Sal
Abrió las ventanas de par en par. Solía hacerlo a diario, pero nunca por la noche. Permaneció sentada en uno de los extremos de la cama, en silencio. De la calle llegaban voces. Mantenía quietas las manos sobre las rodillas, presionándolas de manera incosciente. Los pies descalzos acariciaban el suelo con un suave balanceo. Un lánguido destello de luz dibujaba una suave linea anaranjada en el suelo. Su gato se coló sigilosamente en la habitación, subió de un salto limpio a la cama y se sentó junto a ella. Estaba inmersa en sus pensamientos, en sus dudas, en algún que otro delirio. Podía escuchar el rítmico ronroneo de su compañero entremezclado con las voces de fondo. Lo acarició despacio. "Quizá no esté tan sola...". Sus ojos, con la mirada perdida, dejaron de contenerse, las lágrimas resvalaron, atrevidas, mojando sus labios. Saboreó la sal y esbozó una sonrisa.
Lo que me contaron las imágenes
Una bonita sonrisa dibujada por unos labios carnosos que deja entrever unos dientes perfectamente alineados. Los ojos oscuros, bien marcados, adornados por unas pestañas nada discretas, medio escondidos tras un recto y espeso flequillo. Una melena morena que caía por su espalda y acariciaba sus hombros hacía contraste con la piel rosada de su cara salpicada por el antojo del azar con unas graciosas pecas. Así era ella, una niña con aspecto angelical. Aún no había cumplido los dieciocho y ya sabía lo que era ver el mundo subida en un par de tacones y una falda tan descarada como su forma de hablar.
La suerte y la casualidad se aliaron e hicieron que su voz se cruzara en una calle muy estrecha con la de un chico unos cuantos, bastantes, muchos, años mayor que ella.
De mirada seductora a la par que vivaracha. Facciones redondeadas que le daban un aspecto infantil interrumpido sólo, de vez en cuando, por una sonrisa canalla. Apariencia fría y distante, nada que ver con la proximidad y calidez que parecía sentir la niña con aspecto angelical de altos vuelos con esos zapatos de punta y tacón.
Y, aunque no la conozco, creo que lo que le gustaba era la doble cara de la luna. Por eso buscaba sus manos. Por eso se dejaba abrazar en silencio. Por eso no dejó de llorar cuando se tuvo que marchar. Lo que ella no sabía es que aquello que sentía tan secreto y tan íntimo lo veíamos los demás.
La suerte y la casualidad se aliaron e hicieron que su voz se cruzara en una calle muy estrecha con la de un chico unos cuantos, bastantes, muchos, años mayor que ella.
De mirada seductora a la par que vivaracha. Facciones redondeadas que le daban un aspecto infantil interrumpido sólo, de vez en cuando, por una sonrisa canalla. Apariencia fría y distante, nada que ver con la proximidad y calidez que parecía sentir la niña con aspecto angelical de altos vuelos con esos zapatos de punta y tacón.
Y, aunque no la conozco, creo que lo que le gustaba era la doble cara de la luna. Por eso buscaba sus manos. Por eso se dejaba abrazar en silencio. Por eso no dejó de llorar cuando se tuvo que marchar. Lo que ella no sabía es que aquello que sentía tan secreto y tan íntimo lo veíamos los demás.
Una de pájaros
He conocido a alguien. En un principio pensé que era un loro gritón que abría las alas para llamar la atención. Yo le decía, medio en broma, medio en serio, que era un bicho malo; a lo que el loro me contestaba "eres una loca". Escuchaba cómo parloteaba con otras personas: el pico, y la lengua, los tenía bastante afilados.
Los primeros días observé al lorito y, todavía no sé por qué, acabé hablando con él, no sin ser víctima de algún que otro picotazo, claro. Es lo que tienen estos animalillos, que son muy desconfiados con los extraños. Pero nada, unas cuantas pipas y todo arreglado.
Hace unas semanas he descubierto que no es un loro, que era una parafernalia mental mia. Sabrosa, que así es como la llamo, es un primor. De lunes a viernes comparto muy buenos momentos con ella, es lo bueno de estar sentadas codo con codo. Bueno, los jueves vaso con vaso. Y, para variar, el martes pasado disfrazadas, atadas con un hilo invisible que hizo que no estuviéramos a más de diez metros la una de la otra. ¿Será que he subido al árbol y ahora estamos en la misma rama? Seguro que no.
Que lo que veía de colores era su risa, no plumas. Que aunque sea muy buena compañía no es ningún pájaro. Que lo suyo era desconfianza, que lo mio fue un prejuicio. Que nada de pipas, unos donettes y un poco de vodka con limón. Y volar, como todos, con la imaginación. Eso sí, el piquito de oro no se lo quita nadie. Ay, mi Sabrosa.
Los primeros días observé al lorito y, todavía no sé por qué, acabé hablando con él, no sin ser víctima de algún que otro picotazo, claro. Es lo que tienen estos animalillos, que son muy desconfiados con los extraños. Pero nada, unas cuantas pipas y todo arreglado.
Hace unas semanas he descubierto que no es un loro, que era una parafernalia mental mia. Sabrosa, que así es como la llamo, es un primor. De lunes a viernes comparto muy buenos momentos con ella, es lo bueno de estar sentadas codo con codo. Bueno, los jueves vaso con vaso. Y, para variar, el martes pasado disfrazadas, atadas con un hilo invisible que hizo que no estuviéramos a más de diez metros la una de la otra. ¿Será que he subido al árbol y ahora estamos en la misma rama? Seguro que no.
Que lo que veía de colores era su risa, no plumas. Que aunque sea muy buena compañía no es ningún pájaro. Que lo suyo era desconfianza, que lo mio fue un prejuicio. Que nada de pipas, unos donettes y un poco de vodka con limón. Y volar, como todos, con la imaginación. Eso sí, el piquito de oro no se lo quita nadie. Ay, mi Sabrosa.