De vuelta
Ya estoy de vuelta. Llevaba quince días encerrada en el baúl... pero aún así he seguido visitando vuestras casitas de chocolate.
Todo bien: la Rubia del pelo rizado sigue saliendo a bailar con el trío Lalalá y escondiendo chocolatinas (no debería comerlas, tiene azúccar), con los Ojos Verdes voy estupendamente (aunque ayer los cambié por los azules de mi médico favorito) y yo aquí estoy, comiendo cerezas.
Lo he pensado y yo si fuera fruta sería una cereza, con eso de que van de dos en dos nunca estaría sola. Además los colores complementarios me sentarían bien: cuerpo rojo y un hilo verde en el que me balancearía y con el que bailaría cuando soplara el viento... ¿Y tú? ¿Qué fruta serías?
Todo bien: la Rubia del pelo rizado sigue saliendo a bailar con el trío Lalalá y escondiendo chocolatinas (no debería comerlas, tiene azúccar), con los Ojos Verdes voy estupendamente (aunque ayer los cambié por los azules de mi médico favorito) y yo aquí estoy, comiendo cerezas.
Lo he pensado y yo si fuera fruta sería una cereza, con eso de que van de dos en dos nunca estaría sola. Además los colores complementarios me sentarían bien: cuerpo rojo y un hilo verde en el que me balancearía y con el que bailaría cuando soplara el viento... ¿Y tú? ¿Qué fruta serías?
Ellas hablan por nosotros
Me encanta observar las manos de las personas, creo que dicen mucho de nosotros. Hubo un tiempo en el que no podía evitar tocarle la mano a quién hablara conmigo, si lo conocía, claro. Es fácil reconocer a las personas de nuestro entorno tocándoles las manos sin mirar. Unas más finas, otras más ásperas, con dedos largos y finos, otros cortitos y rechonchos. Algunas siempre están calentitas, en cambio otras son tan frías... No podemos olvidar las uñas, unas largas, otras cortas, con esmalte de color o transparente, uñas mordidas, algunas descuidadas.
También observo los movimientos que hacen las personas con las manos, lo encuentro curioso. Hay personas que gesticulan muchísmo cuando nos cuentan o explican algo. Las manos también delatan nuestra vergüenza, incomodidad o nerviosismo. Las manos en muchas ocaciones hablan por nosotros sin que nos demos cuenta y son las que comienzan a expresar aquello que no queremos decir...
También observo los movimientos que hacen las personas con las manos, lo encuentro curioso. Hay personas que gesticulan muchísmo cuando nos cuentan o explican algo. Las manos también delatan nuestra vergüenza, incomodidad o nerviosismo. Las manos en muchas ocaciones hablan por nosotros sin que nos demos cuenta y son las que comienzan a expresar aquello que no queremos decir...
Viajando
No puedo evitarlo, me paso el día divagando. Será cosa del buen tiempo y del sol que entra por la ventana.... cierro los ojos y una voz me pregunta: ¿Marta, a dónde quieres ir hoy? Yo siempre le contesto: Lejos, bien lejos. Por pedir que no sea, claro. En unos momentos me veo en una gran montaña rodeada de árboles en la que el color verde es el rey, cuando decido sentarme en una roca caigo de repente en un mar de agua clara. Miro hacia abajo y puedo ver perfectamente mis pies tocando el fondo. Me dejo flotando unos instantes en el agua fresca. Al salir del agua y caminar por la arena seca voy entrando poco a poco en un desierto. Las dunas son enormes y el viento dibuja en ellas unas pequeñas ondulaciones. Me detengo y observo, ese mismo viento es el que me arrastra junto a él y me trae de vuelta a la realidad...
Una buena mañana
Una buena mañana es despertarse pronto y aprovechar el tiempo. Es desayunar sin prisas un buen tazón de leche con cereales, galletas, magdalenas, o tostadas con mermelada. Es darte una ducha con la música bien alta y cantar bajo el agua. Es poder tumbarte en la cama y estar dando vueltas en ella el tiempo que haga falta para decidir qué te pones. Una buena mañana es bajar a dar un paseo por tu barrio o una vuelta en bicicleta por las zonas ajardinadas de tu ciudad. Es mantener una conversación interesante, es reir y no pensar en las obligaciones que llegan al acabar esa buena mañana. En una buena mañana hay momentos de sol y sombra. Es encontrarte con una persona que hacía mucho que no veías y que sabes que tardarás en encontrarte con ella de nuevo. En una buena mañana hay un momento para un zumo de naranja, piña, melocotón o mora. Es prescindir del reloj y ver cómo hace camino el sol pasito a pasito. Es tararear una canción mientras vuelves a casa...¿y si todas las mañanas se llamasen sábado?
Mi ventana
Unos ojos verdes en los que no reparé la primera vez que me los crucé. Unos ojos verdes que me leyeron día a día durante mucho tiempo. Unos ojos verdes que vi por primera vez un día en la playa. Ojos tras los que se escondía mucha timidez. Ojos tranquilos, sosegados. Ojos que despertaron mi curiosidad. Unos ojos por los que me ilusioné y por los que empecé imaginarme caminando sobre el agua. Ojos que me invitaron a abrir una ventana. Ventana por la que llevo mirando casi dos años. Los ojos que quiero que me miren mientras duermo...
Mi cita
Esta noche tengo una cita. Solemos vernos cada martes sobre las diez de la noche. Durante el resto de la semana no mantenemos apenas relación pero yo miro sus fotos, no puedo evitarlo. Físicamente no es muy atractivo, eso sí: tiene unos ojos azules estupendos. Intento no fijarme mucho en ellos, ya sabéis, me da vergüenza que se dé cuenta. Cuando disfruto de su compañía el tiempo vuela, aunque él se marcha y vuelve varias veces durante la noche, no sé qué será eso que tanto le urge y que no puede esperar.
Él consigue ensimismarme. Es muy ocurrente, me encanta escuchar todo lo que dice. Jamás había conocido a nadie así. Aparenta ser una persona distante y poco social, muy sarcástica... pero yo sé que tiene un corazón de chocolate.
La rubia del pelo rizado lo ha visto alguna vez y dice que está muy bien, que le da el visto bueno. Aunque no le gusta que ironice tanto. Yo le digo: "Ay vieji, es que tú no lo entiendes...".
Qué nervios, dentro de unas horas me reencontraré con él. Se llama Greg, aunque seguramente vosotros lo conozcáis como Dr. House...
Él consigue ensimismarme. Es muy ocurrente, me encanta escuchar todo lo que dice. Jamás había conocido a nadie así. Aparenta ser una persona distante y poco social, muy sarcástica... pero yo sé que tiene un corazón de chocolate.
La rubia del pelo rizado lo ha visto alguna vez y dice que está muy bien, que le da el visto bueno. Aunque no le gusta que ironice tanto. Yo le digo: "Ay vieji, es que tú no lo entiendes...".
Qué nervios, dentro de unas horas me reencontraré con él. Se llama Greg, aunque seguramente vosotros lo conozcáis como Dr. House...
Pensar, pensar, pensar...
Me encanta pensar. Antes solía subirme al terrado de la finca y sentarme en el suelo. Pasaba allí tardes enteras, a veces con la compañía de la radio, a veces con la compañía de un libro o simplemente con mi propia compañía. Tenía un rinconcito reservado para mi. Me gustaba ver como el sol cambiaba de lugar poco a poco, incluso colocaba alguna piedrecita en el suelo y observaba cómo la sombra iba cambiando de lugar. De vez en cuando me asomaba a ver qué se cocía por la calle: personas caminando, unos cuantos coches y niños jugando en la plaza de una iglesia. Todo seguía en su sitio.
El silencio que invadía aquella escena sólo se interrumpía cuando algún vecino subía a tender, qué bueno cuando el aire que me refrescaba la cara traía consigo el olor de la ropa limpia.
Yo estaba allí sentada pero cada tarde recorría un largo camino. Caminaba por mis pensamientos, empezaba pensando en algo y poco a poco, dando saltitos, cambiaba de pensamiento hasta que al final me daba cuenta y me decía a mi misma: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y retrocedía poquito a poco...
Bien, ya hace casi un año que no visito mi terrado. ¿Por qué? No lo sé. ¿Comodidad? Puede, es más fácil tumbarse boca arriba en la cama y dar vueltas por el techo. Pero no es lo mismo. No hay que perder las buenas costumbres. Creo que subiré pronto a visitarlo...
El silencio que invadía aquella escena sólo se interrumpía cuando algún vecino subía a tender, qué bueno cuando el aire que me refrescaba la cara traía consigo el olor de la ropa limpia.
Yo estaba allí sentada pero cada tarde recorría un largo camino. Caminaba por mis pensamientos, empezaba pensando en algo y poco a poco, dando saltitos, cambiaba de pensamiento hasta que al final me daba cuenta y me decía a mi misma: ¿cómo he llegado hasta aquí? Y retrocedía poquito a poco...
Bien, ya hace casi un año que no visito mi terrado. ¿Por qué? No lo sé. ¿Comodidad? Puede, es más fácil tumbarse boca arriba en la cama y dar vueltas por el techo. Pero no es lo mismo. No hay que perder las buenas costumbres. Creo que subiré pronto a visitarlo...
Mi compañera de piso
Vivo con una rubia de pelo rizado a la que le pierden la ropa, el maquillaje y los complementos. En casa el teléfono siempre está sonando: Lola, Keti y Tere, sus amigas, deben tener nuestro número en la tecla de rellamada. Le encanta salir con ellas, ya sea lunes, jueves, sábado o domingo; el día no importa.
Discutimos de vez en cuando: que si yo me dejo la luz encendida, que si ella tiene la voz de la televisión demasiado alta... Es un poco descuidada y el orden no lo conoce mucho, aunque he de reconocer que yo lo conozco menos que ella.
Tampoco faltan nuestros momentos de risas haciéndonos fotos y algún que otro vídeo bailando y cantando. Incluso me cuenta sus ligues: últimamente la ronda un tal Matías.
En el barrio la conocen bastante, dicen que es muy graciosa. A mis amigos también les gusta: ella los invita a subir aunque yo no esté en casa.
Bien, esta rubia cañón y tan despanpanante es mi abuela Conchín, que a sus setenta y cinco años está viviendo su segunda juventud. ¿Qué os parece? Menudas fiestas se monta en los jubilados...
Discutimos de vez en cuando: que si yo me dejo la luz encendida, que si ella tiene la voz de la televisión demasiado alta... Es un poco descuidada y el orden no lo conoce mucho, aunque he de reconocer que yo lo conozco menos que ella.
Tampoco faltan nuestros momentos de risas haciéndonos fotos y algún que otro vídeo bailando y cantando. Incluso me cuenta sus ligues: últimamente la ronda un tal Matías.
En el barrio la conocen bastante, dicen que es muy graciosa. A mis amigos también les gusta: ella los invita a subir aunque yo no esté en casa.
Bien, esta rubia cañón y tan despanpanante es mi abuela Conchín, que a sus setenta y cinco años está viviendo su segunda juventud. ¿Qué os parece? Menudas fiestas se monta en los jubilados...
Me gusta...
Me gusta que me dé el aire en la cara. Me gustan las mañanas de sol y las tardes de lluvia. Me gusta el cielo con y sin estrellas. Me gusta escuchar el silencio, y me encanta interrumpirlo. Me gusta sentarme en un banco, que me dé el sol en la espalda y pensar y pensar. Me gusta ver a las personas pasar e imaginarme cómo son sus vidas. Me gusta mirar a alguien cuando no se da cuenta. Me gusta escuchar conversaciones ajenas por equivocación. Me gusta saber cosas que nadie sabe que sé. Me gusta guardar secretos. Me gusta mi habitación. Me gusta mi orden desordenado. Me gusta empezar a leer un libro aún pensando "no lo acabaré...". Me gusta que me rocen la mano. Me gusta que ese alguien que me habla me mire a los ojos y a mi me gusta mirarle la boca. Me gustan los momentos en los que disfruto de un solo sentido. Me gusta lo dulce, pero prefiero lo salado. Me gusta andar descalza y tumbarme en el suelo. Me gustan los lápices de colores pero escribo con boli negro. Me gustan las noches de verano. Me encanta la montaña y siempre voy a la playa. Me gusta escuchar a las personas mayores aunque luego haga caso omiso a sus palabras. Me gusta leer la tele, ver la radio y escuchar el periódico, ah no, no, eso no, perdón...
A nosotras...
Cómo nos gusta hacer cosas cuando nadie nos ve... ese reencontrarnos con nosotras mismas, disfrutar de nuestra compañía.
Sentarnos a pensar con las piernas entrecruzadas. Tumbarnos boca arriba en la cama o en el suelo, cerrar los ojos e imaginar. Nos encanta fantasear con nuestro yo, nuestro mundo y también con él, ¿por qué no?
Nos encanta ir a la cocina para hacernos con la última onza de chocolate, magdalena o el trozo de tarta que sobró ayer... Echarnos una cucharada de cola-cao de más en la leche. Claro... como nadie nos ve...
Salir de la ducha, ver la toalla y olvidarla por casualidad. Recorrer desnuda el pasillo dejando caer las gotas al suelo hasta llegar a nuestra habitación. ¿Qué más da? Hoy nadie me ve... Poner música y mirarnos en el espejo tres, seis o nueve minutos; de frente, de lado, de espaldas...y...otra vez de frente!... nos acercamos un poquito para después dar de nuevo dos pasos atrás...
Recordar momentos especiales y notar como sonreímos. Abrir un cajón y descubrir que todavía guardamos aquello que creíamos perdido. Proponernos cambios en en nuestra vida, e incluso apuntarlos en un papel aunque dos días después ya no nos acordemos de él. Releer una y otra vez los viejos sms, e-mails y alguna que otra carta, tarjeta o postal. Plantearnos..¿qué hubiera pasado si...?
Por la noche nos encanta que el sueño nos visite mientras estamos en el sofá: "sólo un ratito...". Despertanos a media noche y correr a la cama para agarrarnos fuerte a la almohada y seguir con ese sueño que tanto nos gusta y siempre dejamos a medias...
Sentarnos a pensar con las piernas entrecruzadas. Tumbarnos boca arriba en la cama o en el suelo, cerrar los ojos e imaginar. Nos encanta fantasear con nuestro yo, nuestro mundo y también con él, ¿por qué no?
Nos encanta ir a la cocina para hacernos con la última onza de chocolate, magdalena o el trozo de tarta que sobró ayer... Echarnos una cucharada de cola-cao de más en la leche. Claro... como nadie nos ve...
Salir de la ducha, ver la toalla y olvidarla por casualidad. Recorrer desnuda el pasillo dejando caer las gotas al suelo hasta llegar a nuestra habitación. ¿Qué más da? Hoy nadie me ve... Poner música y mirarnos en el espejo tres, seis o nueve minutos; de frente, de lado, de espaldas...y...otra vez de frente!... nos acercamos un poquito para después dar de nuevo dos pasos atrás...
Recordar momentos especiales y notar como sonreímos. Abrir un cajón y descubrir que todavía guardamos aquello que creíamos perdido. Proponernos cambios en en nuestra vida, e incluso apuntarlos en un papel aunque dos días después ya no nos acordemos de él. Releer una y otra vez los viejos sms, e-mails y alguna que otra carta, tarjeta o postal. Plantearnos..¿qué hubiera pasado si...?
Por la noche nos encanta que el sueño nos visite mientras estamos en el sofá: "sólo un ratito...". Despertanos a media noche y correr a la cama para agarrarnos fuerte a la almohada y seguir con ese sueño que tanto nos gusta y siempre dejamos a medias...
Estoy buscando unas tijeras...¿alguien me las presta?
Qué malo es llevar una etiqueta colgada del cuello, pero todavía es peor que alguien tire de ella...