La del segundo
Tenía una verdulería en el barrio. Lo que más le gustaba era llegar de trabajar y sentarse en el sofá para hablar de cómo le había ido el día en la tienda. Entre lechugas, judías y calabacines puedes enterarte de muchas cosas.
La señora Paca, que quedó viuda hace un par de años, andaba ya con un Don Juan, un caballero de capa y espada que la llamaba por teléfono y le preguntaba si "le placía acompañarlo a tomar un café" . A ella nunca le preguntaban si le placía hacer algo, ¿cómo se sentiría la señora Paca?
Hoy, Rosario, la del horno, que no puede callarse ni una, le había comentado que Jorge, el hijo de la carnicera, andaba con una mujer bastantes años mayor que él, que eso le olía a chapero. Qué cosas tiene Rosario, esta mujer es una auténtica polemista. Años atrás ya puso en boca de todos a Don Diego, el cura de la iglesia del barrio, cuando dijo haberlo visto salir de una casa de citas...
Ella comentaba todos los chismes que se habían colado en la verdulería, el hacer y deshacer de unos y otros. Pero nunca obtenía respuesta. No había tenido hijos por un problema que tuvo de joven y lo de adoptar, por aquel entonces, estaba muy mal visto. Ya estaba acostumbrada a esa soledad en compañía. Solo le quedaba el hilo de voz de fondo que salía de la tele que compraron en una superoferta de las que no pueden desaprovecharse. Un capricho como otro cualquiera.
Ella hacía tiempo que no se permitía ninguno. Se había ido descuidando poco a poco. Ya no llevaba las uñas felinas, antes solía llevarlas largas y pintadas de colores llamativos. Ahora tenían un suave color verde en los dedos de cortar las lechugas y las alcachofas . Hacía tiempo que no iba a la peluquería, no estaban para gastos. Ya no disimulaba las canas con esas mechas rubias y caoba que le daban un toque juvenil.
Echaba de menos ir a comer los domingos a un bar cerca de la playa y las tardes de miércoles en el cine. Quería convencerse a sí misma de que era normal, que es lo que llega con el tiempo. Se lo había oído decir a una mujer en un programa de testimonios de una cadena local. Los matrimonios se enfrían.
Cuando fregaba los platos cantaba las canciones que habían bailado de jóvenes, bien alto, para que la oyera. Siempre se quedaba con las ganas de que fuera con disimulo a la cocina y la agarrara de la cintura para bailar en silencio.
Por la noche ella escuchaba la radio metida en la cama. Cuando veía encendida la luz del pasillo se hacía la dormida. Él apagaba la radio y se acostaba en su lado de la cama. Todo seguía frío.
Las noches se le hacían largas, le daban para pensar. Pero nunca sacaba nada en claro. Serían las dudas, que no la dejaban dormir. No era feliz pero tenía miedo a cambiar de vida. Se sentía cobarde. Ya se lo había comentado a su hermana Josefa, pero tampoco la ayudaba a decidirse: "mira, Encarna, piénsate bien lo que haces que el arrepentimiento es mu' malo".
Se miraba en el espejo y no se reconocía. Tenía los ojos tristes, intentaba buscar el brillo, pero ni siquiera recordaba cuándo lo había perdido. Ya hacía demasiado. Le encantaría gritar, pero solo lloraba con pequeños hipidos. Era un edificio pequeño y se oía todo, no quería ser protagonista de un escándalo. Faltaría más.
En la finca ya se comentaba algo. Los encuentros de las vecinas del cuarto en el rellano daban para mucho:
- ¿No notas rara a Encarna, la del 2º?"- decía Milagros, con el tinte puesto.
- Pues ahora que lo dices sí, con lo mona que iba ella siempre...- decía Carmen con el cigarro en la boca mientras intentaba quitarse de las uñas los restos del esmalte rojo de la semana anterior.
- Yo creo que algo pasa con el marido. ¿Líos de faldas?
- Podría ser, pero no creo. El Joaquín es muy resarvao' y callaíto, no lo veo buscando gatas en otro tejao'...
- Bueno ya se verá. La charo seguro que sabe algo. Nena, me entro ya que tengo que lavarme el pelo, a ver como ha quedao' el tinte. Ya hablamos, Carmencita.
- Chao, Milagros.
Ellas nunca le preguntaron nada en los minutos compartidos en el ascensor. Aún así Encarna sabía podía ser un buen tema de conversación para aquellas loros. Menudas las del cuarto, les encanta largar.
Pasaban los meses y todo seguía igual. Él no había dejado el sofá desde que lo jubilaron por anticipado por el cierre de la empresa. Ella en la verdulería, viendo como cada vez hacía menos caja. Estaba convencida de que era por culpa del supermercado que habían abierto a un par de calles de la verdulería.
Aquella mañana no tenía ganas de trabajar. Cuando ya había subido la persiana volvió a bajarla. Cogió el primer autobús sin mirar si quiera el número. Solo quería dar una vuelta por la ciudad. Se sentó en el lado de la ventanilla y empezó a mirar a través el cristal. Pensaba.
El autobús paró en un semáforo. Ella quedó con la mirada fija en una valla publicitaria, un anuncio de un plan de pensiones, "el tiempo vuela noche y día", decía. Bajó del autobús en la parada siguiente y comenzó a caminar hacia casa. Estaba lejos, pero no le importaba, tenía toda la mañana.
Subió y arregló un poco la casa. Él no le preguntó por qué había vuelto tan pronto. No esperaba menos. Se cambió de ropa, se puso el traje de chaqueta que utilizó en la comunión de su sobrina. Se soltó el pelo y se maquilló un poco. Algo estaba cambiando dentro de ella. Cogió lo básico y lo metió en una bolsa de deporte.
Recorrió el pasillo segura de si misma. Entró en el salón y apagó la televisión.
- ¿A dónde vas así vestida?
Esta vez fue él quien no obtuvo respuesta.
La señora Paca, que quedó viuda hace un par de años, andaba ya con un Don Juan, un caballero de capa y espada que la llamaba por teléfono y le preguntaba si "le placía acompañarlo a tomar un café" . A ella nunca le preguntaban si le placía hacer algo, ¿cómo se sentiría la señora Paca?
Hoy, Rosario, la del horno, que no puede callarse ni una, le había comentado que Jorge, el hijo de la carnicera, andaba con una mujer bastantes años mayor que él, que eso le olía a chapero. Qué cosas tiene Rosario, esta mujer es una auténtica polemista. Años atrás ya puso en boca de todos a Don Diego, el cura de la iglesia del barrio, cuando dijo haberlo visto salir de una casa de citas...
Ella comentaba todos los chismes que se habían colado en la verdulería, el hacer y deshacer de unos y otros. Pero nunca obtenía respuesta. No había tenido hijos por un problema que tuvo de joven y lo de adoptar, por aquel entonces, estaba muy mal visto. Ya estaba acostumbrada a esa soledad en compañía. Solo le quedaba el hilo de voz de fondo que salía de la tele que compraron en una superoferta de las que no pueden desaprovecharse. Un capricho como otro cualquiera.
Ella hacía tiempo que no se permitía ninguno. Se había ido descuidando poco a poco. Ya no llevaba las uñas felinas, antes solía llevarlas largas y pintadas de colores llamativos. Ahora tenían un suave color verde en los dedos de cortar las lechugas y las alcachofas . Hacía tiempo que no iba a la peluquería, no estaban para gastos. Ya no disimulaba las canas con esas mechas rubias y caoba que le daban un toque juvenil.
Echaba de menos ir a comer los domingos a un bar cerca de la playa y las tardes de miércoles en el cine. Quería convencerse a sí misma de que era normal, que es lo que llega con el tiempo. Se lo había oído decir a una mujer en un programa de testimonios de una cadena local. Los matrimonios se enfrían.
Cuando fregaba los platos cantaba las canciones que habían bailado de jóvenes, bien alto, para que la oyera. Siempre se quedaba con las ganas de que fuera con disimulo a la cocina y la agarrara de la cintura para bailar en silencio.
Por la noche ella escuchaba la radio metida en la cama. Cuando veía encendida la luz del pasillo se hacía la dormida. Él apagaba la radio y se acostaba en su lado de la cama. Todo seguía frío.
Las noches se le hacían largas, le daban para pensar. Pero nunca sacaba nada en claro. Serían las dudas, que no la dejaban dormir. No era feliz pero tenía miedo a cambiar de vida. Se sentía cobarde. Ya se lo había comentado a su hermana Josefa, pero tampoco la ayudaba a decidirse: "mira, Encarna, piénsate bien lo que haces que el arrepentimiento es mu' malo".
Se miraba en el espejo y no se reconocía. Tenía los ojos tristes, intentaba buscar el brillo, pero ni siquiera recordaba cuándo lo había perdido. Ya hacía demasiado. Le encantaría gritar, pero solo lloraba con pequeños hipidos. Era un edificio pequeño y se oía todo, no quería ser protagonista de un escándalo. Faltaría más.
En la finca ya se comentaba algo. Los encuentros de las vecinas del cuarto en el rellano daban para mucho:
- ¿No notas rara a Encarna, la del 2º?"- decía Milagros, con el tinte puesto.
- Pues ahora que lo dices sí, con lo mona que iba ella siempre...- decía Carmen con el cigarro en la boca mientras intentaba quitarse de las uñas los restos del esmalte rojo de la semana anterior.
- Yo creo que algo pasa con el marido. ¿Líos de faldas?
- Podría ser, pero no creo. El Joaquín es muy resarvao' y callaíto, no lo veo buscando gatas en otro tejao'...
- Bueno ya se verá. La charo seguro que sabe algo. Nena, me entro ya que tengo que lavarme el pelo, a ver como ha quedao' el tinte. Ya hablamos, Carmencita.
- Chao, Milagros.
Ellas nunca le preguntaron nada en los minutos compartidos en el ascensor. Aún así Encarna sabía podía ser un buen tema de conversación para aquellas loros. Menudas las del cuarto, les encanta largar.
Pasaban los meses y todo seguía igual. Él no había dejado el sofá desde que lo jubilaron por anticipado por el cierre de la empresa. Ella en la verdulería, viendo como cada vez hacía menos caja. Estaba convencida de que era por culpa del supermercado que habían abierto a un par de calles de la verdulería.
Aquella mañana no tenía ganas de trabajar. Cuando ya había subido la persiana volvió a bajarla. Cogió el primer autobús sin mirar si quiera el número. Solo quería dar una vuelta por la ciudad. Se sentó en el lado de la ventanilla y empezó a mirar a través el cristal. Pensaba.
El autobús paró en un semáforo. Ella quedó con la mirada fija en una valla publicitaria, un anuncio de un plan de pensiones, "el tiempo vuela noche y día", decía. Bajó del autobús en la parada siguiente y comenzó a caminar hacia casa. Estaba lejos, pero no le importaba, tenía toda la mañana.
Subió y arregló un poco la casa. Él no le preguntó por qué había vuelto tan pronto. No esperaba menos. Se cambió de ropa, se puso el traje de chaqueta que utilizó en la comunión de su sobrina. Se soltó el pelo y se maquilló un poco. Algo estaba cambiando dentro de ella. Cogió lo básico y lo metió en una bolsa de deporte.
Recorrió el pasillo segura de si misma. Entró en el salón y apagó la televisión.
- ¿A dónde vas así vestida?
Esta vez fue él quien no obtuvo respuesta.
Comentario:
Jobar tus historias dan algo de pena, bueno tmpoco exctmnte pena sino ke parecen llvar mas de lo ke en un principio pueda parecer.bsitos
Comentario:
ieeee!! k e tenido el ordenaodr escaxarrao a ver si me pongo en marxa otra vez.. y leo tus posts atrasaditoss un besitoo!
Comentario:
Hola Marta, ya era hora de que escribieras algo, holgazana, ja, estabas muy ocupada, ya me imagino; me ha gustado esta historia, quizás yo también debiera acabar mis historias con algún toque esperanzador, bueno, hasta el próximo artículo ( voy a tumbarme e el sofá.....)
Comentario:
Que historias se escriben en invierno. Me ha encantado, es optimista, y me he sentido ella por unos minutos. Genial Marta. Una historia preciosa.
Besos.
Besos.
Comentario:
Sólo quería dejarte un beso. Muy desgarradoras tus historias. Me encantan.
Comentario:
Últimamente tus historias tienen algo en común: el protagonista no es feliz con su vida, pero acaba haciendo algo para cambiala.
¿Estarás pensando en cambiar de vida?
¿Estarás pensando en cambiar de vida?





