Memoria
Ayer te recordé.
Como dibujados por un lápiz invisible, a poca distancia de mis ojos se fueron perfilando uno a uno todos los detalles de tu rostro que tanto amaba.
Lo primero que vi de ti fue el lunar que tenías en la sien, junto a la ceja derecha, donde te besaba cuando me hacías reír. Luego recordé la punta de tu nariz, ese botoncito que me hacía cerrar los ojos cada vez que me recorrías el cuello con él. Poco después se me apareció el fantasma de tu labio inferior, tan rojo y carnoso como en aquellos días, cuando lo podía morder. El lóbulo de tu oreja izquierda, rosado, redondo, suave, llamó a mis besos con la misma voz infantil de antes, de siempre. Un segundo después, me envolvió el fresco aroma de tu pelo mientras mi pecho sentía las mismas leves cosquillas que cuando, en otros tiempos, te divertías deslizando tu melena morena sobre mi torso desnudo. La memoria de tus dientes arañó mi carne y, cuando ya me creía perdido en el delirio, tus ojos de almendra y miel llegaron para decirme adiós, igual que lo hicieron aquella última vez.
Ayer, amor mío, te recordé. Hoy lucho en vano por no olvidarte de nuevo.
Como dibujados por un lápiz invisible, a poca distancia de mis ojos se fueron perfilando uno a uno todos los detalles de tu rostro que tanto amaba.
Lo primero que vi de ti fue el lunar que tenías en la sien, junto a la ceja derecha, donde te besaba cuando me hacías reír. Luego recordé la punta de tu nariz, ese botoncito que me hacía cerrar los ojos cada vez que me recorrías el cuello con él. Poco después se me apareció el fantasma de tu labio inferior, tan rojo y carnoso como en aquellos días, cuando lo podía morder. El lóbulo de tu oreja izquierda, rosado, redondo, suave, llamó a mis besos con la misma voz infantil de antes, de siempre. Un segundo después, me envolvió el fresco aroma de tu pelo mientras mi pecho sentía las mismas leves cosquillas que cuando, en otros tiempos, te divertías deslizando tu melena morena sobre mi torso desnudo. La memoria de tus dientes arañó mi carne y, cuando ya me creía perdido en el delirio, tus ojos de almendra y miel llegaron para decirme adiós, igual que lo hicieron aquella última vez.
Ayer, amor mío, te recordé. Hoy lucho en vano por no olvidarte de nuevo.





