Déjate envolver
Ella siempre estaba rodeada de gente, pero se sentía sola. Le encantaba escuchar a los demás pero nunca supieron nada de ella. Reía acompañada y reservaba las lágrimas para su soledad. Aparentaba estar delante pero realmente se sentaba muy atrás. El silencio era su aliado y el futuro incierto su aliento. En los libros su seguridad, en las letras la espontaneidad.
Él encontró un escondite tras su mirada. La timidez lo perseguía, él se dejaba perseguir. Ella lo sabía y quiso que la dejara ver algo más. A él la curiosidad en un principio no le gustó, hablaba apenas para decir nada, hasta que, poco a poco, llegó a decirlo todo.
Tras mil y una líneas el verano. De día dos desconocidos, de noche las palabras los envolvían otra vez...
Él encontró un escondite tras su mirada. La timidez lo perseguía, él se dejaba perseguir. Ella lo sabía y quiso que la dejara ver algo más. A él la curiosidad en un principio no le gustó, hablaba apenas para decir nada, hasta que, poco a poco, llegó a decirlo todo.
Tras mil y una líneas el verano. De día dos desconocidos, de noche las palabras los envolvían otra vez...
Ellos también se desnudan
Ya es bien sabido que el cuerpo de la mujer vende. La publicidad suele buscar la imagen de una mujer para promocionar un producto: una cara bonita acompañada de un cuerpo espectacular.
Es Elsa Pataky quien nos invita a comer helados este verano, Mónica Salazar (la rubia despampanante de Camera Café) la que nos anima a viajar, chicas con cuerpazos que nos aconsejan un buen protector solar (¿los hombres son inmunes a los rayos ultravioleta?), y morenazas en bikini bien mojaditas (por eso del morbo, creo yo) que nos muestran sus movimientos y contoneos al ritmo de las canciones del típico disco del verano.
Curioso que los productos unisex los anuncien mujeres. ¿Acaso nosotras compraremos helados de esa marca o nos iremos de viaje con esa compañía igualmente? ¿Necesitan ellos un incentivo sexual? ¿Una alegría para la vista? Uy, uy, uy: aquí huele a machismo.
A pesar de que el cuerpo de la mujer sigue siendo un atrayente indiscutible, este verano hemos descubierto que se le puede dar la vuelta a la moneda. La otra cara la hemos podido ver en el anuncio de Tónica Schweppes: Eduardo Noriega nos invita a ser nosotros mismos mientras se quita la ropa y se lanza al mar siendo así, sin ropa, él mismo (o eso queremos creer nosotras, que es él quien nos muestra sus posaderas). ¿Véis? Ellos también se desnudan. ¿Qué tal si echamos más a menudo la moneda al aire para variar la cara?
Es Elsa Pataky quien nos invita a comer helados este verano, Mónica Salazar (la rubia despampanante de Camera Café) la que nos anima a viajar, chicas con cuerpazos que nos aconsejan un buen protector solar (¿los hombres son inmunes a los rayos ultravioleta?), y morenazas en bikini bien mojaditas (por eso del morbo, creo yo) que nos muestran sus movimientos y contoneos al ritmo de las canciones del típico disco del verano.
Curioso que los productos unisex los anuncien mujeres. ¿Acaso nosotras compraremos helados de esa marca o nos iremos de viaje con esa compañía igualmente? ¿Necesitan ellos un incentivo sexual? ¿Una alegría para la vista? Uy, uy, uy: aquí huele a machismo.
A pesar de que el cuerpo de la mujer sigue siendo un atrayente indiscutible, este verano hemos descubierto que se le puede dar la vuelta a la moneda. La otra cara la hemos podido ver en el anuncio de Tónica Schweppes: Eduardo Noriega nos invita a ser nosotros mismos mientras se quita la ropa y se lanza al mar siendo así, sin ropa, él mismo (o eso queremos creer nosotras, que es él quien nos muestra sus posaderas). ¿Véis? Ellos también se desnudan. ¿Qué tal si echamos más a menudo la moneda al aire para variar la cara?
El rey
Ayer por la noche el rey Sabina actuaba en mi ciudad y tuve el gusto de ir a verlo. Yo tenía pensado ir al concierto desde hace casi un mes pero entre unas cosas y otras no había comprado las entradas. Así que ya lo había descartado por completo, me perdería a mi artista favorito. Pero a la hora de comer la suerte me sonrió, mejor dicho, mi padre me sonrió y me regaló dos entradas. Iría a ver al rey con mis Ojos Verdes.
Sobre las ocho y pico de la tarde preparamos unos bocadillos y compramos unas papas, subimos al coche y rumbo al estadio! Ojos Verdes, que es principiante en esto de la conducción, tardó una hora en llegar. Yo me entretuve con mi bocata de tortilla de patatas mientras me hacía dar vueltas por calles y calles.
Una vez conseguimos encontrar sitio para aparcar fuimos dando un paseito, no demasiado largo, a guardar cola para entrar. La cosa fue rápida, en unos minutos ya estábamos dentro.
Algo que me llamó la atención es que la edad media de las personas que fueron a ver a Sabina, perdón, al rey, era de 30-40 años. Lo curioso es que entre Ojos Verdes y yo sumamos 35 años.
Poquito a poco, como si fuéramos unos ratoncillos, conseguimos acercarnos y al final acabamos muy cerca del escenario, se veía todo a la perfección. El ambiente era genial: a nuestra derecha unos hombres argentinos de unos 50 años que parecían muy tranquilos, detrás nuestro tres amigos con su vaso de cerveza en la mano que no paraban de reir y a nuestra izquierda un grupo de amigos con una chica que bailaba, bailaba y bailaba (y eso que aún no había empezado el concierto).
El rey salió cantando al escenario: pantalón negro, camiseta negra con unas letras rojas, frac y bombín. Se escuchó una tremenda ovación mientras los brazos de todos nosotros parecía que quisieran tocar el cielo.
Los hombres de nuestro lado que parecían tranquilos, empezaron a saltar como jóvenes enloquecidos, uno de ellos agitaba en el aire una camiseta negra de Sabina que había comprado antes de entrar. En cada salto que daban se quitaban 5 años de encima.
Los músicos eran un tanto peculiares: uno vestido de butanero, otro con un traje de chaqueta blanco, el de la batería con un traje de los años sesenta y un gorro judío, y otro con una gorra negra y unas gafas de sol que le cubrían media cara.
Después de dos canciones el rey nos saludó y todos nosotros, que somos muy agradecidos, le contestamos con aplausos, silvidos y demás.
Su voz rasgada y las verdades, ironías y metáforas de las letras de sus canciones nos acompañaron durante dos horas y media. De vez en cuando, entre canción y canción, nos sorprendía dedicándonos unos versos improvisados. El rey es un poeta.
Al terminar una canción se marchó del escenario sin mediar palabra. Nosotros, que aún no habíamos tenido suficiente, lo reclamábamos con un: "Eh, Sabina. Así no se termina".
Salió de nuevo al escenario y nos dijo algo así como que no haría más ese paripé de marcharse y que se quedaba un ratito más: "hasta que el Papa me eche a hostias".
Después de un par de canciones más, dejó de cantar para decirnos: "Hay un gilipollas que dice que compartir las canciones con el público es hacer demagogia, pues hagamos demagogia". Fue entonces cuando cerró su concierto con el "Y nos dieron las diez". Qué buen sabor de boca.
Sobre las ocho y pico de la tarde preparamos unos bocadillos y compramos unas papas, subimos al coche y rumbo al estadio! Ojos Verdes, que es principiante en esto de la conducción, tardó una hora en llegar. Yo me entretuve con mi bocata de tortilla de patatas mientras me hacía dar vueltas por calles y calles.
Una vez conseguimos encontrar sitio para aparcar fuimos dando un paseito, no demasiado largo, a guardar cola para entrar. La cosa fue rápida, en unos minutos ya estábamos dentro.
Algo que me llamó la atención es que la edad media de las personas que fueron a ver a Sabina, perdón, al rey, era de 30-40 años. Lo curioso es que entre Ojos Verdes y yo sumamos 35 años.
Poquito a poco, como si fuéramos unos ratoncillos, conseguimos acercarnos y al final acabamos muy cerca del escenario, se veía todo a la perfección. El ambiente era genial: a nuestra derecha unos hombres argentinos de unos 50 años que parecían muy tranquilos, detrás nuestro tres amigos con su vaso de cerveza en la mano que no paraban de reir y a nuestra izquierda un grupo de amigos con una chica que bailaba, bailaba y bailaba (y eso que aún no había empezado el concierto).
El rey salió cantando al escenario: pantalón negro, camiseta negra con unas letras rojas, frac y bombín. Se escuchó una tremenda ovación mientras los brazos de todos nosotros parecía que quisieran tocar el cielo.
Los hombres de nuestro lado que parecían tranquilos, empezaron a saltar como jóvenes enloquecidos, uno de ellos agitaba en el aire una camiseta negra de Sabina que había comprado antes de entrar. En cada salto que daban se quitaban 5 años de encima.
Los músicos eran un tanto peculiares: uno vestido de butanero, otro con un traje de chaqueta blanco, el de la batería con un traje de los años sesenta y un gorro judío, y otro con una gorra negra y unas gafas de sol que le cubrían media cara.
Después de dos canciones el rey nos saludó y todos nosotros, que somos muy agradecidos, le contestamos con aplausos, silvidos y demás.
Su voz rasgada y las verdades, ironías y metáforas de las letras de sus canciones nos acompañaron durante dos horas y media. De vez en cuando, entre canción y canción, nos sorprendía dedicándonos unos versos improvisados. El rey es un poeta.
Al terminar una canción se marchó del escenario sin mediar palabra. Nosotros, que aún no habíamos tenido suficiente, lo reclamábamos con un: "Eh, Sabina. Así no se termina".
Salió de nuevo al escenario y nos dijo algo así como que no haría más ese paripé de marcharse y que se quedaba un ratito más: "hasta que el Papa me eche a hostias".
Después de un par de canciones más, dejó de cantar para decirnos: "Hay un gilipollas que dice que compartir las canciones con el público es hacer demagogia, pues hagamos demagogia". Fue entonces cuando cerró su concierto con el "Y nos dieron las diez". Qué buen sabor de boca.
Lápiz y papel
Has compartido conmigo tus miedos, angustias y desencantos. Has contado conmigo para deshacerte de las complicaciones y esos nervios que te hacían un nudo en el estómago. Me has hablado de ti, tus deseos, pensamientos e inquietudes. Me has dejado ver qué se esconde tras esa mirada inocente de niña y no tan niña. Pero lo más importante es que si estoy en silencio creo que todavía puedo escuchar las risas que hemos compartido alguna tarde de sábado o alguna mañana de domingo...





