La cueva del Balrog
Cuadernillo de delirios y ensoñaciones
Acerca de
Dudo que nadie que no sea ya un amigo cercano (a los que puedo obligar mediante chantaje emocional) se pase por aquí, y si te molestas en leer lo que escriba en esta página, desde ya eres un amigo cercano ;)
Sindicación
 
Fama
Jugaba con la cuchara en el plato sin probar bocado, pensando, como siempre. Cada vez que se levantaba de la cama, que se vestía, siempre que salía de casa se preguntaba, sin poder evitarlo, cuánta gente estaría haciendo lo mismo en ese preciso momento, y cuánta lo habría hecho ya hace cien, doscientos, mil años. Toda esa gente, todas esas vidas que pasaban y eran olvidadas. Y, sin embargo, sabía que en cada una de ellas había algo especial, algo que merecía ser recordado. Ese pensamiento lo obsesionaba. No pasaba un minuto sin que maldijera la mortalidad y el olvido, un segundo en que no lo diera todo por perdurar, por dejar algo a los que vinieran después que él.

Se levantó de la mesa y subió a su cuarto, ante la mirada triste y resignada de su sobrina, y allí se encerró con sus libros. Qué crueldad la de aquellos escritores, qué salvajismo en retratar siempre personajes irreales, seres que, aun sin haber existido jamás, vivían en la memoria de los lectores de siglos posteriores mientras que la gente de verdad, aquellos que habían trabajado, sufrido y amado realmente, se había esfumado. Ya no quedaba ni el polvo del labrador que sembró el abuelo de los olivos de la huerta cercana, pero todo el mundo recordaba a un Amadís que jamás fue carne.

A él no le pasaría lo mismo, no. Él no estaba dispuesto a morir y perderse, se negaba a aceptar ese destino del que se podía escapar sin siquiera vivir. Mucho había pensado en cuánto estaría dispuesto a sacrificar por aquel poder, y ya tenía la respuesta. La única solución era sacrificarse a sí mismo. Dejar de ser él, abandonar el mundo real y convertirse no en una persona, sino en un personaje, un ser ficticio como los héroes y villanos inmortales de los libros, vivir en el papel y la memoria para siempre.

Con una sonrisa de resolución, Alonso limpió de orín las viejas armas, las vistió y salió caballero en su rocín, preparado para la eternidad.
 
[Diario] Vaya semanita...
Por suerte, ya quedan sólo cuatro días, y estaré libre... para apuntarme al INEM. Yuju.

Debería estar durmiendo ya, pero antes tenía que daros la bienvenida a los que habéis llegado aquí hace poco; espero que disfrutéis al menos la mitad de lo que yo disfruto escribiendo; y también para agradeceros a todos los que me estáis votando día a día (aunque solo sea por no oírme). Os debo bastante más de lo que os estoy dando.

Tal vez debería. necesitaría, dedicar un espacio para darle ánimos a una persona que estos días no está precisamente para conectarse a Internet y leerme. Ojalá bastara con un cuento, con una dedicatoria, con un abrazo... Ojalá los finales felices dependieran solo de lo mucho que se desean. Al menos, de lo que sí estoy seguro es de que a esa persona le sobra coraje para superarlo todo. Demasiadas veces ha tenido ya que demostrarlo como para que me quepa la más mínima duda.

A todos, mañana tendréis ese cuento que os llevo debiendo.

Ama y haz lo que quieras -San Agustín
 
[Diario] Un pequeño homenaje
Comencé a escribir hace unos diez años, en plena ebullición hormonal y movido, más que nada, por el aburrimiento de algunas clases. Al final le acabé cogiendo el gustillo y comencé a intentar escribir algo original, buscar historias que dejaran a la gente con ganas de más, como Borges o Poe. Cuando eres adolescente, todo parece muy fácil, y siempre estás a un paso de comerte el mundo.

Este primer tanteo acabó bruscamente gracias a un apagón que destruyó el disco duro de mi ordenador y, con él, varias decenas de malísimos cuentos, una novelita y otra novela más que estaba escribiendo justo cuando cayó el rayo. Me dio tanta rabia perder todo eso (aunque, para la Literatura, fue un gran día; qué malo era todo, por Dios) que decidí no escribir más.

Y, sin embargo, ahora escribo otra vez. Gran parte de la culpa de eso es de un hombre, Ángel García Galiano, mi profesor de Teoría de la Literatura. Suena tópico que un profesor te inspire a hacer grandes cosas o te llene la cabeza de sueños, pero a García Galiano hay que oírle hablar. Cuando, a fuerza de estudiar literatura, había llegado a olvidar qué era realmente, él me lo recordó.

Auténtica admiración siento por muy poca gente, y él es una de esas personas. No sólo por lo que me transmitió en sus clases, sino por su talento para escribir, que descubriría más tarde. Me siento como una quinceañera que vive al lado de un cantante pop, tan abrumado que soy incapaz de llamar a la puerta de su despacho o dejarle una nota en su buzón agradeciéndole todo lo que sus clases han hecho por mí y por tantos, y disculpándome por no haber sido tan buen alumno como me hubiera gustado. Simplemente, no me siento digno.

Hace unos meses, después de ir al dentista y como premio por haber sido tan valiente, me metí en la FNAC a fundirme el cheque de la última traducción en libros. Hojeando uno de Espido Freire, al final, en el apartado de 'Agradecimientos', leí su nombre, 'Ángel García Galiano, que me animó desde el principio', y no me avergüenza decir que se me escapó una lagrimita.

Va por usted, profesor.
 
Danza
Lo primero que vio fueron sus ojos, unos ojos del color de la lluvia sobre los rascacielos, y el resto de él se fue dibujando alrededor de ellos conforme se acercaba. No le dijo una sola palabra, simplemente la tomó de la cintura y comenzó a bailar con ella.

Ella se dejó llevar; hubo algo en el modo en que la acercó hacia él que la desposeyó de su voluntad, y ya solo podía abandonarse, aspirar aquel aroma a asfalto mojado, sentir aquel tacto áspero y gris de su piel, oír sólo su gris respiración. Su pecho latía con el ritmo del corazón de él, y a su compás bailaba. El mundo alrededor se había apagado.

Él la besó, y sus labios eran de humo y sabían a madrugada. Ella buscó bajo su ropa y se encontró acariciando mármol, un mármol que le devolvía las caricias, que la apretaba contra sí, que la poseía en cuerpo y alma. Descubrió que ya no recordaba nada anterior a aquellos ojos. Ya no le importaba ni su propio nombre, pues el único sonido que ansiaban sus oídos eran aquellos susurros que le dejaban en la piel una sensación fría y húmeda.

Había perdido ya el mismo control sobre sus sensaciones. Tanto placer, tanto frío, tanta confusión... ni siquiera se dio cuenta cuando poco a poco se fue apagando entre temblores de éxtasis, hasta que su vida explotó en un eterno orgasmo. Cayo al suelo vacía, rota, y ante aquel cascarón inerte la ciudad fue desvaneciéndose hasta que sólo quedaron unos ojos suspendidos entre el humo y la oscuridad del bar.
 
[Diario] Ordenando (ciber)papeles
Hoy he decidido dedicarme a algo que ya iba haciendo falta, que es estructurar un poquito, dentro de mis mínimas posibilidades, este sitio.

De momento he creado por fin un índice con enlaces a cada uno de los cuentos, que iré actualizando cada mes. Este índice lo podéis encontrar debajo de este mismo artículo y también, para evitar que desaparezca, en un enlace en la barra lateral.

Gracias a todos los que me visitáis, me leéis y, por qué no decirlo también, a los que me votáis. Besos y abrazos a todos, a repartir como queráis.
 
Arte
—Buenos días, quisiera algunos pinceles para lienzo.

La figura que había emitido esas palabras era más la de un aventurero que la de un artista. Alto y robusto, de mentón cuadrado y nariz plana, sin embargo emitía un aura de senibilidad que resultaba perturbadora en alguien de su complexión. El dueño de la tienda lo miró quizá demasiado atentamente, y al darse cuenta de su indiscreción, intentó disimularla ensayando una conversación.

—Cómo no. Aquí tiene, escójalos usted. ¿Son para un regalo?

—No, son para mí. Ya sé que no doy el tipo —rió, y su risa fue como truenos y lluvia, terrible y alegre a un tiempo—, pero soy pintor aficionado. Y estoy decidido a crear mi obra maestra.

—Le deseo suerte, entonces.

—No la necesito; tengo un secreto —dijo mientras pagaba los pinceles—. Hasta pronto, amigo.

La marcha de aquel hombre había dejado al tendero con una extraña sensación, como la que se tiene después del sexo, de una ducha en un día de verano o del abrazo de un niño. De pronto, se encontraba repleto de vida. 'Qué hombre más peculiar', pensó, y siguió ordenando el almacén.

Estos encuentros se fueron repitiendo con cierta asiduidad durante algunos meses, y el tendero salía siempre con la misma sensación; aquel pintor era ciertamente un hombre extraordinario, de esa clase que se encuentra contadas veces en cada generación, un hombre que rebosaba vida y la repartía entre todos los que lo trataban. Al cabo de un tiempo, sin embargo, el pintor fue experimentando un lento cambio, un proceso de debilitamiento, como si hubiera contraído alguna enfermedad. Pasadas unas semanas desde que el tendero comenzase a notar aquella merma en su más notable cliente, su estado de salud se hizo tan delicado que ya no podía acudir él mismo a la tienda, y pidió que cada semana le enviasen el pedido a casa.

El dueño de la tienda lamentó mucho este revés, pues había llegado a sentir un sincero aprecio por el pintor y, le dolía admitirlo, echaba en falta aquella energía que recibía con sus visitas, así que aquella semana decidió llevarle él mismo el pedido. Cuando llegó a la dirección que tenía apuntada, encontró la puerta entornada. Tocó con los nudillos y llamó al pintor por su nombre, pero no recibió respuesta. Nervioso y asustado, decidió entrar; abrió la puerta y recorrió el pasillo, escuchando el eco de sus pisadas sobre el suelo de madera. Cuando llegó a lo que debía ser el salón, dejó caer el paquete, boquiabierto.

Ante él se encontraba el cuerpo del pintor, marchito y demacrado, con el pincel aún en la mano y la paleta a su lado en el suelo, los colores mezclados y salpicándolo todo alrededor. Pero la vista del tendero apenas se fijó en el cadáver: frente a él se encontraba el cuadro más hermoso, más sublime que había visto en toda su vida.
 
Tabú
Otra vez te tengo ante mí, y otra vez me asaltan las dudas. ¿Debería acercarme y decírtelo todo? ¿Sería más prudente, más sensato volver a pasar a tu lado fingiendo no sentir nada, sin mirarte siquiera, como llevo haciendo todo este tiempo?

Desde que te vi, nada más existe para mí. Te metiste en mi corazón y allí lo ocupaste todo. Expulsaste incluso lo que ya estaba allí, así de celosa eres. Todo lo demás, todo lo que no eres tú, me resulta hueco, vano, indiferente. Estudié arte para acercarme más a ti, cambié todos mis trayectos para poder verte, para pasar cerca de ti y contemplarte unos pocos segundos cada día.

Y sé que tú, en el fondo, lo sabes. Dicen que no, que es imposible, que en realidad ni siquiera eres consciente de mi existencia, mucho menos de mis sentimientos, pero algo me dice que no es así. Sé que me esperas, que te impacientas si uno de nuestros encuentros fingidamente improvisados se retrasa, que desesperas cuando, por alguna razón, no puedo tomar el camino acostumbrado y nuestra cita no concertada tiene que cancelarse. Lo veo más allá de tus ojos fríos, más allá de tu regia pasividad.

Y las dudas, siempre las dudas. ¿Me corresponderías si te declarase mi amor? ¿Fingirías no oírme, como te he visto hacer con tantos otros durante este tiempo? ¿Estarías dispuesta a enfrentarte a todo, a todos, por nosotros? Yo gustoso aceptaría el sacrificio; no me importaría que me acusaran, que hundieran mi reputación. De nada me sirve si me aparta de tu firme silueta, de tus formas...

Por fin, una decisión, un impulso. Cierro los ojos, respiro profundamente y avanzo hacia ti, poniendo todas mis fuerzas en cada paso, apartando el aire como si fuera una cortina de plomo. A pocos centímetros de tu cara, te miro, te acaricio la mejilla y, sin una palabra, beso tus labios. Que nos miren, que nos señalen, que llamen a las autoridades. Te he amado siempre, te amo ahora y ya nada puede detenernos. ¿Quién dice que no se pueda amar a una estatua?
 
Belleza
Caminaba por la calle con la mirada vuelta hacia arriba, contemplando las nubes con embeleso. Nunca se cansaba de mirarlas; esas blancas formas etéreas que constituían pequeñas islas de pureza por encima de los edificios y del humo de los coches siempre le daban esa sensación de paz que tanta falta le hacía en aquel mundo gris de podredumbre y fealdad. No recordaba cuántas veces había estado a punto de decir 'basta' y, en el último instante, un rabo de nube lo había llevado de vuelta a la cordura.

Y, sin embargo, parecía que nadie más las miraba. Todo el mundo caminaba con prisa, con la vista perdida o fija en el suelo. Siempre se había preguntado cómo era posible que el mundo tuviera sentido para alguien incapaz de mirar las nubes, hasta que se dio cuenta de la respuesta: no lo era. Toda aquella gente caminaba sin rumbo, aunque estuvieran convencidos de dirigirse a la fábrica o a la oficina, en realidad iban hacia la nada. En cualquier momento dos de ellos podrían intercambiar sus puestos por error y nadie notaría la diferencia; al fin y al cabo, todos eran iguales, hombres y mujeres grises, autómatas nada más. Sólo algunas veces, en los niños, encontraba una mirada alzada, un dedo que señalaba una forma algodonosa mientras intentaba llamar la atención del adulto acompañante, que siempre se limitaba a hacer un gesto de asentimiento sin ni siquiera mover los ojos.

Le había correspondido una gran responsabilidad. Era el único adulto que todavía sabía de la belleza de las nubes, y a él le correspondía hacer que el mundo volviera a ser consciente de ella. Al principio aquella revelación lo abrumó; era demasiado peso para unos hombros tan pequeños como los suyos, pero poco a poco fue convenciéndose de que no había otra solución. Él era quien debía salvar a la humanidad de aquel futuro vacío que la amenazaba, y debía aceptar su deber con valentía y honor. Por fin, aquel día salió de su casa orgulloso y convencido de que era lo mejor, lo único que podía hacer. Caminó con paso firme, siempre mirando hacia arriba, encontrando las fuerzas necesarias en las nubes, en sus nubes. Durante todo su camino, podía ver en ellas la aprobación ante lo que estaba a punto de hacer.

Ahora, de pie junto al borde de la azotea, miraba una vez más a sus consejeras, y le parecía verlas sonreír, casi como si quisieran hablarle, decirle 'bravo, eres un hombre valiente, haces lo correcto'. Satisfecho, comenzó a montar el rifle que había traido consigo con los ojos brillantes de alegría. Hoy, por fin, conseguiría que la gente mirara las nubes.
 
[Diario] De concursos va la cosa
Bueno, como podréis ver, he puesto en la barra lateral un enlace con el sugerente título de 'vótame'. Sí, he caído en el lado oscuro, qué le voy a hacer.

Desde un principio esta bitácora nació como cuaderno de apuntes para afinar mi capacidad narrativa (qué pedante suena esto), que en cristiano viene a ser 'para intentar escribir cada vez mejor', y el motivo de querer escribir mejor es porque mi mayor sueño aún no logrado es vivir precisamente de lo que escriba.

Y en todo trabajo, una parte importante es hacer que te conozcan. Esa fue la razón por la que, cuando vi que la gente de 20 minutos iba a organizar un concurso de bitácoras, ni me lo pensé. A falta de entrar en una casa llena de cámaras, me pareció un buen modo de hacer que algo más de gente sepa quién soy, lo que hago y, si hay suerte (y trabajo por mi parte), le gusten una o ambas cosas.

Así que nada, me toca dejar a un lado el orgullo y la dignidad por unos momentos y recurrir a la súplica rastrera: votadme, por favor. A cambio, como lo único que tengo son palabras, prometo esforzarme al máximo por ofreceros un ratito de entretenimiento cada día.

En cualquier caso, sólo por estar aquí, gracias. Cada vez que sube en un punto el marcador de visitas, me llevo una pequeña alegría, y las pequeñas alegrías son lo que hace que merezca la pena abrir los ojos cada mañana.