Mi ventana
Haiku
Este espacio es tan vuestro como del albatros. Podéis enviar vuestro "haiku" a mi correo Yahoo. Sólo tres condiciones para verlo en este tablero: que sea original vuestro (en castellano, catalán, gallego o vasco), que sea bueno (criterio subjetivo), y que utilicéis una de estas palabras disponibles: amor, muerte, primavera, verano, otoño, invierno, sol, luna, estrella, río, árbol, montaña, viento, agua, mujer, hombre, corazón, mano, ciego, pájaro y gato.
probando archivos
yo pispo
Moscardón
Omar Faruk
The piano - The promise
J.S.Bach
Michael Hedges
Jueves, 19 Agosto 2004 13:10
El garaje y la lluvia (I de II).
(Un cuento antiguo, borrador de otra cosa y casi en absoluto autobiográfico. Creo que la mejor manera de exorcizar demonios es ponerse manos a la obra. Gracias a todos... de veras).
El garaje y la lluvia.
El último tramo del trayecto a casa podría hacerlo cualquier día con los ojos cerrados. Clac-clac. Con puntualidad suiza pasan los mismos vehículos por las mismas calles y rotondas, y como en la pantalla de un comecocos, podría predecir el tráfico en esa urbanización según la hora. Clac-clac. Nada que ver con la crónica y caótica trombosis circulatoria de la ciudad. Pero esa tarde Tristán apenas aminora la velocidad en los cedas, y al llegar a su calle vira indolente a la derecha con una sola mano. Clac-clac. Se detiene ante la puerta del garaje, con el motor en marcha, como si de repente hubieran instalado el primer semáforo en todo el barrio, precisamente sobre la puerta de su garaje. Clac-clac. Apaga la voz clónica del locutor que estropeaba el final de una canción en la radio, gira la llave de contacto, y permanece unos segundos inerte, sin despegar aún la mano del volante. El movimiento del limpiaparabrisas se congela, cesa el "clac-clac". Llueve, sabe que ha estado lloviendo todo el día, pero ahora se da cuenta de veras. Llueve.
La puerta del garaje es automática y un gruñido metálico anuncia que va a abrirse. Pero Tristán no repara en ello. Se hunde en el respaldo y cierra los ojos para escuchar el sonido de la lluvia sobre el capó, sobre el parabrisas, golpeando el techo, despertando la memoria. La lluvia siempre le recuerda a Ariadna y a su dulce sonrisa irreverente cuando ella le tomaba el pelo llamándole "Tantán". Ella decía que así su nombre no sonaba tan marchito, y lo cambiaba por algo casi musical, divertido.
Ha estado diluviando el día entero, desde antes de salir de casa a las siete. Cada mañana de lunes a viernes no siente que empieza de verdad la jornada hasta que sale del garaje, y aún lo duda, hasta que no asoma del todo el sol. Cuando llueve tanto no puede evitar volar hasta esos paisajes cantábricos que compartió con Ariadna. Especialmente los de su último viaje, hace ya dos meses. Seguía arreciando el aguacero al mediodía, cuando en la babélica oficina ha habido un momento que casi despereza los recuerdos dormidos, pero el murmullo de teléfonos, faxes y teclados no lo ha permitido del todo. Al mirar por el ventanal de la sala de juntas del decimoquinto piso, casi se ha acordado de aquél balcón sobre el vasto azul, de aquél alféizar verde, el acantilado del que bajaba una rudimentaria escalinata hasta la playa. Casi se acuerda del día que allí se despidieron, del día que ella bajó del coche y no sonrió como siempre cuando él la llamó "Ari" una vez más, ni consintió que le acercara al pueblo, ni volvió la cabeza una sola vez mientras se alejaba cruzada de brazos, sorteando charcos.
De camino a casa, ha apagado el móvil y lo ha desterrado malhumorado al asiento trasero, después de dos llamadas que aún tiraban de él hacia el trabajo como dos lastres en los bolsillos de un náufrago. También ha estado a punto en el coche de destapar el tarro de la evocación, y empacharse de todo lo vivido con Ariadna, ese espíritu libre que camina según sus propias reglas, esa ninfa despeinada que no pegaba con un trajeado ejecutivo, excepto cuando Tristán vuelvía a ser "Tantán" y aprendía a exprimir cada segundo de su tiempo con "Ari"... pero el atasco y sus demonios, a las riendas de utilitarios estresados, berlinas artilleras, deportivos despectivos, furgonetas apuradas, motos sorpresa, taxis anarquistas y autobuses proletarios, se lo han impedido. Sólo al tomar el desvío hacia la acomodada isla de ladrillos en la que viven casi todos los directivos de su empresa, y que él también escogió para mantener los codos en forma y el mentón en alto, ha comenzado tímidamente a liberar de interferencias el canal que su voz interior utiliza algunas veces para reprenderle.
Hace dos meses, en aquél acantilado, un chaparrón repentino les sorprendió cuando ya ascendían desde la playa; corrieron entre risas y "Ari" y "Tantán" subieron al coche, felices y empapados. Ella le enseñó a escuchar la melodía del agua y la tierra al abrazarse, le miró con esos ojos llenos de mar, y se besaron con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas. Su boca sabía a todo lo que él amaba del mundo, a lo poco que él amaba del mundo, porque casi se había olvidado de conjugar ese verbo hasta que la conoció a ella, tan diferente. Alguien que nunca subió a ese descabellado tren en el que Tristán llevaba más tiempo del que podía recordar. O acaso alguien como él, pero que nunca sacrificó su autenticidad por ningún tren.
---------------------------
Dejaron su huella:
Sinceramente, no tengo palabras para comentar esta primera parte. Me ha gustado el estilo de tu prosa, cómo podemos acercarnos al personaje, y vivir esas sensaciones.
Voy ya a leer la segunda parte.
Un beso!
Marta Domingo, 22 Agosto 2004 12:27
Le diría a is-land que el que no arriesga difícilmente gana...
Sergi me ha encantado este párrafo:
" Ella le enseñó a escuchar la melodía del agua y la tierra al abrazarse, le miró con esos ojos llenos de mar, y se besaron con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas. Su boca sabía a todo lo que él amaba del mundo, a lo poco que él amaba del mundo, porque casi se había olvidado de conjugar ese verbo hasta que la conoció a ella, tan diferente."
volveré para leer la continuación...
Abrazo al corazón
la hechicera de la luna Viernes, 20 Agosto 2004 01:47
De entre todo, me toca la semilla que sembrara ese beso, ese instante. No sólo hacer recordar lo que se ama 8mucho o poco), traducirlo, llevarlo al sabor de un beso. El aprender a escuchar la lluvia, su relación con la tierra, con nosotros, con lo que toca... Aprender a saberse y sentirse vivo... Si subimos al tren o no, serán las circunstancias y lo que nos mueva en el momento, no?
Besos, del otro lado del océano.
Paty Jueves, 19 Agosto 2004 20:15 (Web)
Ah! y que estoy de acuerdo con mad, es cierto, siempre se puede saltar del tren. Tomarlo es un riesgo como otro cualquiera, ¿quién nos dice que los riesgos han de llevarnos siempre a puerto feliz?
Is-Land Jueves, 19 Agosto 2004 17:47
Hola, te he "conocido" en el Divario de Shangay Lily y me ha gustado mucho una frase, aquella que dice que "las etiquetas no son más que una grosería del prójimo" (no es literal).
Y acabo de leer tu cuento y bueno, está bien, sobre todo la parte en que se besan "con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas". Muy gráfico. Y nada, sólo saludarte :)
Is-Land Jueves, 19 Agosto 2004 17:45 (Web)
He de reconocer que no he leído el >em>post>/em> de hoy porque decidí esperar a que esté el cuento completo. Mi impaciencia animal me aconseja no comenzar a recorrer esas palabras sin tener al alcance de mi vista el final. Volveré mañana, tal vez.
kaveri Jueves, 19 Agosto 2004 15:40
No sé, no sé... que siempre se puede saltar del tren (sola o acompañada)... ¿porqué no subirse entonces?
Y esto no se hace... no vale dejarlo a medias...
Millones de besos con sal
mad Jueves, 19 Agosto 2004 14:13
Cuántos momentos vuelven figurando lluvía y mar, ventanas empañadas, rumor en el aire...
Recuerdos que giran como peonzas en una cabeza en sequía.
Gracias. Feliz día :-)
UnChicoNormal Jueves, 19 Agosto 2004 13:39
(Un cuento antiguo, borrador de otra cosa y casi en absoluto autobiográfico. Creo que la mejor manera de exorcizar demonios es ponerse manos a la obra. Gracias a todos... de veras).
El garaje y la lluvia.
El último tramo del trayecto a casa podría hacerlo cualquier día con los ojos cerrados. Clac-clac. Con puntualidad suiza pasan los mismos vehículos por las mismas calles y rotondas, y como en la pantalla de un comecocos, podría predecir el tráfico en esa urbanización según la hora. Clac-clac. Nada que ver con la crónica y caótica trombosis circulatoria de la ciudad. Pero esa tarde Tristán apenas aminora la velocidad en los cedas, y al llegar a su calle vira indolente a la derecha con una sola mano. Clac-clac. Se detiene ante la puerta del garaje, con el motor en marcha, como si de repente hubieran instalado el primer semáforo en todo el barrio, precisamente sobre la puerta de su garaje. Clac-clac. Apaga la voz clónica del locutor que estropeaba el final de una canción en la radio, gira la llave de contacto, y permanece unos segundos inerte, sin despegar aún la mano del volante. El movimiento del limpiaparabrisas se congela, cesa el "clac-clac". Llueve, sabe que ha estado lloviendo todo el día, pero ahora se da cuenta de veras. Llueve.
La puerta del garaje es automática y un gruñido metálico anuncia que va a abrirse. Pero Tristán no repara en ello. Se hunde en el respaldo y cierra los ojos para escuchar el sonido de la lluvia sobre el capó, sobre el parabrisas, golpeando el techo, despertando la memoria. La lluvia siempre le recuerda a Ariadna y a su dulce sonrisa irreverente cuando ella le tomaba el pelo llamándole "Tantán". Ella decía que así su nombre no sonaba tan marchito, y lo cambiaba por algo casi musical, divertido.
Ha estado diluviando el día entero, desde antes de salir de casa a las siete. Cada mañana de lunes a viernes no siente que empieza de verdad la jornada hasta que sale del garaje, y aún lo duda, hasta que no asoma del todo el sol. Cuando llueve tanto no puede evitar volar hasta esos paisajes cantábricos que compartió con Ariadna. Especialmente los de su último viaje, hace ya dos meses. Seguía arreciando el aguacero al mediodía, cuando en la babélica oficina ha habido un momento que casi despereza los recuerdos dormidos, pero el murmullo de teléfonos, faxes y teclados no lo ha permitido del todo. Al mirar por el ventanal de la sala de juntas del decimoquinto piso, casi se ha acordado de aquél balcón sobre el vasto azul, de aquél alféizar verde, el acantilado del que bajaba una rudimentaria escalinata hasta la playa. Casi se acuerda del día que allí se despidieron, del día que ella bajó del coche y no sonrió como siempre cuando él la llamó "Ari" una vez más, ni consintió que le acercara al pueblo, ni volvió la cabeza una sola vez mientras se alejaba cruzada de brazos, sorteando charcos.
De camino a casa, ha apagado el móvil y lo ha desterrado malhumorado al asiento trasero, después de dos llamadas que aún tiraban de él hacia el trabajo como dos lastres en los bolsillos de un náufrago. También ha estado a punto en el coche de destapar el tarro de la evocación, y empacharse de todo lo vivido con Ariadna, ese espíritu libre que camina según sus propias reglas, esa ninfa despeinada que no pegaba con un trajeado ejecutivo, excepto cuando Tristán vuelvía a ser "Tantán" y aprendía a exprimir cada segundo de su tiempo con "Ari"... pero el atasco y sus demonios, a las riendas de utilitarios estresados, berlinas artilleras, deportivos despectivos, furgonetas apuradas, motos sorpresa, taxis anarquistas y autobuses proletarios, se lo han impedido. Sólo al tomar el desvío hacia la acomodada isla de ladrillos en la que viven casi todos los directivos de su empresa, y que él también escogió para mantener los codos en forma y el mentón en alto, ha comenzado tímidamente a liberar de interferencias el canal que su voz interior utiliza algunas veces para reprenderle.
Hace dos meses, en aquél acantilado, un chaparrón repentino les sorprendió cuando ya ascendían desde la playa; corrieron entre risas y "Ari" y "Tantán" subieron al coche, felices y empapados. Ella le enseñó a escuchar la melodía del agua y la tierra al abrazarse, le miró con esos ojos llenos de mar, y se besaron con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas. Su boca sabía a todo lo que él amaba del mundo, a lo poco que él amaba del mundo, porque casi se había olvidado de conjugar ese verbo hasta que la conoció a ella, tan diferente. Alguien que nunca subió a ese descabellado tren en el que Tristán llevaba más tiempo del que podía recordar. O acaso alguien como él, pero que nunca sacrificó su autenticidad por ningún tren.
Dejaron su huella:
Sinceramente, no tengo palabras para comentar esta primera parte. Me ha gustado el estilo de tu prosa, cómo podemos acercarnos al personaje, y vivir esas sensaciones.
Voy ya a leer la segunda parte.
Un beso!
Marta Domingo, 22 Agosto 2004 12:27
Le diría a is-land que el que no arriesga difícilmente gana...
Sergi me ha encantado este párrafo:
" Ella le enseñó a escuchar la melodía del agua y la tierra al abrazarse, le miró con esos ojos llenos de mar, y se besaron con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas. Su boca sabía a todo lo que él amaba del mundo, a lo poco que él amaba del mundo, porque casi se había olvidado de conjugar ese verbo hasta que la conoció a ella, tan diferente."
volveré para leer la continuación...
Abrazo al corazón
la hechicera de la luna Viernes, 20 Agosto 2004 01:47
De entre todo, me toca la semilla que sembrara ese beso, ese instante. No sólo hacer recordar lo que se ama 8mucho o poco), traducirlo, llevarlo al sabor de un beso. El aprender a escuchar la lluvia, su relación con la tierra, con nosotros, con lo que toca... Aprender a saberse y sentirse vivo... Si subimos al tren o no, serán las circunstancias y lo que nos mueva en el momento, no?
Besos, del otro lado del océano.
Paty Jueves, 19 Agosto 2004 20:15 (Web)
Ah! y que estoy de acuerdo con mad, es cierto, siempre se puede saltar del tren. Tomarlo es un riesgo como otro cualquiera, ¿quién nos dice que los riesgos han de llevarnos siempre a puerto feliz?
Is-Land Jueves, 19 Agosto 2004 17:47
Hola, te he "conocido" en el Divario de Shangay Lily y me ha gustado mucho una frase, aquella que dice que "las etiquetas no son más que una grosería del prójimo" (no es literal).
Y acabo de leer tu cuento y bueno, está bien, sobre todo la parte en que se besan "con el mismo ímpetu con el que la tormenta rugía sobre sus cabezas". Muy gráfico. Y nada, sólo saludarte :)
Is-Land Jueves, 19 Agosto 2004 17:45 (Web)
He de reconocer que no he leído el >em>post>/em> de hoy porque decidí esperar a que esté el cuento completo. Mi impaciencia animal me aconseja no comenzar a recorrer esas palabras sin tener al alcance de mi vista el final. Volveré mañana, tal vez.
kaveri Jueves, 19 Agosto 2004 15:40
No sé, no sé... que siempre se puede saltar del tren (sola o acompañada)... ¿porqué no subirse entonces?
Y esto no se hace... no vale dejarlo a medias...
Millones de besos con sal
mad Jueves, 19 Agosto 2004 14:13
Cuántos momentos vuelven figurando lluvía y mar, ventanas empañadas, rumor en el aire...
Recuerdos que giran como peonzas en una cabeza en sequía.
Gracias. Feliz día :-)
UnChicoNormal Jueves, 19 Agosto 2004 13:39










