Aplanando la luz
Esta semana me he dado cuenta de una cosa: en la oficina donde trabajo, las cosas no tienen sombra.
La luz es plana. Pones una taza sobre la mesa y en vez de dejar una imagen negra y definida despuntan tres conatos de sombras grises, cada uno en una dirección, que no son capaces de resistir la luz lechosa de los fluorescentes. No hay sombra debajo de las libretas. La misma luz ilumina inerte cada rincón, cada pasillo, cada sala de reuniones. Las cortinas están echadas, unos cristales ahumados guardan la oficina de la claridad del sol. No hay sitios más oscuros, más luminosos, no hay sorpresas: sólo un ambiente gris, triste, aséptico y, supongo que a los ojos de alguien, productivo.
Así no se puede trabajar.
La luz es plana. Pones una taza sobre la mesa y en vez de dejar una imagen negra y definida despuntan tres conatos de sombras grises, cada uno en una dirección, que no son capaces de resistir la luz lechosa de los fluorescentes. No hay sombra debajo de las libretas. La misma luz ilumina inerte cada rincón, cada pasillo, cada sala de reuniones. Las cortinas están echadas, unos cristales ahumados guardan la oficina de la claridad del sol. No hay sitios más oscuros, más luminosos, no hay sorpresas: sólo un ambiente gris, triste, aséptico y, supongo que a los ojos de alguien, productivo.
Así no se puede trabajar.