Porque cantando se alegran...
Me quedan montones de fotos tuyas de cuando te ibas a bailar con tus amigas las escandalosas, y otros tantos videos tuyos bien salerosos. Te pienso todo el día y es que no es fácil separarse de una compañera de piso.
Me recuerdan a ti tantas cosas. Aunque intente distraerme, siempre aparece algo que remite a ti. Dos años, día y noche, tienen que salir por algún lado, ¿verdad?
Nos ha costado separarnos, muchísimo. A las dos nos desbordaban las ganas de volver a casa. Y ahora está tan vacía sin nosotras...
Todavía no me hago a la idea y por las noches pienso que deberíamos estar juntas, que deberías estar diciéndome a voces que la serie ya empieza...
Ya te lo dije cuando me despedí, el tiempo contigo ha valido la pena y, por supuesto, que me esperes para el último baile.
Me recuerdan a ti tantas cosas. Aunque intente distraerme, siempre aparece algo que remite a ti. Dos años, día y noche, tienen que salir por algún lado, ¿verdad?
Nos ha costado separarnos, muchísimo. A las dos nos desbordaban las ganas de volver a casa. Y ahora está tan vacía sin nosotras...
Todavía no me hago a la idea y por las noches pienso que deberíamos estar juntas, que deberías estar diciéndome a voces que la serie ya empieza...
Ya te lo dije cuando me despedí, el tiempo contigo ha valido la pena y, por supuesto, que me esperes para el último baile.
Do ut des
- ¿Me das un cromo?
- No
- Yo la otra vez te di uno.
Y así, aunque no lo reconozcamos, es siempre: con los cromos, los favores, el dinero y, sobre todo, con el amor.
- No
- Yo la otra vez te di uno.
Y así, aunque no lo reconozcamos, es siempre: con los cromos, los favores, el dinero y, sobre todo, con el amor.
Hazme caso
- ¿Y ese nick? ¿Otra vez con lo mismo? Te tengo dicho que no vale la pena, que lo olvides. No te pierdas en los recuerdos porque te pierdes el día a día. Las personas cambian. Además, ¿para qué quieres que esté a tu lado? Bien sabes que es un canalla. No queda nada del adolescente que tanto te gustaba.
No merece lágrimas, ni lamentos y, mucho menos, las horas al día que empleas recreándote en los recuerdos que tanto te ahogan. Espavila, enciende la luz y deshazte de lo que no te deja disfrutar. No escribas ni una entrada más sobre él en tu blog, no seas angustias. Y, sobre todo, no te duermas cada noche pensando en tenerlo otra vez contigo, imagínate con Darek, que está de moda y es mucho más divertido.
- Ya, pero es que no puedo.
No merece lágrimas, ni lamentos y, mucho menos, las horas al día que empleas recreándote en los recuerdos que tanto te ahogan. Espavila, enciende la luz y deshazte de lo que no te deja disfrutar. No escribas ni una entrada más sobre él en tu blog, no seas angustias. Y, sobre todo, no te duermas cada noche pensando en tenerlo otra vez contigo, imagínate con Darek, que está de moda y es mucho más divertido.
- Ya, pero es que no puedo.
Los niños y los abuelos son muy, pero que muy, parecidos
Llevo unos meses haciendo sustituciones de monitora de actividad física de base en distintos colegios con niños de 4 a 8 años. Hace un par de semanas empecé a sustituir a la monitora de gimnasia de mantenimiento en un centro de jubilados.
Bien, he podido comprobar que los niños y los viejetes tienen mucho en común:
Niños
-¿Tú tienes un título para poder darnos clase?
-Seño, no puedo correr: me duele la cabeza y siento que me sube toda la sangre a la cabeza.
-Qué bonita eres, señorita. (Un niño argentino poniendo en marcha la labia que le viene de serie)
-Qué bici más guapa tienes, profesora. (Suelo ir en bici)
Otro: guapa tú y guapa la bici. (jajaja empieza bien el niño)
-¿Qué le pasa a nuestro monitor? (La infinita curiosidad de un niño)
-¿Como quién eres de vieja? Menos que la seño del cole, a que sí. (Menos mal)
-Te pareces a la monitora de los pequeños. (Esta vez han acertado, somos hermanas)
-Seño, míralas. No paran de hablar y encima no hacen caso. (Será chivata...)
Yayos
-Nena, ¿dónde te has sacado el título de monitora?
-Oye, si ves que me siento es porque estoy fatal de la rodilla, no por otra cosa. (Esto lo dice una señora que no falta nunca al baile)
-Pero qué bonica y qué graciosa eres, nena. (Un poco de peloteo nunca viene mal. No digo que la mujer no lo piense en realidad, pero...)
-Me gusta el vehículo que está ahí aparcado. (Refiriéndose a mi bici, un abuelete muy guasón)
-¿Qué tal está Rosana? ¿Cuándo vuelve? ¿Sois hermanas? (No sé, señora. Yo no la conozco, pero ya verá lo bien que se lo pasan conmigo jaja)
-Nosotros ya somos de la tercera edad, no como tú que tendrás unos veinte cortitos. (Es entonces cuando empiezan a escucharse voces: 21! 20! 19!. Casi)
-Te pareces a mi nieta la pequeña. (Sí, y a unas cuantas nietas y nueras más)
-Tú mano dura, que estas se ponen a hablar y no paran. (Pues allá ellas, señora)
etc, etc, etc.....
Bien, he podido comprobar que los niños y los viejetes tienen mucho en común:
Niños
-¿Tú tienes un título para poder darnos clase?
-Seño, no puedo correr: me duele la cabeza y siento que me sube toda la sangre a la cabeza.
-Qué bonita eres, señorita. (Un niño argentino poniendo en marcha la labia que le viene de serie)
-Qué bici más guapa tienes, profesora. (Suelo ir en bici)
Otro: guapa tú y guapa la bici. (jajaja empieza bien el niño)
-¿Qué le pasa a nuestro monitor? (La infinita curiosidad de un niño)
-¿Como quién eres de vieja? Menos que la seño del cole, a que sí. (Menos mal)
-Te pareces a la monitora de los pequeños. (Esta vez han acertado, somos hermanas)
-Seño, míralas. No paran de hablar y encima no hacen caso. (Será chivata...)
Yayos
-Nena, ¿dónde te has sacado el título de monitora?
-Oye, si ves que me siento es porque estoy fatal de la rodilla, no por otra cosa. (Esto lo dice una señora que no falta nunca al baile)
-Pero qué bonica y qué graciosa eres, nena. (Un poco de peloteo nunca viene mal. No digo que la mujer no lo piense en realidad, pero...)
-Me gusta el vehículo que está ahí aparcado. (Refiriéndose a mi bici, un abuelete muy guasón)
-¿Qué tal está Rosana? ¿Cuándo vuelve? ¿Sois hermanas? (No sé, señora. Yo no la conozco, pero ya verá lo bien que se lo pasan conmigo jaja)
-Nosotros ya somos de la tercera edad, no como tú que tendrás unos veinte cortitos. (Es entonces cuando empiezan a escucharse voces: 21! 20! 19!. Casi)
-Te pareces a mi nieta la pequeña. (Sí, y a unas cuantas nietas y nueras más)
-Tú mano dura, que estas se ponen a hablar y no paran. (Pues allá ellas, señora)
etc, etc, etc.....
La del segundo
Tenía una verdulería en el barrio. Lo que más le gustaba era llegar de trabajar y sentarse en el sofá para hablar de cómo le había ido el día en la tienda. Entre lechugas, judías y calabacines puedes enterarte de muchas cosas.
La señora Paca, que quedó viuda hace un par de años, andaba ya con un Don Juan, un caballero de capa y espada que la llamaba por teléfono y le preguntaba si "le placía acompañarlo a tomar un café" . A ella nunca le preguntaban si le placía hacer algo, ¿cómo se sentiría la señora Paca?
Hoy, Rosario, la del horno, que no puede callarse ni una, le había comentado que Jorge, el hijo de la carnicera, andaba con una mujer bastantes años mayor que él, que eso le olía a chapero. Qué cosas tiene Rosario, esta mujer es una auténtica polemista. Años atrás ya puso en boca de todos a Don Diego, el cura de la iglesia del barrio, cuando dijo haberlo visto salir de una casa de citas...
Ella comentaba todos los chismes que se habían colado en la verdulería, el hacer y deshacer de unos y otros. Pero nunca obtenía respuesta. No había tenido hijos por un problema que tuvo de joven y lo de adoptar, por aquel entonces, estaba muy mal visto. Ya estaba acostumbrada a esa soledad en compañía. Solo le quedaba el hilo de voz de fondo que salía de la tele que compraron en una superoferta de las que no pueden desaprovecharse. Un capricho como otro cualquiera.
Ella hacía tiempo que no se permitía ninguno. Se había ido descuidando poco a poco. Ya no llevaba las uñas felinas, antes solía llevarlas largas y pintadas de colores llamativos. Ahora tenían un suave color verde en los dedos de cortar las lechugas y las alcachofas . Hacía tiempo que no iba a la peluquería, no estaban para gastos. Ya no disimulaba las canas con esas mechas rubias y caoba que le daban un toque juvenil.
Echaba de menos ir a comer los domingos a un bar cerca de la playa y las tardes de miércoles en el cine. Quería convencerse a sí misma de que era normal, que es lo que llega con el tiempo. Se lo había oído decir a una mujer en un programa de testimonios de una cadena local. Los matrimonios se enfrían.
Cuando fregaba los platos cantaba las canciones que habían bailado de jóvenes, bien alto, para que la oyera. Siempre se quedaba con las ganas de que fuera con disimulo a la cocina y la agarrara de la cintura para bailar en silencio.
Por la noche ella escuchaba la radio metida en la cama. Cuando veía encendida la luz del pasillo se hacía la dormida. Él apagaba la radio y se acostaba en su lado de la cama. Todo seguía frío.
Las noches se le hacían largas, le daban para pensar. Pero nunca sacaba nada en claro. Serían las dudas, que no la dejaban dormir. No era feliz pero tenía miedo a cambiar de vida. Se sentía cobarde. Ya se lo había comentado a su hermana Josefa, pero tampoco la ayudaba a decidirse: "mira, Encarna, piénsate bien lo que haces que el arrepentimiento es mu' malo".
Se miraba en el espejo y no se reconocía. Tenía los ojos tristes, intentaba buscar el brillo, pero ni siquiera recordaba cuándo lo había perdido. Ya hacía demasiado. Le encantaría gritar, pero solo lloraba con pequeños hipidos. Era un edificio pequeño y se oía todo, no quería ser protagonista de un escándalo. Faltaría más.
En la finca ya se comentaba algo. Los encuentros de las vecinas del cuarto en el rellano daban para mucho:
- ¿No notas rara a Encarna, la del 2º?"- decía Milagros, con el tinte puesto.
- Pues ahora que lo dices sí, con lo mona que iba ella siempre...- decía Carmen con el cigarro en la boca mientras intentaba quitarse de las uñas los restos del esmalte rojo de la semana anterior.
- Yo creo que algo pasa con el marido. ¿Líos de faldas?
- Podría ser, pero no creo. El Joaquín es muy resarvao' y callaíto, no lo veo buscando gatas en otro tejao'...
- Bueno ya se verá. La charo seguro que sabe algo. Nena, me entro ya que tengo que lavarme el pelo, a ver como ha quedao' el tinte. Ya hablamos, Carmencita.
- Chao, Milagros.
Ellas nunca le preguntaron nada en los minutos compartidos en el ascensor. Aún así Encarna sabía podía ser un buen tema de conversación para aquellas loros. Menudas las del cuarto, les encanta largar.
Pasaban los meses y todo seguía igual. Él no había dejado el sofá desde que lo jubilaron por anticipado por el cierre de la empresa. Ella en la verdulería, viendo como cada vez hacía menos caja. Estaba convencida de que era por culpa del supermercado que habían abierto a un par de calles de la verdulería.
Aquella mañana no tenía ganas de trabajar. Cuando ya había subido la persiana volvió a bajarla. Cogió el primer autobús sin mirar si quiera el número. Solo quería dar una vuelta por la ciudad. Se sentó en el lado de la ventanilla y empezó a mirar a través el cristal. Pensaba.
El autobús paró en un semáforo. Ella quedó con la mirada fija en una valla publicitaria, un anuncio de un plan de pensiones, "el tiempo vuela noche y día", decía. Bajó del autobús en la parada siguiente y comenzó a caminar hacia casa. Estaba lejos, pero no le importaba, tenía toda la mañana.
Subió y arregló un poco la casa. Él no le preguntó por qué había vuelto tan pronto. No esperaba menos. Se cambió de ropa, se puso el traje de chaqueta que utilizó en la comunión de su sobrina. Se soltó el pelo y se maquilló un poco. Algo estaba cambiando dentro de ella. Cogió lo básico y lo metió en una bolsa de deporte.
Recorrió el pasillo segura de si misma. Entró en el salón y apagó la televisión.
- ¿A dónde vas así vestida?
Esta vez fue él quien no obtuvo respuesta.
La señora Paca, que quedó viuda hace un par de años, andaba ya con un Don Juan, un caballero de capa y espada que la llamaba por teléfono y le preguntaba si "le placía acompañarlo a tomar un café" . A ella nunca le preguntaban si le placía hacer algo, ¿cómo se sentiría la señora Paca?
Hoy, Rosario, la del horno, que no puede callarse ni una, le había comentado que Jorge, el hijo de la carnicera, andaba con una mujer bastantes años mayor que él, que eso le olía a chapero. Qué cosas tiene Rosario, esta mujer es una auténtica polemista. Años atrás ya puso en boca de todos a Don Diego, el cura de la iglesia del barrio, cuando dijo haberlo visto salir de una casa de citas...
Ella comentaba todos los chismes que se habían colado en la verdulería, el hacer y deshacer de unos y otros. Pero nunca obtenía respuesta. No había tenido hijos por un problema que tuvo de joven y lo de adoptar, por aquel entonces, estaba muy mal visto. Ya estaba acostumbrada a esa soledad en compañía. Solo le quedaba el hilo de voz de fondo que salía de la tele que compraron en una superoferta de las que no pueden desaprovecharse. Un capricho como otro cualquiera.
Ella hacía tiempo que no se permitía ninguno. Se había ido descuidando poco a poco. Ya no llevaba las uñas felinas, antes solía llevarlas largas y pintadas de colores llamativos. Ahora tenían un suave color verde en los dedos de cortar las lechugas y las alcachofas . Hacía tiempo que no iba a la peluquería, no estaban para gastos. Ya no disimulaba las canas con esas mechas rubias y caoba que le daban un toque juvenil.
Echaba de menos ir a comer los domingos a un bar cerca de la playa y las tardes de miércoles en el cine. Quería convencerse a sí misma de que era normal, que es lo que llega con el tiempo. Se lo había oído decir a una mujer en un programa de testimonios de una cadena local. Los matrimonios se enfrían.
Cuando fregaba los platos cantaba las canciones que habían bailado de jóvenes, bien alto, para que la oyera. Siempre se quedaba con las ganas de que fuera con disimulo a la cocina y la agarrara de la cintura para bailar en silencio.
Por la noche ella escuchaba la radio metida en la cama. Cuando veía encendida la luz del pasillo se hacía la dormida. Él apagaba la radio y se acostaba en su lado de la cama. Todo seguía frío.
Las noches se le hacían largas, le daban para pensar. Pero nunca sacaba nada en claro. Serían las dudas, que no la dejaban dormir. No era feliz pero tenía miedo a cambiar de vida. Se sentía cobarde. Ya se lo había comentado a su hermana Josefa, pero tampoco la ayudaba a decidirse: "mira, Encarna, piénsate bien lo que haces que el arrepentimiento es mu' malo".
Se miraba en el espejo y no se reconocía. Tenía los ojos tristes, intentaba buscar el brillo, pero ni siquiera recordaba cuándo lo había perdido. Ya hacía demasiado. Le encantaría gritar, pero solo lloraba con pequeños hipidos. Era un edificio pequeño y se oía todo, no quería ser protagonista de un escándalo. Faltaría más.
En la finca ya se comentaba algo. Los encuentros de las vecinas del cuarto en el rellano daban para mucho:
- ¿No notas rara a Encarna, la del 2º?"- decía Milagros, con el tinte puesto.
- Pues ahora que lo dices sí, con lo mona que iba ella siempre...- decía Carmen con el cigarro en la boca mientras intentaba quitarse de las uñas los restos del esmalte rojo de la semana anterior.
- Yo creo que algo pasa con el marido. ¿Líos de faldas?
- Podría ser, pero no creo. El Joaquín es muy resarvao' y callaíto, no lo veo buscando gatas en otro tejao'...
- Bueno ya se verá. La charo seguro que sabe algo. Nena, me entro ya que tengo que lavarme el pelo, a ver como ha quedao' el tinte. Ya hablamos, Carmencita.
- Chao, Milagros.
Ellas nunca le preguntaron nada en los minutos compartidos en el ascensor. Aún así Encarna sabía podía ser un buen tema de conversación para aquellas loros. Menudas las del cuarto, les encanta largar.
Pasaban los meses y todo seguía igual. Él no había dejado el sofá desde que lo jubilaron por anticipado por el cierre de la empresa. Ella en la verdulería, viendo como cada vez hacía menos caja. Estaba convencida de que era por culpa del supermercado que habían abierto a un par de calles de la verdulería.
Aquella mañana no tenía ganas de trabajar. Cuando ya había subido la persiana volvió a bajarla. Cogió el primer autobús sin mirar si quiera el número. Solo quería dar una vuelta por la ciudad. Se sentó en el lado de la ventanilla y empezó a mirar a través el cristal. Pensaba.
El autobús paró en un semáforo. Ella quedó con la mirada fija en una valla publicitaria, un anuncio de un plan de pensiones, "el tiempo vuela noche y día", decía. Bajó del autobús en la parada siguiente y comenzó a caminar hacia casa. Estaba lejos, pero no le importaba, tenía toda la mañana.
Subió y arregló un poco la casa. Él no le preguntó por qué había vuelto tan pronto. No esperaba menos. Se cambió de ropa, se puso el traje de chaqueta que utilizó en la comunión de su sobrina. Se soltó el pelo y se maquilló un poco. Algo estaba cambiando dentro de ella. Cogió lo básico y lo metió en una bolsa de deporte.
Recorrió el pasillo segura de si misma. Entró en el salón y apagó la televisión.
- ¿A dónde vas así vestida?
Esta vez fue él quien no obtuvo respuesta.
Paint it black
Quería salir por la tele. Se levantó temprano, muy temprano. El cielo tenía el color azul grisáceo que señala que todavía no ha salido el sol. Desayunó café frío, un par de tostadas algo quemadas y un zumo de piña. Se sentó a escuchar la radio, estaban dando las noticias de la primera hora: en política la oposición seguía escandalizada por las decisiones del gobierno, los problemas urbanísticos en su línea, el precio de la vivienda subiendo, las temperaturas bajarían en los próximos días. Ningún suceso.
Fue corriendo al baño para asearse. Abrió el frasco de colonia, hoy sería generoso. Peinó sus greñas con agua hacia atrás sin disimular las canas. En su cara podían verse las marcas de un afeitado rápido. Se vistió lento, mirándose en el espejo que colgó un par de años atrás sobre la cómoda. Pensaba que allí haría calor. Una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos estarían bien para la ocasión. Se calzó las zapatillas de deporte dejando a la vista unos calcetines que más de uno hemos llevado alguna vez, blancos con una raya roja y una negra en la parte de arriba. Se sentía cómodo. Y feliz.
Salió al balcón para regar las plantas. Arrancó unas flores al geranio y se las guardó el el bolsillo. Quería tener flores por adelantado.
Encendió el tocadiscos, escuchó su canción favorita unas cuantas veces.
Abrió la ventana de la habitación que estaba al fondo del pasillo. Volvió al lado del tocadiscos, le encantaba esa canción: "I see a red door and I want it painted black, no colors anymore I want them to turn black...".
Se levantó y empezó a correr con todas sus fuerzas hacia la ventana en compañía de los Rolling Stones . Hoy saldría en la tele.
Fue corriendo al baño para asearse. Abrió el frasco de colonia, hoy sería generoso. Peinó sus greñas con agua hacia atrás sin disimular las canas. En su cara podían verse las marcas de un afeitado rápido. Se vistió lento, mirándose en el espejo que colgó un par de años atrás sobre la cómoda. Pensaba que allí haría calor. Una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones cortos estarían bien para la ocasión. Se calzó las zapatillas de deporte dejando a la vista unos calcetines que más de uno hemos llevado alguna vez, blancos con una raya roja y una negra en la parte de arriba. Se sentía cómodo. Y feliz.
Salió al balcón para regar las plantas. Arrancó unas flores al geranio y se las guardó el el bolsillo. Quería tener flores por adelantado.
Encendió el tocadiscos, escuchó su canción favorita unas cuantas veces.
Abrió la ventana de la habitación que estaba al fondo del pasillo. Volvió al lado del tocadiscos, le encantaba esa canción: "I see a red door and I want it painted black, no colors anymore I want them to turn black...".
Se levantó y empezó a correr con todas sus fuerzas hacia la ventana en compañía de los Rolling Stones . Hoy saldría en la tele.
Voy a pasármelo bien
[Pensando en voz alta]
"Año nuevo, vida nueva. Esta noche promete. Me han venido bien las sesiones con la psicóloga, tiene toda la razón, tengo que aceptar quien soy. No tengo porqué fingir para agradar a los demás. Quien me quiera seguro que me entiende y quien no, a tomar por culo.
Uf, es tardísismo, tengo que prepararme; siempre se me echa el tiempo encima, y ya he perdido bastante. Dichoso tiempo.
Quiero tomar un baño para relajarme, porque, la verdad, estoy de los nervios. Con sales de limón y espuma, ¿con un toque de menta? Sí, creo que sí.
Qué frío, debería haber encendido el calefactor, bueno da igual. Patos al agua. Joder, qué caliente, se me va a quedar la piel escocida. Qué horror salir de aquí con el color de un chuletón. Qué más da, no hay nada que no se arregle con maquillaje, en base, claro, yo no soy de polvos. Bueno depende de qué polvos, jiji.
Qué bien se está aquí... pasaría horas dentro de la bañera, pero hoy no hay tiempo para eso. Bueno, sólo unos minutos. Creo que el 7 va a ser un buen número, se lo escuché el otro día a la del canal43. No es que yo sea de esas personas superticiosas, pero, oye, nunca está de más tener curiosidad. Aunque no me quedó muy claro si lo de la numerología es una ciencia...
¿Dónde habré dejado el albornoz? Me he pasado con el café. Demasiado cargado, qué acelerón llevo encima, no sé ni lo que hago. Uf, hoy es una gran noche. La leche, qué frío hace. Bueno, a ver que seque bien cada rinconcito de mi cuerpo. Ya no sé ni lo que digo.
Ahora crema hidratante, nunca se sabe si alguien acabará la noche comprobando poco a poco la suavidad de mi piel, jiji.
Uhm, ahora cita con el armario. Lo tengo todo pensado. El vestido que compré en las rebajas, lo guardaba para una ocasión especial y, sí, hoy es el día. Estoy espectacular con él, no hace falta que nadie me lo diga, yo me basto y me sobro, eso dice la psicóloga. Lo que tengo en duda son los zapatos. Creo que me pondré los que llevó Sofía para la boda de su mejor amiga, con un buen tacón, como a mí me gustan. El mundo se ve diferente desde las alturas.
¿Cómo me maquillo? Siempre es mejor un maquillaje natural, tampoco es cuestión de ir llamando la atención. Sombra de ojos azul, algo de colorete, los labios bien perfilados y con brillo. ¡El rímel que no falte!
Creo que ya estoy, ahora el toque final: unas gotas de perfume. Después de las uvas me esperan para salir a bailar y quiero volverlos locos, a todos. Voy a pasármelo bien..."
[Llaman al timbre; lo coge]
- ¡Ya estamos aquí!
[Llaman a la puerta; abre]
- ¡¿Papá?!
- Llámame Manuela.
"Año nuevo, vida nueva. Esta noche promete. Me han venido bien las sesiones con la psicóloga, tiene toda la razón, tengo que aceptar quien soy. No tengo porqué fingir para agradar a los demás. Quien me quiera seguro que me entiende y quien no, a tomar por culo.
Uf, es tardísismo, tengo que prepararme; siempre se me echa el tiempo encima, y ya he perdido bastante. Dichoso tiempo.
Quiero tomar un baño para relajarme, porque, la verdad, estoy de los nervios. Con sales de limón y espuma, ¿con un toque de menta? Sí, creo que sí.
Qué frío, debería haber encendido el calefactor, bueno da igual. Patos al agua. Joder, qué caliente, se me va a quedar la piel escocida. Qué horror salir de aquí con el color de un chuletón. Qué más da, no hay nada que no se arregle con maquillaje, en base, claro, yo no soy de polvos. Bueno depende de qué polvos, jiji.
Qué bien se está aquí... pasaría horas dentro de la bañera, pero hoy no hay tiempo para eso. Bueno, sólo unos minutos. Creo que el 7 va a ser un buen número, se lo escuché el otro día a la del canal43. No es que yo sea de esas personas superticiosas, pero, oye, nunca está de más tener curiosidad. Aunque no me quedó muy claro si lo de la numerología es una ciencia...
¿Dónde habré dejado el albornoz? Me he pasado con el café. Demasiado cargado, qué acelerón llevo encima, no sé ni lo que hago. Uf, hoy es una gran noche. La leche, qué frío hace. Bueno, a ver que seque bien cada rinconcito de mi cuerpo. Ya no sé ni lo que digo.
Ahora crema hidratante, nunca se sabe si alguien acabará la noche comprobando poco a poco la suavidad de mi piel, jiji.
Uhm, ahora cita con el armario. Lo tengo todo pensado. El vestido que compré en las rebajas, lo guardaba para una ocasión especial y, sí, hoy es el día. Estoy espectacular con él, no hace falta que nadie me lo diga, yo me basto y me sobro, eso dice la psicóloga. Lo que tengo en duda son los zapatos. Creo que me pondré los que llevó Sofía para la boda de su mejor amiga, con un buen tacón, como a mí me gustan. El mundo se ve diferente desde las alturas.
¿Cómo me maquillo? Siempre es mejor un maquillaje natural, tampoco es cuestión de ir llamando la atención. Sombra de ojos azul, algo de colorete, los labios bien perfilados y con brillo. ¡El rímel que no falte!
Creo que ya estoy, ahora el toque final: unas gotas de perfume. Después de las uvas me esperan para salir a bailar y quiero volverlos locos, a todos. Voy a pasármelo bien..."
[Llaman al timbre; lo coge]
- ¡Ya estamos aquí!
[Llaman a la puerta; abre]
- ¡¿Papá?!
- Llámame Manuela.
En Centelles
Siempre estaba sentada en la parada del autobús. Entretenida mirando pasar los coches, observando a los niños que acababan de salir del colegio. Se llamaba Ana. Me contó que sus hijos vivían en Sevilla, que ella estaba sola aquí, en Valencia. Que tenía dos hermanos pero que nada sabía de ellos. Me confesó que echaba de menos la televisión . Que todas las tardes daba un paseo y que descansaba siempre en la misma parada. Que los años, el frío y el calzado no acompañaban mucho. Que solía ir a misa porque "el cura está como un tren" y que cuando se acercaba a comulgar le guiñaba un ojo. Que no le gustaba ir al albergue, que prefería la calle. Además en el río ya tenía su sitio. Con su sonrisa mellada bromeó diciendo que nunca le regalara turrón. El aspecto desaliñado y apagado, su pelo canoso y enmarañado contrastaban con sus ojos vivarachos y su voz despreocupada. Me comentó que la limosna se la gastaba en tabaco, fantas y bocadillos. Llevaba una falda vieja, las piernas sin medias, desabrigadas. En los pies unas zapatillas de estar por casa que dejaban ver el dedo gordo del pie derecho. Tenía las manos secas, las uñas negras. De su nariz resvalaba agüilla, producto del frío. Parecía no darse cuenta. Estaba tranquila, esperando que llegara la hora de ir a misa para ver al hombre de la sotana, quien, según ella, no llevaba nada debajo. Esperaba tener suerte y encontrar algún cigarro sin acabar por el camino.
Todavía no sé si me encontré con la serenidad de la locura o si, simplemente, era feliz a su manera.
Todavía no sé si me encontré con la serenidad de la locura o si, simplemente, era feliz a su manera.
Con música de fondo
Ella dijo que no era lo que esperaba. Había imaginado a alguien diferente. Recreó en su imaginación durante noches el cómo y el dónde. Llevaba durmiendose junto a él, en su pensamiento, mucho tiempo, tanto que no lograba recordarlo. Su ausencia había sido motivo de desconsuelos, de abatimiento, de un cajón lleno de relojes de arena. Se veía en un bar, en la cola de un cine, elevando su cabeza en un intento de no ahogarse entre la gente en un concierto de ese grupo que tanto le gusta, o, por qué no, pagando en la ventanilla de la gasolinera. No pensaba en príncipes, ni si quiera creía en escenas de playa bajo la luz de la luna. Sabía que eso era un invento de Hollywood. No le había puesto rostro, pero sí ojos; marrones, grandes...
Estaba sentado en la boca del metro. Casi nadie reparaba en su presencia aunque, de modo inconsciente, se sintieran acompañados por su melodía. Lo miró durante un instante y extendió la mano. Sólo unas monedas y sus ojos, marrones, le dieron las gracias para cerrarse de nuevo y seguir envueltos por el sonido.
Acababa de rozar la mano a sus sueños y me llamó para contármelo...
Estaba sentado en la boca del metro. Casi nadie reparaba en su presencia aunque, de modo inconsciente, se sintieran acompañados por su melodía. Lo miró durante un instante y extendió la mano. Sólo unas monedas y sus ojos, marrones, le dieron las gracias para cerrarse de nuevo y seguir envueltos por el sonido.
Acababa de rozar la mano a sus sueños y me llamó para contármelo...
Sal
Abrió las ventanas de par en par. Solía hacerlo a diario, pero nunca por la noche. Permaneció sentada en uno de los extremos de la cama, en silencio. De la calle llegaban voces. Mantenía quietas las manos sobre las rodillas, presionándolas de manera incosciente. Los pies descalzos acariciaban el suelo con un suave balanceo. Un lánguido destello de luz dibujaba una suave linea anaranjada en el suelo. Su gato se coló sigilosamente en la habitación, subió de un salto limpio a la cama y se sentó junto a ella. Estaba inmersa en sus pensamientos, en sus dudas, en algún que otro delirio. Podía escuchar el rítmico ronroneo de su compañero entremezclado con las voces de fondo. Lo acarició despacio. "Quizá no esté tan sola...". Sus ojos, con la mirada perdida, dejaron de contenerse, las lágrimas resvalaron, atrevidas, mojando sus labios. Saboreó la sal y esbozó una sonrisa.
Lo que me contaron las imágenes
Una bonita sonrisa dibujada por unos labios carnosos que deja entrever unos dientes perfectamente alineados. Los ojos oscuros, bien marcados, adornados por unas pestañas nada discretas, medio escondidos tras un recto y espeso flequillo. Una melena morena que caía por su espalda y acariciaba sus hombros hacía contraste con la piel rosada de su cara salpicada por el antojo del azar con unas graciosas pecas. Así era ella, una niña con aspecto angelical. Aún no había cumplido los dieciocho y ya sabía lo que era ver el mundo subida en un par de tacones y una falda tan descarada como su forma de hablar.
La suerte y la casualidad se aliaron e hicieron que su voz se cruzara en una calle muy estrecha con la de un chico unos cuantos, bastantes, muchos, años mayor que ella.
De mirada seductora a la par que vivaracha. Facciones redondeadas que le daban un aspecto infantil interrumpido sólo, de vez en cuando, por una sonrisa canalla. Apariencia fría y distante, nada que ver con la proximidad y calidez que parecía sentir la niña con aspecto angelical de altos vuelos con esos zapatos de punta y tacón.
Y, aunque no la conozco, creo que lo que le gustaba era la doble cara de la luna. Por eso buscaba sus manos. Por eso se dejaba abrazar en silencio. Por eso no dejó de llorar cuando se tuvo que marchar. Lo que ella no sabía es que aquello que sentía tan secreto y tan íntimo lo veíamos los demás.
La suerte y la casualidad se aliaron e hicieron que su voz se cruzara en una calle muy estrecha con la de un chico unos cuantos, bastantes, muchos, años mayor que ella.
De mirada seductora a la par que vivaracha. Facciones redondeadas que le daban un aspecto infantil interrumpido sólo, de vez en cuando, por una sonrisa canalla. Apariencia fría y distante, nada que ver con la proximidad y calidez que parecía sentir la niña con aspecto angelical de altos vuelos con esos zapatos de punta y tacón.
Y, aunque no la conozco, creo que lo que le gustaba era la doble cara de la luna. Por eso buscaba sus manos. Por eso se dejaba abrazar en silencio. Por eso no dejó de llorar cuando se tuvo que marchar. Lo que ella no sabía es que aquello que sentía tan secreto y tan íntimo lo veíamos los demás.
Una de pájaros
He conocido a alguien. En un principio pensé que era un loro gritón que abría las alas para llamar la atención. Yo le decía, medio en broma, medio en serio, que era un bicho malo; a lo que el loro me contestaba "eres una loca". Escuchaba cómo parloteaba con otras personas: el pico, y la lengua, los tenía bastante afilados.
Los primeros días observé al lorito y, todavía no sé por qué, acabé hablando con él, no sin ser víctima de algún que otro picotazo, claro. Es lo que tienen estos animalillos, que son muy desconfiados con los extraños. Pero nada, unas cuantas pipas y todo arreglado.
Hace unas semanas he descubierto que no es un loro, que era una parafernalia mental mia. Sabrosa, que así es como la llamo, es un primor. De lunes a viernes comparto muy buenos momentos con ella, es lo bueno de estar sentadas codo con codo. Bueno, los jueves vaso con vaso. Y, para variar, el martes pasado disfrazadas, atadas con un hilo invisible que hizo que no estuviéramos a más de diez metros la una de la otra. ¿Será que he subido al árbol y ahora estamos en la misma rama? Seguro que no.
Que lo que veía de colores era su risa, no plumas. Que aunque sea muy buena compañía no es ningún pájaro. Que lo suyo era desconfianza, que lo mio fue un prejuicio. Que nada de pipas, unos donettes y un poco de vodka con limón. Y volar, como todos, con la imaginación. Eso sí, el piquito de oro no se lo quita nadie. Ay, mi Sabrosa.
Los primeros días observé al lorito y, todavía no sé por qué, acabé hablando con él, no sin ser víctima de algún que otro picotazo, claro. Es lo que tienen estos animalillos, que son muy desconfiados con los extraños. Pero nada, unas cuantas pipas y todo arreglado.
Hace unas semanas he descubierto que no es un loro, que era una parafernalia mental mia. Sabrosa, que así es como la llamo, es un primor. De lunes a viernes comparto muy buenos momentos con ella, es lo bueno de estar sentadas codo con codo. Bueno, los jueves vaso con vaso. Y, para variar, el martes pasado disfrazadas, atadas con un hilo invisible que hizo que no estuviéramos a más de diez metros la una de la otra. ¿Será que he subido al árbol y ahora estamos en la misma rama? Seguro que no.
Que lo que veía de colores era su risa, no plumas. Que aunque sea muy buena compañía no es ningún pájaro. Que lo suyo era desconfianza, que lo mio fue un prejuicio. Que nada de pipas, unos donettes y un poco de vodka con limón. Y volar, como todos, con la imaginación. Eso sí, el piquito de oro no se lo quita nadie. Ay, mi Sabrosa.
Yo de mayor quiero ser como Gloria
Entra Gloria envuelta en una toalla. Es evidente que sale de la ducha:
"Pasan los años y yo no cambio. A mi edad las demás mujeres empiezan a tener canas, patas de gallo, arrugas por todas partes, estrías en los muslos, las nalgas descolgadas, los pechos fláccidos; hasta los ojos pierden resplandor. Yo no me noto estos estragos. (Pausa.) Quizás sea éste el primer síntoma de envejecimiento. (Pausa.) No sé qué pensar: miro mis fotos de hace veinte años y me parece que no he cambiado. Pero si las enseño me preguntan: y es esta chica, ¿quién es? Las personas, ya se sabe, no son fisonomistas. ¡Ay! (Está a punto de caérsele la toalla. Se la anuda sin dejar de mirarse al espejo.(Pausa.)
No sé si ponerme el vestido verde o el rojo. El rojo produce más efecto.Pero el verde me sienta mejor y es más elegante. Un dilema verdaderamente estúpido comparado con el drama terrible de la vida. Quizás no éste el momento de decirlo pero la vida es un dolor sin sentido. Un vacío doloroso entre el error de nacer y el absurdo de morir. ¡Ay!(Está a punto de caérsele la toalla. Se la vuelve a anudar.)Con estas ideas, todo lo hago de prisa y de cualquier manera, como ahora. Él siempre me lo decía. Ya es tarde y yo todavía sin arreglar. ¡Ay de mí, todo me aburre y me atormenta! (Suena el timbre. GLORIA no lo oye o no le hace caso.) No me importaría matarme si la vida no fuera tan trivial. Pero los minutos y las horas, los días y los años pasan volando y yo nunca encuentro un momento adecuado para suicidarme. (Vuelve a sonar el timbre. La toalla está a punto de caérsele.) Hoy me gustaría ponerme el vestido rojo. Es un poco escotado, tal vez demasiado y tiene una abertura que llega a medio muslo o más arriba. [...]
No está bien que yo lo diga, pero con el vestido rojo estoy la mar de sexy. Y a él era el que más le gustaba. Naturalmente, acabaré poniéndome el verde. Pero si un día llegara a suicidarme, querría que me enterraran con el rojo."
"Pasan los años y yo no cambio. A mi edad las demás mujeres empiezan a tener canas, patas de gallo, arrugas por todas partes, estrías en los muslos, las nalgas descolgadas, los pechos fláccidos; hasta los ojos pierden resplandor. Yo no me noto estos estragos. (Pausa.) Quizás sea éste el primer síntoma de envejecimiento. (Pausa.) No sé qué pensar: miro mis fotos de hace veinte años y me parece que no he cambiado. Pero si las enseño me preguntan: y es esta chica, ¿quién es? Las personas, ya se sabe, no son fisonomistas. ¡Ay! (Está a punto de caérsele la toalla. Se la anuda sin dejar de mirarse al espejo.(Pausa.)
No sé si ponerme el vestido verde o el rojo. El rojo produce más efecto.Pero el verde me sienta mejor y es más elegante. Un dilema verdaderamente estúpido comparado con el drama terrible de la vida. Quizás no éste el momento de decirlo pero la vida es un dolor sin sentido. Un vacío doloroso entre el error de nacer y el absurdo de morir. ¡Ay!(Está a punto de caérsele la toalla. Se la vuelve a anudar.)Con estas ideas, todo lo hago de prisa y de cualquier manera, como ahora. Él siempre me lo decía. Ya es tarde y yo todavía sin arreglar. ¡Ay de mí, todo me aburre y me atormenta! (Suena el timbre. GLORIA no lo oye o no le hace caso.) No me importaría matarme si la vida no fuera tan trivial. Pero los minutos y las horas, los días y los años pasan volando y yo nunca encuentro un momento adecuado para suicidarme. (Vuelve a sonar el timbre. La toalla está a punto de caérsele.) Hoy me gustaría ponerme el vestido rojo. Es un poco escotado, tal vez demasiado y tiene una abertura que llega a medio muslo o más arriba. [...]
No está bien que yo lo diga, pero con el vestido rojo estoy la mar de sexy. Y a él era el que más le gustaba. Naturalmente, acabaré poniéndome el verde. Pero si un día llegara a suicidarme, querría que me enterraran con el rojo."
Las alas son para volar
"Para volar, hay que crear el espacio de aire necesario para que las alas se desplieguen. Para volar hay que empezar asumiendo riesgos. Si no quieres, lo mejor quizá sea resigarse y seguir caminando para siempre."
Este verano he compartido gran parte de mi tiempo con los libros que han ido llegando a mis manos. Uno de ellos se llama Déjame que te cuente. Se lo compró mi hermana, que no es muy aficionada a esto de leer, y me dijo: "Marta, mira el libro que me he comprado". El título me llamó la atención así que empecé a leerlo yo también. Qué sorpresa la mia al ojearlo... era un libro de autoayuda. Como ya he dicho, mi hermana no se relaciona mucho con la lectura y se trajo consigo lo primero que vio.
Yo nunca había leído un libro de ese tipo pero me pareció interesante el planteamiento de Déjame que te cuente: un chico acude al psicoanalista para contarle sus preocupaciones y éste lo anima a reflexionar a partir de un cuento, apropiado para el problema en cuestión.
Bien, muchos de esos cuentos he podido adaptarlos, en cierto modo, a mi vida. Uno de los cuentos que más me gustó es el de "Las alas son para volar". ¿De qué trata? Os dejo con la duda y así os animo a leer el libro, seguro que os gusta.
Este verano he compartido gran parte de mi tiempo con los libros que han ido llegando a mis manos. Uno de ellos se llama Déjame que te cuente. Se lo compró mi hermana, que no es muy aficionada a esto de leer, y me dijo: "Marta, mira el libro que me he comprado". El título me llamó la atención así que empecé a leerlo yo también. Qué sorpresa la mia al ojearlo... era un libro de autoayuda. Como ya he dicho, mi hermana no se relaciona mucho con la lectura y se trajo consigo lo primero que vio.
Yo nunca había leído un libro de ese tipo pero me pareció interesante el planteamiento de Déjame que te cuente: un chico acude al psicoanalista para contarle sus preocupaciones y éste lo anima a reflexionar a partir de un cuento, apropiado para el problema en cuestión.
Bien, muchos de esos cuentos he podido adaptarlos, en cierto modo, a mi vida. Uno de los cuentos que más me gustó es el de "Las alas son para volar". ¿De qué trata? Os dejo con la duda y así os animo a leer el libro, seguro que os gusta.
Son, son, son
Hay que ver cómo nos cuesta sonreír. Con lo fácil que es. Vas por la calle y la gente anda pensando en sus cosas, seria y, la mayoría de las veces, con el ceño fruncido. Hay que sonreír. Y es que sonreír tiene muchas ventajas: estamos más guapos, contagiamos la alegría a los demás y encima con el tiempo nuestras arrugas de expresión serán mucho más amables y agradables, nada de arrugas en la frente como si estuvieramos enfadados todo el tiempo. Sonríe, sonríe, sonríe.
Nos vemos en septiembre

Nos vemos en septiembre

Déjate envolver
Ella siempre estaba rodeada de gente, pero se sentía sola. Le encantaba escuchar a los demás pero nunca supieron nada de ella. Reía acompañada y reservaba las lágrimas para su soledad. Aparentaba estar delante pero realmente se sentaba muy atrás. El silencio era su aliado y el futuro incierto su aliento. En los libros su seguridad, en las letras la espontaneidad.
Él encontró un escondite tras su mirada. La timidez lo perseguía, él se dejaba perseguir. Ella lo sabía y quiso que la dejara ver algo más. A él la curiosidad en un principio no le gustó, hablaba apenas para decir nada, hasta que, poco a poco, llegó a decirlo todo.
Tras mil y una líneas el verano. De día dos desconocidos, de noche las palabras los envolvían otra vez...
Él encontró un escondite tras su mirada. La timidez lo perseguía, él se dejaba perseguir. Ella lo sabía y quiso que la dejara ver algo más. A él la curiosidad en un principio no le gustó, hablaba apenas para decir nada, hasta que, poco a poco, llegó a decirlo todo.
Tras mil y una líneas el verano. De día dos desconocidos, de noche las palabras los envolvían otra vez...
Ellos también se desnudan
Ya es bien sabido que el cuerpo de la mujer vende. La publicidad suele buscar la imagen de una mujer para promocionar un producto: una cara bonita acompañada de un cuerpo espectacular.
Es Elsa Pataky quien nos invita a comer helados este verano, Mónica Salazar (la rubia despampanante de Camera Café) la que nos anima a viajar, chicas con cuerpazos que nos aconsejan un buen protector solar (¿los hombres son inmunes a los rayos ultravioleta?), y morenazas en bikini bien mojaditas (por eso del morbo, creo yo) que nos muestran sus movimientos y contoneos al ritmo de las canciones del típico disco del verano.
Curioso que los productos unisex los anuncien mujeres. ¿Acaso nosotras compraremos helados de esa marca o nos iremos de viaje con esa compañía igualmente? ¿Necesitan ellos un incentivo sexual? ¿Una alegría para la vista? Uy, uy, uy: aquí huele a machismo.
A pesar de que el cuerpo de la mujer sigue siendo un atrayente indiscutible, este verano hemos descubierto que se le puede dar la vuelta a la moneda. La otra cara la hemos podido ver en el anuncio de Tónica Schweppes: Eduardo Noriega nos invita a ser nosotros mismos mientras se quita la ropa y se lanza al mar siendo así, sin ropa, él mismo (o eso queremos creer nosotras, que es él quien nos muestra sus posaderas). ¿Véis? Ellos también se desnudan. ¿Qué tal si echamos más a menudo la moneda al aire para variar la cara?
Es Elsa Pataky quien nos invita a comer helados este verano, Mónica Salazar (la rubia despampanante de Camera Café) la que nos anima a viajar, chicas con cuerpazos que nos aconsejan un buen protector solar (¿los hombres son inmunes a los rayos ultravioleta?), y morenazas en bikini bien mojaditas (por eso del morbo, creo yo) que nos muestran sus movimientos y contoneos al ritmo de las canciones del típico disco del verano.
Curioso que los productos unisex los anuncien mujeres. ¿Acaso nosotras compraremos helados de esa marca o nos iremos de viaje con esa compañía igualmente? ¿Necesitan ellos un incentivo sexual? ¿Una alegría para la vista? Uy, uy, uy: aquí huele a machismo.
A pesar de que el cuerpo de la mujer sigue siendo un atrayente indiscutible, este verano hemos descubierto que se le puede dar la vuelta a la moneda. La otra cara la hemos podido ver en el anuncio de Tónica Schweppes: Eduardo Noriega nos invita a ser nosotros mismos mientras se quita la ropa y se lanza al mar siendo así, sin ropa, él mismo (o eso queremos creer nosotras, que es él quien nos muestra sus posaderas). ¿Véis? Ellos también se desnudan. ¿Qué tal si echamos más a menudo la moneda al aire para variar la cara?
El rey
Ayer por la noche el rey Sabina actuaba en mi ciudad y tuve el gusto de ir a verlo. Yo tenía pensado ir al concierto desde hace casi un mes pero entre unas cosas y otras no había comprado las entradas. Así que ya lo había descartado por completo, me perdería a mi artista favorito. Pero a la hora de comer la suerte me sonrió, mejor dicho, mi padre me sonrió y me regaló dos entradas. Iría a ver al rey con mis Ojos Verdes.
Sobre las ocho y pico de la tarde preparamos unos bocadillos y compramos unas papas, subimos al coche y rumbo al estadio! Ojos Verdes, que es principiante en esto de la conducción, tardó una hora en llegar. Yo me entretuve con mi bocata de tortilla de patatas mientras me hacía dar vueltas por calles y calles.
Una vez conseguimos encontrar sitio para aparcar fuimos dando un paseito, no demasiado largo, a guardar cola para entrar. La cosa fue rápida, en unos minutos ya estábamos dentro.
Algo que me llamó la atención es que la edad media de las personas que fueron a ver a Sabina, perdón, al rey, era de 30-40 años. Lo curioso es que entre Ojos Verdes y yo sumamos 35 años.
Poquito a poco, como si fuéramos unos ratoncillos, conseguimos acercarnos y al final acabamos muy cerca del escenario, se veía todo a la perfección. El ambiente era genial: a nuestra derecha unos hombres argentinos de unos 50 años que parecían muy tranquilos, detrás nuestro tres amigos con su vaso de cerveza en la mano que no paraban de reir y a nuestra izquierda un grupo de amigos con una chica que bailaba, bailaba y bailaba (y eso que aún no había empezado el concierto).
El rey salió cantando al escenario: pantalón negro, camiseta negra con unas letras rojas, frac y bombín. Se escuchó una tremenda ovación mientras los brazos de todos nosotros parecía que quisieran tocar el cielo.
Los hombres de nuestro lado que parecían tranquilos, empezaron a saltar como jóvenes enloquecidos, uno de ellos agitaba en el aire una camiseta negra de Sabina que había comprado antes de entrar. En cada salto que daban se quitaban 5 años de encima.
Los músicos eran un tanto peculiares: uno vestido de butanero, otro con un traje de chaqueta blanco, el de la batería con un traje de los años sesenta y un gorro judío, y otro con una gorra negra y unas gafas de sol que le cubrían media cara.
Después de dos canciones el rey nos saludó y todos nosotros, que somos muy agradecidos, le contestamos con aplausos, silvidos y demás.
Su voz rasgada y las verdades, ironías y metáforas de las letras de sus canciones nos acompañaron durante dos horas y media. De vez en cuando, entre canción y canción, nos sorprendía dedicándonos unos versos improvisados. El rey es un poeta.
Al terminar una canción se marchó del escenario sin mediar palabra. Nosotros, que aún no habíamos tenido suficiente, lo reclamábamos con un: "Eh, Sabina. Así no se termina".
Salió de nuevo al escenario y nos dijo algo así como que no haría más ese paripé de marcharse y que se quedaba un ratito más: "hasta que el Papa me eche a hostias".
Después de un par de canciones más, dejó de cantar para decirnos: "Hay un gilipollas que dice que compartir las canciones con el público es hacer demagogia, pues hagamos demagogia". Fue entonces cuando cerró su concierto con el "Y nos dieron las diez". Qué buen sabor de boca.
Sobre las ocho y pico de la tarde preparamos unos bocadillos y compramos unas papas, subimos al coche y rumbo al estadio! Ojos Verdes, que es principiante en esto de la conducción, tardó una hora en llegar. Yo me entretuve con mi bocata de tortilla de patatas mientras me hacía dar vueltas por calles y calles.
Una vez conseguimos encontrar sitio para aparcar fuimos dando un paseito, no demasiado largo, a guardar cola para entrar. La cosa fue rápida, en unos minutos ya estábamos dentro.
Algo que me llamó la atención es que la edad media de las personas que fueron a ver a Sabina, perdón, al rey, era de 30-40 años. Lo curioso es que entre Ojos Verdes y yo sumamos 35 años.
Poquito a poco, como si fuéramos unos ratoncillos, conseguimos acercarnos y al final acabamos muy cerca del escenario, se veía todo a la perfección. El ambiente era genial: a nuestra derecha unos hombres argentinos de unos 50 años que parecían muy tranquilos, detrás nuestro tres amigos con su vaso de cerveza en la mano que no paraban de reir y a nuestra izquierda un grupo de amigos con una chica que bailaba, bailaba y bailaba (y eso que aún no había empezado el concierto).
El rey salió cantando al escenario: pantalón negro, camiseta negra con unas letras rojas, frac y bombín. Se escuchó una tremenda ovación mientras los brazos de todos nosotros parecía que quisieran tocar el cielo.
Los hombres de nuestro lado que parecían tranquilos, empezaron a saltar como jóvenes enloquecidos, uno de ellos agitaba en el aire una camiseta negra de Sabina que había comprado antes de entrar. En cada salto que daban se quitaban 5 años de encima.
Los músicos eran un tanto peculiares: uno vestido de butanero, otro con un traje de chaqueta blanco, el de la batería con un traje de los años sesenta y un gorro judío, y otro con una gorra negra y unas gafas de sol que le cubrían media cara.
Después de dos canciones el rey nos saludó y todos nosotros, que somos muy agradecidos, le contestamos con aplausos, silvidos y demás.
Su voz rasgada y las verdades, ironías y metáforas de las letras de sus canciones nos acompañaron durante dos horas y media. De vez en cuando, entre canción y canción, nos sorprendía dedicándonos unos versos improvisados. El rey es un poeta.
Al terminar una canción se marchó del escenario sin mediar palabra. Nosotros, que aún no habíamos tenido suficiente, lo reclamábamos con un: "Eh, Sabina. Así no se termina".
Salió de nuevo al escenario y nos dijo algo así como que no haría más ese paripé de marcharse y que se quedaba un ratito más: "hasta que el Papa me eche a hostias".
Después de un par de canciones más, dejó de cantar para decirnos: "Hay un gilipollas que dice que compartir las canciones con el público es hacer demagogia, pues hagamos demagogia". Fue entonces cuando cerró su concierto con el "Y nos dieron las diez". Qué buen sabor de boca.
Lápiz y papel
Has compartido conmigo tus miedos, angustias y desencantos. Has contado conmigo para deshacerte de las complicaciones y esos nervios que te hacían un nudo en el estómago. Me has hablado de ti, tus deseos, pensamientos e inquietudes. Me has dejado ver qué se esconde tras esa mirada inocente de niña y no tan niña. Pero lo más importante es que si estoy en silencio creo que todavía puedo escuchar las risas que hemos compartido alguna tarde de sábado o alguna mañana de domingo...
De vuelta
Ya estoy de vuelta. Llevaba quince días encerrada en el baúl... pero aún así he seguido visitando vuestras casitas de chocolate.
Todo bien: la Rubia del pelo rizado sigue saliendo a bailar con el trío Lalalá y escondiendo chocolatinas (no debería comerlas, tiene azúccar), con los Ojos Verdes voy estupendamente (aunque ayer los cambié por los azules de mi médico favorito) y yo aquí estoy, comiendo cerezas.
Lo he pensado y yo si fuera fruta sería una cereza, con eso de que van de dos en dos nunca estaría sola. Además los colores complementarios me sentarían bien: cuerpo rojo y un hilo verde en el que me balancearía y con el que bailaría cuando soplara el viento... ¿Y tú? ¿Qué fruta serías?
Todo bien: la Rubia del pelo rizado sigue saliendo a bailar con el trío Lalalá y escondiendo chocolatinas (no debería comerlas, tiene azúccar), con los Ojos Verdes voy estupendamente (aunque ayer los cambié por los azules de mi médico favorito) y yo aquí estoy, comiendo cerezas.
Lo he pensado y yo si fuera fruta sería una cereza, con eso de que van de dos en dos nunca estaría sola. Además los colores complementarios me sentarían bien: cuerpo rojo y un hilo verde en el que me balancearía y con el que bailaría cuando soplara el viento... ¿Y tú? ¿Qué fruta serías?
Ellas hablan por nosotros
Me encanta observar las manos de las personas, creo que dicen mucho de nosotros. Hubo un tiempo en el que no podía evitar tocarle la mano a quién hablara conmigo, si lo conocía, claro. Es fácil reconocer a las personas de nuestro entorno tocándoles las manos sin mirar. Unas más finas, otras más ásperas, con dedos largos y finos, otros cortitos y rechonchos. Algunas siempre están calentitas, en cambio otras son tan frías... No podemos olvidar las uñas, unas largas, otras cortas, con esmalte de color o transparente, uñas mordidas, algunas descuidadas.
También observo los movimientos que hacen las personas con las manos, lo encuentro curioso. Hay personas que gesticulan muchísmo cuando nos cuentan o explican algo. Las manos también delatan nuestra vergüenza, incomodidad o nerviosismo. Las manos en muchas ocaciones hablan por nosotros sin que nos demos cuenta y son las que comienzan a expresar aquello que no queremos decir...
También observo los movimientos que hacen las personas con las manos, lo encuentro curioso. Hay personas que gesticulan muchísmo cuando nos cuentan o explican algo. Las manos también delatan nuestra vergüenza, incomodidad o nerviosismo. Las manos en muchas ocaciones hablan por nosotros sin que nos demos cuenta y son las que comienzan a expresar aquello que no queremos decir...
Viajando
No puedo evitarlo, me paso el día divagando. Será cosa del buen tiempo y del sol que entra por la ventana.... cierro los ojos y una voz me pregunta: ¿Marta, a dónde quieres ir hoy? Yo siempre le contesto: Lejos, bien lejos. Por pedir que no sea, claro. En unos momentos me veo en una gran montaña rodeada de árboles en la que el color verde es el rey, cuando decido sentarme en una roca caigo de repente en un mar de agua clara. Miro hacia abajo y puedo ver perfectamente mis pies tocando el fondo. Me dejo flotando unos instantes en el agua fresca. Al salir del agua y caminar por la arena seca voy entrando poco a poco en un desierto. Las dunas son enormes y el viento dibuja en ellas unas pequeñas ondulaciones. Me detengo y observo, ese mismo viento es el que me arrastra junto a él y me trae de vuelta a la realidad...
Una buena mañana
Una buena mañana es despertarse pronto y aprovechar el tiempo. Es desayunar sin prisas un buen tazón de leche con cereales, galletas, magdalenas, o tostadas con mermelada. Es darte una ducha con la música bien alta y cantar bajo el agua. Es poder tumbarte en la cama y estar dando vueltas en ella el tiempo que haga falta para decidir qué te pones. Una buena mañana es bajar a dar un paseo por tu barrio o una vuelta en bicicleta por las zonas ajardinadas de tu ciudad. Es mantener una conversación interesante, es reir y no pensar en las obligaciones que llegan al acabar esa buena mañana. En una buena mañana hay momentos de sol y sombra. Es encontrarte con una persona que hacía mucho que no veías y que sabes que tardarás en encontrarte con ella de nuevo. En una buena mañana hay un momento para un zumo de naranja, piña, melocotón o mora. Es prescindir del reloj y ver cómo hace camino el sol pasito a pasito. Es tararear una canción mientras vuelves a casa...¿y si todas las mañanas se llamasen sábado?
Mi ventana
Unos ojos verdes en los que no reparé la primera vez que me los crucé. Unos ojos verdes que me leyeron día a día durante mucho tiempo. Unos ojos verdes que vi por primera vez un día en la playa. Ojos tras los que se escondía mucha timidez. Ojos tranquilos, sosegados. Ojos que despertaron mi curiosidad. Unos ojos por los que me ilusioné y por los que empecé imaginarme caminando sobre el agua. Ojos que me invitaron a abrir una ventana. Ventana por la que llevo mirando casi dos años. Los ojos que quiero que me miren mientras duermo...
Mi cita
Esta noche tengo una cita. Solemos vernos cada martes sobre las diez de la noche. Durante el resto de la semana no mantenemos apenas relación pero yo miro sus fotos, no puedo evitarlo. Físicamente no es muy atractivo, eso sí: tiene unos ojos azules estupendos. Intento no fijarme mucho en ellos, ya sabéis, me da vergüenza que se dé cuenta. Cuando disfruto de su compañía el tiempo vuela, aunque él se marcha y vuelve varias veces durante la noche, no sé qué será eso que tanto le urge y que no puede esperar.
Él consigue ensimismarme. Es muy ocurrente, me encanta escuchar todo lo que dice. Jamás había conocido a nadie así. Aparenta ser una persona distante y poco social, muy sarcástica... pero yo sé que tiene un corazón de chocolate.
La rubia del pelo rizado lo ha visto alguna vez y dice que está muy bien, que le da el visto bueno. Aunque no le gusta que ironice tanto. Yo le digo: "Ay vieji, es que tú no lo entiendes...".
Qué nervios, dentro de unas horas me reencontraré con él. Se llama Greg, aunque seguramente vosotros lo conozcáis como Dr. House...
Él consigue ensimismarme. Es muy ocurrente, me encanta escuchar todo lo que dice. Jamás había conocido a nadie así. Aparenta ser una persona distante y poco social, muy sarcástica... pero yo sé que tiene un corazón de chocolate.
La rubia del pelo rizado lo ha visto alguna vez y dice que está muy bien, que le da el visto bueno. Aunque no le gusta que ironice tanto. Yo le digo: "Ay vieji, es que tú no lo entiendes...".
Qué nervios, dentro de unas horas me reencontraré con él. Se llama Greg, aunque seguramente vosotros lo conozcáis como Dr. House...
Pensar, pensar, pensar...
Me encanta pensar. Antes solía subirme al terrado de la finca y sentarme en el suelo. Pasaba allí tardes enteras, a veces con la compañía de la radio, a veces con la compañía de un libro o simplemente con mi propia compañía. Tenía un rinconcito reservado para mi. Me gustaba ver como el sol cambiaba de lugar poco a poco, incluso colocaba alguna piedrecita en el suelo y observaba cómo la sombra iba cambiando de lugar. De vez en cuando me asomaba a ver qué se cocía por la calle: personas caminando, unos cuantos coches y niños jugando en la plaza de una iglesia. Todo seguía en su sitio.
El silencio que invadía aquella escena sólo se interrumpía cuando algún vecino subía a tender, qué bueno cuando el aire que me refrescaba la cara traía consigo el olor de la ropa limpia.
Yo estaba allí sentada pero cada tarde recorría un largo camino. Caminaba por mis pensamientos, empezaba pensando en algo y poco a poco, dando saltitos, cambiaba de pensamiento hasta que al final me daba cuenta y me decía a mi misma: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y retrocedía poquito a poco...
Bien, ya hace casi un año que no visito mi terrado. ¿Por qué? No lo sé. ¿Comodidad? Puede, es más fácil tumbarse boca arriba en la cama y dar vueltas por el techo. Pero no es lo mismo. No hay que perder las buenas costumbres. Creo que subiré pronto a visitarlo...
El silencio que invadía aquella escena sólo se interrumpía cuando algún vecino subía a tender, qué bueno cuando el aire que me refrescaba la cara traía consigo el olor de la ropa limpia.
Yo estaba allí sentada pero cada tarde recorría un largo camino. Caminaba por mis pensamientos, empezaba pensando en algo y poco a poco, dando saltitos, cambiaba de pensamiento hasta que al final me daba cuenta y me decía a mi misma: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y retrocedía poquito a poco...
Bien, ya hace casi un año que no visito mi terrado. ¿Por qué? No lo sé. ¿Comodidad? Puede, es más fácil tumbarse boca arriba en la cama y dar vueltas por el techo. Pero no es lo mismo. No hay que perder las buenas costumbres. Creo que subiré pronto a visitarlo...
Mi compañera de piso
Vivo con una rubia de pelo rizado a la que le pierden la ropa, el maquillaje y los complementos. En casa el teléfono siempre está sonando: Lola, Keti y Tere, sus amigas, deben tener nuestro número en la tecla de rellamada. Le encanta salir con ellas, ya sea lunes, jueves, sábado o domingo; el día no importa.
Discutimos de vez en cuando: que si yo me dejo la luz encendida, que si ella tiene la voz de la televisión demasiado alta... Es un poco descuidada y el orden no lo conoce mucho, aunque he de reconocer que yo lo conozco menos que ella.
Tampoco faltan nuestros momentos de risas haciéndonos fotos y algún que otro vídeo bailando y cantando. Incluso me cuenta sus ligues: últimamente la ronda un tal Matías.
En el barrio la conocen bastante, dicen que es muy graciosa. A mis amigos también les gusta: ella los invita a subir aunque yo no esté en casa.
Bien, esta rubia cañón y tan despanpanante es mi abuela Conchín, que a sus setenta y cinco años está viviendo su segunda juventud. ¿Qué os parece? Menudas fiestas se monta en los jubilados...
Discutimos de vez en cuando: que si yo me dejo la luz encendida, que si ella tiene la voz de la televisión demasiado alta... Es un poco descuidada y el orden no lo conoce mucho, aunque he de reconocer que yo lo conozco menos que ella.
Tampoco faltan nuestros momentos de risas haciéndonos fotos y algún que otro vídeo bailando y cantando. Incluso me cuenta sus ligues: últimamente la ronda un tal Matías.
En el barrio la conocen bastante, dicen que es muy graciosa. A mis amigos también les gusta: ella los invita a subir aunque yo no esté en casa.
Bien, esta rubia cañón y tan despanpanante es mi abuela Conchín, que a sus setenta y cinco años está viviendo su segunda juventud. ¿Qué os parece? Menudas fiestas se monta en los jubilados...
Me gusta...
Me gusta que me dé el aire en la cara. Me gustan las mañanas de sol y las tardes de lluvia. Me gusta el cielo con y sin estrellas. Me gusta escuchar el silencio, y me encanta interrumpirlo. Me gusta sentarme en un banco, que me dé el sol en la espalda y pensar y pensar. Me gusta ver a las personas pasar e imaginarme cómo son sus vidas. Me gusta mirar a alguien cuando no se da cuenta. Me gusta escuchar conversaciones ajenas por equivocación. Me gusta saber cosas que nadie sabe que sé. Me gusta guardar secretos. Me gusta mi habitación. Me gusta mi orden desordenado. Me gusta empezar a leer un libro aún pensando "no lo acabaré...". Me gusta que me rocen la mano. Me gusta que ese alguien que me habla me mire a los ojos y a mi me gusta mirarle la boca. Me gustan los momentos en los que disfruto de un solo sentido. Me gusta lo dulce, pero prefiero lo salado. Me gusta andar descalza y tumbarme en el suelo. Me gustan los lápices de colores pero escribo con boli negro. Me gustan las noches de verano. Me encanta la montaña y siempre voy a la playa. Me gusta escuchar a las personas mayores aunque luego haga caso omiso a sus palabras. Me gusta leer la tele, ver la radio y escuchar el periódico, ah no, no, eso no, perdón...
A nosotras...
Cómo nos gusta hacer cosas cuando nadie nos ve... ese reencontrarnos con nosotras mismas, disfrutar de nuestra compañía.
Sentarnos a pensar con las piernas entrecruzadas. Tumbarnos boca arriba en la cama o en el suelo, cerrar los ojos e imaginar. Nos encanta fantasear con nuestro yo, nuestro mundo y también con él, ¿por qué no?
Nos encanta ir a la cocina para hacernos con la última onza de chocolate, magdalena o el trozo de tarta que sobró ayer... Echarnos una cucharada de cola-cao de más en la leche. Claro... como nadie nos ve...
Salir de la ducha, ver la toalla y olvidarla por casualidad. Recorrer desnuda el pasillo dejando caer las gotas al suelo hasta llegar a nuestra habitación. ¿Qué más da? Hoy nadie me ve... Poner música y mirarnos en el espejo tres, seis o nueve minutos; de frente, de lado, de espaldas...y...otra vez de frente!... nos acercamos un poquito para después dar de nuevo dos pasos atrás...
Recordar momentos especiales y notar como sonreímos. Abrir un cajón y descubrir que todavía guardamos aquello que creíamos perdido. Proponernos cambios en en nuestra vida, e incluso apuntarlos en un papel aunque dos días después ya no nos acordemos de él. Releer una y otra vez los viejos sms, e-mails y alguna que otra carta, tarjeta o postal. Plantearnos..¿qué hubiera pasado si...?
Por la noche nos encanta que el sueño nos visite mientras estamos en el sofá: "sólo un ratito...". Despertanos a media noche y correr a la cama para agarrarnos fuerte a la almohada y seguir con ese sueño que tanto nos gusta y siempre dejamos a medias...
Sentarnos a pensar con las piernas entrecruzadas. Tumbarnos boca arriba en la cama o en el suelo, cerrar los ojos e imaginar. Nos encanta fantasear con nuestro yo, nuestro mundo y también con él, ¿por qué no?
Nos encanta ir a la cocina para hacernos con la última onza de chocolate, magdalena o el trozo de tarta que sobró ayer... Echarnos una cucharada de cola-cao de más en la leche. Claro... como nadie nos ve...
Salir de la ducha, ver la toalla y olvidarla por casualidad. Recorrer desnuda el pasillo dejando caer las gotas al suelo hasta llegar a nuestra habitación. ¿Qué más da? Hoy nadie me ve... Poner música y mirarnos en el espejo tres, seis o nueve minutos; de frente, de lado, de espaldas...y...otra vez de frente!... nos acercamos un poquito para después dar de nuevo dos pasos atrás...
Recordar momentos especiales y notar como sonreímos. Abrir un cajón y descubrir que todavía guardamos aquello que creíamos perdido. Proponernos cambios en en nuestra vida, e incluso apuntarlos en un papel aunque dos días después ya no nos acordemos de él. Releer una y otra vez los viejos sms, e-mails y alguna que otra carta, tarjeta o postal. Plantearnos..¿qué hubiera pasado si...?
Por la noche nos encanta que el sueño nos visite mientras estamos en el sofá: "sólo un ratito...". Despertanos a media noche y correr a la cama para agarrarnos fuerte a la almohada y seguir con ese sueño que tanto nos gusta y siempre dejamos a medias...
Estoy buscando unas tijeras...¿alguien me las presta?
Qué malo es llevar una etiqueta colgada del cuello, pero todavía es peor que alguien tire de ella...
Sueños
Hoy es el turno de los sueños. Me he quedado sorprendida al verlos todos entremezclados, no sabía que tenía tantos. Unos son grandes, otros pequeños. Unos son transparentes, otros de colores y alguno que otro en blanco y negro. Tengo sueños definidos y por definir. Sueños para estar despierta y sueños para dormir. Algunos silenciosos y otros muy ruidosos. También hay sueños de sabores acompañados de dulces olores...
Es el momento de colocarlos. Sí, pero...¿dónde? Claro...¿cómo no se me había ocurrido antes? Los sueños los dejaré flotando frente a mi, que se muevan y corran lo que quieran: soy yo quién debe perseguirlos. Bonito juego, ¿no crees? Por ahora voy bien, no conservo sueños rotos...
Es el momento de colocarlos. Sí, pero...¿dónde? Claro...¿cómo no se me había ocurrido antes? Los sueños los dejaré flotando frente a mi, que se muevan y corran lo que quieran: soy yo quién debe perseguirlos. Bonito juego, ¿no crees? Por ahora voy bien, no conservo sueños rotos...
Será cuestión de ir sacando...
Al abrir el baúl he vuelto a cruzar miradas con personas que quedaron en el camino y es entonces cuando he notado un sabor amargo, el de la nostalgia. He podido tocar trozos de tela que di por perdidos. Bajo la tela había algo muy oscuro, era la mancha del olvido. Esa dichosa mancha se extiende, no me gustaría que nada de lo guardado en el baúl se tiñera de negro. Será cuestión de ir sacando...
En el fondo del baúl
He pensado cosas que nunca he dicho, he dicho cosas que nunca he pensado. Aquéllo que quedó en el tintero lo guardé al fondo del baúl, aquéllo que dije sin pensar hizo que escuchara un vacío sólo interrumpido por el goteo de un grifo sin cerrar. El grifo ya se oxidó.
Pero empiezo a pensar que, igual que en un rincón del baúl guardé las palabras que nunca dije, también escondí en él aquel grifo oxidado y, por eso, de vez en cuando lo oigo gotear...
Pero empiezo a pensar que, igual que en un rincón del baúl guardé las palabras que nunca dije, también escondí en él aquel grifo oxidado y, por eso, de vez en cuando lo oigo gotear...
Mi baúl
Aquí está mi baúl, repleto de recuerdos, momentos y retales de mi vida. De risas y miradas de complicidad, de días buenos y no tan buenos, de felicidad, alegría, e incluso alguna que otra pena. Lleno de palabras que aún no he dicho, de todo lo escuchado hasta el momento. Del espejo con el que miro el mundo. De coincidencias, evidencias y casualidades. De razones y sinrazones. Ilusiones, sueños y fantasía. Algunos dibujos, cuentos y mensajes que guardé. De cosas sin motivo ni porqué. No faltan los desengaños, los arrepentimientos, decepciones y errores cometidos. También olores y sabores. De los colores con los que pinto mi vida y el pincel que dibuja mis sonrisas. De mucho lápiz y papel...





