Viaje a Copenhage (1 de x)...
Este es el primer día que logro centrarme a escribir algo acerca del viaje de Semana Santa a Copenhage.
El por qué, no lo sé, pero no me ha conseguido inspirar lo suficiente.
Me imagino que esperaba algo sensorialmente más impactante y, aunque me ha gustado todo lo que he visto, en ningún caso he sentido estar tan alejado de casa como lo estaba geográficamente, salvo, eso sí, para echar en falta las cosas que más me gustan de mi pais (quién me iba a decir que podría sentir un mínimo orgullo patriótico, yo que debo ser el menor de los creyentes en la distinción basada en colores de bandera y líneas imaginarias de frontera).
Y es que he vuelto dos sensaciones un tanto contrapuestas; una que me llevaba decididamente a sentirme muy afortunado de vivir en donde vivo, precisamente por esos apreciados detalles, y otra que me llevaba a la conclusión de que ya no nos distanciamos tanto del resto de capitales europeas (sí, sí, éste es el momento exacto en el que los más cosmopolitas os aferraréis la mentalidad más abierta y al superior nivel cultural).
Definitivamente, los tiempos de Ozores, Pajares y Esteso flipando ante las suecas parecen haber pasado.

Os enumero algunas de las conclusiones obtenidas...
1.- la gente en Dinamarca es infeliz: hablan bajito, desconocen el término juerga, no pueden disfrutar del buen tiempo, carecen de sentido del humor y no tienen jamón serrano... y así no se puede estar muy happy, que digamos.
Esto se refleja en las estadísticas, que demuestran un altísimo índice de suicidios (llega a tal punto, que los andenes del metro están separados de las vías por unas mamparas cerradas que solamente permiten el acceso al tren cuando éste se encuentra totalmente parado);
2.- los bares son tan extremadamente caros (y lo dice una víctima de los robos hostelero-nocturnos de Madrid), que la gente se pasa el día comprando cerveza en los 7Eleven para tomarlas por la calle, a pesar del clima antibotellón imperante. Esto lógicamente, tampoco ayuda a lograr el mínimo estado de felicidad necesario en una vida estándar, aquel gradito de felicidad transitoria del sábado por la noche;
3.- tienen una obsesión preocupante por los arenques... ¡y esto sí que es para suicidarse!
¿Pero a quién coño le puede gustar un pescao malo matao a base de sal?
Se nota que no han visto en su vida un buen tarro de anchoítas de Santoña...
4.- su carácter "flojo" se imprime incluso en sus monumentos más representativos, destacando el ejemplo de la impresionante estátua de La Sirenita, la cual ni es impresionante, ni tiene una historia llamativa, ni tan siquiera es antigua;
5.- debido a todas estas cuestiones, nunca ha existido un danés especialmente famoso y que haya dejado huella en la Historia, pues siempre les ha faltado un hervorcillo.
Si su mayor ídolo es Hans Christian Andersen, que era un cuentista, vosotros ya me diréis qué se puede esperar.
De hecho, me marcó una cita de Sören Kierkegaard, su filósofo más representativo, el cual venía a decir algo así como que "no se puede esperar que la genialidad sea reconocida en una mera provincia", hablando de Copenhage. Este tipo fue el primer danés en darse cuenta de lo jodido de su insulsa personalidad.

Andersen, la alegría de la huerta
En fin, que me alegro de ser españó, como Gibrarrrrtá.
Ole, ole y ole!
El por qué, no lo sé, pero no me ha conseguido inspirar lo suficiente.
Me imagino que esperaba algo sensorialmente más impactante y, aunque me ha gustado todo lo que he visto, en ningún caso he sentido estar tan alejado de casa como lo estaba geográficamente, salvo, eso sí, para echar en falta las cosas que más me gustan de mi pais (quién me iba a decir que podría sentir un mínimo orgullo patriótico, yo que debo ser el menor de los creyentes en la distinción basada en colores de bandera y líneas imaginarias de frontera).
Y es que he vuelto dos sensaciones un tanto contrapuestas; una que me llevaba decididamente a sentirme muy afortunado de vivir en donde vivo, precisamente por esos apreciados detalles, y otra que me llevaba a la conclusión de que ya no nos distanciamos tanto del resto de capitales europeas (sí, sí, éste es el momento exacto en el que los más cosmopolitas os aferraréis la mentalidad más abierta y al superior nivel cultural).
Definitivamente, los tiempos de Ozores, Pajares y Esteso flipando ante las suecas parecen haber pasado.

Os enumero algunas de las conclusiones obtenidas...
1.- la gente en Dinamarca es infeliz: hablan bajito, desconocen el término juerga, no pueden disfrutar del buen tiempo, carecen de sentido del humor y no tienen jamón serrano... y así no se puede estar muy happy, que digamos.
Esto se refleja en las estadísticas, que demuestran un altísimo índice de suicidios (llega a tal punto, que los andenes del metro están separados de las vías por unas mamparas cerradas que solamente permiten el acceso al tren cuando éste se encuentra totalmente parado);
2.- los bares son tan extremadamente caros (y lo dice una víctima de los robos hostelero-nocturnos de Madrid), que la gente se pasa el día comprando cerveza en los 7Eleven para tomarlas por la calle, a pesar del clima antibotellón imperante. Esto lógicamente, tampoco ayuda a lograr el mínimo estado de felicidad necesario en una vida estándar, aquel gradito de felicidad transitoria del sábado por la noche;
3.- tienen una obsesión preocupante por los arenques... ¡y esto sí que es para suicidarse!
¿Pero a quién coño le puede gustar un pescao malo matao a base de sal?
Se nota que no han visto en su vida un buen tarro de anchoítas de Santoña...
4.- su carácter "flojo" se imprime incluso en sus monumentos más representativos, destacando el ejemplo de la impresionante estátua de La Sirenita, la cual ni es impresionante, ni tiene una historia llamativa, ni tan siquiera es antigua;
5.- debido a todas estas cuestiones, nunca ha existido un danés especialmente famoso y que haya dejado huella en la Historia, pues siempre les ha faltado un hervorcillo.
Si su mayor ídolo es Hans Christian Andersen, que era un cuentista, vosotros ya me diréis qué se puede esperar.
De hecho, me marcó una cita de Sören Kierkegaard, su filósofo más representativo, el cual venía a decir algo así como que "no se puede esperar que la genialidad sea reconocida en una mera provincia", hablando de Copenhage. Este tipo fue el primer danés en darse cuenta de lo jodido de su insulsa personalidad.

Andersen, la alegría de la huerta
En fin, que me alegro de ser españó, como Gibrarrrrtá.
Ole, ole y ole!
Comentario:
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Comentario:
Yo estoy orgulloso de ser español!(sin ironía). Creo que somos bastante peculiares(no hay más que ver nuestra historia que no solo es la de los 60).
Ya intuia yo que estos escandinavos estan algo congelados. Le falta un toque de "fanatismo"que aqui quizás nos sobre.
Lo único que me molesta es determinada gente que parece que siempre tiene que decir que lo de fuera es mejor...empieza haciendo lo tuyo especial!Yo estoy encantando de ser español(bis)pero no me malinterpretes por favor, que hay tanto pesao suelto confundiendo estas cosas...
Ya intuia yo que estos escandinavos estan algo congelados. Le falta un toque de "fanatismo"que aqui quizás nos sobre.
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