (tenéis un enlace en la barrita lateral, de nada). ¿Por qué me gusta? Porque es brutal, es corrosivo, despiadado y en muchas ocasiones no es que llegue al mal gusto, sino que lo alcanza, lo pisotea y avanza unos cuantos kilómetros más. Y por todo eso, me hace un poquito más optimista cada vez que lo veo. Porque Milholland, día a día, te arranca una carcajada, te hace preguntarte de qué coño te estás riendo, y te das cuenta de que nada es realmente tan importante.
Y es que el cabrón te engancha desde la primera tira. Un cómic que comienza con una broma sobre abortos caseros es algo que no se puede ignorar. Piensas: 'bueno, es el primero, por provocar, pero ya se cansará'. Y te equivocas, sigues leyendo y encuentras una obra de teatro a favor del cáncer, un musical erótico sobre la crucifixión titulado '¡Clavado!', un reality show sobre un grupo de presión que obliga a anoréxicas a comer bocadillos... Absolutamente genial.
Pero es que, no contento con eso, Milholland te cuenta una historia. Vemos la vida de los protagonistas y empatizamos con sus problemas. Y empatizar con Aubrey, Davan o PeeJee es algo muy jodido, porque significa que algo anda horriblemente mal dentro de ti o en el mundo.
Ah, y para los friquis degenerados, un detalle especial: en el archivo podéis encontrar hasta dos (2) monstruos nuevos para vuestras partidas de D&D. Si es que todo son ventajas...
Uno de mis favoritos, desde hace un tiempo, es Something Positive (tenéis un enlace en la barrita lateral, de nada). ¿Por qué me gusta? Porque es brutal, es corrosivo, despiadado y en muchas ocasiones no es que llegue al mal gusto, sino que lo alcanza, lo pisotea y avanza unos cuantos kilómetros más. Y por todo eso, me hace un poquito más optimista cada vez que lo veo. Porque Milholland, día a día, te arranca una carcajada, te hace preguntarte de qué coño te estás riendo, y te das cuenta de que nada es realmente tan importante.
Y es que el cabrón te engancha desde la primera tira. Un cómic que comienza con una broma sobre abortos caseros es algo que no se puede ignorar. Piensas: 'bueno, es el primero, por provocar, pero ya se cansará'. Y te equivocas, sigues leyendo y encuentras una obra de teatro a favor del cáncer, un musical erótico sobre la crucifixión titulado '¡Clavado!', un reality show sobre un grupo de presión que obliga a anoréxicas a comer bocadillos... Absolutamente genial.
Pero es que, no contento con eso, Milholland te cuenta una historia. Vemos la vida de los protagonistas y empatizamos con sus problemas. Y empatizar con Aubrey, Davan o PeeJee es algo muy jodido, porque significa que algo anda horriblemente mal dentro de ti o en el mundo.
Ah, y para los friquis degenerados, un detalle especial: en el archivo podéis encontrar hasta dos (2) monstruos nuevos para vuestras partidas de D&D. Si es que todo son ventajas...
Risa
La niña ríe. Ríe con sus dientes pequeños, con sus pequeñas mejillas, entrecerrando sus ojos marrones y pequeños. Todo en ella es pequeño menos su risa, su risa que ahora inunda la habitación, que contagia a todos los que la rodean, que no pueden evitar acompañarla, acompañarla pero nunca hacerle sombra, nunca llegar a eclipsar el sonido, el campanilleo maravilloso de la risa original, la primera de las risas, el modelo del cual han copiado todas las risas anteriores a ella, y todas las que vendrán. Es una risa de felicidad pura. Sí, la niña es feliz. Le gusta la gente con la que está y siente que la quieren, y no podía ser de otro modo. Es imposible no querer a una criatura capaz de reír así; esa risa necesita un alma especial para poder emitirse, un alma que no tiene el torturador, el funcionario, ni tan siquiera los enamorados, que es propiedad única y exclusiva de la niña, pero que pertenece a todo el mundo.
Comenzó levantando levemente la comisura del labio, una media mueca que no sabía muy bien qué dirección tomar, atrapada a medio camino entre mil emociones. La conversación continuó, y esa mueca fue decidiéndose por fin; se había preguntado por sus planes de futuro y había decidido hacerse risa. La niña ahora sonreía, enseñando apenas los dientecillos, que se asomaban, tímidos, por el balcón de sus labios, a ver qué era todo ese alboroto, y vieron a los amigos de la niña. Los dientes son sordos (por eso no saben lo horrible que es el sonido cuando chirrían), así que no tenían forma de saber que estaban cantando. La niña sí que podía oír, pero no cantaba con ellos. Siempre da vergüenza que te canten 'Cumpleaños feliz', porque nunca sabes si se supone que tú tienes que cantar también o si te tienes que quedar en silencio, y la niña optó por esto último. Así podía tomar aliento para soplar las velas, que eran ya muchas.
Sopló, y todos aplaudieron. A la niña le hizo gracia ver a sus compañeros de clase, a gente que llevaba ya años en la universidad, aplaudir y gritar: '¡Bieeeeeen!', y la sonrisa se fue haciendo más amplia, hasta llegar a las mejillas a tiempo de verlas enrojecer cuando él se acercó. 'Feliz cumpleaños, mi niña', le dijo, y la besó. La niña había dado muchos, demasiados besos en su vida, y también le habían dado unos cuantos, pero lo que él hizo fue besarla. Y la niña, nuestra niña, comprendió de pronto la diferencia. Supo por fin de qué hablaba la gente cuando pronunciaba la palabra 'felicidad'. Y, por primera vez en su vida, la niña rió.
Comenzó levantando levemente la comisura del labio, una media mueca que no sabía muy bien qué dirección tomar, atrapada a medio camino entre mil emociones. La conversación continuó, y esa mueca fue decidiéndose por fin; se había preguntado por sus planes de futuro y había decidido hacerse risa. La niña ahora sonreía, enseñando apenas los dientecillos, que se asomaban, tímidos, por el balcón de sus labios, a ver qué era todo ese alboroto, y vieron a los amigos de la niña. Los dientes son sordos (por eso no saben lo horrible que es el sonido cuando chirrían), así que no tenían forma de saber que estaban cantando. La niña sí que podía oír, pero no cantaba con ellos. Siempre da vergüenza que te canten 'Cumpleaños feliz', porque nunca sabes si se supone que tú tienes que cantar también o si te tienes que quedar en silencio, y la niña optó por esto último. Así podía tomar aliento para soplar las velas, que eran ya muchas.
Sopló, y todos aplaudieron. A la niña le hizo gracia ver a sus compañeros de clase, a gente que llevaba ya años en la universidad, aplaudir y gritar: '¡Bieeeeeen!', y la sonrisa se fue haciendo más amplia, hasta llegar a las mejillas a tiempo de verlas enrojecer cuando él se acercó. 'Feliz cumpleaños, mi niña', le dijo, y la besó. La niña había dado muchos, demasiados besos en su vida, y también le habían dado unos cuantos, pero lo que él hizo fue besarla. Y la niña, nuestra niña, comprendió de pronto la diferencia. Supo por fin de qué hablaba la gente cuando pronunciaba la palabra 'felicidad'. Y, por primera vez en su vida, la niña rió.
Ya estamos aquí
Primer mensaje de prueba para ver si esto furula. Que no me fío yo de las nuevas técnicas, que dicen que las carga el diablo y tiene muy malas resacas el chaval.





